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lunes, 29 de junio de 2015

Gobierno popular y economía de mercado: el fin de la socialdemocracia


No hace falta ser un observador extraordinariamente agudo de la realidad para percibir que aquello a lo que llamamos socialismo, la socialdemocracia de toda la vida, se encuentra en descomposición a donde quiera que miremos ¿No lo cree usted así? Bien, veamos algunos hechos.

Manuel Valls, primer ministro del gobierno del partido socialista en Francia, aprueba ley tras ley, primero en febrero, luego en junio para liberalizar la economía, siempre por decreto, para evitar un posible bloqueo del parlamento, dominado por los miembros de su partido. Cree que el socialismo es algo trasnochado, pasado de moda, y de vez en cuando propone cambiar el nombre al partido socialista francés, eliminando precisamente la palabra socialista.

Un poco más al sur, en Italia, el primer ministro Matteo Renzi, aplica políticas similares a las de Valls. La componente social de su política no está muy clara, cuando afirman que la protesta de los trabajadores es la señal de que van en la dirección correcta. La componente democrática todavía menos, cuando promueve y aprueba reformas de la ley electoral que marginan a los partidos minoritarios, y que le permiten parapetarse en el poder.

Por último, en Reino Unido el partido laborista ha sido vapuleado en las elecciones, frente a unos conservadores que lo que promueven es otra burbuja. A pesar de ello, el ex-presidente laborista Tony Blair, dedica sus horas a acumular montañas de dinero, en dudosa correlación con cualquier fin que pueda ser llamado social.

¿Socialdemocracia? Sí, gobiernan en Francia y en Italia, pero en un país lo hacen con poco apego a lo social, y en otro con escaso apego a la democracia.

Podemos ver estos hechos como algo anecdótico, algo fruto de la casualidad y de las circunstancias políticas nacionales. Sin embargo, yo creo que hay, en parte, una causa común, e incluso que esta causa es la principal, es el perro que mueve el rabo de la disolución de la socialdemocracia ¿Cual es esta causa? En el fondo, es el compromiso de la socialdemocracia con la modernidad, con un progreso mal entendido. Este progreso mal entendido les lleva a aceptar una globalización, que lejos de ser la única opción hacia una políticainternacional abierta, es una forma de cerrarla. Está muy bien respetar todas las culturas, pero el multiculturalismo no se fomenta estableciendo la competencia entre trabajadores de países ricos y países pobres, y esa no es la única vía al desarrollo y de mejora de las condiciones de los trabajadores de los países más pobres, como nos demuestra la historia. En definitiva, y llegando a la raíz del problema, lo que pretende la socialdemocracia es un aumento continuo del poder y del control sobre la naturaleza, que en definitiva implica un aumento del PIB.

En este punto es interesante rescatar la crítica que hacía Lewis Mumford al socialismo marxista, en su Historia de la Utopías

De haber sido de alguna utilidad, nuestro viaje por las utopías debería habernos enseñado lo patética que es la idea de que la clave de una sociedad buena se halla sencillamente en la propiedad y el control de la estructura industrial de la comunidad. [...] Si bien muchas de estas propuestas sostenían que la maquinaria industrial, bajo el socialismo, el corporativismo o el cooperativismo, debía servir al bienestar común, lo que les faltaba era una idea compartida de lo que es dicho bienestar común.

Si el socialismo marxista pensaba que bastaba con sentarse frente al timón de mando de la maquinaria industrial para solucionar todos los problemas, los socialdemócratas no tenían una hoja de ruta clara, querían modificar lo que había, la sociedad industrial, para mitigar los problemas que sufrían los más desfavorecidos. Sus armas eran la intervención del estado en la economía, y esta estrategia de desarrollo obtuvo éxitos notables, como por ejemplo en Corea del Sur. Pero en el mundo de libertad de movimiento de capitales que surgió tras la caída de los acuerdos de Bretton Woods, dicha estrategia estaba condenada a desaparecer. El capital había obtenido una ventaja clave, la movilidad, y a los estados solo les quedaba ofertar a la baja, rebajar las condiciones de vida de sus ciudadanos para ser atractivos. En palabras de Zygmunt Bauman

Si el encuentro llegará a producirse por imposición del otro (encuentro entre el capital flotante y la autoridad local), apenas este (el poder local) intentara flexionar sus músculos y hacer sentir su fuerza, el capital tendría pocos problemas para liar sus maletas y partir en busca de un ambiente más acogedor, es decir, maleable, blando, que no ofrezca resistencia.

La globalización, además, parecía algo positivo, un progreso, puesto que mitigaría las molestas rencillas nacionales. Nada más lejos de la realidad, la coordinación a través del mercado oculta que la cooperación directa entre los pueblos es posible.

Llegados a este punto creo que merece la pena echar la vista atrás, para ver lo que nos muestra la historia. Nos lo cuenta Karl Polanyi en el capítulo 19 de La Gran Transformación, Gobierno popular y economía de mercado:

En Gran Bretaña, desde 1925, la moneda estaba en una situación poco saneada. La vuelta al patrón-oro no se vio acompañada de un ajuste correspondiente al nivel de precios, el cual estaba claramente por debajo de la paridad mundial. Pocos fueron aquellos que se dieron cuenta de la absurda vía en la que el gobierno y la banca, los partidos y los sindicatos se habían embarcado de común acuerdo. Snowden, ministro de Hacienda en el primer gobierno laborista (1924), fue un acérrimo partidario del patrón-oro, y, sin embargo, fue incapaz de darse cuenta de que, al intentar restaurar la libra, había comprometido a su partido a encajar una disminución de los salarios o a perder el rumbo. Siete años más tarde, este mismo partido se encontró obligado -por el mismo Snowden- a hacer ambas cosas. En el otoño de 1931, la sangría continua de la depresión comenzó a afectar a la libra, y fue en vano que el fracaso de la huelga general de 1926 hubiese garantizado que no habría una ulterior elevación del nivel salarial, lo que no fue óbice para que se elevase el peso económico de los servicios sociales, a causa concretamente de los subsidios de desempleo concedidos incondicionalmente. No hacia falta un «golpe de mano» de los banqueros -golpe de mano que realmente existió- para hacer comprender claramente al país la alternativa entre, por una parte una moneda saneada y presupuestos saneados y, por otra, servicios sociales mejores y una moneda depreciada -estuviese la depreciación producida por los salarios elevados y por una caída de las exportaciones o simplemente por gastos financiados mediante un déficit-. Dicho en otros términos, había que optar entre una reducción de los servicios sociales o un descenso de las tasas de intercambio. Y, dado que el partido laborista era incapaz de decidirse por una de las dos medidas -la reducción era contraria a la línea política de los sindicatos y el abandono del oro habría sido considerado un sacrilegio- el partido laborista fue barrido y los partidos tradicionales redujeron los servicios sociales y, a fin de cuentas, abandonaron el oro.

En definitiva, el partido laborista no pudo articular políticas para favorecer a sus votantes, de reducción del desempleo e incremento del nivel de vida, por su adhesión al dogma del patrón oro. Pero no fue un caso único

En todos los países importantes de Europa se puso en marcha un mecanismo similar que produjo efectos enormemente semejantes entre sí. Los partidos socialistas tuvieron que abandonar el poder, en Austria en 1923, en Bélgica en 1926 y en Francia en 1931, para poder «salvar la moneda». Hombres de Estado como Seipel, Franqui, Poincaré o Brüning echaron a los socialistas del gobierno, redujeron los servicios sociales e intentaron romper la resistencia de los sindicatos mediante el ajuste salarial.

Todo esto recuerda mucho a la situación actual, aunque ahora los “hombres de estado” lo que tratan de salvar no es el patrón oro, sino el euro o la globalización. No dudo que la "sabiduría convencional" actual, puede ser tan mala como la de los años 20 y 30 del siglo pasado, a tenor de la recuperación de las economías según dejaban el patrón oro.


Después de la crisis financiera de 2008 se han puesto muchas cosas en cuestión, en especial el gasto público y el gasto social, que entorpece el pago de la deuda, pero no se ha puesto en cuestión el sistema monetario, con excepciones, el libre comercio, o la libertad de movimiento de capital. Estos dogmas, son una camisa de fuerza demasiado estrecha, dentro de la cual cualquier política social está destinada al fracaso. La consecuencia de ello es que los partidos socialdemócratas irán perdiendo apoyo, al no poder cumplir sus promesas, presa de sus contradicciones, o irán perdiendo su esencia, convirtiéndose en meras versiones amables de los partidos liberales y conservadores. Esta dinámica no es sostenible, y conduce a la sociedad hacia una ruptura, que en la época de la Gran Transformación de Polanyi fue el surgimiento del fascismo, y que ahora no sabemos cual será. Ese es el gran interrogante, y exige todas nuestras energías y capacidad divulgativa.

lunes, 22 de junio de 2015

Utopía y trabajo

Ha pasado mucho tiempo desde que Keynes predijo que por estas fechas podríamos vivir trabajando unas 15 horas a la semana. ¿Se cumplirán algún día sus vaticinios? Lo curioso es que eso que parece una utopía es posible dados los continuos aumentos de la productividad laboral. No se equivocó en este aspecto sino en la expectativa política e ideológica que adoptaría la sociedad. Así como Marx erró en no prever el efecto de sus propios análisis y la reacción social que suscitaron, Keynes también minusvaloró el peso de la cultura, la previsión sobre cómo nuestras ideas, ilusiones, creencias, temores y condicionantes psicosociales influyen en las apuestas políticas.

Actualmente el marketing predomina como entorno cultural que, gracias al dinero, se mantiene a flote entre un falaz relativismo moral que relega toda apuesta ética. Esto nos ha llevado a transformar necesidades inmateriales en necesidades económicas mediatizadas por el mercado, y a sentir como una necesidad vital la satisfacción incesante de deseos volátiles. Los aumentos de productividad no se pueden traducir en una mayor liberación de las ataduras económicas porque el afán de consumo y de enriquecimiento ocupan el espacio que podría liberarse, marcan el rumbo a seguir, y así nos hacemos depender de un continuo crecimiento.

En lugar redistribuir el tiempo de trabajo y sus frutos, sólo una élite ha aprovechado esos aumentos de productividad dejando a los demás la tarea de producir cada vez más y la amenaza de una exclusión que se decide no erradicar.




Gráfico para los datos de EEUU. La diferente evolución de la productividad y los salarios:

Por otra parte estamos en un momento en el que el propio exceso productivista puede acabar arruinando la sostenibilidad del medio ambiente que lo soporta y que nos soporta. A lo que se añade la ceguera de la economía neoclásica ante el declive de los recursos fósiles que han nutrido todo este crecimiento, insustituibles en la dimensión de su aporte energético y en su cualidad. Esto sin duda afectará a las posibilidades económicas futuras y llevará a que sectores básicos, como la alimentación, vuelvan a tener mayor peso tanto en los agregados macroeconómicos como en la cesta de la compra, y también en la proporción de trabajo humano que requieran.

¿Cuál sería entonces el papel ideal del trabajo? No podemos dejar de tener en cuenta todo lo anterior al pensar en una utopía, al plantear un futuro deseable que tenga visos de ser posible, el mejor futuro posible para todos teniendo en cuenta los límites y condicionantes de la realidad.

Podemos empezar por aislar el factor trabajo para observar el valor que pueda aportar (o no) por sí mismo a nuestras vidas. De entrada puede sonar paradójico hablar de trabajo en un mundo utópico, pero el trabajo, entendido como actividad que no se hace por placer sino como necesidad, también cumple algún papel en nuestra vida diferente al de la mera obtención del sustento necesario. El trabajo nos pone en contacto con la realidad que nos constituye y que nos sostiene, la realidad material y la realidad social. El trabajo es una forma de reconocer nuestras condiciones existenciales. Por tanto, incluso en el hipotético caso de que pudiéramos dejar de trabajar gracias a la mecanización y a la programación de toda la producción básica, habría que plantearse la necesidad de mantener cierta dosis de trabajo como forma de contacto con la realidad, con sus leyes y con nuestra responsabilidad sobre ella.

Cosa distinta es determinar qué cantidad de trabajo es la adecuada para no perder de vista ese vínculo con las condiciones de la vida. Si sólo tenemos en cuenta este valor psicológico, sin duda sería conveniente dedicar al mismo una porción de nuestro tiempo mucho más reducida que en la actualidad, y su importancia también sería mucho menor, quedando muy alejado de la posición de centralidad que ocupa en nuestras vidas hoy día, (posición que entonces estaría ocupada por el conocimiento, la responsabilidad y la iniciativa voluntarias). En ese mundo la necesidad de trabajar estaría determinada por su beneficio psicológico en la medida en que el trabajo lo aporte, dejando atrás el hastío embrutecedor que suele suponer, y no sería concebido como un castigo divino o como una fuente de virtud por sí mismo, (virtud que hoy por hoy se supone mayor cuanto mayor es la carga autoinfligida).

Ahora introduzcamos el resto de variables. Si las limitaciones físicas y económicas imponen que en conjunto vamos a tener que trabajar más para obtener menos como consecuencia del declive de los recursos energéticos y materiales, o como consecuencia de un incremento de las dificultades naturales (caos climático en ciernes, sexta extinción masiva de especies en curso, etc.), la realidad ambiental se encargará por sí misma de imponer el grado de trabajo necesario para cubrir las necesidades básicas de todos. Pero se abriría una discusión sobre la forma de organizar y de distribuir ese trabajo y sus beneficios. Es decir, seguiría siendo necesario decidir políticamente cuál es el modo ideal de organizar el trabajo en la sociedad porque no hay una sola manera de hacerlo. Siempre habrá un modo más utópico que otro.

La actividad política que consiste en pensar la utopía no puede basarse en un mero cálculo sobre los límites y las leyes de la física. Tanto en el caso de que decidamos repartir ya la productividad ganada de la que sólo se han aprovechado las élites, como en el caso de un incremento de la necesidad conjunta de trabajar, lo que decidamos también estará determinado por nuestras expectativas, por la forma de interpretarnos, de entender nuestras necesidades y de dar satisfacción a las mismas, es decir, por la influencia de la cultura predominante (que a su vez podemos modificar, y he ahí la esperanza). De modo que el pensamiento utópico, acaba siendo una reflexión sobre nosotros mismos que si no determina, sí condiciona nuestro devenir orientando los pasos del presente. Será necesario un ejercicio de deliberación utópica del que emerjan los principios ideales de la organización del trabajo.

Si tenemos en cuenta todo lo anterior, la formulación ideal de estos principios establecería un sistema dinámico que incluyera la variabilidad de los recursos disponibles y la necesidad de preservar el capital natural. Así la aproximación a este sistema vendría inspirada por dos polos: un trabajo tan limitado como sea posible (pero cumpliendo al menos con su utilidad psicológica), y tan intenso como sea necesario para una producción que cubra las necesidades básicas de todos (en función de los recursos del momento y sin exceder la biocapacidad del planeta).

Parece lógico deducir que en una utopía el trabajo sólo sería socialmente exigible hasta el punto necesario para, entre todos, proporcionarnos un sustento suficiente a todos, (sea cual sea el grado de trabajo necesario en cada momento para alcanzar ese punto). Por supuesto, a diferencia de lo que ocurre ahora, en justa correspondencia por esa exigencia social, debería ser un derecho obtener la posibilidad de acceder al trabajo, (al empleo o a los recursos suficientes para la autogestión). Y si el mercado o el estado no cubren ese derecho, deberían proporcionar una renta equivalente, suficiente para cubrir las necesidades vitales. Este acceso a una parte alícuota de los recursos disponibles en el planeta sería instituido socialmente como un derecho, no como una posibilidad dependiente de la coyuntura, y sólo a partir de ese orden de cosas tiene sentido exigir un trabajo a cambio del mismo, al menos si estamos hablando de una ética y de una política, (de una utopía), pensadas para la humanidad, y no de una lucha excluyente, a la postre suicida.

Siguiendo este principio de suficiencia para todos queda claro que el resto de actividad humana estaría marcado por la voluntariedad, (incluso cuando fuese actividad remunerada, pues no sería imprescindible ese empleo secundario), es decir, el sentido de todo avance sería el que realmente deseáramos. Es un lugar común confundir el cese del trabajo como actividad exigible con el cese de toda actividad responsable. Las actividades voluntarias y el trabajo reproductivo y de cuidados desmienten con creces esa simplicidad. Y como culmen de las actividades voluntarias, la actividad política ciudadana (no profesional), el ejercicio de la responsabilidad en colectividad, puede y debe ser ejercido con libertad e independencia de las restricciones económicas para ser verdadera responsabilidad y no chantaje.



Por último, si el trabajo puede entenderse como una forma de contacto con la realidad y sus propiedades, será lógico pensar que cada tipo de actividad implica una toma de conciencia diferente. El tipo de trabajos que realizamos hoy en día tiene parte de responsabilidad en nuestro distanciamiento cognitivo respecto a las condiciones naturales que sostienen nuestra vida, con la consecuencia de que resulta más difícil visualizar el desastre que estamos provocando. Sin que esto deba entenderse como un alegato contra la división del trabajo que complicara excesivamente las cosas, al plantearse el trabajo en una utopía cabe pensar que sería deseable recuperar ese perdido vínculo con el medio natural del que formamos parte. Podemos preguntarnos qué clase de trabajos son más "saludables" teniendo en cuenta ese beneficio psicológico que buscamos, (ese vínculo y ese sentido de la responsabilidad), cuáles cumplen mejor esa función.





Pongamos algunos ejemplos orientativos. La alimentación es claramente el sector que más directamente nos pone en indisoluble relación con el medio natural y sus condiciones. Somos lo que comemos y dependemos de ello. Por tanto sería saludable que todo el mundo estuviera directamente relacionado con este sector. Y la forma ideal de hacerlo pasaría por alejarnos lo más posible de la agricultura industrial, tratando de acercarnos, en alguna medida al menos, a las condiciones en las que evolucionó nuestro organismo (y para las que este se encuentra más adaptado), aquella actividad que constituyó nuestra genética y nuestra fisonomía cuando éramos cazadores recolectores. Quizá la permacultura podría entenderse como la forma ideal de organizar este trabajo en adelante, una forma de producción que además puede superar los rendimientos de una agroindustria en declive sobre una tierra degradada. También sería útil para reforzar este vínculo con nuestras condiciones naturales implicarse en la (bio)construcción del lugar en el que vivimos, o en la manufactura de enseres personales básicos, (ropa, mobiliario, etc). Y entrando en nuestra condición de seres sociales, adquiriría importancia que todo este trabajo se organizase en colectividad.

Esta autogestión colectiva de lo esencial no tiene por qué entenderse como una vuelta a un pasado pretecnológico (si es que alguna vez lo hubo) o como una renuncia a cualquier otra actividad productiva sino como una recuperación de la cordura perdida, retomada ahora en una medida básica, en una fracción de nuestro tiempo. Para el resto del trabajo remunerado, ya sea cierta producción industrial también necesaria o producción de mejoras y comodidades, la forma de introducir equilibrio social y ambiental vendría de la mano leyes que condicionaran la producción desde la política y la deliberación ética pública sin el estrés social de la exclusión y la represión económica.

La utopía no es un estado de cosas sino un propósito claro al que acercarnos en la medida en que las posibilidades de cada momento lo permitan. En el caso del trabajo ese propósito consistiría en liberar nuestro tiempo en favor de una autonomía compartida recuperando a la vez la cordura en la actividad productiva.

lunes, 15 de junio de 2015

En el camino de la Transición




Vivimos un tiempo de grandes cambios, unos ya innegables y evidentes, otros latentes, gestándose para desatarse, de forma gradual o abrupta, en plazos menos dilatados de los que nuestras sociedades pudieran digerir sin grandes aspavientos. La gran complejidad alcanzada por la civilización capitalista industrial globalizada enmascara grandes riesgos, y en su huida hacia adelante aumenta más si cabe su potencial destructor del capital natural que sustenta la vida sobre la tierra.

Transición es el proceso de adaptación de una estructura obsoleta y un paradigma caduco, basado en el crecimiento perpetuo en un planeta con recursos finitos, hacía el emerger de nuevas estructuras que permitan el ajuste al marco biofísico actual. La Transición viene de la mano del Colapso, el desplome del leviatán tecnológico, extractivista y autista que se ha ido desnaturalizando más y más, perdiendo la percepción y conciencia de la pertenencia del género humano a la biosfera. Colapso por descenso de la disponibilidad energética; por degradación del medio natural que ha desatado y profundizado la Sexta Extinción Masiva fruto del antropoceno, al haber convertido en sumidero de la voracidad del consumismo que posee a la civilización hegemónica a las aguas, la tierra y el aire; colapso por disrupción del complejo sistema climático, fruto de las emisiones de gases de efecto invernadero, que derriten los polos, acidifican los océanos y alteran corrientes marinas y atmosféricas responsables del equilibrio y estabilidad que disfrutamos durante el holoceno. Una transición en un contexto muy poco favorable, delicado y en constante degradación. Un reto, una utopía por la que luchar, un camino por recorrer día a día, buscando el cambio que queremos ver, sin apego por el resultado.

Hace unos meses, tras mucho tiempo de reflexión, tomé la decisión de ir un paso más allá en la Transición, tanto a nivel externo como interno. La búsqueda de la coherencia como motor de cambio, como bálsamo al sufrimiento por somatización del desastre en el que estamos imbuidos. El paso a la acción, antídoto del bloqueo, el miedo y el nihilismo.

Partiendo de un trabajo relativamente cómodo, y bien remunerado, algo debe de ir mal a nivel interno y externo para que un joven no solo no se sienta realizado, sino que sufra en sus adentros, caiga en conductas autodestructivas, llegando en ocasiones a perder la autonomía. Al parecer, este tipo de deriva no es algo extraño, sino que es un patrón que se repite en personas que conocen y sienten los impactos de un mundo que se desmorona:

“Investigadores en psicología han documentado una larga lista de consecuencias en la salud mental solo por uno de los grandes “monstruos” invocados por el funcionamiento capitalismo industrial, el cambio climático: trauma, shock, estrés, ansiedad, depresión, duelo complicado, tensiones en las relaciones sociales, abuso de substancias, sensación de desesperación, fatalismo, resignación, pérdida de autonomía y sensación de control, así como una pérdida de identidad personal y profesional.

Esta especie de depresión por degradación del medio ambiente fue bautizada como “solastalgia” por el filósofo Glenn Albrecht. Estos síntomas y procesos encajan con las fases de depresión e ira, de las diferentes etapas del duelo que la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross definió, pero adaptadas a la percepción del colapso ecológico-civilizatorio: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Durante un tiempo, el experimentar estas sensaciones nos lleva, con suerte a un profundo (auto)conocimiento, pero que de nada sirve si no reaccionas y pasas a la acción.

Otro modelo que podemos encajar aquí, pese a que el marco para el que se formuló es distinto a lo que nos ocupa, es el modelo Transteórico, o “las etapas del cambio” de Di Clemente y Prochaska. Este modelo fue definido para el análisis de las conductas y cambios en procesos adictivos como el tabaquismo. Este modelo se emplea de forma común en entornos de Transición, y puede aplicarse en nuestra adicción al petróleo, al consumismo y otros patrones de conducta inherentes al capitalismo industrial:




1- Pre-contemplación: No somos conscientes de la problemática, por lo que no tenemos nada que cambiar, al no creer que sea necesario. Fruto de la falta de información o desinformación (información incorrecta, sesgada o medias verdades) o sobre-información (intoxicación informativa o "big data") facilitada por los medios de comunicación de masas. En esta fase se tiende a evitar hablar, leer o informarse sobre los temas y problemas que se derivan de las “conductas” de riesgo, que son mayoritarias en la sociedad de consumo.

2- Contemplación: En esta fase se ha comenzado a tomar consciencia del problema, y se pretende cambiar en el corto-medio plazo. Se conocen los beneficios del cambio, pero se tienen muy presentes las desventajas y sacrificios que nos harían salir de lleno de nuestra “zona de confort”. Este balance entre costes y beneficios hace que este periodo pueda prolongarse mucho en el tiempo, tendiendo a la contemplación crónica y a la procrastinación.

3- Determinación o preparación para el cambio: Es cuando se ha tomado la decisión de cambiar en un plazo corto de tiempo. En esta etapa ya se han comenzado ha realizar pequeños cambios en los hábitos de vida, se hacen consultas a personas con experiencia en el tema y lecturas u otras formas de aumentar la consciencia de la problemática y posibles soluciones a tomar.

4- Acción o Cambio: Es la primera etapa en la que se comienzan a realizar cambios drásticos en la forma de vivir y de consumir. En esta etapa se comienza a experimentar en el día a día, y se recogen frutos de la coherencia discursiva, de compartir el proceso de cambio con personas afines, lo cual tiende a fortalecer e incentivar el continuar en esa dirección.

5- Mantenimiento: Es la etapa en la que todavía se realizan esfuerzos para mantener vivo el cambio, pero se está mucho más asentado que en la fase previa de acción. Esta etapa puede prolongarse por bastante tiempo.

Una vez llegados a este punto, hay dos opciones, una exitosa y otra de vuelta atrás:

A) Fijación o Terminación: Es el momento en el que las pautas de conducta han cambiado de forma definitiva. Por motivos obvios, esta fase se ajusta más a procesos de adicciones a sustancias. En el sistema actual, es muy difícil, por no decir imposible evitar las emisiones de gases de efecto invernadero o utilizar productos procedentes de los combustibles fósiles. En este caso lo importante podríamos decir que es mantener la tendencia de reducción de los patrones de consumismo, y orientar el consumo a lo ético, local y ecológico, que favorezca el proceso de Transición.

B) Recaída: Por uno u otro motivo, volver a pautas de consumo no ajustadas al patrón de cambio de modelo. Falta de ingresos, falta de apoyo familiar y/o social, etc.

Una vez explicado el modelo, entraré en mi experiencia particular. Decidí dimitir del trabajo (no sin antes intentar conseguir una reducción de jornada que fue rechazada rápidamente), y al menos dedicar 6 meses como toma de contacto a la Transición, tanto externa, como interna. Una parte muy compleja es la justificación en el entorno familiar de esta decisión tan drástica, dejando atrás un “buen trabajo” y una vida cómoda. Pero como Krishnamurti indicaba "No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma." Y de verás que no era buena salud, como he comentado antes. Animé a familiares a asistir a una charla del gran Jorge Riechmann sobre “Transiciones y Colapsos”, y al parecer, el argumento de autoridad fue el empuje final para gozar del apoyo pleno de mi núcleo familiar.

Cuando hablamos de Transición Externa, nos referimos a los cambios exteriores, como son los patrones de consumo,  el lugar de residencia, la actividad profesional, los círculos sociales y actividades de ocio. En este sentido cambié una gran ciudad, por un pueblo mediano, con iniciativa de Transición activa, “Cardedeu en Transició”. En el proceso de transición, la re-localización (la vuelta a lo local en lo referente a comunidad, economía y ocio es de vital importancia) y la importancia de la escala es algo necesario, ya que disminuimos nuestra dependencia del transporte, del sistema de suministros (y con ello disminuimos nuestra huella ecológica), mejoramos nuestra red y vínculos sociales, y personalmente, la salud física y mental, al modificar hábitos de consumo y ocio. Con todo esto, también, aumentamos nuestra Resiliencia, es decir, nuestra capacidad de absorber golpes, y de adaptarnos a los cambios que están en marcha o por venir, como la disminución de la disponibilidad energética. Como dice Richard Heinberg, dado que las instituciones gubernamentales y estructuras supranacionales no están tomando medidas adaptativas a los cambios en ciernes, el plan de repliegue lógico es la construcción de resiliencia comunitaria.

En esta Transición externa, son necesarios grandes cambios, que algunas (o muchas) personas verán como profundos sacrificios. El abandonar la “zona de confort”, y realizar un viraje en tu vida es algo muy complejo, y la posibilidad de realizarlo depende en gran medida de las circunstancias individuales de cada persona, por lo que no podemos exigirnos más de lo que podemos asumir, pero si marcarnos metas y objetivos que estén al alcance de nuestras manos.


La búsqueda de la coherencia personal con lo que se promueve es un gran objetivo, que da mucha fuerza, tanto a nivel individual al dar un nuevo “sentido” a tu vida, como a nivel de discurso, para llegar más personas. El mancharse las manos, reconciliarse con la tierra, es algo muy gratificante. Durante varios meses estuve ayudando como voluntario fines de semana en la iniciativa permacultural “Hort Natural Phoenicurus”, y los últimos dos meses,  media jornada de forma habitual, cuando me era posible. Ser el cambio que quieres ver en el mundo es una bonita forma de implicarte más y más, y de recuperar la calma y la paz, dejando atrás el estrés. Todos estos cambios de hábitos,  tuvieron efectos positivos desde el primer momento. Cambiar el “estrés negativo” por el positivo, pasar de la preocupación a la ocupación en cosas que te gustan, aprender y re-dirigir tu formación, te traslada de lleno al presente, y dejas de sufrir por el futuro y el pasado.

Además, desde mi llegada a Cardedeu, comencé a compartir y trabajar una pequeña parcela con Juan del Río (autor del libro "Guía del movimiento de Transición"), en un huerto urbano situado en la escuela de autosuficiencia “Esbiosfera” (que también es un fantástico restaurante con comida local y ecológica). 

Huerto urbano en Esbiosfera


Con el mismo Juan, y con Jorge y Ana, comencé a trabajar y colaborar en la Red de Transición España, ONG local adscrita a la Transition Network, red de redes de transición a nivel internacional. Desde la red, se promueve el cambio hacía un nuevo modelo sostenible, basado en la generación de resiliencia y en la re-localización. Los trabajos que desde la RedTE se realizan van desde la divulgación, pasando por formación vía cursos presenciales o online en temas de Transición, hasta la asistencia, coordinación y el dar visibilidad a las múltiples y diferentes iniciativas existentes en la península ibérica, tratando de hacer red entre ellas, y con otros movimientos que van el líneas afines, como son el Decrecimiento, las eco-aldeas, la permacultura, la economía a escala humana, etc...

También, aunque todavía de forma muy puntual, he participado en reuniones del grupo promotor en Cardedeu en Transició, que lleva funcionando más de año y medio, y sigue avanzando en sus proyectos y aumentando su visibilidad e impacto local. Hace pocos meses lanzaron un mapa de consumo local, y ahora se trabaja en un huerto permacultural en un instituto del municipio, puesto en marcha de forma comunitaria, llamado “permablitz”.

La otra parte de la Transición, tan importante o más que la Externa, es la Transición Interior. Esta se basa en gestionar los cambios emocionales, los impactos de los acontecimientos que están teniendo lugar y los que vendrán.

Partimos en este caso también de un contexto muy poco propicio, debido a que el sistema actual es extremadamente individualista, hasta el punto de anular la empatía, la cooperación y el sentimiento de comunidad arraigada. Es un sistema basado en el consumismo, en donde el estatus social, la “felicidad” y el éxito van ligados al poseer y al acumular; la ostentación y el aparentar son conductas no solo socialmente aceptadas, si no una aspiración para parte importante de la humanidad. También se ha disuelto cualquier atisbo de vínculo con el medio natural y la biodiversidad que lo habita. Todo esto se trata como una simple despensa-vertedero, de la que extraemos recursos de todo tipo para satisfacer la voracidad consumista y para verter los desechos que generamos, sin atender a los ciclos naturales, sin entender que el ser humano solo es una especie más en la intrincada red que forma los ecosistemas de La Tierra, y no el dueño y señor de todo, con derecho a explotar, esquilmar y despreciar a aquello que nos sostiene a nosotros y al resto de seres vivos.



Es por esto por lo que es tan necesaria la transición interior, la urgencia de renovar el paradigma, superando el obsoleto y economicista “crecimiento perpetuo”, para generar uno nuevo en comunión con los ritmos naturales, y capaz incluso de favorecer una deseable regeneración de los degradados ecosistemas;  y la necesidad de aprender a gestionar las emociones desatadas por la dureza del contexto biofísico que nos toca vivir, regenerando, desarrollado y construyendo nuevas formas de relacionarnos con nuestros semejantes y nuestro entorno.

En esta dirección, a parte de la coherencia, el abandono de conductas autodestructivas y el dejar atrás el estrés negativo, que vinieron de la mano de la renuncia del trabajo asalariado, decidí dar un paso más allá, un paso complicado, pero creo que valiente, al considerarme una persona excesivamente cerebral y racional. Este paso es la apertura a la meditación, concretamente a la meditación Vipassana. Una amiga me la recomendó, al haber hecho ella un curso, y me dijo que ayudaría a reducir el sufrimiento y a gestionar mejor las emociones. Al poco tiempo, otro amigo me propuso ir, ¿casualidad? Me animé a probar, no perdemos nada por abrirnos a cosas nuevas. 

La meditación Vipassana es una técnica basada en las experiencias sensoriales y en la respiración, sin visualizaciones de ningún tipo. “Vipassana” significa “ver las cosas como en realidad son”, y a diferencia de lo que mucha gente piensa, esta meditación no se basa en estudiar tus pensamientos y reflexionar sobre la vida, sino en la observación atenta de tu cuerpo y tu mente, sin juzgar, gestionando tus reacciones, sean agradables o desagradables, intentando evitar la aparición de avidez o aversión por las diferentes sensaciones experimentadas, desarrollando la ecuanimidad. De esta forma, te vas liberando del apego y el rechazo acumulado a lo largo de tu vida, que son los causantes de la desdicha según los instructores de Vipassana.

Esta técnica radica en la experiencia directa, a diferencia de otras formas de meditación, se te pide explícitamente que no creas nada que no hayas sentido o experimentado por ti mismo. Lo importante es que te beneficies de la técnica en tu vida diaria, el resto es secundario, pese a que si te hacen cierta cuña budista durante los discursos diarios. Lo único que te piden, de forma repetida, desde la inscripción, al comienzo del curso, es que, durante los días del retiro, te comprometas a cumplir las normas establecidas y bien explicadas.

El retiro para novatos es de 10 días (y 10 noches), en las que se ha de respetar ciertas normas, como un estricto silencio, la abstención de consumir sustancias intoxicantes, la no utilización de teléfono, una dieta vegetariana y acatar las instrucciones del profesor de meditación, entre otras. Un par de enlaces con experiencias de blogueros sobre el retiro, para quien tenga curiosidad:

Experiencia de Joan Planas


Estudios publicados en revistas de neurología avalan los beneficios de la practica de este tipo de meditación. En concreto, meditar te puede ayudar, entre otras cosas, a:

- Vivir más el presente, sin proyectar hacia el futuro, ni anclarte en el pasado.
- Disminuir los niveles de estrés.
- Mejorar la memoria y la atención.
- Mejorar el auto-conocimiento.
- Gestionar mejor el dolor y las emociones.
- Mejorar tu sistema inmunitario.
- Dormir mejor.

Es algo pronto para ratificar todos estos beneficios, pero puedo decir que la práctica durante la estancia, y el posterior mantenimiento de ella han supuesto cambios positivos relacionados con la mayoría de puntos expuestos. La búsqueda de equilibrio entre la parte racional y emocional, a mi juicio, es algo muy necesario, y más en los tiempo de incertidumbre que nos ha tocado vivir. Por ello, y aunque solo sea como experiencia vital, recomiendo a quien le pueda resultar interesante que le de una oportunidad a la técnica. Seguro que no se arrepentirá.

¿Y ahora qué?


Pues el camino en la Transición no ha hecho más que comenzar tras poco más de dos meses de lleno en el, y la idea, más allá de los 6 meses planeados a priori, es seguir la tendencia, involucrándome más y más en actividades y grupos relacionados. Dado el sistema en el que vivimos, más pronto que tarde necesitaré una fuente de ingresos, ya que las colaboraciones que estoy llevando a cabo son voluntariados no remunerados. La idea es trabajar como asalariado a tiempo parcial, media jornada o menos, y el resto de tiempo aumentar mi dedicación y trabajo en temas que vayan en la dirección que me gustaría que fuese, sin ningún apego a los resultados, sin garantías de éxito, pero con una satisfacción que no tiene precio, y con la conciencia muy tranquila, al hacer lo que está en mi mano y intentar facilitar el cambio, ya sea a nivel local o a escalas mayores, continuando la labor divulgativa que tantas personas afines realizan de forma desinteresada, con pasión y ahínco, dando visibilidad a alternativas basadas en el bienvivir y la recuperación de autonomía por parte de las personas.

domingo, 7 de junio de 2015

Dinámicas de innovación

Gracias a Jesús Nacher y a este post del blog de Nodo ZAZ me he puesto al día con el manifiesto “Innovation and sustainability”, un trabajo de cuatro investigadores (IT, USA, NL, UK) publicado en 2012. El manifiesto es interesante porque pone de relieve los siguientes puntos:
  • el mercado es incapaz de detectar consecuencias negativas que se producen en cascada. Ejemplos: cambio climático, ola de obesidad en EEUU.
  • las soluciones que ofrece el mercado suelen crear más mercado, pero no cortan el problema de raiz. Ejemplo: las farmacéuticas pueden ofrecer píldoras para no engordar, pero no ataja las causas, que es el exceso de calorías en la dieta.
  • el liderazgo para buscar innovaciones sostenibles sólo puede venir de las organizaciones que componen el tejido de la sociedad civil, puesto que su cometido es generar un bien común, sin importar el beneficio económico.
  • las innovaciones surgen de las interacciones, generando nuevas ideas
  • para que surjan innovaciones en las redes asociaciones del bien común son necesarias lo que los autores llaman DIPO, del inglés Distributed Innovation Policy Organization, para compensar tanto mercado como estado, y que actúen como motores de la innovación y de la dirección política.

Algunos de estos puntos son bastante conocidos, como puede ser la inhabilidad del capitalismo de tratar con la raíz del problema. Por aportar una nota de color, esto quedó retratado en el capítulo de los Simpson “Bart, la madre”, en el que el problema de la sobrepoblación de palomas se soluciona con lagartijas voladoras, luego introduciendo serpientes devoradoras de lagartijas y finalmente gorilas come-serpientes que “se supone” que morirán de frío en invierno. Así de ciego actúa el capitalismo, creando cascadas de problemas siempre esperando que el último eslabón sea el último y que los problemas asociados se solucionarán por arte de birlibirloque.

Del capítulo de los Simpsons, versión corregida.


El concepto de las DIPO no es novedoso, pero aunque en Europa existe una gran cultura del asociacionismo que siempre ha estado contrapuesta a los poderes monolíticos, siempre ha fallado un poco lo que en el manifiesto llaman el crear redes con un potencial generativo. Basicamente esto consiste en aunar esfuerzos, dejar de lado identidades y crear asociaciones paragua sobre asociaciones paragua para conseguir un mayor impacto social. Este elemento de recursividad es difícil de conseguir para las asociaciones por las limitaciones de sus miembros o lo que les impulsa a ser miembros de una asociación, es por esto que me centraré en las relaciones emergentes entre miembros y distintos tipos de asociación, intentando encajarlo con modelos de conciencia.

El individuo es un ente asociativo

Al igual que a nivel biológico una célula está especializada y se organiza en grupos de células, órganos, tejidos, etc. todo por garantizar una mayor supervivencia, el ser humano también tiende a la agrupación para garantizar una mayor eficiencia y por lo tanto incrementar sus capacidades de supervivencia. A lo largo de la historia, nos cuenta Rudolf Bahro en su libro Avoiding social and ecological disaster: the politics of world transformation (aquí se puede leer la sinopsis), la conciencia individual ha pasado por distintas fases que han permitido la emergencia de distintos tipos de organización. Es decir, el tipo de organizaciones que pueden surgir está limitado por el tipo de conciencia individual.

Según Bahro en la estructura psicológica occidental hay ciertos elementos que impiden una reorganización política y económica más profunda. El liberalismo de libre mercado, el estado planificador socialista, y la economía de mercado planificado japonesa padecen todos del mismo cáncer: la dedicación plena al crecimiento desaforado de la megamáquina. Sin embargo la megamáquina no es más que un tipo de organización, de los muchos posibles que han surgido de cada tipo de conciencia colectiva.

Diferentes conciencias generan tipos de asociaciones distintos

Es difícil caracterizar los distintos tipos de conciencia que existen, pero no por ello se puede dejar de intentar recurrir a categorías genéricas que las describan en rasgos generales tal como hizo Jean Gebser (1905-1973). Según este filósofo cultural suizo, la historia de la civilización ha sido dirigida por florecimientos de distintos tipos de conciencia. Habría cuatro tipos que han florecido hasta ahora y un quinto que está por florecer.

El primer tipo de conciencia fue la Arcaica, en el que la conciencia del ser humano no estaba distinguida del resto de la naturaleza y no había un sentido de la separación o del tiempo. Luego, el tipo Mágico surgió hace unos 100.000 años con las sociedades de cazadores-recolectores, la vida todavía estaba dirigida por instinto y emoción, y el sentido del tiempo era poco más que una conciencia del presente. El tercer modelo, o Mítico, surgiría hace unos 20.000 años y permitiría las primeras ciudades agrícolas y la conceptualización del pasado y futuro, con un sentido de tiempo cíclico modelado según las estaciones.

Actualmente estaríamos finalizando el periodo Mental, surgido hace dos mil años y con el ímpetu de trascender la naturaleza. Ha sido un periodo dominado por el género masculino y muy combativo, no sólo con países e imperios, también contra la misma naturaleza, contra lo femenino, y contra los impulsos internos. Durante este tiempo han aparecido las grandes religiones, enseñando que la vida debe vivirse según principios éticos y no con el impulso interior. Se desarrolló con un sentido del tiempo lineal, con principio y fin. Durante mucho tiempo fue dominado por los ideales monásticos del rezo, el esfuerzo intelectual, el trabajo y la mortificación de la carne.

Después del Renacimiento el periodo Mental se transformó en el ascetismo de la investigación científica y la ética protestante, una constante insensibilidad hacia la naturaleza que posibilitó la Revolución Industrial. Al final del periodo de profundas frustraciones resultantes de la negación del cuerpo, la naturaleza y lo femenino, llevó a la violencia y crueldad de los campos de concentración y a dos guerras mundiales.

La quinta, o estructura Integral, está emergiendo hoy en día y se caracteriza por un abandono de la rigidez conceptual de la racionalidad y del tiempo, con una reasimilación de lo feminino, lo natural y los impulsos. Permite darse cuenta nuevamente de estructuras de conciencia anteriores, con una nueva conciencia temporal en el que pasado y futuro están contenidos en un presente atemporal, en el que poder centrarse para alcanzar serenidad y libertad. Esta estructura de conciencia está caracterizada por una preferencia por valores frugales y contemplativos y por una mayor preocupación por la salud e integridad de todos los seres vivos.

Las DIPO son expresiones de un cambio individual

Al principio hablaba de las DIPO como un tipo de organización que vela por el bien común. ¿Qué las diferencia de las asociaciones tradicionales? La única diferencia está en un tipo de conciencia diferente por parte de sus miembros. Sus constituyentes, en vez de velar solamente por la supervivencia de la organización, tienen conciencia de las organizaciones superpuestas, anexas y soslayadas de las que indirectamente forman parte.

Al igual que un ciudadano comprometido actuaría tanto con conciencia local, como con conciencia global, un miembro de una asociación que aspirase a DIPO debería no solo velar por el futuro de *su* organización. Éste también debería velar por el futuro del ecosistema en el que se maneja la organización y cómo ayudar a crear un mejor entorno colectivo para todas las organizaciones de su campo con supra-organizaciones, que a su vez se constituyen en organizaciones de nivel superior. Pero todo este entramado parte, sin lugar a duda, del individuo, de la necesidad reconocida de crear entes superiores que garanticen el conjunto.

¿Cómo saber si un entramado ha crecido más de la cuenta? La verdad es que ahí entra en juego la sabiduría personal y colectiva. El equilibrio entre el diseño y los procesos emergentes, puesto que no hay ninguna respuesta escrita, y si por momentos hay alguna respuesta, cambia a cada instante y hay que saber fluir con el cambio. Ahí está también la dificultad individual, el aceptar el cambio constante no sólo en la vida personal, también para las organizaciones de las que uno forma parte. 

Y por supuesto el empezar a dar los primeros pasos para ganar experiencia. Sin esa experiencia acumulada no se pueden empezar proyectos de más envergadura, puesto que se necesita de un "recuento de victorias" para que los miembros de una red confíen en un individuo para liderar la formación de redes generativas.

En las DIPO no hay líderes hay personas con valor

El liderazgo tradicional se basa en la colaboración basada en el dinero para poder realizar su actividad de negocio. En las DIPO la colaboración se basa en la buena fe y en la voluntad de avanzar como grupo, es por tanto necesario que el individuo se vaya forjando una reputación para progresivamente alcanzar a más gente con sus proyectos.

Esa parte no la cuentan en el manifiesto, y es que las redes de innovación no surgen "de la nada", aparecen a partir de la transformación personal y colectiva. Con muchas personas realizando esta transformación, siempre aparecen personas que la realizan más rápidamente y por lo tanto pueden ayudar al resto con la suya. Si se demuestra que es así, esta persona ganará influencia para afectar cada vez a más personas y es así como aparecen las redes, en base a individuos que han avanzado en su conciencia personal.

Por lo tanto el cambio de paradigma lo constituye el grado de conciencia que cada persona ha conseguido transformar, a mayor transformación mayor valor tendrá un individuo para poder encauzar una DIPO y hacerla crecer junto con otras DIPOs creando redes cada vez de más envergadura siempre que los miembros estén preparados. De la gestión de recursos económicos se pasa a la gestión de conciencias individuales y colectivas.