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lunes, 3 de octubre de 2016

Responsabilidad radical ante el Colapso civilizatorio y ecosistémico




Una de las respuestas más deseables tras la concienciación sobre el contexto de colapso civilizatorio y ecosistémico en el que nos movemos es la toma de responsabilidad. La responsabilidad no es otra cosa que la consciencia en acción. Y en los tiempos en los que vivimos no necesitamos una responsabilidad común, sino una responsabilidad radical, desde la cual tratar de reparar los daños que el sistema capitalista, basado en la dominación y explotación, genera tanto en las personas como en el ambiente.

Reparar daños y generar alternativas factibles y efectivas en una situación de emergencia, vaya papeleta, ¿No? Si, puede parecer una carga, un castigo, pero también puede ser un regalo, una excusa para vivir la vida de forma intensa y coherente, manteniéndose en el presente y trabajando por construir un futuro más resiliente, inclusivo y amable con el ambiente que nos sostiene como especie.

Entendiendo que para embarcarse personalmente, y necesariamente de forma colectiva en la construcción de alternativas y en la reparación del daño, hay que disponer de la máxima energía, capacidad y fuerza, endo y exosomática para no fracasar a las primeras de cambio, y para aprender de los errores (como diría Jorge Riechmman, "fracasar mejor").

En este texto podríamos divagar de como podemos caminar a una transición energética realista que cubra necesidades básicas, a un nuevo modelo alimentario más biodiverso y que repare los maltrechos suelos, pero creo que disponemos ya de obras valiosas y enciclopédicas, que podemos consultar de forma abierta, como el caso de "En la espiral de la Energía" de Fernández Durán y González Reyes, o como numerosos manuales de agroecología, permacultura y otras formas de agricultura y ganadería regenerativas. Pero no voy a hacerlo, al menos en esta entrada.

En este texto me gustaría hablar de como podemos acceder a fuerza y energía contenida en nuestro propio cuerpo. Como podemos intentar sacar el máximo partido de nuestras posibilidades para caminar en la dirección en la que realmente nos gustaria vivir, partiendo de la consciencia plena del contexto, y asumiendo responsabilidad radical en nuestras acciones diarias.

El sistema en el que vivimos, antes que capitalista, es patriarcal. Esto es fácilmente observable no solo en el machismo, también en el antropocentrismo, es decir el sometimiento e intento de dominación del entorno natural por el ser humano. Esta dominación, así como la competencia o la fortaleza heróica mitificada son rasgos no solo de la cultura capitalista industrial, sino algo que viene de mucho antes (entre 5 y 10 mil años), y que el sistema actual simplemente ha exhacerbado, y gracias a los medios de comunicación del capital ha extendido por todo el globo, intentando erradicar al resto de culturas no hegemónicas.


Bajo el paragüas patriarcal, el mostrar vulnerabilidad se ha traducido en un símbolo de debilidad, y se ha reprimido la expresión y muestra de sentimientos. En la cultura dominante, sentimientos naturales como la tristeza, la ira, el miedo o la alegría han sido etiquetados como "malos" o "buenos", en vez de como algo neutro y natural. Los sentimientos no son otra cosa que información que nuestro organismo nos envía en reacción a estímulos externos, para generar una respuesta acorde al ambiente. En vez de escuchar esta información, y conscientemente decidir si emplear la energía que en nosotros despierta, en el sistema actual se ha promovido una de dos, o silenciar cualquier tipo de respuesta emocional ahogándolas en ruido de diferentes fuentes (alcohol u otras substancias, distracciones vacias, consumo desaforado, etcétera) que nublan el mensaje que nuestro propio cuerpo nos envía; o dejarnos llevar de forma inconsciente por estas emociones, que se tornan en enfermedades y transtornos psicológicos como la depresión o el estrés.





Los esfuerzos por parte de la sociedad de consumo por mantenernos constantemente ocupados, distraidos e inconscientes de lo que pasa en nuestro cuerpo son inconmensurables. Ya sea a través de la omnipresente tecnología, el bombardeo constante de publicidad y estímulos externos, la medicina occidental que se enfoca solamente en paliar o silenciar los síntomas olvidando la prevención o la comprensión de la fuente de la enfermedad, o la normalización  del consumo constante de sustancias que alteran nuestro estado de consciencia (alcohol, café, tabaco, azúcar, etcétera...), nos mantenemos adormecidos y anestesiados, desconectados de lo que sucede en nuestro organismo.


La tristeza se ha catalogado como debilidad, infantil, ridícula, deprimente o "no divertida"; la ira se ha etiquetado como "incivilizada", ruidosa, destructiva, peligrosa o caótica. El miedo como cobardía, irracional, inestable, histérica, qie nubla decisiones y es contagiosa. La alegría como irrealista, infantil, poco seria, inocente, no intelectual o propia de gente "que no tiene trabajo suficiente".

En realidad, estos cuatro sentimientos pueden servirnos en nuestro día a día de forma formidable, y es para lo que nuestra biología a lo largo de la evolución los fué moldeando y modulando, como respuestas idóneas a estímulos externos. La tristeza nos empuja a abrirnos y compartir, trae sinceridad, aceptación, ayuda a finiquitar relaciones, o nos abre a la escucha que tanto nos hace falta en estos tiempos de individualismo y egoísmo patológico. La ira nos permite decir con claridad "si" o "no", comenzar proyectos, detener lo que no nos gusta, denunciar injusticias o marcar límites claros evitando ambigüedades. A través del miedo podemos detectar peligros, medir riesgos, concentrarnos, ser curiosas, evitar desastres, prestar atención, ser precisas o incluso improvisar. La alegría puede motivar e inspirar a quien nos rodea, potenciar nuestra amabilidad, generosidad y apreciar a las personas y el entorno natural sin ninguna razón aparente, por el hecho de ser.

Esta "reconciliación" con nuestros propios mecanismos de respuesta no es un proceso sencillo, ni corto, es más requiere muchos esfuerzos, renuncias y cambios en nuestras pautas de comportamiento y reacción. Este proceso requiere una maduración real, pasar a la edad adulta y asumir responsabilidades. No centrarse solo en señalar los males que nos rodean, sin trabajarnos a nosotras mismas con determinación y ecuanimidad. No juzgar siempre a los demás y a nosotras mismas, sino practicar la compasión propia y ajena. Indagar en tí misma, practicar el autoconocimiento y autogestión de tus procesos internos.

En realidad vamos a necesitar toda esta consciencia, energía y empuje para asumir responsabilidad radical, tratando de reparar y contruir sociedades humanas alternativas frente a la hegemómica que se caé cual gigante con los pies de barro, perdido en su complejidad y desmesura. Estamos en tiempo de asumir responsabilidades y comenzar a crear culturas paralelas, diversas y resilientes frente a la homegeneidad e insostenibilidad del capitalismo industrial.




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