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lunes, 28 de marzo de 2016

Expertos vs. el colectivo



Un aspecto sumamente interesante, además de una de las tesis más potentes del libro de Nassim Taleb “Antifragil” al que ya dedicamos una amplia reseña,  es la potencia y superioridad del pensamiento colectivo frente a la voz de reputados expertos. Vamos a aplicar algunas de sus argumentaciones a diferentes sistemas complejos, como la economía, la sociedad, la biosfera o el clima.

Taleb carga con especial énfasis contra los economistas de renombre que, pese a sus repetidas fallidas previsiones y observaciones, siguen teniendo un lugar en el púlpito mediático generalista. En concreto carga tintas contra Josep Stiglitz, de forma tan cómica como acertada. Apunta ejemplos y estrategias que emplean los expertos economistas para cubrirse las espaldas ante sus constantes errores, tales como decir una cosa y la contraria, y después de un tiempo, rescatar la declaración acertada, y difundir su éxito predictivo. Apunta que es mucho más sencillo apuntar las debilidades o fragilidad de un sistema, que predecir un determinado riesgo, si lo que se quiere es tratar de tratar de remediar esa iatrogenia o daño.


Resalta que parte de su aversión a los expertos es a causa de su hiper-especialización, que les des-intelectualiza, al saber “mucho” de muy poco, perdiendo en muchos casos el contacto con la realidad, que es compleja e interdependiente. Entrecomillamos el "mucho" por que en las más de las veces saben menos de lo que presumen, y desde su altar emanan una soberbia muy característica, por su desprecio hacia temas que no dominan, y por ello no tienen en cuenta, o incluso ningunean, como en la fábula de la zorra y las uvas. Un caso que tratamos recientemente en la asociación fue el de Vicenç Navarro, con sus lagunas en temas clave como energía y ecología a la hora de hablar de "desmaterializar el crecimiento económico". Ha sido la fe en estos personajes de la mano con el pensamiento economicista el que nos ha empujado a la extrema fragilidad que nos expone a colapsos por imposibilidad de mantener la complejidad del sistema globalizado.

El "problema de los expertos" nos sitúa en el lado erróneo de la asimetría; es decir, así como cuando eres frágil necesitas saber mucho más que cuando eres anti-frágil, cuando crees que sabes más de lo que en realidad sabes, tu fragilidad a los errores se incrementa significativamente. Es por ello, que pese a cada vez disponemos de más expertos, ya sean tertulianos de la televisión o omnipotentes académicos encantados de conocerse, no conseguimos resolver problemas que se van incrementando, y que probablemente requieran de una aproximación diferente, más holística y menos al extremo detalle, como puede hacerse a través de la interdisciplinar dinámica de sistemas. Necesitamos más escépticos, y menos expertos, que cuestionen y destripen la realidad compleja, frente al "guruismo "y la masa que acepta acríticamente. 

Además, uno de los aspectos que Taleb apunta como más hirientes es la falta de responsabilidad con la que los expertos vierten sus predicciones sin después responsabilizarse de las consecuencias, y más las que afectan a gran parte de la población. En su discurso, se centra en el tema económico y financiero, pero deberíamos ampliar esta demanda de responsabilidades a todas aquellas voces que se autodenominan expertas, y generan confusión y fragilidad en sistemas que afectan a toda la humanidad, y a la biosfera. En concreto nos referimos a los "expertos" en energía que por ejemplo promueven el Fracking o la energía nuclear, o los "expertos" en clima que niegan la evidencia del creciente caos climático. Es importante no olvidar la responsabilidad de muchos creadores de opinión frente a crecientes impactos de riesgos ante los que nuestra vulnerabilidad es cada día mayor.

De nuevo en este tema entra en juego la "vía negativa". Lo no-natural necesita demostrar su inocuidad y sus beneficios, mientras que lo natural no necesita esta carga de la prueba, ya que millones de años de evolución adaptativa avalan su idoniedad. Como dice Taleb "la naturaleza es mucho menos estúpida que el ser humano. Esto es una evidencia en los problemas complejos". Apuntar que esta idea de que el ser humano esta fuera de "lo natural", es una de las lacras que arrastramos, y deberíamos dejar en la cuneta, si queremos seguir caminando como especie sobre la faz de La Tierra.

Etiqueta a esta plaga de expertos poco acertados como el "Síndrome de Stiglitz", y recomienda textualmente:

"Nunca preguntes a nadie por su predicción, opinión o recomendación. Solo preguntarle donde pone su portfolio*"

*[esfuerzo, trabajo, ahorro, inversión. De nuevo podemos observar el lenguaje financiero de Taleb]"

Hace un alegato de pensamiento científico genuino, frente a la ciencia prostituida y dirigida, desgraciadamente característica del modelo universitario actual. Ante argumentos variopintos, podemos emplear la ciencia, que se basa precisamente en argumentos, pero que se sostienen por sus propias patas, ya que algo que esta demostrado empírica o matemáticamente como erróneo, sencillamente no puede ser correcto por mucho que cientos de "expertos" estén en desacuerdo.

Un ejemplo esclarecedor es el caso de la burbuja inmobiliaria española. Numerosos "expertos" televisivos, y en general, el stablishment político y mediático negaban la existencia de tal burbuja, y aseguraban que "los pisos nunca iban a bajar" o que "alquilar era tirar el dinero". Desde estos sectores se cargaba contra las personas y colectivos, desde arquitectos comprometidos a movimientos ecologistas que señalaban el problema inmobiliario, sus consecuencias sociales y ambientales, tachándolos de agoreros, resentidos o cualquier otra etiqueta. Con el tiempo se vio que obviamente no era posible mantener los precios desorbitados, y acabo reventando la burbuja, y quebrando la mayoría de cajas de ahorros y algunos bancos implicados en las tramas especulativas. Una de las consecuencias fue la transferencia de fragilidad desde las entidades y organismos responsables, hacia la sociedad, ya sea vía rescate con fondos públicos de las entidades quebradas o vía desahucios y exclusión social. 

Certeramente, Taleb apunta que un organismo natural no es una unidad final, sino que esta compuesto de subunidades, y el mismo forma parte de un colectivo más grande. Podemos observar muy claramente en el sistema actual la transmisión de fragilidad del individuo al colectivo, en niveles muy diferentes. Como si el individuo estuviese diseñado para que sus errores afectaran a más gente (o más especies de seres vivos), y no a el mismo. Este es el caso de como hemos entrado en el antropoceno, empujando a otras especies a su desaparición, a unas tasas de extinción 1000 veces superiores a la que había antes de la extralimitación de la especie humana de los ecosistemas (1). Por tanto, tendemos a discutir sobre errores sin tener en cuenta el entramado y la transferencia de fragilidad.

Introduce el interesante concepto de "hormesis" como la capacidad de fortalecerse tras un daño, siempre que observemos desde fuera, no desde dentro, por ejemplo, una civilización o sociedad sufre un cierto estrés, como los terremotos, y se adapta a las condiciones en diferentes ámbitos, como es la construcción. Si miramos los efectos de un terremoto tras su impacto, veremos  una gran destrucción, dolor y sufrimiento, pero si miramos adelante en el tiempo, observamos que este impacto evitó desgracias al "inmunizar" a esa sociedad. Lo mismo puede suceder en respuesta a venenos o enfermedades. Este tipo de antifragilidad es evolutiva, y actúa a nivel informativo, ya que los genes o los anticuerpos son información al fin y al cabo.

Con la hormesis, el individuo no se hace más fuerte, probablemente muera, pero consigue la transferencia de un beneficio al colectivo, haciendo que más adelante otras unidades puedan sobrevivir. Estos supervivientes podrán cargar con las modificaciones necesarias para transferir esta información al colectivo. Esta información no se preocupa por el individuo, que es un peón sacrificable, sino por el futuro del colectivo. Este tipo de reacción debería arraigar para la construcción de un futuro para la especie, pero el entorno extremadamente individualista no es un buen caldo de cultivo. En este sentido, la evolución no es más que otro tipo de antifragilidad.

Partiendo de aquí, podemos afirmar que existe una tensión entre la naturaleza y el organismo como individuo. Cualquier ser vivo, tiene una vida finita, para después desaparecer. Pero habitualmente, antes de marchar ya ha dispersado su material genético, recibido de sus padres, y modificado en su tránsito. La naturaleza prefiere que "el juego" continúe en términos informativos, el acervo genético, por lo que los organismos necesitan morir para que la naturaleza sea antifrágil.

Un ejemplo en economía de transferencia de fragilidad del individuo al colectivo es el rescate de empresas "too big to fail" (demasiado grandes para quebrar) con dinero público, algo que hemos visto de forma repetida en diferentes países, entre ellos el nuestro. Muchas de estas intervenciones, que están pensadas por expertos para salvar a una empresa "débil" y ayudar al colectivo (el sistema), lo que tienen es un efecto inverso, que es dañar al débil, generando exclusión social, para mantener los privilegios de los poderosos, consolidando su posición de dominación.

La unidad en las culturas tradicionales es el colectivo, y este puede verse dañado por el comportamiento de un individuo. Claramente un sistema debe de favorecer la supervivencia de los individuos, pero uno debería ir con cuidado de no glorificar su interés personal contra el de otros debido a la interdependencia y la complejidad.

Taleb apunta la teoría  que sostenían algunos filósofos conservadores como Wittgenstein, de que ciertas tradiciones son el resultado de la herencia del pensamiento y conocimiento colectivo. Estos, a diferencia de Hayek (curiosamente primo del propio Wittgenstein), si contemplaban la opcionalidad, huyendo del dogma y la fragilidad que conlleva. Con opcionalidad, queremos hacer referencia a la aceptación de la interdependencia, cultivando las relaciones sociales como opción necesaria para salir adelante. Wittgenstein no se creía las falacias que los ultraindividualistas manejaban para justificar y mantener sus posición privilegiada, y fue consecuente en su estilo de vida, ermitaña y misántropa.

En la actualidad, la idea del "yo" se ha llevado hasta el centro de la cultura, trayendo con ello una gran fragilidad. Antes de que el "yo" subiera a los altares, todas las personas éramos parte de un presente colectivo y simiente de una progenie futura. Tanto las tribus del pasado, como las que todavía existen, y seguramente las futuras, explotaron la fragilidad del individuo para fortalecerse a si mismas. Siendo honrados y atribuidos con méritos los individuos que se sacrifican por el bien del grupo, al haber trabajado duro por las siguientes generaciones.

Dice sentirse abatido al escribir sobre estos temas, cuando se está condenando a las futuras generaciones a mucho dolor, por endeudamiento, por agotamiento de recursos y profundos daños ecosistémicos, todo ello en los intentos de apuntalar un sistema con cada vez más fragilidad.

Llegando con esto a proponer una heurística evolucionaria, a la que se podría otorgar los siguientes atributos:

  1. No sabes que estás usándola.
  2. Se ha realizado antes durante mucho tiempo, de forma exactamente igual, o similar ajustada al ambiente concreto, por generaciones y generaciones de practicantes. Reflejando así una sabiduría colectiva fruto de la evolución.
  3. Aquellas personas que realizaron está actividad, sobrevivieron, es decir, está libre del "problema de la agencia".
  4. Sustituye a problemas complejos que requerían una compleja solución matemática.
  5. Solo puedes aprender practicándola o observando a otros
  6. La tarea podría hacerse "mejor" por ordenador que en la vida real. Pero por alguna razón, esta segunda mejor heurística es más apropiada que la primera.
  7. El campo en el que ha sido desarrollada permite rápida difusión y retroalimentaciones, haciendo que aquellos que comenten errores o daños no duran mucho tiempo en la actividad determinada



(1) 1. Chivian, E. and A. Bernstein (eds.)  2008. Sustaining life: How human health depends on biodiversity. Center for Health and the Global Environment. Oxford University Press, New York.










lunes, 21 de marzo de 2016

Corrupción, dependencia y resistencia al cambio

La corrupción más llamativa, la que sale en los medios de comunicación, se da entre gente guiada por una ambición mediocre que por lo general no necesitaba esos chanchullos para vivir bastante bien. Pero a pesar del repudio generalizado a esta conducta, a menudo sorprende que gran parte de la población acepte la corrupción como si fuera el orden natural de las cosas y lo único importante fuera quién va ganando el partido de sacar a la luz los trapos sucios del rival. Incluso es posible ver a corruptos jaleados por seguidores fieles. También llama la atención la sensación de impunidad y el descaro con el que los corruptos se expresan en público. ¿De dónde surge esta tolerancia o habituación social? ¿Y qué es lo que frena la denuncia del mal cuando se conoce? ¿No tendrá algo que ver con una generalizada falta de autonomía personal que nos hace vulnerables y dependientes de poderes privados, y que además permite represalias a los denunciantes, (como en el caso de Ana Garrido, por ejemplo)?

En la sociedad del desamparo, cuando hasta los niños pueden pasar hambre a pesar de la abundancia de alimentos, y las familias pueden ser desahuciadas aunque no tengan otro techo en el que pasar esa noche; cuando las personas crecen sin recursos para labrarse un futuro y sabiendo que serán dependientes de un mercado laboral siempre insuficiente además de imprevisible en sus cambiantes formas y ciclos; en una sociedad así la seguridad económica depende en gran medida de “los contactos” y de las alianzas personales o grupales. Y sea cual sea la situación de partida, se acepta un imaginario colectivo según el cual la dependencia y el poder caciquil constituyen “la realidad de las cosas”, la realidad económica y social en la que se cree, digan lo que digan los economistas. Cualquier conversación tabernaria refleja esta verdad mejor que las facultades de economía, aunque los modelos teóricos funcionen muy bien como un monumental y sofisticado ejercicio de marketing político.

Y si las personas dependen de la confianza o del favor de poderes privados para subsistir y para prosperar, la sociedad es un caldo de cultivo ideal para la corrupción. El chantaje de la exclusión y el favoritismo propician las deudas personales y la formación de camarillas con independencia de la ley, una ley que no protege y que no es igual para todos, dura con el que trampea para subsistir y demasiado a menudo tolerante con los delitos del poderoso.

Foto: Giancarlo Belfiore


"España es como una “segunda casa” para todas las organizaciones criminales europeas."



En ocasiones Incluso el sentido de pertenencia puede encontrar mejor satisfacción de este modo, mediante vínculos mafiosos y similares, con indiferencia hacia quienes no pertenezcan a la camarilla propia aunque vivan al lado, especialmente en las situaciones de mayor desarraigo en las que ni siquiera la familia supone un vínculo estable. Precisamente porque no pensamos como seres aislados haciendo cálculos de interés individual al margen de la sociedad; precisamente porque el instinto nos dice que dependemos de nuestro entorno social; precisamente porque tenemos una enorme propensión a sentirnos comprometidos con otras personas y en deuda con quien nos ha favorecido; precisamente porque somos seres sociales, la corrupción encuentra un terreno fértil para hallar cómplices, aliados, candidatos a entrar en el ámbito de protección de alguien con cierto poder y personas que no quieren ver o que se autocensuran.


Cuando no se percibe una auténtica sociedad porque no existe cohesión social y cada uno tendrá que suplir como pueda esa carencia, esa necesidad de apoyo grupal para el que estamos naturalmente dotados; cuando la legalidad nos deja enteramente al albur de nuestro acierto o fracaso individual, es habitual que se aspire a encontrar a alguien que nos quiera favorecer más que a un improbable éxito singular.

Desamparo, desarraigo, desigualdad, sentido de pertenencia insatisfecho, instinto social frustrado… Estas son las condiciones sociales que generalizan el miedo, la frustración y la ambición de las que se nutre toda mafia y toda secta, pero también toda camarilla o todo grupo de interés más o menos explícito u organizado. Trataré de mostrar con un ejemplo cómo un sistema de compromisos y lealtades puede dar sostén a todo tipo de corrupciones configurando una estructura de poder y dependencia.

Antes es necesario decir que el mayor daño de la corrupción no está en el dinero que se han apropiado los políticos corruptos sino en el dominio sobre la legislación que logran los corruptores, aunque cada vez se va naturalizando más esta auténtica corrupción de la democracia bajo figuras admitidas como el lobby y las puertas giratorias. El deterioro económico colectivo debido a este cabildeo, pongamos una rebaja de impuestos o un “olvido” en su cobro, multiplican y dejan en calderilla lo que los corruptos se apropian ilegalmente. Y aun peor, la corrupción va creando una comunidad de intereses que actúa contra toda reforma importante por más necesaria que sea esta. Cuando sabemos que son necesarios cambios importantes en facetas de nuestra organización social tan sistémicas como la gestión del dinero, el reparto del empleo, la inclusión social o la propia democracia, la corrupción o su mera posibilidad dejan de ser asuntos menores y cobran una importancia crucial. 

Veamos cómo funciona inadvertidamente esa corrupción estructural, esa podredumbre moral y funcional subyacente, que no sale a la palestra del escandalo pero que impide los cambios necesarios. Para resaltar sus ángulos voy a utilizar un paralelismo algo extremo pero cercano para los españoles.

Ver por ejemplo el capitulo  
Informes, denuncias, delaciones. 
La violencia desde abajo
páginas 28-33 de este libro.
Cuando Franco se puso al frente del bando nacional durante la Guerra Civil no sólo alargó el conflicto artificialmente para convertirlo en un exterminio ideológico sistemático, también en las zonas en las que no hubo batalla, sino que se propuso comprometer con ese genocidio tanto como fuera posible a la población civil. Es sabido, por ejemplo, que se amenazó a muchas personas para que delataran a algunos vecinos o se presionó a las familias para que aportaran jóvenes reclutas al bando nacional. Esto incluso llegó a ser un incentivo perverso para la delación entre algunos miserables que optaban a los puestos de trabajo vacantes dejados por los “paseados”. Con esa estrategia, cuando la contienda acabara habría muchos interesados en no volver atrás, ya que ellos o alguno de sus allegados tendrían las manos manchadas de sangre (o impregnadas con su olor). Aun en los casos en que hubieran sido engañados o forzados, temerían que si cayera el régimen, después se buscara hacer justicia, y en otros casos, temerían perder los nuevos privilegios. Esa masa de población se convertiría un sostén social del régimen, que fue acabando con los restos de su oposición a lo largo de la dictadura. 

Más aun, salvando muchas otras distancias, en nuestro país cabe trazar una línea de unión entre ambos casos: las élites que se beneficiaron de la dictadura no sólo no devolvieron el patrimonio que acapararon gracias a leyes antidemocráticas a su medida sino que, desde su posición privilegiada, condicionaron con su mentalidad caciquil todo el período político de la restauración borbónica que sucedió a la dictadura.

Por poner un ejemplo, la iglesia católica no ha devuelto la ayuda recibida del estado bajo el gobierno criminal de la dictadura de la que fue cómplice necesario. Como nos dice Julián Casanova en la página 40 del libro anterior, “Puesta esa ayuda en cifras, el propio Carrero estimaba que en esas décadas la Iglesia había ingresado en sus arcas 300.000 millones de pesetas procedentes de la financiación estatal.” En lugar de devolverlo su expolio ha continuado durante décadas inmatriculando bienes públicos o comunales a lo largo y ancho del Reino de España.

De un modo menos cruento que el de la complicidad social de parte de la población con la dictadura, (pero no sin indiferencia hacia los excluidos), algo parecido ha ocurrido con la corrupción en las últimas décadas. Existe una parte de la población enmarañada en una red de favores y alianzas al margen de los méritos propios y de los métodos que supuestamente rigen la asignación de beneficios y la designación de puestos en todos los niveles, y aunque comprendan lo equivocado y pernicioso de la actual estructura de poder, sienten reparos para enfrentarse a ella incluso cuando esto conduce a situaciones ilegales o irregulares. Además de correr peligro por la denuncia, a menudo ocurriría que, en caso de caer sus valedores, quizá fueran cuestionados sus privilegios, o en los peores casos, podrían verse salpicados por los juicios sobre las corruptelas patrias. En lugar de combatir el actual régimen político, lucharán contra cualquier alternativa emergente que pueda dejarles en la posición de cómplices. 

Este favoritismo y esta red de dependencias privadas no es ilegal en el ámbito de la empresa privada aunque no sea lo ideal, pero la vulnerabilidad social de gran parte de la población ha naturalizado esta forma de funcionar hasta el punto de que a nadie sorprende que salte al ámbito del sector público y, por encima de todo, a la política.

“Quítate tú para ponerme yo” llegó a ser el primer principio de los partidos políticos. Los principales intereses de España, sobre todo bancos (…), estaban muy estrechamente ligados a la política; de los políticos dependía el que se considerasen favorablemente sus intereses, mientras que los políticos (…) dependían de ellos en lo que concierne a puestos en consejos de administración y cargos lucrativos para sus familias. Y ahora un Borbón, un joven de aire insignificante, venía a ocupar el trono vacío."



Pero aunque haya diferencias y grados de corrupción entre los distintos países, al igual que ocurre con el capitalismo de amiguetes o con la  cultura de amiguetes, no son fenómenos exclusivos de la idiosincrasia española. Es algo muy extendido, y no poca culpa de esto podemos atribuirla a la gestión política basada en los gobiernos representativos (que no democráticos) tan fácilmente manipulables por quienes tengan más dinero. Como se explica en el siguiente vídeo: La gente votará lo que se le diga. (Tocqueville) ¿Por qué? Porque si tienes que elegir entre varias opciones, quien tenga más dinero hará tan visibles las suyas que las convertirá en las únicas ”


Los gobiernos que podrían aliviar la dependencia económica de la población están condicionados por un sistema político igualmente dependiente de los poderes económicos, cerrandose así un círculo de frustración que siempre deja al margen a los verdaderos responsables. En algún momento habrá que corregir esa trayectoria, abandonar la dependencia generalizada en favor del derecho a la autonomía, y revertir este proceso de exclusión política y de desposesión. No se trata sólo del expolio ilegal de las corruptelas sino del saqueo perpetrado con la ley en la mano precisamente porque la formación de las leyes está en las exclusivas manos de los saqueadores -pongamos la ley hipotecaria española vigente desde 1946-. Casi 50 años después de que José Luis Sampedro escribiera este párrafo podemos seguir dándolo por válido:

“Porque esa es la gran ausente de la teoría convencional, la variable “poder”, sin la cual es difícil explicarse nada importante. (...) Así he acabado instalándome en la convicción de que sólo una teoría de la dependencia generalizada (dependencias diversas y encadenadas sucesivamente en una estructura) permitirá un conocimiento global y efectivo de la realidad económica.”

De cómo dejé de ser Homo oeconómicus
Conferencia de 1978 incluida en el libro Economía humanista.

Para distanciarnos de la corrupción necesitamos cohesión social, dotarnos de una garantía de inclusión de modo que las generaciones futuras no crezcan con la sensación de que son imprescindibles padrinos a los que habrá que deber favores y guardar lealtad para subsistir dignamente. Si tenemos en cuenta que se avecinan tiempos difíciles, que en cierto modo tenemos que reinventar la sociedad para vivir en un mundo cada vez más agotado y que ya sólo puede ser compartible, (no conquistable), la necesidad de esta cohesión sin exclusión cobrará cada vez más importancia para encontrar soluciones pacíficas y constructivas. Necesitamos todas las iniciativas que puedan incluirse en este propósito, y necesitamos invertir en que todas las personas puedan formarse y aportar sus talentos, sean cuales sean, para la construcción de una nueva cultura política y una verdadera democracia:



“Los mismos hombres que le dieron sus derechos políticos 
tuvieron buen cuidado de hacer que no los pudieran ejercer nunca.”
Gerald Brenan 


lunes, 14 de marzo de 2016

Donald Trump: Instrucciones de uso


Según se desarrollan las elecciones primarias en EEUU hemos podido observar como los medios cambiaban el tono respecto a Donald Trump, un auténtico fenómeno mediático que ha puesto patas arriba el proceso electoral en Estados Unidos, al menos y por el momento en el partido republicano. Con el avance del proceso, y los sucesivos éxitos del empresario norteamericano, el que era un bufón histriónico ha pasado a ser el hombre más peligroso del mundo, según el semanario Der Spiegel. Para los neoliberales, Trump ha superado al papa Francisco en el ranking de hombre peligroso. Veamos cuáles son sus ideas para entender por qué.

En primer lugar conviene señalar que las declaraciones públicas de Trump son relevantes no tanto porque él o su pensamiento sean importantes sino porque nos muestra lo que sus votantes están dispuestos a apoyar. Una rápida búsqueda por internet nos lleva a un artículo de la BBC 10 ideas polémicas en las que Donald Trump realmente cree, que he utilizado como fuente de partida, y que iré completando con otras fuentes que enlazaré en el momento de ser utilizadas.

Lo primero que llama la atención, de forma muy negativa, es el escaso respeto de Trump por los derechos humanos. El magnate se muestra partidario de utilizar torturas como el ahogamiento simulado en la lucha antiterrorista. El fin justifica los medios. En este sentido no va mucho más lejos de lo que ya ha hecho Estados Unidos en Guantánamo y sobre el terreno. Aun así no deja de ser un paso más reconocer públicamente y sin paños calientes que las torturas no son responsabilidad de soldados descontrolados o algunos mandos del ejército y los servicios secretos, y que pueden ser santificadas por el sistema y sus máximos responsables. La ira y el miedo venden votos.

Sin embargo, alejándose de la política convencional norteamericana y en especial de la ortodoxia de su partido, Trump se muestra poco agresivo en política exterior. Afirma que el mundo estaría mejor con Gadafi y Hussein, y declara admirar al presidente ruso Vladimir Putin ¿Estrategia de distensión? Trump lo tiene claro, el presidente sirio Bashar al Ásad es malo, pero ello no implica que EEUU deba intervenir, según sus propias palabras:

Los Estados Unidos deben 19 billones de dólares. Tenemos que poner en orden nuestra casa. No podemos ir a cualquier país con el que no estemos contentos y decir que vamos a recrearlo. No ha funcionado.

Pero las sorpresas no acaban ahí, no sólo muestra admiración por el presidente del país por el que la OTAN se resiste a disolverse, Vladimir Putin, una vez las funciones para las que fue creada han dejado de tener sentido tras el colapso de la URSS, sino que se muestra crítico con hasta ahora grandes aliados de EEUU como Alemania, Japón y, sorpresa, Arabia Saudí. De los saudíes, los japoneses y los chinos dice que están “estafando a América” También lo dice de los mexicanos, aunque evidentemente las razones no son las mismas ¿Hay un nexo de unión entre todas estas declaraciones críticas hacia potencias extranjeras? Llamadme paranoico, pero la hay, el magnate se muestra crítico con los principales países que presentan graves desequilibrios comerciales favorables.

En la imagen se observan los superávits de China, Japón, Alemania y los exportadores de petróleo

Hace años, en un ensayo en mi blog personal en el que indagaba sobre los vínculos entre la globalización y la crisis financiera global, centrándome en las relaciones económicas entre EEUU y China, citaba un artículo en el que se descartaba una posible guerra comercial entre ambos países.

Los estadounidenses están cada vez más preocupados por la creciente influencia económica de China. Con tasas de crecimiento constantemente por encima del nueve por ciento, lo acusan de robar empleos en Estados Unidos, de mantener el yuan infravalorado por vinculación al dólar, de exportar deflación mediante la venta de sus productos en el extranjero a precios desleales, de violar los derechos de sus trabajadores para mantener costos laborales bajos, y de no cumplir sus compromisos con la Organización Mundial del Comercio (OMC).
China no está robando empleos en Estados Unidos o utilizando prácticas desleales de comercio para socavar nuestro poderío económico y exportar su camino hacia el poder global. De hecho, casi el 60 por ciento de las exportaciones chinas a los Estados Unidos son producidas por empresas de propiedad extranjera, muchas de ellas estadounidenses. Estas empresas han trasladado sus operaciones al extranjero en respuesta a las presiones competitivas hacía costos de producción más bajos, y así ofrecer mejores precios a los consumidores y una mayor rentabilidad para los accionistas. Importadores estadounidenses con posiciones dominantes en China, tales como Wal-Mart y Hallmark, tienen el poder de obligar a los proveedores chinos a mantener sus costos lo más bajos posibles. Tan solo Wal-Mart compró $ 18000 millones de dólares en productos chinos en 2004, convirtiéndose en el octavo mayor socio comercial de China - por delante de Australia, Canadá y Rusia.
Entonces, ¿de quién es realmente "la culpa" de "la deflación exportada" de China y del aumento de sus exportaciones? Los importadores estadounidenses, los consumidores estadounidenses que compran productos chinos a precios muy bajos, y los accionistas estadounidenses que exigen resultados. Una guerra comercial sostenida con China dañaría a estos grupos más que a nadie.

Curiosamente, el 8 de marzo Trump conseguía una abultada victoria en Michigan, estado donde se ubica “el cinturón del óxido”, un antiguo núcleo industrial ahora en completa decadencia debido a la deslocalización en masa de la industria. Allí se encuentran ciudades como Detroit o Flint, famosas por su estado ruinoso, y la quiebra de sus finanzas públicas (en Flint, las medidas de austeridad promovidas en el municipio por el gobierno estatal han llevado al envenenamiento de la población por consumo de agua contaminada).

Los habitantes de Detroit y Flint no simpatizan con los intereses de los accionistas de las corporaciones americanas que fabrican en China, ni se sienten agradecidos por los bajos precios de los productos que pueden adquirir en Wall-Mart como consumidores, por eso votan a Trump, que promete imponer un arancel del 45% a los productos importados de China. El empresario se desmarca de la narrativa sobre el libre comercio que domina su partido y apuesta por el proteccionismo.

Estamos ante una política que aprovecha el malestar de la población con las élites y con la globalización, y como no, hace hincapié en otro aspecto destacado de ella, los movimientos migratorios. Si bien la crisis de refugiados en Europa y las concesiones decepcionantes hacia el autoritario gobierno turco ponen de manifiesto que detrás de las sociedades que dicen defender valores elevados de democracia y solidaridad lo único que hay es una narrativa para tranquilizar conciencias, Trump va más allá, él no tiene porqué articular ningún falso discurso de solidaridad y altruismo, así que habla sin tapujos de construir un muro que separe México de Estados Unidos, de deportar a los 11 millones de inmigrantes ilegales que se estima viven en EEUU, o de prohibir la entrada de musulmanes en el país.

Otro punto destacable de su discurso es su actitud hacia las políticas sociales, y aquí se sitúa muy a la izquierda del partido republicano. Para Trump no es aceptable que alguien muera sin seguro médico. Vale la pena leer esta cita de Paul Krugman al respecto:

Lo que ha hecho Donald Trump es decirles a las bases que no tienen que aceptar el paquete completo. Promete conseguir que Estados Unidos vuelva a ser blanco —sin duda, todo el mundo sabe que ese es el verdadero eslogan, ¿verdad?— a la vez que promete proteger la Seguridad Social y Medicare, y alude (aunque no lo proponga claramente) a una subida de impuestos a los ricos. Los republicanos del sistema, indignados, farfullan que Trump no es un conservador de verdad, pero resulta que muchos de los votantes del partido tampoco lo son.

Por último, y aunque en esto no se separa de la ortodoxia de su partido, Trump es negacionista del cambio climático, quizás porque los perdedores de la crisis y la globalización añoran un mundo de crecimiento infinito, aunque ello sea claramente falaz e indeseable.

Estas son las ideas de Trump, y a estas alturas es posible que sientas un cierto regusto agridulce. Es mi caso, tiene ideas nefastas, pero no puedo negar que algunas me agradan. Entonces ¿por qué se dice que es el hombre más peligroso del mundo? Trump es un outsider que critica los fundamentos mismos del sistema, de todo lo que han construido los tecnócratas que han tutelado nuestras democracias durante los últimos cuarenta años, y a los que la crisis, y su incapacidad para entenderla y resolverla, ha dejado fuera de juego, aunque ellos todavía no lo admitan. Trump dispara contra la globalización, la libertad de movimiento de mercancías, capitales y personas, aunque esta última nunca haya sido real, sino más bien un sentimiento difuso de solidaridad y un ideal que se alcanzaría en el largo plazo, una vez el planeta se hubiese “modernizado” lo suficiente.

Del auge de Trump podemos extraer lecciones que deberíamos aprender, dado que de ellas depende en gran medida el que será nuestro futuro en el medio plazo. Lo que nos muestra su éxito es que desde la derecha está siendo muy fácil adueñarse del sentimiento anti-globalización, un sentimiento que vimos eclosionar entre la izquierda, en la llamada batalla de Seattle, y que se expresó al principio de forma violenta hasta la muerte de Carlo Giuliani en Génova, dos años más tarde. Posteriormente este movimiento ha seguido, aunque sin llegar a permear al conjunto de la sociedad como lo hace el discurso de Trump. La razón es obvia, el discurso de la confrontación es más sencillo de articular que el discurso de la solidaridad. Es una cuestión de valores, Trump puede saltárselos, los que rechazan la globalización por la izquierda no, y uno de los valores de la izquierda es el internacionalismo. Eso les coloca en una posición incómoda, ya que si critican la globalización inmediatamente se ven forzados a ofrecer una alternativa, para no ser vistos como nacionalistas.

Quizás la respuesta la tiene el otro outsider de estas elecciones primarias, Bernie Sanders. Sanders apela también al proteccionismo, pero no renuncia a los valores de izquierda. La clave está en defender el proteccionismo mientras al mismo tiempo se defiende la solidaridad y la cooperación entre estados. Una cooperación articulada por instituciones distintas al mercado ¿Cuáles? Esa es la respuesta que hay que construir, desde Europa Yanis Varoufakis es la cabeza visible de un movimiento que apuesta por la democracia como institución que articule la cooperación, de forma muy genérica de momento, y ya veremos si efectiva.

Sin embargo, debo reconocer mi pesimismo al respecto, se ha avanzado muy poco en todo este tiempo, y el éxito de Trump hace prever que será la derecha (es posible que no el propio Trump, sino alguien posterior) quién comenzará los grandes cambios, porque es evidente que el sistema actual no se sostiene, como hemos discutido ampliamente en este blog. La izquierda aparece nuevamente presa de sus propias concepciones, y tenderá a la irrelevancia como ya ocurrió en una situación similar durante el periodo de entreguerras en el siglo XX. Para que ello no ocurra, urge la construcción de un movimiento antiglobalización desde la izquierda, que sea pragmático y con capacidad de conectar con la ciudadanía.

Una última cuestión que se deriva de mi razonamiento anterior es que nuestra crítica a Trump debe ser matizada, criticando aquello que no nos gusta y alabando aquello que nos parece positivo. Una crítica cerrada, frontal, nos sitúa junto a der Spiegel, en el bando neoliberal, y hace que nos asimilemos a ellos. Es la incómoda postura en la que está el partido socialista francés, y que le condena a ser un partido de tercera o cuarta en breve plazo. Es una postura que impide desarrollar el discurso antiglobalización, y que por lo tanto nos condena al desastre y nos hace cómplices de él.