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lunes, 6 de febrero de 2017

Matando al huésped



El Terminator esta ahí fuera. No se puede negociar con él. No se puede razonar. No siente pena, o remordimiento, o miedo. Y absolutamente nada lo puede parar, nunca, hasta que estés muerta.”

El personaje Kyle Reese, describiendo al Terminator en la película del mismo título de 1984

El penúltimo libro de Michael Hudson, por estás fechas está prevista la salida de su siguiente obra “J is for Junk Economics”, se titula “Killing the Host” en el cuál se toma como punto de partida la metáfora del parásito y su huésped como una descripción cabal de la actual situación de la economía y por extensión de la política imperante. Me limitaré a hacer una introducción a los argumentos del autor como instrumento de análisis y su fundamentación, para dejar el relato de la crisis para entradas posteriores. La mejor manera de entender el libro, es empezar por cuestionarnos aquello que el relato habitual y hegemónico no plantea. En realidad, su objetivo es evitar que nos plantemos las siguientes cuestiones:

Si el sistema bancario realmente proveé servicios de igual valor a la enorme riqueza que ha creado para el “Uno Por Ciento”, ¿Por qué necesita ser rescatado? Cuando el sector financiero obtiene todo el crecimiento económico derivado del rescate ¿Cómo ayuda eso a la industria y el empleo cuyas deudas permanecen en la contabilidad? ¿Por qué no fueron rescatados el empleo y la inversión en medios de producción liberándolos de sus deudas? Si el ingreso refleja la productividad de los factores ¿Por qué los sueldos se han estancado desde los años 70 mientras que la productividad ha crecido y los beneficios han sido acaparados por bancos y financieros, no por los trabajadores? ¿Por qué hoy en día, la Contabilidad Nacional excluye el concepto de ingreso no ganado (renta económica) que fue el tema esencial de la teoría del valor y precio clásica? Si la economía es realmente un ejercicio de la libre elección, ¿Por qué los proselitistas abogados de los intereses de los rentistas necesitan excluir del curriculum el pensamiento económico clásico?

La etimología de parásito proviene del griego, compañero de comida, “para” (al lado) y “sitos” (comida) que describía a los ayudantes de los funcionarios encargados de recaudar el grano para las celebraciones oficiales.

La palabra parásito era inicialmente era descriptiva, pero pronto adoptó una acepción peyorativa y fue aplicado con profusión a los usureros, que posteriormente fueron denominados de forma más respetable, banqueros.

No obstante, debemos diferenciar entre organismos que se benefician mutuamente en una relación simbiótica de aquellos parásitos que debilitan a su huésped y que pueden matarlo aunque ello sea finalmente en su propio perjuicio.

Hudson no descarta la existencia de una relación simbiótica entre el sistema financiero y la economía real sometida a una estricta regulación para que el primero este al servicio del segundo. Sin embargo, las ideas de los economistas clásicos encaminadas a eliminar o limitar al máximo las rentas no ganadas se han transformado en todo lo contrario. El sector FIRE (financiero, inmobiliario y seguros) domina la economía extrayendo rentas que suponen una carga creciente y asfixiante sobre la economía productiva.

Primero debemos explicar el concepto renta no ganada (unearned income), teniendo presente que una de las tareas esenciales de la escuela neoclásica ha sido y continua siendo convencer de que todo ingreso es ganado legítimamente. La tesis de Hudson pivota, en gran medida, sobre esa distinción. La renta económica de los clásicos es todo ingreso obtenido sobre bienes no producidos o por privilegios obtenidos. Por ejemplo, la mayor producción que obtendremos de una parcela más fértil utilizado el mismo esfuerzo y los mismos medios respecto de otra menos fértil. Los bienes no producidos son aquellos que consideramos recursos naturales, ya sean abióticos o bioticos. Los privilegios son múltiples, como las patentes o el derecho a crear dinero de curso legal del que disfrutan los bancos privados.

Durante el siglo XIX los economistas propugnaba que el sistema tributario pivotará sobre las rentas económicas, aunque cada bando pretendía que fueran gravadas las del otro. Así, Ricardo defendía a los banqueros y perseguía que se impusiera un impuesto las rentas de la tierra como paradigma de la renta no ganada. Malthus apoyaba a los terratenientes exigiendo lo contrario. Otros, como Henry George, abogaban por permitir la existencia dela renta y posteriormente arrebatarla mediante impuestos. Desde algunos sectores de la economía ecológica se propugna que las rentas no ganadas se transformen en la base impositiva del sistema tributario. Como rezaba la pegatina “Tax bads, not goods”. Como repite Herman Daly, gravemos lo que menos deseamos, el agotamiento de recursos y la saturación de los sumideros y no la actividad de generación de valor. El problema, como veremos es como definimos ese valor y como el parásito se las ingenia para que parezca que su actuación genera valor, cuando no es así.

Para Hudson, hoy en día, esencialmente el sector financiero, como hace 200 años los terratenientes, es el que impone peajes que todo el mundo debe pagar por aquello que no ha requerido esfuerzo para ser producido. Está idea, está profundamente enraizada en la teoría del valor clásica, en la que valor se deriva del esfuerzo, esencialmente el trabajo y las distingue con nitidez de las rentas económicas (no ganadas). Se ha pretendido hacer creer que el interés consiste en la retribución de un factor de producción, pero ni dinero ni crédito son, como señala Hudson, factores de producción, por lo que su satisfacción representa una salida del flujo.

El dinero no es un factor de producción . Es una reclamación sobre la producción o el ingreso que otros producen

Keynes temía que el aumento del nivel de vida se correspondería con mayores niveles de ahorro lo que provocaría frecuentes períodos de falta de demanda agregada. A diferencia de los neoclásicos, Keynes no consideraba los desequilibrios como perturbaciones exógenas. La idea fuertemente anclada en la economía neoclásica, y luego revivida con la síntesis necoclásica-keynesina, es que los propios mecanismos (micro) económicos, sin intervenciones externas, retornaría el sistema al equilibrio eran pura fantasía. Algo ampliamente corroborado por los hechos, salvo que por cuestiones ideológicas se niegue lo evidente, tal como hacía la escuela de Chicago, al considerar que el desempleo masivo de la Gran Despresión fue una opción de los trabajadores por disfrutar de más ocio debido a que los salarios disminuyeron. El núcleo de la Teoría General, es una refutación directa de la Ley de Say o la más general de Walras, en el sentido que la parte de renta no consumida no se traduce en inversión, pues la misma depende del nivel de consumo y las expectativas de los empresarios sobre el mismo. El dinero se acumula, pues en contra de la Ley de Say, nuestra economía es monetaria no de trueque, por lo que no todo el dinero se convierte en gasto. Es decir, no se trata de una mero vehículo para el intercambio de mercancías o de valores de uso para aumentar la utilidad, en términos marginalistas. Lo importante es el valor de cambio de esas mercancías que permite al capitalista realizar su función, es decir, acumular capital.

No obstante lo anterior, Hudson señala que el problema al que nos enfrentamos es, en términos generales, a una muy baja tasa de ahorro y altas tasas de endeudamiento. Sobre el ahorro debemos tener en cuenta la advertencia sobre su consideración a efectos de la Contabilidad Nacional.


Esto es lo que deflación por deudas significa. Los ingresos pagados a los acreedores no está disponible para gastarse en bienes y servicios. En los años treinta Keynes temía que a medida que las economías fueran más ricas ahorrarían una mayor proporción de su ingreso, provocando una falta de demanda agregada. A día de hoy el problema es que el “ahorro” no es el resultado de que la gente tenga más ingresos de los que quieren gastar. La Contabilidad Nacional considera como “ahorro” el ingreso utilizado en amortizar la deuda. Por lo tanto, el problema que Keynes temía-demanda agregada inadecuada- se origina por estar endeudados, no por ganar demasiado dinero. La deflación por deudas conduce a quiebras y ejecuciones hipotecarias, mientras que bonistas y bancos son rescatados a costa del gobierno

La deuda por mor del interés compuesto crece sin proporción con las posibilidades economía real. Por un lado, la “magia del interés compuesto" nada tiene que ver con la economía real sometida a diferentes límites, insinuados por Hudson. El énfasis del libro se sitúa en que el crecimiento de la deuda por encima de la habilidad de los deudores para hacer frente a la misma lastra la economía hasta sofocarla. De tal forma, que lo que es presentado como una mera función de mediación entre agentes pacientes e impacientes, utilizando la jerga neokeynesiana, no es más que un peaje (renta no ganada) por algo que no representa esfuerzo, la creación de dinero, que es asignado de tal forma que no sirve a los intereses de la comunidad sino a los de una pequeña élite que primero detrae renta en forma de intereses y que en los períodos de desendeudamiento, tras el estallido de la burbujas de activos, se apodera de los bienes y derechos que han servido de garantía, empobreciendo al resto de la sociedad. Está es la forma de impago que prefieren los acreedores y que les sirve para apoderarse de la riqueza del 99%. La otra forma, conocida y practicada desde antiguo es el jubileo de deudas, pues llegados a un punto, la acumulación de deuda es tan radical que convierte en esclavos o peones por deudas a la mayor parte de la sociedad. Actualmente, como hemos podido comprobar con Grecia, incluso  estados débiles, sin soberanía monetaria, se encuentran a merced de los acreedores que se apoderan de los bienes estatales, como aves carroñeras.

En la actualidad el aumento de deuda se fundamenta en la inflación de activos, preferentemente inmobiliarios, que por medio del crédito generan una puja que eleva los precios, lo que a su vez facilita nuevos préstamos (creación) de mayor cuantía contra dichos activos apreciados, generando los esquemas piramidales o Ponzi. Lo decisivo es que a diferencia de otros activos financieros, los préstamos no siguen las vicisitudes ni del prestatario ni de los activos que los respaldan, por esa razón permanecen inalterables aunque el precio de las garantías se desplome. La idea de que a nivel agregado no existe incertidumbre, sino riesgo que se puede computar y asegurar, tal como se deriva de la Hipótesis de los Mercados Eficientes es falsa. Los sucesos se no producen de forma dispersa ni se compensan en promedio, tal como realidad de las crisis nos enseña. Son sucesos de cola gorda, alineados en el mismo sentido que no se compensan sino se refuerzan.

La teoría de valor clásica es el instrumento que pone de manifiesto las rentas no ganadas contra las que ser revelaron los economistas de finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX. Las rentas clásicas eran las derivadas de la tierra y los monopolios concedidos generalmente por el estado. Sin embargo, los banqueros supieron aprovechar esas renta para edificar sobre ellas, financiando su adquisición una y otra vez, un sistema todavía más potente de absorción de los ingresos generados en la economía productiva. 

El sistema bancario, en término generales, ha invertido muy poco en actividad productiva. Excepto en algunos lugares y por determinados períodos históricos, el sistema financiero ha servido de catapulta a la obtención de rentas en detrimento de la economía real. Tal vez, la mayor excepción se produzca en Alemania donde el primer capitalismo de dirección estatal, que después se repetirá en el siglo XX en los tigres asiáticos, pone al sector financiero al servicio de la actividad productiva. Esa era la senda que el mismo Marx creía que tomaría el sistema bancario como servidor útil del capitalismo industrial. Sin embargo, es el sistema financiero cortoplacista de corte anglosajón el que se impuso finalmente. Aquel que presta contra activos existente y huye de financiar actividades productivas. Aquí la historia nos enseña que el papel del estado es siempre decisivo por activa o por pasiva.

Para que las rentas económicas no sean vistas como una salida del flujo productivo, el parásito debe embotar el cerebro de su huésped, para que en lugar de ver el peligro que representa para su metabolismo, lo acoja como beneficioso para él.

Es fácil comprobar que los rentistas se aprovechan del conjunto de la sociedad. Por ejemplo, el aumento de las rentas inmobiliarias, son fruto de un conjunto de acciones de la sociedad en general y el estado en concreto, como la construcción de infraestructuras, escuelas, transporte público, etc. Si los propietarios tienen un aumento de sus rentas nada tiene que ver con su esfuerzo, sino con los del conjunto social. No obstante, observamos que nuestros sistemas impositivos tienden a gravar en menor medida o no gravar estas rentas económicas (windfall profits), desligadas del esfuerzo.  

La economía dominante argumenta que toda renta es merecida y que su retribución es reflejo de su contribución a la producción, pues los precios de equilibrio muestran el valor real. Si intentamos regular, se trata de una interferencia que distorsiona el mercado, llevando a resultados subóptimos. Si el “Uno Por Ciento” recibe lo que recibe, es porqué es más productivo y eso sirve para generar prosperidad para el resto, es la conocida teoría del “trickle down”. 

Por contra, la escuela clásica tenía muy presente la distinción entre la economía productiva y las rentas. Consideraba las desigualdades como reflejo de los derechos de propiedad y privilegios y no resultado de diferentes niveles de productividad. En contraste, la escuela neoclásica nunca cuestiona los medios de acceso a la propiedad, que son los que en realidad generan las diferencia esenciales, las da como un hecho incontrovertible. Los economistas clásicos como Smith eran moralistas, la “nueva economía” (Neoclásica) que perseguía emular a la física newtonia, cuando esta estaba muriendo, se proclama libre de valores, nada más falso. Así Smith proclamaba:

El trabajo y el tiempo de los pobres se sacrifica en los países civilizados para mantener el confort y el lujo de los ricos. El terrateniente es mantenido en la ociosidad y el lujo por el trabajo de sus aparceros. El hombre de dinero es mantenido ocioso por el cobro injusto al comerciante industrioso y los necesitados quienes están obligados a mantenerlo con los pagos por el uso de su dinero. Pero todo salvaje tiene el pleno disfrute de los frutos de su propio trabajo; No hay terratenientes, ni usureros, ni recaudadores de impuestos.

A pesar de revindicar el legado de Adam Smith, gran parte de su pensamiento es difícilmente compatible con la teoría económica dominante y por esa causa omitido.

En especial, el sistema financiero ha conseguido trasformar gran parte de la retribución de los factores en un flujo de intereses, y que ello sea visto como una contribución al PIB, en lugar de una detracción del mismo. Los peajes impuestos en forma de intereses, rentas inmobiliarias, monopolios naturales y extracción de recursos naturales son un sobre coste a las actividades de creación de valor. Por ejemplo, el precio de los recursos naturales, que los economistas clásicos denominaban regalos de la naturaleza, es un peaje en aquello que sobrepasa los costes de explotación o extracción, porque ni trabajo ni capital han sido necesarios para su creación. El dominio del sistema financiero sobre las otras rentas económicas ha servido para aumentar el ritmo de depredación de su huésped, que aquí entiendo se extiende no solo a la sociedad sino a la naturaleza.

Hoy en día, el sistema bancario ha encontrado su principal mercado en prestar sobre inmuebles y monopolios, añadiendo las cargas financieras a las rentas del capital inmobiliario y los monopolios. La contrapartida financiera de los rendimientos decrecientes que eleva el coste de vivir y hacer negocios tiene dos formas. Los tipos de interés se elevan para compensar los riesgos crecientes de prestar a economías endeudadas. Y la “magia del interés compuesto” genera una expansión exponencial del servicio de la deuda de forma que los acreedores reciclan sus ingresos por intereses en nuevos préstamos. El resultado es que las deudas crecen más rápido y de forma inexorable que la habilidad de la economía huésped para pagarlas.

El discurso de los defensores del actual sistema persigue que no se planteé la cancelación de deudas. El argumento ofrecido es la existencia de un beneficio reciproco, el que se produce en una relación simbiótica, en el que el deudor después de pagar los intereses obtiene una ganancia. En esta visión, el sistema financiero es un intermediario útil y que por ello recibe su justa retribución. No obstante, tal como demostró la crisis del 2007-8, este argumento no se sostiene, pues el sistema genera esquemas Ponzi destinados a derrumbarse y en los que la inversión destinada a aumentar y mejorar los medios productivos es simplemente testimonial. El corolario, es que al final, esto significa un cambio de posesión de los activos que se concentran en pocas manos.

Además, como ha advertido especialmente Steve Keen, el proceso de aumento de deuda privada, guiado por la continua reinversión de los rendimientos en nuevos préstamos es la fuerza que guía los ciclos económicos, ante la absoluta ceguera de las escuela neoclásica. Los medios utilizados para defender al sistema financiero, como mero intermediario y no como fuerza motriz de los ciclos económicos, los vuelven completamente ciegos ante las causas de las crisis y impotentes para dar salida a las mismas. El verdadero “crowding out” nada tiene que ver con el de la inversión privada debido a la expansión de la deuda pública, sino que se produce cuando las cargas impuestas por las rentas no ganadas en general y el sistema financiero en especial, crecen de tal forma que ahogan el gasto en la economía real y, finalmente, la habilidad que tiene para servir la deuda finalizando en la captura de los activos de los deudores. 

Hudson advierte que después de cada crisis se ha producido un cierto desapalancamiento, ahorro en términos de Contabilidad Nacional, de la deuda privada pero que el punto de partida para la siguiente recuperación siempre ha sido un nivel de deuda más elevado que la anterior y con una nueva redistribución de la riqueza en favor del Uno Por Ciento.

La idea de que las reclamaciones financieras pueden crecer de forma independiente de la economía gracias al interés compuesto está detrás de la creencia de que con el ahorro actual se pueden pagar las pensiones del futuro, como si estas no dependieran de la economía real, sino de la magia que crea riqueza prestando sobre activos que ya existen.

Los fondos de pensiones imaginan que puede crecer simplemente incrementando el valor de sus activos financieros sobre una economía menguante mediante un aumento de los intereses, dividendos y amortizaciones.

Pero el problema es que este sistema es deflacionario por naturaleza, imponiendo finalmente la austeridad, es decir detrayendo del flujo de la economía cada vez más ingresos que no vuelven a ella, sino se canalizan en burbujas de diferentes tipos de activos, con preferencia inmobiliarios.

Es cierto que el gobierno con soberanía monetaria no está restringido en su capacidad de crear capacidad adquisitiva ex nihilo sin crear un pasivo correspondiente. En otras palabras, es la única fuente de activos financieros netos. Pero esa fuente está únicamente al servicio del sistema financiero y destina esa capacidad para rescatar los activos que sirven para montar la siguiente burbuja.

Finalizaremos, con una de las cuestiones más controvertidas, ¿son realmente los banqueros la gente más productiva del mundo tal como reflejan sus emolumentos?

Para Lloyd Blackfein, ejecutivo jefe de Goldman Sachs la repuesta es: por su puesto. Tal como dijo una vez ellos hacen el trabajo de Dios.

La cuestión es que si el mercado los retribuye de esa forma, como no equivoca, lo que reciben necesariamente refleja su productividad. La Contabilidad Nacional así lo registra, ya que la única renta económica que aparece es la imputada por la posesión de una casa a sus ocupantes, ninguna otra.

JamesBates Clark es el fundador de esta visión de la medición de la productividad que se explica de la siguiente forma, un razonamiento circular (lo que se quiere demostrar se asume en la premisa) y, en consecuencia, vacío de contenido:

El ingreso de cada receptor (denominado eufemisiticamente “factor de producción”) se asume igual al valor añadido a la producción de los productos vendidos, tanto si toman la forma de sueldos, beneficios, rentas o intereses. Los magnates, terratenientes y banqueros son descritos como parte del proceso de producción, y se asume que los precios son establecidos al coste de producción, definición que incluye cualquier cosa que los rentistas consigan obtener.

Tal como hemos previamente comentado, se asume como dado el status quo de la distribución de los derechos de propiedad, como resultado de las fuerzas de mercado, aunque nada realmente tengan que ver con las mismas. Pero lo que recibe cada factor es lo justo y la distribución resultante es la óptima, no importa lo desigual que sea. De esta manera, desaparece cualquier vestigio de las rentas no ganadas. Como los precios incluyen las rentas, para el que lo paga en su inversión aparecen como coste. Pero los derechos de propiedad sobre la tierra, sobre los recursos minerales o los privilegios financieros son creados por la ley, sin que hayan necesitado trabajo para ser creados. Simon Patten crítico feroz de Clark señalaba

La tierra parece ser una forma de capital, su valor como otras propiedades parece debido al trabajo depositado en ella. Pero su precio simplemente capitaliza los derechos de propiedad y los cargos financieros que no son intrínsecos

Patten señalaba, lo que luego se convirtió en la mayor batalla intelectual que se haya librado en economía, la controversia de Cambridge, al apuntar que Clark escondía las rentas subsumiéndolas en el concepto general de capital. Concepto que arrastra unos problemas de agregación y, también, de circularidad insolubles y que como posteriormente Sraffa (1960) demostró la distribución de la renta es previa al establecimiento de los precios y no viceversa. El problema insoluble proviene, una vez más, de la absurda y falsa Ley de Say donde se produce un intercambio de bienes y servicios entre dos partes, donde ambas aumentan la utilidad subjetiva y donde el dinero es una mera unidad de cuenta (numerario) como más tarde expresaría Walras al intentar generalizarla al conjunto de la economía. El problema tal como se plantea es el siguiente:

Si todo ingreso es obtenido como parte del proceso de producción y gastado comprando bienes y servicios, como Clark y sus seguidores afirman, no hay desviación del gasto del crecimiento económico. ¿Pero que ocurre con el ingreso gastado en activos, préstamos o pagos de la deuda?

El crecimiento económico se ha convertido en la inflación de activos que ya existen. Sin embargo, la creación de reclamaciones impagables no solo no contribuyen al mismo sino que son un obstáculo insalvable, pues generan rescates que difieren y agravan el problema.

Modernamente toda la cuestión se traslado al monetarismo que da coartada para culpar a los salarios de los problemas y exigir la austeridad como respuesta, eufemismo que significa perdida de derechos para que los acreedores sigan depredando la economía.

La tautologia de la ecuación del cambio MV=PT (M=dinero, P=nivel de precios T=transacciones tanto de las incluidas en el PIB como las de activos existentes y V= velocidad del dinero) induce a pensar que cualquier alteración en el nivel de precios se debe a las presión de los salarios. Pero aquí el nivel de precios se refiere a las transacciones totales, no al producto nacional como en ocasiones se presenta la ecuación MV=PY (Y=PIB). El nivel de precios de los activos nada tiene que ver con los precios de los bienes y servicios y los salarios. Pero se ignora de forma deliberada el aumento del precio de los activos para culpar a los salarios.

La realidad es que las rentas no crean producto sino que generan austeridad e imponen costes a los factores productivos, pero la Contabilidad Nacional se construye de forma que parezca lo contrario. Pero que alguien reciba un ingreso no significa que necesariamente haya contribuido a la producción tal como sostiene la visión de Clark.

La Contabilidad Nacional proporciona un manto de invisibilidad para las actividades de extracción de rentas. Los intereses creados han ganado la batalla contra la creación de estadísticas más relevantes. Su esperanza es que las actividades de explotación no sean vistas o cuantificadas, de esta forma es menos probable que sean gravadas o reguladas.

Al final, la economía se ha convertido en un juego de suma cero o negativa, si consideramos las llamadas externalidades, entre las que en este contexto destacamos las financieras que causan que la economía en su conjunto deba rescatar al parásito que la está matando.

A pesar de que Hudson no se plantea los problemas del crecimiento, ocupado en desmontar la falacia que sostiene el sistema económico actual, estos si que quedan reflejados en el libro sotto voce. En mi opinión, la critica que realiza es muy útil para construir cualquier alternativa viable que reconozca los problemas a los que nos enfrentamos. La construcción de un nuevo paradigma debe beber de múltiples fuentes y el sistema financiero es uno de los pilares básicos. Por ejemplo, la manera de ordenar su funcionamiento tiene efectos decisivos, entre otros, en la asignación y distribución de recursos o en la distribución de la riqueza y, por lo tanto, en la desigualdad. 

El sistema financiero es el motor depredador no solo de su huésped social, sino del huésped del que todos dependemos, la biosfera.





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