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martes, 8 de enero de 2019

La metafísica de Silicon Valley y la destrucción de la creatividad humana

¿Cuál es la metafísica que impulsó Silicon Valley? ¿Qué es lo que motivó a perfiles empresariales tan variados como Steve Jobs, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg? Franklin Foer, quien fuera editor de la New Republic en Estados Unidos, se planteó estas preguntas cuando algunos colegas le avisaron que ya habían contratado a su sustituto en el medio, porque él no era lo suficientemente dinámico para conseguir más lectores.

Cuando en la prensa generalista nos muestran al sector empresarial de las grandes tecnológicas la idea que transmiten a la sociedad es que son individuos casi heroicos, abnegados emprendedores que indudablemente tienen mucho más en común con Ayn Rand y el liberalismo norteamericano que con el concepto de la economía social de mercado típicamente europeo. Según Foer esta idea es completamente errónea, ya que si por algo se caracteriza Silicon Valley es por defender que el ser humano nació para vivir en colectividad. Por ello su metafísica se basa en las multitudes y los entornos colaborativos, no en el individualismo emprendedor. «Albergan un profundo deseo de que el mundo atomístico se convierta en un todo. Ensamblando el mundo, pueden curar sus males. Retóricamente, las empresas tecnológicas hacen guiños a la individualidad —‌al empoderamiento del «usuario»—, pero su cosmovisión pasa por encima de ella. Incluso la invocación omnipresente a los usuarios resulta reveladora, pues no es más que una descripción pasiva y burocrática de nosotros.» Esta cosmovisión del ser humano ha llevado a las grandes tecnológicas a asumir que, pese a ser ilegal, es absolutamente necesario e incluso positivo espiar el comportamiento de los usuarios y “orientarlos” mediante los algoritmos, recomendándoles qué tipo de contenidos han de escuchar, visualizar o leer a diario.

Stewart Brand e IBM


Pero, ¿de dónde viene la idea metafísica de la necesidad de orientar a la sociedad hacia una especie de mente colmena, en aras de evitar la conflictividad y garantizar así la estabilidad? Fue Stewart Brand quien inspiró a toda una generación de informáticos que soñaron con transformar el mundo al tiempo que la contracultura hippie se hacía añicos y la gente pasaba de vivir en comunas a hipotecarse. El término «ordenador personal» fue acuñado por él. Este popular intelectual de origen norteamericano, que tuvo una breve pero vital experiencia en el ejército y promovió el consumo de las drogas psicodélicas fue el creador del Whole Earth Catalog, una publicación en la que se divulgaba sobre todo tipo de utensilios para hippies, y que para muchos futuros líderes empresariales como Steve Jobs se convirtió, literalmente, en su Biblia. Brand expuso su visión, un mundo que superase los antagonismos de la Guerra Fría para estar unido en paz, a través de la colaboración y la fuerza colectiva, a través de una sola red. Para promover sus ideas organizó los Trips Festival en la década de 1960, reuniones en donde los asistentes se divertían con viajes de ácido en San Francisco. Durante tres días miles de personas se drogaban sin parar al tiempo que se divertían asistiendo a conciertos de bandas míticas como Grateful Dead, dando a los jóvenes la sensación de pertenecer a un grupo unido y sólido que los hacía trascender más allá de la rutina cotidiana. Todo ello estaba acompañado de espectáculos de luces que trataban de asemejarse al máximo a los viajes con LSD. «La mayor parte de nuestra generación despreciaba los ordenadores como encarnación del control centralizado», explicó Brand, y es que los ordenadores eran IBM, la corporación omnipresente en todo el entramado burocrático y militar de Estados Unidos, esa que controlaba hasta el 70% del mercado de ordenadores domésticos, sin que ningún competidor pudiera hacerle sombra, con el respaldo pleno del Pentágono. «Casi todos los 701 fabricados se alquilaron al Departamento de Defensa o a compañías aeroespaciales. Unos cuantos años después, la Agencia de Seguridad Nacional subvencionó el desarrollo de un nuevo modelo, una colaboración llamada Stretch («Extensión» o «Elasticidad»), toda vez que esas máquinas podían calibrarse para satisfacer las distintas necesidades de las agencias. Paul Ceruzzi, un historiador de la tecnología meticuloso y no ideologizado, ha ofrecido una vigorosa descripción de la época: «La informática estadounidense desde 1945 hasta 1970 estuvo dominada por vastos sistemas centralizados y sometidos a férreos controles, muy poco discordantes con el sistema político soviético».

Brand, McLuhan y la tecnología como solución de todos los males del mundo


Brand pertenece a una generación perfectamente descrita por Theodore Roszak, «Junto con el atractivo de la música folk y las maneras primitivas, la artesanía y la agricultura ecológica, existía una fabulación y admiración infantil por las naves espaciales y los mecanismos milagrosos, que convertirían la película 2001 de Stanley Kubrick y la serie de televisión Star Trek en obras de culto». Eran jóvenes que odiaban a IBM, pero que soñaban con que los ordenadores podrían rehacer el mundo, organizarlo mejor, unir a las personas en una comunidad global pacífica y colaborativa.

Ese es el origen del entorno laboral de los gigantes como Google, en los que «a pesar de los capitalistas de riesgo y los Tesla, en Silicon Valley cabe rastrear las huellas de la comuna. Ese es el motivo de que los directores generales se sienten en medio de oficinas abiertas que rehúyen ostensiblemente la jerarquía organizativa y lleven la misma camiseta que el último programador de la sala. Y aunque en Silicon Valley existen los monopolios en aras del beneficio, se ven a sí mismos como agentes revolucionarios que elevan el mundo al estado de unidad que Brand se pasó la vida persiguiendo. Como ha escrito Fred Turner en su importante libro From Counterculture to Cyberculture [De la contracultura a la cibercultura], Whole Earth Catalog «contribuyó a crear las condiciones bajo las cuales los microordenadores y las redes informáticas podían imaginarse como instrumentos de liberación». Así el ordenador pasó de ser un instrumento para la represión a una herramienta accesible para todo el mundo, que capacitaba a todos para mejorar su vida, favorecía la creación espontánea y la interacción, que evitaría un mundo de explotadores y explotados, que favorecería el común acuerdo en lugar de agrios debates. El propio Marshall McLuhan expuso que Internet sería decisivo para «cerrar heridas» en todo el mundo, y que la imprenta había traído más mal que bien al mundo, porque «divide a todos aislándonos de nuestros congéneres humanos en el acto antisocial de la lectura, a través del alfabeto, una tecnología de fragmentación y especialización visual». Resumiendo, para el católico McLuhan el ordenador ofrecía a través de la tecnología una traducción instantánea de los códigos y lenguajes de cualquier rincón del mundo, lo que llevaba a la unidad universal de la Humanidad.

De las comunas a Internet


Los ideólogos de la informática planteaban que las máquinas e Internet en general serían decisivas para acabar con el aislamiento social, contribuyendo a la felicidad del individuo y a la solidaridad. Linux, Wikipedia o las licencias Creative Commons son el resultado de este tipo de planteamientos. La idea de compartir el conocimiento entre todos mutó desde las comunas hasta el capitalismo más innovador, llegando a ser la base organizativa de gigantes como Google o Facebook, quienes claramente abogan por conectar el mundo a través de una gran red, donde a través del altruismo la gente comparte toda la información disponible. Los gigantes tecnológicos promueven la idea de que el conocimiento debe ser compartido porque un individuo únicamente podrá aspirar a adquirir una comprensión limitada del mundo al estar atomizado.

Foer sostiene que la idea del libre mercado tan interioridad en la sociedad de la globalización que abarca a todo el mundo en la actualidad no es ni ha sido apoyada por los grandes magnates a lo largo de la Historia. Cita así algunos ejemplos como los impulsores del ferrocarril en Estados Unidos, las grandes compañías telefónicas o del telégrafo e incluso los grandes barones banqueros como J.P. Morgan, del que su biógrafo Ron Chernow afirma: «el financiero más célebre de Estados Unidos era un enemigo declarado del libre mercado», ya que tenía fe ciega en la colaboración altruista y pensaba que la competitividad era una lucha encarnizada que no aportaba estabilidad ni progreso a la sociedad.

El monopolio es necesario, el monopolio es bueno

Para hacernos una idea de cómo la idea del monopolio es aceptada sin fisuras entre los oligarcas del capitalismo frente a la del libre mercado, tomemos las palabras de Peter Thiel, inversor y promotor de PayPal, Facebook, Palantir y SpaceX, también generoso donante en la campaña electoral de Donald Trump. Thiel expresa en “De cero a uno” que la competencia es una «reliquia de la historia», pues «por encima de todo, la competencia es una ideología, la ideología, que impregna nuestra sociedad y distorsiona nuestro pensamiento. Predicamos la competencia, interiorizamos su necesidad y promulgamos sus mandamientos; y, en consecuencia, caemos en sus redes; y ello a pesar de que, cuanto más competimos, menos ganamos (...) Los monopolios trascienden la salvaje lucha diaria por la supervivencia». Esta idea de que el monopolio no solo es bueno sino que además es necesario para el bienestar común ha trascendido hasta las propias cúpulas empresariales de Silicon Valley, así entre ellos se apoyan y respetan; Google paga 1.000 millones de dólares a Apple cada año para que su buscador sea el predeterminado, e incluso sus directivos trabajan para varias a la vez, como el caso de Erich Schmidt, quien ejerció al mismo tiempo como miembro del consejo de administración de Apple y director ejecutivo de Google. El propio Larry Page, uno de los fundadores de Google, dejó clara cuál es su postura sobre el libre mercado y la competencia: «¿Qué tiene de emocionante venir a trabajar si tu máxima aspiración es derrotar a otra empresa que hace esencialmente lo mismo?»

Todo es metafísica 

Larry Page es hijo de un profesor universitario que pasó casi toda su vida obsesionado con desarrollar la Inteligencia Artificial. El propio Page ha declarado en multitud de ocasiones que su propósito va mucho más allá de la rentabilidad económica de Google y que pasa por crear una inteligencia artificial completa, un cerebro que sea superior al del ser humano. Literalmente lo expuso ante las risas de inquietud del público en una conferencia en Stanford: «Bueno, yo diría que la misión que os he expuesto nos llevará algún tiempo, pues se trata de IA completa. Significa inteligencia artificial [...]. Si solucionamos la búsqueda, eso significa que podemos responder cualquier pregunta, lo cual implica que podemos hacer básicamente cualquier cosa».

El otro fundador de Google, Sergei Brin, no solo no contradice a su socio sino que habla de cómo sus intenciones son idénticas e incluso de cómo se podría «soldar al cerebro humano» una inteligencia artificial. En una entrevista concedida al periodista Steven Levy le expresó: «Ciertamente, si tuvieras toda la información del mundo directamente conectada a tu cerebro, o un cerebro artificial que fuera más inteligente que tu cerebro, saldrías ganando».

Foer profundiza en el pensamiento de los matemáticos e ingenieros, quienes a través de los siglos han ido distanciándose de la creencia en Dios para a continuación atribuirse a sí mismos un papel celestial y trascendente como impulsores de las máquinas y la tecnología en general, tal como Alan Turing expresó «podemos confiar en que las máquinas acabarán por competir con los hombres en todos los ámbitos puramente intelectuales». Esta idea está siendo promovida por Ray Kurzweil, quien desde 2012 es el director de ingeniería en Google. Kurzweil está convencido de que estamos a las puertas de alcanzar la “singularidad”, expresión tomada del matemático Vernor Vinge, un momento en que lo finito se volverá infinito, cuando la inteligencia artificial sera todopoderosa y los ordenadores eran capaces de diseñar y construir otros ordenadores, otros cerebros artificiales capaces de pensar por sí mismos. Su teoría es que el progreso tecnológico no es lineal sino exponencial e infinito, de manera que las futuras generaciones serán capaces de desarrollar innovaciones genéticas, nanotecnológicas y robóticas impensables en la actualidad, llegando incluso a deshacerse de lo que denomina «cuerpos biológicos versión 1.0», fusionándose el ser humano completamente con las máquinas, alcanzando una existencia virtual. Incluso ha puesto fecha para la singularidad, el año 2045. Su discurso a partir de aquí parece el de un sacerdote fanático cuando llega a proclamar «nuestra civilización se expandirá entonces hacia el exterior, convirtiendo toda la estupidez de la materia y la energía que encontremos, en materia y energía inteligentes y trascendentes hasta lo sublime. Por consiguiente, en cierto sentido podemos decir que la singularidad acabará por infundir espíritu al universo.»

Más allá del ser humano: Google brain

Google Brain es un proyecto de redes neuronales cuyo objetivo es desarrollar un cerebro artificial que supere al del ser humano. Para ello se desarrollan algoritmos como base de un método de aprendizaje. La base de este proyecto son compañías como DeepMind (Mente Profunda), especializadas en generar mentes artificiales capaces de jugar a videojuegos mejor que los humanos, aprendiendo de sí mismas para superarse.

Facebook y su idea de sociedad democrática

El modelo empresarial de Facebook es el de una empresa con una jerarquía fuerte que se organiza desde arriba hasta abajo, al mismo tiempo “vende” en los medios generalistas de prensa ser una red social que favorece la organización de movimientos de activismo social para garantizar el ejercicio de los derechos democráticos de la ciudadanía. Facebook empuja de forma paternalista a sus clientes hacia la toma de decisiones que considera oportunas, a través de una vigilancia constante y profunda, utilizando a la gente como ratas de laboratorio de experimentos conductuales. Mientras Facebook estimula el debate sobre “gobierno abierto”, o “transparencia gubernamental”, lo que en realidad fomenta es la “transparencia del individuo”. Esta idea también es hija del pensamiento que impulsaron McLuhan y Brand, defendiendo que compartir los detalles de la vida íntima individual estimula El Progreso en la sociedad y rompe con estúpidas normas morales que reprimen al ser humano. Zuckerberg nunca ha disimulado esta visión: «Llevar a la gente a ese punto en el que existe más apertura constituye un gran reto. Pero creo que lo lograremos».

Un ejemplo de la consideración que Facebook tiene hacia sus usuarios es el estudio que realizó en secreto sobre manipulación mental, en el que se crearon dos grupos, a uno se le suprimieron noticias y comunicados con palabras positivas mientras que a otro las negativas. La conclusión fue que cada grupo escribía en la red social en un estado emocional alegre o triste en función de las noticias que se les había filtrado. 

En este punto las ideas de Zuckerberg convergen a la perfección con las de Google, y son las de promover un orden social en el que sean los ingenieros y técnicos, no los burócratas políticos, quienes hagan una gestión eficaz. Esta idea se basa en que son los técnicos y no los políticos quienes pueden conseguir que una sociedad se gestione a través de la razón y el espíritu de la ciencia, no de las emociones. «El gran sociólogo Thorstein Veblen estaba obsesionado con colocar a ingenieros en el poder, y en 1921 escribió un libro en defensa de su tesis. Su visión se hizo realidad enseguida. En el período posterior a la Primera Guerra Mundial, las élites estadounidenses estaban horrorizadas por todos los impulsos irracionales desatados por aquel conflicto: la xenofobia, el racismo, el ansia de linchar y causar disturbios. Más aún, las realidades de la vida económica se habían tornado demasiado complicadas para que los políticos fueran capaces de gestionarlas. Los estadounidenses de todas las tendencias comenzaron a anhelar el ascendiente salvífico del ingeniero más célebre de su tiempo: Herbert Hoover. Durante la guerra, Hoover había organizado un sistema que había logrado alimentar a la hambrienta Europa, pese a la aparente imposibilidad de aquella tarea. En 1920, Franklin Roosevelt —‌quien, por supuesto, acabaría derrotándole políticamente— organizó un movimiento para conducir a Hoover hasta la presidencia.» El propio Mark Zuckerberg tuvo una intervención tan metafísica y sacerdotal como las citadas anteriormente de Kurzweil, en la que expresaba su fe inquebrantable en la tecnocracia: «Ya sabéis que yo soy ingeniero, y pienso que una parte fundamental de la mentalidad ingenieril es esta esperanza y esta creencia en que podemos coger cualquier sistema que encontremos y hacerlo muchísimo mejor de lo que es en la actualidad. Cualquier cosa, ya se trate de hardware o de software, de una empresa o de un ecosistema de desarrolladores, podemos coger cualquier cosa y perfeccionarla muchísimo».

Leibniz y la paz

Gottfried Leibniz estimuló el pensamiento tecnocrático a través de las matemáticas, como una visión de que este tipo de expresiones conduciría a la razón, a una Nueva Era de Armonía con el Universo. De esta forma, si dos personas entraban en disputa por cualquier motivo, sería a través de las matemáticas como se resolvería, con algoritmos, tomando la decisión más acertada sin caer en reacciones emocionales que desembocarían en guerras.

La mente humana frente a la inteligencia artificial

La diferencia fundamental entre los algoritmos que rigen la inteligencia artificial y la mente humana es que los primeros son hijos de sus creadores y por tanto están sometidos a las ideas preconcebidas que éstos tienen. Los propios científicos de datos utilizan con frecuencia la expresión “torturar los datos hasta que confiesen”, lo que delata como, tal cual en la tortura a un humano, el dato acabará confesando lo que el torturador quiera.

Franklin Foer expone un ejemplo dramático de esto, al relatar el descubrimiento de Latanya Sweeney, una profesora de Harvard, sobre cómo los usuarios de Google de origen afroamericano recibían con una frecuencia inusitada anuncios publicitarios en los que se les ofrecía borrar sus antecedentes penales. Como en este caso, podemos vislumbrar cómo la visión de Google es decisiva en su algoritmo, censurando en las búsquedas la pornografía, sin hacer lo mismo con las webs antisemitas, o recomendando primero artículos recientes en lugar de antiguos.

El objetivo de las grandes tecnológicas no es impulsar el conocimiento, el debate y la creatividad humana sino todo lo contrario; restarle valor y sustituirla por la inteligencia artificial. Existen abundantes pruebas de ello; la creación del iPad por Apple, un dispositivo que permitía almacenar miles de canciones en plena época de la polémica por la piratería musical. Poco después Steve Jobs crearía la tienda iTunes, donde los debilitados productores de música vendían sus canciones al precio impuesto por el gigante. Las grandes tecnológicas necesitan que se impulse el acceso gratuito a contenidos informativos a través de blogs, videos o de cualquier otro medio, en palabras del periodista Robert Levine, «Google tiene tanto interés en los medios de comunicación gratuitos como General Motors en la gasolina barata». Otro tanto podemos esperar de Amazon, cuya primera revolución fue bajar el precio de los libros electrónicos a 9,99 dólares, haciendo mucho más atractiva su adquisición frente a los libros en papel. De esta forma Jeff Bezos se presentaba como un defensor del derecho a la lectura frente a las viejas editoriales que se negaban a bajar precios. Con esta visión Jeff Bezos creó el Proyecto Gacela, para organizar las negociaciones que Amazon tenía con las editoriales. El nombre no es fruto del azar, pues expresó «debía acercarse a estos pequeños editores del mismo modo en que el guepardo perseguiría a una gacela enclenque». O la época en que mientras Amazon negociaba con la editorial Macmillan las condiciones de venta, retiró de su red el botón que permitía adquirir sus libros.

Destruyendo a los creadores humanos

¿Cuántas comentarios en Internet proclaman que los músicos deben vivir exclusivamente de los conciertos que den o que los escritores deben permitir que sus artículos sean de acceso público para favorecer el conocimiento de las masas? Franklin Foer cuenta cómo descubrió rebuscando en viejos papeles de New Republic que los redactores de la revista cobraban la misma cantidad - 150 dólares por reseña - ochenta años después, sin haber ganado poder adquisitivo pese a la inflación. Más allá de anécdotas, en 1981 la Sociedad de Autores en Estados Unidos realizó un estudio en el que averiguó que los escritores a tiempo completo ingresaban alrededor de 11.000 dólares al año. El equivalente ajustando la cifra a la inflación serían 35.000 dólares de la actualidad. En 2009, la propia Sociedad realizó un nuevo estudio en el que los ingresos medios eran 25.000 dólares anuales. En 2015, ya habían descendido a 17.500 dólares.

Conclusión: Reivindiquemos lo artesanal

La propuesta de Franklin Foer pasa por hacer una apuesta decidida por la idea metafísica que emergió en la Ilustración sobre el genio creador. La idea de cultura de la Ilustración, cultivar y abonar la mente a través del buen arte, la buena comida, los buenos libros y el buen hablar. Frente al consumo exarcebado y brutal de información que vomitan a diario las redes sociales, con titulares cada cinco minutos, noticias exprés sobre cualquier eventualidad, la lectura selectiva y concreta, la especialización en campos bien definidos. Frente a la desvalorización de las tareas del artista, el escritor y el periodista, el reconocimiento de sus aportaciones a la reflexión colectiva y el progreso social. Puede que el mito de la cultura en la Ilustración sea solo eso. Pero es esa transmisión de valores la que hace posible que la cultura no acabe siendo un producto más para complacer al mercado. Estamos en una época en la que la creatividad cultural y artística está a punto de pasar del humano al algoritmo y la máquina, en la que ya no habrá espacio para la experimentación y la innovación, sino para los datos.

Pero no basta con la crítica, a la que Foer pone a la altura del niño furioso agitando los brazos para negarse a hacer o asumir algo, sino que es necesario pasar a la acción actuando con empeño en medio de las turbulencias.


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