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lunes, 22 de septiembre de 2014

Una tercera vía para una Gran Transformación


Hace unos días un compañero de la asociación llamó mi atención sobre el discurso del presidente de Uruguay, Pepe Mújica, en la conferencia Rio + 20, en el año 2012.


El presidente Mujica incide en su discurso en las contradicciones de la sociedad de consumo, “la cultura del usar y tirar” que provoca un hiperconsumo que agrede al planeta Tierra, así como la escasa relación del consumo con la felicidad, con una vida dedicada a la actividad heterónoma, al trabajo, para poder adquirir bienes que difícilmente pueden proporcionar sentido a nuestro vida ¿Cuál es el sentido de la vida humana? No es producir aquello que nos mandan para comprar aquello que nos seduce, por el contrario, su sentido es la felicidad.

Sin embargo, una idea de su discurso resuena por encima de todas en mi cabeza, una idea poderosa y aterradora:

“El hombre no gobierna hoy las fuerzas que ha desatado, sino que las fuerzas que ha desatado lo gobiernan al hombre”

¿Cuáles son estas fuerzas que gobiernan al hombre? Antes de contestar esta pregunta examinemos algunas tendencias sociales que quizás muchos desconozcan.

Los freegans son personas que denuncian el derroche y despilfarro en nuestra sociedad y lo hacen rebuscando en la basura, no porque sean pobres o porque lo necesiten, sino precisamente para mostrar la increíble magnitud de aquello que se tira a pesar de seguir siendo útil. Reutilizando aquello que se arroja a la basura mostramos lo irracional del acto de tirar.

Hay también un incipiente movimiento de gente que decide vivir sin dinero. Algunos han escrito libros al respecto, y aparecen en programas televisivos dando charlas que son escuchadas por multitud de personas, sino con devoción, sí al menos con respeto.

Estamos viendo, por lo tanto, un rechazo, todavía minoritario, a la cultura del consumismo, junto a movimientos relacionados como el intento de preservar la cultura y las tradiciones locales frente a las presiones homogeneizadoras del mercado, con ejemplos como el movimiento slow food. También vemos un rechazo a la cultura del tener frente al poder usar, con las famosas plataformas digitales para compartir casa y coche, y un retorno del “hágaselo usted mismo”, una búsqueda de la autosuficiencia, de la independencia frente al mercado, que se observa por ejemplo en el auge (escaso en nuestro país) de las cooperativas de producción y consumo de energía.

Estas tendencias de cambio son, por desgracia, todavía muy minoritarias ¿de qué depende que puedan florecer y transformar nuestra sociedad? Aquí debemos regresar a las fuerzas que hemos desatado y que según el presidente de Uruguay gobiernan al hombre ¿Cuáles son? Según Karl Polanyi, se trata de las fuerzas del maquinismo y de una filosofía que eleva como motivo supremo para la acción la ganancia individual. Ambas fuerzas habrían instituido mercados para tres mercancías “ficticias”, tierra o naturaleza, trabajo y dinero.

Todos los tipos de sociedades están sometidos a factores económicos. Pero únicamente la civilización del siglo XIX fue económica en un sentido diferente y específico, ya que optó por fundarse sobre un móvil, el de la ganancia, cuya validez es muy raramente conocida en la historia de las sociedades humanas: de hecho nunca con anterioridad este rasgo había sido elevado al rango de justificación de la acción y del comportamiento en la vida cotidiana. El sistema de mercado autorregulador deriva exclusivamente de este principio. [...] 
Como las máquinas complejas son caras, solamente resultan rentables si producen grandes cantidades de mercancías. No se las puede hacer funcionar sin pérdidas, más que si se asegura la venta de los bienes producidos, para lo cual se requiere que la producción no se interrumpa por falta de materias primas, necesarias para la alimentación de las máquinas. Para el comerciante, esto significa que todos los factores implicados en la producción tienen que estar en venta, es decir, disponibles en cantidades suficientes para quien esté dispuesto a pagarlos. Si esta condición no se cumple, la producción realizada con máquinas especializadas se convierte en un riesgo demasiado grande, tanto para el comerciante, que arriesga su dinero, como para la comunidad en su conjunto, que depende ahora de una producción ininterrumpida para sus rentas, sus empleos y su aprovisionamiento. […] En relación a la economía anterior, la transformación que condujo a este sistema es tan total que se parece más a la metamorfosis del gusano de seda en mariposa que a una modificación que podría expresarse en términos de crecimiento y de evolución continua. Comparemos, por ejemplo, las actividades de venta del comerciante-productor con sus actividades de compra. Sus ventas se refieren únicamente a productos manufacturados: el tejido social no se verá pues afectado directamente, tanto si encuentra como si no encuentra compradores. Pero lo que “compra” son materias primas y trabajo, es decir, parte de la naturaleza y del hombre. De hecho, la producción mecánica en una sociedad comercial supone nada menos que la transformación de la sustancia natural y humana de la sociedad en mercancías. La conclusión, aunque resulte singular, es inevitable, pues el fin buscado solamente se puede alcanzar a través de esta vía. Es evidente que la dislocación provocada por un dispositivo semejante amenaza con desgarrar las relaciones humanas y con aniquilar el hábitat natural del hombre.

Esta Gran Transformación se habría realizado con la ayuda del estado, en particular durante el periodo conocido como mercantilista, el que transcurre entre Renacimiento e Ilustración, periodo en el que se habrían eliminado las regulaciones gremiales y locales, los particularismos de cada ciudad, para crear un mercado nacional. Este proceso se habría realizado de forma paralela a los “enclosures”, cercamientos de tierras comunales que eran necesarios para dejar en un estado de necesidad a las masas trabajadoras, creando así el que luego fue denominado por Friedrich Engels como “ejercito de trabajadores de reserva”. Una masa de desposeídos, siempre al borde de la indigencia, y cuya única opción era emplearse por un salario.

La condición material de los trabajadores mejoró con el tiempo en comparación con la de sus antepasados campesinos, pero el estado dependiente en el que quedaron continúa siendo fuente de graves males, incluyendo la glorificación del llamado crecimiento económico en grave detrimento de los stocks de capital natural, que proporcionan servicios vitales para la vida del hombre en el planeta Tierra.

Surge de este análisis lo que a nuestro juicio es la clave para un programa político con vocación de desarrollar una Gran Transformación, como la economía colaborativa que cree posible Jeremy Rifkin. Frente a la permanente falsa dicotomía entre dar más poder al mercado, eje del programa político liberal, negado, al ser puramente negativo, y dar más poder al Estado, como forma de salvaguardar lo que nos queda de soberanía, surge una tercera vía, un gobierno que conscientemente busque empoderar al ciudadano ¿Cómo? A través de una ampliación de derechos.

Recientemente nuestra asociación ha publicado un largo artículo en el conocido blog de Antonio Turiel “The Oil Crash” en el que se proponían varios ejes de acción, que de forma esquemática se podrían definir como gestionar los recursos prudentemente, de acuerdo al conocimiento disponible, y democratizar los mercados de trabajo y dinero. Se trata en definitiva de una ampliación de derechos productivos y monetarios.

Una gestión de prudente de los recursos ha que valoremos más la producción local, y aquello que implica menos insumos de materiales y energía fósil, y que supone además emisiones de residuos más reducidas. Gracias a la democratización del mercado de trabajo es posible reducir nuestro consumo, evitar el derroche, sin miedo al efecto que tendrá sobre el nivel de ocupación. Es posible liberar tiempo para producir alimentos y energía para consumo propio, convirtiéndonos en prosumidores. Por último, gracias a la democratización del dinero podemos dejar de temer el crecimiento exponencial de la deuda, y las graves consecuencias, como embargos y desahucios, que necesariamente deben acontecer cuando la producción real no es capaz de seguir el paso de las deudas.

Este programa puede parecer excesivamente ambicioso y utópico para el momento actual, no lo dudo, pero en algún momento hay que empezar a plantearlo. Además, nos ofrece un criterio para orientar nuestra acción política. Frente a los partidarios del poder del mercado y a los del poder del estado, quien quiera mostrarse a la ciudadanía como una opción transformadora tendrá que ser partidario del poder ciudadano.

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