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lunes, 7 de diciembre de 2015

El Problema Ignorado: La Dimensión de la Economía

El concepto de dimensión no es ajeno a la microeconomía pero desaparece cuando nos desplazamos al nivel agregado, a la macroeconomía. La razón la he explicado en otras entradas y no voy a insistir, se trata de la visión pre-analítica que considera que la economía en su conjunto es el todo relevante, y cuyo crecimiento, a diferencia de los agentes individuales, no tiene coste de oportunidad. Si queremos utilizar un lenguaje menos académico, simplemente debemos sustituir costes de oportunidad por límites. En este aspecto, no es solo la escuela neoclásica sino también la marxista la que defiende que no hay límites que nos impidan crecer para siempre.

El PIB o el PNB son los instrumentos a través de los cuales se nos transmite la idea de que el crecimiento económico no es solo deseable sino imprescindible, pues soluciona todos los problemas que se nos presentan. La idea de crecimiento es de consenso en prácticamente todo el espectro político, salvo algunas excepciones. Sin embargo, la práctica unanimidad sobre la necesidad de crecimiento sitúa a los contendientes en posiciones de partida muy desiguales. Una vez entras en la lógica del crecimiento ilimitado la corriente arrastra hacia posiciones neoliberales con una fuerza irresistible. La izquierda se ve en posiciones insostenibles porqué la preferencia por el crecimiento, que todo lo cura, obliga a sacrificar prácticamente todo en el altar del mercado que se acepta, explicita o tácitamente, como el demiurgo creador de riqueza. Es el archifamoso TINA de Margaret Thatcher. 




Los partidos socialdemócratas de Europa Occidental son el ejemplo arquetipo de esa rendición que los convierte en irrelevantes. No son más que gestores que pueden ejercer un cierto, y muy moderado, reparto en tiempos de abundancia, pero que son incapaces de resolver los problemas de “verdad”. El caso de Corbyn en los laboristas británicos, que son los que han recorrido ese camino hacia a irrelevancia con más empeño, puede ser una luz de esperanza, aunque el camino a desandar están largo y los obstáculos tan formidables que no tengo excesiva confianza en que encuentre un discurso alternativo.

En mi opinión, la denominada izquierda será decrecentista y afrontará las cuestiones de la dimensión de la economía en relación con la naturaleza y la sociedad o no será. Está afirmación puede parecer ahora una locura, Monedero nos diría que con decrecimiento no se liga, pero en ese discurso poco “sexy” se encierran las claves de nuestro futuro.

El concepto de escala óptima no deja de tener sus problemas. El más importante es que puede transmitir una sensación de concepto estático y determinado, como en la definición microeconómica neoclásica que es completamente engañosa. El tamaño es siempre un concepto dinámico que se mueve en un ambiente de incertidumbre. Caer en el error de la economía dominante que confunde la incertidumbre con las probabilidades asépticas de un casino (Taleb, 2014) sería el peor error que podríamos cometer. Similar a la interpretación neokeynesiana que extrae del pensamiento de Keynes lo esencial, la incertidumbre.

Opino que es mejor definir la escala óptima como un continua aproximación (intento y error) inspirada en el principio de prudencia. Hemos de tener muy presente que las iatrogenias se pueden presentar a largo plazo mientras que los beneficios, normalmente muy inferiores a los costes, son a corto plazo. En palabras de Taleb, no debemos confundir la ausencia de evidencia con la evidencia de ausencia, pues esa es la forma como actualmente progresa nuestro sistema. A estos costes algunos los llaman externalidades o fallos de mercado, no son más que formas de evitar considerar las cosas de forma global. Para el actual paradigma económico cada cosa tiene su particular negociado, pero no hay conexión entre ellos, de forma que se puede afirmar con rotundidad una cosa en uno y negar lo afirmado en otro con la misma vehemencia. Por ejemplo, se puede considerar que la globalización supone que debe actuar el principio de compensación dentro de un país para que los ganadores compensen a los perdedores y aún así existe un excedente para estos últimos. En el negociado de la redistribución se puede afirmar que la imposición de cualquier tipo de impuestos distorsiona el mercado lo que supone una perdida neta de excedentes para la sociedad.

El problema de la dimensión y la asignación

Tal vez, este siendo demasiado osado al intentar explicar está cuestión pero resulta tan importante que intentaré transmitir cual es el meollo del asunto.

La economía neoclásica, en sus diferentes etapas, se ha centrado en el problema de la asignación orillando, en la medida de los posible, el problema de la distribución. La idea general es que la asignación es una cuestión positiva a diferencia de la distribución. Esto no es más que un juego de espejos y humo, porque la asignación requiere una distribución dada que no se discute, lo cual es de por si una posición normativa. Por eso, se recurre a figuras como las del dictador benevolente (Andreu Mas Colell). No obstante la dimensión no juega ningún papel o, más exactamente, la dimensión óptima viene dada por la asignación óptima como veremos.



El lector puede objetar que está distinción entre positivo y normativo es decimonónica y, debo darle la razón. No obstante, estamos hablando de una una escuela de pensamiento, profundamente anclada en el siglo XIX, sin que la progresiva formalización matemática sea óbice para alterar esta aseveración. Por lo que de forma retórica utilizó esta distinción.

Los economistas definen el equilibrio general cuando los mercados por si mismos, sin intervención, alcanzan un nivel de precios relativos de todos bienes en los que para cada uno de ellos la oferta es igual a la demanda. Pura magia en acción si fuera cierto. Una cuestión importante que se debe señalar es que el dinero no juega ningún papel, todos los precios se fijan entre la diferentes mercancías, por eso siempre hablamos de precios relativos.



Antes que nada, hemos de explicar o intentarlo como alcanzan los mercados el nirvana del equilibrio. Esta cuestión puede parecer trivial pero no lo es. Léon Walras no pudo demostrar como los mercados alcanzaban ese equilibrio óptimo, supuso que sería un proceso de tanteo donde las cantidades se aproximan progresivamente por un proceso de subasta (Subastador de Walras). Parece una cuestión de sentido común, pero como sucede en ocasiones, especialmente en la economía neoclásica, las cosas se tuercen de forma inesperada. El concepto es, no obstante, central ya que conecta con la idea, ampliamente extendida, de que la estabilidad es innata al sistema de mercado sobre la base de los precios y el libre intercambio y que solo las perturbaciones externas, tales como la intervención del gobierno, alejan el sistema del equilibrio que le es innato.

Primera advertencia, y me quedarán otras en el tintero. En un modelo de equilibrio general, durante el tanteo no puede haber intercambios, se pasa de un equilibrio a otro. Fuera del equilibrio las curvas de oferta y demanda son meramente nocionales, es decir, no existen hasta el nuevo equilibrio. Por esa causa, los ajustes deben ser instantáneos. Como tal cosa no ocurre se recurre a conceptos como la "pegajosidad" (stickiness) de los precios. El razonamiento es que ciertas rigideces, provocadas por los sospechosos habituales, no dejan que el mercado obre su magia. Está forma de razonamiento cuando se convierte en habitual, como es el caso, es completamente enfermiza. El apego al método deductivo y sus axiomas se convierte en una barrera infranqueable. Es como coger un medidor de angulos para comprobar que la suma de los ángulos de un triangulo es de 180º. Cuando descubrimos que no es así recurrimos a lo que Imre Lakatos denomina cinturón de seguridad de las hipótesis auxiliares. Por construcción los ángulos de los triángulos euclidianos han de medidir 180º, pero solo porqué nuestra axiomática lo impone. Si los físicos hubieran sido tan inflexibles estarían todavía operando con su pegajosidad particular, el eter. Pero se dieron cuenta que debían cambiar su paradigma. La geometría euclidiana es un caso particular no generalizable. La economía funciona, para desgracia de todos, en parámetros muy diferentes.

La cuestión que se plantea es que en una economía (sistema) que crece se deben dar dos requisitos y, estos entran en contradicción. Las dos condiciones para el equilibrio serían que la producción de todos los bienes debe crecer al mismo ritmo y los precios relativos deben ser constantes, ambas magnitudes deben guardar una relación proporcional.

La primera condición es evidente en términos agregados, la producción en t+1 será la producción en t más un aumento que está representado por número (escalar). Pero nuestra condición es más estricta, hemos dicho que todos los bienes han de crecer al mismo ritmo. Si no crecen de forma igual, algunos por debajo y otros por encima, lo que parece bastante razonable, lo que nos importa es que tiendan a converger, que el sistema sea estable.

Pero la producción en t no es un número sino un el conjunto de bienes y servicios que se producen, lo que se representa por una matriz de producción. Para que la producción en t+1 cumpla la condición de crecer de forma estable, que tienda al equilibrio esa matriz debe tener ciertas propiedades matemáticas que entran en contradicción con las necesarias para que se den la segunda condición.

La segunda condición de los precios relativos es que los productores puedan comprar los insumos y vender lo que producen para obtener beneficios y seguir produciendo cada uno lo produce, en caso contrario cambiarían su producción. Cabe recordar que en estos intercambios no hay dinero ni inflación solo unas razones de intercambio de unos bienes o servicios por otros. Si la economía crece los beneficios que obtienen deben crecer acompasadamente con ella.

El problema es que las dos condiciones están interrelacionadas de tal forma que para que se cumplan simultáneamente una debe ser la inversa de la otra. La condición matemática es que los valores característicos (autovalor o eigenvalor) de la matriz sean menores que uno, pero si una es la inversa de la otra, eso es imposible. Por ejemplo, un valor 0,5 su inversa es 2 (1/,05=2). Es cierto, que si los valores característicos fueran negativos, ambas condiciones se podrían cumplir, pero deben ser cero o mayores, porque los valores de la matriz lo deben ser necesariamente porque no se produce nada con inputs negativos. El teorema de Perron-Frobenius dice que para una matriz con valores no negativos, el valor característico mayor de dicha matriz es siempre mayor que cero, lo que se traduce en el problema de la inestabilidad dual. Eso se traduce en que si la producción es estable los precios relativos no lo son y viceversa. Por lo tanto, la intuición razonable de Walras sobre el tanteo para alcanzar el equilibrio no funciona. Es necesario mencionar, que los intentos de demostrar el equilibrio general no acaban en Walras, pero siempre se intentan conseguir mediante hipótesis absurdas que ni siquiera deberían ser consideradas, excepto que lo único importante sea precisamente mantener el principio.

La cuestión matemática sirve para poner de manifiesto que la economía neoclásica huye de la complejidad como el gato escaldado huye del agua. Sus modelos pueden ser extraordinariamente complicados pero no complejos, lo que conecta con lo siguiente que quiero explicar sobre la dimensión óptima.



En la economía neoclásica una asignación optima, equilibrio general, es único para una distribución de renta dada. La cuestión es si el equilibrio general presupone, así mismo, una escala determinada. Resaltar que como señala José Manuel Naredo, que sin tener presente el problema de la dimensión, y en contra de la idea generalizada que el sistema de precios es independiente de la distribución, ambos están vinculados.

"..., aun dentro del campo económico (neoclásico) configurado por tales categorías, la distribución de los ingresos no es un hecho objetivo que resulta de ciertos automatismos del sistema de precios contra los que la sociedad no puede recurrir sin dañar la eficiencia económica, sino que el propio sistema de precios viene condicionado por la distribución de partida, observando que la modificación de esta depende de factores sociales subjetivos como son los valores, las pautas de comportamiento e instituciones que la originaron, y no de mecanismos exteriores a estos"   

Advertir, por otra parte, que el equilibrio no es único tal como demuestra el Teorema de Sonnenschein-Mantel-Debreu, excepto para condiciones marcianas, pero eso es harina de otro costal.

Los precios de equilibrio dan lugar a un óptimo de Pareto que en principio representaría la escala óptima de la economía. Si está debe crecer para que el equilibrio se mantenga, entonces todo debe crecer en proporción. Pero ya hemos explicado que eso no es factible. Ahora atacaremos el problema por otra vertiente y comprobaremos que una situación de equilibrio supone no solo una distribución dada de la renta sino una escala determinada.

Es cierto, que la economía neoclásica no considera el problema de la escala, pues a nivel agregado no hay costes de oportunidad y, como acostumbra a decir Herman Daly, no hay regla de cuando parar. Sin embargo, cuando se enfrentan a la realidad física, como lo hace la economía medioambiental, para intentar resolver los fallos de mercado la respuesta es crear mercados aunque no se cumplan los requisitos necesarios de los que hablamos en otras entradas (aquí y aquí). El mercado es siempre la solución, se “internalizan” los costes y la asignación vuelve a ser la óptima. Si aceptamos la fantasía de la internalización y desechando los costes de información que supone y, añadimos junto a las venerables figuras del subastador y el dictador benévolo, al planificador omnisciente, habremos solucionado dos problema, asignación y escala, con el equilibrio general.

He de decir, sin ironía, que tal despliegue de imaginación mercería, al menos, un final feliz de película, pero es que ni eso. Veamos las causas.

El problema radica una vez más en la linealidad y en la falsa independencia  de las variables. Consideremos una situación estática de equilibrio de partida, antes hemos explicado que es inestable en una economía que crece, pero ahora nos hemos desplazado al mundo atemporal de los economistas neoclásicos. Si a continuación pasamos a otra situación donde todas la magnitudes físicas de producción se han doblado el óptimo de asignación se mantendrá y por añadidura la dimensión será también la requerida. Si fuera cierto, haber duplicado el tamaño no cambiaría los precios relativos de asignación que regían para el anterior tamaño, por lo tanto, la nueva dimensión sería un óptimo de Pareto. Eso significa que podemos crecer siempre que mantengamos los precios en equilibrio (alrededor del equilibrio lo que implica que el sistema es estable) que nos dan una asignación eficiente.

Cabe hacer la enésima advertencia, ese óptimo de asignación inicial es una entelequia, es como el espacio y tiempo absoluto de Newton. No hay forma humana de determinar en que momento se ha producido un equilibrio competitivo para utilizar como punto de referencia. Esta es una discusión que engarza directamente como la controversia de los dos Cambridge sobre el capital cuya relevancia es máxima pero que excede con mucho el ámbito de está entrada.

Tomemos un ejemplo geométrico para entenderlo. Si tenemos una habitación de 2x4x4 si doblamos sus dimensiones ¿qué ocurre? No todo se ha doblado, la superficie se ha cuadruplicado y el volumen óctuplicado. 



Por el momento, dejaremos de lado el hecho de que esa habitación aumenta su dimensión en la Tierra es un sistema cerrado que no crece. Advertir que eso es tan evidente que los economistas neoclásicos lo ignoran. Por esa causa, nos complicamos tanto la vida con enrevesadas explicaciones para llegar a lo que cualquiera puede ver sin gran esfuerzo; que la economía no puede crecer más allá de lo que lo contiene. Admitir lo anterior conduciría a reconocer los límites y eso es tabú. Si alguien pregunta como se puede ignorar algo tan evidente, la explicación es propugnar la sustituibilidad del capital natural por el hecho por el hombre aunque sean esencialmente complementarios, pero formulado de está forma no parece tan absurdo. Y si lo siguiente que nos planteamos es como podemos sostener que son sustitutos, pues la respuesta es clara, se trata de un acto de fe que se denomina progreso tecnológico.

Volvamos a la habitación cuyas dimensiones lineales hemos duplicado. Constatamos que no todo crece proporcionalmente, por lo tanto, si queremos pintar vamos a necesitar cuatro veces más pintura, y ocho veces más energía para calentarla. Eso en términos económicos quiere decir que el cambio de dimensión significa un cambio en las relaciones de intercambio, los precios relativos, porqué no todo crece proporcionalmente como habíamos supuesto. Lo anterior guarda una gran similitud con la explicación de porqué el sistema es necesariamente inestable al intentar mantener acompasados los precios relativos y las cantidades. En realidad no es similitud, es que llegamos al mismo lugar por caminos diferentes. En palabras de Daly:

La respuesta a nuestra pregunta: ¿La noción paretiana de asignación óptima asume una escala dada así como una distribución dada? parece ser sí. La escala no puede aumentar “en proporción” porqué (a) hay un factor fijo, a saber el tamaño total del ecosistema (b) es matemáticamente imposible, incluso para todas las dimensiones internas relevantes del subsistema aumentar en la misma proporción, y (c) incluso si las cantidades de todas las mercancías pudieran incrementarse proporcionalmente sus precios relativos aun cambiarían porqué su utilidad marginal descendería a ritmos diferentes para bienes distintos. Una escala diferente requiere un conjunto de precios relativos diferentes para ser eficiente en el sentido de Pareto. Si reconociéramos la importancia de la escala y quisiéramos calcular la escala óptima ¿cómo lo haríamos? ¿Podemos medir el coste y beneficio de un cambio en la escala por la medida de los precios? Los precios iniciales de asignación, aunque fueran correctos, para ser usados en el cálculo dependen de la escala inicial. No podemos saber que nuevos precios corresponderían a la escala óptima a menos que ya sepamos la misma. ¡Pero es exactamente la escala óptima la que estamos intentando calcular! Es circular calcular la escala óptima sobre la base de igualar los costes y beneficios marginales medidos por los precios, los cuales asumen de inicio que están en la escala óptima”

El mercado no nos conduce a la dimensión óptima que no podemos determinar aunque fuéramos capaces de internalizar los costes y acabar con los fallos de mercado. Este resultado podría ser demoledor, pero existen medios más que sobrados para ignorar o rechazar los resultado mediante el cinturón protector de hipótesis auxiliares que permiten proteger el núcleo duro del paradigma (Imre Lakatos). En realidad, no estamos más ante un arte retórico (Deirdre McCloskey) lleno de analogías y metáforas que captan la imaginación, como el poderoso demiurgo del mercado que con la sola materia prima de la información dispersa y el irrefrenable deseo de intercambio entre los humanos para escalar en la escalera de la utilidad, soluciona todos los problemas.

En concreto, renunciar al equilibrio general no es posible, ni siquiera relajar sus exigencias y eso es algo que se ha intentado. Algunos pueden afirmar que lo anterior no es más que una caricatura de complicados modelos donde las hipótesis son mucho más sofisticadas como la teoría de juegos (equilibrio de Nash). Pero tampoco, cualquier alejamiento de la hipótesis central del equilibrio genera tal indeterminación que se recula inmediatamente hacia puerto seguro a resguardo de las tempestades que se desatan cuando aflojamos un poco las riendas. Por ejemplo, para agentes racionales el comportamiento fuera del equilibrio podía ser tan racional como el propio camino que marca el equilibrio de Nash. El resultado no ha sido relajar las exigencias de equilibrio sino aumentarlas y atrincherarse en ellas. Es lo que Varoufakis llama el baile de los meta-axiomas.

Mi intención en está entrada es dejar patente que gran parte de lo que consideramos como verdades incontrovertibles no son más que metáforas que no tienen la pretendida base positiva que la gran mayoría le atribuyen. Por otra parte, el mercado no nos va a proporcionar la escala adecuada que debe tener la economía en relación con el ecosistema.

Cumbres como la de París sobre el clima ignoran lo esencial, porqué comparten unas metáforas para un mundo que no existe y, en consecuencia, están destinadas a la irrelevancia y a provocar melancolía en aquellos que esperan resultados.

Solo reconociendo el problema de la dimensión de la economía, abandonando la absurda hipótesis de la sustituibilidad entre el capital natural y el fabricado por el hombre y renunciando a la fe en el progreso tecnológico como bálsamo de fierabras, se podrá avanzar. Estamos muy lejos de ese reconocimiento y, por desgracia, el tiempo corre en nuestra contra.