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viernes, 27 de julio de 2018

Los límites del crecimiento y de la opinión pública


Los límites del crecimiento fue un informe encargado al Instituto Tecnológico de Massachusetts por el Club de Roma y publicado en 1972, año en el que los problemas causados por el DDT, el plomo añadido a las gasolinas y la contaminación de los ríos llevaron a la celebración de la primera conferencia internacional sobre el medioambiente, la Conferencia de Estocolmo, que de forma un tanto retorcida se denominó oficialmente “Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Humano”. Las conclusiones del informe y libro son sencillas, no es posible el crecimiento infinito de los flujos de materiales, energía y residuos que produce la economía humana en un planeta finito. Y por ello tampoco lo es el crecimiento económico. Algo muy parecido han dicho recientemente 15.364 científicos de 184 países.

El informe, desarrollado por un equipo multidisciplinar y liderado por una biofísica y científica ambiental especializada en dinámica de sistemas recibió duras críticas por parte de los economistas, y si bien no cayó en el olvido, quedó desprestigiado para las élites políticas, económicas y culturales. Tal y como cuenta Hugo Bardi en “Los límites del crecimiento retomados”, el debate no fue muy limpio, se publicaron críticas en revistas académicas que malinterpretaban el informe, sin permitir posteriormente la réplica en la misma publicación. Resulta preocupante que uno de los economistas implicados en el debate fuese William Nordhaus, que posteriormente alcanzó puestos de gran responsabilidad dentro del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, estimando de forma banal las repercusiones monetarias del calentamiento global.

El debate permanecería medio dormido más de 25 años, hasta que, en 1998, Colin Campbell y Jean Laherrère, dos geólogos especializados en el campo del petróleo publicaban en Scientific American un artículo titulado El fin del petróleo barato. La afirmación expresada en el título era tremendamente osada en un momento en el que el petróleo cotizaba a 14 dólares el barril, pero acertó de pleno y el petróleo multiplicó por diez su precio en tan solo 10 años, alcanzando los 150 dólares barril en el año 2008.

¿Cómo lo hicieron? Se basaron en el modelo creado por Marion King Hubbert, que establecía que la producción de un determinado campo de petróleo seguía una curva en forma de campana, con una fase de ascenso rápido hasta alcanzar un máximo o pico de producción, y posterior descenso.

Fuente: wikipedia

Esta curva tiene la característica de que la suma de varias (o muchas) curvas parecidas es también una curva con la misma forma, en consecuencia, la suma de la producción de muchos campos de petróleo también tendrá un pico. Campbell y Laherrère estimaron con acierto el cénit global de petróleo crudo, pero a partir de 2008 comenzó a incrementarse de forma notable la producción de petróleo no convencional. Este incremento ha dejado en mal lugar la muy acertada, hasta ese momento, predicción de producción de petróleo en EEUU realizada por Marion King Hubbert en 1956.

Fuente: wikipedia

En la curva vemos como la divergencia se acentúa de forma notable a partir de mediados de la primera década de este siglo.

Las posteriores predicciones de Campbell y Laherrère para el cénit de “todos los líquidos” de petróleo, que incluye petróleo crudo, no convencional, y otros líquidos, se han quedado bastante cortas. Por poner un ejemplo, en mayo de 2013 Laherrère estimó que el pico se alcanzaría en algún momento entre esa fecha y 2018 con una producción algo inferior a 90 millones de barriles día, pero en la actualidad alcanza los 98,64 millones de barriles día.

El modelo de Hubbert no capta toda la complejidad de la actividad humana de extracción y producción de petróleo, y el debate sobre el pico no ha llegado a la gran mayoría de la opinión pública, aunque es evidentemente relevante para nuestro futuro.

Sin embargo, que las estimaciones de extracción de recursos hayan fallado a corto plazo, no cierra el debate sobre Los límites del crecimiento. Recordémoslo, el informe afirma que no es posible el crecimiento infinito de los desechos de la economía, y parece que es ahí, en los sumideros de desechos, donde existe un consenso claro de que tenemos un problema a corto plazo, que incluso de forma muy sesgada, está llegando a la opinión pública.

Fuente: elaboración propia

¿Por qué digo que de forma muy sesgada? Porque el problema que se está transmitiendo a la opinión pública es que el planeta se está calentando, sin profundizar demasiado en las consecuencias. Pero el calentamiento global antropogénico es solo un aspecto de un problema mucho más general de alteración de la biosfera, que está llevando a la misma a un estado distinto, fuera del estado estable en el que el ser humano ha podido medrar: el Holoceno.

Un concepto importante a tener en cuenta es que la biosfera es un sistema complejo autorregulado, es la propia vida la que crea las condiciones necesarias para sustentarse a sí misma. Esta red de vida genera el oxígeno que respiramos, regula el clima, abona el suelo y ayuda a la reproducción de las plantas, entre otras cosas.

Se sabe que estos sistemas complejos evolucionan de forma brusca, no lineal, y a veces irreversible hacia nuevos estados una vez que se traspasan ciertos umbrales en determinadas variables críticas del sistema. Cuando digo que la evolución puede ser no lineal me refiero a que el efecto no es proporcional al aumento o la disminución de la causa. Tomemos el ejemplo del cambio climático, si, por ejemplo, pasar de 300 a 400 ppm de concentración de CO2 en la atmósfera, ha supuesto un incremento promedio de 1 ºC, llegar a 500 ppm puede suponer el incremento de 3ºC, o de 0,5ºC. El registro fósil de nuestro planeta muestra evidencias claras de estos cambios de estado bruscos, como puede ser la denominada “explosión cámbrica” o los cinco episodios anteriores de extinción masiva (ahora estamos en el sexto).

El problema para el ser humano es que este nuevo estado estable que tiende a alcanzar la biosfera, puede no ser amigable para el ser humano. Así, por ejemplo, sabemos que la atmósfera evoluciona hacia anoxia, es decir, concentraciones de oxigeno incompatibles con la vida humana, aunque en teoría a medio plazo. Evidentemente, mucho antes el sistema agroindustrial de producción de alimentos habrá colapsado por la pérdida de servicios medioambientales claves como la estabilidad climática, agua dulce, suelos fértiles y polinización por insectos y aves.

Un grupo de científicos ha recopilado el mejor conocimiento disponible para establecer umbrales de seguridad en ciertos parámetros críticos que permitirían a la humanidad mantener la biosfera dentro del Holoceno, son los llamados Planetary Boundaries (Límites Planetarios), representados en esta figura.


En la figura se aprecia claramente que el problema no es sólo el cambio climático, sin embargo, los medios de comunicación transmiten la falsa idea de que el cambio climático es el motor de cambio que está detrás del resto de problemas. Así, sería el cambio climático el que propiciaría la pérdida de biodiversidad o la acidificación del océano. Esto no es así, en realidad todos estos factores de relacionan de forma compleja, y por ejemplo podríamos pensar que la causalidad es invertida, y que la extinción de especies (provocada por el incremento de zonas muertas oceánicas, que a su vez se debe a la alteración humana de los ciclos planetarios de fósforo y nitrógeno para la agricultura, o por usar el mar como un vertedero de plástico, o por la sobreexplotación de capturas pesqueras con artes poco respetuosas) pueden dificultar la captura de carbono por lo océanos y su migración al fondo de los mismos.

Fuente: Seguridad y Medio Ambiente

Los medios transmiten el mensaje de que tenemos un problema “técnico”, solucionable reduciendo las emisiones de gases de efecto de invernadero, siempre que ello no resulte demasiado costoso, en cuyo caso quizás convenga aceptar los costes del cambio climático. Frente a eso, la realidad es que se trata de un conjunto de problemas interrelacionados, de muy difícil solución técnica. Pensemos por ejemplo en la energía fotovoltaica, quizás pueda ser una solución para reducir emisiones, pero puede aumentar el uso humano del territorio, traspasando el umbral seguro para la “transformación de la superficie terrestre”, uno de los límites planetarios más amenazantes, y que estamos a punto de cruzar (antes que el del cambio climático).

¿Por qué se dan toda esta serie de problemas de forma simultanea? Lo explica, en un artículo publicado en el nuevo medio digital canadiense The Tyee: “Los seres humanos ciegos al inminente colapso”, el doctor en ecología de las poblaciones y experto en economía ecológica y humana William E. Rees.

En un planeta limitado, donde millones de especies comparten el mismo espacio y dependen de los mismos productos finitos de la fotosíntesis, la expansión continua de una especie conduce necesariamente a la contracción y extinción de otras. (Políticos, tomen nota: siempre hay un conflicto entre población humana / expansión económica y la "protección del medio ambiente").

¿Por qué es importante esto, incluso para aquellos a quienes realmente no les importa la naturaleza en sí? Además de la infamia moral asociada con la extinción de miles de otras formas de vida, existen razones puramente egoístas para preocuparse. Por ejemplo, dependiendo de la zona climática, entre el 78% y el 94% de las plantas con flores, incluidas muchas especies de alimentos para humanos, son polinizadas por insectos, pájaros e incluso murciélagos. (Los murciélagos, también en apuros en muchos lugares, son los polinizadores principales o exclusivos de 500 especies en al menos 67 familias de plantas). Hasta un 35% de la producción mundial de cultivos depende más o menos de la polinización animal, lo que garantiza o aumenta la producción de 87 cultivos alimentarios líderes en todo el mundo.
Pero hay una razón más profunda para temer el agotamiento y la despoblación de la naturaleza. En ausencia de vida, el planeta Tierra es sólo una roca húmeda intrascendente con una atmósfera venenosa que gira inútilmente alrededor de una estrella ordinaria en las orillas extremas de una galaxia irrelevante. Es la vida misma, comenzando con innumerables especies de microbios, la que gradualmente generó el "ambiente" adecuado para la vida en la Tierra tal como la conocemos. Los procesos biológicos son responsables del equilibrio químico favorable a la vida de los océanos; las bacterias fotosintéticas y las plantas verdes han almacenado y mantienen la atmósfera de la Tierra con el oxígeno necesario para la evolución de los animales; la misma fotosíntesis extrajo gradualmente miles de millones de toneladas de carbono de la atmósfera, almacenándolas en cretas, piedra caliza y depósitos de combustibles fósiles, de modo que la temperatura promedio de la Tierra (actualmente alrededor de 15º C) ha permanecido para edades geológicas en la estrecha franja que hace posible la vida basada en agua, incluso cuando el sol se ha estado calentando (es decir, que el clima estable es parcialmente un fenómeno biológico); innumerables especies de bacterias, hongos y una verdadera colección de micro-fauna regeneran continuamente los suelos que cultivan nuestros alimentos. (Desdichadamente, el agotamiento por la agricultura es incluso más rápido. Según algunas versiones, nos queda, tan sólo, poco más de medio siglo de tierra cultivable).

Es un problema de escala de la actividad. La escala de la actividad humana sobre el planeta, en términos de uso del territorio, agua dulce, uso de materiales, energía y producción de desechos, no puede seguir aumentando salvo que queramos correr el riesgo de que nuestro planeta se convierta antes de tiempo en una “roca húmeda intranscendente con una atmósfera venenosa que gira inútilmente alrededor de una estrella ordinaria”. Antes de que eso ocurra estaremos pasando mucha hambre, calor y sufriendo mayor número de catástrofes naturales.

Si aceptamos que en esencia el problema es la escala de la actividad humana, nos encontramos que no se trata de resolver una cuestión “técnica”, sino de organización económica y social. Claro que la técnica puede aportar su parte, por ejemplo con una movilidad más limpia, aunque el coche eléctrico a duras penas supera al convencional a lo largo de su ciclo de vida. Pero si se consigue una movilidad más limpia, y se continúa aumentando la movilidad, continuará la fragmentación del territorio y el uso de cada vez más materiales, el camino contrario al que se debe transitar. Limitar la escala supone un cambio de paradigma difícil de aceptar, especialmente cuando dada la desigualdad existente los incrementos de actividad han servido para proporcionar ingresos a los menos favorecidos por la distribución de la renta.

Sin embargo, el cambio paradigma, pese a la enorme dificultad inherente, parece inevitable, ya sea de una forma más racional y controlada o de otra más catastrófica. Pero, si preguntamos en la calle, seguramente muchas personas son capaces de identificar que de existir problemas en el suministro de petróleo podemos encontrarnos con enormes costes sociales y económicos. Pero si afirmamos que la biosfera es un sistema complejo que se autorregula y que proporciona servicios medioambientales esenciales para la vida y la economía humanas que están siendo destruidos dado el incremento de nuestra actividad sobre el planeta y la consiguiente reducción de los espacios silvestres que generan esos servicios, seguramente la mayoría de ellos se sentirían confusos. En esa afirmación incluimos tres conceptos, cada uno de los cuales es ajeno al debate público actual, incluso el generado por el cambio climático. Nuestra primera labor es, a mi juicio, realizar una difusión mucho más amplia de esta problemática y los conceptos asociados a ella, de forma que sea posible un debate público sobre el problema más importante que afrontamos colectivamente.


Este artículo, fue originalmente publicado en El Salto

jueves, 26 de julio de 2018

No pienses en una guerra comercial


Suenan “trumpetas” de guerra en las secciones de economía de los principales medios de comunicación de nuestra querida piel de toro. El anuncio de la administración Trump de la imposición de aranceles a las importaciones de aluminio y acero de Estados Unidos ocasionó un buen puñado de titulares y artículos de opinión encabezados por el grueso sintagma “guerra comercial”. El erizo se hizo bola al sentir una brizna de aire. Luego sabríamos que esto era tan sólo una zanahoria para que Europa renuncie a ser crítica con los aranceles a China, pero parece que en este terreno hacen gala de una sensibilidad notablemente acusada. Nada que ver con la piel gruesa de la que se revisten ante las violaciones de los derechos humanos: torturas, espionajes o intimidaciones para evitar la libertad de expresión. Pero en esta ocasión no son los medios los únicos culpables, tecnócratas europeos como Juncker y Draghi enmarcaron la cuestión de los aranceles de la misma forma que los medios de comunicación.



Fue George Lakoff, lingüista y científico cognitivo quién nos advirtiera en su célebre libro No pienses en un elefante de la importancia de los marcos en la comunicación. Enmarcar es crear una estructura narrativa que activa estructuras mentales inconscientes que condicionan nuestro comportamiento y nuestras decisiones. No pensar en un elefante, era un mensaje para los demócratas, que debían dejar de aceptar los marcos propuestos por los republicanos. Un ejemplo, tomado del propio libro, ilustrará la cuestión:

Hay un fenómeno que probablemente hayas observado. En televisión los conservadores utilizan solamente dos palabras: alivio fiscal, mientras que los progresistas se enfrascan en una larga parrafada para plantear su punto de vista. Los conservadores pueden apelar a un marco establecido: por ejemplo, que los impuestos son una desgracia o una carga, lo cual les permite decir esa frase de dos palabras: alivio fiscal. Pero en el otro lado no hay ningún marco establecido. Se puede hablar de ello, pero supone un cierto esfuerzo porque no hay ningún marco establecido, ninguna idea fijada ya ahí a mano.

Si cuando los republicanos hablan de “alivio fiscal” apelan al marco de los impuestos como una carga ¿qué marco están tratando de activar los burócratas europeos cuando enmarcan la política comercial de administración Trump con el sintagma “guerra comercial”?

En una guerra hay al menos un agresor ¿es la imposición de aranceles al acero y al aluminio una agresión? Si los aranceles son una agresión cabría preguntarse por qué la propia Unión Europea mantiene algunos de sus mercados notablemente protegidos. Es el caso del sector agrícola, en la negociaciones de la Organización Mundial del Comercio en Cancún, en el año 2003, los países en vías de desarrollo se levantaron de la mesa cuando la Unión Europea insistió en hablar de cuestiones que no estaban en la agenda, como la retirada de barreras a la inversión (compra de activos en esos países por parte de empresas de la Unión Europea) a cambio de concesiones mínimas en la apertura de los mercados agrarios. Los hechos se contaron en su día en este artículo de The Guardian.

Dada la situación de despoblación en amplias zonas de nuestro país, no podemos estar en contra de la política proteccionista europea respecto a nuestra agricultura. Claro que dado como la agricultura y la ganadería contribuyen al deterioro medioambiental y al cambio climático sería deseable apostar por otro modelo, más intensivo en mano de obra y más respetuoso con la biosfera que nos proporciona servicios medioambientales vitales. Pero ese es otro tema. Lo cierto es que si estamos de acuerdo en que debe existir una política agraria, aun cuando los más perjudicados por ello sean aparentemente los países en vías de desarrollo, no podemos negar a los norteamericanos la posibilidad de realizar una política industrial, con el fin de proteger determinados Estados cuya población se ha visto especialmente perjudicada por la desprotección de la industria, y que mayoritariamente han votado a Trump.

Como saben todos los que participaron en las movilizaciones contra el TTIP, ahora temporalmente olvidado mientras esté Trump en la Casa Blanca, los tratados comerciales suponen una importante cortapisa a la soberanía nacional, y a la capacidad de la ciudadanía de tomar decisiones colectivas. El epítome que ejemplifica esto es el conflicto en la Unión Europea y Estados Unidos y Canadá por las importaciones de carne de ganado engordado, al menos en parte, gracias a las hormonas. Un tribunal de arbitraje de la Organización Mundial del Comercio dictaminó que la UE no podía rechazar las importaciones de esta carne por motivos sanitarios, y autorizó a EEUU y Canadá a imponer sanciones mientras la UE no aceptase esta carne. El conflicto se prolongó durante 20 años, hasta que pudo alcanzarse un acuerdo. Así pues, lo que los tecnócratas y medios europeos tratan de enmarcar como una agresión, bien puede considerarse el espacio sin restricciones externas necesario para la actuación política.

Por otro lado, la “guerra” no suele tener consecuencias agradables, y en el caso de nuestra supuesta “guerra comercial” se repiten los análisis que destacan los ingresos perdidos por esta causa, que podrían escalar de forma alarmante, de producirse una reacción simétrica en países afectados por las medidas de Trump. En un momento en el que todavía está fresca la anterior crisis económica, especialmente entre los más vulnerables, que han visto como empeoraban sus condiciones laborales, la supuesta “guerra comercial” puede percibirse como una terrible amenaza. Sin embargo, los cálculos de pérdidas económicas se realizan partiendo de supuestos tan buenos o tan malos (sí, en ocasiones los supuestos son extremadamente poco realistas) como otros que auguran resultados favorables a las acciones de Trump, y que no son citados en los medios. Economistas como Nicholas Kaldor, por ejemplo, concluyeron que las restricciones a las importaciones podían dar lugar a un incremento del comercio y de los ingresos.

Sin entrar en debates técnicos, que no son objeto de este artículo, ni posicionarnos en un lado u otro, hagamos un pequeño ejercicio mental que podría aclarar este punto. Pongamos que en lugar de importar carne hormonada, decidimos producir carne de forma respetuosa con el medioambiente (lo cual es difícil, pero no imposible). En lugar de concentrarse los beneficios en unos pocos ganaderos y empresas fabricantes de hormonas, este se distribuiría de forma mucho más amplia entre pequeños ganaderos y sus empleados. A su vez esto podría permitir a estas personas comprar, por ejemplo, un teléfono móvil fabricado en Corea y Taiwan, cuyo sistema operativo se produce en California. Nada impide, en principio, pensar que una serie de consecuencias de este tipo podrían hacer que la prohibición de carne hormonada en Europa termine aumentando y no disminuyendo la demanda de productos estadounidenses en el extranjero. Evidentemente, la misma situación podría darse ahora con los aranceles al acero y al aluminio (parece ser que finalmente no se aplicarán sobre Europa), o los anteriores a los paneles solares, lavadoras y aceitunas de mesa. O con los 60.000 millones de aranceles a productos chinos, los cuales mientras junto estas letras están todavía por concretar.

Así que no es cierto que vivamos en un mundo sin restricciones comerciales, aunque pueda ser cierto que la tendencia en las últimas décadas ha sido ir reduciendo aranceles, pero sin renunciar por completo a la política comercial (como la que está poniendo en práctica ahora la administración Trump), ni siquiera la Unión Europea. Tampoco es cierto que haya consenso en que la consecuencia de reducir los aranceles sea un incremento de la producción, y si el resultado fuese un incremento agregado en el conjunto de países, bien podría ser que alguno de ellos terminase perdiendo a costa de otros.

Sin embargo, sí es cierto que la globalización goza de un extraño prestigio humanista (como si hacer dinero fuese profundamente ético y humano). Claro que hay fundadas sospechas de que la administración Trump es nacionalista (como lo era la administración Obama, aunque de otra forma), pero también es cierto que si un servidor, siendo de Madrid, compra las legumbres en Daganzo, ello no es por sentir tirria hacia los productores de León, por los que siento un profundo respeto y una sincera simpatía.

No es una cuestión moral, sino de orden práctico, necesitamos una relocalización económica, al menos en cierto grado. La producción de alimentos es evidente que debería ser local, por el impacto medioambiental que tiene el transporte de productos de poco valor añadido y fácilmente sustituibles, así como por mantener la soberanía en un sector tan sensible, y por último por mejorar la salud de la población, cuyos genotipos han sido seleccionados en el último milenio entre los mejor adaptados a los alimentos producidos tradicionalmente en las regiones donde vivían sus ancestros. En el otro extremo, parece excesivo que en cada comarca haya una fábrica de paneles solares, coches, smartphones, etc, porque se perderían las ventajas de las economías de escala. En el punto medio, como en tantas cosas, se encuentra la virtud.

Al realizar una elección de compra necesariamente tenemos que descartar otras, pero ello no implica que odiemos a quienes venden el producto que hemos desechado. Si solo pensamos en el precio nuestra motivación es egoísta, ahorrar un poquito para poder gastarlo en algo más. Incorporar valores a nuestras decisiones implica necesariamente mirar más allá del precio, al menos no mirar sólo el precio. A nivel colectivo incorporar valores a decisiones comerciales es hacer política, y decidir de forma expresa que no vamos a incorporar valores a nuestras decisiones comerciales, que el precio es toda la información que necesitamos, es una decisión de sustancia, no es algo neutral, pero no por ello lo calificamos de agresión, no por ello hablamos de “guerra”.


Este artículo, fue originalmente publicado en El Salto

miércoles, 25 de julio de 2018

Rumbo de colisión


El pasado 13 de noviembre se publicaba en la revista BioScience un artículo que recogía la actualización de la “Alerta de los científicos del mundo a la humanidad”, un manifiesto firmado hace 25 años por 1700 científicos incluyendo la mayoría de los premios nobel vivos. En esta ocasión la segunda advertencia lleva la firma de 15364 científicos de 184 países.

La advertencia es preocupante, ya que las tendencias que se pusieron de manifiesto hace 25 años no se han detenido, ni siquiera frenado. El agua dulce disponible por habitante se ha reducido un 26,1%. La captura de peces se ha reducido un 6,4% (bastante más desde su máximo posterior a 1992) no por un esfuerzo de conservación, sino porque no hay disponibilidad del recurso. El número de zonas muertas en ecosistemas acuáticos ha aumentado un 75,3%. La superficie forestal ha disminuido un 2,8%. La abundancia de vertebrados ha disminuido un 28,9%. Las emisiones de CO2 han aumentado un 62,1%, y la diferencia de temperatura respecto a 1960 un 167,6%. La población de humanos ha aumentado un 35,5%, y la de ganado un 20,5%.


El mensaje que se deriva de estos datos es simple, hay que cambiar de rumbo para prevenir “un deterioro generalizado de las condiciones de vida humanas”, pronto será demasiado tarde ya que nos quedamos sin tiempo.

Se trata, desde mi punto de vista, de un hito de extraordinaria importancia en la comunicación de los problemas de sostenibilidad, es decir, de garantizar las condiciones para que en el futuro y en la actualidad los seres humanos podamos sobrevivir, medrar y florecer. Uno anterior fue la publicación de la encíclica Laudato Si, por el máximo responsable de la iglesia católica, el papa Francisco. Otro más, quizás el que me aporta mayor esperanza, fue la publicación este verano de The Uninhabitable Earth, en New York Magazine, un artículo de divulgación sobre las consecuencias del cambio climático que tuvo una amplia repercusión.

Las voces científicas y mediáticas que claman por un cambio radical se están multiplicando, pero la cuestión no cala en la opinión pública, y como decía Iñaki Gabilondo, la segunda advertencia de los científicos a la humanidad no es noticia.

No hay conciencia de lo que nos jugamos en esta partida, que son nuestras condiciones de vida. Pocos entienden que los ecosistemas proporcionan servicios gratuitos que son vitales para nuestra economía y nuestras actividades. Que las poblaciones de vertebrados disminuyan y las zonas muertas aumenten puede estar relacionado con la disminución de las capturas pesqueras, pero esto no es más que un síntoma epidérmico del auténtico problema. Como se señala en el artículo de New York Magazine, hoy en día las muertes por problemas renales se están multiplicando en las zonas tropicales a causa del aumento de la temperatura. Los seres humanos necesitamos evacuar calor, y en ciertas condiciones de temperatura y humedad se hace imposible. Más alarmante es que cuatro de los cinco eventos de extinciones masivas que se han dado hasta ahora en la historia de la biosfera han tenido que ver con incrementos en los niveles de CO2, que han propiciado el colapso de la vida marina y la emisión masiva de SH2 desde los océanos, un gas tremendamente tóxico para los humanos y la mayor parte de las formas de vida, haciendo que desaparezca el 97% de la vida. Según la NASA esto ya está ocurriendo en la costa de los esqueletos, en Namibia.

Los ecosistemas hacen cosas que nos permiten vivir y disfrutar de la vida, como producir oxígeno para que podamos respirar, polinizar nuestros ecosistemas artificiales, regular el clima, o simplemente producir comida para nosotros. Todo esto está en riesgo, y con ello nuestra civilización. Es necesario cambiar el discurso, el problema no es para el planeta, no se trata de perder el bienestar que causa la contemplación del entorno natural, se trata de algo más problemático, es probable que no podamos sobrevivir sin los servicios de los ecosistemas.

Y esto es una noticia que también tiene su lado positivo, sí, suele haber dos caras, lo que ocurre nos obliga a cambiar, y ello abre la puerta a otra sociedad, una en la que quizás sea más fácil ser feliz. La Unión de científicos preocupados propone “revaluar el papel de una economía enraizada en el crecimiento permanente”, y hace un llamamiento a un movimiento popular, de base, con fe en que es posible cambiar las cosas desde abajo: Con una marejada de esfuerzos desde organizaciones surgidas desde el pueblo, la obstinada oposición puede ser superada y los líderes políticos se verán obligados a hacer lo correcto”.

Esa afirmación quizás pueda ser tachada de excesivamente optimista. El poder en nuestra sociedad no se distribuye de forma equitativa, pero no estamos en condiciones de evaluar su grado de conformidad con la realidad, dado que no existe ninguna “marejada de esfuerzos”, y aunque ello puede también tener mucho que ver con la distribución del poder, es el punto a partir del cual debe reflexionar cualquier persona u organización que pretenda cambiar el estado actual de la situación, y así evitar las fatales consecuencias que nos auguran los científicos.

Malcolm Gladwell en su libro El punto clave nos explica como se contagian los cambios sociales. La palabra “contagio” es totalmente adecuada, ya que para Gladwell estos cambios se difunden igual que las epidemias. Según las ideas de Gladwell, cambios muy pequeños, nimios, pueden tener efectos tremendos en la difusión de comportamientos. Uno de esos cambios era la forma de presentar la información, en lugar de como algo abstracto, como algo concreto que conduce a una acción. Así, si al exponer información sobre el tétanos se añade un pequeño mapa donde se indica donde vacunarse, las personas que se terminan vacunando se multiplican por nueve. Bastante impresionante.

Yo he probado esta teoría con los comportamientos para reducir nuestra huella de carbono. Sí, no soy partidario de aplicar soluciones individuales a problemas sistémicos, pero tenía en mente la idea de que ello no fuese una acción individual, viralizarla como ha ocurrido con otros comportamientos que Galdwell describe en su libro.

Lo primero que habría que pensar al promover cambios de comportamiento como estos es que quizás, si dejamos de consumir gasolina o diésel, el precio de estos productos se reduzca, y sea mas accesible para otras personas, que pasen a consumir más. En ese caso ¿tiene sentido nuestro esfuerzo individual? Tiene sentido porque no somos seres racionales que nos movemos por intereses y cálculo racional, nos regimos por valores. Quien ha puesto esto de manifiesto son precisamente las economistas feministas, al poner el foco en las relaciones de cuidado, no regidas por el cálculo racional egoista. Katrine Marçal pone un ejemplo ilustrativo en su libro ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?

En Suiza, se llevó a cabo un estudio económico antes de uno de sus numerosos referéndums. Versaba sobre si debían o no almacenar o no residuos nucleares; los científicos estaban interesados en saber lo que pensaba la gente acerca de este tema.

Fueron puerta a puerta con sus cuestionarios. ¿Se imaginaban una planta de residuos nucleares en su vecindario? El 50 por ciento respondió: “Si”.
Desde luego, la gente lo consideraba peligroso y sabía que haría bajar el precio de su vivienda, lo cual no les gustaba. No obstante, la planta tenía que construirse en alguna parte, en eso estaban de acuerdo. Así que si las autoridades consideraban que había que edificarla allí, entonces sentían la responsabilidad cívica de aceptarlo. Como buenos ciudadanos suizos.
Cuando, por otro lado, se les preguntaba si aceptarían la planta nuclear en su vecindario a cambio de una suma relativamente grande de dinero por las molestias (el equivalente a seis semanas de salario para un trabajador normal), entonces solo el 25 por ciento respondió afirmativamente. Querían ser buenos ciudadanos; pero ya no se les pedía eso. El incentivo monetario acabó con el verdadero incentivo.

Civismo por encima de interés individual ¿qué más podríamos esperar de los valores que se implican en la lucha contra el deterioro medioambiental generalizado?

Mi experimento, muy limitado de momento, consistió en pedir a varias personas que cambiasen su suministrador de energía eléctrica por otro que unicamente suministrase energía renovable. El suministrador solo compra a productores de energía renovable, ello lo certifica la Comisión Nacional de la Energía, y el consumidor que contrata este servicio consume esa energía. Una pequeña gestión, apenas cinco minutos, permite hacer este cambio. Pero una de estas personas, que anteriormente había manifestado cierta sensibilidad medioambiental, en abstracto, me contesta que pese a que el precio del suministrador que le ofrezco es igual al que él tiene contratado en este momento, con su suministrador actual obtiene descuentos en Carrefour.

Supongo que los científicos que firman el manifiesto pueden sentirse sobresaltados ante este hecho ¿Consecuencias dramáticas para la humanidad? ¿Cinco minutos para realizar un cambio? ¿Descuentos en el Carrefour?

No sé lo que hay detrás de este comportamiento, pero puedo anticipar algunas hipótesis, gracias a que de forma casual me he encontrado con el trabajo del psicoanalista Wilfred Ruprecht Bion. Bion trabajó como terapeuta de grupos, y categorizó distintos de grupos en función de las asunciones básicas de los mismos. Uno tipo de grupo es que el adopta los supuestos básicos de dependencia, la creencia en un líder capaz de solucionar los problemas del grupo, que termina fallando, ya que carece de la omnipotencia de la que le revisten las creencias del grupo, y termina siendo sustituido por otro líder del que nuevamente se espera una actuación salvadora. Otro tipo de grupo es el que adopta los supuestos básicos del ataque-fuga, que focaliza toda su energía en un enemigo externo, al que hay que destruir o huir de él.

Aunque estos supuestos básicos se desarrollaron para grupos pequeños, me recuerdan mucho a la forma en que funcionan nuestras sociedades con su sistema de gobierno representativo, que generalmente se denomina como democracia liberal, con sus partidos de masas enfrentados visceralmente como enemigos acérrimos. Los científicos que firman el manifiesto no señalan a ningún enemigo, excepto “la humanidad” en su conjunto. Parece que no es fácil movilizar a las personas contra la humanidad ¿quizás esto debería resolverlo el líder? ¡esto no es asunto mío!

Es tan sólo una hipótesis, pero lo que sí tengo muy claro es que para salir de las hipótesis y empezar a construir mapas fiables que nos ayuden a transitar el camino que nos permita resolver este dramático problema, tenemos que experimentar e improvisar todo tipo de medidas, como pedir a una persona o a una empresa que cambie su forma de actuar. Es muy probable que no lo haga, pero ello nos dará información de cuales son las creencias que están limitando el cambio. Hay que enraizarse en la acción e ir difundiendo nuestros éxitos y las lecciones aprendidas de nuestros fracasos.


Este artículo, fue originalmente publicado en El Salto

Las paradojas de la felicidad y de la economía global


Hablaremos de varias paradojas, la de la globalización y las de la felicidad, estrechamente relacionadas entre si, aunque no parezca evidente en un primer momento.


En una entrevista realizada a comienzos de año en Davos Jamie Dimon, CEO del banco de inversión norteamericano JP Morgan aseguraba que el nivel de vida europeo era excesivo, los salarios, pensiones y prestaciones del Estado son excesivas si Europa pretende competir con el resto del mundo. Dimon aseguraba que esa situación era insostenible “Dicho sea con todo el respeto para los europeos, pero eso tiene que cambiar. Pueden forzar a ello los políticos, o un nuevo tipo de liderazgo”.

Quizás la gran paradoja de nuestro tiempo sea esta, en una sociedad cada día aparentemente más opulenta, según nos muestra los cada día más altos valores que alcanza el Producto Interior Bruto (aunque en realidad no por ello seamos más ricos), nos vemos obligados a ser más productivos, es decir, trabajar por menos dinero y menos prestaciones, si no queremos “dejar de ser competitivos”, es decir, dígalo claramente señor Dimon, ser antiguos, obsoletos, poco modernos, y sobre todo, más pobres, incluso mucho más pobres, depauperarnos hasta límites que nos causen vergüenza y humillación.

La economía de mercado se caracteriza por premiar ventajas marginales, que a priori parecen nimias, incapaces de provocar movimientos de gran envergadura. Pero si, pongamos por caso, tuviésemos que elegir entre dos manzanas aparentemente iguales y una de ellas fuese diez céntimos más barata lo racional es que todos compremos la que es más barata, de forma que quien produce diez céntimos más caro se quede sin vender nada. Dimon nos avisa que estamos a punto de correr la suerte de ese agricultor que produce más caro y quedarnos sin mercado, perder nuestro trozo de queso.

Es paradójico que a pesar de ser cada día más ricos no podamos emplear esa riqueza de forma que nos haga más felices, porque trabajar más por menos nos hace infelices, y lo que nos haría más felices sería precisamente trabajar menos. Eso es lo que viene a explicarnos la economía de la felicidad. Sintetizaré de forma esquemática las evidencias que el lector puede encontrar, por ejemplo, en La felicidad: lecciones de una nueva ciencia, de Richard Layard.

En la segunda mitad del siglo XX un grupo de psicólogos, sociólogos y economistas dejó bien establecido lo que se denominó como “paradojas de la felicidad”, una serie de hechos empíricos contrastados mediante encuestas que muestran la relación entre felicidad y renta. Así, se sabe que existe una correlación positiva entre ingresos y felicidad, y que los países ricos tienden a ser más felices. Sin embargo, a partir de los 20.000$ per capita incrementos sucesivos en la renta no implican incrementos sucesivos en la felicidad media.


Es por ello que los niveles de felicidad en los países occidentales no han aumentado en los últimos 60 años.

Esto se explica porque, si bien los aumentos de renta repercuten positivamente en la felicidad, parece existir una correlación negativa entre felicidad y los ingresos de los demás. Es decir, por un lado tiene más peso la renta relativa que la absoluta, además de existir una pugna por ciertos bienes de prestigio llamados “posicionales”, pero también se da un efecto de adaptación, de forma que según se incrementa la renta hacen lo propio las expectativas. Al mantenerse constante la distancia entre renta y expectativas el bienestar subjetivo no se modifica.

En definitiva, a causa de la adaptación y de la pugna social, se dedica una cantidad de tiempo desproporcionada a intentar obtener mayores ingresos, en detrimento de, por poner un ejemplo, la vida familiar, y el bienestar subjetivo se reduce, o no crece tanto como se podría esperar. ´Lo que muestran estas evidencias es que para mejorar la felicidad de los ciudadanos una política de sentido común sería alcanzar el pleno empleo reduciendo la jornada laboral. Sin embargo no podemos, y si algún partido llevase esta política en su programa sería tachado de populista e ingenuo.

Estamos pues ante un grave problema. El gobierno tendría que intervenir para reducir la jornada de trabajo, y crear un marco adecuado para que mejoren las relaciones familiares, así como el resto de factores que contribuyen a la felicidad. Sin embargo, esto es exactamente lo contrario a lo que propone Jamie Dimon. Vivimos demasiado bien, es ilusorio pretender ser felices, o que el mercado nos traiga felicidad, al contrario, estamos abocados a luchar en él encarnizadamente, en caso contrario terminaríamos perdiendo todo, terminaríamos siendo muy pobres, y ello tampoco nos haría felices.

Lo que este dilema nos está poniendo de relieve es de suma importancia. No somos autónomos, no tenemos libertad para fijar objetivos de política económica que mejoren la vida de los ciudadanos ¿qué puede hacer el gobierno? aunque sea difícil de aceptar, en realidad poca cosa.

No estoy descubriendo nada nuevo, todo esto ya fue señalado por un economista de reconocido prestigio, Dani Rodrik, de la universidad de Harvard, quién en su libro La paradoja de la globalización expuso que la integración de la economía, anteriormente economías nacionales, ahora economía global, nos exponía a un trilema, es decir, podemos escoger dos características de entre tres y ello supone que la tercera se vuelve inalcanzable. Estas tres características son la democracia, la soberanía y la hiperglobalización. Podemos tener democracia y soberanía, pero sin hiperglobalización. O bien podemos tener hiperglobalización y democracia, pero sin soberanía. La última opción sería soberanía e hiperglobalización, pero sin democracia. Porque la globalización es la clave ¿no? Evidentemente sí. Es ella la que nos obliga a competir encarnizadamente. Es ella la que hace que las instituciones del estado nación se vuelvan irrelevantes. Gracias al intento de alcanzar un tratado trasatlántico de inversiones, ahora muerto con Trump, hemos conocido que la soberanía nacional se ve seriamente erosionada con estos tratados, ya que las empresas transnacionales podrían demandar a los estados por normativas que perjudicasen el rendimiento de su inversión.

Es un ejemplo, a todos nos es familiar el mecanismo inexorable de la disciplina económica, la prima de riesgo, las empresas que supuestamente se deslocalizan de Cataluña, las supuestas repercusiones catastróficas del Brexit, el funesto destino de Grecia por votar en contra del mercado. La economía es un mecanismo de disciplina extraordinario, y ello es gracias a la globalización. Sin movilidad de capital no hay deslocalizaciones, ni primas de riesgo.

La solución de Rodrik a su trilema es fomentar la movilidad de la mano de obra entre diferentes puntos del planeta. Algo difícilmente asumible a nivel político, ya que precisamente el malestar creado por la globalización se ha traducido en un rechazo creciente de parte de la población a los inmigrantes. Basta ver lo ocurrido en Europa en la llamada crisis de los refugiados.

Hay una solución más sencilla y es aumentar los aranceles (habría otras más sofisticadas, pero no merece la pena entrar en detalles en este artículo). En este punto los partidarios de la globalización suelen utilizar la falacia de la pendiente deslizante y hablar de autarquía, de volver a la cueva o de dedicarnos todos a la cría de cabras. Nada más lejos de la realidad. Como Rodrik analiza en su libro, cuando la economía está muy cerrada (en autarquía o cerca de ella) las ganancias del comercio son inmensas. Sin embargo, en economías tremendamente abiertas como las nuestras, las ganancias de continuar esa apertura son muy reducidas, y también lo son las pérdidas de cerrarse un poco más.

La propia Unión Europea, un paradigma de la globalización, ha marcado el camino cuando en reiteradas ocasiones ha reventado la agenda de la Organización Mundial de Comercio por negarse a liberalizar la agricultura, abriendo sus mercados agrícolas a la competencia internacional. Han hecho lo correcto, por unas (supuestas) ganancias insignificantes en el PIB mundial ¿merece la pena que se sigan despoblando nuestros pueblos, esa España vacía? ¿Merece la pena que los productos agrícolas viajen miles de kilómetros del campo a la mesa con la consiguiente huella de carbono y su efecto sobre el clima?

De la misma forma, sería posible levantar alguna pequeña protección en ciertos sectores, con escasas repercusiones en términos monetarios, pero que fuese permitiendo desarrollar una política económica basada en evidencias orientada hacia el incremento de la felicidad del conjunto de la población. Si tomamos al pie de la letra la cifra de 20.000$ per capita a partir de la cual los niveles de felicidad no varían con la renta, sino a causa de otros factores, disponemos de un amplio margen. No sería necesario llegar tan lejos.

Sería posible, sí, aunque nadie habla de ello. A los que hablan de un cierto grado de relocalización económica se los tacha de xenófobos, pero nada tiene que ver la búsqueda de la felicidad, o primar la decisión colectiva sobre la encarnizada competencia económica con el desprecio a otras culturas. Gracias a Dios se pueden comprar los tomates a tu vecino y tener un amigo marroquí, no hay ninguna incompatibilidad lógica en ello. No mire a ningún partido político, el silencio puede ser incómodo, pero bien merece la pena ir tomando conciencia de estas paradojas, quizás antes de lo que pensamos llegué el momento en que se puedan poner sobre la mesa. Mientras tanto el lector puede empezar por comprar parte de sus alimentos a productores locales a través de algún grupo de consumo agroecológico, reduciendo de paso su huella de carbono.


Este artículo, fue originalmente publicado en El Salto

sábado, 21 de julio de 2018

El laberinto monetario y la sociedad inmóvil ¿Podemos cambiar algo de nuestro mundo?

Entre las ideas más prometedoras para gatillar cambios sociales de largo alcance, de esos que no sabemos hasta donde nos pueden llevar, podemos citar la Renta Básica Universal, el trabajo público garantizado, la reforma del sistema monetario, o la utilización de las rentas no ganadas, en el sentido ricardiano, como base del sistema impositivo. Desde Autonomía y Bienvivir hemos dedicado parte de nuestro esfuerzo a la divulgación de esas brillantes ideas. Sin embargo, en este punto de mi recorrido intelectual me asaltan una serie de dudas, en ningún caso pienso que estas sean malas ideas, pero debo reconocer que aisladamente, en una sociedad compleja como la nuestra, es difícil pensar que una sola medida tomada de forma aislada pueda tener un gran impacto transformador.

Tomaremos una de ellas como epítome, la reforma monetaria. De forma telegráfica, y aunque evidentemente no hay un consenso sobre qué problemas tenemos con el sistema monetario, a mi juicio el principal es que el dinero se crea de forma privada. La mayor parte de la oferta monetaria de un país son depósitos a la vista o a plazo que crean los bancos comerciales al conceder un crédito. Naturalmente, los bancos hacen esto para ganar dinero, y por ello crean el dinero con interés. Cuando el dinero se crea de forma pública o comunitaria se puede crear sin interés, pero no ocurre lo mismo cuando el dinero se crea de forma privada. Otra consecuencia de este mecanismo de creación del dinero es que quienes tienen en su mano la impresora intentarán crear todo el que sea posible, para maximizar sus beneficios. Ello favorecerá que haya periodos de abundancia de dinero a consecuencia de un boom de crédito, seguidos posteriormente de periodos de escasez, cuando la carga de los intereses va creando oleadas de impagos que propician un estrangulamiento del crédito, que a su vez provoca más impagos. Una explicación más detallada de esta problemática y de todos los hechos que históricamente nos han conducida hasta ella la expuse en una serie de artículos en Autonomía y Bienvivir: La ciencia pérdida del dineroModernizar el dinero y Frederick Soddy y el dinero endógeno.

Para minimizar sus riesgos la mayor parte del dinero así creado está garantizado por activos, de forma muy especial suelo (o construcciones con suelo incluido), ya que es un recurso natural finito y limitado cuya oferta es sencillo monopolizar. Los bancos tienen pocos incentivos para ser prudentes en la concesión de crédito, ya que en la parte descendente del ciclo podrán expropiar la garantía de los préstamos, y si a pesar de ello todavía resultan perjudicados el Estado saldrá en su rescate para evitar una profunda crisis de liquidez que se lleve por delante negocios que de otra forma serían rentables. Todo el sistema funciona como una gigantesca aspiradora que succiona rentas de abajo hacia arriba. Una explicación más detallada de la relación entre rentas no ganadas y sistema monetario la desarrollé en Cómo conocí a mi extractor de rentas y entré en servidumbre por deudas: “Capitalismo popular” o el auge del capitalismo de los rentistas.

Por último, hablé de cómo reformar el sistema monetario de forma que se minimizasen todos los aspectos negativos en Por qué #nodebemos, #__pagamos (conclusión)Dinero vs Energía: El pensamiento económicos de Frederick Soddy y Dinero libre y sostenible, la solución a los desahucios y a la deuda pública. En resumen, prohibir la creación de depósitos mediante crédito, y crear el dinero que la economía vaya necesitando a través del Tesoro Público, en forma de gasto. Sin embargo mi propósito de hoy es cuestionar, en cierto grado, esta solución.

Porque los problemas sociales no se solucionan como los de matemáticas. No es sólo una cuestión “técnica”. Vivimos en una sociedad muy compleja, donde cada uno de nosotros se ha especializado en realizar determinadas labores. Si alguien practica con la guitarra ocho horas al día seguramente terminará tocando mejor que alguien que la toca por divertirse al salir de su puesto de operario en una fábrica. Mayor especialización, mayor productividad. Pero dependes del panadero para tu comida y del mecánico para arreglar el coche. Eso no es grave, puedes verles cara y hablar con ellos. Pero también dependes de que los bancos sigan inyectando crédito y creando dinero, y de que los funcionarios del Banco Central decidan si hay que subir o bajar los tipos de interés del dinero. Ellos no te conocen, ni tienen en cuenta tus emociones a la hora de tomar sus decisiones y aplicarlas con la máxima frialdad y rigor.

Pero el funcionario del Banco Central aplica la teoría económica, un conjunto de “conocimientos” socialmente construidos que, pese a no tener la categoría de “científicos”, sí al menos son tácitamente reconocidos como “conocimientos” de un tipo distinto, cualitativamente superiores a los que quedan fuera de ese corpus teórico. Claro que esa teoría se define y construye socialmente, pero no con la participación de todos. Son los académicos, desde las universidades, los que van seleccionando aquello que debe ser incluido y excluido del conjunto de “conocimientos” de la disciplina, y es esa teoría la que determina como actúan los funcionarios del Banco Central.

Así que nos movemos en un entorno muy complejo, en el que suponemos que cada persona cumple su función, aunque no tengamos ni la más remota idea de lo que ello significa. El individuo termina valorando simplemente que el entorno sea estable, y cuando este entorno estable se ve sacudido por eventos extraordinarios como crisis económicas, protestará, quizás cambie su voto, y rezará porque se vuelva a recobrar la estabilidad, aunque no termine de comprender muy bien ni las causas de la sacudida ni las del retorno a la normalidad.

Todo este conjunto de hechos nos lleva en una sola dirección, hacia un reino llamado APATÍA, la ausencia de deseo, la indiferencia hacia lo que ocurre a nuestro alrededor, que entendemos se encuentra a diez mil millas de poder ser mínimamente alterado por nosotros. Es el reino del consumismo, de la proliferación de ofertas comerciales para experiencias y sustitutivos de relaciones humanas. Aprendemos y comprendemos que no tenemos ninguna influencia sobre el entorno, y en consecuencia perdemos interés por él, y como hemos perdido interés en él nuestra capacidad de lograr algún cambio se reduce todavía más.

En ese contexto las narrativas simplificadoras golpean con toda su fuerza. La razón es la fuerza capaz de despejar el camino y arrojar a la cuneta cualquier dificultad que se interponga en el avance de un progreso lineal y constante. El “experto” es el sacerdote de la nueva religión de la razón, aunque la experiencia muestre (como por ejemplo en el documental La industria de los expertos) que no consigue mayor porcentaje de aciertos que un simio, es decir, que alguien que responde al azar.

¿Hay salida a este laberinto? Evidentemente experimentamos rendimientos decrecientes en la complejidad social, por lo tanto necesitamos reducirla. No tenemos un mapa para hacer esto, de hecho nunca se ha hecho algo semejante en la historia de la humanidad, salvo de forma forzada. Como suele ser habitual ante los problemas complejos, tenemos que actuar por tanteo. Podemos apoyarnos en la psicología para dar estos primeros pasos, en concreto en la psicología positiva o ciencia de la felicidad, ya que esta disciplina prescribe para el individuo medicinas que van en el sentido de simplificar su vida.

Poniendo por delante que como dijese numerosas veces el difunto Zygmunt Bauman no existen soluciones individuales para los problemas sistémicos, consideremos por un momento este punto de partida, el de un individuo que quiere ser feliz, realmente feliz. Entre otros aspectos, la llamada ciencia de la felicidad destaca dos cuestiones que me gustaría resaltar aquí: la importancia de las relaciones y del sentido. Tener relaciones sociales y afectivas de calidad y realizar habitualmente actividades significativas para uno mismo, como lo es para mí escribir este artículo.

Empecemos por la calidad de las relaciones. Según el sistema tiende a complejizarse, las relaciones tienden cada vez más a ser episódicas (será, por ejemplo, cada vez más raro mantener un trabajo para toda la vida) y a estar reguladas exteriormente, por ejemplo por una jerarquía si se trata de relaciones en el centro de trabajo, o por contratos o precios, si se trata de una relación de tipo mercantil como la que tenemos con la camarera que nos pone el café. En la gran urbe somos máscaras, y vemos pasar miles de máscaras cada día por delante de nuestros ojos. Incluso las relaciones de pareja, tal y como señalan Byun-Chul Han o Zygmunt Bauman, se hacen cada vez más frágiles y superficiales. Para el individuo, la vía de la felicidad consiste en ir saliendo de la rueda. Mantener un trabajo, una pareja, unos amigos. Comprar en el barrio, tener relación con quién nos hace el pan o nos arregla el coche, compartir actividades con la gente del vecindario o con un grupo estable con intereses comunes.

Respecto al sentido, nos encontramos el mismo problema que con las relaciones. En una comunidad tradicional la actividad de cada uno de los miembros juega un papel que es comprendido por todos para el mantenimiento del conjunto. El herrero repara las herramientas indispensables para extraer a la tierra sus frutos y el panadero procesa esos frutos de forma que puedan ser asimilados fácilmente por todos. Hoy conozco personas que trabajan en fábricas que hacen carcasas para misiles, y ecologistas que trabajan en proveedores del sector de la automoción.



A veces no quedará más remedio que buscar el sentido en actividades relegadas a la categoría de ocio, pero en general se trata de ir progresando de forma paulatina, dotando de sentido poco a poco a cada una de las actividades que realizamos en nuestro día a día.

En este camino de ir desarrollando una estructura interna coherente, y ponerla en consonancia con su comportamiento “externo”, el individuo irá abandonando casi sin darse cuenta la persecución de categorías abstractas como éxito, o la adicción al dinero por el dinero. Aprende a encontrar placer en las acciones que le ponen en relación con los demás y con lo que percibe como el sentido de su vida. El mundo se simplifica, aunque sea parcialmente, y ahora comprendemos en parte los problemas que aquejan a nuestro entorno y a nosotros mismos. De contemplar el desahucio de un vecino con incomodidad y tensión pasamos a participar de una economía de mayor cercanía, de la que se benefician más las personas que tenemos próximas. Quizás participamos en un banco de tiempo, quizás alguien promueve un experimento con monedas locales que permite entender mejor como se crea y como funciona el dinero, o quizás no. Sea de una forma o de otra, se comparten opiniones, información y experiencias y ello hace que se exijan unas medidas u otras a la autoridad política. La información en particular, ahora llega por varios canales, si bien no desaparecen los controlados jerárquicamente y orientados al beneficio, ya no se trata de un monocultivo, sino de un bosque en el que coexisten especies diversas. 

Y de esta forma vamos escapando de la apatía y de la persecución de ideales abstractos de éxito y dinero, mientras logramos una estructura interna que nos proporciona mayor paz y felicidad, que exteriormente se manifiesta en una mayor actividad e interés por los problemas públicos y comunitarios. En este punto quizás el individuo llegue a cuestionarse, entre otras cosas, el sistema monetario, y encuentre apropiada la reforma que yo planteaba al principio de este artículo. Sin embargo, será difícil que un creciente interés ciudadano pueda llegar a filtrarse al mundo académico, sin el cual se antoja imposible cualquier atisbo de reforma.

Las universidades y las revistas que publican artículos académicos se han convertido en auténticas “fábricas de consenso”, que saben y conocen como invisibilizar a los críticos sin censurarlos, simplemente ignorándolos. Sin duda el mecanismo más eficaz para ejercer un férreo control sobre lo correcto mientras se mantiene una fachada de pluralismo. Hay diversas formas de lograr esto, una de ellas podemos ejemplificarla con un suceso de la vida del economista disidente Kenneth Boulding, tal y como nos lo cuenta Oscar Carpintero:

Después de graduarse en Oxford solicitó una beca en el Christ Church y, por equivocación, llegaron a sus manos las cartas de recomendación que él mismo había encargado redactar a varios de sus profesores de economía. En general, todas decían que era un muchacho brillante y muy inteligente, pero al final, casi todas concluían que, sin embargo, “no es uno de los nuestros”.

Los académicos tienen interés en hacer relevante su propia corriente de investigación, y seleccionan y apoyan a aquellos que la respaldan, ya sea como doctorandos o como autores de artículos a los que citar y dar relevancia por cualquier método ¿Y que ocurre si metemos el dinero en la ecuación? Se financian las líneas de investigación más convenientes, se abren las puertas de las Bancos Centrales y otros organismos con gran peso en la agenda política, como el FMI, la OCDE, el BIS, el Banco Mundial, agencias de la ONU, etc. Todo un entramado institucional diseñado para mantener el statu quo e impedir que ideas que cuestionan el paradigma imperante puedan abrirse paso.

En la modernidad, controlar a los “sacerdotes de la razón” es la mejor forma de controlar el sistema. Quizás el activismo ciudadano pueda lograr que más personas críticas y comprometidas lleguen a participar de la academia, que se censure la enseñanza de una única corriente de pensamiento en las universidades, que los economistas disidentes gocen de apoyo y reconocimiento populares.

Todos esos cambios, sin duda lentos, podrían ayudar. Pero quizás la clave es entender que la economía no es sólo una cuestión técnica, ni siquiera principalmente técnica ¿Por qué aceptamos que el objetivo del incremento del PIB es legítimo? ¿No debería ser el bienestar de todos? ¿Acaso el incremento del PIB no tiene costes, en forma de consumo de recursos y aumento de residuos, y en forma de más trabajo (quienes vean incrementarse su renta quizás preferirían más ocio, y quienes necesiten renta seguramente tampoco la recibirán tras el incremento)? ¿Acaso todos los intercambios monetarios son buenos? ¿Nos interesa que suba el PIB porque compremos más armas? ¿O porque compremos más medicamentos a causa de que nuestra salud se deteriora por la contaminación y el estrés? ¿Acaso que el PIB suba nos permite olvidarnos de como se distribuye ese producto, está bien que algunos no ganen nada con esa subida, e incluso pierdan, mientras unos pocos, como viene siendo habitual, acaparan todo el incremento de bienes producidos?

La conciencia que tendría que extenderse cuanto antes si queremos solucionar los problemas que nos aquejan es precisamente la de que los problemas económicos son principalmente problemas morales, y por tanto políticos. En el preciso instante que consigamos eso será posible una reforma del sistema monetario, y cualquier reforma que nos permita adecuar la economía a los resultados que la sociedad considere moralmente más necesarios.


Este artículo, cuyo autor es Jesús Nácher, miembro fundador de Autonomía y Bienvivir, fue publicado originalmente en el blog Camino a Gaia