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jueves, 13 de abril de 2017

¿Puede la economía colaborativa cambiar el mundo?

Las tecnologías de la información y las comunicaciones han puesto en nuestra mano una herramienta con potencial para cambiar el mundo: la economía colaborativa, la posibilidad de compartir. Sin embargo, el cambio no será automático, tendremos que propiciarlo nosotros.


Una de las claves, la principal, para adaptar nuestra sociedad a unos insumos de materia y energía estacionarios es pasar de una economía de la propiedad a una economía del uso, o como diría Jeremy Rifkin, del acceso. En los términos del economista ecológico Herman Daly lo que tenemos que intentar es minimizar la relación PIB/riqueza, es decir, minimizar el flujo de transformación (mal llamado producción) que hace posible mantener una riqueza dada.

Lo primero que habría que aclarar es la relación entre PIB y riqueza, ya que de forma errónea nos han inducido a identificar el primero con la segunda. Un simple ejemplo bastará para mostrar la diferencia, la mayoría estaremos de acuerdo en que la vivienda que habitamos es riqueza, sin embargo, salvo que haya sido construida en este mismo año, no está contabilizada en el PIB. Cuestión distinta es que nuestra vivienda tenga goteras, en ese caso, si decidimos repararla, la transacción que se origina por ello (salvo que la reparemos nosotros mismos con materiales también transformados por nosotros mismo o reutilizados) sí se incluirá en el PIB. Parece evidente y espero que el lector convenga en ello, que el PIB es el flujo de transformación, transformación de los recursos naturales, es decir, de la biosfera, para mantener la riqueza de la sociedad. También para incrementarla pero en mucha menor medida, especialmente cuando en el estado actual de desarrollo de la sociedad y dada la escala de nuestra afección sobre el planeta nuestra prioridad debe ser mantener el capital natural.

Mantener el PIB bajo nos permite preservar el capital natural, y con ello innumerables recursos, algunos de valor económico (como los minerales y combustibles fósiles, la fertilidad del suelo o el agua) y otros no (como el aire con un 19% de oxigeno, la polinización por insectos o un clima estable), que no por no tener valor dejan de ser indispensables para la vida, y por tanto, lo más valioso que tenemos, ya que nada vale tanto como la vida, aunque nuestra teoría del valor no lo considere así, como ya explicamos con detalle en La izquierda en la encrucijada ¿crecimiento o nuevo paradigma?. Lo deseable es que la conservación del capital natural vaya de la mano de un mantenimiento de la riqueza, por ejemplo alargando la vida útil de nuestro capital, o también aumentando su uso, como planteamos en nuestro Programa para una Gran Transformación:

El primer paso para revertir esta situación es que el gobierno abandone como objetivo de su política económica el crecimiento de la producción, y adopte el objetivo de mantener y mejorar tanto el capital natural como el creado por el hombre. Podemos ver un ejemplo concreto con el caso de la vivienda. Los españoles tenemos la necesidad de un techo, y en España había en 2013 más de 26 millones de viviendas. Si pensamos en términos de satisfacer esta necesidad, y no en el de dar trabajo a la gente, una política adecuada sería intentar aumentar el ratio de ocupación, dado que en España hay 3,4 millones de viviendas vacías. Esto nos ahorraría un coste considerable, en preciosos recursos, energía y materiales, y en trabajo (que se reflejaría convenientemente en un descenso del PIB), dado que podríamos ahorrarnos construir las 35.000 viviendas que iniciamos ese mismo año. Por otro lado, el objetivo de mejora del capital existente se reflejaría en mejorar el stock de viviendas construidas para reducir su consumo energético y sus costes de mantenimiento. El mismo principio podría aplicarse al capital natural, como por ejemplo nuestras costas y las pesquerías.

Para aumentar el uso del capital, su acceso en términos de Rifkin, pueden resultar claves las nuevas tecnologías. Hoy en día vivimos un auge de la economía colaborativa, el uso de las tecnologías de la información para crear comunidades en la que cualquiera puede ser cliente o vendedor, sin apenas inversión. Para ver su posible impacto bastan unos números, que se pueden cuestionar, pero que nos dan una idea del orden de magnitud del que estamos hablando, que es de grandes dimensiones. Así, según Anita Hamilton, en EEUU un coche permanece inactivo el 92% del tiempo. Es mucho, Lawrence D.Burns, profesor de la universidad de Michigan indica:

Un servicio coordinado de vehículos compartidos ofrecería el mismo nivel de movilidad que los vehículos particulares, pero con un 80% menos de vehículos y con una inversión mucho menor.

Estamos hablando de cifras realmente estratosféricas, un maná del cielo para cualquier ecologista. El sector automotriz representa en España entre el 6 y el 10% del PIB, en países como México, Brasil o Corea del Sur representa mucho más:


Es decir, en el caso español y teniendo sólo en cuenta el sector automotriz, estaríamos hablando de reducir, en el caso de desarrollar todo su potencial, es decir, que prestáramos todos los servicios que prestan los vehículos privados con vehículos compartidos, entre un 8 y un 5% del PIB. Es un impacto de una magnitud considerable.

Sin embargo, el efecto potencial de la economía colaborativa no se detiene aquí, abarca un gran número de sectores. Según Mayo Fuster Morell en Cooperativismo de plataforma. Desafiando la economía colaborativa corporativa:


El mapa de la producción colaborativa del proyecto P2Pvalue apunta hacia al menos 33 áreas de actividad y hace referencia a 1.300 casos presentes en Cataluña.

Son muchas áreas, pero los que están interesados en ganar dinero en este nuevo campo ven un futuro prometedor en cuatro de ellas: turismo, transporte, compraventa e inversión financiera. La wikipedia añade el alquiler (se podría ampliar al intercambio o préstamo) de bienes, la educación, el arte y las tareas o servicios. Este último epígrafe tiene un potencial mastodóntico, los servicios en España representan el 75% de la economía, si bien restringiéndolo un poco al concepto de “tareas” la tarta se reduce a un nada despreciable 25% del PIB.

En esta imagen, creada por un grupo de corporaciones interesadas en este tipo de economía, y con ejemplos de empresas que están ya en funcionamiento, se muestran 16 sectores o celdas del panal, algunas se subdividen en diversas especialidades.


Si nos fijamos en la celda superior y en el centro “aprendizaje”, a su vez se subdivide en tres celdillas, “compartir libros”, “Peer to Peer” (compartir entre pares) y “guiado por instructor”. Si compro un libro y luego lo comparto se deja de comprar un libro y por lo tanto se reduce el PIB, si alguien que no es profesor profesional pero que domina el árabe me lo enseña, mientras a su vez enseño matemáticas a otra persona, se reduce el PIB, si hago un curso online no hago uno presencial, y aquí el efecto es más ambiguo, ya que el curso online puede ser muy barato y en consecuencia la demanda puede subir, siendo el efecto neto difícil de determinar. Hay que identificar que sectores pueden ser más útiles de cara a reducir los flujos de materia y energía en la economía. En cualquier caso, el campo de aplicación enorme, y los expertos piensan que todo negocio que se pueda convertir en plataforma lo hará, y aunque no en todos, en muchos sectores de negocio el efecto será reducir los intercambios de dinero, que no de bienes y servicios.

Nos encontramos por tanto con una herramienta extraordinaria para reducir el PIB, especialmente teniendo en cuenta que esta reducción se realizaría sin impacto en los servicios que quedan a disposición de la población, al menos en su aspecto esencial. Así por ejemplo, retomando la cuestión de la movilidad antes citada, mantendríamos inalterada la capacidad para desplazarnos, aunque evidentemente tendríamos que organizarnos gracias a la plataforma tecnológica para compartir coche.

¿Qué problema tenemos? Actualmente la economía colaborativa funciona con plataformas extractivas que, sin aportar apenas capital, destruyen trabajos en la economía convencional, con condiciones estándar, para sustituirlos por trabajos precarios y mal pagados, creando en el proceso “valor para el accionista”. Volviendo a citar a Mayo Fuster:

Corporaciones que cuentan a su disposición con ingentes bolsas de “trabajadores y trabajadoras” para la asignación de la demanda, pero a quienes no consideran como tales. Los consideran “no-trabajadores” o trabajadores autónomos e independientes, algo que permite a dichas corporaciones externalizar los medios de trabajo (como ejemplo, el uso del coche propio), así como las cargas sociales y el riesgo, por lo cual no tienen que contribuir al sistema de asistencia médica, ni al seguro de desempleo, ni al seguro contra accidentes ni a pagos de seguridad social.

Tampoco hay leyes que regulen su trabajo o el salario mínimo que deben percibir. Según Trebor Scholz:

Cuando te enteras que los conductores de Uber en Los Ángeles están trabajando por debajo del salario mínimo; cuando se conoce que los trabajadores en CrowdFlower y Mechanical Turk ganan no más de dos a tres dólares por hora [...]

La explotación puede llegar incluso a trabajar gratis.

El robo de salarios, por ejemplo, es un hecho cotidiano en Amazon Mechanical Turk, que tolera explicitamente esta práctica. Los usuarios solicitantes pueden rechazar un trabajo hecho correctamente y evitar el pago. El objetivo de su plataforma, su lógica sistémica, se expresa a través de su arquitectura y diseño, así como en sus condiciones de uso. El robo de salarios es una característica, no un error.

Es terrible pero optimizando el consumo de materiales y energía estamos creando pobreza allí donde menos nos interesa, aunque, por fortuna, tenemos una solución, y son las cooperativas. Personalmente no considero que las cooperativas sean una panacea, como a veces se plantea desde posiciones libertarias. No hay soluciones milagrosas, ni únicas y la crítica de Rosa Luxemburgo suena muy fresca en nuestros oídos tantos años después:

Los trabajadores que forman una cooperativa en el campo de la producción se enfrentan entonces a la necesidad contradictoria de gobernarse a sí mismos con el mayor absolutismo. Están obligados a adoptar hacia ellos mismos el papel de capitalista empresario, una contradicción que da cuenta de la falta de costumbre de las cooperativas de producción que, o bien se convierten en empresas capitalistas puras o, si los intereses de los trabajadores siguen predominando, finalmente se disuelven.

Pero siendo el trabajador dueño de los medios de producción la retribución sería indudablemente más justa. Volviendo a citar a Trebor Scholz:

La premisa central del cooperativismo de plataforma es que aquellos que crean la mayor parte del valor de la plataforma -proveedores como conductores y hospedadores- deberían poseer y controlar las plataformas.

Que esto no sea así se nos antoja mucho más terrible cuando nos percatamos que las plataformas propietarias explotadoras tipo Uber no aportan nada más que un software, es decir, información. Recordando lo que decíamos de la información en mi anterior artículo sobre el procomún:

Si a alguno de ustedes le interesa ser “propietario” de un pedazo de información determinado (ya sea usted el líder de un grupo de rock, ya sea usted un fabricante de motores para la aviación), va a tener que enfrentarse con un importante problema, y es que esa información no se degrada con el uso, y el hecho de que una persona la consuma no impide que otra lo haga también. Los economistas denominan ese fenómeno “no rivalidad”. Una palabra más simple para referirse a él podría ser “compartibilidad” (por “compartible” o susceptible de ser compartido sin menoscabo de uso alguno).

En el precio de una canción de iTunes no tiene influencia alguna la clásica interacción entre oferta y demanda: la oferta de Love Me Do de los Beatles en iTunes es infinita. Y, a diferencia de lo que sucede con los discos físicos, el precio no varía aunque fluctúe la demanda: es el derecho legal absoluto de Apple a cobrar 99 peniques lo que lo fija.

Lo único que tienen que hacer los futuros cooperativistas es clonar el software de las plataformas existentes en la actualidad. Es cierto que no es tan sencillo, el incremento de la complejidad al que tiende el sistema hace que este software deba ser actualizado continuamente, sin embargo, también veo dos fortalezas innegables de las cooperativas, capaces de quebrar el poder de las plataformas propietarias. La primera de ellas es el procomún. Gracias a blog como este podemos difundir información para que la población adopte prácticas que favorecen el bien común, prácticas que les favorecen a ellos. Podemos lograr cierto control sobre los discursos y la información a través de las redes, gracias a la colaboración desinteresada de innumerables personas anónimas, y de esta forma romper la lógica propietaria que hasta ahora había logrado que su mensaje, el que le favorece, fuese hegemónico. En la actualidad, la educación cada vez más amplia del conjunto de la población y la facilidad de acceso a la información está favoreciendo la participación de la ciudadanía en distintos tipos de cooperativas que gestionan servicios que se perciben de gran importancia, y ante los que no se desea interactuar como mero consumidor:

En Berlín, los ciudadanos están formando actualmente cooperativas de servicios públicos para comprar y gestionar la red eléctrica de la ciudad. En la ciudad alemana de Schönau, otra de estas cooperativas de consumo gestiona tanto la red eléctrica como el suministro de gas para la ciudad.

En segundo lugar, las cooperativas pueden trabajar y colaborar entre ellas, creando sinergias y favoreciendo la creación de un auténtico ecosistema cooperativo. Una puede utilizar los servicios de la otra, aprender de su experiencia, compartir clientes o unirse para presionar intentando lograr mejoras legislativas que favorezcan el cooperativismo frente al corporativismo.

Como he dicho antes, no es necesaria una gran cantidad de capital para empezar, aunque desde luego es una barrera importante que algunas plataformas corporativas extractivas dispongan de él. Según Neal Gorenflo en su artículo How platform coops can beat death stars like uber to create a real sharing economy:


Uber no ha logrado cantidades record de capital riesgo para desarrollar una nueva tecnología. Su tecnología es pedestre. La mayor parte de ella fue desarrollada décadas atrás por el gobierno de los Estados Unidos con la financiación de los contribuyentes. Han combinado tecnología antigua de una nueva manera, pero es relativamente fácil de hacer. Los 8.000 millones que han atraído es para establecer un monopolio global – en el mundo físico, real- tan rápido como sea posible. Eso requiere mucho marketing y cabildeo, y eso es caro.


Frente a ello tenemos que mostrar a la población las ventajas de las cooperativas, como su decisión en favor de ellas es vital para su bienestar y el de sus hijos, para ello será necesaria la participación gratuita y desinteresada de cientos de miles de personas en el procomún colaborativo. Es evidente como la Renta Básica Universal podría contribuir a ello. Nos urge. Pongámonos a trabajar.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Las tendencias de progreso del pasado se están quebrando



Frente a los que alertamos de los graves riesgos que acechan a la humanidad de no dar un giro de ciento ochenta grados en sus patrones de desarrollo, dados los acuciantes problemas que enfrentamos, que como hemos visto son detipo general, y no se limitan al cambio climático o al peak-oil, hay quién mantiene una fe inquebrantable en el progreso. A estos individuos, todavía terriblemente numerosos, a mí me gusta denominarles como panglosianos, en honor al personaje del Dr. Pangloss, de la novela Cándido de Voltaire. Este personaje creía vivir en el mejor de los mundos posibles, lo que le hacía considerar como “bueno” cualquier padecimiento o desgracia, propia o ajena, ya que se trataba de males necesarios para un bien mayor, de tipo general. Las leyes de nuestro universo, según Pangloss, siempre conducían a este bien general a través de pequeños y necesarios males particulares. De la misma forma, los panglosianos gustan de presentarnos el crecimiento económico como única meta deseable y como cura de todos los males sociales (pobreza, exclusión, desigualdad, violencia, enfermedad, etc.), males que misteriosamente no habría que atajar directamente, al contrario, lo que hay que hacer es crecer y gracias a ese mágico remedio los problemas se arreglarán solos.

Así, es común que nos presenten una gráfica como esta, para posteriormente afirmar que nos encontramos en el momento de mayor desarrollo en la historia de la humanidad.
 
Evolución PIB per capita de países selectos. Fuente: La falacia del economista productor

Ante esto no debemos olvidar que el cénit coincide con el punto más alto, y tras él lo que espera es una dolorosa caída. Así le ocurrió a la industria ballenera en el siglo XIX, que vio reducirse dramáticamente su tamaño, a pesar de los altos precios del aceite de ballena, en aquella época la forma más apreciada de iluminarse por las noches.

Producción y precio del aceite de ballena. Fuente: Resource crisis

Y así nos han mostrado los antropólogos e historiadores que les ha ocurrido a las más deslumbrantes civilizaciones del pasado, hecho que el lector puede contrastar en los muy instructivos libros Colapso: por qué algunas sociedades perduran y otras desaparecen de Jared Diamond, Breve historia del progreso de Ronald Wright o The Collapse of complex societies de Joseph Taintier.

Sin embargo, particularmente no me quedo conforme con la idea de que nos encontramos en el cénit de nuestra sociedad, y que a continuación va a comenzar el declive, al menos me gustaría matizar esa afirmación. Herman Daly desarrolló el concepto de crecimiento antieconómico, que define como:

El crecimiento es antieconómico cuando incrementa los costes medioambientales y sociales más de lo que se incrementan los beneficios de la producción.
 
Esos costes sociales podrían ser una mayor desigualdad, y los costes medioambientales el agotamiento de los recursos naturales, o la contaminación. En este punto hay que recordar que la regulación del clima o la polinización, son servicios medioambientales que nos prestan los ecosistemas de forma gratuita, al no tener precio nadie puede pagar por su destrucción. Como insisto siempre, cuando tu sistema económico no valora lo más valioso para el sustento y florecimiento de la vida, tienes un serio problema, incluso puedes tener que terminar comiendo dinero.

Pero estos costes no se contabilizan, e incluso, rizando el rizo, se contabilizan de forma positiva.

Tomamos los costes reales de aumentar el PNB medidos en función de los costes defensivos en que incurrimos, para protegernos a nosotros mismos de los efectos colaterales no deseados de la producción y añadimos esos gastos al PNB en lugar del sustraerlos. Contabilizamos costes reales como beneficios. Esto es hiperfanatismo por el crecimiento.

Veámoslo con un ejemplo. Publicaba hace tres meses El País que una mancha de 5 millones de neumáticos usados se extendía, desde el año 2003, en el municipio de Seseña, ocupando una superficie de 9,8 Hectáreas. Es evidente que la producción y venta de estos neumáticos se habrá contabilizado en el PIB como una partida necesaria para que los distintos vehículos puedan suministrarnos servicios de transporte. Pero a este servicio deberíamos descontarle, entre otros (por ejemplo la emisión de CO2 durante la fabricación), el coste de eliminar el neumático usado, que es un residuo. Si A es el valor del servicio que presta el neumático, y B es el coste de su destrucción, el beneficio de la producción de neumáticos será A-B. Sin embargo, con la metodología del PIB, no sólo no se descuentan los costes, sino que se suman. Así, en el mundo de fantasía del PIB el beneficio social de la producción de neumáticos será A+B, ya que la partida de destrucción también la sumo de forma positiva.

Si este razonamiento es correcto, y lo es, podemos poner en duda que nos encontremos en el cénit de nuestra civilización. Al menos se puede matizar esa tesis, y eso es lo que me gustaría hacer a mí. En mi opinión, y si obviamos los problemas medioambientales que hemos comentado ampliamente en este blog, los países desarrollados se encuentran estancados desde hace cuarenta años, y los países en vías de desarrollo han mejorado levemente. Así, aunque como hemos comentado el PIB no es el mejor indicador, su crecimiento por habitante se ralentiza desde hace sesenta años. Un frenazo que podríamos definir como secular.

Crecimiento del PIB per capita global. Fuente: Elaboración propia con datos de Madison, UNCTAD y World Bank

Este frenazo probablemente ha vuelto a las sociedades más desiguales, si damos por buenas las tesis de Thomas Piketty, que indica que la desigualdad se agudiza cuando el crecimiento es inferior a la tasa de rendimiento del capital.
 
Indice Gini neto para 4 países seleccionados. Cuanto mayor es el índice mayor desigualdad en el ingreso. Fuente: SWIID

Y esto es importante, dado que según han demostrado Kate Pickett y Richard Wilkinson. los ciudadanos de sociedades más igualitarias viven más, disfrutan de mejor salud, tienen menos probabilidades de sufrir enfermedades mentales, obtienen mejores resultados académicos, consumen menos drogas ilegales, tienen menos comportamientos criminales, disfrutan de mayor movilidad social, son más confiados, experimentan menos violencia y tienen menos posibilidades de convertirse en madres adolescentes.

Quizás por esto la percepción subjetiva de felicidad está estancada, o declinando.
 
Porcentaje de personas muy felices en EEUU, en relación con ingreso per capita

Al mismo tiempo se ha producido cierta convergencia entre los países en desarrollo y los países emergentes, que ha permitido a muchas personas abandonar la pobreza extrema, pero dicha convergencia se muestra ficticia si excluimos a China e India del cómputo.

 
Desigualdad entre países ponderada por población.

Lo que explica por qué las migraciones incontroladas hacia Europa y EEUU no remiten. Es preciso también hacer un breve paréntesis para puntualizar como ha sido el desarrollo chino, y cómo ha afectado a la calidad de vida de sus ciudadanos. Al calcular el metabolismo de las sociedades, una nueva herramienta cuyo origen está en la economía ecológica, se puede dividir el tiempo de los ciudadanos entre el que dedican a actividades fisiológicas (comer, dormir, reproducirse), al trabajo y al ocio. En China no hay posibilidad de aumentar el tiempo dedicado al trabajo por sus ciudadanos, dado que el dedicado al ocio es prácticamente nulo, y los niveles de contaminación en las ciudades son tan altos, que inciden de forma muy negativa en la calidad de vida de las personas.

Quizás por ello la tasa de mortalidad global no converge en valores de 0,1 muertes por cada 100 habitantes, valor típico en las sociedades desarrolladas. Al contrario, ha mostrado recientemente una tendencia preocupante a estabilizarse, y quizás comience a subir en breve.

 
Tasa de natalidad y mortalidad (negro) global . Fuente: Turner

Si a los hechos aquí expuestos les sumamos los graves problemas ambientales que sufre nuestra sociedad es difícil opinar que la humanidad progresa, y sin embargo, todavía se trata de una amplia mayoría aquellos que creen en ello ¿usted que cree, querido lector? ¿Es nuestro crecimiento antieconómico? ¿Se están quebrando las tendencias de progreso? ¿Es el crecimiento un genocidio a cámara lenta?


Post data: En breve espero desarrollar en mi blog un artículo más amplio y con más datos sobre la cuestión aquí planteada.