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lunes, 6 de junio de 2016

Autonomía vs. soberanía

Continúo aquí la reflexión iniciada con las entradas Globalización: agujero negro del planeta y De la globalización a la autonomía. En este caso para profundizar en algunas características propias del concepto de autonomía que lo diferencian del de soberanía, tan querido este último por los diferentes nacionalismos de todo cuño. Es posible que parezca una disquisición demasiado abstracta pero al final veremos cuál puede ser su importancia práctica. (Quizá convenga matizar que con este concepto no me refiero, como será obvio, a las actuales comunidades autónomas españolas).

En la actualidad los estados son las únicas estructuras políticas consolidadas desde las que se podría intentar una recuperación política para salir de la globalización, pero los decadentes estados-nación surgieron en alianza con la burguesía y con las élites post-coloniales, y siempre estuvieron al servicio de estas oligarquías a pesar de que, según la mayoría de las constituciones, la soberanía nacional reside en el pueblo. Por lo que sería necesario democratizar sus instituciones para poder llevar a término una apuesta des-globalizadora que realmente nos sacara de la explotación social y ambiental.

Otro aspecto problemático de la soberanía nacional es la exclusividad de su jurisdicción: la pretensión de que ningún factor externo deba condicionar sus decisiones y actividad interiores. Pero si pensamos en un cambio que vaya más allá de una mera reacción a la globalización, si pensamos en la sostenibilidad, por ejemplo, ¿no es claro que cualquier tipo de comunidad, como todo individuo, deberían ceder algo a la consideración de unos comunes planetarios?
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Para armonizar los problemas del estado-nación con la necesidad actual del mismo puede ser importante el ideario o el imaginario colectivo desde el que se reivindique. En lugar de volver a idealizar la nación, en la actualidad podríamos considerar al estado un puente útil en el camino hacia una mayor relocalización de la economía y del poder para hacer sostenible la primera y controlable el segundo. Pero tanto en el caso de los estados como en el de las entidades locales convendría la búsqueda de una coordinación y cooperación democrática en el sentido opuesto, ampliando los espacios de deliberación, participación y pacto, entre otras cosas para poder establecer una gestión colectiva y eficaz de esos comunes más allá de lo local y más allá del estado, sin que por ello perdieran su autonomía política.

Quizá esto se entienda mejor en el contraste de connotaciones que implica cada concepto.

  • La autonomía es un concepto pragmático - La soberanía apela a una idealización cultural asociada al territorio y a su posicionamiento en la comparación internacional. La autonomía, por contra, hace referencia a ciertas cualidades prácticas que permiten un desarrollo propio auto-orientado, unas vinculaciones realmente elegidas y una expresión asertiva del pensamiento que tenga un reflejo eficaz en las instituciones. 

    Por otra parte, desde este punto de vista pragmático, la unidad territorial básica más probable sería la biorregión, y no la demarcación determinada históricamente por una sucesión de guerras. En cualquier caso, sería una demarcación no sujeta a determinantes que no puedan cuestionarse colectivamente.

  • La autonomía es un concepto relacional - La soberanía apela al derecho absoluto de una nación sobre sus decisiones, y por tanto a la tierra de nadie -res nullius- para los bienes compartidos del planeta, que pasan a ser considerados apropiables. La autonomía, en cambio, sólo alude a una capacidad básica que idealmente todo pueblo debería poseer, (poder darse normas a sí mismo, una economía autocentrada suficiente como para autoabastecerse de al menos todo lo básico en la medida de lo posible, y la posibilidad de controlar los compromisos interterritoriales sin imposiciones externas). Más allá de esta capacidad, la autonomía no implica la ausencia total de restricciones a la propia acción, y es perfectamente compatible con algunos límites u obligaciones comunes que puedan adoptarse democráticamente en el ámbito transnacional para preservar los bienes comunes, (atmósfera, océanos, biodiversidad, etc.), o para colaborar en la defensa de los Derechos Humanos, o para compartir conocimiento, por ejemplo.

    La soberanía es a los pueblos lo que el individualismo a las personas. La autonomía, en cambio, es precisamente lo que hace posibles unas relaciones sanas y autogobernadas, y en cuya ausencia toda relación es espuria, dependiente o dominadora. La autonomía no equivale a la desvinculación sino la posibilidad de controlar los propios vínculos.
   
  • La autonomía es un concepto inclusivo - El respeto a la soberanía se limitaría a un dejar hacer -libertad negativa-. Pero valorar la autonomía implica entender que la libertad es imposible sin unas condiciones vitales básicas necesarias para desarrollar esta -libertad positiva-.

    La autonomía no surge en el vacío, en el desamparo o en ausencia de participación en unos recursos comunes. Como personas, desde el nacimiento crecemos y nos vamos haciendo autónomos a partir de la disposición de un amparo y de unos recursos que no generan una deuda contractual, y así también nos hicimos autónomos como especie, a partir de los recursos naturales que nos encontramos a nuestro alredededor. En consecuencia el respeto a la autonomía ajena implica velar conjuntamente por el acceso a las condiciones básicas que la hacen posible tanto para los pueblos como para las personas.

  • La autonomía es un concepto plural - La soberanía tiende a definirse en términos de identidad o identificación patriótica, valorando la uniformidad étnica o cultural por encima de una pluralidad que pueda amenazar las señas de identidad que justifican esa unión, (una unión histórica, no pragmática). Sin embargo la autonomía no es incompatible con la diversidad sino que, al contrario, la tolera y la fomenta por cuanto valora la autoconstrucción del sujeto (individual y colectivo) y vela por las condiciones necesarias para ello.

    En este punto cabe mencionar que la globalización se ha desembarazado de las viejas identidades culturales cerradas pero para imponernos una identidad terciarizada y un individualismo uniforme según el cual nuestra conducta debe obedecer a una idéntica ambición economicista en competencia con el resto. La autonomía, en cambio, promueve una verdadera individualidad basada en la autovaloración, en el pensamiento independiente, (que por tanto se permite colaborar en lugar de competir), y en la expresión asertiva.


  • La autonomía es un concepto universal (o escalable) - La soberanía nacional a menudo se impone sobre las personas exigiendo de las mismas determinadas formas de entrega patriótica (incluso más allá del deber) y rivalizando con el resto de naciones. Sin embargo la autonomía, al ser un concepto auto-referente (que plantea el reto de la capacidad para el autogobierno y la auto-suficiencia), no apela a la supremacía (imperialista o competitiva). Puede concebirse como un valor fractal que cambia las relaciones sociales tanto hacia dentro como hacia fuera buscando armonizar la convivencia. 

    Hacia el interior, un pueblo no es autónomo si sus personas no lo son. Y hacia el exterior, pensada la autonomía como paradigma a extender, implica la convivencia respetuosa sin la cual la autonomía se vería mermada. La humanidad en su conjunto carece de autonomía si sus pueblos carecen de ella, si viven presos de una rivalidad o de una competición ineludible y alienante impidiendo cualquier otra prioridad política.

  • La autonomía permite un funcionamiento sostenible - La rivalidad y la desconfianza propias de la soberanía, obligan a forzar la máxima utilización de los recursos y de los sumideros naturales con una finalidad preventiva. Las cualidades de la autonomía que acabamos de señalar promueven una visión holística y convivencial que, llevada a un punto óptimo, permitiría una conformidad con lo sostenible.

Cabe matizar que cuando se utilizan expresiones como soberanía alimentaria o dinero soberano sólo estamos ante una diferenciación terminológica puesto que el sentido dado a estas soberanías concretas es pragmático, orientado a una función útil para la sociedad: una mayor autonomía y resiliencia alimentaria, y un control democrático del dinero respectivamente. En realidad el problema no es tanto el término soberanía (aunque comparte raíz etimológica con el de supremacía) como la idealización nacionalista romántica (fanática) que suele acompañarle.

Es obligado decir que hasta aquí esto ha sido sólo un ejercicio de reflexión personal. Pero para una mejor y más documentada comprensión del concepto de autonomía siempre podemos volver a Cornelius Castoriadis, del que dejo una clara y brillante exposición de cinco minutos:

 


¿Cuál es la importancia práctica de todo esto?  

La nueva izquierda está moderando su discurso para intentar captar el voto de la izquierda socialdemócrata tradicional. Pero el futuro político próximo dejará de estar en esa interpretación del electorado basada en el pasado reciente. Gran parte de la población (aunque todavía no la suficiente) está ya muy harta de un vacuo marketing político que no propone soluciones efectivas. Tras el choque de los parlamentos tenidos por democráticos con los poderes globalizados, (como ya ha ocurrido en Grecia, por ejemplo), se van a demandar ideas con fuerza rupturista y claridad expositiva que puedan oponerse realmente a esos poderes. 

De momento sólo la desacomplejada ultra-derecha nacionalista está planteando ese tipo de discurso, y cuanto más hablan de ella los medios, aunque sea para denostarla, más se la toma en consideración. En esta coyuntura de incertidumbre el nihilismo del ruido y la furia juegan a su favor. Se podría decir que el capitalismo oscila entre olas globalizadoras y repliegues nacionalistas alternando estos discursos de forma que no permitan cuestionar su fondo. Ahora el péndulo está cambiando su dirección. Una vez más, como en el origen de un estado-nación funcional al capitalismo, se utiliza la identidad cultural histórica unida a la demarcación territorial como un seductor dispositivo de poder diseminado entre quienes se sienten en peligro ante la imposición del desarraigo y del desamparo propios de la modernidad y exacerbados por la globalización.
 
“Lo que hace que el poder se aferre, que sea aceptado, es simplemente que no pesa solamente como una fuerza que dice no, sino que de hecho circula, produce cosas, induce al placer, formas de saber, produce discursos; es preciso considerarlo más como una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social, que como una instancia negativa que tiene como función reprimir.

Michel Foucault, 1999, Verdad y Poder

Pero esta forma de contestar a la globalización tiene dos importantes puntos débiles: su discurso se basa en ideas burdas que recuerdan demasiado a un pasado atroz de enfrentamientos internacionales, autoritarismo y genocidios; y en segundo lugar, tampoco abordan, sino que más bien desprecian, problemas clave de nuestro tiempo como el deterioro de la biosfera o el declive en la disponibilidad de recursos energéticos.


Quienes nos oponemos tanto a la actual globalización como a las tendencias fascistas necesitamos más audacia intelectual que la mostrada por la izquierda actual para hacer frente a la nueva realidad mediante propuestas aún no llevadas a la práctica. (Pues tampoco nos sirve el viejo dirigismo planificador igualmente autoritario e insostenible).


En las próximas entradas de esta serie intentaremos concretar algo más por qué caminos podríamos ir transitando del mundo globalizado y competitivo hacia otro en el que predomine una autonomía democrática y cooperativa. Como hemos visto en este artículo, poner en el centro de la sociedad la autonomía equivale a valorar la inclusión, la convivencia y la sostenibilidad por encima de la supremacía, del comercio y del crecimiento del PIB.

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sábado, 4 de junio de 2016

De la globalización a la autonomía

Toda decisión económica es también una decisión política. Siempre tiene una afección para terceros, para la sociedad y para el medio ambiente, tanto si son decisiones públicas como si son adoptadas por particulares o instituciones privadas. Y este carácter político se acentúa en la medida en que las decisiones económicas afectan a un mayor número e personas. Por tanto sería deseable que esas decisiones fueran consensuadas por las distintas partes que van a verse afectadas.

Este no es el caso de las decisiones tomadas por las multinacionales, por los fondos de inversión y por los propietarios de grandes patrimonios. Por contra, sólo tienen en cuenta el criterio del máximo beneficio externalizando otros costes que no restan en sus cuentas de resultados. Y si hubo un tiempo en que era posible condicionar políticamente su actividad desde los parlamentos, ahora eluden este “inconveniente” gracias a la globalización, el agujero negro del planeta.

Tampoco es el caso de las instituciones supranacionales alejadas del control político ciudadano como el BCE-euro, el FMI, el Banco Mundial, la OCDE, la OMC, la OTAN, (ese ejército comercial que allana el terreno de ciertos negocios), a las que habrá que añadir los nuevos tratados comerciales que ni siquiera podrían ser revisados por los ciudadanos de los estados firmantes, ya de por sí escasamente democráticos.

Lo que ha ocurrido en las últimas décadas está lejos de ser una convergencia de pueblos hacia una mayor colaboración. Más bien ha supuesto la privatización de decisiones políticas de enorme calado por medio de un camuflaje tecnocrático de las mismas.


La tolerancia hacia esta globalización descansa en algunas suposiciones básicas como que siempre es mejor contar con más comercio e inversión foránea, o que es imprescindible el crecimiento económico y además situarlo como prioridad política, o que la mejor forma de cumplir con esta prioridad es competir. Esto último nos lleva a interiorizar como valor fundamental la supremacía, aspirando a ella en todos los ámbitos, incluido en el internacional. Las competiciones deportivas y lúdicas nos muestran cómo el premio social de la victoria incentiva nuestras capacidades instrumentales. Y lo que se valora es esa aptitud alienada, el dominio en la competición o sobre la naturaleza, por encima de cualquier otra noción de plenitud, de bienvivir o incluso de salud. Pero en ningún momento se plantea la posibilidad de que esas capacidades, llevadas al máximo en la competición, y aliadas con una tecnología voraz en el consumo de energía, puedan ser como la explosión de millones de bombas nucleares que liberaran su destrucción de forma lenta y difusa pero igualmente devastadora.

Podemos ver claramente lo equivocado de esas suposiciones en el monumental desastre ambiental que estamos provocando con ellas, y que tarde o temprano nos devolverá una dura factura, o en la creciente inseguridad económica junto a una exclusión social que no cesa, o en la insania de una entrega al mundo productivo cada vez más exigente y en peores condiciones laborales. Un claro efecto de esta globalización es el cúmulo de desastres que obligan a las poblaciones a huir forzosamente después de haber sido desposeídas o después de haber caído en la dependencia de un mercado global cicatero y siempre insuficiente, (salvo para los capitales internacionales que entran a hacer el negocio).

Todas estas suposiciones mencionadas subyacen y son anteriores al problema de la pérdida de soberanía nacional que nos ha traído la globalización. Conocemos la experiencia de estados pequeños, independientes y no tan abiertos al comercio que no por ello dejan de ser represivos o insostenibles. La mera independencia de un territorio no garantiza la salida de los problemas de dominación humana y ambiental mencionados. De hecho las élites de casi todos los estados han impulsado la globalización competitiva desde sus instituciones nacionales. Y es en ese mismo marco de presunciones en el que los partidos de ultra-derecha reivindican la noción de soberanía, como una recuperación del orgullo territorial perdido con la globalización. Se oponen a esta última para capitalizar el descontento pero en base a un orgullo competitivo equiparable al de cualquier torneo deportivo internacional. No en vano el término soberanía comparte raíz etimológica con el de supremacía.

¿Significa esto que debemos aceptar la globalización económica dejando toda esperanza de solución a la remota posibilidad de que un gobierno global ponga coto al poder de las multinacionales y de los grandes capitales? Más bien creo que deberíamos temer semejante perspectiva a tenor de lo que están siendo los gobiernos representativos de occidente. Y la experiencia europea muestra que escalar este tipo de representación a un ámbito territorial mayor hace de la misma un sistema aun más alejado del conocimiento y del control ciudadanos.
  

De la globalización competitiva a la autonomía cooperativa

Lo que sigue es una tentativa de ordenar ideas ante la necesidad de una visión que sustituya el paradigma global que nos gobierna, y que trataré de concretar en varias entradas dejando en esta las ideas de partida. Para evitar la tendencia hacia un neo-feudalismo corporativo global o bien la reacción hacia una rivalidad neo-fascista necesitamos dibujar en el horizonte una alternativa al sistema-mundo actual a partir de los errores y aciertos del pasado. 

La hipótesis que voy a plantear es que necesitamos actuar en dos direcciones: relocalizando la gestión económica con el enfoque prioritario de la máxima autonomía posible, y del otro lado, ampliando progresivamente el ámbito de una cooperación verdaderamente democrática. Es decir, invertir los papeles de la actual globalización según la cual la política parlamentaria queda en manos de una economía privada manifiestamente política, más poderosa y que actúa en un ámbito de decisión mucho más amplio que el reservado para el acceso democrático a las decisiones. Todo ello con matices importantes que conviene desgranar.

Bajo este punto de vista, el verdadero desarrollo económico de cualquier país que lo necesite consiste en poner en el centro de su política económica su autonomía, el aumento de sus capacidades para autoabastecerse al menos en los bienes básicos y en los sectores llamados estratégicos, sin depender del comercio exterior (aunque no se anule este, pues no es lo mismo la máxima autonomía posible que la autarquía). El nuevo debate económico giraría en torno al grado de autonomía como idea-fuerza motivadora e inspiradora de nuevas políticas para el porvenir, (en sustitución del crecimiento del PIB o del posicionamiento en un ranking internacional viciado por condiciones de partida imposibles de comparar). Con ello cambiarían también las suposiciones subyacentes mencionadas más arriba y no sólo el ámbito geográfico de aplicación de las políticas.

Por supuesto, esto pasa por recuperar la autonomía estatal en la toma de decisiones económicas, incluidas las monetarias. Pero no carecen de importancia los motivos con los que se justifique este nuevo papel del estado. Los imaginarios colectivos tienen consecuencias prácticas. La idealización del estado-nación tradicionalmente ha servido como coartada con la que las oligarquías han seducido a sus poblaciones y han dividido las reivindicaciones de clase transfronterizas. Ha sido un dispositivo de poder cultural -no coercitivo-, una manipulación ideológica que también ha puesto más fácil a esas élites controlar a los políticos que representan las banderas y a los cuales financian. Tenemos motivos más básicos que un ideal romántico para reivindicar esta recuperación del papel de los estados. Pero estos motivos sugieren, además, que la recuperación de la autonomía estatal no debe tomarse como la última parada en el camino hacia una mayor relocalización de la economía y del poder político que haga sostenible la primera y controlable el segundo.


Por otro lado, hay numerosos problemas que compartimos todos los habitantes del planeta en forma de costes comunes de nuestro desarrollo, y que por tanto requieren un ámbito de deliberación y de participación más amplio. Una independencia plena y unilateral para la toma de decisiones soberanas no resuelve el problema de los bienes comunes planetarios sino que lo deja en manos de la tragedia del mercado, donde se considera que todo lo que no sea propiedad privada es apropiable o libremente utilizable, (como sumidero de residuos por ejemplo), perdiéndose la noción de comunes planetarios.


A esto hay que añadir que la resistencia de los poderes globales (que no son otros que las oligarquías de cada estado) pondrá muy difícil elegir esta senda política hacia una mayor autonomía local salvo que se actúe desde una cooperación política amplia entre las poblaciones de numerosos países.

Esto sugiere la necesidad de recuperar la colaboración internacional, pero no una limitada al control de las alianzas económicas del país manteniendo el paradigma competitivo internacional, sino un internacionalismo de clase. La diferencia en el presente está en que la nueva base social que lo reivindique necesita concebirse en clave post-capitalista. Porque no somos mercancía ni meros costes uniformados en la noción de trabajador. Una vez superada una capacidad económica que pueda proveer de bienes básicos a todos, no tenemos por qué entregar nuestra vida a este productivismo insostenible y alienante: somos personas diversas que queremos una vida propia al margen de las expectativas del mercado y de cualquier otro sistema de producción.

La nueva clase social que reivindicase esta solidaridad transnacional lo haría en nombre de la autonomía personal y colectiva, y en base a una concepción plenamente humana de sí misma, algo que en la vieja identificación con el mundo del trabajo parecía privilegio de burgueses ilustrados (en los casos en los que no se centraban en acrecentar su riqueza). Entonces sólo estos burgueses o sus descendientes podían permitirse cierta ambición personal autónoma, con sus propias pasiones personales o con su propia vida intelectual, política y social al margen de las preocupaciones económicas.

Alguien quizá podría objetar que tal liberación dependería de una riqueza económica socializada que aún no hemos alcanzado, pero la realidad demuestra que ese progreso sólo material no nos trae esta liberación, y un siglo después de haber conseguido por primera vez la jornada laboral de ocho horas seguimos trabajando tanto o más a pesar de los continuos incrementos de la productividad. Aceptando cierta conformidad económica con lo suficiente, hace mucho que podríamos haber liberado más tiempo de trabajo en favor de la actividad voluntaria, eludiendo a la vez la exclusión social. Este paso hacia una economía humanista y estacionaria no tiene por qué entenderse como una renuncia a la innovación y al avance científico. Más bien los avances se verían condicionados por otro tipo de valores, y con la ganancia de autonomía personal podría socializarse un mayor conocimiento en todos los ámbitos (no sólo en el científico) junto a una mayor responsabilidad política colectiva. Esta clase de liberación afronta un problema de poder, no económico.

Se trata de una reivindicación que podría mejorar la vida de todos los trabajadores con independencia del nivel de renta. En unos casos por la ganancia de tiempo y de sosiego, y en otros por el acceso al trabajo repartido de ese modo. Además estaría en sintonía con la necesidad de decrecer en promedio. Paradójicamente, cuanto más tardemos en llevarla a cabo, más trabajo nos espera en un futuro sin los recursos energéticos actuales [1] [2] y devastado por el crecimiento sólo económico.

La aspiración hacia una mayor autonomía personal se alinea con las necesidades de cooperación para la sostenibilidad que necesitamos iniciar en el presente con el fin de atenuar el desencuentro con los límites planetarios que nos espera. De hecho sería lo ideal que este nuevo internacionalismo sirviera también para unir las distintas iniciativas que ponen en práctica la transición hacia un mundo sostenible en un movimiento transnacional de cooperación, mutualización de riesgos y reivindicación conjunta.

La meta final de esta toma de conciencia cooperativa consistiría en poder definir claramente unos comunes globales -bienes, conocimientos, derechos básicos- que pudieran defenderse mediante amplios acuerdos para su preservación y uso compartidos. No es necesario un consenso global para iniciar ese camino entre los pueblos partidarios que podrían actuar de modo confederado para defender estos u otros propósitos políticos manteniendo su autonomía.


Para no perder de vista la democracia, los acuerdos políticos internacionales tendrían que emanar de la base social como en un proceso constituyente, pues esa es su trascendencia. Tendrían que estar basados en la transparencia, en la deliberación pública y en la participación, y prever la posibilidad de su revocación. Y a mayor escala de confederalismo o de acuerdo para asuntos concretos, mayor será la necesidad de transparencia, lentitud, participación y control democrático.

De modo que el paso de la globalización a la autonomía como nuevo paradigma de referencia es en realidad el paso de la globalización competitiva hacia una autonomía cooperativa. 


El cambio sólo puede ser gradual, (como lo ha sido la implantación de una revolución neoliberal lenta pero implacable), y sólo puede ser adaptativo, teniendo en cuenta las oportunidades de cada lugar y de cada momento. Más bien habría que hablar de varios caminos en diferentes ámbitos de decisión. En posteriores entradas exploraremos algunos de ellos en un intento de concretar algo más las dos tendencias propuestas, una relocalización económica matizada y una cooperación democrática transnacional, además de ahondar en el concepto de autonomía.



lunes, 23 de mayo de 2016

Bienvivir, bienamar: el arte de amar*


La sociedad de consumo capitalista nos presenta el mundo como una gran manzana que engullir, un conjunto de experiencias episódicas que hay que degustar y devorar sin pérdida de tiempo, antes que decaiga el brillo de la novedad. El modelo es el éxito, el objeto es el símbolo y la experiencia es el premio. La aparente cornucopia de placeres tiene el efecto contrario al deseado, un individuo infeliz y alienado de sí mismo, refugiado en la inconsciencia, que puede derrumbarse al menos traspiés. Sus relaciones afectivas, de existir, serán frágiles y superficiales. En este entorno adverso, el individuo debe reconstruir su capacidad de amar para satisfacer plenamente sus necesidades humanas, proceso en el que ganará autonomía.


Artículo anterior de la serie: Bienvivir, bienamar: nosotros en la edad del yo


 
 
Erich Fromm realiza una reflexión al problema del amor en nuestra sociedad en su libro, ya citado, El arte de amar. Su concepción es muy sugerente y estimulante, aunque no está exenta de problemas, y presenta ciertos puntos de conexión con la filosofía tradicional budista de Thich Nhat Hanh que ya comentamos en este blog. A pesar de ello, creo sin duda que es útil. No nos da grandes respuestas, pero nos muestra un camino por el que comenzar a transitar, algunas ideas que podemos utilizar para comenzar a construir nuestro amor, y que creo que son válidas, aunque en ocasiones añadiré elementos de mi propia cosecha.
 
Porque según Fromm, y esto es muy original, el término construir es apropiado. El problema de amar no es el problema de encontrar un objeto, alguien a quién amar, sino el de algo que hacer, un arte, como la pintura, la música o la carpintería. Algo que tenemos que practicar, hasta conseguir dominarlo.
 
Lo primero que llama la atención es la contraposición con el concepto de necesidad. Tal y como hemos comentado en otras entradas del blog, al hablar de las necesidades humanas, tenemos necesidad de afecto.

 

 
En concreto, siguiendo la clasificación establecida por Abraham Maslow, el ser humano tiene necesidad sociales o de afiliación, entre ellas el afecto, y por consiguiente el amor. Tenemos la necesidad de ser queridos, esto es indudable, pero tal y como nos advierte Thich Nhat Hanh amar no es satisfacer una necesidad propia.
La soledad no puede ser disipada por la actividad sexual. No te puedes curar por medio de la actividad sexual. Tienes que aprender a estar cómodo contigo mismo y a centrarte en tu interior. Una vez que tengas un camino espiritual tendrás un hogar. Una vez que puedas afrontar tus emociones y manejar las dificultades de tu vida diaria, tendrás algo que ofrecer a la otra persona. La otra persona tiene que hacer lo mismo. Las dos personas tienen que curarse a sí mismas para sentirse cómodas; entonces cada uno puede convertirse en un hogar para la otra. De otro modo, todo lo que compartimos en la intimidad física es nuestra soledad y nuestro sufrimiento.
Todo ser humano quiere amar y ser amado. Esto es muy natural. Pero con frecuencia amor, deseo, necesidad y miedo están completamente mezclados. Hay muchas canciones con las palabras "te quiero, te necesito". Esas palabras implican que amar y desear son lo mismo, y que la otra persona está ahí solo para satisfacer nuestras necesidades.

Debe haber algo más que simplemente satisfacer una necesidad, debe haber algo que se conceda de forma genuinamente altruista, dado que en caso contrario estaríamos instrumentalizando al otro, y por tanto cayendo en el narcisismo. Para amar, primero habrá que forjar un espíritu independiente (no dependiente), aprender a caminar sin muletas, escuchar el propio discurso interior frente a los mandatos culturales y aprender a vivir con lo que nos rodea (con lo que nos falta, si es que falta el afecto de un hijo, padre, amigo, pareja), para poder escapar de ese narcisismo, propio o en pareja, que como nos advierte Fromm es el estado más común en nuestra sociedad.
La situación en lo que atañe al amor corresponde, inevitablemente, al carácter social del hombre moderno. Los autómatas no pueden amar, pueden intercambiar su "bagaje de personalidad" y confiar en que la transacción sea equitativa. Una de las expresiones más significativas del amor, y en especial del matrimonio con esa estructura enajenada, es la idea del "equipo". En innumerables artículos sobre el matrimonio feliz, el ideal descrito es el de un equipo que funciona sin dificultades. Tal descripción no difiere demasiado de la idea de un empleado que trabaja sin inconvenientes; debe ser "razonablemente independiente", cooperativo, tolerante, y al mismo tiempo ambicioso y agresivo. Así, el consejero matrimonial nos dice que el marido debe "comprender" a su mujer y ayudarla. Debe comentar favorablemente su nuevo vestido, y un plato sabroso. Ella, a su vez, debe mostrarse comprensiva. Ella, a su vez, debe mostrarse comprensiva cuando él llega a su hogar fatigado y de mal humor, debe escuchar atentamente sus comentarios sobre sus problemas en el trabajo, no debe mostrarse enojada sino comprensiva cuando él olvida su cumpleaños. Ese tipo de relaciones no significa otra cosa que una relación bien aceitada entre dos personas que siguen siendo extrañas toda su vida, que nunca logran una "relación central", sino que se tratan con cortesía y se esfuerzan por hacer que el otro se sienta mejor.
En ese concepto del amor y el matrimonio, lo más importante es encontrar un refugio de la sensación de soledad que, de otro modo, sería intolerable. En el "amor" se encuentra, al fin, un remedio para la soledad. Se establece una alianza de dos contra el mundo, y se confunde ese egoismo à deux con amor e intimidad.

En la concepción de Fromm no es solamente que el problema del amor no sea el de encontrar un objeto al que amar, en su concepción el objeto amado pierde toda importancia, llegando a explicar de esta forma los matrimonios acordados, un concepto que choca con nuestra idea cultural del amor romántico.
 
El amor erótico si es amor, tiene una premisa. Amar desde la esencia del ser -y vivivenciar a la otra persona en la esencia de su ser-. En esencia, todos los seres humanos somos idénticos. Somos todos parte de Uno; somos Uno. Siendo así, no debería importar a quién amamos. El amor debe ser esencialmente un acto de la voluntad, de decisión de dedicar toda nuestra vida a la de otra persona. Ése es, sin duda, el razonamiento que sustenta la idea de la indisolubilidad del matrimonio, así como las muchas formas de matrimonio tradicional, en las que ninguna de las partes elige a la otra, sino que alguien las elige por ellas, a pesar de lo cual se espera que se amen mutuamente. En la cultura occidental contemporánea, tal idea parece totalmente falsa. Se supone que el amor es el resultado de una reacción espontánea y emocional, de la súbita aparición de un sentimiento irresistible. De acuerdo con ese criterio, sólo se consideran las peculiaridades de los dos individuos implicados -y no el hecho de que todos los hombres son parte de Adán y todas las mujeres parte de Eva-. Se pasa así por alto un importante factor del amor erótico, el de la voluntad. Amar a alguien no es meramente un sentimiento poderoso -es una decisión, es un juicio, es una promesa-. Si el amor no fuera más que un sentimiento, no existirían bases para la promesa de amarse eternamente. Un sentimiento comienza y puede desaparecer. ¿Cómo puedo yo juzgar que durará eternamente, si mi acto no implica juicio y decisión?
 
Este concepto de la voluntad coincide con observaciones que he podido realizar a lo largo de mi vida, pudiendo comprobar cómo se ponía en práctica en numerosas ocasiones, aunque no es habitual reconocerlo, porque se espera que el amor surja de forma espontánea. En cualquier caso Fromm abre al final una pequeña puerta en la que admite la singularidad del objeto en el amor erótico.
 
Debemos amar a todos los seres humanos, o al menos a todos los que no comprometan nuestra dignidad o la de nuestros semejantes, pero me inclino a pensar que conviene encontrarle un sentido adicional al objeto de nuestro amor, especialmente si se trata del amor romántico (frente al amor fraternal, materno, paterno, religioso). Como el sentido de la vida de cada uno, creo que es algo que debe buscar uno mismo de forma personal. A mí me gusta la que expone el personaje de Jack Nicholson en la película Mejor… imposible
 
 
El amor, como reconoce Fromm, implica conocimiento, propio y del resto de personas

Además del elemento de dar, el carácter activo del amor se vuelve evidente en el hecho de que implica ciertos elementos básicos comunes a todas las formas de amor: Estos elementos son: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.

 
Y en ese proceso de conocer íntimamente y en profundidad podemos mejorarnos, al entrar en contacto con el núcleo y la esencia de personas que poseen cualidades que admiramos. En la película el personaje de Nicholson admira precisamente la bondad del personaje de Helen Hunt, que se deriva precisamente de su capacidad de amar. Creo que en el caso del amor romántico, es bueno no fijarse en las características del posible objeto de nuestro amor desde el punto de vista del mercado de la personalidad, es decir, según el mandato cultural que valora determinadas características según el canón inconsciente de la sociedad de consumo (éxito, ser atractivo, una buena carrera profesional, tener amigos, haber tenido tal o cual experiencia), en su lugar podemos fijarnos en personas que tengan cualidades que admiramos. Esto cuadra bien con la idea del amor de Fromm, que se basa en el dar:
 

Sin embargo, la esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él -da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza-, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio.

 
Será difícil, tan sólo hay que pensar en cómo nos bombardean con estereotipos sobre objetos sexuales deseables y prácticas y experiencias sexuales. Requerirá esfuerzo, disciplina y dedicación librarse de esos prejuicios que hemos, usando la jerga del psicoanálisis, introyectado. Es recomendable no frustrarse, perseverar y tener paciencia.
 
Esto nos lleva a la parte que puede resultarnos más útil de la obra Fromm, en la que nos habla de las cualidades que debemos trabajar para desarrollar el arte de amar. Como habréis podido comprobar en estas breves líneas Fromm nos interpela de forma profunda y que puede resultar dura, su apelación al altruismo, el conocimiento hondo de uno mismo y de nuestros seres amados, superando o al menos reconociendo los mandatos culturales introyectados, el respecto por el otro que implica negarse a la tutela o dominación y permitir su desarrollo tal cual es su naturaleza, aceptando las diferencias con la nuestra, renunciando a instrumentalizar a los otros para nuestros fines (por no hablar de la parte más metafísica, cuando apela la conexión con el centro del ser de otra persona); todo ello es raro en nuestra cultura y supone iniciar un proceso de perfeccionamiento que se tendrá que continuar toda la vida ¿Estamos dispuestos a intentarlo? Si es así serán de ayuda las siguientes consideraciones…
 
 
*Fragmento de un artículo más extenso que será publicado en La Proa del Argo
 



martes, 17 de mayo de 2016

Bienvivir, bienamar: nosotros en la edad del yo*

La sociedad de consumo, la otra cara del turbocapitalismo global que vivimos, nos presenta el mundo como una gran manzana que engullir, un conjunto de experiencias episódicas que hay que degustar y devorar sin pérdida de tiempo, antes que decaiga el brillo de la novedad. El modelo es el éxito, el objeto es el símbolo y la experiencia es el premio. La aparente cornucopia de placeres tiene el efecto contrario al deseado, un individuo infeliz y alienado de sí mismo, refugiado en la inconsciencia, que puede derrumbarse al menos traspiés. Sus relaciones afectivas, de existir, serán frágiles y superficiales. En este entorno adverso, el individuo debe reconstruir su capacidad de amar para satisfacer plenamente sus necesidades humanas.



Existe una impresión, que creo está muy generalizada entre la población, de que asistimos a un deterioro progresivo de las relaciones sociales en los llamados países desarrollados, impulsado por los cambios en los estilos de vida que nuestras sociedades han sufrido de forma acelerada en las últimas décadas. Sin embargo, no es fácil probar esto con datos, así, en España el número de hogares de menores de 65 años formado por una sola persona creció hasta casi triplicarse, un 271%, entre 1991 y 2011, y ha seguido creciendo a buen ritmo desde ese año. Sin embargo, que las personas vivan solas no tiene necesariamente que indicar un deterioro de sus relaciones sociales, aunque sí parece claro que la relación de pareja ya no es para toda la vida para una parte cada vez mayor de la población. Por otro lado, cada vez existen más estudios acerca del problema de la soledad, precisamente por la creciente preocupación en torno a esta cuestión, pero no disponemos de datos que nos permitan comprobar la evolución de este sentimiento con el tiempo. El informe La soledad en España señala que un 7,9% de la población mayor de edad vive aislada socialmente, de estos un 80% se sienten solos, pero solo un 60% de los que viven solos por decisión propia sienten la soledad, y solo un 50% de los que viven en compañía. El informe cita pistas que estarían denotando un aumento de la soledad

Otros indicadores que posiblemente estén dando pistas también del auge de la soledad son el aumento de la tasa de suicidios en España, así como el incremento de enfermedades mentales, ya que en el origen de muchas de ellas estarían estados solitarios previos.


Aunque la soledad es un fenómeno transversal, y uno de los grupos vulnerables son los jóvenes hasta 30 años, el grueso de los solitarios son mayores, lo que no resta validez a la argumentación que desarrollo en el artículo, dado que sentirse solo es sentirse no amado, y ello denota la escasa capacidad de amar de nuestra sociedad. Al fin y al cabo el cuidado está evidentemente relacionado con el amor, con preocuparse y ocuparse activamente por alguien. No es extraño pues que hayan disminuido drásticamente los nacimientos, salvo en los países que ofrecen fuertes incentivos económicos para ello, como Francia. En la actualidad, los hombres, y sobre todo las mujeres que declaran abiertamente no desear tener hijos reclaman lo que Zygmunt Bauman denomina derecho a ser reconocido, es decir, que se vea su elección como algo completamente normal:

Durante mis años fértiles, he tenido todo el tiempo del mundo para tener hijos. Tuve dos relaciones estables, una de ellas desembocó en un matrimonio que aún continúa. Mi salud era perfecta. Podría habérmelo permitido desde el punto de vista económico. Simplemente, nunca los he querido. Son desordenados; me habrían puesto la casa patas arriba. Son desagradecidos. Me habrían robado buena parte del tiempo que necesito para escribir libros.

Junto a este grupo, también reclaman su derecho a ser reconocidos los que se definen como asexuales. No seré yo quien se lo niegue, la libertad de elección, la igualdad y el derecho a una vida digna están por encima de cualquier consideración. Lo que intentaré será exponer los condicionantes sociales que hay detrás de todo este conjunto de fenómenos, que evidentemente los hay, solo podemos explicar la menor duración de la relación de pareja a través cambios sociales, como también solo podemos explicar de esta forma que el porcentaje de población que se declara asexual sea muy distinto en Japón que en los países occidentales:

una encuesta de la Asociación de Planificación Familiar de Japón (APFJ) mostró que 45% de las mujeres entre 16 a 24 años no estaba interesadas, o incluso rechazaban, cualquier contacto sexual

Nuestro punto de partida será por tanto la frase atribuida a Jean Paul Sartre “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él” ¿Y qué es lo que hicieron de nosotros? Hicieron que nuestra característica más definitoria sea la de consumidores, y ello tiene profundas implicaciones que ya explicamos. En la sociedad de consumo nos vemos a nosotros mismos como un producto en un mercado, pensamos en nuestras particularidades físicas, las habilidades y conocimientos que adquirimos o los productos que usamos, y su marca, como características que nos dan un valor de cara a establecer una relación con los demás. Y valoramos de la misma forma al resto de personas. El éxito es el modelo, en el sentido de ser un producto atractivo. Las relaciones amorosas no son una excepción a la regla, y esto ya lo percibió Erich Fromm tan pronto como en 1956, antes incluso del surgimiento de la sociedad de consumo. En su libro El arte de amar señala:

Toda nuestra cultura está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. La felicidad del hombre moderno consiste en la excitación de contemplar las vidrieras de los negocios, y en comprar todo lo que pueda, ya sea al contado o a plazos. El hombre (o la mujer) considera a la gente de una forma similar. Una mujer o un hombre atractivos son los premios que se quiere conseguir. “Atractivo” significa habitualmente un buen conjunto de cualidades que son populares y por las cuales hay demanda en el mercado de personalidad. […] De cualquier manera, la sensación de enamorarse solo se desarrolla con respecto a las mercaderías humanas que están dentro de nuestras posibilidades de intercambio. Quiero hacer un buen negocio; el objeto debe ser deseable desde el punto de vista de su valor social y al mismo tiempo, debo resultarle deseable, teniendo en cuenta mis valores y potencialidades manifiestas y ocultas. De ese modo, dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio.

El modelo es el éxito, y el objeto es el símbolo, aunque en realidad no sea más que un medio, una forma de mediar las relaciones humanas.

La acumulación de experiencias, junto con la adquisición de objetos de consumo, es la forma de “capitalizarse”, adquirir un valor de cara a los otros, invertir en uno mismo. Es la forma de posicionarse en el mercado de la personalidad donde los futuros amantes se validan intersubjetivamente y esperan realizar un buen intercambio, encontrar un compañero de igual o mayor valor de cambio que ellos mismos.

No es difícil observar que esto es problemático de cara a las relaciones humanas, si concebimos nuestras relaciones en función del coste y beneficio, como una transacción ¿que pasa cuando un miembro de la pareja percibe que su valor en el mercado ha subido, por ejemplo por un ascenso, nuevas habilidades, envejecer mejor que su pareja? El intercambio ya no le resultará provechoso, en consecuencia buscará otro, romperá su relación y buscará otra que se adecue mejor a su valor de mercado.

Incluso los medios a través de los cuales intentamos adquirir “valor de mercado” pueden convertirse en un fin en si mismos, y hacer todavía más frágil la relación ¿Que ocurre cuando descubrimos que nuestras experiencias no están a la altura de la publicidad?

Últimamente las expectativas de la vida sexual son tan altas que nos han vuelto desdichados, losers, eyaculadores precoces, demandantes de cirugías plásticas vaginales o alargamientos de pene, aspirantes a utilizar técnicas que ni las geishas más experimentadas dominan, catadores profesionales de practicas sexuales en busca de aquella que “si sea para tanto”

¿No buscaremos nuevas experiencias? ¿Alguien que nos permita adquirir más “capital”?

Cuando percibimos que nuestras relaciones se basan en el equilibrio entre coste y beneficio, que son frágiles, tomamos precauciones al respecto, intentamos no “invertir” demasiado en ellas, estar preparados para disolverlas de forma rápida y poco traumática. En palabras de Zygmunt Bauman en su obra Amor líquido

Por supuesto, un relación es una inversión como cualquier otra, ¿y a quién se le ocurriría exigir un juramento de lealtad a las acciones que acaba de comprarle al agente de bolsa? ¿Jurar que será semper fidelis, en las buenas y en las malas en la riqueza y en la pobreza, “hasta que la muerte nos separe”? ¿No mirar nunca hacia otro lado, donde (¿quién sabe?) otros premios nos esperan?

Nos esperan otros premios, pero no necesariamente la felicidad volviendo a Amor líquido

Comprometerse con una relación que “no significa nada a largo plazo” (¡y de esto son conscientes ambas partes!) es una espada de doble filo. Eso deja librado a su cálculo y decisión la posesión o el abandono de la inversión, pero no hay motivo para suponer que su pareja, si lo desea, no ejercerá a discreción el mismo derecho, y que no estará libre para hacerlo a él o a ella se le antoje. La conciencia de ese hecho aumenta aún más su inseguridad.

La vorágine consumista tiene una cara siniestra, la necesidad de estimular constantemente el deseo, lo cual se consigue devaluando la experiencia anterior. Ni siquiera de la acumulación de experiencias, o capital personal, podemos esperar gran cosa. Como ya señaló Aldous Huxley, a pesar de la fiebre de nuestra sociedad por los inventos, no hay señales de que estos inventores deseosos de aumentar los dígitos en su cuenta corriente sean capaces de inventar una experiencia nueva que no haya acompañado a la humanidad a lo largo de toda su historia.

El amor y la felicidad están por tanto bajo sospecha, no parece que la nuestra sea una sociedad donde sea sencillo alcanzarlos. Es un problema que en gran parte tiene un origen social, por consiguiente la mejor forma de atajarlo sería socialmente ¿cómo? Tendríamos que pensar en una sociedad menos individualista y que al mismo tiempo permita el desarrollo auténtico de las potencialidades individuales, dado que en el presente el individualismo es un decorado detrás del cual se esconden individuos idénticos, que actúan y piensan de la misma forma y se diferencias en pequeños detalles sobre sus hábitos de consumo. Nadie sabe como puede ser esa sociedad, aunque desde Autonomía y Bienvivir hemos lanzado una hipótesis.

A pesar de las dificultades, en lo que seguirá trataré de alumbrar, tímidamente, una respuesta adaptativa, individual (no podemos vivir de espaldas a nuestra sociedad) a lo que el resto considera bueno o aceptable. La respuesta individual, siendo limitada, no puede evitar ser disruptiva. Amar, en una sociedad en la que esto es raro, puede inducir cambios que vayan más allá de lo que podemos predecir. Nadar contra la corriente no deja de ser disruptivo, aunque se trate de una gota en un océano, si más gente siguiendo nuestro ejemplo se lanza al agua ¿quién sabe si todos juntos serán capaces de cambiar el sentido en el que fluye la corriente? No hay alternativas, solo intentarlo.


Siguiente artículo de la serie Bienvivir, bienamar: el arte de amar

 
*Fragmento de un artículo más extenso que será publicado en La Proa del Argo