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lunes, 25 de diciembre de 2017

Ven conmigo


Érase una vez, en un remoto lugar, en una lejana ciudad, en cualquier parte. Un padre y una hija de temprana edad contemplan en silencio como en la chimenea las ondulantes llamas hacen crujir la leña.




En la cabeza del padre se ilumina un pensamiento, y como un rayo comienza a agitarse buscando una salida… tras varios intentos encuentra una estrecha abertura por la que ruidosamente sale al exterior rompiendo el silencio…


-¡Laura! ¿Qué es para ti la Navidad?


-Papá, es un calorcito muy agradable que en estos días siento dentro de mí, no sé cómo explicarlo. ¡Papá, no sé expresarlo con palabras!, pero tal vez podría mostrártelo si quieres.

-¿¡Mostrármelo!?

-¿Cómo vas a mostrarme un sentimiento, hija?

-Papi, podemos intentarlo… ¡Vamos te llevaré a un lugar donde podrás verlo!

Se disponen a salir, el padre ayuda a su hija a ponerse el abrigo. En la calle, los árboles están blancos, las casas están blancas, el suelo está blanco y también el semáforo y el buzón de correos. De la mano, la hija dirige a su padre indicándole por dónde ir. Tras un largo paseo, la hija se detiene ante un gigantesco árbol de Navidad hecho de metal y adornado con luces de colores. Ambos observan durante unos minutos sin decir nada, el padre irrumpe.

-¡Hija, esto es un centro comercial! ¿Aquí está lo que me vas a mostrar?

-Sí papá, aquí.

-¡¡Pero hija, estás segura de lo que me dices??

-Sí papá, tienes que poner un poco de tu parte… está ahí adentro. ¡Venga, vamos!

-Mira Laura, si lo que quieres es comprar algo, no hace falta andar con rodeos, podemos hablar.

La niña fija los ojos en su padre y con ternura le dice: 

-Papá, si no quieres no tenemos por qué entrar, pero te aseguro que va a resultarte más fácil.

-Bueno, vale… entremos. Venga, vamos.

En el interior hay cientos de personas que, conducen carros con paquetes envueltos en papel celofán de ricos colores adornados con grandes lazos.

-¡¡¡Mira papá, ves la Navidad???

-Hija… lo que veo es un montón de gente frenética haciendo compras.

-Papá, presta atención. Tienes que mirar a las personas, no a todas a la vez, sino de una en una. ¿Ves aquella mujer? La del abrigo rojo.

-¡Sí, la veo, tiene dos artículos en la mano!

-¿Y qué más?

-¡Pues no sé, que no sabe por cuál decidirse!

-¡Bien papá! ¿Algo más?

-Pues…, parece preocupada…, creo que está indecisa…, quiere agradar pero, tiene miedo a equivocarse.

-¡Yuuupiiiiii, bien papá! Mira ahora aquella mujer tan guapa, la bajita de pelo blanco, con el abrigo marrón y que anda tan gracioso y despacio, ¿la ves…?

-Sí…, lleva un pequeño paquete azul…, está sonriendo…, está feliz…, en su cara hay expectación y deseo por ver la reacción de la persona que va a recibirlo… parece que se siente bien porque va a hacer feliz a otra persona.

-¿Papá, has entendido lo que es la Navidad?

-Más o menos hija, pero no sé qué tienen que ver los buenos deseos con comprar cosas.

-¡Papá, olvídate de lo que hacen! Fíjate en las personas, si miras bien, puedes ver lo que sienten. Imagina que eres tú la persona a la que estás observando. Mira… mira aquel señor alto, el del bigote con abrigo negro y maletín.

-A ver te digo: no para de mirar a todos lados, el teléfono en la mano, se mueve con rapidez. Da la sensación que fuese a atropellar a alguien. Está en todas partes, ocupa espacio aquí y allá. Está triste, frustrado, quiere algo rápido, tiene que hacer otras cosas, sabe que lo que está haciendo es muy importante por eso está aquí, quiere ver la cara de felicidad que pondrá su mujer, quiere agradarla, quiere que lo quiera tanto como cuando se conocieron… está locamente enamorado de ella.

El padre tras una chispa de lucidez consigue ver… y donde antes solo había gente comprando…

-¡Lo veo hija!, es un juego de amor. ¡Pero por qué en forma de regalo…? ¿Por qué no dar un te quiero abiertamente…!

-Papi es que a los mayores os cuesta mucho, creo que os da un poquito de vergüenza y necesitáis una excusa, nos habéis enseñado que un te quiero viene con algo que traéis en las manos.

-Hija… desde pequeño lo he vivido así y me he limitado a expresar el amor tal y como lo aprendí.

-No te preocupes papá… ¡Ah Papa! Quiero pedirte un regalo.

-Jajajaja, ya sabía yo que…

-Papa la Navidad es una época pasajera en la que todos piensan en todos, pero papa yo lo que quiero pedirte es que me prestes atención, que pases más tiempo conmigo y que no trabajes tanto, porque mi mejor juguete… eres tú Papa. Quiero para el próximo año, más días que sean Navidad.

El padre coge a su hija en brazos, la besa y mirándola a los ojos le dice… FELIZ NAVIDAD




(Este pequeño relato nos ha llegado para publicarlo por una persona que prefiere permanecer anónima. Lo importante es su mensaje. Quizás, descubrir que muchas veces nos olvidamos lo que es la vida buena. Muchas gracias.)

martes, 3 de enero de 2017

El colapsismo llega a la cultura popular: Destrozares. Canciones para el final de los tiempos.

La cultura popular refleja en cierto grado el pensamiento colectivo, y al mismo tiempo la obra artística sin duda también influye en cómo imaginamos el mundo. En este sentido es de agradecer que la idea del colapso llegue al rock&roll nacional, aunque conviva, paradójicamente, con una idea de progreso ilimitado que es dominante.



Frente a la idea de progreso ilimitado que nos sigue llegando desde los medios, la política o las instituciones académicas (en este último caso con bastantes excepciones, dependiendo de la disciplina y lo cercana al poder que esté), todos ellos muy ligados entre sí, y dependientes del poder económico, desgraciadamente, el arte nos ha transmitido una imagen más ambigua ¿Quién no recuerda películas como Mad Max (1979), 1997: Rescate en Nueva York (1981) o Waterworld (1995)? Esta idea de un futuro lamentable por culpa de nuestros pecados presentes ha llegado, timidamente, al rock nacional de la mano de Robe Iniesta y su disco Destrozares. Canciones para el final de los tiempos.

¿Por qué digo “timidamente”? Porque dejando a un lado el título y una canción en concreto, el álbum no es demasiado colapsista. Para calificarlo de esa forma tenemos que escuchar la rueda de prensa de presentación del disco, en concreto el final, a partir de los 48 minutos y 35 segundos. Transcribo a continuación la rueda prensa desde ese instante:

Periodista: Robe a propósito de esto, el espíritu de este disco probablemente ya estaba en canciones como La vereda de la puerta de atrás ¿no? cuando cantabas “muere a todas horas gente dentro de mi televisor, quiero oír una canción que no hable de sandeces y que diga que nos sobra el amor” ¿no? Y bueno, que tiempos tan oscuros vivimos ¿no?
Robe: ¿Cómo? ¿lo último?
Periodista: Que digo que qué tiempos más oscuros vivimos un poco a propósito de la canción esta de Maldita humanidad
Robe: Sí, sí que vivimos tiempos oscuros y peligrosos y que además estamos todos un poco como en la nube ¿no? No sé, empiezas a ver como está la realidad del mundo en todos los aspectos y es increíble que de aquí a, no sé, cincuenta años, cien, la gente se preguntará quién eran esos tipos que vivieron en esta época que lo dejaron todo hecho una puta basura.
Periodista: Si queda alguien ¿no?
Robe: Si queda alguien, si queda alguien para decirlo, pero seguro que si queda alguien van a pensar eso, ¿cómo era esa sociedad de egoísta que lo único que quería era, el que venga después, que se apañe?, acabar con los recursos, dejar el planeta hecho una mierda, con un riesgo continuo de que desaparezca todo de repente, yo me imagino a esas generaciones, los nietos de nuestros nietos que dirán, que tipejos, que gentuza andaba por el mundo en el siglo XX – XXI, que gentuza ¿cómo dejaron esto así? Realmente lo estamos viendo ¿no? Estamos viendo que, de como era el mundo hace cincuenta años a como es hoy, a como, o sea, en cuanto se refiere al planeta y a la nueva época que hemos entrado que no me acuerdo como se llama, de que se empieza a ver ya la huella del hombre en el planeta... es terrible ¿no?, terrible.
Periodista: Otros artistas han cantado esto mismo con un sonido impresionante, Roger Waters lo hizo en Amused to Death del año 92 “Condenados a la extinción” ¿no? Y ahora Metallica el título de su disco también va por estos derroteros ¿no? ¿Te sientes en este espíritu del yo minoría absoluta? De que cada día somos un granito de arena y somos cada día más pequeños y no podemos hacer nada por cambiar el rumbo de las cosas.
Robe: No. No lo siento, no siento eso, siento que sí podemos cambiar el mundo, siento que lo podemos hacer, ¿que el disco esté un poco hasta los cojones? Puede ser. Y que haya letras... por eso hablo de mis carencias y de mis errores y de todo eso, pero sí que se puede cambiar el mundo, cambiando, hay que cambiarse cada uno mismo, no es decir “ a ver el señor tal, el señor presidente de tal sitio va a cambiar”, no, no, es cambiar dentro de cada uno, es que somos todos, yo no estoy diciendo que yo sea la hostia y los demás seáis malos, no, no, somos todos, y tenemos que cambiar la manera de pensar todos, y bueno, ya lo decía antes, yo no es que me esfuerce en hacer ahora un crítica o en hacer una llamada de atención son cosas que me salen quizás por lo que tengo alrededor, a veces tienes alrededor cosas muy feas, te tienes que tapar los ojos y meterte en cosas bonitas pero a veces no puedes, y quizás pues se refleja en las canciones lo que hay a tu alrededor y lo que tienes dentro.

Lo cierto es que el álbum es, en un cierto y extraño sentido optimista. Para empezar, habría que matizar que más que en una descripción de las razones que nos llevan al colapso, lo que se transmite es una respuesta emocional ante esa situación: ¿qué me hace sentir a mi eso? Es una cuestión de enorme interés y transcendencia porque nos está contando lo que siente una persona, el autor, que sí, es cierto, es sólo una persona, pero que tiene un reflejo en los consumidores que van a escuchar el disco, que conocen al autor y en parte pueden sentirse identificados con él. Por tanto, por muchas razones, debemos deducir que la visión del artista representa al menos en parte la de otras muchas personas, ya que en caso contrario no escucharían el disco.

Y el álbum tiene ese punto de optimismo porque lo que transmite es lo que yo denomino “el repliegue a la ciudadela interior”. Es decir, ante la visión de un mundo que nos es ajeno, hostil y que vemos precipitarse hacia todo aquello que más odiamos, incluido su propia destrucción, el individuo se repliega a su mundo interior, donde trata de encontrar la belleza, el sentido. Canciones que desarrollan de forma muy clara este tema son Hoy al mundo renuncio y Puta humanidad. Ambas canciones nos hablan de un entorno, social, hostil, del desprecio por la sociedad y el repliegue hacia el interior del individuo que en estos dos temas busca la redención en los sentimientos que le inspira el ser amado. Por citar unas estrofas del primero de los temas:

puede ser que esté cansado de mirar y no ver más que anuncios de mierda,
pero hoy al mundo renuncio, juro que hoy al mundo renuncio.
...
Vivo siempre fuera de todas las reglas,
mi única bandera son sus bragas negras,




Vemos que hay una parte de rechazo del entorno social creado por la colectividad y una redención en aquello que todavía es salvable, que en este caso son las bragas del ser amado.

La única canción del álbum que es rotundamente colapsista es Cartas desde Gaia, en parte por su referencia a Gaia, la madre tierra, la naturaleza. En este tema el patrón es similar, repliegue a la ciudadela interior ante la hostilidad de la sociedad, pero aquí el elemento redentor no es el amor, es la belleza de un planeta libre de la interferencia humana, es la belleza de una Gaia con la que el autor puede entrar en conexión, es la madre libre del castigo de un hijo psicópata.

Hoy, hoy no pienso transigir,
no voy a dudar.
Hoy voy a dejarme fluir,
os vais a cagar.
Si un meteorito ayudara un poquito y barriera a la humanidad.
Si sólo quedara un microbio vivito, él pudiera recomenzar.
Del mar,
soñar
que hundiera algún velero.
Soñar,
que el mar
anega al mundo entero, el mundo entero, el mundo entero y soñar,




Robe nos habla sobre todo de sus sentimientos ante un mundo que se ha vuelto hostil. Se echa de menos un énfasis mayor en el deterioro medioambiental y el riesgo que ello supone para nuestro futuro, aunque por sus declaraciones parece ser muy consciente de esta cuestión. Pero el medio condiciona el mensaje, y predomina la parte emocional, que en el fondo lo que transmite es esperanza. Esperanza dado que nos queda la belleza del mundo, y nos queda el ser amado, y para amar es necesaria la confianza, o fe racional, en el ser amado y en la humanidad. Si un ser humano es capaz de amar, a otro ser humano o a la naturaleza, otros pueden sentir lo mismo, y por lo tanto hay esperanza, mientras individualmente seamos conscientes de los problemas y trepemos la escalera de la conciencia, una solución que olvida el trabajo colectivo y la colaboración, pero que sin duda es un ingrediente necesario para solucionar el problema.

lunes, 12 de diciembre de 2016

El dinero como droga: una reflexión desde el séptimo arte

Los economistas, más preocupados en justificar la realidad que en interpretarla, han pasado por alto los hechos fundamentales en cuanto a la naturaleza del dinero. Uno de ellos se nos recuerda ahora desde el arte y la cultura popular: el dinero es una droga. Este hecho tiene consecuencias significativas desde el punto de vista de las políticas económicas y monetarias.





Los economistas, historiadores y antropólogos, continúan discutiendo sobre el origen y la naturaleza del dinero ¿Qué es para el ser humano el dinero? ¿Qué efectos tiene sobre nosotros? Algunos argumentarán que el ser humano es racional, y que la predisposición de una persona cualquiera a tener dinero dependerá de la utilidad que tenga para ella el gastar ese dinero y consumir una unidad adicional de un bien determinado. Respecto al salario, quizás algunos argumenten que las personas tendemos a trabajar más o menos según la utilidad que le damos al ocio en relación con ganar un poco más de dinero. Ninguno de estos teóricos parece haberse percatado de la historia de Jordan Beltfort, un agente de valores, es decir, un broker, cuya biografía fue llevada al cine por Martin Scorsese en largometraje El lobo de Wall Street. Y es que el Sr. Beltfort, interpretado en la gran pantalla por Leonardo DiCaprio, sabría muy bien qué contestar a la pregunta ¿qué es el dinero? Una droga.

Fijémonos en algunos detalles de la película que ilustran la relación de los personajes con el vil metal, y el efecto que este tiene sobre ellos.

Antes de llegar a triunfar Jordan es un joven ambicioso que encuentra trabajo en Wall Street, todavía sin tener la licencia para ejercer como agente de valores. Allí recibirá su primera lección del principal ejecutivo de la compañía donde trabaja: el trabajo de agente de valores consiste en ganar dinero, para ello hay que hacer transacciones, comprar y vender acciones, con cada transacción el broker gana dinero, da igual que la transacción sea buena o mala, da igual si los clientes ganan o pierden dinero, el cliente no importa, sólo importa ganar dinero. No crean nada, no construyen nada, el dinero simplemente pasa del bolsillo del cliente al suyo.

Así será como Jordan se haga rico, trabajando con lo que llaman acciones de a centavo, compañías inexistentes, lo que hoy en día se llaman start-ups, que buscan financiación en el mercado alternativo de valores para proyectos rocambolescos. Estas compañías ofrecen una suculenta comisión para los brokers, del 50%. A partir de que Jordan descubra este mercado su trabajo consistirá en engañar a pequeños trabajadores con sueños de grandeza que quieren hacerse ricos invirtiendo en bolsa. Su trabajo no es muy distinto al de un timador, que se aprovecha de la avaricia y maldad de la gente, como en el famoso timo de la estampita, para engañarles. No existen reparos morales, no importan los efectos colaterales, engañar a alguien, todo vale para conseguir la siguiente dosis en sus abultadas cuentas corrientes. No hay límite a la cantidad de ceros a la derecha que pueden figurar en una cuenta corriente.

Posteriormente Jordan extenderá el negocio de las acciones de a centavo a los grandes ahorradores, para ello contratará a viejos conocidos, perdedores sin estudios que malviven pasando de un trabajo de mierda (como los definiese el gran David Graeber) a otro. No importa que se trate de gente sin talento, sin inteligencia, se harán ricos gracias a las enseñanzas de su mentor. Jordan les explica como vender, cual es la narrativa que deben emplear para aprovecharse de la avaricia de la gente. En una escena de la película, les da una lección práctica de como conseguir una transacción, mientras habla por teléfono con un cliente tratando de convencerle de que adquiera un cierto número de acciones de una compañía de a centavo. Mientras habla, rodeado por todos sus empleados, hace gestos simulando una relación sexual, como si alguien le realizase una felación, o practicase sexo anal, por supuesto en el lado activo. El dinero pasa de un bolsillo a otro, generalmente al bolsillo del macho alfa, el que domina. El dinero es símbolo de dominación, y Jordan muestra a sus subalternos como él domina a su cliente, entre las risas divertidas de todos ellos.

Conseguir dinero lleva a los agentes de valores a un estado de euforia, pero conseguir una transacción no es fácil, deben tener los cinco sentidos en ello, una tarea agotadora que van realizando con la ayuda de la motivación y de las sustancias estupefacientes. Cuando Jordan era un aprendiz le enseñan una especie de ritual que remite a la imagen (que no la realidad) del ser humano pre-civilizado, unos golpes de pecho mientras se emiten sonidos guturales rítmicos muestran el poder del individuo, dispuesto a la batalla y enseñando a sus rivales su determinación. El hombre es un lobo para el hombre, según la narrativa que se crean los protagonistas de esta película. El macho alfa gana y domina, el dinero va del bolsillo del débil al del fuerte, y en consecuencia el dinero es un símbolo del poder del individuo, no es raro entonces que su adquisición nos lleve a un estado de euforia similar al que se siente tras derrotar a un enemigo o alcanzar un orgasmo.

La vida de Jordan pasa a depender de las drogas, es preciso alcanzar un estado de euforia para poder vender acciones, o para mantener el rendimiento intelectual después de largas jornadas de trabajo, o después de la última juerga que nos hemos pegado tras el subidón que nos dio finalizar con éxito una transacción que nos aporta jugosas comisiones. El coctel de drogas estimulantes diario incluye quaaludes, adderall y cocaína.


Para contrarrestar los efectos de estas drogas y poder dormir usarán marihuana, sanax y morfina. La vida discurre entre estados de euforia y de relajación, subidones y bajones, e inyecciones de penicilina preventivas para evitar el contagio de una enfermedad de transmisión sexual.

El sexo se convierte también en un elemento central de la vida de nuestros brokers. Ya al comienzo de su andadura por Wall Street a Jordan le recomiendan la masturbación al menos dos veces al día. El sexo cumple varias funciones en la vida del agente de valores, en primer lugar la relajación de la excitación alcanzada por las operaciones realizadas con éxito o por las sustancias excitantes del sistema nervioso central que se han ingerido; la relajación se consigue mediante el orgasmo. Por otro lado el sexo representa la culminación de su ideal de dominio y éxito, follán más porque son mejores y son machos alfa, y su éxito social queda constatado por su actividad sexual. A más dinero más relaciones, a más relaciones más éxito, da igual que se trate de prostitutas.

¿Y las mujeres? Hablamos de machos alfa por cuanto la compulsión sexual, la euforia y el afán de dominación son comportamientos asociados a lo masculino, sin embargo las brokers femeninas, claramente minoritarias, siguen el mismo patrón de comportamiento. Cabe recordar en este punto las palabras de Erich Fromm, cuando hablaba de que nuestra sociedad tendía a la identidad de hombres y mujeres y no tanto a la igualdad; lo narrado en esta película parece darle la razón.

Una arenga dirigida a sus empleados, en un momento clave de la película, en el que se encargan de la Oferta Pública de Valores (OPV) de una compañía seria, el fabricante de calzado Steve Madden Ltd, nos muestra la perversa relación que establecen entre el dinero, el éxito y el dominio, incluido el sexual. La justificación del dominio incluye la criminalización del fracasado, culpable de sus desgracias por ser un pusilánime o por tener reparos morales. Esta es la transcripción del monólogo:

Quiero dedicar un momento a explicar porque Steve está... porque parece un puto zumbado. Es porque este hombre, es un genio creativo, su habilidad, el don que tiene Steve va más allá de las tendencias actuales del calzado, el poder de Steve es que él crea tendencia ¿lo entendéis? Los artistas como Steve aparecen una vez cada década y me refiero a Giorgio Armani, Gianni Versace, Coco Chanel, Yves Saint Laurent. Steve ven aquí un momento. No creo que os deis cuenta de que Steve Madden es el hombre que más triunfa en la industria del calzado femenino con gigantescos pedidos en todos los grandes almacenes de norteamérica ahora mismo. Y está aquí en nuestra oficina. Deberíamos dar gracias por tener a este hombre aquí. Deberíamos ponernos de rodillas ahora mismo dispuestos a hacerle una mamada. Eh, así ¿vale?, quiero chupártela Steve. Todos te la chuparán. Es nuestro billete dorado a la puta fábrica de chocolate. Y quiero conocer al puto Willy Wonka ¿vale? Quiero estar con los putos Umpa Lumpas así. Umpa, lumpa, umpaniiiiu. Ahora sal del puto estrado, lárgate. Está bien, quiero que os concentréis un segundo ¿Veis esas cajitas negras? Se llaman teléfonos y voy a contaros un secreto sobre ellos, no se marcarán solos ¿vale? Sin vosotros, son trozos de plástico inútiles, como un M-16 sin un marine entrenado para apretar el gatillo, y en el caso del teléfono, depende de cada uno de vosotros, mis entrenados estratonitas, mis asesinos, mis asesinos que no aceptan un no por respuesta, mis putos guerreros, que no colgarán el teléfono hasta que su cliente compre o mueeeraaaaaa (ovación, gritos de sí, sí, sí, se golpea el micro contra la cabeza, enseña los dientes). Os diré una cosa, no hay nobleza en la pobreza, he sido un hombre rico y he sido un hombre pobre y prefiero ser rico todas las veces (aplausos, gritos, síííií). Porque siendo rico, cuando tengo que enfrentarme a mis problemas voy sentado en una limusina, llevo un traje de 2.000 dólares, y un reloj de 40.000 putos dólares (lo lanza al auditorio) ¡Venga chicos, luchad por él! Y si alguien de aquí cree que eso es “superficial” o “materialista” que busque trabajo en un puto MacDonalds porque ese, joder, es su sitio. Pero antes de abandonar esta sala llena de vencedores, quiero que miréis bien a la persona que tenéis a vuestro lado, porque en un futuro no muy lejano os parareis en un semáforo en vuestro viejo coche desvencijado, y esa persona aparecerá justo a vuestro lado, en su flamante Porsche, sentado junto a una preciosa mujer y sus voluptuosas tetas ¿y a quién tendréis vosotros al lado? A una asquerosa vaca con barba de tres días que lleva un vestido barato apretujada en un coche cargado de productos en oferta del puto super ¡eso es lo que tendréis sentado al lado! Así que escuchadme y escuchadme bien ¿tenéis la tarjeta en números rojos? Bien, descolgad el teléfono y marcad ¿Están a punto de desahuciaros? Bien ¡descolgad el teléfono y marcad! ¿vuestras novias os consideran unos pringaos de mierda? ¡Bien, descolgad el teléfono y marcad! ¡Quiero que solucionéis vuestros problemas, haciéndoos ricos! (gritos, aplausos, sííííí) Lo único que tenéis que hacer es coger el teléfono y repetir las palabras que os he enseñado, y os haré más ricos que el director general más poderoso de los Estados Unidos de América (gritos, síííí, ¡eso es, joder!) Quiero que salgáis ahí fuera, y quiero que les metáis a vuestros clientes las acciones de Steve Madden por la boca, hasta que se atraganten ¡Hasta que se atraganten y compren al menos cien mil acciones! Eso es lo que quiero (gritos, júbilo, sííííí) ¡Sed feroces! ¡Sed despiadados! ¡Sed unos putos terroristas telefónicos! (más gritos) ¡Ahora vamos a batear esta puta bola fuera del campo! ¡Venga! (comienzan a llamar).

En realidad el 85% de las acciones eran ya propiedad de Jordan Beltfort y de su socio Donnie, algo ilegal, y que les reporta ganancias de 22 millones de dólares en tres horas, pero que también provoca que comiencen a ser perseguidos por la justicia.

La vida se convierte en un desfase permanente, lleno de situaciones surrealistas que se nos van contando con gran sentido del humor. El día comienza colocándose, para poder ponerse en marcha, y termina relajándose con una sustancia de efecto contrario. Entre el momento inicial y final será normal arengar, emocionarse, gritar, mantener relaciones sexuales en cualquier lugar, incluso en la oficina, pelearse, desesperarse, etc. La oficina se convierte en un manicomio, un festival de codicia, cocaína, testosterona y fluidos corporales. Esta rutina fractura las relaciones con aquellos que no practican los mismos hábitos, y la vida personal al margen del trabajo se convierte en un desastre. Cada mañana Jordan debe dedicar los primeros momentos del día a intentar hacer las paces con su mujer, generalmente con éxito limitado. Los conflictos, enfados y gritos se convierten en la tónica habitual.

A pesar de ello, el poder adictivo del dinero es más fuerte que las molestias y desórdenes que pueda ocasionar un estilo de vida tan extremo. Ni siquiera cuando a Jordan se le ofrece archivar la investigación policial que se ha abierto contra él a cambio de que cese su actividad en su empresa como agente de valores este cederá. En un principio su asesor legal y su padre logran convencerle para que abandone, ya tiene más dinero del que puede gastar en toda su vida ¿por qué seguir? El argumento racional es irrefutable y Jordan acepta retirarse, pero durante el discurso de despedida ante sus empleados alcanza un estado de euforia que finalmente le hace cambiar de idea, trasladándose la euforia a todo el auditorio. Es curioso que durante esta arenga retoma las consideraciones morales, recordando los problemas que tenían sus empleados, a punto de ser desahuciados siendo responsables de un hijo, y como enderezaron su vida gracias a la oportunidad que él les dio de trabajar en el mercado de valores. Curioso por cuanto ahora esas personas visten de Armani y conducen un Mercedes, pero ese bienestar se ha alcanzado a costa de los ahorros de otras personas, algunas de las cuales pueden estar en ese momento a punto de ser desahuciadas.

El síndrome de abstinencia triunfa sobre la voluntad de nuestro protagonista y contra todo criterio razonable continúa ejerciendo en el mercado de valores, lo que terminará por costarle su segundo matrimonio, la relación con sus hijos y una pena de prisión. A pesar de todo ello, Jordan se lo toma con filosofía: “sigue siendo rico en un mundo en el que todo se puede comprar”, piensa. Curioso pensamiento cuando le ha llevado a prisión un agente del FBI al que él precisamente intento comprar. Quizás habría que coincidir con Jordan Belfort que casi todo se puede comprar, pero lamentablemente para él lo que queda fuera del conjunto de lo comprable son quizás las cosas más importantes: valores y dignidad de otras personas, por ejemplo, que le terminan llevando a la cárcel.

En resumen, el dinero proporciona una sensación de dominio a la que uno se acostumbra de forma inmediata, convirtiéndose rápidamente en adicto. Nunca es suficiente. En palabras del protagonista:

Pero de todas las drogas que existen bajo el cielo azul hay una que es de verdad mi favorita. Si tienes una buena cantidad de esto te vuelves invencible, capaz de conquistar el mundo y de destripar a tus enemigos. Y no me estoy refiriendo a esto (acaba de esnifar cocaína), me refiero a esto (muestra un billete de cien dólares). El dinero no solo te compra una vida mejor, mejor comida, mejores coches, mejores coñitos, también te convierte en mejor persona, puedes donarlo generosamente a la iglesia o al partido político que quieras, incluso hasta puedes salvar al puto búho moteado.

Pero como toda droga puede destrozar tu vida, al convertirse en el vector que guía todas tus decisiones y tu comportamiento, y así ocurre con Jordan Belfort, aunque él mismo no lo reconozca ni siquiera tras pasar una temporada entre rejas y perder el contacto diario con sus hijos.

Si el dinero es una droga, la pregunta inmediata que surge es ¿qué consecuencias tiene esto desde el punto de la teoría económica? Esta pregunta requiere una reflexión tranquila y prolongada que todavía no he realizado por completo, invito a los lectores a que realicen sus aportaciones, por mi parte dejaré una breve pincelada.

Si el dinero es una droga no hay límite a la cantidad que se puede acumular, independientemente de la utilidad que uno pueda obtener de gastarlo en algún bien o servicio. Además, como toda droga, cuanto más consumes más adicto te vuelves, aunque la droga consuma tu vida (en el sentido de alejarte de cualquier otra fin para la misma, y por tanto del bienvivir). Así, aunque parezca paradójico, y totalmente contrario a la teoría económica estandar, una persona que ha acumulado un millón de dólares sentirá una avidez mucho mayor por el siguiente millón que la que siente una que ha acumulado cien mil por los siguientes cien mil. Y si en vez de un millón se trata de diez, cien, mil, diez mil, cien mil millones, la avidez será mayor, cuanto más acumules mayor compulsión por acumular. De ello se deducen conclusiones respecto a la política, e incluso respecto al sistema monetario como las que hemos defendido en estas páginas en numerosas ocasiones: el canal financiero debe ser minorizado como forma de crear y distribuir el dinero frente al canal real. Para ello el estado, y no los bancos, debe crear el dinero e introducirlo en la economía mediante el canal del tesoro público, es decir, gastándolo para financiar actividad económica que produzca bienes y servicios reales, de los que se beneficie la ciudadanía.


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Epílogo: En este artículo he comentado las reflexiones que me produce el largometraje El lobo de Wall Street sin valorarlo desde el punto de vista artístico. Me he percatado de una circunstancia que es digna de atención desde el punto de vista sociológico, la película suele gustar a los hombres y desagradar a las mujeres. Al menos dentro de mi limitada experiencia así ha sido. Puede que el ideal de dominación y lucha que subyace a las actitudes de los personajes desagrade a las mujeres. La compulsión por el sexo o las drogas puede provocar sensaciones desagradables, pero la película permite reflexionar y tomar conciencia sobre realidades que posiblemente todos hemos experimentado, en cierto grado: el egocentrismo absoluto e infantil, el ansia de dominio y la creencia absurda, y de nuevo infantil, en la posibilidad de alcanzar la omnipotencia. El tema es muy interesante, se narra según el estilo claramente reconocible de Martin Scorsese, un narrador que coincide con el protagonista y que muestra sus pensamientos al espectador, y el enfoque cómico de las situaciones. Es el estilo de otras grandes películas como Goodfellas (Uno de los nuestros). Que el narrador, como en las novelas, pero no usualmente en el cine, transmita directamente sus pensamientos al espectador me parece muy adecuado para esta película, sin ese elemento se perdería gran parte de la sustancia y la película sería peor. Otro elemento significativo es la ausencia de un juicio moral sobre las actitudes de los protagonistas, lo cual viene condicionado por la narración en primera persona, el narrador no termina arrepintiéndose de su actitud, muy al contrario, en todo caso se siente triste por el paraíso perdido, actitud que es más clara en Goodfellas, pero que aquí también se encuentra presente. Posiblemente yo habría introducido mi sentido moral de forma más clara en la película, y quizás así habría mutilado su valor artístico. No lo sé. No soy un gran cinéfilo, y por tanto mi juicio no es de gran relevancia, pero debo decir que la película me ha impresionado de forma muy favorable, y la considero la mejor, hasta la fecha, del siglo XXI. Juzguen por ustedes mismos.

lunes, 23 de mayo de 2016

Bienvivir, bienamar: el arte de amar*


La sociedad de consumo capitalista nos presenta el mundo como una gran manzana que engullir, un conjunto de experiencias episódicas que hay que degustar y devorar sin pérdida de tiempo, antes que decaiga el brillo de la novedad. El modelo es el éxito, el objeto es el símbolo y la experiencia es el premio. La aparente cornucopia de placeres tiene el efecto contrario al deseado, un individuo infeliz y alienado de sí mismo, refugiado en la inconsciencia, que puede derrumbarse al menos traspiés. Sus relaciones afectivas, de existir, serán frágiles y superficiales. En este entorno adverso, el individuo debe reconstruir su capacidad de amar para satisfacer plenamente sus necesidades humanas, proceso en el que ganará autonomía.


Artículo anterior de la serie: Bienvivir, bienamar: nosotros en la edad del yo


 
 
Erich Fromm realiza una reflexión al problema del amor en nuestra sociedad en su libro, ya citado, El arte de amar. Su concepción es muy sugerente y estimulante, aunque no está exenta de problemas, y presenta ciertos puntos de conexión con la filosofía tradicional budista de Thich Nhat Hanh que ya comentamos en este blog. A pesar de ello, creo sin duda que es útil. No nos da grandes respuestas, pero nos muestra un camino por el que comenzar a transitar, algunas ideas que podemos utilizar para comenzar a construir nuestro amor, y que creo que son válidas, aunque en ocasiones añadiré elementos de mi propia cosecha.
 
Porque según Fromm, y esto es muy original, el término construir es apropiado. El problema de amar no es el problema de encontrar un objeto, alguien a quién amar, sino el de algo que hacer, un arte, como la pintura, la música o la carpintería. Algo que tenemos que practicar, hasta conseguir dominarlo.
 
Lo primero que llama la atención es la contraposición con el concepto de necesidad. Tal y como hemos comentado en otras entradas del blog, al hablar de las necesidades humanas, tenemos necesidad de afecto.

 

 
En concreto, siguiendo la clasificación establecida por Abraham Maslow, el ser humano tiene necesidad sociales o de afiliación, entre ellas el afecto, y por consiguiente el amor. Tenemos la necesidad de ser queridos, esto es indudable, pero tal y como nos advierte Thich Nhat Hanh amar no es satisfacer una necesidad propia.
La soledad no puede ser disipada por la actividad sexual. No te puedes curar por medio de la actividad sexual. Tienes que aprender a estar cómodo contigo mismo y a centrarte en tu interior. Una vez que tengas un camino espiritual tendrás un hogar. Una vez que puedas afrontar tus emociones y manejar las dificultades de tu vida diaria, tendrás algo que ofrecer a la otra persona. La otra persona tiene que hacer lo mismo. Las dos personas tienen que curarse a sí mismas para sentirse cómodas; entonces cada uno puede convertirse en un hogar para la otra. De otro modo, todo lo que compartimos en la intimidad física es nuestra soledad y nuestro sufrimiento.
Todo ser humano quiere amar y ser amado. Esto es muy natural. Pero con frecuencia amor, deseo, necesidad y miedo están completamente mezclados. Hay muchas canciones con las palabras "te quiero, te necesito". Esas palabras implican que amar y desear son lo mismo, y que la otra persona está ahí solo para satisfacer nuestras necesidades.

Debe haber algo más que simplemente satisfacer una necesidad, debe haber algo que se conceda de forma genuinamente altruista, dado que en caso contrario estaríamos instrumentalizando al otro, y por tanto cayendo en el narcisismo. Para amar, primero habrá que forjar un espíritu independiente (no dependiente), aprender a caminar sin muletas, escuchar el propio discurso interior frente a los mandatos culturales y aprender a vivir con lo que nos rodea (con lo que nos falta, si es que falta el afecto de un hijo, padre, amigo, pareja), para poder escapar de ese narcisismo, propio o en pareja, que como nos advierte Fromm es el estado más común en nuestra sociedad.
La situación en lo que atañe al amor corresponde, inevitablemente, al carácter social del hombre moderno. Los autómatas no pueden amar, pueden intercambiar su "bagaje de personalidad" y confiar en que la transacción sea equitativa. Una de las expresiones más significativas del amor, y en especial del matrimonio con esa estructura enajenada, es la idea del "equipo". En innumerables artículos sobre el matrimonio feliz, el ideal descrito es el de un equipo que funciona sin dificultades. Tal descripción no difiere demasiado de la idea de un empleado que trabaja sin inconvenientes; debe ser "razonablemente independiente", cooperativo, tolerante, y al mismo tiempo ambicioso y agresivo. Así, el consejero matrimonial nos dice que el marido debe "comprender" a su mujer y ayudarla. Debe comentar favorablemente su nuevo vestido, y un plato sabroso. Ella, a su vez, debe mostrarse comprensiva. Ella, a su vez, debe mostrarse comprensiva cuando él llega a su hogar fatigado y de mal humor, debe escuchar atentamente sus comentarios sobre sus problemas en el trabajo, no debe mostrarse enojada sino comprensiva cuando él olvida su cumpleaños. Ese tipo de relaciones no significa otra cosa que una relación bien aceitada entre dos personas que siguen siendo extrañas toda su vida, que nunca logran una "relación central", sino que se tratan con cortesía y se esfuerzan por hacer que el otro se sienta mejor.
En ese concepto del amor y el matrimonio, lo más importante es encontrar un refugio de la sensación de soledad que, de otro modo, sería intolerable. En el "amor" se encuentra, al fin, un remedio para la soledad. Se establece una alianza de dos contra el mundo, y se confunde ese egoismo à deux con amor e intimidad.

En la concepción de Fromm no es solamente que el problema del amor no sea el de encontrar un objeto al que amar, en su concepción el objeto amado pierde toda importancia, llegando a explicar de esta forma los matrimonios acordados, un concepto que choca con nuestra idea cultural del amor romántico.
 
El amor erótico si es amor, tiene una premisa. Amar desde la esencia del ser -y vivivenciar a la otra persona en la esencia de su ser-. En esencia, todos los seres humanos somos idénticos. Somos todos parte de Uno; somos Uno. Siendo así, no debería importar a quién amamos. El amor debe ser esencialmente un acto de la voluntad, de decisión de dedicar toda nuestra vida a la de otra persona. Ése es, sin duda, el razonamiento que sustenta la idea de la indisolubilidad del matrimonio, así como las muchas formas de matrimonio tradicional, en las que ninguna de las partes elige a la otra, sino que alguien las elige por ellas, a pesar de lo cual se espera que se amen mutuamente. En la cultura occidental contemporánea, tal idea parece totalmente falsa. Se supone que el amor es el resultado de una reacción espontánea y emocional, de la súbita aparición de un sentimiento irresistible. De acuerdo con ese criterio, sólo se consideran las peculiaridades de los dos individuos implicados -y no el hecho de que todos los hombres son parte de Adán y todas las mujeres parte de Eva-. Se pasa así por alto un importante factor del amor erótico, el de la voluntad. Amar a alguien no es meramente un sentimiento poderoso -es una decisión, es un juicio, es una promesa-. Si el amor no fuera más que un sentimiento, no existirían bases para la promesa de amarse eternamente. Un sentimiento comienza y puede desaparecer. ¿Cómo puedo yo juzgar que durará eternamente, si mi acto no implica juicio y decisión?
 
Este concepto de la voluntad coincide con observaciones que he podido realizar a lo largo de mi vida, pudiendo comprobar cómo se ponía en práctica en numerosas ocasiones, aunque no es habitual reconocerlo, porque se espera que el amor surja de forma espontánea. En cualquier caso Fromm abre al final una pequeña puerta en la que admite la singularidad del objeto en el amor erótico.
 
Debemos amar a todos los seres humanos, o al menos a todos los que no comprometan nuestra dignidad o la de nuestros semejantes, pero me inclino a pensar que conviene encontrarle un sentido adicional al objeto de nuestro amor, especialmente si se trata del amor romántico (frente al amor fraternal, materno, paterno, religioso). Como el sentido de la vida de cada uno, creo que es algo que debe buscar uno mismo de forma personal. A mí me gusta la que expone el personaje de Jack Nicholson en la película Mejor… imposible
 
 
El amor, como reconoce Fromm, implica conocimiento, propio y del resto de personas

Además del elemento de dar, el carácter activo del amor se vuelve evidente en el hecho de que implica ciertos elementos básicos comunes a todas las formas de amor: Estos elementos son: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.

 
Y en ese proceso de conocer íntimamente y en profundidad podemos mejorarnos, al entrar en contacto con el núcleo y la esencia de personas que poseen cualidades que admiramos. En la película el personaje de Nicholson admira precisamente la bondad del personaje de Helen Hunt, que se deriva precisamente de su capacidad de amar. Creo que en el caso del amor romántico, es bueno no fijarse en las características del posible objeto de nuestro amor desde el punto de vista del mercado de la personalidad, es decir, según el mandato cultural que valora determinadas características según el canón inconsciente de la sociedad de consumo (éxito, ser atractivo, una buena carrera profesional, tener amigos, haber tenido tal o cual experiencia), en su lugar podemos fijarnos en personas que tengan cualidades que admiramos. Esto cuadra bien con la idea del amor de Fromm, que se basa en el dar:
 

Sin embargo, la esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él -da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza-, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio.

 
Será difícil, tan sólo hay que pensar en cómo nos bombardean con estereotipos sobre objetos sexuales deseables y prácticas y experiencias sexuales. Requerirá esfuerzo, disciplina y dedicación librarse de esos prejuicios que hemos, usando la jerga del psicoanálisis, introyectado. Es recomendable no frustrarse, perseverar y tener paciencia.
 
Esto nos lleva a la parte que puede resultarnos más útil de la obra Fromm, en la que nos habla de las cualidades que debemos trabajar para desarrollar el arte de amar. Como habréis podido comprobar en estas breves líneas Fromm nos interpela de forma profunda y que puede resultar dura, su apelación al altruismo, el conocimiento hondo de uno mismo y de nuestros seres amados, superando o al menos reconociendo los mandatos culturales introyectados, el respecto por el otro que implica negarse a la tutela o dominación y permitir su desarrollo tal cual es su naturaleza, aceptando las diferencias con la nuestra, renunciando a instrumentalizar a los otros para nuestros fines (por no hablar de la parte más metafísica, cuando apela la conexión con el centro del ser de otra persona); todo ello es raro en nuestra cultura y supone iniciar un proceso de perfeccionamiento que se tendrá que continuar toda la vida ¿Estamos dispuestos a intentarlo? Si es así serán de ayuda las siguientes consideraciones…
 
 
*Fragmento de un artículo más extenso que será publicado en La Proa del Argo
 



martes, 17 de mayo de 2016

Bienvivir, bienamar: nosotros en la edad del yo*

La sociedad de consumo, la otra cara del turbocapitalismo global que vivimos, nos presenta el mundo como una gran manzana que engullir, un conjunto de experiencias episódicas que hay que degustar y devorar sin pérdida de tiempo, antes que decaiga el brillo de la novedad. El modelo es el éxito, el objeto es el símbolo y la experiencia es el premio. La aparente cornucopia de placeres tiene el efecto contrario al deseado, un individuo infeliz y alienado de sí mismo, refugiado en la inconsciencia, que puede derrumbarse al menos traspiés. Sus relaciones afectivas, de existir, serán frágiles y superficiales. En este entorno adverso, el individuo debe reconstruir su capacidad de amar para satisfacer plenamente sus necesidades humanas.



Existe una impresión, que creo está muy generalizada entre la población, de que asistimos a un deterioro progresivo de las relaciones sociales en los llamados países desarrollados, impulsado por los cambios en los estilos de vida que nuestras sociedades han sufrido de forma acelerada en las últimas décadas. Sin embargo, no es fácil probar esto con datos, así, en España el número de hogares de menores de 65 años formado por una sola persona creció hasta casi triplicarse, un 271%, entre 1991 y 2011, y ha seguido creciendo a buen ritmo desde ese año. Sin embargo, que las personas vivan solas no tiene necesariamente que indicar un deterioro de sus relaciones sociales, aunque sí parece claro que la relación de pareja ya no es para toda la vida para una parte cada vez mayor de la población. Por otro lado, cada vez existen más estudios acerca del problema de la soledad, precisamente por la creciente preocupación en torno a esta cuestión, pero no disponemos de datos que nos permitan comprobar la evolución de este sentimiento con el tiempo. El informe La soledad en España señala que un 7,9% de la población mayor de edad vive aislada socialmente, de estos un 80% se sienten solos, pero solo un 60% de los que viven solos por decisión propia sienten la soledad, y solo un 50% de los que viven en compañía. El informe cita pistas que estarían denotando un aumento de la soledad

Otros indicadores que posiblemente estén dando pistas también del auge de la soledad son el aumento de la tasa de suicidios en España, así como el incremento de enfermedades mentales, ya que en el origen de muchas de ellas estarían estados solitarios previos.


Aunque la soledad es un fenómeno transversal, y uno de los grupos vulnerables son los jóvenes hasta 30 años, el grueso de los solitarios son mayores, lo que no resta validez a la argumentación que desarrollo en el artículo, dado que sentirse solo es sentirse no amado, y ello denota la escasa capacidad de amar de nuestra sociedad. Al fin y al cabo el cuidado está evidentemente relacionado con el amor, con preocuparse y ocuparse activamente por alguien. No es extraño pues que hayan disminuido drásticamente los nacimientos, salvo en los países que ofrecen fuertes incentivos económicos para ello, como Francia. En la actualidad, los hombres, y sobre todo las mujeres que declaran abiertamente no desear tener hijos reclaman lo que Zygmunt Bauman denomina derecho a ser reconocido, es decir, que se vea su elección como algo completamente normal:

Durante mis años fértiles, he tenido todo el tiempo del mundo para tener hijos. Tuve dos relaciones estables, una de ellas desembocó en un matrimonio que aún continúa. Mi salud era perfecta. Podría habérmelo permitido desde el punto de vista económico. Simplemente, nunca los he querido. Son desordenados; me habrían puesto la casa patas arriba. Son desagradecidos. Me habrían robado buena parte del tiempo que necesito para escribir libros.

Junto a este grupo, también reclaman su derecho a ser reconocidos los que se definen como asexuales. No seré yo quien se lo niegue, la libertad de elección, la igualdad y el derecho a una vida digna están por encima de cualquier consideración. Lo que intentaré será exponer los condicionantes sociales que hay detrás de todo este conjunto de fenómenos, que evidentemente los hay, solo podemos explicar la menor duración de la relación de pareja a través cambios sociales, como también solo podemos explicar de esta forma que el porcentaje de población que se declara asexual sea muy distinto en Japón que en los países occidentales:

una encuesta de la Asociación de Planificación Familiar de Japón (APFJ) mostró que 45% de las mujeres entre 16 a 24 años no estaba interesadas, o incluso rechazaban, cualquier contacto sexual

Nuestro punto de partida será por tanto la frase atribuida a Jean Paul Sartre “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él” ¿Y qué es lo que hicieron de nosotros? Hicieron que nuestra característica más definitoria sea la de consumidores, y ello tiene profundas implicaciones que ya explicamos. En la sociedad de consumo nos vemos a nosotros mismos como un producto en un mercado, pensamos en nuestras particularidades físicas, las habilidades y conocimientos que adquirimos o los productos que usamos, y su marca, como características que nos dan un valor de cara a establecer una relación con los demás. Y valoramos de la misma forma al resto de personas. El éxito es el modelo, en el sentido de ser un producto atractivo. Las relaciones amorosas no son una excepción a la regla, y esto ya lo percibió Erich Fromm tan pronto como en 1956, antes incluso del surgimiento de la sociedad de consumo. En su libro El arte de amar señala:

Toda nuestra cultura está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. La felicidad del hombre moderno consiste en la excitación de contemplar las vidrieras de los negocios, y en comprar todo lo que pueda, ya sea al contado o a plazos. El hombre (o la mujer) considera a la gente de una forma similar. Una mujer o un hombre atractivos son los premios que se quiere conseguir. “Atractivo” significa habitualmente un buen conjunto de cualidades que son populares y por las cuales hay demanda en el mercado de personalidad. […] De cualquier manera, la sensación de enamorarse solo se desarrolla con respecto a las mercaderías humanas que están dentro de nuestras posibilidades de intercambio. Quiero hacer un buen negocio; el objeto debe ser deseable desde el punto de vista de su valor social y al mismo tiempo, debo resultarle deseable, teniendo en cuenta mis valores y potencialidades manifiestas y ocultas. De ese modo, dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio.

El modelo es el éxito, y el objeto es el símbolo, aunque en realidad no sea más que un medio, una forma de mediar las relaciones humanas.

La acumulación de experiencias, junto con la adquisición de objetos de consumo, es la forma de “capitalizarse”, adquirir un valor de cara a los otros, invertir en uno mismo. Es la forma de posicionarse en el mercado de la personalidad donde los futuros amantes se validan intersubjetivamente y esperan realizar un buen intercambio, encontrar un compañero de igual o mayor valor de cambio que ellos mismos.

No es difícil observar que esto es problemático de cara a las relaciones humanas, si concebimos nuestras relaciones en función del coste y beneficio, como una transacción ¿que pasa cuando un miembro de la pareja percibe que su valor en el mercado ha subido, por ejemplo por un ascenso, nuevas habilidades, envejecer mejor que su pareja? El intercambio ya no le resultará provechoso, en consecuencia buscará otro, romperá su relación y buscará otra que se adecue mejor a su valor de mercado.

Incluso los medios a través de los cuales intentamos adquirir “valor de mercado” pueden convertirse en un fin en si mismos, y hacer todavía más frágil la relación ¿Que ocurre cuando descubrimos que nuestras experiencias no están a la altura de la publicidad?

Últimamente las expectativas de la vida sexual son tan altas que nos han vuelto desdichados, losers, eyaculadores precoces, demandantes de cirugías plásticas vaginales o alargamientos de pene, aspirantes a utilizar técnicas que ni las geishas más experimentadas dominan, catadores profesionales de practicas sexuales en busca de aquella que “si sea para tanto”

¿No buscaremos nuevas experiencias? ¿Alguien que nos permita adquirir más “capital”?

Cuando percibimos que nuestras relaciones se basan en el equilibrio entre coste y beneficio, que son frágiles, tomamos precauciones al respecto, intentamos no “invertir” demasiado en ellas, estar preparados para disolverlas de forma rápida y poco traumática. En palabras de Zygmunt Bauman en su obra Amor líquido

Por supuesto, un relación es una inversión como cualquier otra, ¿y a quién se le ocurriría exigir un juramento de lealtad a las acciones que acaba de comprarle al agente de bolsa? ¿Jurar que será semper fidelis, en las buenas y en las malas en la riqueza y en la pobreza, “hasta que la muerte nos separe”? ¿No mirar nunca hacia otro lado, donde (¿quién sabe?) otros premios nos esperan?

Nos esperan otros premios, pero no necesariamente la felicidad volviendo a Amor líquido

Comprometerse con una relación que “no significa nada a largo plazo” (¡y de esto son conscientes ambas partes!) es una espada de doble filo. Eso deja librado a su cálculo y decisión la posesión o el abandono de la inversión, pero no hay motivo para suponer que su pareja, si lo desea, no ejercerá a discreción el mismo derecho, y que no estará libre para hacerlo a él o a ella se le antoje. La conciencia de ese hecho aumenta aún más su inseguridad.

La vorágine consumista tiene una cara siniestra, la necesidad de estimular constantemente el deseo, lo cual se consigue devaluando la experiencia anterior. Ni siquiera de la acumulación de experiencias, o capital personal, podemos esperar gran cosa. Como ya señaló Aldous Huxley, a pesar de la fiebre de nuestra sociedad por los inventos, no hay señales de que estos inventores deseosos de aumentar los dígitos en su cuenta corriente sean capaces de inventar una experiencia nueva que no haya acompañado a la humanidad a lo largo de toda su historia.

El amor y la felicidad están por tanto bajo sospecha, no parece que la nuestra sea una sociedad donde sea sencillo alcanzarlos. Es un problema que en gran parte tiene un origen social, por consiguiente la mejor forma de atajarlo sería socialmente ¿cómo? Tendríamos que pensar en una sociedad menos individualista y que al mismo tiempo permita el desarrollo auténtico de las potencialidades individuales, dado que en el presente el individualismo es un decorado detrás del cual se esconden individuos idénticos, que actúan y piensan de la misma forma y se diferencias en pequeños detalles sobre sus hábitos de consumo. Nadie sabe como puede ser esa sociedad, aunque desde Autonomía y Bienvivir hemos lanzado una hipótesis.

A pesar de las dificultades, en lo que seguirá trataré de alumbrar, tímidamente, una respuesta adaptativa, individual (no podemos vivir de espaldas a nuestra sociedad) a lo que el resto considera bueno o aceptable. La respuesta individual, siendo limitada, no puede evitar ser disruptiva. Amar, en una sociedad en la que esto es raro, puede inducir cambios que vayan más allá de lo que podemos predecir. Nadar contra la corriente no deja de ser disruptivo, aunque se trate de una gota en un océano, si más gente siguiendo nuestro ejemplo se lanza al agua ¿quién sabe si todos juntos serán capaces de cambiar el sentido en el que fluye la corriente? No hay alternativas, solo intentarlo.


Siguiente artículo de la serie Bienvivir, bienamar: el arte de amar

 
*Fragmento de un artículo más extenso que será publicado en La Proa del Argo