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martes, 14 de noviembre de 2017

La RDA y su fenómeno de solidaridad.

Son las siete y media de la mañana, un día a finales de noviembre. La escarcha en los campos brilla a la luz de las farolas de la carretera. Ando rápido con la bufanda delante de la boca, cuesta arriba en la acera al otro lado de la calle que me separa del campo abierto. A mi izquierda casas unifamiliares con jardines de diseño pragmático, casi lacónico. Enanos de yeso, hiedra abraza las zarpas y escalones de piedra arenisca, abetos plateados, manzanos huesudos, abedules cuyas hojas amarillas están caídas, aun sin ser recogidas del césped, corto y simétrico.

Después de dos kilómetros de marcha rápida llego al colegio. Tengo 11 años, soy alumno del colegio primario politécnico Nr.81 “Robert Weber” en Dresde. Mi nariz empieza a soltar moco líquido y a medida que mi cara entra en calor comienzo a tener la típica sensación de fiebre que dura unos diez minutos. La primera clase del día es “Staatsbürgerkunde” (en inglés coincide bastante con el concepto de “civics” , se podría denominar educación para la ciudadanía).

Todos de pie ejercemos el saludo obligatorio de cada mañana con la mano abierta enzima de la cabeza. El profesor dice en voz alta: ¿Para paz y socialismo, estáis listos? Respondemos en perfecta sincronía en coro: “¡Estamos listos!” …emocionante. La unidad y disciplina colectiva que genera este saludo crea solidaridad en los retos del aprendizaje entre los alumnos durante casi todo el día, pero hay un problema: rechazo por instinto la unidad sentimental forzada. Soy uno de tres en la clase de 26 que solo mueven la boca en el saludo pero no les sale ningún sonido. Los tres somos amigos. Nos une la resistencia silenciosa contra un reglamento moral impuesto. La profesora, una señora que sobrevivió al bombardeo ingles del 13 de febrero 1945, tiene peluca rubia y una barriga apretada en unos pantalones de cuero lacados. Comienza la clase: “Hoy os presento otro personaje importante en la lucha contra la decadencia y la amenaza imperialista. Rosa Luxemburgo, una valiente activista que luchó con mucho coraje. Es un gran ejemplo para la lucha por la libertad democrática de los pueblos y los valores socialistas y anticapitalistas. Se hizo imprescindible en el movimiento del proletariado socialista y …”. Siguen 45 minutos de homenajes superlativos, emotivos y épicos sin dar ninguna referencia concreta a sus textos. Hoy sé, porque he leído algunos textos suyos, que Luxemburgo jamás hubiese tolerado tal adoctrinamiento simplista.

El estándar, lo normal, la uniformidad estaba por todos lados en esta época de mi vida. Tenía la misma ropa que el hijo de mi vecino. Comíamos los domingos todos lo mismo en todas las familias. Pollo asado o redondo de ternera u otra cosa que daban los supermercados, carnicerías y pasteleros estatales en aquel momento. 

                                           Día de la República, llegada de los tractores en la cooperativa agricultura estatal de un pueblo 

Obviamente se hacía un gran esfuerzo por parte de las instituciones (ministerio de cultura y educación, liderado por la esposa de Honecker, Margot) para atender al deseo normal de expresión individual de la gente. La competición amistosa en el ocio era el canal de expresión para la individualidad pero solo bajo un denominador común que era el “anticapitalismo y antimperialismo”. Juegos de atletismo, eventos culturales, literatura, música, absolutamente toda actividad cultural llevaba la connotación ideológica del estado. Usualmente con banderas y simbolismos evidentes como el "martillo y circulo en la corona de púas" o claveles rojos para el ganador de una competición o la paloma blanca como símbolo de la vuelta de ciclismo “Friedensfahrt” (vuelta por la paz). Las discográficas estatales "Amiga" y "Eterna" lanzaron series muy completas de música jazz de origen afroamericano, instrumentalizando el trasfondo esclavista para hacer propaganda antifascista y antiracista. En muchas familias hubo una colección de discos de música jazz y clásica de varios miles de vinilos. Como el Rock/Pop/Funk era un producto de la cultura imperialista decadente y como tal prohibido, se tenia que compensar y fomentar otro tipo de música entre la población.

Mi madre, gitana polaca de nacimiento y amante de la filosofía espiritual de Grigori Rasputin, no tenía sitio en esta sociedad de un régimen que pretendía estar libre de contradicciones ideológicas y así fue que nuestros mejores amigos no eran los altos funcionarios del partido sino los vecinos judíos. Judíos que decían que a pesar de todo lo malo que les había ocurrió como pueblo, también jugaban un papel importante en su genocidio los traidores en las propias filas. Y un judío que critica con matices a los suyos y una gitana que no comprende el racionalismo ateo de Marx eran como arena en el engranaje ideológico de la "República Democrática de Alemania".

                                                     Erich Honecker, Margot Honecker, Nieto: Roberto Yañez, Hija: Sonja Honecker

Es fácil imaginar que las personas tienen mucho más que aportar desde su biografía que cualquier sistema político normativo que una nación pueda albergar. Una República democrática es igual de limitada en su tolerancia que cualquier dictadura si solo se define a través de imágenes de enemigos en común y recurre a despreciar la actuación de los que están fuera del sistema, y sin un examen sobre los propios retos, objetivos, características y una exigencia ética que no puede justificar su imperfección con la, aun peor, ética del otro.

De niño se vivía bastante despreocupado, la seguridad social era 100%. El hecho de que los padres no sufrían miedos existenciales a hipotecas que no pueden pagar o a perder el trabajo, se traspasaba a una tranquilidad de base en los niños. Pero entonces ya era consciente de que esta despreocupación tenía un precio muy alto que pagaba la comunidad entera de la RDA con restricciones intolerables de libertad de expresión, movilidad geográfica y vigilancia secreta por amigos y familiares que actuaban de espía y soplón para la STASI. 

Siendo alguien que le gusta mucho saltarse la reglas, pronto me di cuenta que las consecuencias de saltárselas eran nefastas. Por ejemplo, montamos un mercadillo clandestino con revistas occidentales de música pop, chicles de la república checa y vinilos y casetes de Depeche Mode, Sandra y otros. El día que nos pillaron, estoy seguro, se crearon tres actas familiares mas en los registros de la STASI si no estaban antes por la indisponibilidad de mi madre a hacerse miembro del partido gobernante SED. Fuimos suspendidos una semana del colegio. En esa semana tuvimos visita en casa, primero de la directora del colegio y luego de dos señores desconocidos que hablaron mucho tiempo con mis padres en la mesa de la cocina y luego conmigo. Les conté la verdad, que las revistas llegaban en los paquetes que mandaba la abuela desde Stendal durante el año. Los jubilados que vivían cerca de la frontera tenían permiso para viajar a occidente 2 o 3 veces al año (sin pernoctar).

Después la solicitud de una linea de teléfono fijo nos fue cancelada. Los viajes de vacaciones estatales al mar báltico de todos los meses del verano fueron anulados y mi padre de un día para otro no tenia un Opel Record sino un Scoda MB1000. Mi hermano fue de golpe rechazado en la escuela de ballet "Gret Palluca" aunque había sido admitido previamente (luego en 1990 volvió a presentarse y acabó los estudios superiores de bailarín clásico). 

Todo por mi culpa. Hoy se que fue el método para crear división entre la gente. Hacer pagar a una gran cantidad de personas por una violación de reglas que ha cometido una sola.

Vemos que por mucho que una ideología se dote de valores moralmente positivos como la libertad. la democracia, la igualdad y la educación, no puede funcionar si por debajo se esconde el afán absolutista. El absolutismo, normalmente nacionalista, insiste con una retorica romántica, que todos deberíamos tener claro quien es el gran enemigo y quien es el único que representa los buenos valores de la democracia. Se chantajea la conciencia de la gente con la siguiente dialéctica. "¿Tú no quieres ser demócrata, libre y buena persona? Pues si no te apuntas a lo nuestro eres mala persona y solo miras por ti mismo, los únicos que queremos libertad y democracia somos nosotros. Somos los únicos en el mundo que somos capaces de comprometernos con estos valores".

                                                                   Casal de acampada de los pioneros "Ernst Thälmann"

La democracia es solo una herramienta. No es ningún valor con el que se puede calificar a una persona. Pero los absolutistas hacen uso de este termino para cualificar o descalificar a personas a nivel moral e incluso muy personal con amenazas. 

En el año 1987 se produjeron varias reuniones entre Gorbachov, Kohl y otros lideres de occidente. El caso era que Alemania occidental y Gran Bretaña tanto como la URSS y la RDA estaban muy mal económicamente. De forma muy resumida se negoció la abertura del telón de acero y el fin de la guerra fría con la abertura de las fronteras entre los dos estados alemanes.

El 90% de la Industria y producción agrícola de la RDA fue subrogada a inversores alemanes occidentales a precios en muchas ocasiones tan solo simbólicos. Un win-win. La casta política de la RDA ha podido escabullirse de una tragedia social y económica al no tener que responsabilizarse por la miserable infraestructura que dejó el sistema de economía planificada. Su gobierno salio del lío como victima idealista y naif, teniendo aun hoy, mucha gente a su lado. Por otro lado, la nefasta economía occidental ha tenido la gran oportunidad de invertir en nuevos negocios y de llegar a 15 millones de nuevos consumidores, hambrientos por los productos occidentales. La expropiación civil del año 1949 se anuló y los hijos o nietos pudieron reclamar su vieja herencia (casa, campos, manufacturas).

Una gran parte de la población quería un estado nuevo y transitorio para la RDA. Un nuevo socialismo sin corrupción ni espionaje civil. Pero su voz no tenia partidos y por tanto ningún reflejo parlamentario, tampoco interesaba a los fuerzas externas que ya habían definido el destino y la agenda para la anexión completa del estado ex-comunista alemán. La burocracia capitalista estiró sus ocho brazos de pulpo y ahogó cualquier propuesta para un estado mejor con falsas promesas de prosperidad infinita y libertad absoluta, bien fundadas en las formulas incomprensibles y esotéricas de la escuela de economía política de los años 70. Simplemente no era el plan volver a intentarlo. 

A la gente se les había permitido manifestarse para la re-unificación de Alemania desde 1988 porque era nulo su impacto, ya fue decido años atrás que así lo fuera. Cuando entre 1990 y 1995 las voces criticas en las masas aumentaban y exigían cada vez mas, ya no había policía, ni cuerpo militar, ni profesores, ni instituciones que les escucharan. Simplemente fueron ignorados. En esa época, Alemania oriental parecía un paraíso para anarquistas. Montamos clubes de música tecno, exposiciones, conciertos, cines de fumadores con bar con sesiones eternas de Tarkovski, Lang y Tarantino, de los que no se sabia si eran ilegales o no porque no había órganos públicos en ningún sitio. Nos drogamos muchísimo. En las escuelas no había libros porque los viejos habían caducado por su contenido manipulado y los nuevos aun no estaban impresos. Hasta 1995 el capitalismo no logró del todo infiltrar la regulación publica a su conveniencia.

Desde entonces sé que cuanta mas libertad del mercado se permita, mas burocracia tiene que haber para la gente que ha de ser protegida de su salvajismo. A cambio, la burocracia que controla el libre mercado es mucho menor en recursos que una que proteja a la gente de él, con cada matiz personal que puede haber en las subculturas socio-económicas. 

Mucha gente de la RDA dice que vivía bastante feliz a pesar de las restricciones y controles. Me hace pensar mucho sobre qué es la libertad. ¿Podría ser que libertad no es la infinita posibilidad de escoger sino mas bien un campo limitado en el que uno se puede mover, pero profundizar dentro de esas posibilidades? ¿No tenemos siempre un limite cuantitativo en la vida de alguna manera? ¿No es libertad realmente la posibilidad de mejorar el aspecto cualitativo de la vida y no crear mas posibilidades cuantitativas simplemente para que las haya?  La gente de la RDA decía que lo que les hizo ejercer solidaridad y por tanto sentirse unidos y felices no eran las pautas morales del estado sino la carencia de recursos y la limitación del desarrollo individual en el ámbito profesional. 
La escasez material resultaba en una abundancia social.

lunes, 28 de agosto de 2017

El difícil camino hacia una sociedad alternativa

Seamos responsables, y mantengamos viva la llama del cambio.




Después de las vacaciones y tras el inevitable regreso a la rutina, con la impresión de comenzar un nuevo ciclo, suele ser habitual hacer un pequeño balance del pasado y marcarnos unas metas para el siguiente curso.

Personalmente, cuando echo la vista hacia el pasado inmediato, me llama mucho la atención la disonancia entre los mensajes que nos llegan a través de la publicidad, los medios de comunicación de masas o las instituciones del Estado y el sentimiento de las personas que tengo a mi alrededor. Hace apenas diez minutos, cuando hacia cola para pagar en el supermercado, la portada de una revista llamaba mi atención con la promesa de una receta segura hacia el éxito. La portada anunciaba que en su interior encontraría los secretos de la felicidad de una determinada famosa, bastante guapa, que no conozco (pero supongo que es famosa, el titular de portada estaba redactado presuponiendo que los potenciales compradores sabíamos quién era) ¿Debemos serfelices? Pocos se cuestionarían este axioma moderno aunque no se sientan atraídos por las recetas de bricolaje mental y corporal que afirma aplicar con un éxito sospechosamente ostentoso la celebridad de turno. Pero esa es la cuestión, es fácil percibir la fuerte disonancia entre esta exaltación mediática de la felicidad y la realidad que nos rodea ¡Cambio! Todos piensan que el cambio es inminente, ya que se hace dolorosa y perentoriamente notorio que las cosas no pueden continuar así: “es la deshumanización”, “es la tecnología”, “es el capitalismo”, “es España”, “son los racistas”, “son los machistas”, “son los islamistas”, “es el 1%”, pero pretendemos aplicar soluciones individuales a problemas sociales, y a veces el bricolaje de autosuperación se queda corto.

Se percibe un gran deseo de cambio, un gran hastío con la situación presente, con un mundo que nos arroja a la cara modelos de felicidad mientras conspira entre bambalinas para hacer que sean inalcanzables. Pero siempre que pienso en ello recuerdo las palabras de Zygmunt Bauman sobre el movimiento 15M, “les falta pensamiento” decía, “pueden coincidir en lo que está mal, pero son incapaces de ponerse de acuerdo en cómo cambiarlo”.

Este es el marco dentro del que nos movemos aquellos que hemos hecho de la sostenibilidad nuestra bandera, y que somos críticos con el crecimiento económico. Los que pueden incluirse, a pesar de su enorme diversidad, en ese gran paraguas llamado decrecimiento, más el grupo, para nada despreciable, que yo denomino de colapsistas nihilistas.

Mirando hacia atrás, y al menos por mi experiencia dentro de Autonomía y Bienvivir, este último curso académico ha sido de maduración más que de crecimiento en los movimientos por la sostenibilidad. Algo que no debería extrañarnos, desde una perspectiva sistémica. En efecto, la teoría de sistemas postula la existencia de “tipping points” o puntos de inflexión, momentos en los que el cambio, que había estado represado, parece desbordarse y de forma súbita se logran grandes avances.

La crisis financiera de 2008 ha constituido sin duda uno de tales puntos de inflexión, momento que propició un crecimiento considerable de los movimientos en busca de la sostenibilidad. Pero las administraciones públicas, a lo largo y ancho de todo el globo, parecen haber estabilizado la situación, sin ser capaces, eso hay que reconocerlo, de lograr que la economía recupere el dinamismo y la frescura anterior a la crisis. Los bancos centrales, y sus políticas monetarias no convencionales, han tenido un éxito mayor del que esperábamos, y si bien las rentas del trabajo continúan estancadas o descendiendo, han logrado (salvo contadas excepciones como Grecia o España) que la población mantenga el acceso a una renta que les permita seguir con sus labores de bricolaje mental y corporal en busca del autoperfeccionamiento que les conducirá a la ansiada felicidad.

Mientras tanto, las fallidas previsiones de miembros relevantes de la Asociación para el Estudio del Pico del Petróleo y del Gas (ASPO), como Jean Laherrere, respecto al cénit de extracción de todos los líquidos del petróleo



o de miembros destacados de la comunidad crítica con la economía del crecimiento, como Gail Tverberg, respecto al declive en la energía neta disponible para uso social




han supuesto un pequeño revés, especialmente para aquellos que deseaban, de forma inmediata, otro punto de inflexión que nos llevase en volandas hacia el cambio.

En realidad esto ha podido ser una suerte, porque viendo el auge de partidos políticos y movimientos sociales que ha propiciado la crisis, así como los debates que ha suscitado, quizás todavía queda mucho camino por recorrer para dar un paso tan grande como el que reclamamos, que es nada más y nada menos que un cambio de civilización.

Las “visiones del mundo”, los valores e ideas con los que la mayoría de la población racionaliza su comportamiento continúan sin estar alineados con la autocontención, la sobriedad y la participación en la comunidad.

Sin embargo, tras la crisis financiera de 2008 hemos visto surgir numerosas iniciativas que en los terrenos de la energía, la alimentación o las finanzas se han postulado como alternativa al business as usual, ese modo de hacer que busca maximizar la rentabilidad y producir al menor coste posible, privatizando los beneficios y dejando al resto ocuparse de las consecuencias indeseadas. Podemos acceder a algunas de estas iniciativas en la plataforma mecambio.

Es cierto, sería un error pensar que se pueden encontrar soluciones individuales a problemas colectivos, y que con variar nuestros patrones de consumo cumplimos con nuestra parte en el proceso de cambio. Sin embargo, la simplicidad voluntaria es útil. No somos homo oeconomicus que se rijan exclusivamente por los precios de mercado. Los valores y los marcos conceptuales son los que guían nuestro comportamiento. Dejando de consumir, o cambiando nuestros patrones de consumo, no hacemos que otros consuman más, al contrario, con nuestro ejemplo, si unimos a la acción la necesaria componente divulgativa, y al igual que los cristianos, vamos “predicando”, estamos contribuyendo de una forma significativa al cambio. Las personas necesitan vías de acción en las que plasmar sus creencias, ofreciendo a nuestros allegados soluciones hacia la sostenibilidad contribuimos también a que sean más críticos con los comportamientos insostenibles y con el exceso de consumo. En definitiva, contribuimos a que cambien su visión del mundo.

Los cambios de conciencia a nivel individual, podrían dar lugar, con el tiempo, a normas sociales. Al mismo tiempo, nuestros patrones de consumo, son recursos de los que dotamos a las cooperativas y otros actores de la economía social y solidaria. Estos actores, al empoderarse gracias a nuestro comportamiento, son cada vez menos dependientes del business as usual, en consecuencia se va creando una red de personas que son capaces de medrar a través de comportamientos contrarios al sistema, y ello va siendo percibido por el conjunto de la población como una opción viable de vida. Finalmente, este conjunto de personas, exige políticas coherentes con sus valores a los responsables políticos.

Nuestra opción es actuar en todas estas dimensiones a la vez, observando lo que ocurre y modificando nuestras acciones en función de los resultados, pero a mi juicio hay un gran potencial en la divulgación de soluciones parciales. La tecnología juega a nuestro favor en este momento, ya que nos permite crear un procomún de información que contrarreste el dominio, hasta hace poco tiempo absoluto, de los intereses particulares en este ámbito. Cada blog y cada grupo de Facebook, nuestros twetts, son importantes y valiosos, no hay que tener duda de ello. Nuestro ejemplo y nuestro discurso hacia los más cercanos también, especialmente cuando ofrecemos alternativas muy concretas.

Y todo esto, en mi modesta opinión, no es ni mucho menos suficiente. Estamos en pañales respecto a tener un marco propicio para el cambio. Y sin embargo hay que ser humilde, reconocer la complejidad, y hacer siempre lo mejor, dentro de lo posible. Surgirán nuevas iniciativas, nuevas soluciones, nuevas ideas, y nuestra misión es amamantarlas y acunarlas tratando que no mueran de hambre. Habrá nuevas soluciones creativas, y las que ya hay seguirán creciendo.

El ejemplo de Milton Friedman nos puede resultar muy esclarecedor, junto a un pequeño grupo de personas influyentes altamente comprometidas fue capaz de hacer una revolución. Él dijo

Sólo una crisis (real o percibida) produce un cambio real. Cuando esa crisis ocurre, las acciones que son tomadas dependen de las ideas que hay alrededor. Lo que, creo, es nuestra función principal: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y disponibles hasta que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable.

El siguiente punto de inflexión, la siguiente crisis, llegará, sabemos que lo hará, aunque es prácticamente imposible predecir el momento. Lo que mantengamos y lo que creemos ahora, aunque sea a nivel germinal, será lo que pueda desarrollarse en ese momento.

Ahora, más que nunca, la responsabilidad y el compromiso debe guiarnos en nuestro camino, poco apasionante según las visiones del mundo ortodoxas, esas que son incapaces de nutrir individuos felices. Sigamos el camino difícil, el que da sentido a vivir, el que da alegría al corazón y al alma.

lunes, 10 de julio de 2017

Por una nueva relación campo-ciudad

Al hablar de la relación entre el campo y la ciudad lo primero que nos viene a la cabeza es una dicotomía, una encrucijada ante la que debemos elegir o que se plantea como una oposición. De igual modo es un tópico histórico hablar del conflicto campo-ciudad, como es habitual el lamento por la despoblación rural. Sirvan de ejemplo dos referencias actuales: el programa de Jordi Évole Tierra de nadie, o el reciente éxito editorial de Sergio del Molino La España vacía. Este último libro nos da algunas pistas sobre las características peculiares de este asunto en nuestro país. No obstante, se trata de un fenómeno que ha acompañado a todas las sociedades del mundo a medida que se ha ido imponiendo la industrialización y el comercio a larga distancia. La dislocación entre campo y ciudad puede rastrearse incluso en la alta edad media, como nos recordaba Kropotkin en El apoyo mutuo:

"El error más grande y más fatal cometido por la mayoría de las ciudades fue también el basar sus riquezas en el comercio y la industria, junto con un trato despectivo hacia la agricultura. De tal modo, repitieron el error cometido ya una vez por las ciudades de la antigua Grecia y debido al cual cayeron en los mismos crímenes. Pero el distanciamiento entre las ciudades y la tierra las arrastró, necesariamente, a una política hostil hacia las clases agrícolas, que se hizo especialmente visible en Inglaterra durante Eduardo III, en Francia durante las jacqueries (las grandes rebeliones campesinas), en Bohemia en las guerras hussitas, y en Alemania durante la guerra de los campesinos del siglo XVI."

Reclama medidas útiles para luchar contra la despoblación rural en España

La transformación agresiva del entorno rural y su despoblamiento en épocas más recientes se debe sobre todo al mencionado proceso industrializador unido al comercio a larga distancia. En España no son pocos los conflictos socio-ambientales planteados por el moderno desarrollismo a lo largo de nuestra geografía. Sin embargo no suele identificarse claramente el origen político de ese desarrollismo y de esa despoblación. De hecho a menudo sus principales promotores recaban un apoyo mayoritario en las zonas rurales a pesar del abandono que sufren estas y a pesar del lamento por la despoblación. Uno de los motivos para esto es que la derecha conservadora siempre ha tratado de halagar al campo, ensalzando sus tradiciones y costumbres, como caladero de votos. Es lo que hizo, por ejemplo, el carlismo, buscando ganar apoyo en el campo ante sus dificultades para imponerse en la corte, o lo que posteriormente hicieron los diversos nacionalismos. Pero se trata de un problema principalmente occidental, no sólo español. Los conservadores británicos, franceses o estadounidenses, por ejemplo, también se han apoyado en el mundo rural y en las zonas menos centrales de esos estados, y siguen haciéndolo, como se ha visto en las últimas elecciones de estos países sin ir más lejos.

La derecha moderna es la primera y la más profunda promotora de fenómenos como el desarraigo, la despoblación rural, el desarrollismo, la globalización y el abastecimiento en cadenas de distribución de larga distancia, y en realidad siempre ha tratado con desprecio y ninguneo al campo, un campo del que sólo se acuerda en las excursiones electorales y para poner alguna acera o alguna farola mientras socava los cimientos vitales sobre los que se sostiene la vida rural. Y es que la derecha actual es sobre todo liberal. Al igual que por la izquierda tenemos liberales con tintes socialistas, (la llamada tercera vía), por la derecha tenemos liberales con tintes conservadores, interesados en conservar sobre todo las jerarquías y el elitismo, no la forma de vida rural, ni mucho menos el medio natural en el que se desenvuelve esta. Esta derecha se ha vertebrado en torno al poder económico y a los negocios, que con el tiempo han terminado por laminar las antiguas diferencias entre conservadores y liberales con el lubricante balsámico del beneficio en el que ahora participan los herederos de los caciques por medio del capitalismo de amiguetes.

Por su parte los liberales ribeteados de socialismo también han sido apaciguados por la vía del dinero con buenos sueldos para los dirigentes y puestos en consejos de administración, y con similares premios aunque de menor relevancia para el resto de la estructura de los cargos. Sus partidos funcionan como agencias de colocación que no cuestionan el mercado y que, en el fondo, dependen de que este vaya bien. En realidad la izquierda se ha estructurado desde sus inicios como una reacción al capitalismo sin cuestionar algunos principios liberales fundamentales que definían una concepción de la economía parcial, interesada y poco realista a largo plazo, y por lo general ha sido firme partidaria de la industrialización indefinida y del crecentismo.

El liberal-socialismo de nuestros días ha renunciado incluso a esa forma viciada de buscar una transformación social para limitarse a la defensa de algunas políticas sociales con los beneficios obtenidos de un mercado al que se hacen concesiones legales y del que se depende cada vez más. De hecho han sido la segunda pata del avance de la globalización comercial, y actúa en perfecta connivencia con las multinacionales que no sólo se basan en el mercado sino en el predominio de un tipo de mercado opuesto a la pequeña empresa y al consumo local.

Igualmente el liberalismo de ambos matices ha promovido la financiarización de la economía que pone los beneficios de la especulación por delante de la soberanía alimentaria y de la autonomía de los pueblos mediante el acaparamiento de tierras que, desde los inicios del capitalismo hasta nuestros días, empuja el despoblamiento rural, el desarraigo, la dependencia del mercado global, el desarrollismo sin miras y el desprecio a las formas de vida basadas en la producción local.

Si alguna corriente ideológica puede encarnar los intereses de fondo de quienes viven en y del campo esta es la poco considerada ecología política. La apuesta por la producción local, la pequeña escala, un ritmo de vida en armonía con nuestra propia naturaleza, la sostenibilidad de la que dependemos todos pero cuyo deterioro los agricultores perciben de primera mano, todo ello sobre la primacía del rendimiento, son criterios que sintonizan con la base cultural necesaria para una revitalización del mundo rural.

Pero aquí encontramos la paradoja de que a menudo existen recelos, malentendidos o incluso conflictos entre el mundo del campo y el ecologismo. Con frecuencia encontramos un desencuentro entre el conservacionismo y los intereses de agricultores y ganaderos: lobos que diezman rebaños sin que los pastores vean justamente recompensado el perjuicio; daños ambientales de la caza, (una práctica con más arraigo en el campo); lindes de parques naturales que rivalizan con los pastos; normativas ambientales que pueden dificultar el desempeño habitual o requisitos para el etiquetado que en ocasiones dejan a los pequeños productores en desventaja respecto a las grandes empresas.

Sería deseable que se generalizase un mayor diálogo y comprensión mutua para promover soluciones emergidas del mismo. Porque en realidad estos son problemas menores si los comparamos con los cambios profundos que está provocando el crecimiento económico, unos cambios que, por otro lado, los pequeños agricultores perciben de primera mano, como los efectos del cambio climático, la erosión de los suelos, la pérdida de biodiversidad, la expansión de la agricultura y la ganadería intensivas, la competencia desleal de multinacionales subvencionadas o que pueden hacer dumping, la desertización y la falta de agua, etc.

 http://www.ecologistasenaccion.org/article91.html

En el Sur global los campesinos lo ven de otra manera y la ecología forma parte central de la reivindicación rural con mayor frecuencia, quizá porque el choque entre grandes multinacionales y formas de vida que mantienen su arraigo en el campo ha sido menos gradual, más violento y con un mayor contraste. Esto ha dado lugar al llamado ecologismo de los pobres, expresado en innumerables conflictos socio-ambientales en cuya denuncia se ha implicado la población y cuya represión ha sido también más cruenta.

Por otra parte, quienes queremos que prevalezca una mayor sostenibilidad tenemos que desestimar el ambientalismo que sólo busca un lavado de cara verde al modelo actual. Quizá también habría que hablar de liberalismo con tintes ecologistas en la medida en que sólo se planteen nuevas formas de hacer lo mismo sin proponerse cambios en la actual organización política de la economía, origen de los males ecológicos. Tras muchos años de ecologismo infructuoso o insuficiente, la conciencia generalizada sobre los problemas ambientales necesita dar el paso decisivo de cuestionar el modelo económico y las formas de producción que renuevan la insostenibilidad a pesar de cada avance en eficiencia y en las normativas ambientales; asumir que no se está haciendo realmente una apuesta ecológica si no se da un cuestionamiento a este nivel, tanto en la teoría económica, como en la política y en la práctica diaria.

Por ejemplo, fijándonos en las características de la empresa, y no sólo en las del producto: eligiendo cooperativas sin ánimo de lucro en un modelo de producción local y colaborativo, (en lugar de conformarnos con etiquetas sobre los insumos utilizados en el caso de la alimentación). O valorando las formas de distribuir y de compartir lo necesario: fomentando el procomún. Y sobre todo tratando de incidir en la política económica en todos los niveles para favorecer un modelo que no dependa del aumento constante del consumo de recursos para renovar la inclusión.

Como vamos a ver, este enfoque aplicado al consumo alimentario puede servir, además, para aliviar la contraposición entre campo y ciudad. Planteada esta dualidad como conflicto, este se da también dentro de nosotros mismos, y pervive especialmente enraizado en España por lo que Sergio del Molino llama el Gran Trauma: una inmigración masiva hacia las ciudades forzada en muy pocas décadas.

 

Dejando a un lado los motivos puramente económicos y el azar personal que nos fuerzan a uno u otro modo de vida, cabe preguntarse cuál de los dos elegiríamos si pudiéramos hacerlo o cuál nos parece el más adecuado. ¿Hay más opciones?

En cierta medida desde el campo se ha admirado y deseado la libertad, la variedad, la concurrencia social, la algarabía (o incluso el bullicio) que se puede encontrar en las ciudades, y en ocasiones se ha vivido esta admiración con un complejo complementario al desprecio que algunos urbanitas han manifestado por la figura del aldeano. Del otro lado, es habitual una añoranza del campo por parte de muchas personas que viven en la ciudad y que sufren lo que algunos psicólogos llaman trastorno por déficit de naturaleza. Para ambos ambos casos es de suponer que las carencias sostenidas en el tiempo acaban idealizando aquello de lo que se carece.

El hartazgo de los problemas urbanos, por ejemplo, en ocasiones ha dado lugar al neorruralismo, el intento de volver a vivir en el campo por parte de quienes han crecido en la ciudad, pero este movimiento no siempre resulta consistente. Sergio del Molino nos dice en su libro que su (informal) investigación sobre el tema le ha dejado la impresión de que mayoritariamente desemboca en una decepción más o menos dura según los casos. Probablemente en estos fracasos o decepciones tenga mucho que ver el hecho de que la vida en el campo se siga desarrollando de un modo individualista. Aunque tampoco resulta sencillo sacar adelante proyectos eco-comunitarios.

Si buscáramos la forma de vida para la cual nuestra naturaleza está constituida tendríamos que remontarnos a la época en la que ha vivido nuestra especie durante el 90% de su tiempo en la tierra: una vida nómada en comunidad, algo ya imposible de generalizar como modo de vida y que además requeriría un intenso proceso de aculturación. (De aquella vida sólo nos queda el consuelo -aunque suene cómico- de poder hacer de vez en cuando un treking en grupo, que al prolongarse durante varios días caminando en campo abierto, nos trae remembranzas de una vida tribal, como la satisfacción de descubrir juntos un valle nuevo para los viajeros que así conviven durante ese tiempo, o la de alcanzar un objetivo común en esa itinerancia).

Pero dejando a un lado lo difícil o lo imposible, podemos pensar en nuevas formas de solucionar este desencuentro entre el campo y la ciudad que, en realidad, lo es con nosotros mismos. Ya hace décadas que empezó a fraguarse un modelo de consumo agroecológico a través de cooperativas de consumo que ponen en relación a productores y consumidores, y que en muchos casos implica a todos ellos en la producción. Esta forma de vinculación, aún muy minoritaria por ahora, podría ser el germen de una nueva relación campo-ciudad que iría más allá de un encuentro comercial para, idealismos al margen, de un modo pragmático, establecer una nueva complicidad entre ambos mundos que, eso sí, tendría implicaciones políticas transformadoras si se generalizase (como nos explicaba Esther Vivas en este artículo). Al menos en los casos en los que se lleva a cabo de un modo participativo, que trasciende la relación entre productor y cliente, este modelo puede proporcionar una vivencia compartida, una convivencia sanadora, y en cualquier caso abre una vía para la revitalización de las zonas rurales.

Estas iniciativas se enmarcan dentro del paradigma de la soberanía alimentaria, la potestad para organizar con autonomía local la política agraria de acuerdo a criterios de seguridad alimentaria, sostenibilidad y justicia social. La destrucción de las economías de pequeña escala a manos de la competencia desleal e insostenible ejercida por las corporaciones multinacionales nos hace cada vez más dependientes de mercados globales, especulativos y elitistas, quedando comprometido el futuro de todos.

La Vía Campesina celebrará su VII Conferencia Internacional
en Derio, Bizkaia del 16 al 24 de julio de 2017

Además de los grupos de consumo existen otras iniciativas de la economía social y solidaria que tratan de promover la soberanía alimentaria para aquellas personas que quieran hacerlo y vean difícil la auto-organización necesaria para formar una cooperativa. Por ejemplo, en algunos casos se organiza la mediación entre los agricultores locales y los consumidores mediante el reparto regular de cestas de alimentos a domicilio. En otros casos se promueven tiendas abiertas a todo el público, (no sólo para socios), en las que los productos responden a los criterios mencionados, (a diferenciar del consumo ecológico de marca, a menudo también organizado por corporaciones y que no tiene en cuenta criterios de proximidad o de justicia social en la producción). También desde las instituciones sería fácil apoyar la soberanía alimentaria si hubiera voluntad política para ello, por ejemplo en la gestión de los comedores escolares, o en la promoción de la agricultura urbana, que también puede ser autogestionada.
 
 
                                         Alimentación y bienvivir

Serie de artículos del nutricionista Alejandro Moruno para este blog:




Para muchos ciudadanos la alimentación es su único contacto con la naturaleza. ¿Cuál es la calidad de ese contacto? Si nos fijamos en su impacto ambiental, nuestra comida no es sostenible, y si atendemos a nuestra salud, cada día surgen nuevos datos que ponen de relieve las carencias o lo poco saludable de nuestra alimentación. Para el conjunto de la sociedad la agricultura y la ganadería intensivas y kilométricas vienen a ser el equivalente al sedentarismo y a los malos hábitos en la vida de cada uno. No cuidar nuestra relación con el campo es como no cuidar nuestro propio cuerpo.

Pensar la producción en términos de máxima competencia a partir de meros cálculos de coste y beneficio a corto plazo nos lleva a estresar la vida en detrimento de su adaptación a largo plazo. Fertilizantes, pesticidas e importaciones innecesarias vienen a ser como la droga para el cuerpo que maximiza su rendimiento presente a costa de la salud y de una supervivencia longeva en buenas condiciones. Por contra, la adaptación a largo plazo está más relacionada con la creación que surge de la cooperación y de la simbiosis. ¿Por qué no adoptar, entonces, un modelo simbiótico en el que campo y ciudad puedan ser, más que la unión de dos elementos, un nuevo cuerpo resiliente y saludable gracias a la sinergia así creada?

"Se ha hablado mucho más de la competencia, en la que el fuerte es el que vence, que de la cooperación. Pero determinados organismos aparentemente débiles a la larga han sobrevivido al formar parte de colectivos, mientras que los llamados fuertes, que no han aprendido nunca el truco de la cooperación, han ido a parar al montón de desechos de la extinción evolutiva. Si la simbiosis es tan frecuente e importante en la historia de la vida como parece, habrá que reconsiderar la biología desde el principio. La vida en la Tierra no es de ninguna manera un juego en el cual algunos organismos ganan y otros pierden. Es lo que en el campo matemático de la teoría del juego se conoce como un juego «de suma no cero»."

Lynn Margulis, Dorion Sagan, Microcosmos.
 
http://mallata.com/

Acabo este texto haciendo un poco de política-ficción sobre las posibilidades de esta tendencia. Si se generalizara esta nueva relación con nuestra propia alimentación, con lo que somos materialmente, que va más allá de un mero consumir en mercados impersonales, esta práctica podría ayudar a repoblar la parte "vacía" de nuestro territorio, o yendo más lejos, apuntar hacia una forma de organización política institucional basada en el entorno local. Como se dice en este artículo de la revista Ecología Política: "Las redes alimentarias alternativas suponen una defensa de las producciones locales frente al mercado global, pero son sobretodo un laboratorio de nuevas formas de organización social mediante las cuales se trata de trascender el valor de cambio para construir valores de uso y, en definitiva, comunidad."

En el estado español las provincias podrían vertebrar el esquema territorial ideal para desplegar esta nueva forma de simbiosis entre el campo y la ciudad, dado que las provincias se basan precisamente en un territorio vinculado a una ciudad, (o visto desde la urbe, en una ciudad y su entorno periurbano más o menos extenso). La provincia es una entidad política más próxima al biorregionalismo, y que podría mediar mejor entre este ideal y las instituciones actuales, entre una organización territorial basada en la naturaleza y el componente social tal y como ha devenido hasta nuestros días. Aunque conviene recordar que las biorregiones suelen rebasar la demarcación provincial en cordilleras, cuencas, litorales o climas compartidos, (apuntando a una visión territorialmente colaborativa, no aislada).

No estoy sugiriendo seguir la concepción originaria de las provincias, un intento de modernizar el territorio al servicio de un poder centralizado que las maneja por medio de gobernadores. En lugar de ello convendrían unas provincias que se gobernasen a sí mismas con mayor autonomía política democrática, buscando la resiliencia y la prevalencia de la economía local, en consonancia con un incipiente modelo de producción distribuida, menos dependiente de grandes economías de escala. Si hemos de eliminar duplicidades en la administración, quizá sea en las instituciones centralizadas o regionales donde más halla que limarlas, sin necesidad de que esto implique una desconexión sino, al contrario, buscando una cooperación desde la autonomía democrática municipal y provincial (que además serviría para mutualizar determinados riesgos).

Se trataría de un modelo distribuido en una constelación de entidades pequeñas formadas por una ciudad y su campo aledaño relacionados orgánicamente (más que comercialmente). Lo que se buscaría con este planteamiento es la racionalidad ecológica, o lo que es lo mismo, un interés común que no se limite al antieconómico beneficio pecuniario a corto plazo sino que, en lugar de ello, tenga en cuenta nuestra dependencia del estado actual de la biosfera, que tenga en cuenta nuestra salud y la seguridad alimentaria, que valore el bienvivir así como el largo plazo y a las generaciones futuras.


La revalorización del mundo rural cercano tampoco tiene por qué entenderse como una apelación al pasado con añejas loas a la Historia, ahora desde un punto de vista localista, un pasado a menudo basado en una estratificación social jerárquica, desigual y autoritaria. Ni se trata de poner por encima de todo las tradiciones, que a fin de cuentas son invenciones sostenidas en el tiempo. Las tradiciones tienen el valor que queramos darle, y es una potestad democrática abolirlas -pongamos los casos de crueldad animal- o revitalizarlas -pongamos los concursos de versos improvisados que aun perviven en algunos lugares-. De hecho estamos hablando más bien de innovación social apoyada por el desarrollo de la investigación en agroecología. El verdadero lastre para avanzar hacia un futuro mejor es la privatización del conocimiento y de la herencia biológica común en forma de patentes, restringiendo el uso público y compartido de la información y de las semillas.

En definitiva, una nueva relación campo-ciudad pasaría por sustituir la dicotomía entre ambos entornos por una forma diferente de vincularlos localmente, oponiendo la soberanía alimentaria a la mercantilización absoluta, y la diversificación del espacio frente a la centralización creciente de la vida en megalópolis uniformes que pierden de vista su dependencia de la naturaleza. Si realmente vamos hacia una economía basada en el conocimiento y en las comunicaciones virtuales, y si fuera verdad que la tecnología nos va a permitir mejorar la eficiencia (en términos de recursos materiales), entonces tendría que ser más fácil relegar el transporte y el propio crecimiento económico sin menoscabo de la inclusión económica de todos. En realidad esta es la prueba del nueve que deberíamos exigir al desarrollo tecnológico para poder observarlo con optimismo: que nos permita reducir el flujo de transformación (y el consiguiente consumo de recursos y uso de sumideros) garantizando a la vez la inclusión. Pero no es esto lo que está ocurriendo.
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