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lunes, 7 de agosto de 2017

¿Quién regulará la Renta Básica?


Fuente del dibujo  /  Fuente de la cita: [1]

La propuesta de instaurar una Renta Básica, una asignación monetaria incondicional para toda la población, ha recibido una atención inusual en lo que llevamos de año. Quizá la novedad más llamativa ha sido el eco que ha tenido en la reunión del Foro de Davos, y el apoyo que ha concitado entre algunos miembros de las élites políticas y económicas, conspicuos partidarios del neoliberalismo y de su globalización. Al parecer anticipan una descomposición social que podría poner en peligro la estabilidad del entramado que sustenta sus privilegios en caso de no adoptar medidas paliativas.

De cara a la galería hablan mucho de robotización, inteligencia artificial y eliminación de puestos de trabajo. El aporte de talento y esfuerzo va a estar cada vez menos remunerado en el mercado porque va a ser menos necesario incluso en trabajos intelectuales y creativos. De prolongarse esta tendencia quizá sólo el papel de inversor o empresario proporcionará la posibilidad de beneficiarse del sistema productivo (en una nueva vuelta de tuerca del llamado capitalismo popular al que se nos fuerza).

Cabe preguntarse qué ocurrirá cuando la inteligencia artificial supere la capacidad humana para el emprendimiento, cuando la computación sea capaz de conocer e incluso prever la demanda organizando la oferta de modo inmejorable. Ya no tendremos que cuestionarnos sólo el tipo de propiedad de los medios de producción o las formas admisibles de gestionarlos sino también la propiedad intelectual de esa inteligencia artificial. ¿Cuál será entonces el supuesto mérito inversor con el que justificarán su poder y sus beneficios los amos del mundo? ¿Qué nuevo constructo ideológico dará cobertura a la desigualdad?

Pero parece bastante claro que tienen otros motivos, que sólo reconocerán entre bambalinas, para temer una peligrosa desestabilización social. El carácter agotable de los recursos fósiles y minerales, y la certeza de que esto junto al cambio climático y otros desastres ecológicos provocará oleadas de exclusión y migraciones masivas, son cuestiones que no pueden ser ignoradas por personas que cuentan con buena información. ¿Cómo contener entonces la angustia generalizada y la indignación por la situación en la que nos habrán dejado tantos años de productivismo insostenible y desposesión?

El verdadero peligro para el futuro no está en que los avances tecnológicos traigan una vasta eliminación de puestos de trabajo, que quizá no se produzca, sino precisamente en la posibilidad de que esos avances sirvan para aumentar la producción con más eficacia y sin dejar de emplearnos para ello, (como parece celebrar el artículo recién enlazado, que asume explícitamente la aspiración a un crecimiento exponencial ininterrumpido). Y quizá también nos empleen con mayor eficacia explotadora dada la precarización que supone la gig economy, o las mayores posibilidades de controlarnos en el puesto de trabajo.

El modelo económico determina el sentido que adoptan los avances, y bajo el paradigma actual, el aumento de la productividad sólo es aprovechado por los propietarios, que compiten por incrementar sus beneficios. Así las cosas todo parece indicar que estos avances servirán para intensificar la explotación de la biosfera y de la humanidad, acelerando la tendencia hacia un colapso socio-ambiental generalizado. La Renta Básica podría aliviar el deterioro progresivo de las condiciones de vida en tanto llega ese colapso. Algo es algo. Pero bajo otro paradigma esta medida también podría tener un sentido preventivo encaminado a evitar, en la medida de lo posible, ese desastre.

En primer lugar, como mera medida paliativa, el ingreso garantizado no implicaría una impugnación del modelo actual, e incluso, como vemos, puede llegar a ser una concesión por parte de las élites para evitar que caiga su sistema de privilegios. No obstante debemos preguntarnos si acaso no merecieron la pena muchas otras concesiones, ahora en peligro, arrancadas a la codicia en el pasado (como la jornada laboral de ocho horas, el sistema de pensiones, los convenios colectivos, los sistemas de protección social o los servicios públicos -dejando al margen cómo deberían ser estos-). De hecho, desde la irrupción del capitalismo, esta ha sido la principal vía para obtener mejoras generalizadas: el temor a una insurrección (del tipo que sea, huelga, boicot, revolución, etc.) ha permitido arañar esas mejoras, a la espera de que fragüe una alternativa sistémica que podamos oponer desde la convicción mayoritaria.

Pero es el contexto general en el que se aplique esta medida el que determinará si tiene un efecto favorable para la sostenibilidad y para la emancipación humana, o si por el contrario, será aun más productivista, neoliberal y elitista (en el caso de que se optase por eliminar los servicios públicos a cambio, algo totalmente innecesario para implementar esta renta teniendo en cuenta la desorbitada desigualdad de nuestros días o bien la posibilidad de financiarla mediante un sistema de dinero soberano). La Renta Básica no determina el tipo de sociedad en el que vamos a vivir salvo en un aspecto esencial como es garantizar la inclusión social y una libertad limitada pero real y compartida por todos.

Sin embargo, en segundo lugar, esta mejora también implica algo muy significativo para el cambio de época al que nos enfrentamos. Una inclusión básica garantizada para todos es la condición de posibilidad para acceder a una sociedad en la que la conformidad material sea considerada una virtud y no un vicio. Esta otra forma de valorar las cosas abriría la puerta a una transición preventiva que sí podría suponer un verdadero cambio socio-económico siempre y cuando se acompasara con las políticas adecuadas.




Actualmente el miedo a la exclusión social y la veneración de la riqueza llevan a sobrevalorar los bienes materiales y el exceso de producción, fomentando así la acumulación preventiva, la ostentación y el repudio a las conductas “improductivas” según el criterio de los mercados. Toda nuestra vida ha de ordenarse en función de este canon económico convertido en un mandato. La posibilidad de una mayor sobre-producción no se ve como un peligro sino precisamente como el criterio de valor para juzgarlo todo. Sin un cambio de mentalidad que permita apostar por una sobriedad socializada y política, compartida y no excluyente, la sostenibilidad simplemente seguirá siendo un paradigma cada vez más alejado de la vida humana, y con ella, nuestro futuro.

Por lo general ponemos nuestras expectativas vitales en obtener, por medio del consumo, una volátil fascinación, la exaltación de las experiencias y la acumulación biográfica de las mismas como quien hace recuento de bienes. Incluso la cultura, cuando no es entendida como una acumulación de datos apta para un concurso, es vista como una adquisición de experiencias cool a las que se asiste en todo tipo de espectáculos seleccionados entre una oferta azarosa, sin buscar en los mismos un sentido que vaya más allá del final de la función. Esa fascinación pasajera que consumimos de formas variadas es el premio esperado por una vida de sacrificio. Pero el encanto siempre se desvanece como agua entre los dedos al poco de llegar, o como hojas consumidas en una hoguera sobre las cenizas de una insatisfacción profunda y recurrente (cada vez que la llama de la novedad se apaga). Y para renovar su obtención es necesario pasar largas jornadas laborales entregados a actividades a las que no se ve otro sentido que cobrar lo necesario para recuperar ese consumo obsolescente, (siempre y cuando el salario dé para algo más que para sobrevivir).

Sin embargo es posible proyectar nuestro futuro hacia otro tipo de aspiraciones más satisfactorias que también nos permiten disfrutar de la vida y, mejor aun, sentir amor por ella. En contra de lo que puede creerse a primera vista, el goce no es ajeno al cultivo de la voluntad y de las propias capacidades siempre y cuando a uno le parezca que la actividad que las motiva tiene sentido por sí misma, sin necesidad de remuneración. El empleo que nos roba las capacidades nubla esta asociación entre disfrute y esfuerzo al exigirnos una tarea que no requiere sentido, y en el tiempo que nos deja para nosotros, tendemos a perder de vista esta otra posibilidad y el horizonte que muestra en cada caso.

Frente a la búsqueda de un superficial hechizo consumible, cabe elegir un disfrute de la vida centrado en una autoconstrucción desmercantilizada (individual y colectiva), basado en cosas como apostar por el ejercicio autónomo de las potencialidades en actividades voluntarias a las que veamos sentido, o como desarrollar antifragilidad (psíquica,  física y comunitaria), aprender a aceptar y a apreciar la realidad cercana, cultivar una sociabilidad que fomente la cooperación, la empatía y las relaciones independientes de la mediación del dinero, buscar una auto-orientación cultural a partir de inquietudes propias en evolución, compartirla para mejorar esta vivencia y para extender la cultura libre, y entender la propia cultura como una manera de comprender el mundo, a los demás y a nosotros mismos, y como una forma de establecer un vínculo con todo ello.

La conformidad material se ha convertido en la muestra más elocuente de inconformismo en nuestros días, y lejos de suponer una merma de expectativas, sólo implica una reorientación de las mismas hacia fines más auténticos, (construidos por uno mismo), y más satisfactorios, (menos dependientes de aportes comerciales que dejan de llenarnos cada temporada).

Pero las expectativas están muy condicionadas socialmente. Todos buscamos ser valorados por los demás, por quienes nos rodean y por la sociedad en general. De modo que sólo cuando pasemos a valorarnos unos a otros y a nosotros mismos en función de verdaderos valores humanos, al margen de su rentabilidad o de la ostentación económica, entonces la vanidad o la ineludible necesidad de aceptación social dejarán de jugar un papel favorable al productivismo insostenible y alienante, a la desigualdad y al deterioro de la convivencia. Algo tan simple como nuestra opinión sobre el modo de vida de los demás forma parte de la política que cada cual promueve. Esta es una parte del problema. La otra está en las condiciones socio-económicas organizadas desde la política formal.


Para dejar de sobrevalorar la acumulación de bienes materiales y el exceso de producción es necesario disponer de una garantía de inclusión, haciendo de esta un prerrequisito de nuestro modelo económico en lugar de tratarla como un objetivo incierto y que, mientras tanto, “estimula” el esfuerzo productivo. La Renta Básica no es la única medida enfocada en este sentido y podría (y debería) combinarse con una garantía pública de empleo sostenible que aspirase a ocupar a todo aquel que además quisiera trabajar, y con un reparto del trabajo que nos permitiera ganar tiempo para la autonomía como el “bien” más preciado que podemos desear en nuestros días. Pero la Renta Básica es la única medida que puede asegurar con facilidad y sin exclusiones que ese derecho a la existencia sea realmente un derecho, llegando a todo el mundo en todo momento.

Es difícil concebir una propuesta con un mayor impacto favorable y directo para las personas desposeídas, precarizadas o excluidas. Si la izquierda no la apoya, (como parece ser el caso de parte de la izquierda española), una vez más quedará fuera de lugar, en una nube de confusión retrógrada, y probablemente el centro derecha la rebasará por la izquierda proponiendo esta medida y concitando con ello un mayor apoyo. Incluso aunque se tenga más simpatía por otras propuestas (no incompatibles) como el trabajo garantizado, sería un profundo error no apoyar cualquiera de las medidas que pueden sacar de la opresión económica a la parte de la población más perjudicada por el actual estado de cosas. No hay por qué cerrar la puerta a las diferentes oportunidades de avanzar que vayan surgiendo aunque cada cual centre su activismo en aquella en la que más se crea. La cuestión tiene su importancia porque, como hemos visto, el resultado será muy diferente en función de quién sea el que implemente la Renta Básica, en función de cuál sea el contexto político en el que se enmarque esta creciente demanda social.

Mientras la derecha liberal aprovecha cualquier ocasión que le permita avanzar hacia su horizonte elitista, la izquierda podría autoexcluirse del futuro si antepone los dogmas de la adoración productivista a la emancipación humana y a la sostenibilidad. No tiene sentido el temor a librarnos directamente de la pobreza, ese refuerzo negativo utilizado para que seamos sumisos a los patrones. Por el contrario, contar con una base material sólida facilitaría organizar el complejo reparto del trabajo, (incluido el reparto del trabajo doméstico, comunitario, para el autoconsumo y de cuidados no remunerado). El reparto del empleo y el reconocimiento económico del valor de la actividad autónoma serían avances necesarios no sólo para las personas más perjudicadas por este sistema sino para todos los niveles del escalafón laboral. Una vida más autónoma es el verdadero horizonte moral de una sociedad que puede proporcionar recursos básicos a todo el mundo aun forzando mucho menos los límites del planeta.

En tanto no llegue el colapso al que nos avoca el mundo moderno, (momento en el que el trabajo humano volverá a cobrar especial relevancia entre una nueva escasez de recursos naturales), es precisamente el trabajo productivo que mueve todas las máquinas del mundo actual el que está acelerando el desequilibrio ecológico que nos pone en peligro con su explotación de la biosfera. Si ponemos el valor de producir por delante del derecho a la subsistencia, si nos exigimos demostrar que somos productivos antes de concedernos el derecho a existir precisamente cuando la robotización hace que cada hora de trabajo sea cada vez más productiva, difícilmente podremos contener el mundo económico en una escala que pueda ser soportada por el medio natural tal y como lo necesitamos los seres humanos.


Fuente de la cita [2]



A continuación algunos artículos que recogen la evolución de la propuesta de Renta Básica a lo largo del mundo. Salvo en los dos primeros, se propone la RBU sin cuestionar el crecimiento económico, aunque en ocasiones se habla de posibilitar estilos de vida más sostenibles, de otras formas de trabajo y de ocio, o de valorar trabajos que no contabiliza el PIB y que no están agotando recursos. Sin embargo, como argumentamos al final de esta entrada, la libertad política que confiere la seguridad económica permitiría afrontar el debate sobre la sostenibilidad sin el chantaje de la exclusión social, y sobre todo, haría posible plantearnos en la práctica el problema ignorado de la dimensión de la economía.

“La implantación de la RBU podría revertir el rigor de la cadena de necesidad y servidumbre en que ha venido a dar nuestra sociedad de Trabajo y Consumo. (...) Es decir, sostenemos que una sociedad mejor no es la que produce más (“productivismo” o “crecentismo”) sino la que es más justa, ampara contra la sumisión y favorece las condiciones para la reducción del metabolismo industrial y el desaforado extractivismo actuales. (...) La frugalidad, sencillez de costumbres y minimización de la huella ecológica son loables ideales de vida que la RBU puede facilitar, al proteger a las personas de la servidumbre.”

“Una renta básica más sustancial que el dividendo resultante del impuesto del carbono será necesaria para asegurar la seguridad económica de todos los ciudadanos si estamos en una economía que no crece. Esta renta básica puede facilitar el reparto del trabajo. Eso significa más equidad y menos necesidad de bienes de posición (estatus). Esta medida encaja con las políticas de desempleo debido a la automatización.”


En este artículo se detallan los motivos principales por los que la Renta Básica “es motivo de una acelerada atención de medios de comunicación, partidos políticos, movimientos sociales y ciudadanía en general.”

“Hay que dejar atrás el ‘trabajismo’, el pensar que el empleo será la respuesta a la crisis. No importa cuántos puestos de trabajo se creen: los salarios no aumentarán. El pleno empleo es una respuesta del pasado a la crisis. Hace falta un nuevo sistema de redistribución de la riqueza que actúe sobre el capitalismo rentista."

“Proponemos reducir la jornada un 15% promedio con la proporcional reducción del salario (coste laboral) pero compensada ex-ante por una RBU de 622€ al mes por adulto…”

El programa, que empezará el próximo mes de setiembre y durará dos años, analizará sobre tres ciudades-laboratorio, Helsinki, Utrech y Barcelona, las políticas de ayudas para "mejorar la intervención".

"No podemos construir derechos humanos que solo quedan remitidos al presente y al pasado. Hay que abrir la mirada al futuro y en esa perspectiva, todos sabemos que la sustentabilidad de la democracia está en la distribución básica de recursos", opinó el Secretario de Derechos Humanos, Nelson Villarreal.

“en Italia, tal y como sucedería en países con niveles de protección parecidos como España, Portugal y Grecia, el impacto de la renta universal sería muy positivo debido a la escasez de las ayudas.”


“La RBU ya está sobre la mesa: el primer paso ya está dado y, si no imposible, será difícil volver atrás. Ahora toca evitar que anulen la parte más revolucionaria (o disruptiva, hablando como tecnosociólogos) de su núcleo: modificar, para mejor, las relaciones sociales y políticas de distribución, y empoderar con ello a la ciudadanía en su conjunto.

“El precariado avanza en todo el mundo y Trump o el Brexit son las señales más claras de que ese descontento de las clases medias (occidentales) puede desembocar en una ruptura con el orden económico establecido, algo que preocupa a las élites económicas.”

Artículo que reseña tres libros recientes que propugnan la Renta Básica desde posiciones conservadoras. “La renta básica universal es el tema estrella de los nuevos análisis, aunque cause mucha controversia. (...) La identificación de la persona con su trabajo cambiará, como ya lo hizo en la Revolución industrial. Pero además se valorarán más otros trabajos importantes hoy fuera del mercado.”

“Debemos tener una sociedad que mida el progreso no sólo por indicadores económicos como el PIB, sino por cuántos de nosotros tenemos un papel que consideramos significativo“, dijo Zuckerberg a la multitud.

“El camino es inexorable: la nueva realidad impuesta por la economía colaborativa creará un nuevo paradigma laboral. El autónomo se hace más fuerte, las empresas deberán tener seguros y no podrán penalizarlos por no cumplir objetivos. Esta nueva configuración marca también la necesidad de una renta universal. Es lo que propone Adigital, la patronal española de economía digital, basándose en estudios de mercado, recomendaciones de expertos y sentencias judiciales.”


Silicon Valley y muchos expertos tecnológicos señalan la renta básica como solución a la automatización y a los cambios del mundo del trabajo. "Las compañías tecnológicas se llevan a casa los beneficios y afrontan cada vez menos presión para pagar un salario que dé para vivir", dice Jathan Sadoswi

“Tal y como opina Juan Gimeno, presidente de la ONG Economistas Sin Fronteras, “en Davos se habla de RBU porque son conscientes de que la falta de cohesión social e injusticia crecientes son un polvorín; la ven como un seguro para que el sistema no explote, no como un elemento de justicia social como lo vemos nosotros”.

“Mientras la automatización reduce la necesidad de trabajo humano, algunos ejecutivos de Silicon Valley piensan que un ingreso universal será la respuesta, y la prueba beta está teniendo lugar en Kenia.”

Artículo del activista en favor de la RBU, Scott Santens para el Foro de Davos, que este año ha incluido un panel dedicado a este tema:
“La idea de la Renta Básica suena engañosamente simple, pero en realidad es como un iceberg con mucho más que revelar a medida que profundizas el buceo. (...) Los seres humanos necesitan seguridad para prosperar y la Renta Básica es una base económica segura, el nuevo fundamento sobre el cual transformar el precario presente y construir un futuro más sólido.”

Guy Standing también ha defendido la RBU en Davos, y para ello propone crear un fondo soberano que grave las rentas del capital, con este argumento:
“La tierra, los recursos naturales y las ideas que se convierten en propiedad intelectual forman parte de la riqueza colectiva de la sociedad, creada y alimentada por generaciones de nuestros ancestros. Por tanto, es razonable argumentar que todo el mundo debe tener una modesta participación, un dividendo social, en forma de un igual, modesta, individual e incondicional renta básica.”

  • En este documental no se habla de la Renta Básica pero parece oportuno recordar
las conclusiones del estudio que analiza, con 40 años de seguimiento a mil individuos de la ciudad neozelandesa de Dunedi. Se ha concluido que los efectos sobre la salud de la pobreza en la infancia perduran en la madurez incluso entre las personas que medraron y lograron salir de su situación de pobreza.


Más información:











[1] The psychological Aspects of the Guaranteed Income, Erich Fromm en el libro de Robert Theobald The Guaranteed Income: Next Step in Economic Evolution?, 1966

[2] Psicoanálisis de la sociedad contemporánea / The Sane Society, Erich Fromm, 1955



miércoles, 23 de noviembre de 2016

Decrecimiento inclusivo: el reto del futuro

Cuando hablamos de decrecimiento no estamos ante una simple opción. Algunas personas somos partidarias de que se reduzca el volumen actual de producción global para que disminuya su impacto sobre el medio ambiente y sobre nuestra propia naturaleza. Esto nos permitiría aspirar a una Economía del Estado Estacionario. Pero en realidad el decrecimiento será, más que una opción, algo inevitable en un plazo incierto aunque no muy alejado. Por tanto cualquier medida de futuro tendrá que pensarse en ese escenario, o más bien tenemos que pensar qué propuestas podrán hacerle frente y prever su encuentro en la medida de lo posible.



Pero anticipar el decrecimiento no tiene por qué entenderse como la resignación a un futuro peor. Ya he sugerido que reducir este exceso productivo en realidad favorecería nuestra propia naturaleza, actualmente alienada por el fetichismo económico. La cuestión es cómo organizar la reconversión necesaria para que de ella resulte una liberación más que una pérdida. Aunque toda elección implica renuncias, en nuestro tiempo la mayor renuncia sería la derivada de elegir la continuidad. En tal caso estaremos descartando un futuro razonable.

Un concepto irrenunciable a la hora de pensar en un futuro mejor es el de la inclusión. No se trata sólo de compasión o de solidaridad. Creo que es bastante obvio que la estabilidad social beneficia a todo el mundo, pues rara vez alguien puede vivir al margen de las condiciones generales de su sociedad, especialmente en tiempos turbulentos. Incluso quien cuente con ser un afortunado triunfador no podrá disfrutar su éxito del mismo modo si este implica un mundo en descomposición. Sus propias oportunidades como las de todos los demás se verán reducidas. El futuro de todos será muy diferente en función de si mantenemos o no la convivencia y una inclusión social y cultural que permita el desarrollo sano de todas las inteligencias. Hasta el punto de que la propia biosfera que dio a luz a la humanidad ha cambiado su estado, y podría hacerlo más si nos empeñamos en mantener un modelo económico que  acepta la exclusión.

Lo que Herman Daly llama "crecimiento moral", necesario para intentar dotarnos de una economía sostenible y equitativa, debe concretarse en instituciones que lo reflejen y que permitan estabilizarlo en la práctica. La Renta Básica Universal (RBU) podría cumplir con esta función por cuanto establece un sistema permanente de redistribución universal de una parte de lo producido, sea cual sea su volumen.

En el congreso sobre RBU y decrecimiento celebrado en Hamburgo este mismo año se ponían en relación ambas propuestas tratando de iluminar este escenario de futuro en sus dos vertientes: qué ganaríamos respecto a la situación presente, y por qué es, más que una opción, una necesidad. En dos entradas anteriores reseñamos las primeras partes del congreso [1] [2] y ahora vamos a abordar la tercera y última, en la que se recogieron nuevas ideas y se plantearon algunas controversias. ¿Cómo habrá de aplicarse una RBU en un contexto de decrecimiento? ¿Cómo se financiaría? ¿Son propuestas que deben vincularse de alguna manera o quizá se entorpecerían mutuamente en el intento? Al final añadiremos brevemente un punto de vista propio sobre lo tratado por los ponentes. 


El conflicto entre la RBU y el decrecimiento y una posible solución

Cuando se debate sobre modelos de financiación de una RBU la principal solución que se presenta es el aumento de los impuestos sobre la renta o al consumo. Esto implica que incluso si la RBU se pudiera financiar así desde el principio, ni las rentas del trabajo ni el consumo podrían reducirse sustancialmente, ya que esto haría peligrar su base financiera.

La propuesta de Martin Finger para solucionar este conflicto es la introducción de una moneda electrónica complementaria, denominada Credere, que aplicaría dos reglas simples. La primera define la creación de dinero. Credere se crea libre de deuda y se paga en forma de renta básica. El pago mensual varía entre 100 y 1.000 Crederes por persona y depende de la tasa de participación en un país, pues el uso de esta moneda complementaria es voluntario. La segunda regla define la “decreación” de dinero, que se establece en un 1% al mes, o 12% al año, respectivamente. De esta manera el sistema monetario contrarresta la acumulación de dinero causada por interés compuesto.

Sólo una renta básica que esté básicamente desconectada de la actividad económica permitirá a la gente obtener la libertad y el control de su tiempo individual. Este es el prerrequisito más importante para una sociedad en la que los trabajos pueden ser abandonados y abre un gran potencial para la protección de los recursos y el medio ambiente. Los puestos de trabajo, donde la gente produce cosas sólo porque necesita un ingreso, no volverán a ser necesarios. Esto ahorrará más recursos mucho más rápido de lo que podría hacerlo nunca una reducción del consumo. A medio plazo esto podría conducir a una economía orientada a la demanda y a las necesidades fundamentalmente diferente. En este tipo de economía la producción sólo se llevaría a cabo con el fin de satisfacer las demandas y necesidades de las personas, y no con el fin de acumular dinero a costa de los demás.

Una de las razones por las que es preferible un programa de renta básica voluntaria es que puede iniciarse inmediatamente. No es necesario obtener mayorías políticas. Podemos comenzar inmediatamente la creación del marco en el que queremos vivir en lugar de quemarnos tratando de cambiar las estructuras existentes. Al fin y al cabo son las personas las que mantienen todas las instituciones, y sólo unos pocos pueden sentirse motivados para llevar una vida diferente en la medida en que no ven una forma alternativa de vida.


Líneas de pensamiento: terreno común y no común, objetivos y dirección cuando se trata del medio ambiente

Jeremy Heighway se fija en los objetivos de esta conferencia, en cuya página de presentación se dice: “la renta básica es un camino para dirigirnos a una sociedad de decrecimiento, sin embargo, una renta básica no inicia necesariamente la transformación ecológica que tan urgentemente necesitamos", y continúa: "...este propósito... necesita ser incorporado a fondo en cualquier implementación de una renta básica y de las medidas que lo acompañan".

Sin embargo se dan pocas pistas para esto, sugiriendo otras áreas de discusión, ninguna de las cuales apunta a una transformación ecológica. Es perfectamente posible que un partidario de la RBU ignore la transformación ecológica. En cierta medida incluso es posible que sea partidario de un mayor consumo.

El movimiento por el decrecimiento es una forma de pensar; la renta básica es un mecanismo. Esto plantea un posible desencuentro desde el principio, basado en la cuestión de qué se espera lograr y cómo. En los movimientos sociales se da un buen solapamiento y es una estupenda idea que trabajen juntos. Pero se pueden perder oportunidades si dos grupos no atienden también a lo que no va a aflorar automáticamente cuando trabajan juntos.

Un área enorme es, como se ha indicado anteriormente, la transformación ecológica. La  propuesta de Jeremmy se centra en la fiscalidad ecológica, y sugiere que el consiguiente aumento de los ingresos se devolverá a todo el mundo de manera uniforme como renta básica. Sin embargo no cree que esto fuera suficiente para poner en marcha la financiación del coste básico de la vida. Sería más bien un cómodo acompañamiento para la RBU y no una fuente directa de financiación. Curiosamente es algo en lo que necesitan hacer énfasis los partidarios del decrecimiento, desde la perspectiva del beneficio ambiental, y defenderlo junto con los partidarios de la RBU.

Tener la naturaleza como preocupación secundaria es quizá una razón por la que los partidarios de la RBU no han dado mucho apoyo a esta idea de momento: si realmente no hace gran cosa para financiar una verdadera RBU ¿por qué complicar las cosas, y quizá alejar a la gente en el intento, con un dispositivo fiscal impopular? Es tarea de los partidarios del decrecimiento lograr que se reconsideren las preocupaciones ambientales. Y los partidarios de la RBU pueden ganar firmes partidarios y nuevos aliados si adoptan este propósito que, recordando los objetivos declarados de la conferencia, “...necesita ser incorporado a fondo en cualquier implementación de una renta básica y de las medidas que lo acompañan".


Decrecimiento, RBU y educación

El documental Can Man Woman (42 min.) entrevista a hombres al cuidado de su familia sin otro trabajo remunerado, rol tradicionalmente asignado a las mujeres, y además aborda la valoración del trabajo parental por medio de una RBU. De esta manera la película pretende alentar a que se replantee la protección de la infancia.



Según Gabriele von Moers este es un posible enfoque para discutir el tema del decrecimiento: estamos hablando de una condición básica para seres humanos auto-determinados. Necesitamos tiempo y atención. Sin embargo no tenemos sentido de la responsabilidad con estos recursos. Estar continuamente presionados por el tiempo de trabajo reduce el espacio para ellos. Nuestro tiempo disponible disminuye para cada vez más cosas.

La cuestión es si una RBU crea el ocio suficiente que necesitamos de manera urgente con el fin de, por ejemplo, hacer posible el juego libre y creativo con nuestros hijos, y en fin, para ser creativos nosotros mismos lejos de toda frenética programación.


Euro-dividendo Ecológico como experimento voluntario

Ulrich Schachtschneider propone realizar un experimento con una red de voluntarios para probar una RBU parcial con financiación ecológica. Su idea básica es esta: los participantes medirán mensualmente su huella ecológica con la ayuda de una web; pagarán ecotasas en función de su huella y estas se devolverán en cantidades iguales a todos los participantes. Todos ellos cobrarán un "Euro-dividendo Ecológico", o en otras palabras, una RBU parcial. Las personas con una huella ecológica pequeña obtendrán más de lo que dan. Las personas con una huella ecológica superior a la media tendrán un saldo negativo. Todos se verán incentivados para reducir su huella, (mediante tecnología alternativa o mediante un comportamiento alternativo). Y todos obtendrán sin condiciones una parte similar de los ingresos de manera que puedan percibir la noción de ingreso básico.

El experimento puede empezar con un grupo muy pequeño de participantes y crecer paso a paso. El eco-dividendo mensual será calculado automáticamente en función de la huella ecológica sumada, por ejemplo, 1hag (una hectárea global) equivale a 100 €. El consumo promedio real es de aproximadamente 5 hag. Para hacerlo con transparencia necesitamos una plataforma web en la que los participantes tienen que calcular y anunciar su huella ecológica. Un administrador financiero hará efectiva la ecotasa, pagará el Euro-dividendo Ecológico y documentará todo.

Huella ecológica por naciones (2007).
Gráfico interactivo actualizado en Global Footprint Network

Hasta aquí la idea. Pero todavía hay cuestiones sin resolver: sólo deben participar personas en las que podamos confiar. ¿Pero cómo podemos asegurar esto? ¿Qué principios permitirían confiar en los participantes? ¿Hasta qué punto es válida la medida de la huella ecológica mediante el procedimiento de la hectárea global?

Se puede seguir una variante: antes de poner en marcha esto con dinero real, podríamos simularlo y  pagar un Euro-dividendo Ecológico Virtual a quienes participen en el cálculo mensual de la huella.

Este experimento, en primer lugar, conectaría las ideas de decrecimiento y RBU. En segundo lugar, acercaría ambas ideas al público. En tercer lugar, es apropiado para aplicarlo a nivel europeo. Cualquier ciudadano europeo puede unirse al proyecto a pesar de las diferencias actuales en los diferentes sistemas nacionales de Seguridad Social. Basta con el acceso a la web. En cuarto lugar podríamos conseguir un primer conocimiento empírico sobre el cambio de estilos de vida y de formas de trabajo, especialmente por medio de una evaluación científica paralela.


¿Renta Básica para una sociedad más justa? El ejemplo del automóvil

La Renta Básica suele elogiarse por su reconocida capacidad para reducir la pobreza, o para hacer frente al probable aumento del desempleo, etc. Lo que se suele pasar por alto, sin embargo, es que una correcta aplicación de la RBU también puede reducir la distribución injusta de los subsidios públicos no monetarios.

Una de las más injustas asignaciones de bienes públicos -nos recuerda Csaba Toth- es la referida al uso del coche. Hoy en día vivimos en un mundo donde el uso del automóvil está fuertemente subvencionado en la mayoría de las sociedades. En primer lugar, las externalidades de la utilización del automóvil, tales como problemas de salud debido a la contaminación, el consumo de espacio público, etc. están escasamente consideradas en general. En segundo lugar, los pagos por el uso del coche (ej. combustible, peajes) rara vez cubren siquiera los costes reales de uso del automóvil, (especialmente los costes de la infraestructura que utilizan). La distribución de los subsidios del usuario coche es muy desigual: en el extremo inferior se encuentran las personas sin coche que no reciben ningún subsidio, mientras que en el extremo superior nos encontramos con aquellos usuarios de automóviles que estacionan a menudo en plazas de aparcamiento públicas y gratuitas, y/o conducen muy a menudo, obteniendo así subsidios cuyo valor puede exceder varios miles de euros al año. Y como, por término medio, la persona que no tiene coche está probablemente en una situación económica menos favorable que el propietario de automóvil, esta distribución de los subsidios no es sólo desigual sino también enormemente injusta. Y para hacerlo aun peor, estos subsidios fomentan el uso excesivo del automóvil, altamente contaminante, lo que agrava los efectos negativos del uso del automóvil, sobre todo en las personas más pobres que tienen menos medios para contrarrestar estos efectos negativos.

¿Pero cómo podría la RBU reducir estas injustas desigualdades? Obviamente, los subsidios a los usuarios de automóvil deben ser reducidos, (es decir, el combustible debe ser gravado con mayor intensidad, todo el mundo debe pagar por aparcar en lugares públicos, los peajes deben ser introducidos al menos en los centros de las ciudades y en las autopistas, etc.). Sin embargo hoy día la posesión y el uso del coche están considerados como un "derecho básico" hasta el punto de que incluso los no usuarios de coche podrían desaprobar tales políticas, sobre todo si no se benefician de ellas directamente. En consecuencia, es más bien imposible introducir esas políticas de "empuje" por sí solas en un contexto democrático. La introducción de una RBU, sin embargo, ofrece una oportunidad histórica para abordar la cuestión de los injustos subsidios al uso del automóvil. Si la introducción de mayores impuestos al combustible y peajes de aparcamiento y circulación estuvieran ligados a la introducción de una RBU, serían mucho más aceptables para la mayoría de la gente, sobre todo si los ingresos adicionales por esos pagos y tasas fueran utilizados para cubrir el coste de la RBU. Sería una pena perder esta oportunidad histórica.


CONCLUSIONES

Lo expuesto en el congreso de Hamburgo nos ha servido para tomar el pulso al debate sobre la implementación de la RBU en un contexto de decrecimiento que, como hemos dicho al principio, no es sólo una opción, (con apoyo minoritario de momento), sino que vendrá impuesto por las circunstancias tarde o temprano. Puede que a largo plazo la única RBU posible sea la agricultura comunitaria de proximidad con la que podamos contar, pero entre tanto cabe plantearse medidas de transición que no sólo faciliten la reconversión hacia un modelo más sostenible sino que, además, puedan mitigar nuestra propensión actual hacia el crecimiento. Como dijo, Sandra Antelmann, una de las ponentes, “Para aplicar un cambio socio-ecológico a la relación entre economía y naturaleza son necesarios puntos de entrada y estrategias transitorias.”

Varios conferenciantes señalaron la sintonía de los valores que defienden tanto los partidarios del decrecimiento como los de la RBU, (la necesidad de reconocer el valor del trabajo de cuidados y el valor de la actividad humana por sí misma, al margen de su valor de cambio; el beneficio de reducir la presión productivista sobre nuestras vidas; la posibilidad de relegar el crecimiento del PIB como prioridad absoluta). Pero a la hora de concretar el modo de implementar esta nueva visión surgen ideas diversas que merece la pena clarificar (o al menos intentarlo aportando un punto de vista propio).

Desde una óptica decrecentista la RBU puede parecer una medida relacionada sólo con la equidad y no con la completa transformación social a la que aspira este movimiento. De ahí que algunos ponentes propongan vincular la RBU a los problemas ambientales financiándola mediante una reforma fiscal ecológica: impuestos pigouvianos que discriminen la producción en función de su impacto ambiental. Con ello se buscaría, de paso, una alianza entre los dos movimientos. Sin embargo cabe la posibilidad de que este vínculo entre ambas medidas creara un incentivo perverso: la necesidad de que no disminuya el nivel consumo para poder mantener la financiación. El objetivo general de recaudación no debería depender del consumo de recursos.

Esto no anula el papel que podría jugar una reforma fiscal ecológica, pero su objetivo sería otro: orientar la producción favoreciendo unos consumos en detrimento de otros mediante criterios éticos, democráticos y de sostenibilidad, (lo que la EBC denomina el balance del bien común). Además esta reforma podría lograr una relocalización económica no nacionalista, (no basada en aranceles clásicos sino en criterios racionales sobre el transporte innecesario y el dumping social o ambiental). Pero en general su virtud sería cualitativa más que cuantitativa.

En cuanto a la eficacia de este tipo de impuestos cabe mencionar sus limitaciones: los cambios hacia la sostenibilidad que inducen en la microeconomía no garantizan la sostenibilidad general, (pues la demanda agregada puede no verse afectada o incluso aumentar con las mejoras de eficiencia). Y cuando hablamos de decrecimiento estamos planteando el problema esencial de la dimensión de la economía. Es decir, la biosfera tiene límites y es necesario poner el acento en los topes al uso de recursos y de sumideros, (más allá de la necesaria discriminación del consumo y de la producción encaminada a acercarlos al cierre de ciclos).

Por tanto, la reforma fiscal, los límites a la producción o la renta básica son medidas complementarias con objetivos propios que no hay por qué confundir. Pero sí es necesario observar cómo se relacionan entre sí y su efecto conjunto. Al no asociar la RBU a un impuesto específico estaremos asumiendo que en realidad se trata de una responsabilidad social colectiva, y no de algo que nos podemos permitir sólo porque es posible gravar tal o cual consumo. Entonces ¿cuál es la relación entre ambas propuestas?

La virtud esencial que aportaría la RBU para el medio ambiente y para el cambio cultural que necesitamos es más profunda y no depende de asociarla a otro tipo de medidas. Es necesario comprender el problema de los incentivos estructurales del sistema económico: si actúan en favor de la acumulación, (alentando el apoyo a las políticas de crecimiento), o si por el contrario hacen posible cierta conformidad, (y con ella, la apuesta por otras prioridades). Es decir, se trata de una cuestión de libertad colectiva. Al establecer una separación entre el empleo y la obtención de alguna renta, la RBU abriría la posibilidad de iniciar ya un decrecimiento voluntario y ordenado, facilitaría el reparto del empleo restante y, en general, nos permitiría liberar tiempo para la autonomía ganando calidad de vida en ese decrecimiento. El resto del contexto decrecentista habría que dibujarlo con otras medidas asociadas a otros fines, (y de hecho la RBU podría servir a distintos modelos en función del contexto en el que se aplique).

La cuestión de la financiación pública, por ejemplo, tanto para esta como para otras medidas, ha de abordarse con un cambio orientado a este problema concreto. Cabe mencionar que, incluso sin salirnos del paradigma monetario actual, y apesar de las limitaciones que impone la globalización, es posible financiar una RBU, (y disponemos de cálculos ya realizados para el Reino de España). Pero esta no es la única solución ni la ideal. Los estados necesitan liberarse del corsé monetario actual, cuando la creación y la destrucción de dinero queda en manos de los bancos y al servicio de su especulación. La adopción de un sistema de dinero soberano [1] [2] dotaría de autonomía monetaria y financiera al estado. Simplificando mucho, bajo este sistema el gobierno no necesita plantearse problemas de recaudación para decidir cuánto dinero distribuye y cómo lo hace. El papel de los impuestos sería dotar al dinero de valor social al hacerlo necesario, y en segundo lugar, controlar la inflación.

Otro ejemplo. Algunos partidarios del decrecimiento temen que la RBU tenga un efecto crecentista porque en alguna medida actúa como un estímulo keynesiano. Pero cuando hablamos de decrecimiento solemos distinguir entre los países que necesitan decrecer y los que necesitan más desarrollo. La RBU aplicaría esa distinción también dentro de los países opulentos, estimulando el consumo, sí, pero en relación directa con la situación de pobreza de cada cual, pues el efecto redistributivo haría que quienes tienen un sueldo medio se vean poco beneficiados en cuantía (aunque muy beneficiados por el “seguro de vida” que supone, y por la posibilidad de reducir su jornada), y que quienes ganan mucho tengan menos renta disponible para el consumo superfluo. Es decir, por sí misma la RBU no implica un crecimiento innecesario, y una vez más, eso dependerá del contexto ideológico en el que se inserte, del resto de políticas que la acompañen. De hecho hay quien plantea esta medida en un contexto más neoliberal, en sustitución de los servicios públicos. Por eso conviene resaltar el valor que subyace en esta propuesta entre la mayoría de quienes la defendemos: esa inclusión básica que habría que mejorar, (y que empeoraría si el contexto de aplicación fuera el que pretenden los neoliberales).


Por último, en ocasiones se cuestiona la aceptación social o el apoyo democrático que podrían tener las medidas necesarias para el decrecimiento, pero esto supone aceptar la hipótesis de que actuamos como meros agentes económicos maximizando el beneficio a corto plazo. Sin embargo el apoyo de gran parte de la población a las medidas de represión económica impuestas por la política neoliberal, (mal llamadas de "austeridad") muestra que es posible elegir democráticamente los sacrificios cuando las personas creen que son necesarios para un futuro mejor. Y en la medida en que va siendo comprendido, el decrecimiento va ganando apoyo entre la población (frente ese engaño represivo). Es lo que ocurre en cualquier comunidad de vecinos que necesita arreglar su tejado común.

La confusión de la represión económica con la idea de austeridad se debe a la falsedad del relato neoliberal, que en realidad ahoga económicamente a quienes están en peor situación, y por tanto ya viven con (forzosa) sobriedad, mientras, por otro lado, se fomenta el enriquecimiento y el consumismo basado en la deuda para alimentar un crecimiento económico ya insostenible y en las antípodas de la austeridad. En realidad se reprime a los austeros y se premia a los derrochadores. A lo que se añade que "en las últimas década se da una tendencia a transformar las condiciones de trabajo de manera que el riesgo de sucumbir a la competencia propio del capitalismo se desplaza de la empresa a los trabajadores", nos decía Werner Rätz en la tercera charla. El objetivo de estas políticas no es el sacrificio en favor del futuro sino forzar la entrega servil y la sumisión de toda la economía al sistema financiero para salvar las rentas especulativas. Cuando se nos propone más crecimiento se está ocultando el problema de la distribución.

Frente a esto hay que reivindicar la sana virtud de una austeridad inclusiva que parta de la suficiencia económica de todos. O como decía Sandra Antelmann en su charla: “[el feminismo] subraya la estrategia de sostenibilidad de la suficiencia, no como abstinencia individualizada sino sociopolítica.” Esto requiere hacernos dueños de otra narrativa que lleve a comprender la necesidad de dejar atrás la ideología de la sobre-explotación humana y ambiental. El fracaso en la apuesta por el crecimiento será más duro y difícil de abordar que la adaptación a una economía sostenible. Pero si garantizamos colectivamente la inclusión, si dejamos atrás la dependencia absoluta, ganaremos autonomía (económica, cultural y política), y tendremos las manos libres para intentar esa adaptación. Este es el reto del futuro por el que necesitamos cooperar.  

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Añado una charla que ha tenido lugar en Madrid este mes conincidiendo con la misma temática de esta serie de artículos. En ella podemos escuchar más ideas sobre todo esto, como la propuesta de financiación para una renta básica que ha planteado Varoufakis recientemente.
Me quedo con esta frase de Cive Pérez: “A efectos del PIB morir o nacer es indiferente. Cunas o féretros, todo puntúa en el PIB.”