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lunes, 1 de abril de 2019

Los grandes cambios estructurales de los sistemas sociales


Las movilizaciones colectivas son reconocidas en ciencias políticas como claves para el cambio estructural en los sistemas político-sociales. Pero las precondiciones, los mecanismos precipitantes y los eventos disparadores de las movilizaciones no son bien entendidos. Por ello, la mayoría de las revueltas sociales y  levantamientos revolucionarios como la Revolución Francesa, no pudieron ser predichos por ningún observador, ni siquiera unos pocos años antes. La naturaleza de agentes reflexivos que tenemos los humanos (principales componentes de las sociedades, junto a artefactos y técnicas), provoca fuertes retroacciones auto-amplificadoras (y también inhibidoras) entre los componentes de una sociedad, lo cual provoca inestabilidad dinámica e impredictibilidad del comportamiento colectivo. Sin embargo, la investigación sociológica ha identificado algunos de los factores que facilitan las movilizaciones e incrementan la probabilidad de la acción colectiva, y discutirlos puede tener interés si buscamos presionar hacia una transición desde el actual sistema económico insostenible a otro post-capitalista y sostenible.

Las revoluciones

Una de las definiciones más aceptadas de las revoluciones fue dada por Skocpol (1979): “transformaciones básicas y rápidas del estado y las estructuras de clase de una sociedad acompañadas y en parte llevadas a cabo por revueltas desde abajo basadas en la clase social”. Esta definición ignoraba factores influyentes como la aparición de  ideologías revolucionarias, la agencia consciente, las culturas, las bases étnicas y religiosas de las movilizaciones, los conflictos dentro de la élite y la posibilidad de coaliciones multiclase. Como algunos de estos factores habían sido analizados en la teoría de los movimientos sociales, estos estudios fueron incorporados al análisis y algunos autores propusieron una definición más amplia de revolución: “un esfuerzo por transformar las instituciones políticas y las justificaciones de la autoridad política en una sociedad, acompañado por una movilización masiva formal o informal y acciones no institucionalizadas que socavan las autoridades existentes” (Goldstone, 2001). Cuando transforman solamente las instituciones del estado, son llamadas revoluciones políticas. Cuando, además de las instituciones políticas, transforman las estructuras económicas y sociales, son denominadas “grandes revoluciones” (v.g. la Revolución Francesa de 1789). Las revoluciones que incluyen revueltas autónomas de clase baja son denominadas “revoluciones sociales” (Skocpol 1979); reformas radicales lideradas por élites que controlan la movilización de las masas a veces se llaman revoluciones de elite o “revoluciones desde arriba”. Los movimientos de resistencia u oposición que no tratan de tomar el poder (v.g. protestas campesinas o de trabajadores) o se localizan en una región particular o un sub-grupo social, se suelen llamar “rebeliones” (si son violentas) o “protestas” (si son predominantemente pacíficas).

Huntington (1968) señaló que las grandes revoluciones muestran dos patrones distintos de movilización y desarrollo. Si las elites militares y la mayoría de las otras élites inicialmente apoyan activamente al gobierno, la movilización popular debe realizarse desde una base segura, a menudo remota. En el curso de una guerra de guerrillas o una guerra civil en la que los líderes revolucionarios extienden gradualmente su control sobre el territorio, necesitan desarrollar el apoyo popular mientras esperan a que el régimen sea debilitado por eventos, tales como derrotas militares, crisis de la identidad nacional, una mala planificación de su propia actividad represiva, su propia división o corrupción, o la desaparición del apoyo extranjero al gobierno. Si el régimen sufre deserciones en sus élites o en sus militares, el movimiento revolucionario puede avanzar o iniciar insurrecciones urbanas y apoderarse de la capital nacional. Revoluciones de este tipo, que pueden llamarse “revoluciones periféricas” tuvieron lugar en Cuba, Vietnam, Nicaragua, Zaire, Afganistán y Mozambique.

lunes, 10 de octubre de 2016

Cooperación o colapso: la forma del nuevo mundo

La información y la reflexión sirven para tomar decisiones. Las prioridades a nivel individual, y sobre todo político, para emancipar al ser humano y evitar las peores consecuencias del desastre medioambiental son muy evidentes.


Como ya hemos desarrollado ampliamente en otro artículo, la técnica, y la idea de su poder, es el principal elemento legitimador de la élite ¿Sorprendente? Si tomas un poco de perspectiva no lo es demasiado. Como han señalado antropólogos como Ronald Wright, las civilizaciones que han colapsado como la Maya o la de la isla de Pascua se han caracterizaron por su énfasis en el empleo de valiosos recursos en la construcción de elementos simbólicos, como grandes templos o estatuas, justo antes del colapso. Las instituciones (la lengua, las herramientas, la iglesia, los valores, la regulación de las relaciones sexuales, la existencia de poder en una sociedad, y la forma en que se impone y se legitima este poder, etc) tienen su inercia, y la élite que se beneficia de ellas también.

La institución no es neutra, es un hecho, debemos admitirlo, y al menos en las sociedades que han generado un excedente de producción, siempre ha existido un grupo que se ha beneficiado de ello, adquiriendo un estatus superior al resto. Entre estas sociedades debemos incluir por supuesto al “experimento” socialista del siglo XX. El socialismo, como ya explicamos en este artículo, ha sido y sigue siendo un ferviente creyente en el poder emancipador de la técnica y el crecimiento (en suma, el aumento del dominio sobre la naturaleza y sobre otros hombres), contra la evidencia que muestra que dicha emancipación no se produce. Citando a Eric Hobsbawm

En cambio, al enfrentamiento entre el “capitalismo” y el “socialismo”, con o sin la intervención de estados y gobiernos como los Estados Unidos y la URSS en representación del uno o del otro, se le atribuirá probablemente un interés histórico más limitado, comparable, en definitiva al de las guerras de religión de los siglos XVI y XVII o a las cruzadas.

En efecto querido lector, capitalismo y socialismo comparten valores fundamentales. Tan fundamentales que los tenemos interiorizados y los pasamos por alto, fijándonos en sus diferencias, que son mucho más triviales para nuestro destino común como pueblo y como especie.

Esto se ha debatido ampliamente en este blog ¿por qué recordarlo? La técnica es omnipresente y constantemente aparecen promesas de un futuro mejor de las que nadie vuelve a saber nada. Sin embargo, algunas promesas perduran y siguen dando la lata, no como realidad sino como promesa permanente. Es el caso de la energía fotovoltaica o del coche eléctrico, promesas que han conseguido llevarse a un desarrollo industrial incipiente, y que probablemente crearán enormes problemas, insospechados, si llegan a desarrollarse a nivel masivo.

Fijémonos ahora en las promesas de la energía fotovoltaica. El precio por potencia instalada ha descendido de forma exponencial durante décadas.


Pero la potencia no es el problema, sino la energía (es fundamental cuanto tiempo, y a qué capacidad funcione la instalación, mucha potencia instalada no sirve nada si no recibe la luz del sol). Pero el precio de la energía también ha ido descendiendo, de forma muy significativa


En una reciente subasta en Abu Dabi el precio ofertado fue de 0,24 euros el kWh. Fijémonos en esto, el precio ofertado es lo que se ha comprometido a cobrar la concesionaria para amortizar la central de producción, incluye lo que cuesta generar esa electricidad más el beneficio del capitalista. Ese precio es significativamente inferior a lo que cuesta generar electricidad mediante centrales térmicas, de gas y carbón, o nucleares. Entonces ¿por qué no se instalan paneles fotovoltaicos por toda la superficie del planeta? Hay diversos factores a considerar, en primer lugar, la instalación de paneles en otras ubicaciones, con otra latitud (y por tanto mayor inclinación de la radiación solar), menos días de sol, más nubes, etc, dará lugar a la producción de menos energía, para la misma potencia, y por tanto su precio será más caro. Por otro lado el mercado eléctrico, que requiere inversiones a largo plazo, suele estar regulado por los gobiernos, de forma que se garantice y se asegure el retorno de la inversión. Ello implica frenar la construcción de centrales que compitan con las ya instaladas.

Entonces, dados estos precios de la energía fotovoltaica ¿podemos confiar que nuestro suministro energético futuro seguirá una curva ligeramente ascendente y sin sobresaltos? Muy probablemente no, dado que la electricidad es tan solo el 20% de la energía que consumimos, y hay problemas para sustituir la aplicación directa de gasolina, gas u otras energías térmicas por electricidad. Pero pongámonos en el mejor de los mundos posibles ¿qué pasaría si los paneles fotovoltaicos fuesen gratuitos? Un reciente artículo en el blog crisis energética trata esta cuestión, reproduzco un fragmento que sintetiza a la perfección la respuesta a la pregunta del título:

Bajo mi punto de vista los problemas reales son el férreo control de un grupo de sociópatas ricos que sólo son capaces de ver sus propios niveles de riqueza que la maquinaria de las grandes corporaciones extrae de forma ciega...y la ignorancia y la indiferencia de un público demasiado obsesionado con mundos imaginarios, con chismorreos superficiales y conflictos creados artificialmente que no tienen nada que ver con los problemas reales.

Dicho esto, ¿que resultaría, en todos los aspectos, si los paneles solares fuesen de repente gratuitos? ¿Que saldríamos corriendo y complacidos a instalarlos por doquier, que desmantelaríamos las plantas de carbón y de gas y las nucleares (incluso cuidadosa y responsablemente) y seguiríamos con todas las demás cosas que necesitamos para reducir el impacto ambiental (incluyendo la reducción de nuestra propia población)? ¿O por el contrario que los detentadores del poder, incluyendo a los altos niveles de los grandes conglomerados mediáticos, saldrían a anunciar llenos de felicidad que hemos alcanzado la independencia energética y que podemos volver a seguir haciendo crecer el PIB y a conducir coches (eléctricos) más grandes y potentes, a asaltar a las últimas comunidades indígenas que intentan proteger sus montañas o lagos sagrados de la minería tóxica, el uso de barcos eléctricos con que extraer los últimos peces del mar, etc.? Esto sólo tiene que ver en parte con la paradoja de Jevons; se trata de que con frecuencia se ignora que la electricidad es apenas el 20% (en los EE. UU.) del consumo energético, que el cambio climático es sólo la más urgente de las muchas calamidades ambientales que se abaten sobre nosotros y que es difícil realizar la transición cuando el paradigma en el que nos encontramos nos dice que una enorme parte de esos recursos terminan injertándose y enriqueciendo a los ya ricos y destinados a luchar en guerras viciadas y sin sentido. Siete mil millones de seres humanos viviendo el Modo de Vida Americano son incompatibles con la única Tierra que habitan, incluso aunque pudiésemos eliminar todo el sector de la producción eléctrica. Y por supuesto, sin un cambio más profundo, los siete mil millones terminaremos siendo diez mil.

El panorama es sombrío ¿tiene sentido seguir apostando por estas tecnologías? Hay un aspecto que quizás se nos ha pasado por alto en este análisis. Muy frecuentemente, en ciertos países, las plantas fotovoltaicas o eólicas son gestionadas en régimen de cooperativa. El consumidor se convierte también en productor y participa en la gestión democrática de la planta. Esto no solo es importante porque reduce las desigualdades, amplia la democracia, favorece la creación de vínculos y de comunidad, es importante sobre todo porque este tipo de gestión económica ha demostrado ser sostenible durante siglos. Si decimos que los motores de la obsesión por el crecimiento son la desigualdad, el desempleo y la superpoblación ¿reduciría esta obsesión ser dueño de tus medios de producción, sin que nadie te pueda quitar el acceso a ellos? Sin duda lo haría. Tal y como ya desarrolló mi compañero Javier Ibarra en este artículo, hay evidencias históricas que señalan a la cooperación como claramente superior a la competencia de cara a lograr la sostenibilidad.

Dicen que el uso compartido del automóvil podría reducir hasta un 80% el número de automóviles necesarios. Energías renovables gestionadas como común, uso del automóvil compartido, relocalización de la producción en los puntos de consumo y agroecología, son medidas que no sabemos si serán suficientes para evitar el colapso, pero que en cualquier caso es seguro que lo amortiguarán. Son medidas por las que además se puede trabajar políticamente, mientras se intenta un cambio cultural más profundo. La conclusión es evidente, es prioritario trabajar en estos cambios concretos y hacerlos socialmente aceptables.

Hegel,  un moderno que fue testigo de la descomposición del antiguo régimen, escribía lo siguiente sobre las transformaciones sociales:

Así, el espíritu que se forma madura lentamente y en silencio hasta su nueva figura, desintegra pedazo a pedazo el edificio del mundo que lo precede; la conmoción del mundo la indican tan sólo síntomas esporádicos; la frivolidad y el aburrimiento que invaden lo que todavía subsiste, el presentimiento vago de algo desconocido, son los signos que anuncian algo distinto que está en marcha. Este resquebrajamiento continuo que no alteraba la fisonomía del conjunto se ve bruscamente interrumpido por la salida del sol que, en un relámpago, dibuja de una vez la forma del nuevo mundo.

No sé ustedes, queridos lectores, pero yo no termino de ver frivolidad y aburrimiento que invadan lo que todavía subsiste. Quizás respecto al sistema político sea evidente, y el 15M y otros movimientos sean un síntoma, pero respecto al conjunto no soy capaz de percibir esa erosión, si bien a veces se intuye levemente que algo distinto está en marcha. Queda mucho trabajo, sin embargo, el mapa, la brújula sobre lo que hay que hacer yo la veo muy clara ¿y tú? ¿Nos ayudas a difundir los problemas y las soluciones?

lunes, 20 de abril de 2015

Revolucionarios ¿Cómo cambiar el mundo?



Sería una gran alegría, para todos aquellos que no le tenemos mucho aprecio a esta sociedad, despertar un día y descubrir que se ha transformado. Que de repente, es posible aquel viejo sueño que planteó Averroes en el siglo XII.

¿Cuál será entonces la mejor sociedad? Aquélla en la que se dé a cada mujer, cada niño y cada hombre, los medios para desarrollar todas las posibilidades que Dios les ha dado.


La finalidad de toda sociedad fiel a Dios debe ser el desarrollo del hombre, no de la riqueza. El hombre progresa cuando desarrolla el razonamiento en toda su plenitud, un razonamiento que tiene conciencia de sus límites y postulados.

La idea de una revolución, una transformación repentina de la sociedad, es un viejo tópico de la modernidad, con su racionalismo ilustrado, que sin embargo parece cada vez más lejano. El hombre domina la razón, gracias a ello es capaz de descubrir las leyes que gobiernan la sociedad, y por tanto será capaz de transformarla en beneficio de todos. Este relato, bien podría servirnos para describir tanto las revoluciones norteamericana (1776) y francesa (1789), como la revolución bolchevique de 1917.

No creo que a nadie sorprenda mi afirmación de que este sentimiento revolucionario se ve cada día más distante. Zygmunt Bauman lo expresó de un modo que llegó a impresionarme, por su lucidez, en su libro En busca de la política:

Sin duda, consideramos, al menos en “nuestra parte” del mundo, que el caso de la libertad humana ya ha sido abierto, cerrado y (salvo por algunas pequeñas correcciones aquí y allá) resuelto del modo más satisfactorio posible. En cualquier caso, no sentimos la necesidad (una vez más, salvo algunas irritaciones ocasionales) de lanzarnos a la calle para reclamar y exigir más libertad o una libertad mejor de la que ya tenemos. Pero, por otra parte, tendemos a creer con igual firmeza que es poco lo que podemos cambiar -individualmente, en grupos o todos juntos- del decurso de los asuntos del mundo, o de la manera en que son manejados; y también creemos que, si fuéramos capaces de producir un cambio, sería fútil, e incluso poco razonable, reunirnos a pensar un mundo diferente y esforzarnos por hacerlo existir si creemos que podría ser mejor que el que ya existe. La coexistencia simultánea de estas dos creencias sería un misterio para cualquier persona mínimamente familiarizada con el pensamiento lógico.

A pesar de ello algún intento revolucionario hemos visto en los últimos tiempos:


pero se ha diluido como un azucarillo, con una rapidez asombrosa. Al respecto del movimiento 15-M, nuevamente Bauman afirmó:

Las gentes de cualquier clase y condición se reúnen en las plazas y gritan los mismos eslóganes. Todos están de acuerdo en lo que rechazan, pero se recibirían 100 respuestas diferentes si se les interrogara por lo que desean.

Pero no todo está perdido, al menos para Bauman, según el sociólogo polaco el 15-M podría allanar el camino para otra clase de organización.

Sin embargo, el mundo cambia, hace tan sólo unos meses el primer ministro de la república francesa, Manuel Valls, insistía en que su partido debía cambiar de nombre, renunciando a incluir la palabra socialismo en él. Que la palabra socialismo sea de repente tan poco atrayente, que esté tan cargada de significados negativos, es sin duda un cambio importante, y quizás esto no sea ni casualidad, ni fruto de las maldades de los socialistas.

La historia empieza en la década de los 50 del siglo pasado, un grupo de intelectuales derrotados, cuyas ideas habían muerto en las trincheras de la I guerra mundial, para luego ser pisoteadas por la Gran Depresión y por la II guerra mundial, decide fundar la sociedad Mont Pèlerin. Nos lo explica Philip Mirowski en su libro Nunca dejes que una crisis te gane la partida:

La finalidad era crear un espacio especial donde las personas de ideales políticos afines pudieran reunirse para debatir el esquema de un movimiento futuro diferente del liberalismo clásico, sin tener que sufrir las humillaciones del ridículo por sus imaginativas propuestas, pero también para sustraerse a la reputación de quinta columna de una sociedad en estrecha sintonía con los poderosos aunque inciertos intereses de posguerra.

¿Tan importante llegó a ser este grupo? Desde ese núcleo central irradiaron su pensamiento a universidades, think tanks y medios de comunicación, su objetivo lo define estupendamente Richard Fink, buscando convencer a futuros donantes para la Koch Foundation y la George Mason University:

La traducción de ideas en acción requiere la elaboración de materias primas intelectuales, su conversión en productos políticos específicos y la comercialización y distribución de esos productos a ciudadanos-consumidores. Quienes otorgan las subvenciones harían bien en invertir en el cambio durante toda la cadena de producción, financiando a estudiosos y programas universitarios en los que se desarrolla el marco intelectual de la transformación social, los laboratorios de ideas en los que las reflexiones eruditas se traducen en propuestas políticas específicas, y grupos de implementación para llevar esas propuestas al mercado político y finalmente a los consumidores.

O, si lo preferís, en palabras de uno de los fundadores de la sociedad Mont Pèlerin, Fiedrich von Hayek

Pero lo que para los políticos son límites fijos de viabilidad impuestos por la opinión pública, para nosotros no deben ser límites similares. La opinión pública en estos asuntos es la labor de hombres como nosotros... que han creado el clima político en el que deben moverse los políticos de nuestra época.


La labor de Mont Pèlerin fue doble, Por un lado, ponerse de acuerdo en un corpus teórico que reemplace las viejas ideas del liberalismo clásico: cuestiones tan prácticas como rechazar que el poder de monopolio sea malo, porque te enfrenta a las empresas, en quienes tienes que buscar tu principal fuente de financiación y soporte político. La segunda función fue ir estableciendo una red de organizaciones, con diferentes niveles, capaz de traducir esas ideas a distintos tipos de público, incluido el ciudadano de a pie, que llega a interiorizar y poner en práctica estos preceptos en su vida cotidiana. Ideas como que uno puede cambiar su identidad, y rehacerse a uno mismo, o que todos somos clase media y debemos asumir el riesgo que ello comporta, que el riesgo es bueno, que no debemos sentir lástima por los perdedores, o que la publicidad no puede manipularnos. Y, señores, hay que quitarse el sombrero, porque esto puede definirse como una auténtica revolución, modificar el sentido común de la gente, y convertir tus preceptos en sus hábitos.