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martes, 30 de abril de 2019

La construcción colectiva del conocimiento científico y su divulgación


A mediados de marzo envié un artículo al blog “Revista 15-15-15” con un texto que continuaba la interesante discusión iniciada por Emilio Santiago Muiño en el mismo foro. Debido a los problemas de salud de uno de los editores, la publicación del artículo empezó a demorarse, por lo que opté por publicarlo en el blog de Autonomía y Bienvivir, donde salió a mediados de abril. Una semana después de la aparición de este artículo apareció en el blog “Revista 15-15-15” una réplica de Pedro Prieto y otra de Carlos de Castro, publicadas una detrás de otra en un mismo post en dicho foro. Me sorprendió la rapidez de la publicación de esta respuesta a mi artículo, en comparación con la lentitud (comprensible) del proceso de publicación de mi artículo original. Entendí algo mejor esta falta de imparcialidad editora al observar que los autores de la réplica son miembros del consejo de redacción de la “revista” y, además, los principales contribuidores a dicha “revista” con 13 y 11 artículos publicados en la misma, respectivamente.



En la mayoría de revistas científicas o profesionales los miembros del consejo de redacción hacen funciones de asesoría editorial, orientación de la línea editorial de la revista, promoción de la misma, revisión de artículos externos, planificación y gestión. Hay algunas que permiten publicar en la revista a los miembros del consejo de redacción, pero suelen exigir en esos casos que se respete un sistema de doble anonimato, para que los otros miembros del consejo de redacción o los revisores puedan evaluar la calidad del artículo sin conocer que el autor es un colega de la misma redacción; y suelen limitar el número de artículos escritos por miembros del consejo de redacción a un porcentaje del orden del 20% del total de artículos de la revista.



Cuando no se respetan esas políticas editoriales de calidad e imparcialidad ante los artículos recibidos, el foro no se suele llamar “revista”; hay otras calificaciones más apropiadas como “blog”, “foro de discusión”, “revista de la asociación X”, “grupo de presión” o “lobby” X, etc. Por eso he empezado denominando “blog” a la llamada “Revista 15-15-15”. No tengo nada contra los blogs, todo lo contrario, pero creo que no hay que confundir a la gente. Un foro digital donde los editores no sólo filtran los contenidos y la rapidez con la que aparecen, sino que ellos mismos publican sus propios artículos cuando quieren no es una revista; es un blog.



Pero volviendo al tema que nos trae, la respuesta de Pedro Prieto me parece mesurada, respetuosa y defendible. Él adopta en algunos casos perspectivas diferentes a las que yo adopto, y ambas posturas pueden ser defendidas y beneficiar al lector; por ello, no voy a añadir nada a sus comentarios. Por el contrario, la respuesta de Carlos de Castro me parece que no tiene prácticamente ninguna relación con lo que yo estoy argumentando o, si la tiene, denota una comprensión nula de cómo se producen los consensos científicos.



Como muchas personas, incluidas algunos científicos, no entienden cómo se generan los consensos colectivos que llamamos “verdades científicas”, creo que puede ser útil resumir aquí el libro Ciencia en acción, del prestigioso sociólogo de la ciencia Bruno Latour. En ese libro, Latour analiza empíricamente cómo se generan tales acuerdos colectivos. El lector interesado puede encontrar también información útil en el resumen de la sociología del conocimiento, y de la sociología del conocimiento científico contemporáneo que publicamos en otro lugar.

 




La diferencia entre ciencia en construcción versus ciencia establecida




Latour nota que hay en realidad dos ciencias, o fases cualitativamente diferentes del proceso científico, y que se dicen cosas diferentes en cada fase. Las dos fases son: la ciencia ya sistematizada y la ciencia que crea nuevos constructos teóricos. La distinción procede de Reichenbach, quien denominó a las dos fases contexto de justificación y contexto de descubrimiento, respectivamente.   






Mientras que la Filosofía clásica de las ciencias se dedicó tradicionalmente a preguntarse qué rasgos de la ciencia, una vez sistematizada, la hacen tan diferente (y poderosa), Latour y otros sociólogos de la ciencia creen que es más fructífero preguntarse cómo construye la ciencia su conocimiento y su poder, y cómo una controversia científica se convierte en una verdad científica. 

martes, 11 de diciembre de 2018

¿Resuelve algo el coche eléctrico? Actualización

Beamspot, nos envía una actualización sobre su serie sobre el coche eléctrico. Al final del artículo podéis encontrar los enlaces a la serie completa. Os dejo con él.



Últimamente se están viendo gran cantidad de noticias informando sobre la ‘muerte’ del diésel y sobre la brutal subida de ventas de coches eléctricos. De hecho, se comenta abiertamente que la gran cantidad de cochepilas que se están vendiendo van a acabar con las petroleras en un breve espacio de tiempo.

La gran cantidad de ventas de este agosto de 2018 nos muestra buena parte del sesgo que se está imprimiendo en las noticias y cómo el uso numérico se utiliza convenientemente para dar forma a la opinión.

Por ejemplo, se dice que este agosto pasado se ‘confirma la muerte del diésel’ porque sus ventas, en números relativos (en tanto %) son más bajas que el agosto pasado, en tónica con la tendencia durante el año.

Sin embargo, aunque dicen sin ambages que las ventas de diésel han caído (cosa cierta en %), la cifra de vehículos diésel vendidos este agosto ronda los 40666 frente a los 34776 del agosto pasado.

Al menos se informa que todo esto ‘puede estar relacionado’ con el cambio de normas impuestas hace poco por el nuevo gobierno. Es decir, relativizan las nuevas políticas de obsolescencia legal para ensalzarlas, cuando este cambio ha pillado a contrapié a toda la industria de la automoción y los concesionarios se han visto obligados a bajar precios para poder dar salida a un stock bastante grande de vehículos de elevadas emisiones (diésel sobre todo, pero también gasolina), en base a ofrecer grandes rebajas (que no se aplican a los vehículos menos contaminantes, para compensar y aprovechar que las nuevas normativas prácticamente obligan a comprar dichos vehículos).

Este tipo de cambios imprevistos, además, ha tenido ciertos problemas añadidos causados a las automovilísticas, empezando por la SEAT, que tiene problemas de suministro de los nuevos motores gasolina, gas y bi-fuel, hasta el punto que no se puede cubrir toda la producción, causando paros temporales (y posibles expedientes de regulación de la ocupación con reducción de los días trabajados).


Pero no sólo ahí se queda la cosa. El uso de cifras relativas en lugar de absolutas es sólo la parte más relativa del asunto. Hay un engaño todavía más exagerado, una mentira más.


Y es que cuando hablan de ‘coches eléctricos’, a la mayoría la viene a la mente Tesla y otros coches que se califican como BEV o Battery Electric Vehicle, es decir, cochepilas ‘puros’.

Sin embargo, el ‘coche eléctrico’ más vendido de esas mismas estadísticas que tanto alaban el progreso en este sentido, es el Mitsubishi Outlander PHEV (Plug-in Hybrid Electric Vehicle), es decir, un híbrido enchufable, no un BEV, del cual se vendieron 151 en Octubre de 2018.

Aún así se citan ventas de 8516 ‘electricos’, cuando en realidad 7515 son híbridos no enchufables.

En datos de Julio de 2018:

lunes, 26 de junio de 2017

¿Resuelve algo el coche eléctrico? Escalabilidad

 
 
Ya se ha visto que el coche eléctrico contamina, no da las prestaciones de los vehículos actuales, implica cambios importantes en toda la infraestructura eléctrica, sobre todo si se quiere que contamine menos (sólo por la fabricación), y todo a un coste económico muy elevado que además genera bastantes intereses y fomenta sistemas de bombeo de riqueza de las clases más bajas a las más altas.
Pero ese inconveniente económico que pone en tela de juicio la viabilidad económica, además de comprometer seriamente la estabilidad social, se basa sobre la presunción que se puede hacer sin más problemas, y que al incrementar la economía de escala, los precios bajarán y será más asequible para todos, con lo que dejará de ser un sistema que pasa costes al público general para el privilegio de unas  élites, a ser algo común.
Es decir, la economía de escala que tantas cosas ha abaratado, es la razón esgrimida con cierto fundamentado históricamente en gran cantidad de casos para que la mayoría de la sociedad admita este tipo de funcionamiento.
La escalabilidad es, por tanto, un punto clave de todo el proceso de electrificación de nuestra sociedad, proceso del cual el coche eléctrico representa una pieza importante, quizás la más vistosa, si bien ni de lejos la más difícil.
De todos los puntos que afectan a la entrada de forma masiva del vehículo eléctrico, una vez más, hay que mirar su relación con el proceso de electrificación de nuestra sociedad. No vale mirar sólo el litio para las baterías, si no miramos a su vez cómo gastamos ese litio y cómo se utilizan las baterías no sólo para los vehículos, también cómo se utilizan, tanto las baterías directamente como a través del V2G dicha capacidad de almacenamiento, en la red eléctrica.
Y eso debe hacerse además teniendo en cuenta el ciclo de vida, es decir, no sólo su uso directo si no también la obtención primaria (minas) como su retirada y su reciclado.
Empecemos, puesto que ya se ha mencionado, por el litio, ese elemento que muchos llaman el ‘oro blanco’ o ‘el nuevo petróleo’, un elemento químico bastante particular, que hasta hace poco se extraía de forma secundaria como subproducto de otros elementos (tantalita en Australia, sal común en Chile – Atacama), y que ahora se empieza a explotar de forma primaria en varias partes.
Un elemento bastante escaso, apenas 14 millones de toneladas métricas (MMT) de reservas, según el más reputado inventario de minerales, el USGS (el servicio geológico de los Estados Unidos). Un elemento que tiene bastantes usos, desde lubricantes de uso especial (y espacial), medicamentos para el trastorno bipolar, aditivos en cerámicas, y como reductor de coste en la fabricación de cristal.
Este último punto es relativamente nuevo, y la principal razón es que la fabricación de cristal para la fotovoltaica se reduce de coste y emisiones (pues sólo se puede usar gas natural para fabricar cristal, un detallito más de difícil electrificación) entre un 10 y un 18%, además de conseguir un cristal más transparente  que mejora (ligeramente) el rendimiento de los paneles fotovoltaicos.
Así pues, tenemos un elemento de limitación que afecta a varios sectores a la vez. Hay otros, como el disprosio utilizado en los motores de los vehículos eléctricos del tipo de ‘imanes permanentes’, y que suelen ser los de mayor eficiencia, pero que también se utilizan en los aerogeneradores de últimas generaciones, entre otras cosas, para facilitar el control de la producción y así tener algo más de margen sobre la estabilidad y la producción eléctrica de origen eólico.
Pero también los hay menos conocidos. Uno de ellos, el cobalto, por ejemplo es interesante de seguir, más que nada porque ejemplificar algunos de los puntos de equilibrio que tiene el mercado de materias primas.
Para empezar, el 98% de cobalto obtenido de forma ética, es decir, descartando el contrabando que es importante en este componente, se obtiene en minas de cobre, como subproducto del mismo, y cuya producción es bastante inelástica, ya que el que marca la producción en entornos de alta demanda, es el cobre.
El mayor productor es precisamente la República Democrática del Congo, que no es precisamente una de las más socialmente ejemplares del mundo, y donde el contrabando y la producción por sistemas poco éticos y técnicamente poco limpios, tanto medioambiental como socialmente es algo común.
El mayor uso del cobalto es en baterías, aunque hay bastantes más, todas muy fuertemente técnicas y donde el cobalto resulta imprescindible, pero que son muy estables en su uso, es decir, muy rígidas, y además son aplicaciones donde el precio del cobalto tiene poco impacto al ser de elevado valor añadido. Un mercado que apenas ha crecido en bastantes años, no como el caso de las baterías.
Además, el cobalto es un mercado prácticamente dominado por China, que es la principal importadora, y que no exporta nada de cobalto refinado, sino sólo elementos que lo usan como aplicación final, como por ejemplo baterías.
Por tanto tenemos un producto muy inelástico que depende de la demanda del cobre (las baterías también gastan cobre, pero su peso en el mercado es ínfimo en comparación), con ciertos usos también inelásticos que se pueden permitir prácticamente cualquier precio, precio que fija básicamente China, el principal importador de cobalto, y uno de los grandes compradores de cobre.
Pero además tenemos que las tecnologías que tienen mejor densidad de energía, y habitualmente (al menos a finales de 2015) tenían mejor precio, eran precisamente las que más cobalto usaban. Las de mayor potencia, que por geometría e implicaciones técnicas, tienen bastante peor densidad de energía (esos KWh por Kg de peso), usan menos cobalto, pero son más caras, y también necesitan más litio.
Pero el inevitable Elon Musk dijo que para 2020, necesitaría el 100% de la producción mundial de litio para su mega fábrica.
Mucha gente alaba, como ya hemos dicho, el efecto de la economía de escala. Pero otra ley de mercado sumamente importante, de hecho LA LEY del mercado, la de la oferta y demanda, es algo de lo que se olvidan.
El resultado es que si el cobalto ha subido más del 30% desde finales de 2015, con fuertes fluctuaciones y con previsiones muy duras en cuanto a precio y producción, el carbonato de litio grado batería (99.99% de pureza), ha pasado de 6500$/Tonelada a finales de 2015 a más de 24000$/T a principios de 2017, y sigue subiendo. Eso sí, el precio fijado por China (una vez más).
A esto hay que considerar que el precio de las materias primas se ha disparado, y eso tiene mucho peso en el coste de las baterías, que gastan más de 150g de litio (en contenido metálico, que equivale a unos 900g de carbonato de litio, y más de 200g de cobalto metálico.
Si tenemos en cuenta que este tipo de baterías lleva ya 40 años en el mercado, las posibilidades de mejora no son muy grandes: las más evidentes y sencillas ya se han implementado, lo que es la ley de los rendimientos decrecientes.
Por supuesto, el montar varios miles de celdas en un pack es un tema que lleva poco tiempo, y las mejoras de la economía de escala se aplican sobre todo en este punto, donde todavía hay bastante que mejorar.
Sin embargo, las megafactorías de baterías utilizando energía renovable, tampoco son una novedad, y el caso de las que desarrolló Edison dejan claro que la economía de escala no tuvo un gran efecto.
El resultado es que está por ver si la economía de escala es capaz de mejorar el precio más que lo que lo está empeorando ya mismo la demanda brutal de elementos necesarios para la fabricación de baterías. Las dudas son más que razonables, el futuro dirá, pero lo más probable por la experiencia y conocimiento del autor, así como los datos de muchos otros estudios es que el coche eléctrico es, ha sido y será, un vehículo caro, precisamente por el precio de las baterías.
 
En el mundo, en este 2017, hay alrededor de 1100 millones de vehículos térmicos. La capacidad de producción tuvo algunos picos por encima de los 80 millones de vehículos al año, aunque en los últimos tiempos está por debajo de esta cifra.
Sin embargo, coches eléctricos hay menos. Poco más de medio millón en los USA en 2015, menos de 5000 en España, frente al millón que tenía previsto el gobierno de Zapatero. Del Nissan Leaf, el vehículo eléctrico más vendido, se han fabricado ya algo más de un cuarto de millón de unidades.
Tesla dice que va a llegar a fabricar medio millón de coches Clase E para 2018, algo que los que trabajamos en el sector opinamos que es imposible. Máxime si el mismo Elon Musk afirma que para entonces necesitará el 100% de producción mundial de litio sólo para hacer frente a dicha capacidad.
Así pues, se ve imposible que se llegue a fabricar, en breve, 80 millones de coches eléctricos al año, lo cual llevaría a cambiar (si la población está por la labor) todos los coches en casi 14 años. Fecha para la cual la producción de baterías debería ser casi el doble, puesto que los primeros en fabricarse ya deberían necesitar una nueva, siendo extremadamente optimistas (dependiendo la latitud, las baterías duran menos de 14 años, estando por debajo de los Pirineos en el orden de los 5 – 6 años, tanto menos cuanto más al sur).
Escalar la fabricación para cambiar todo el parque automovilístico, a la luz de estos datos, se antoja francamente difícil que suceda en menos de un par de décadas, probablemente tarde muchas más, si es que llega a producirse, ya que lo más probable es la desaparición del coche privado tal y como lo conocemos, excepto los juguetes para ricos como el Model S.
Y sin contar aquellos vehículos que no son particulares, como los camiones articulados que podemos encontrar en nuestras carreteras en abundancia, y para los cuales no hay opción eléctrica. Lo mismo aplica a los megacamiones de minería (y eso que son híbridos), o los buques como el Maersk Clase Triple E
Y sin embargo, aún no hemos entrado a considerar con más profundidad la escalabilidad si tenemos en cuenta además la transición del modelo actual de consumo energético a otro basado en renovables (eléctricas e intermitentes) asociado.
Hay muchos estudios sobre esta transición a un modelo basado en renovables eléctricas intermitentes (y algunas despachables) desde Greenpeace a entidades universitarias, incluyendo el MIT. Este último además aborda el tema de la minería, y llega a conclusiones como que el Disprosio, que como todas las tierras raras es monopolio exclusivo de China, que haría de cuello de botella tanto para motores como alternadores especialmente en el caso de la eólica, obligando a un mínimo de 5 décadas para poder hacer el despliegue de aerogeneradores necesario sólo para suplir la producción actual de electricidad, sin mencionar la sustitución, ni coches eléctricos ni crecimiento. También explica algunos detalles sobre la minería y las materias primas secundarias como el mencionado cobalto.
Entre estas materias primas figura, sin explicación en ese informe, el tema del tóxico telurio que conjuntamente con el más tóxico cadmio se usa para cierto tipo de paneles fotovoltaicos presuntamente más económicos, y que se obtiene a partir de los restos después de extraer oro mediante el rociado con el potente veneno conocido como cianuro los restos de haber extraído el cobalto. Y eso sólo para cierto tipo de minería del cobre.
Este tipo de limitaciones debería hacerse extensible a los 70 elementos de la tabla periódica que se usan en la fabricación electrónica y el resultado podría poner al ladrillo fundamental de la tecnología actual (especialmente de los coches eléctricos y la transición energética) en el cuello de botella de todo.
Entre estos estudios de la transición, hay uno interesante sobre todo por ser uno de los ‘favoritos’ de todos los pro-renovables, conocido por sus autores, Jacobson y Delucci, en el que indican que para electrificar los Estados Unidos harían falta como 590TWh de baterías.
Si tomamos por buena la estimación del USGS sobre los recursos y reservas de litio mundial, así como algunos estudios al respecto de la cantidad de litio por batería, el resultado es una capacidad teórica de menos de 65TWh, alrededor de una décima parte de las necesidades de los USA, muchísimo menos que las necesidades reales del mundo, sin mencionar otros usos.
Si además analizamos esas reservas, que se dividen en dos grandes grupos: salares y roca dura, donde la mayoría está en los más asequibles y sencillos salares, todos ellos ya inventariados (se ven todos desde el satélite), y que los recursos de roca dura, así como el reciclado del mismo, con los precios actuales de 24.000€/MT no son rentables, además de ser fruto de la especulación, y que no todo el litio se puede usar para hacer baterías, queda claro que algunos de estos estudios, por no decir todos, en realidad son cuentos de hadas sin base, que ignoran algunos elementos esenciales que los privan de veracidad y plausibilidad, de viabilidad técnica.
Por eso, unos científicos del IPCC han hecho un meta estudio sobre 24 de estos estudios, para analizar la factibilidad del cambio a un nuevo modelo, y si eso conlleva impacto ambiental, puesto que precisamente esa es la labor del IPCC, estudiar el impacto ambiental y el cambio climático, no sólo de la sociedad actual, si no de las soluciones propuestas.
Las conclusiones son demoledoras. Reduciendo el consumo (o sea, decreciendo, lo contrario de lo que se nos vende) a menos de la mitad, en el mejor de los casos, se debe destinar una cantidad tal de recursos para elaborar biomasa y biocombustibles para lidiar con el problema de la intermitencia e inestabilidad de la ineficiente (si se incluye la producción) electricidad, un impacto ambiental descomunal en consideración de estos científicos.
De no decrecer, o peor aún, seguir creciendo, llevamos el camino a la deforestación total sólo para producir electricidad. Algo que pocos se preguntan, y que sin embargo es importante.
Evidentemente, eso no va a pasar. Ya se tiene experiencia en lo que implican los biocombustibles y la biomasa: al competir por los terrenos (como hace la fotovoltaica), disparan el precio de la comida.
La gráfica que abre este artículo es precisamente la evolución del índice de precio de la comida, sobre la que se han superpuesto las revueltas recientes en la fecha en que se han producido. La relación es más que evidente.
En resumidas cuentas, todo lo que se nos está vendiendo como ‘progreso’ en el sentido del cambio de paradigma energético, sin un necesario cambio cultural, el coche eléctrico, la electrificación, las renovables, el grafeno y demás, no resuelven nada más que el favorecer a unos pocos, a veces incluso poco sospechados, mientras la amenaza sobre nuestro futuro sigue creciendo.
Va siendo hora de ir pensando en otras alternativas.
 
 


lunes, 12 de junio de 2017

¿Resuelve algo el coche eléctrico? Infraestructura



La electricidad es un tipo de energía efímera. Sólo existe en el breve instante de tiempo que tarda en viajar desde A hasta B a la velocidad de la luz.

En A, otro tipo de energía tiene que ser convertido a electricidad, y en B esa electricidad que le llega es a su vez reconvertida en otro tipo de energía. Si en A se convierte más energía en electricidad de la que B consume, o se pierde o se genera una sobretensión con consecuencias fatales. Si B pretende consumir más energía que la que se puede convertir, se produce un apagón o una bajada de tensión, generalmente con consecuencias indeseadas.

Además, la termodinámica se cobra su peaje en cada parte, tanto en forma de pérdidas por la transmisión, como en la conversión energética que tiene lugar en cada lado del circuito, especialmente en A, que va desde el máximo de la hidroeléctrica, rondando el 80% hasta el peor de los casos, la fotovoltaica que está en un 15% o menor, según el día. Eólica y ciclo combinado se mueven alrededor del 50%, y el resto entre el 30 y el 40%. Las pérdidas son casi siempre en forma de calor.

Por tanto, hablar del conjunto implica tener en cuenta el cuanto, el cuándo y el dónde. No hacerlo es una memez: ¿de qué me sirve la fotovoltaica si las luces las enciendo cuando es de noche (con lo que la fotovoltaica no produce por falta de sol)?, ¿de qué me sirve que se produzca mucha fotovoltaica en verano si lo que necesito es calor en invierno, precisamente porque en verano nos llega cuatro veces más energía solar que en invierno, la principal causa de por qué hace calor en una estación, y frío en otra?

La presunta versatilidad de aplicaciones en B, el punto de vista mayoritario, es sólo la cara más interesante de la moneda, mientras que la cruz es que es esa misma versatilidad la que hace que no exista en la práctica ningún sistema de almacenamiento de electricidad. Recordemos que las baterías son sistemas químicos, no eléctricos.

La electricidad, por tanto, no se puede considerar como una energía, como mucho se podría llamar potencia (o energía por unidad de tiempo), aunque la mejor forma de clasificarla es como sistema intermediario entre dos formas de energía diferentes (el concepto de carrier, ni siquiera el de vector se podría aplicar), que permitiría transformar y transportar desde una energía mecánica (como la de rotación de un alternador, movido a su vez por un amplio rango de otras energías) a otra energía, que bien podría ser mecánica como el movimiento de un ventilador, calor, como una vitrocerámica, luz con una bombilla, etc.

Por tanto, bajo el epígrafe de ‘infraestructura’, se va a tratar todo el conjunto desde A hasta B, pasando por la transmisión y transformación, que, para el caso del coche eléctrico, pasa por las renovables eléctricas intermitentes debido a que la ‘limpieza’ del mismo debe serlo a la vez, por la ‘limpieza’ en la generación.

Como primer punto a constatar, enfatizando el asunto del cuándo, está el hecho que en España hay instalada más de 110GW de potencia de generación, mientras que el pico de demanda, invariablemente en invierno, no llega a los 44GW. Esto nos deja un margen de más de 66 GW de potencia instalada, que, si limitamos la potencia de recarga a 3.3KW (la mayoría de contratos de potencia de hogares está en los 4.4KW), nos dejaría con la posibilidad de cargar hasta 20 millones de coches eléctricos.

O no: una parte muy importante de estos GW instalados son renovables, que en ningún caso llegan a suministrar toda la potencia nominal instalada, así que en realidad, según el día (o la noche, aunque la fotovoltaica apenas es testimonial sobre el total) o el viento que sople, se podrían cargar más o menos. Lo cual no deja de ser anecdótico, puesto que está claro que la potencia instalada sobra, no es el principal problema.

El problema sin embargo, es el donde, así como el cuándo. ¿Dónde estaba el viento este enero de 2017 que subió tanto la factura de la luz? ¿Y el sol ese que brilla poco además de estar nublado, en invierno?

En el debate sobre la energía, secuestrado por las renovables eléctricas intermitentes, donde éstas son las únicas ‘buenas’ o aceptables y el resto es malo malísimo a eliminar (¿dónde están las renovables no eléctricas o no intermitentes como la geotérmica?), explica porque hay tal exceso de potencia instalada: las renovables nunca llegan al valor nominal, y alguien debe producir de forma despachable cuando hace falta, debe suministrar esa electricidad demandada, cuando se demanda y las renovables (eléctricas intermitentes) no pueden suplirla.

Por eso el sector más interesado en que se tire el dinero en la cara fotovoltaica es presumiblemente el de la producción eléctrica despachable, nominalmente hoy por hoy la indispensable e inevitable producción en base a combustibles fósiles, especialmente las centrales de ciclo combinado (las más eficientes y que menos CO2 emiten, además de ser las más controlables y fáciles de encender y apagar). Este exceso de potencia instalada sobrante es parte de la razón por la que todos los países que más hemos apostado por las renovables seamos los más caros.

Apostar por el autoconsumo (invariablemente fotovoltaico) obvia que la mayoría de la población vive en fincas dc pisos donde el espacio disponible, sobre todo si atenemos a las sombras varias, es reducido y en el mejor de los casos podría producir sólo una fracción de la energía consumida por cada vivienda, y eso sin contar coches eléctricos, no hace más que empeorar las cosas, puesto que aumenta la dependencia de esa mayoría poblacional de la producción despachable mientras aumenta la producción variable incontrolada e intermitente.

Lo cual nos lleva al dónde. Y es que las únicas zonas donde los inquilinos pueden producir un exceso de energía fotovoltaica son las de baja densidad de población. Aquellas zonas residenciales donde además de espacio tienen el músculo financiero necesario tanto para instalaciones grandes de fotovoltaica como para comprarse caros coches eléctricos, y donde, probablemente se instalen los primeros sistemas de red eléctrica de producción distribuida, con abundancia de las ‘smart grids’, puesto que la red eléctrica actual no está diseñada para este tipo de producción, y esas zonas de clase alta, o muy alta, son los primeros en apuntarse a la generación distribuida.

Sin embargo, antes se empezará, de hecho ya se está haciendo la instalación de cargadores públicos en los centros urbanos, que en grandes ciudades no presentará mayores problemas sin más, mientras que en zonas de menor densidad de población o bien se instalan pocos puntos, o bien se cambia toda la infraestructura de distribución y trasformación o la que hay se va a sobrecargar, como ya ha pasado en Noruega.

Hay que tener en cuenta la potencia y el coste de cada punto de recarga. Mientras que un hogar suele tener alrededor de 4.4KW de potencia contratada, esto apenas da para recargar un coche eléctrico con carga súper lenta. Por eso, en los centros urbanos hace falta puntos de recarga que sean capaces de recargar más rápidamente el vehículo, con lo que las potencias instaladas para cada punto están en el orden de 30KW, lo que viene a ser unas 7 veces la potencia contratada por hogar, y lo mismo que una pequeña empresa.

Un supercargador de Tesla tiene 120KW, y cada estación de recarga, alrededor de 10 puntos, lo cual es lo mismo que una planta industrial de más de 5000 m2, 500 trabajadores con gran cantidad de maquinaria eléctrica, usando sólo un centenar de m2.

Un ejemplo muy práctico para ver de qué se está hablando, consiste en considerar uno de los sueños o promesas más habituales de la utopía del coche eléctrico. Pongamos por ejemplo que se pretende cargar un Tesla Modelo S de 100KWh en un minuto.

No es descabellado, un coche diésel puede cargar tranquilamente 40 litros de gasoil en ese tiempo, que es algo de lo más habitual hoy en día. A 8KWh por litro, eso son 320KWh de energía, cuatro veces más.

Eso, en potencia, son 6MW de potencia eléctrica (más alrededor de 300KW de pérdidas por rendimiento en el cargador/trasnformador y batería, un 5%), frente a los 20MW de un surtidor diésel que apenas gastará 1KW de potencia de la bomba de gasoil.

Sin embargo, disipar esos 300KW (es decir, la potencia máxima contratada por una sesentena de hogares, 300 estufas eléctricas, cincuenta vitrocerámicas a todo trapo) requiere de alrededor de 100KW más de enfriadora, que sería más grande que el propio coche. Por no mencionar las dificultades de enfriar el paquete de baterías, y los cables tan gruesos como el brazo de un hombre si no más, para aguantar los 10.000 Amperios de corriente necesarios.

En realidad, la comparativa de la estación de recarga con su montaña de tecnología y su ineficiencia sale muy mal parada en frente de la humilde bomba de gasoil con una manguerita. Queda claro que la electricidad no es tan eficiente como dicen.

Dado que la tarifa en concepto de potencia contratada está en 44€/KW anuales, los puntos de recarga en los centros urbanos salen a 1320€ cada uno, 5280€ anuales por cada surtidor de Tesla, y dejo en manos del lector el cálculo para una estación que presuntamente pueda recargar un coche en un minuto. Además, tanta potencia implica que toda esta infraestructura que debe dar respuesta a este servicio, debe ser recalculada y reestructurada, cambiada, con otro coste añadido. Y aun así, esto no es todo.

Si se ha empezado este artículo explicando los problemas inherentes con la electricidad, y nos hemos centrado hasta aquí en el donde, con dos casos aparentemente poco conexos, hay una razón de peso detrás de todo ello. Y es que para paliar los problemas de intermitencia, desde un principio se apuesta por la tecnología V2G o ‘Vehicle to Grid’, es decir, que el coche aproveche la habilidad de su batería para devolver energía a la red eléctrica, para dar servicio al balanceo (gestión para igualar la producción y el consumo eléctricos) energético comentado antes como parte del problema.

Este elemento es interesante, ya que permitiría dotar de estabilidad eléctrica a una zona con producción distribuida, pero implica a su vez que no sólo hay que añadir potencia en los centros urbanos, también hay que añadir toda la infraestructura de Smart Grid antes comentada, si bien lo más probable es que en estos centros urbanos, con su elevada densidad de población, la producción distribuida no dé de sí ni para cubrir el consumo local y apenas se carguen estos vehículos, con lo que el aumento localizado de demanda eléctrica implica reforzar la infraestructura, aumentar la capacidad.

Además, es probable que estos vehículos no estén estacionados muchas horas en el cargador, más bien durante el horario diurno en los cargadores públicos, o unas pocas horas.

Analicemos ahora el asunto de quien paga qué. De dónde sala el dinero, a dónde va a parar, financiación, y beneficios fiscales, entre otros.

Dado que, al menos en donde el autor vive, la fotovoltaica sólo produce durante las horas de sol, que es justamente cuando se trabaja y el consumo eléctrico hogareño es prácticamente menor, la producción del ‘autoconsumo’ no es auto-consumida, sino que debe ser vendida a la red eléctrica. Tal es el enunciado principal de los defensores de dicho ‘autoconsumo’.

Sin embargo, dado que esa generación ya se ha explicado que se centra en los barrios residenciales de alto standing y bajo consumo por m2, la mayoría de esa electricidad será dirigida hacia los centros urbanos, donde precisamente ese mismo colectivo que es el principal grupo de posibles usuarios de vehículos enchufables, cargarán sus coches en el centro, que es donde trabajan. Y presumiblemente, gratis (al menos de momento es así).

Es decir, que a esa gente le estamos llenando las baterías de sus coches con su propia electricidad y encima se la pagamos el resto de usuarios, mientras la factura de la luz nos sube al resto, amén de los privilegios de poder circular y aparcar en las grandes urbes de gratis, con privilegios que a los otros no sólo se nos prohíben (como la circulación de vehículos diésel, esos que los gobiernos hace nada estaban promocionando) o dificultan, como el aparcamiento.

El cambio de toda la infraestructura, de momento, se hará con cargo al erario público, es decir, a todos nosotros, pero a la primera que vaya aumentando, presuntamente, la demanda, cuando en una finca de pisos de los grandes centros urbanos se pretenda instalar lo necesario para que los inquilinos puedan cargar su coche en el parking, ya podemos dar por sentado que el coste lo tendrá que pagar la comunidad de vecinos porque ya no habrá subvenciones.

Y es que los más de 10.000M€ que el gobierno español se embolsa al año sólo en concepto de impuestos a los combustibles, más el IVA sobre el mismo, amén de otros conceptos, y que presumiblemente en pocos años se más que doblen, cuando empiece, supuestamente, a crecer el parque de coches eléctricos, o mejor dicho, a disminuir el parque de coches térmicos (y eso sí que es seguro, no se va a poder mantener tanto gasto), de alguna parte van a tener que sacar ese dinero.

Y la electricidad es el primer candidato.

Resumiendo: hace falta cambiar mucha infraestructura por otra, mucho más cara y compleja, encareciendo el coste de la energía, y encima montando otro sistema más de bombeo de riqueza de las clases menos pudientes a las élites, varias, de varios tipos, junto con un incremento de los privilegios hacia esos estratos de la sociedad mientras se demoniza y culpabiliza a la población menos favorecida.


Nada nuevo.



Entrada realizada por Beamspot

lunes, 12 de septiembre de 2016

Fisiócratas, energía y paradigmas económicos.

Recientemente Steve Keen publicó un artículo sobre la incorporación de la energía a la función de producción neoclásica, algo que no es novedoso. El artículo comienza recordando que la escuela fisiocrática reconoció la importancia de la energía en la producción, algo que negaron después los clásicos (dentro de los cuales incluyo a Marx) y, especialmente, los neoclásicos.


De mi paso por la facultad, recuerdo que la escuela fisiocrática se estudiaba de pasada. Sus ideas parecían ancladas en un pasado remoto de la joven disciplina económica, donde se tanteaba de una forma torpe los misterios que poco a poco se irán revelando durante los siglos XIX y XX.


Muchos años después y tras leer, por ejemplo a José Manuel Naredo o a René Passet, me percaté que aquellos planteamientos aparentemente absurdos de que la agricultura era la fuente de todo valor, estoy simplificando, encerraban desde el punto de vista de la economía mucha más verdad que la falta de interés con que eran tratados.


José Manuel Naredo se refiere a ello, al abandono de lo que podemos denominar factores físicos limitantes, como la ruptura epistemológica fisiocrática, que dio pie a un reduccionismo monetario que está en la raíz de la incapacidad que tiene la dogmática económica vigente para comprender unos fenómenos que le son ajenos y que, en el fondo y a pesar de sus esfuerzos, encuentra incomprensibles. El intento de monetizar aquello que en origen fue excluido, es un camino condenado al fracaso como hemos expuesto en otras ocasiones.


No obstante la visión de que únicamente el trabajo humano era la fuente de la riqueza de la naciones triunfó. Las circunstancias históricas conspiraron para que esa victoria enterrara la visión de los fisiócratas que consideraban de forma implícita la energía  (solar), como el origen de toda riqueza. El hecho de que la revolución industrial se fundamentara en la utilización de energías fósiles (que paradójicamente no es más energía solar almacenada) como palanca para la división del trabajo, fue esencial para desterrar la idea de los fisiócratas. Este concepto es el que da lugar a la conocida representación de la economía como una máquina de movimiento perpetuo sin que ello provoque ningún sonrojo.




Los fisiócratas consideraban que existían actividades productivas, agricultura, minería y pesca, otras, sin embargo, industriales o artesanas se limitaban a modificar la materia. Tengamos presente que los fisiócratas, creían que los minerales se reproducen (lentamente) en el seno de la tierra. Así Quesnay afirmaba:


“toda ciencia económica se orienta a conseguir la mayor reproducción posible, mediante el conocimiento de los resultados físicos que aseguren la recuperación de los recursos invertidos por la sociedad en el curso de su actuación”


Aunque los fisiócratas consideraban, en razón de los conocimientos de su época, que el crecimiento físico no tenía límite, eran perfectamente conscientes que el crecimiento se produce en un contexto físico que nos proporciona la naturaleza. Ese concepto será completamente abandonado por los clásicos. Naredo (2015) explica:


“[Los fisiócratas]..construyeron sus análisis sobre nociones de producción y de producto neto más próximas a las que se aplican hoy en ecología que a las que rigen en economía, y de ahí que prestaran más atención al ‹‹valor de uso›› que recoge las características intrínsecas de los productos que al ‹‹valor de cambio›› que hace abstracción de ellas.”


El valor de uso es una categoría esencialmente objetiva, mientras que el valor de cambio es de carácter social, surge de la relación entre las personas, aunque éstas deban comportarse bajo unos supuestos determinados, sobre los que volveremos.


Para los clásicos y posteriormente los marxistas, el trabajo es la fuente de la producción y el valor, algo que excluye a la naturaleza como pre-requisito para cualquier producción. La reducción a lo monetario permite crear riqueza abandonando el vínculo físico. Por esa razón, para Ricardo la renta no nace del producto sino del precio. Señalemos los enormes problemas que esto comporta que han sido sobradamente debatidos, pero ignorados por la economía neoclásica durante el siglo XX. Afrontarlos supondría un colapso del vínculo entre lo físico (capital que está sometido a las leyes de la naturaleza) y lo monetario (capital financiero que se reproduce sin ningún límite, por el interés compuesto). 



Por ejemplo, abandonada la creencia de la reproducción de los minerales, los clásicos hablan de producción de minerales que se genera a través del trabajo, no se trata de extracción de un recurso no renovable y, como es el caso de los combustibles fósiles, no reciclable en ninguna medida. Esa ficción se mantiene incólume a día de hoy.


Por otra parte, el capitalismo se caracteriza por la necesidad de acumular riqueza, es el motor que mueve el mundo y, de acuerdo con la tesis de mano invisible, beneficia a todos. Es la manifestación del utilitarismo cuyo protagonismo en la disciplina económica es de todos conocido. Cada individuo busca maximizar su propio placer. Se trata de una tautología que nada limita. La estrategia de presentar tautologías lógicas como verdades universales indiscutidas ha funcionado a las mil maravillas.


El artificio, como señala Naredo, es que no estamos hablando en términos vagos y generales de la utilidad, con los que es difícil estar en desacuerdo, sino que se trata de reducirla al mero consumo de bienes y servicios. En realidad, el consumo de los bienes y servicios con valor monetario tiene un impacto limitado en nuestro bienestar que depende de la abundancia de bienes o servicios que quedan fuera del mercado. Si esos “bienes o servicios” pasan a tener precio, nuestro bienestar o el de la mayoría se deteriora. Un ejemplo es el agua potable, a medida que aumenta su contaminación por nuestra acción sobre el medio, se vuelve más escasa, lo que la convierte en un bien de mercado. Dejando de lado las cuestiones de distribución sobre quién tiene acceso al nuevo bien de mercado y en qué cantidad, lo cierto es que la nueva escasez nos hace más ricos en términos monetarios pero sufrimos, ciertamente de forma harto desigual, un deterioro de nuestros niveles de bienestar. Lo que acabo de describir es la paradoja de Lauderdale que señala este fenómeno de la disociación entre valores de uso y valores de cambio.


Explica Naredo (2015)


“Con todo, el utilitarismo contribuyó a establecer esa identidad hoy tan omnipresente entre el bienestar y la felicidad de los humanos y la indiscriminada multiplicación de mercancías en que estaba interesada la empresa capitalista que, para evitar cualquier duda al respecto, se incluyen comúnmente bajo la denominación general de ‹‹bienes››. Se preparó así el terreno para que se extendiera el afán de conseguir su aumento indefinido, que presidió el nacimiento de la ciencia económica, a la vez que su expresión monetaria se impuso como indicador eficiente de progreso, haciendo que los valores pecuniarios dominaran en la sociedad en detrimento de los valores vitales, contradiciendo de hecho los principios hedonistas enarbolados por el utilitarismo”


Solo el reduccionismo monetario permite afirmar que somos más ricos y en consecuencia, siguiendo su lógica, disfrutamos de mayor bienestar. Es un concepto equivalente al de crecimiento anti-económico de Herman Daly. Sin embargo, incluso en las sociedades más opulentas hay capas de la población que sufren una regresión en su bienestar como el acortamiento de su esperanza de vida por múltiples causas, entre ellas una alimentación cada vez más deficiente. El sistema muestra sus dos caras, la depredación del medio natural que tiene múltiples consecuencias como el cambio climático o la contaminación de las aguas, y la de la sociedad se manifiesta, por ejemplo, en la desigualdad de acceso a esa riqueza que debería alcanzar a todos (trickle down) a causa del crecimiento perpetuo merced a una mejor tecnología para aprovechar los recursos o encontrar otros aún mejores.


No obstante, en un mundo de recursos limitados, los países más ricos lo son absorbiendo recursos físicos muy superiores a los que disponen. El flujo de entrada de materiales que importan supera, en mucho, al flujo de salida. Aunque en términos de valor de cambio su flujo hacia los países de donde proceden dichos recursos es mucho mayor. Existe una disociación creciente entre el balance físico y el monetario lo que Naredo y Valero denominan la regla de notario.


Después de la Segunda Guerra Mundial la preponderancia del petróleo como fuente de energía básica, ha recrudecido esa tendencia pues a diferencia del carbón está más concentrado en determinados lugares.


Podemos preguntarnos ¿Si la base material es tan importante por qué se omite del análisis económico como tal? Existen razones poderosas para que sea así, algunas más razonables en su momento, otras que son una mera justificación del sistema en el que algunos medran y la mayoría, como nos muestra la regla del notario, se ven abocados a vidas donde el prometido bienestar por un mayor consumo de bienes y servicios brilla por su ausencia.
Una cuestión que también debe ponderarse es el individualismo, en el sentido de que permite tener una relación meramente instrumental con nuestro entorno como algo ajeno que podemos aprovechar para aumentar nuestra riqueza monetaria. La encíclica papal "Laudato Si", se revela contra este concepto, considerando que la naturaleza no es un dominio del hombre, sino que este no es más que un senescal al cuidado de la misma. Además, el individualismo es una pieza esencial que permite al sistema sobrevivir porque siempre es el individuo el único responsable de su devenir, si no alcanza las metas no puede más que culparse a sí mismo. La célebre frase de Margaret Thatcher “there is no such thing as society” resuena alta y clara en nuestros oídos.



Esta construcción hobbesiana es lo que Lewis Mundford describió como el rasgo esencial del capitalismo, el centrarse en cantidades abstractas, no en vano la economía como disciplina nació con la denominación de “aritmética política”, es una clave para entender lo económico como una disciplina aislada que puede prescindir de cumplir, por ejemplo, la leyes de la termodinámica y ser perfectamente respetada y tener incluso un remedo de premio Nobel. Pero también, algo completamente alejado de la moralidad. Es un área de la actuación humana, aparentemente único, donde del egoísmo y la lucha de intereses (Mandeville y su fábula) nace el equilibrio que no se puede alcanzar de otra forma y, si intentamos introducir consideraciones morales o éticas, automáticamente provocaremos el desequilibrio y con ello sufrimiento. Lo anterior que es santo y seña de la economía dominante, más o menos embellecido o disimulado, parte de unos supuestos implausibles sobre el comportamiento humano. Como bien afirmó John Ruskin:


“No niego, ni siquiera pongo en duda las conclusiones de la economía política si se aceptan esos principios: me desentiendo sencillamente, como me desentendería si se tratase de las conclusiones de una teoría sobre la gimnástica que parta de afirmar que los hombre no tienen huesos”


En realidad, ni siquiera las conclusiones se sostienen sobre la base de esos principios, pero Ruskin pone el dedo en la llaga, por más que Milton Friedman (1953) intentó sostener que cuanto más “marcianas” las hipótesis mejor (F-twist como lo llamó Samuelson), pues solo importa su predicción de la realidad. Sin embargo, cuando en los años 80 del siglo XX su teoría monetarista fue aplicada por diferentes bancos centrales el resultado fue un rotundo fracaso ya que los bancos centrales no controlan la creación de dinero. Sin embargo, el fracaso no afectó a su prestigio, un ejemplo paradigmático del llamado cinturón protector de hipótesis auxiliares de Imre Lakatos. Ni que decir tiene que la teoría de Friedman respecto a los supuestos de partida, conocida como instrumentalismo, es errónea. Parece ser razonable, pues todo modelo en el que se plasma la teoría no puede ser una representación del mundo. Eso es completamente cierto, pero solo para las llamadas asunciones que no tienen importancia en el proceso. Podemos despreciar la resistencia del aire si experimentamos lanzando bolas de hierro para comprobar la gravedad, pero si lanzamos una pluma la asunción deja de ser irrelevante. En economía, como nos dice Keen (2011), suponer que el riesgo es una buena aproximación a la incertidumbre es un presupuesto que delimita, de forma equivocada, las condiciones sobre las que una teoría se aplica. Mientras que el riesgo nos informa de la probabilidad de los sucesos futuros, la incertidumbre no nos proporciona guía para movernos en el futuro. La economía ha demostrado sobradamente que considerar el riesgo como una aproximación razonable de la incertidumbre es un rotundo fracaso.


Retomando la cuestión de la producción, la evolución económica se orientó a borrar cualquier vestigio que diferenciará las actividades productivas de las improductivas. Para la escuela neoclásica, donde culmina dicho tránsito, no existen las llamadas rentas no ganadas de los clásicos, aquello que no ha requerido la utilización de trabajo para ser obtenido, todo es retribuido, en el sacrosanto equilibrio, según lo que contribuye.


La cuestión que nos hemos planteado, continúa sin respuesta, porque la gestión de los recursos y los sumideros no puede realizarse con el instrumental que los niega, pues los valores de cambio, subjetivos, no pueden servir para gestionar los valores de uso, que ocupaban a los fisiócratas y que fueron rechazados para construir el paradigma las escuelas posteriores.


Adelantado el reloj del tiempo, la actual dogmática se construye sobre el convencimiento de que existe la producción (máquina de movimiento perpetuo) y que nace de la combinación de dos factores, el capital y el trabajo. Es cierto, que se han intentado introducir los recursos, pero sin cambiar el principio subyacente de la sustituibilidad de factores. En otras palabras, se trata al factor material como si se tratara de un factor eficiente, en términos aristotélicos. Esos intentos han fracasado, como muy bien explicó en su crítica a la función de producción neoclásica Georgescu-Roegen que con su habitual agudeza definió estas premisas como “la economía del Jardín del Edén”.  Capital y trabajo no son sustitutos de los recursos, son complementarios, por lo tanto, solo abandonando esa hipótesis es posible construir un instrumento útil de análisis. Sobre esta cuestión elabore una entrada con la traducción incluida de un documento de Herman Daly sobre la crítica de su maestro Georgescu-Roegen a la función de producción Solow-Stiglitz, en ese documento están las respuestas de Solow a diferentes cuestiones planteadas por Daly, que nos muestra, en boca de un insigne representante de la escuela neoclásica, cuales son los supuestos que permiten ignorar los principios de la termodinámica.


Steve Keen enfoca la cuestión con la premisa esencial de que cualquier teoría que pueda tener utilidad debe ser consistente con la termodinámica. Algo que no es nuevo, pues Georgescu-Roegen era perfectamente consciente de ello y, antes que él Frederick Soddy. Keen no llega a esa conclusión a través de Georgescu-Roegen, algo que personalmente me sorprende, pero demuestra, que partiendo de diferentes análisis, cuando se profundiza en los problemas, las preguntas que se plantean son las mismas. Es importante, porque un nuevo paradigma que desafíe al establecido necesita un nuevo programa que plantee, de inicio, unas cuestiones diferentes.


Los economistas conocemos el problema del residuo de la función de producción de Solow. La función no explica lo que debería explicar, pero aquí entra en funcionamiento la negación del pensamiento grupal. En lugar de rechazar el modelo por no ajustarse a la realidad, se aprovecha para introducir una explicación que convenga a las necesidades de la ideología que los sustenta, esa que no existe según los neoclásicos. Si los factores no explican el crecimiento de la producción, la explicación está en la tecnología. De dónde sale esa explicación, pues de la chistera, pero no pasa nada, pues encaja a las mil maravillas con la narrativa del progreso.


El problema es que eso no demuestra nada, solo que la combinación de capital y trabajo no da los resultados esperados. Entre otros, Robert Ayres ha señalado que la exergía, en realidad la potencia, si tenemos en cuenta el vector temporal, es una parte sustancial para explicar ese residuo. Lo que propone Keen para salvar la ecuación de producción habitual, la conocida como Cobb-Douglas, es impedir la sustituibilidad infinita de factores que criticaba Georgescu-Roegen en la función de producción modificada Solow-Stiglitz a la que antes nos hemos referido.


Como bien dice el mismo Keen, se trata solo de un paso, que en mi opinión, otros antes ya habían dado, pero reconoce que la única forma de iniciar el camino es haciendo las preguntas correctas e iniciando un nuevo programa no degenerativo como el que domina la economía actual.