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lunes, 22 de octubre de 2018

Deconstruyendo Auschwitz: las raíces de nuestro afán destructivo

"El trabajo libera", se leía a la entrada al campo.


Aprovechando el paso de la exposición de Auschwitz por Madrid me ha sido posible apreciar de primera mano hasta qué punto esa “fábrica de la muerte” es un producto típico de nuestra civilización. Si la ideología de la modernidad, cuya expresión más elocuente debemos a los filósofos de la ilustración, mostraba una fe absoluta en la “razón” para solucionar los problemas humanos, hasta el punto de que Condorcet pensaba que la ciencia lograría

la infinita perfectibilidad de la especie humana

en Auschwitz esa “razón” se puso manos a la obra para solucionar, de la forma más racional y científica posible, el “problema” judío.

Pues, tal y como narra la exposición, aquello no fue la obra de un loco, fue la obra de toda una sociedad, que colaboró activamente en el exterminio sistemático de millones de personas, o en el mejor de los casos simplemente se mostró indiferente ante lo que estaba pasando.

El campo de Auschwitz-Birkenau terminó siendo un mastodóntico campo de exterminio y trabajo forzado. Diariamente llegaban trenes cargados de personas, que eran seleccionadas en el andén. Una pequeña parte era seleccionada para trabajar, y se les permitía vivir como esclavos, en condiciones de extrema dureza. La mayor parte eran ejecutados de forma científica al llegar y sus cadáveres incinerados. A otro pequeño grupo, sobre todo gemelos, se les permitía vivir para servir de cobaya humana en experimentos médicos.

Mientras, el personal que administraba el campo, cumplía sus funciones sin ser perturbados por el enorme dolor y sufrimiento diario allí infringido. Llama la atención como en sus días libres cantaban y se divertían sin el menor remordimiento.


Por otro lado el resto de la sociedad alemana (con muy contadas excepciones) contemplaba lo que estaba pasando con simpatía o indiferencia. Aunque no es Alemania sino en Viena, es muy significativa esta descripción de George Gedye, periodista británico.

Lo que empaña la imagen de la Viena que pensaba conocer no es la brutalidad de los nazis austriacos que he presenciado o verificado a través de las víctimas. Sino la masa desalmada, sonriente y de sobrio atuendo que llenaba el Graben y la Kärntnerstrase y reñía por acercarse al edificante espectáculo que ofrecía un cirujano judío de rostro ceniciento caído al suelo, a cuatro pies, al que golpeaba media docena de vándalos de escasa edad con brazaletes de la cruz gamada y fustas para perros. Los vieneses – no los nazis de uniforme ni una turba enfurecida, sino el hombrecillo vienes y su esposa – se limitaban a contemplar con una sonrisa de aprobación aquel divertimento espléndido.

¿Cómo fue posible aquello? Postulo que esencialmente fue posible gracias a seis ideas rectoras, que podríamos aventurarnos a llamar meta-supuestos civilizatorios (por analogía con los meta-axiomas de los modelos científicos), que son propias de nuestra civilización, y que en este momento de la historia ya no son adaptativas. Algunas datan de tiempos de los griegos o son incluso anteriores, otras aparecen o se asientan durante la modernidad. Todas esas ideas siguen con nosotros, y lo que podemos esperar de ello no es nada halagüeño ¿Puede repetirse Auschwitz? Sí. O un genocidio larvado por hambrunas causadas por el cambio climático, ante la indiferencia general. Estas son nuestras peligrosas ideas: