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viernes, 28 de septiembre de 2018

Hambre: las tendencias de progreso se han roto


En la segunda década del siglo XXI, mientras no paro de leer en Facebook artículos sobre visionarios como Elon Musk, y sobre nuevas maravillas tecnológicas que nos conducirán (por fin) al jardín del edén del que fuimos expulsados, delante de nuestras narices esa narrativa de progreso se resquebraja, aunque parece que la mayoría se niega a aceptarlo. Por tercer año consecutivo el número de hambrientos ha aumentado en el mundo.



Las tendencias de las últimas décadas son preocupantes, ya a partir del año 2008 se observa que el ritmo de disminución de las personas subalimentadas se hace más lento, hasta que en el año 2015 este número comenzó a subir, primero muy tímidamente, para repuntar con fuerza en los años 2016 (19,8 millones) y 2017 (se estima que serán 16,6 millones).

Más preocupante todavía resulta que este fenómeno se encuentra relacionado (según el informe de la FAO El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2018) con la pérdida de servicios medioambientales que nos prestan los ecosistemas del planeta, en concreto con el cambio climático. Los desastres extremos relacionados con el clima están aumentando.



De ellos, la sequía es la más destructiva para la producción agrícola.



Pero hay que tener mucho cuidado con el calor extremo, porque las olas de calor están provocando que se pierda fuerza de trabajo, siendo especialmente preocupante la reducción en países densamente poblados y vulnerables como la India.



La consecuencia más visible para los países industrializados, que de momento no se ven afectados por la hambruna (aunque evidentemente el porcentaje de ingresos destinado a la alimentación comenzará a subir de forma exponencial en breve) es ver como los refugiados climáticos se agolpan en sus fronteras.



Son ya 158 millones de personas las desplazadas por catástrofes climáticas hasta 2014, es decir, sin incluir los años malos de hambruna, 2015-2017, que coinciden con el fenómeno El Niño más virulento de la historia, con records de temperatura batidos por todo el globo. Esos refugiados climáticos son un riesgo, porque dado su ingente número, en continuo ascenso, no parece materialmente viable acogerlos en regiones climáticamente más seguras. Sin embargo, mantenerlos en la frontera supone negar los principios democráticos por los que se rigen esas sociedades industrializadas, dado que todos sabemos que son personas inocentes e indefensas ante unas circunstancias adversas que no han creado ellos. Es urgente ir poniendo en práctica medidas que permitan mitigar de la forma más eficiente este grave problema que, de permanecer impasibles, se va a ir agolpando en nuestras fronteras.

La situación comienza a ser extremadamente preocupante y el futuro se adivina desolador, porque como relatábamos en nuestro artículo La muerte del océano, pese a que la gran mayoría de la población cree que en único problema medioambiental importante es el cambio climático, en realidad estamos realizando una serie de afecciones sobre el planeta que nos están llevando a cruzar umbrales de seguridad, según el ampliamente aceptado por la comunidad científica modelo de los Límites planetarios


Es evidente que vamos a seguir perdiendo servicios medioambientales, no sólo la regulación del clima, ya que la tendencia a dañar y destruir ecosistemas continúa imparable, es más, se puede decir que está acelerándose, mientras el sistema, y la población, es incapaz de plantear alternativas viables que vayan más allá de pequeños cambios tecnológicos, de escaso impacto (como argumentamos aquí, aquí, aquí y aquí) como el coche eléctrico.

Resulta dramático que el número de personas que pasan hambre crezca mientras al mismo lo tiempo lo hace la obesidad.



Llevada en volandas por unos hábitos alimenticios creados por la industria de la alimentación, y que son tan nocivos para nosotros como individuos, como para el planeta. Parece que es hora de pensar fuera del marco convencional establecido, se agota el tiempo.

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