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lunes, 26 de septiembre de 2016

¿Son los manzanos más inteligentes que nosotros?

Si la teoría darwinista que tenemos socialmente consensuada nos habla simplemente de cómo sobreviven y se mantiene adaptadas las especies, incluida la humana, entonces la práctica actual humana creando la ilusión de un ego, "un yo" que puede gobernar a cualquier otra parte del mundo mediante la compra de esta parte está completamente errada. Es un error porque sabemos de la dinámica de agujeros negros que una acumulacion de materia en un solo punto llega al colapso seguro. No es posible ser dueño de algo, porque todos somos una pequeña parte de este mundo también. Muéstrame una manzana que quiera ser dueña de un manzano. Esas manzanas (personas) no parecen ser conscientes del hecho innegable de que todos vamos a morir y ser comidos algún día.

La conciencia individual o el "yo" parece ser realmente el mayor error en el desarrollo humano que jamás se ha producido. Es como un error de software que nadie puede resolver debido a que el código fuente es ya tan viejo y tan extenso, incluyendo todas las versiones existentes, que es imposible identificar dónde o cuándo se ha escrito mal. Estamos hoy ante el fenomeno "nosotros" pero no sabemos interpretarlo. No disponemos de las herramientas sensitivas ni cognitivas como para comprender de dónde vienecómo está hecho este "yo". Parece que no estamos diseñados para descubrir la verdad sobre nosotros mismos.



La gente dice que tiene que acumular riqueza para las generaciones futuras, ¿pero no se proponen realmente hacerse inmortales?, ¿no ser olvidado a través de dejar rastro material en la tierra? La construcción de un patrimonio propio que pueden contemplar todas las mañanas y ver su acrecentarse, mientras el ego crece con el. La gente quiere "dejar una huella en este mundo," ¿Por qué? Las bases de datos se borrarán, los libros se pudrirán, las casas se desintegrarán, los coches se oxidan y algún día La Tierra será engullida por el Sol. Es evidente que el "yo" solo existe si le añadimos un valor simbólico a través de pertenencias materiales. Yo soy tanto. Como no logramos averiguar el "cómo soy" al menos nos damos un "cuanto soy" .


¿Por qué no aplicamos todas nuestras energías para convertirnos en una gran, dulce y sabrosa manzana madura antes de morir? Disfrutando del sol y la lluvia, colgado y creciendo en un manzano jugoso y saludable que ofrece un hogar para todas las manzanas.

La realidad en cambio es que derivamos y redirigimos los canales nutricionales que fluyen subiendo por el árbol con independencia de las consecuencias negativas para las otras manzanas porque queremos todo el agua y los minerales para nosotros. No somos conscientes de que si crecemos demasiado, el árbol nos dejará caer antes de convertirnos en una dulce y madura fruta porque pesamos mucho para la ramita en la que estamos colgados .Pero ahora cada manzana humana está tratando de conseguir crecer más y más rápido que los demás y, finalmente el manzano tendrá sólo unos pocas manzanas enormes. Todos los canales de agua que suben por el tronco del árbol son convertidos en tuberías gigantes y el resto del árbol está muriendose lentamente. Unos pocos y enormes canales nutricionales para unas pocas manzanas gigantes que cuelgan en muy pocas extremidades gordas y solitarias donde no hay lugar para ninguna manzana más.


Si seguimos en este concepto del "yo" y de esta auto-optimización egoista y asocial, finalmente la humanidad va a caer como una de estas grandes manzanas, inmaduras, feas, gordas y podridas por dentro. Si no empezamos ahora a comportarnos como una de las muchas manzanas del árbol (y sí, algunos de nosotros tendrán menos horas de sol por día), entonces las cosas se pondrán muy feas pronto. Podemos reparar este error sin gran investigación empírica, sólo hemos de seguir las reglas de la naturaleza de nuevo y parar de pensar que somos capaces de suprimir y exceder todas las otras cosas del globo.




No es natural querer ser más grande que el resto. Natural es llegar a ser justo tan grande como es necesario para ser lo más útil en relación con cualquier otra cosa o persona. Esto se llama también economía. Ser, vivir, actuar económicamente bien no es hacerse lo más grande posible con el menor recurso posible. Ser económico es vivir de la forma más práctica posible y con la abundancia necesaria en el contexto en el que nos encontramos. La economía no es lo que hacen los banqueros con números. La economía es lo que hace la naturaleza dependiendo de si está en una fase de creación y aspiración o en un proceso de fallecimiento. El ser humano no produce, transforma.


Tal vez no hay ninguna meta ni intención alguna en nuestra existencia, sólo una tendencia inmanente cuántico-mecánica de creación y distribución  de partículas y energías y su equilibrio. El concepto del crecimiento económico infinito es el cuento de hadas que la gente cree cuando nunca han experimentado el aliento de la muerte en su vida, o simplemente aquellos que emocionalmente no son capaces de hacer frente al flujo irreversible de toda materia y energía en la vida y por tanto son inconscientes sobre la relevancia de su conducta ética y justa para el futuro del ser humano. 

"Panta Rei"

martes, 21 de junio de 2016

Colaboración democrática transnacional

En entradas anteriores analizamos los problemas que nos plantea la globalización, y propusimos cambiar este paradigma por el de la autonomía, un concepto diferente al de soberanía. El planteamiento general consiste en invertir los papeles que los mercados y la democracia tienen en la actualidad: por un lado dando prioridad al objetivo económico de una autosuficiencia local no autárquica, y por otro lado, ampliando los espacios de deliberación y de participación para la cooperación democrática transnacional. Cuando una comunidad es autosuficiente para lo básico y no depende de factores externos para la inclusión económica de todos sus miembros, entonces y sólo entonces sus vínculos políticos con el exterior pueden establecerse con libertad. En esta entrada terminaré la serie para argumentar esta última tendencia deseable sin intentar precisar sus formas. Sería absurdo determinar cómo debe ser una imbricación política de distintos pueblos a nada que valoremos la autonomía democrática para ir tejiendo esas relaciones o esas estructuras de cooperación política.



Ya hemos dicho que la autonomía no equivale a la desvinculación sino la posibilidad de controlar los vínculos propios. Más aun, se puede decir que, al menos en parte, la autonomía se expresa y cobra cuerpo precisamente en las relaciones, al aflorar la iniciativa en la gestión de las mismas. En política esto equivale a que los distintos pueblos no puedan verse sometidos a chantaje por parte de los mercaderes globales; que la democracia se superponga a los derechos de propiedad privada absoluta y a las leyes del mercado; y que las relaciones internacionales se basen en acuerdos políticos consensuados por las poblaciones y no en acuerdos económicos sobre la democracia pactados entre las oligarquías de cada país.

Pero la autonomía no se centra en precisar un ámbito geográfico óptimo para la auto-institución política o para la autosuficiencia económica. Es un concepto esencialmente cualitativo; se expresa en la capacidad de las personas y de las sociedades para gestionar su devenir común, y puede ir también en el otro sentido: democratizar las instituciones políticas supranacionales, (no las instituciones económicas creadas para aumentar el libre comercio global), así como crear otras nuevas con fines distintos y sujetas a un verdadero control ciudadano.

Por poner ejemplos, podemos pensar en instituciones para definir, proteger y gestionar el uso de unos comunes globales, desde la atmósfera hasta el conocimiento; instituciones de supervisión ecológica, para establecer límites ambientales a la producción o para la restauración de ecosistemas; instituciones de supervisión de los Derechos Humanos; confederaciones municipales transnacionales; parlamentos internacionales con competencias concretas bien delimitadas, referéndums transnacionales, instituciones para la mutualización de riesgos; la institución de un bancor como moneda de reserva para estabilizar el sistema de cambios; cooperación en un internacionalismo autonomista; instituciones parar la colaboración en la implementación de proyectos cooperativos locales compartiendo información y experiencia; determinadas políticas públicas que convenga desarrollar y gestionar en común; libre circulación de personas entre los países que decidan compartir este planteamiento; política exterior común para defenderlo conjuntamente; políticas migratorias comunes vinculadas a políticas de ayuda a la autonomía; o cualquier otra institución que colectivamente decidamos ir creando mediante una participación equiparable a la de un proceso constituyente, pues esa suele ser la trascendencia de los compromisos internacionales.

Estas instituciones no tendrían por qué suplantar la toma de decisiones locales (más allá de mandatos concretos) sino estudiar objetivamente los problemas transnacionales e informar adecuadamente para una toma de decisiones en las instituciones democráticas locales. De este modo la cooperación democrática transnacional permitiría mantener la autonomía local y, más bien, se articularía desde esta última.

Ante problemas que afectan a un ámbito territorial vasto la solución no es abandonarlos o delegarlos (en técnicos y representantes) sino simplemente hacer que sea igualmente amplio el número de personas y de pueblos que deliberan y deciden sobre ellos. De lo contrario, si se toma el atajo de los altos representantes o de la alta diplomacia, o si se confía en tecnócratas para abreviar los procesos, seguirá ocurriendo que el mecanismo falsamente apolítico de los intereses mercantiles ocupe el espacio de decisión abandonado por nuestro criterio político, que con toda seguridad no se limitaría a valorar rentabilidades. Nuestro verdadero interés se juega en aspectos que van mucho más allá de unas burdas cotizaciones bursátiles.

En contra de lo que se nos hace creer, no es posible tener instituciones independientes de la política. Cuando se pretende esto, estas acaban respondiendo a los intereses minoritarios de quienes tienen acceso a su burocracia, o cuando menos responden a unos objetivos políticamente predefinidos. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el BCE y con todas las instituciones creadas por los gobiernos sin participación democrática de la población en su constitución y control.

La única forma de alejar las decisiones económicas de la arbitrariedad de los intereses parciales, (sean los de un déspota, los de una minoría de burócratas o los de una oligarquía), es someter esas decisiones al criterio de todas las personas de la comunidad afectada. Cada cual conoce mejor que nadie sus intereses (económicos y no económicos) y sólo la agregación de estos tras una deliberación pública puede hacer que las decisiones económicas sean menos políticamente parciales y que además incluyan la importancia de criterios distintos a la máxima rentabilidad para la riqueza privada, (criterios como la conveniencia de políticas públicas, decidir qué debe quedar al margen del comercio, poner límites al poder económico; criterios relacionados con el equilibrio ecológico, los derechos humanos o el buenvivir).

Por ejemplo, no nos ha de bastar con desmontar el euro y fraccionar el mercado común. Podemos actuar además en el otro sentido replanteando la UE en un proceso constituyente -coincidiendo en esto con Varoufakis-. Siguiendo nuestro guión, y suponiendo el debido apoyo al mismo, esa nueva constitución tendría que poner en valor la autonomía de sus miembros y la colaboración democrática por encima del libre comercio. Se podría mantener una unión basada en un parlamento verdaderamente democrático, en la libertad de movimiento de las personas y en las políticas públicas que creamos convenientes, y se relegaría la faceta comercial deshaciendo la integración normativa en este terreno en favor de la búsqueda de la máxima autosuficiencia local.


Lo que necesitamos recuperar es, sobre todo, autonomía política en todos los niveles de decisión, (más que soberanía nacional, pues esta última no nos garantiza que las decisiones se tomen de forma democrática en el seno de la nación). Y, como estamos viendo en el presente, no es la imbricación comercial de las naciones lo que va a traer paz y libertad al mundo sino su imbricación democrática, mediante el establecimiento de entornos de decisión comunes y vinculantes a la vez que participativos y horizontales, al menos para los asuntos que trascienden la problemática local. No necesitamos tanta flexibilidad económica sino más flexibilidad política e institucional. En lugar de tener mercados internacionales y gobiernos locales, podríamos buscar democracias anidadas que abarcaran el ámbito transnacional y supeditar el comercio a la autosuficiencia local y a la sostenibilidad general.

Pero eso requiere olvidarse de la obsesión por el crecimiento, la competencia y la supremacía. El triunfo o el éxito sobre los demás como objetivo vital exige una pugna inacabable y una actividad económica incesante, porque los demás siempre estarán ahí, forzados a hacer lo mismo. El entorno competitivo debe ceder su trono a la búsqueda de la autonomía para todos como prioridad política. Y este nuevo contexto social sería una ganancia también para las potencias hegemónicas actuales, que son rehenes de su posición, siempre amenazada, y que por ello tampoco pueden perseguir otros objetivos políticos.

La autonomía emerge en entornos cooperativos con más facilidad que en entornos de rivalidad en los que, además, los diferentes actores parten de situaciones muy dispares conduciendo a dinámicas de dominación y de desigualdad creciente. Una cooperación para favorecer la autonomía de cada parte y para comprometer autolimitaciones en favor de la sostenibilidad podría extenderse entre muchos estados con un ideal (utópico) de coordinación reticular mundial, pero sobre todo, tejiendo paso a paso esa red de cooperación transnacional o interlocal como forma de ir haciendo posible el cambio frente a los poderes globales. Nada obliga a que la cooperación democrática se inicie en la ONU con un quimérico compromiso global. La OCDE o la OMC se han ido construyendo mediante complejos acuerdos parciales, y lo mismo podría hacerse entre pueblos que compartan una misma visión política y que poco a poco podrían llegar a concitar una mayoría global significativa que cambiara la hegemonía mundial.

Al igual que los tratados de libre comercio agrupan a gobiernos que comparten ese propósito, (al margen de la proximidad o de la pertenencia a un mismo continente), los acuerdos de cooperación política tendrían como base una afinidad de principios o de objetivos políticos concretos. Podrían articularse como federalismo, como confederalismo o mediante otras formas de cooperación autónoma, pero sea la fórmula que sea la que se vaya eligiendo, en cualquier caso la democracia tendría que superponerse al comercio y determinar la política económica. Así se podría limitar la competencia y hacer frente a la incesante transformación humana y ambiental derivada de la idolatría de la riqueza.


La toma de conciencia necesaria para este internacionalismo cooperativo implica un cambio cultural. Implica comprender la mutua dependencia entre todos los habitantes del planeta, y asumir el vínculo esencial de todos con la biosfera que nos acoge y que nos ha conformado antes que cualquier otro apego cultural o territorial; implica asimilar en la propia identidad este vínculo natural ajeno a las fronteras y a las etnias.

La mayoría de las poblaciones tradicionales y tribales fueron bilingües, reflejo de una conciencia colectiva de lo humano que trascendía los límites de la comunidad propia. Llevando este ejemplo un poco más lejos, tendremos que integrar un doble sentido de pertenencia, y aceptar que el velo de toda cultura local se teje con hilos humanos comunes que también necesitamos valorar y cuidar.

El planeta es finito, la naturaleza local depende de vinculaciones globales y el clima no conoce fronteras. Y aunque sigamos estableciendo este tipo de barreras para las sociedades, tampoco es posible mantenernos al margen de las consecuencias que provoca nuestra política internacional. Por muchos límites que decidamos poner a la movilidad entre territorios es necesario al menos reconocer que, en el fondo, las fronteras son una forma de evadirnos de los problemas de convivencia planetaria generados por la globalización. Si por ejemplo en una provincia de nuestro país aumentase el paro enormemente y además surgiesen facciones mafiosas enfrentadas violentamente en su seno, y todo ello provocase una gran salida de personas de esa provincia, ¿crearíamos una frontera en torno a la misma como solución a esos problemas?

De algún modo es necesario hacernos responsables localmente de lo que ocurre allende nuestra vecindad inmediata; incorporar en nuestro debate local la política transnacional; asimilar que la autonomía de todas las poblaciones del mundo (o la falta de la misma) es un asunto que nos debe concernir a todos so pena de acabar sufriendo las consecuencias de uno u otro modo.

Salta a la vista que la ubicación geográfica de la población mundial requiere cierta racionalidad. No es una cuestión de la que se pueda prescindir como si todo el planeta pudiera vivir en el mismo lugar en caso de proponérselo. Pero si queremos evitar emigraciones masivas, (nunca deseadas por sus protagonistas), tendremos que preocuparnos cooperativamente por la autonomía política y económica de cada comunidad. La falta de esta autonomía es lo que impone la movilidad laboral o vital. Los muros sólo son parches para el miedo ante lo que no resolvemos, o peor aun, ante los males provocados por la política de los gobiernos enriquecidos y de sus corporaciones afines con su acaparamiento interminable allá donde la falta de autonomía local lo hace posible.

Sólo una verdadera y eficaz cooperación podría resolver este problema. Ha de ser un compromiso suficiente para garantizar el derecho a permanecer en el lugar de origen. Se trataría de una cooperación entendida como destino compartido, más allá de la solidaridad, que velaría por la autonomía de todos como un bien común en lugar de limitarnos a afrontar únicamente las consecuencias más dramáticas de este fracaso humano de la globalización.

Lo que favorecería esa autonomía no es una caritativa ayuda al desarrollo, generalmente condicionada a que también sea favorable para las empresas de los “ayudadores”, y mucho menos la suposición falsa y acomodaticia de que la globalización de los negocios llevará consigo el progreso. El llamado Consenso de Whashington, nominalmente concebido para sacar de sus crisis a los países en desarrollo, en la práctica ha sido más bien una forma de aprovechar cruelmente la debilidad ajena en la competición internacional.

Por contra, cualquier ayuda a la autonomía debe pasar por favorecer esta generosamente en la conciencia de la mutua dependencia; en la conciencia de que todos dependemos de todos. La falta de autonomía de cualquier población ha de considerarse como un problema de todos, como una enfermedad del organismo que compartimos, y que siempre podría extenderse o tener efectos sobre el resto. Será difícil concebir una forma de ayuda realmente eficaz sin salir de la competencia territorial, sin pasar a considerar a la humanidad toda como nuestro primer vínculo social y a la Tierra como un bien común a gestionar comúnmente, (y no como una tierra de nadie apropiable por el más fuerte o por el más listillo en un entorno de desconfianza precisamente ante la autonomía de los demás).

Si realmente queremos fomentar la autonomía ajena (y no un mero desarrollo forzado y controlable desde las metrópolis) hay varias posibilidades, pero lo primero es dejar de esquilmar los recursos naturales de los países empobrecidos, dejar de entorpecer su desarrollo con el comercio ventajoso para quien ya es rico, dejar de evadir impuestos de los lugares en los que tiene lugar la actividad económica y dejar de favorecer a tiranos y a oligarquías antidemocráticas. A partir de ahí podríamos apoyar los movimientos pacíficos de democratización y la formación para los mismos, transferir tecnología y conocimiento libres, y aportar una compensación económica pública equivalente a un plan Marshall -una deuda histórica- pero ahora orientada a promover la autosuficiencia y la autonomía democrática en la forma de invertir esa aportación.

Esto no implica la erradicación de toda inversión privada extranjera. Como ya dijimos no es lo mismo autonomía que autarquía. La justificación habitual para las inversiones y el movimiento de capitales es que los recursos ociosos puedan ser empleados por quienes los necesitan. El problema es la inflexibilidad de la deuda, la irracionalidad de los intereses contractualmente exigibles (al margen del resultado de la inversión) y la falta de asunción de riesgo por parte de los prestamistas. Con las actuales instituciones económicas supranacionales defendiendo esta inflexibilidad, los prestatarios quedan atrapados en una situación sin salida, cayendo en la sumisión política respecto a unos acreedores que intentarán recuperar su inversión a costa del sufrimiento de la población, y que harán negocio con los avales. Una forma más razonable de favorecer que los ahorros de unos puedan servir al desarrollo autónomo de otros podría estar en la lógica de las finanzas islámicas, (como nos explicaba nuestro compañero Jesús Nácher al final de su reflexión Ni globalización ni nacionalismo: Internacionalización).

Es importante comprender que la elección de la autonomía como nuevo paradigma no beneficiaría sólo a quienes padecen una mayor dependencia en la actualidad sino al conjunto de la humanidad, incluyendo a quienes no sufriendo carencias materiales viven presos de un productivismo competitivo sin fin que mediatiza la mayor parte de su tiempo y de sus energías. De ahí la necesidad de un nuevo internacionalismo de clase que oponga la autonomía personal y de los pueblos frente a esta alienación, y que proponga el apasionamiento en la búsqueda de un mundo mejor frente a la ambición económica, la comodidad consumista o la docilidad del entretenimiento comercial.

Si nos valoramos como seres humanos y no como meros obreros o burócratas de una gran maquinaria, aspiraremos a algo diferente de un aumento de nuestra capacidad de consumo. Una vez lograda cierta estabilidad económica suficiente necesitaremos más bien ganar tiempo para la autonomía, o lo que es lo mismo, necesitamos reivindicar las condiciones sociales que hagan posible la misma: una garantía de inclusión, una distribución equitativa de los frutos de la producción, reparto del trabajo realmente necesario, y acceso a la toma de decisiones políticas.  

Entre otras cosas esto haría posible determinar una escala óptima para la economía (cuya prioridad ya no sería el crecimiento) y decidir el espacio que la transformación económica debe dejar a la preservación del capital natural. No reivindicarnos como seres humanos más allá del trabajo, no reivindicar nuestra autonomía es una bajeza moral que cometemos con nosotros mismos y que nos impide hacernos responsables del rumbo que lleva la humanidad.
 

¿Cómo promover todo esto y cómo avanzar hacia ello? Ante el control corporativo y elitista del mundo académico y de los principales medios de comunicación, y ante la represión de los movimiento sociales, la única opción es una (auto)concienciación, persona por persona, pero que hoy día puede funcionar de un modo reticular, asociativo y viral al margen de la localización geográfica.

Y para que esta difusión sea posible es fundamental la cultura libre. Esta es otra faceta cualitativa de la autonomía. Como seres culturales que somos, nuestra autonomía depende de poder orientarnos con libertad en el ámbito de la información, la cultura y las comunicaciones. Sin embargo la globalización también nos está llevando en sentido contrario, no tanto mediante la censura como a través del control de la hegemonía cultural y la uniformización en torno a ideas y costumbres similares. El individualismo de mercado en realidad pretende que no actuemos como individuos sino como réplicas previsibles del mismo individuo. Por eso la cultura libre se ve amenazada desde las instituciones defensoras de la globalización. Así por ejemplo, el sistema de patentes y copyright entorpece lo primero y favorece lo segundo. Y recientemente la neutralidad de Internet se ha visto traicionada y torpedeada por el parlamente europeo, que ha votado contra la misma.

El camino opuesto consistiría en mantener la neutralidad, apoyar la información independiente que se mantiene al margen de grandes grupos económicos, contribuir al conocimiento general y a compartirlo, y además convertir el acceso a la red en un derecho básico.

No obstante, como todo desequilibrio encuentra finalmente su caída, en el peor de los casos cabe la posibilidad de que el colapso de esta forma de funcionar termine haciendo imperiosa la necesidad de una alternativa. Entonces puede hacerse valer el trabajo previo en su diseño de modo que no triunfe el atajo fácil del fascismo. Así por ejemplo, esta clase de previsión ha hecho posible, a pequeña escala, la autonomía cooperativa de algunas poblaciones kurdas mientras dura la guerra de Siria, como se explica hacia el final de esta charla:



Sean cuales sean las virtudes y defectos de esta reflexión, en cualquier caso es necesaria la búsqueda de un pensamiento estratégico que pueda precisarse en una visión fácilmente comunicable. La solución propuesta en este caso no es ni el nacionalismo ni el gobierno mundial sino la generalización de una autonomía cooperativa: conjugar la relocalización económica con la cooperación democrática transnacional. Hay que denunciar este falso vínculo (económico y competitivo) en favor del verdadero (democrático y cooperativo).

En realidad cada medida concreta esbozada en esta serie de entradas tendría que demostrar su eficacia o ser corregida en la práctica. Su valor es el de los ejemplos que facilitan la comprensión. Y lo verdaderamente importante es esta comprensión del nuevo enfoque. La autonomía es el referente que nos diría si se está obrando bien o mal a la hora de juzgar las políticas. Y una vez asumido socialmente el nuevo paradigma, la propia inercia favorecería el proceso de maneras insospechadas.

Es evidente que se trata de un enfoque a largo plazo y no de un programa acabado. Al igual que la propia globalización, o que el surgimiento de los estados-nación, estamos ante un proceso de largo alcance que requiere una visión clara, una idea-fuerza que sirva para inspirarlo y empujarlo, un horizonte de referencia hacia el que caminar, y que bien podría ser esta autonomía cooperativa para lograr un verdadero bienvivir.



lunes, 7 de septiembre de 2015

Una foto, muchas narrativas



Es difícil expresar con palabras las emociones, y es difícil intentar articular razones, racionalizar en cierto grado aquello que nos entra por los ojos y nos llega directamente al corazón. Lo sentimos, nos duele, y eso parece suficiente. Hurgar en la herida podría parecer obsceno, hablar sobre el dolor es desagradable, especialmente si la razón, como una brújula, nos guía hacia territorios incómodos ¿Cuáles son esos territorios incómodos y qué es lo que nos guía hacia ellos?

Lo que nos sirve de brújula en este caso es una imagen. Es incuestionable el poder catalizador de una imagen. Los mismos hechos se siguen repitiendo día tras día, con diferentes protagonistas, pero el hecho de que el modo de transmisión sea gráfico parece cambiarlo todo, como si estuviésemos desprovistos de imaginación, incapaces de comprender todas las implicaciones de la palabra muerte. Son más de 2.600 muertos los que llevamos ya, pero uno de ellos puede suscitar cierta reacción si su imagen nos conmueve.

Los territorios incómodos hacia los que esa imagen nos guía han sido esquematizados en El País, que es el tabloide que yo leo habitualmente (críticamente, por supuesto), con los siguientes sintagmas: “El fracaso de Europa” o “La vergüenza de Europa”. Lo que se quiere expresar en esos términos es que imágenes como esa ponen en entredicho el modelo social europeo. Una Europa construida en torno a los valores de libertad, democracia y estado del bienestar. Se trata de una narrativa tremendamente falsa, teñida de humanitarismo, con el fin de colarnos gato por liebre.

La falsedad de lo que nos venden tiene dos caras. En primer lugar, es falso que los valores fundamentales en la construcción de Europa sean la democracia o el estado del bienestar. No se puede hablar de estado del bienestar en sociedades con un paro galopante, con un número creciente de personas sin ningún tipo de ingreso, dejadas a su suerte o dependientes de la ayuda de la familia o de la caridad. Tampoco es compatible el estado de bienestar con jibarizar las oportunidades de los jóvenes, condenándoles al éxodo económico. Sin embargo, estas son las condiciones que se están dando en los países del sur de Europa, a pesar de que parecemos encontrarnos en la parte alta del ciclo económico, y que no dentro de mucho comenzará un ciclo descendente.

Tampoco es cierto que otro de los valores transversales sea la democracia. Tal y como comenta Dani Rodrick, la globalización impone compromisos externos a los países, que minan su capacidad de decidir. Es el conocido trilema de Rodrick, que establece un país no puede tener al mismo tiempo democracia, soberanía y unirse de forma profunda a la globalización. En Europa hemos llevado ese trilema a su máximo exponente, creando el euro, que elimina la soberanía monetaria, lo que implica una versión más restrictiva del anterior trilema, que he bautizado con mi propio nombre, y que implica que no es posible mantener al mismo tiempo una moneda única como el euro, una democracia con un mínimo de soberanía para decidir, y las deudas de los países de la eurozona independientes por completo; al menos se deben mutualizar los riesgos catastróficos que puedan causar fugas de capital, caídas bancarias, etc. Los hechos son tozudos, y Grecia se ha convertido en un protectorado, sin capacidad para tomar ninguna decisión relevante en materia económica que no sea previamente autorizada por la troika, y su patrimonio nacional ha comenzado a ser liquidado a favor de los acreedores.

No hay duda, la democracia y el estado de bienestar sin duda están relacionados con Europa, como objetivos secundarios, supeditados al principal, que son los beneficios de las empresas y la acumulación de capital, o como se suele definir en nuestros tiempos, a la “competitividad”. En una palabra, la democracia y el estado de bienestar son principios que Europa aplicará mientras podamos pagarlos.

La segunda falacia implícita en el razonamiento de que estamos ante el epítome del fracaso o la vergüenza de Europa es pretender que este problema es europeo ¿Que tienen que ver países como España, Portugal, Finlandia o Irlanda en este problema? La lógica que pretende implicar a todos en el problema particular de unos países concretos se basa en que los países fronterizos a zonas “menos civilizadas” (como España o Grecia) pueden ser más susceptibles a sufrir la emigración, e incluso las solicitudes de asilo por parte de los refugiados. El problema surge cuando los refugiados no quieren solicitar asilo en esos países, y tan sólo quieren transitar por ellos hacia su destino final ¿Es de recibo que un país como Grecia emplee recursos para interceptar y dar asilo a refugiados, contra la voluntad de estos, con el fin de aliviar un “problema” a países mucho más prósperos como Alemania? Porque los refugiados fundamentalmente quieren ir a Alemania.



Un país de tránsito es normal que simplemente haga la vista gorda, pero en general será difícil probarlo, dado que los refugiados lo atraviesan de forma clandestina, y sus circunstancias económicas le pueden impedir dedicar una cantidad ingente de recursos al problema.

Son comprensibles las preocupaciones humanitarias de la población, pero la mejor forma de ayudar a los refugiados no es de forma individual, sino colectiva. Y en este caso es exigiendo al gobierno que reclame con firmeza a Alemania el cumplimiento de sus compromisos con los refugiados. España, por su parte, debería atender sus propias solicitudes, y aceptar las que sean genuinas.

Hay más, evidentemente hay más, una serie de guerras (Siria, Libia, Ucrania) en países que eran cercanos a Rusia, y que hacen temer el retorno de las dinámicas imperiales ¿Por qué la OTAN está obsesionada con plantar bases alrededor de Rusia? ¿No acabó la guerra fría? Las guerras y las rivalidades ¿son entre sistemas, como el comunismo y el socialismo o entre naciones? Desde que en 2008 EEUU intentó atraer a su órbita a Georgia, y Rusia reaccionó protegiendo a las regiones disconformes con esa decisión, a las que Georgia había atacado militarmente, parece que hay una escalada del conflicto, que ha visto un nuevo hito en el conflicto de Ucrania.

El drama de los refugiados se une a un proceso más general de emigración, en países donde ya existen graves problemas sociales. Este proceso se da en plena era de la globalización que según nos dicen ha reducido la violencia, la desigualdad y la pobreza. Si las sociedades son más libres, menos violentas y más prósperas ¿por qué emigra la gente? ¿Por qué no se reduce sino que aumenta la gente que emigra? Huele a rata. La realidad es que las tendencias de progreso del pasado se están quebrando, y es predecible que en el futuro este proceso se agudice, según se profundicen los daños del cambio climático, y la volatilidad que acompaña al mercado de la energía. Quién acertó en El País fue la literatura, por obra de Juan Cruz: El guardia hizo el gesto desesperado; pero antes del guardia fue el mundo el que no lo supo salvar; el guardia fue el héroe de los ojos tristes, hizo todo lo que pudo. No lo supo salvar el mundo.

Para salvar a otros niños es preciso cambiar el mundo, pero hay que empezar por la casa de uno. España puede ser vulnerable a los cambios que sucedan en los países de su entorno, para mitigar ese riesgo habría que cambiar de rumbo en el sentido que nos propone Herman Daly:

La globalización, considerada por muchos como la ola inevitable del futuro, se confunde a menudo con internacionalización pero es, de hecho, algo totalmente diferente. La internacionalización se refiere al incremento de la importancia del comercio internacional, las relaciones internacionales, tratados, alianzas, etc. Inter-nacional, por supuesto, significa entre naciones. La unidad básica continúa siendo la nación, aun cuando las relaciones entre naciones sean cada vez más necesarias e importantes. La globalización se refiere a la integración económica global de muchas antiguas economías nacionales convertidas en una economía global, principalmente por el libre comercio y la libre circulación de capitales, pero también mediante una migración fácil o, incontrolada.

En definitiva, la política tendría que asignar su parcela al mercado y no al contrario.