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lunes, 10 de julio de 2017

Por una nueva relación campo-ciudad

Al hablar de la relación entre el campo y la ciudad lo primero que nos viene a la cabeza es una dicotomía, una encrucijada ante la que debemos elegir o que se plantea como una oposición. De igual modo es un tópico histórico hablar del conflicto campo-ciudad, como es habitual el lamento por la despoblación rural. Sirvan de ejemplo dos referencias actuales: el programa de Jordi Évole Tierra de nadie, o el reciente éxito editorial de Sergio del Molino La España vacía. Este último libro nos da algunas pistas sobre las características peculiares de este asunto en nuestro país. No obstante, se trata de un fenómeno que ha acompañado a todas las sociedades del mundo a medida que se ha ido imponiendo la industrialización y el comercio a larga distancia. La dislocación entre campo y ciudad puede rastrearse incluso en la alta edad media, como nos recordaba Kropotkin en El apoyo mutuo:

"El error más grande y más fatal cometido por la mayoría de las ciudades fue también el basar sus riquezas en el comercio y la industria, junto con un trato despectivo hacia la agricultura. De tal modo, repitieron el error cometido ya una vez por las ciudades de la antigua Grecia y debido al cual cayeron en los mismos crímenes. Pero el distanciamiento entre las ciudades y la tierra las arrastró, necesariamente, a una política hostil hacia las clases agrícolas, que se hizo especialmente visible en Inglaterra durante Eduardo III, en Francia durante las jacqueries (las grandes rebeliones campesinas), en Bohemia en las guerras hussitas, y en Alemania durante la guerra de los campesinos del siglo XVI."

Reclama medidas útiles para luchar contra la despoblación rural en España

La transformación agresiva del entorno rural y su despoblamiento en épocas más recientes se debe sobre todo al mencionado proceso industrializador unido al comercio a larga distancia. En España no son pocos los conflictos socio-ambientales planteados por el moderno desarrollismo a lo largo de nuestra geografía. Sin embargo no suele identificarse claramente el origen político de ese desarrollismo y de esa despoblación. De hecho a menudo sus principales promotores recaban un apoyo mayoritario en las zonas rurales a pesar del abandono que sufren estas y a pesar del lamento por la despoblación. Uno de los motivos para esto es que la derecha conservadora siempre ha tratado de halagar al campo, ensalzando sus tradiciones y costumbres, como caladero de votos. Es lo que hizo, por ejemplo, el carlismo, buscando ganar apoyo en el campo ante sus dificultades para imponerse en la corte, o lo que posteriormente hicieron los diversos nacionalismos. Pero se trata de un problema principalmente occidental, no sólo español. Los conservadores británicos, franceses o estadounidenses, por ejemplo, también se han apoyado en el mundo rural y en las zonas menos centrales de esos estados, y siguen haciéndolo, como se ha visto en las últimas elecciones de estos países sin ir más lejos.

La derecha moderna es la primera y la más profunda promotora de fenómenos como el desarraigo, la despoblación rural, el desarrollismo, la globalización y el abastecimiento en cadenas de distribución de larga distancia, y en realidad siempre ha tratado con desprecio y ninguneo al campo, un campo del que sólo se acuerda en las excursiones electorales y para poner alguna acera o alguna farola mientras socava los cimientos vitales sobre los que se sostiene la vida rural. Y es que la derecha actual es sobre todo liberal. Al igual que por la izquierda tenemos liberales con tintes socialistas, (la llamada tercera vía), por la derecha tenemos liberales con tintes conservadores, interesados en conservar sobre todo las jerarquías y el elitismo, no la forma de vida rural, ni mucho menos el medio natural en el que se desenvuelve esta. Esta derecha se ha vertebrado en torno al poder económico y a los negocios, que con el tiempo han terminado por laminar las antiguas diferencias entre conservadores y liberales con el lubricante balsámico del beneficio en el que ahora participan los herederos de los caciques por medio del capitalismo de amiguetes.

Por su parte los liberales ribeteados de socialismo también han sido apaciguados por la vía del dinero con buenos sueldos para los dirigentes y puestos en consejos de administración, y con similares premios aunque de menor relevancia para el resto de la estructura de los cargos. Sus partidos funcionan como agencias de colocación que no cuestionan el mercado y que, en el fondo, dependen de que este vaya bien. En realidad la izquierda se ha estructurado desde sus inicios como una reacción al capitalismo sin cuestionar algunos principios liberales fundamentales que definían una concepción de la economía parcial, interesada y poco realista a largo plazo, y por lo general ha sido firme partidaria de la industrialización indefinida y del crecentismo.

El liberal-socialismo de nuestros días ha renunciado incluso a esa forma viciada de buscar una transformación social para limitarse a la defensa de algunas políticas sociales con los beneficios obtenidos de un mercado al que se hacen concesiones legales y del que se depende cada vez más. De hecho han sido la segunda pata del avance de la globalización comercial, y actúa en perfecta connivencia con las multinacionales que no sólo se basan en el mercado sino en el predominio de un tipo de mercado opuesto a la pequeña empresa y al consumo local.

Igualmente el liberalismo de ambos matices ha promovido la financiarización de la economía que pone los beneficios de la especulación por delante de la soberanía alimentaria y de la autonomía de los pueblos mediante el acaparamiento de tierras que, desde los inicios del capitalismo hasta nuestros días, empuja el despoblamiento rural, el desarraigo, la dependencia del mercado global, el desarrollismo sin miras y el desprecio a las formas de vida basadas en la producción local.

Si alguna corriente ideológica puede encarnar los intereses de fondo de quienes viven en y del campo esta es la poco considerada ecología política. La apuesta por la producción local, la pequeña escala, un ritmo de vida en armonía con nuestra propia naturaleza, la sostenibilidad de la que dependemos todos pero cuyo deterioro los agricultores perciben de primera mano, todo ello sobre la primacía del rendimiento, son criterios que sintonizan con la base cultural necesaria para una revitalización del mundo rural.

Pero aquí encontramos la paradoja de que a menudo existen recelos, malentendidos o incluso conflictos entre el mundo del campo y el ecologismo. Con frecuencia encontramos un desencuentro entre el conservacionismo y los intereses de agricultores y ganaderos: lobos que diezman rebaños sin que los pastores vean justamente recompensado el perjuicio; daños ambientales de la caza, (una práctica con más arraigo en el campo); lindes de parques naturales que rivalizan con los pastos; normativas ambientales que pueden dificultar el desempeño habitual o requisitos para el etiquetado que en ocasiones dejan a los pequeños productores en desventaja respecto a las grandes empresas.

Sería deseable que se generalizase un mayor diálogo y comprensión mutua para promover soluciones emergidas del mismo. Porque en realidad estos son problemas menores si los comparamos con los cambios profundos que está provocando el crecimiento económico, unos cambios que, por otro lado, los pequeños agricultores perciben de primera mano, como los efectos del cambio climático, la erosión de los suelos, la pérdida de biodiversidad, la expansión de la agricultura y la ganadería intensivas, la competencia desleal de multinacionales subvencionadas o que pueden hacer dumping, la desertización y la falta de agua, etc.

 http://www.ecologistasenaccion.org/article91.html

En el Sur global los campesinos lo ven de otra manera y la ecología forma parte central de la reivindicación rural con mayor frecuencia, quizá porque el choque entre grandes multinacionales y formas de vida que mantienen su arraigo en el campo ha sido menos gradual, más violento y con un mayor contraste. Esto ha dado lugar al llamado ecologismo de los pobres, expresado en innumerables conflictos socio-ambientales en cuya denuncia se ha implicado la población y cuya represión ha sido también más cruenta.

Por otra parte, quienes queremos que prevalezca una mayor sostenibilidad tenemos que desestimar el ambientalismo que sólo busca un lavado de cara verde al modelo actual. Quizá también habría que hablar de liberalismo con tintes ecologistas en la medida en que sólo se planteen nuevas formas de hacer lo mismo sin proponerse cambios en la actual organización política de la economía, origen de los males ecológicos. Tras muchos años de ecologismo infructuoso o insuficiente, la conciencia generalizada sobre los problemas ambientales necesita dar el paso decisivo de cuestionar el modelo económico y las formas de producción que renuevan la insostenibilidad a pesar de cada avance en eficiencia y en las normativas ambientales; asumir que no se está haciendo realmente una apuesta ecológica si no se da un cuestionamiento a este nivel, tanto en la teoría económica, como en la política y en la práctica diaria.

Por ejemplo, fijándonos en las características de la empresa, y no sólo en las del producto: eligiendo cooperativas sin ánimo de lucro en un modelo de producción local y colaborativo, (en lugar de conformarnos con etiquetas sobre los insumos utilizados en el caso de la alimentación). O valorando las formas de distribuir y de compartir lo necesario: fomentando el procomún. Y sobre todo tratando de incidir en la política económica en todos los niveles para favorecer un modelo que no dependa del aumento constante del consumo de recursos para renovar la inclusión.

Como vamos a ver, este enfoque aplicado al consumo alimentario puede servir, además, para aliviar la contraposición entre campo y ciudad. Planteada esta dualidad como conflicto, este se da también dentro de nosotros mismos, y pervive especialmente enraizado en España por lo que Sergio del Molino llama el Gran Trauma: una inmigración masiva hacia las ciudades forzada en muy pocas décadas.

 

Dejando a un lado los motivos puramente económicos y el azar personal que nos fuerzan a uno u otro modo de vida, cabe preguntarse cuál de los dos elegiríamos si pudiéramos hacerlo o cuál nos parece el más adecuado. ¿Hay más opciones?

En cierta medida desde el campo se ha admirado y deseado la libertad, la variedad, la concurrencia social, la algarabía (o incluso el bullicio) que se puede encontrar en las ciudades, y en ocasiones se ha vivido esta admiración con un complejo complementario al desprecio que algunos urbanitas han manifestado por la figura del aldeano. Del otro lado, es habitual una añoranza del campo por parte de muchas personas que viven en la ciudad y que sufren lo que algunos psicólogos llaman trastorno por déficit de naturaleza. Para ambos ambos casos es de suponer que las carencias sostenidas en el tiempo acaban idealizando aquello de lo que se carece.

El hartazgo de los problemas urbanos, por ejemplo, en ocasiones ha dado lugar al neorruralismo, el intento de volver a vivir en el campo por parte de quienes han crecido en la ciudad, pero este movimiento no siempre resulta consistente. Sergio del Molino nos dice en su libro que su (informal) investigación sobre el tema le ha dejado la impresión de que mayoritariamente desemboca en una decepción más o menos dura según los casos. Probablemente en estos fracasos o decepciones tenga mucho que ver el hecho de que la vida en el campo se siga desarrollando de un modo individualista. Aunque tampoco resulta sencillo sacar adelante proyectos eco-comunitarios.

Si buscáramos la forma de vida para la cual nuestra naturaleza está constituida tendríamos que remontarnos a la época en la que ha vivido nuestra especie durante el 90% de su tiempo en la tierra: una vida nómada en comunidad, algo ya imposible de generalizar como modo de vida y que además requeriría un intenso proceso de aculturación. (De aquella vida sólo nos queda el consuelo -aunque suene cómico- de poder hacer de vez en cuando un treking en grupo, que al prolongarse durante varios días caminando en campo abierto, nos trae remembranzas de una vida tribal, como la satisfacción de descubrir juntos un valle nuevo para los viajeros que así conviven durante ese tiempo, o la de alcanzar un objetivo común en esa itinerancia).

Pero dejando a un lado lo difícil o lo imposible, podemos pensar en nuevas formas de solucionar este desencuentro entre el campo y la ciudad que, en realidad, lo es con nosotros mismos. Ya hace décadas que empezó a fraguarse un modelo de consumo agroecológico a través de cooperativas de consumo que ponen en relación a productores y consumidores, y que en muchos casos implica a todos ellos en la producción. Esta forma de vinculación, aún muy minoritaria por ahora, podría ser el germen de una nueva relación campo-ciudad que iría más allá de un encuentro comercial para, idealismos al margen, de un modo pragmático, establecer una nueva complicidad entre ambos mundos que, eso sí, tendría implicaciones políticas transformadoras si se generalizase (como nos explicaba Esther Vivas en este artículo). Al menos en los casos en los que se lleva a cabo de un modo participativo, que trasciende la relación entre productor y cliente, este modelo puede proporcionar una vivencia compartida, una convivencia sanadora, y en cualquier caso abre una vía para la revitalización de las zonas rurales.

Estas iniciativas se enmarcan dentro del paradigma de la soberanía alimentaria, la potestad para organizar con autonomía local la política agraria de acuerdo a criterios de seguridad alimentaria, sostenibilidad y justicia social. La destrucción de las economías de pequeña escala a manos de la competencia desleal e insostenible ejercida por las corporaciones multinacionales nos hace cada vez más dependientes de mercados globales, especulativos y elitistas, quedando comprometido el futuro de todos.

La Vía Campesina celebrará su VII Conferencia Internacional
en Derio, Bizkaia del 16 al 24 de julio de 2017

Además de los grupos de consumo existen otras iniciativas de la economía social y solidaria que tratan de promover la soberanía alimentaria para aquellas personas que quieran hacerlo y vean difícil la auto-organización necesaria para formar una cooperativa. Por ejemplo, en algunos casos se organiza la mediación entre los agricultores locales y los consumidores mediante el reparto regular de cestas de alimentos a domicilio. En otros casos se promueven tiendas abiertas a todo el público, (no sólo para socios), en las que los productos responden a los criterios mencionados, (a diferenciar del consumo ecológico de marca, a menudo también organizado por corporaciones y que no tiene en cuenta criterios de proximidad o de justicia social en la producción). También desde las instituciones sería fácil apoyar la soberanía alimentaria si hubiera voluntad política para ello, por ejemplo en la gestión de los comedores escolares, o en la promoción de la agricultura urbana, que también puede ser autogestionada.
 
 
                                         Alimentación y bienvivir

Serie de artículos del nutricionista Alejandro Moruno para este blog:




Para muchos ciudadanos la alimentación es su único contacto con la naturaleza. ¿Cuál es la calidad de ese contacto? Si nos fijamos en su impacto ambiental, nuestra comida no es sostenible, y si atendemos a nuestra salud, cada día surgen nuevos datos que ponen de relieve las carencias o lo poco saludable de nuestra alimentación. Para el conjunto de la sociedad la agricultura y la ganadería intensivas y kilométricas vienen a ser el equivalente al sedentarismo y a los malos hábitos en la vida de cada uno. No cuidar nuestra relación con el campo es como no cuidar nuestro propio cuerpo.

Pensar la producción en términos de máxima competencia a partir de meros cálculos de coste y beneficio a corto plazo nos lleva a estresar la vida en detrimento de su adaptación a largo plazo. Fertilizantes, pesticidas e importaciones innecesarias vienen a ser como la droga para el cuerpo que maximiza su rendimiento presente a costa de la salud y de una supervivencia longeva en buenas condiciones. Por contra, la adaptación a largo plazo está más relacionada con la creación que surge de la cooperación y de la simbiosis. ¿Por qué no adoptar, entonces, un modelo simbiótico en el que campo y ciudad puedan ser, más que la unión de dos elementos, un nuevo cuerpo resiliente y saludable gracias a la sinergia así creada?

"Se ha hablado mucho más de la competencia, en la que el fuerte es el que vence, que de la cooperación. Pero determinados organismos aparentemente débiles a la larga han sobrevivido al formar parte de colectivos, mientras que los llamados fuertes, que no han aprendido nunca el truco de la cooperación, han ido a parar al montón de desechos de la extinción evolutiva. Si la simbiosis es tan frecuente e importante en la historia de la vida como parece, habrá que reconsiderar la biología desde el principio. La vida en la Tierra no es de ninguna manera un juego en el cual algunos organismos ganan y otros pierden. Es lo que en el campo matemático de la teoría del juego se conoce como un juego «de suma no cero»."

Lynn Margulis, Dorion Sagan, Microcosmos.
 
http://mallata.com/

Acabo este texto haciendo un poco de política-ficción sobre las posibilidades de esta tendencia. Si se generalizara esta nueva relación con nuestra propia alimentación, con lo que somos materialmente, que va más allá de un mero consumir en mercados impersonales, esta práctica podría ayudar a repoblar la parte "vacía" de nuestro territorio, o yendo más lejos, apuntar hacia una forma de organización política institucional basada en el entorno local. Como se dice en este artículo de la revista Ecología Política: "Las redes alimentarias alternativas suponen una defensa de las producciones locales frente al mercado global, pero son sobretodo un laboratorio de nuevas formas de organización social mediante las cuales se trata de trascender el valor de cambio para construir valores de uso y, en definitiva, comunidad."

En el estado español las provincias podrían vertebrar el esquema territorial ideal para desplegar esta nueva forma de simbiosis entre el campo y la ciudad, dado que las provincias se basan precisamente en un territorio vinculado a una ciudad, (o visto desde la urbe, en una ciudad y su entorno periurbano más o menos extenso). La provincia es una entidad política más próxima al biorregionalismo, y que podría mediar mejor entre este ideal y las instituciones actuales, entre una organización territorial basada en la naturaleza y el componente social tal y como ha devenido hasta nuestros días. Aunque conviene recordar que las biorregiones suelen rebasar la demarcación provincial en cordilleras, cuencas, litorales o climas compartidos, (apuntando a una visión territorialmente colaborativa, no aislada).

No estoy sugiriendo seguir la concepción originaria de las provincias, un intento de modernizar el territorio al servicio de un poder centralizado que las maneja por medio de gobernadores. En lugar de ello convendrían unas provincias que se gobernasen a sí mismas con mayor autonomía política democrática, buscando la resiliencia y la prevalencia de la economía local, en consonancia con un incipiente modelo de producción distribuida, menos dependiente de grandes economías de escala. Si hemos de eliminar duplicidades en la administración, quizá sea en las instituciones centralizadas o regionales donde más halla que limarlas, sin necesidad de que esto implique una desconexión sino, al contrario, buscando una cooperación desde la autonomía democrática municipal y provincial (que además serviría para mutualizar determinados riesgos).

Se trataría de un modelo distribuido en una constelación de entidades pequeñas formadas por una ciudad y su campo aledaño relacionados orgánicamente (más que comercialmente). Lo que se buscaría con este planteamiento es la racionalidad ecológica, o lo que es lo mismo, un interés común que no se limite al antieconómico beneficio pecuniario a corto plazo sino que, en lugar de ello, tenga en cuenta nuestra dependencia del estado actual de la biosfera, que tenga en cuenta nuestra salud y la seguridad alimentaria, que valore el bienvivir así como el largo plazo y a las generaciones futuras.


La revalorización del mundo rural cercano tampoco tiene por qué entenderse como una apelación al pasado con añejas loas a la Historia, ahora desde un punto de vista localista, un pasado a menudo basado en una estratificación social jerárquica, desigual y autoritaria. Ni se trata de poner por encima de todo las tradiciones, que a fin de cuentas son invenciones sostenidas en el tiempo. Las tradiciones tienen el valor que queramos darle, y es una potestad democrática abolirlas -pongamos los casos de crueldad animal- o revitalizarlas -pongamos los concursos de versos improvisados que aun perviven en algunos lugares-. De hecho estamos hablando más bien de innovación social apoyada por el desarrollo de la investigación en agroecología. El verdadero lastre para avanzar hacia un futuro mejor es la privatización del conocimiento y de la herencia biológica común en forma de patentes, restringiendo el uso público y compartido de la información y de las semillas.

En definitiva, una nueva relación campo-ciudad pasaría por sustituir la dicotomía entre ambos entornos por una forma diferente de vincularlos localmente, oponiendo la soberanía alimentaria a la mercantilización absoluta, y la diversificación del espacio frente a la centralización creciente de la vida en megalópolis uniformes que pierden de vista su dependencia de la naturaleza. Si realmente vamos hacia una economía basada en el conocimiento y en las comunicaciones virtuales, y si fuera verdad que la tecnología nos va a permitir mejorar la eficiencia (en términos de recursos materiales), entonces tendría que ser más fácil relegar el transporte y el propio crecimiento económico sin menoscabo de la inclusión económica de todos. En realidad esta es la prueba del nueve que deberíamos exigir al desarrollo tecnológico para poder observarlo con optimismo: que nos permita reducir el flujo de transformación (y el consiguiente consumo de recursos y uso de sumideros) garantizando a la vez la inclusión. Pero no es esto lo que está ocurriendo.
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martes, 4 de julio de 2017

Mañana lo dejo: “el rápido camino de la humanidad hacia su extinción”

La humanidad se enfrenta a una nueva amenaza, se queda sin oxígeno. Sin mucha conciencia de ello, y mientras algunos medios siguen pintando un futuro color de rosa salpicado de maravillas tecnológicas, los científicos advierten “Si no se controla, el declive del oxígeno puede conducir a otra extinción masiva, incluido el género humano”.



La concentración de oxígeno en la atmósfera terrestre está disminuyendo por la actividad humana, mientras aumenta la de otros gases como el célebre CO2 o el metano. En concreto, y según se ha observado durante las dos últimas décadas, la concentración de oxígeno viene declinando anualmente en 4 partes por millón. Eso es muy poco, dado que su concentración en la atmósfera es de 209.460 ppm, por consiguiente parece que hay margen, siempre que se desconozcan los principios básicos que rigen el funcionamiento de los ecosistemas.

¿Por qué disminuye el oxígeno? A lo largo de la historia del planeta la concentración de oxígeno ha ido variando de forma natural, comenzó a acumularse en la atmósfera en grandes cantidades hace 2.500 millones de años, y desde entonces su concentración ha ido variando muy lentamente.





Dado que en la biosfera convivimos organismos que consumimos oxígeno (animales) y otros que lo producen (plantas) a partir de la luz del sol, gracias a la fotosíntesis, y fundamentalmente en los océanos, ya que el fitoplancton marino produce el 70% del mismo, la concentración de oxígeno en la atmósfera dependerá del equilibrio alcanzado entre esos dos tipos de organismos, y la producción y consumo del mismo.

A corto plazo podemos suponer que hay un equilibrio entre consumo y producción, pero en sistemas complejos, cambios muy pequeños a lo largo del tiempo pueden provocar que se alcance un punto de inflexión (tipping point) en el que se produzca un cambio en el comportamiento del sistema, con consecuencias imprevisibles. Eso es lo que pasó hace 2.500 millones de años cuando las cianobacterias empezaron a llenar la atmósfera de oxígeno, y en los cinco episodios de extinciones masivas que ha sufrido el planeta (ahora vivimos el sexto). Para complicarlo más, algunos de esos cambios pueden ser irreversibles, como se representa en la figura de la izquierda.
  



Aplicado al oxígeno, podría darse el caso en el que su descenso comience a producirse de forma natural, llevando a un punto de equilibrio con una concentración mucho menor o incluso nula.

En la actualidad el principal agente de cambio en la biosfera es el ser humano, como corresponde a nuestra era del antropoceno. La humanidad consume oxígeno fundamentalmente como comburente para sus combustibles fósiles y para fabricar fertilizantes. Algunas tecnologías (como usar el Hidrógeno como vector energético) que pueden parecer “limpias” al no emitir gases de efecto invernadero, son muy intensivas en el consumo de oxígeno, ya que se usa tanto para generar el hidrógeno como durante su combustión.

Evidentemente no se trata de un problema tecnológico, sino de escala. La escala de cualquier solución que pretenda ser usada masivamente, y por tanto ser solución para la humanidad y no para unos pocos, es de tal magnitud que por fuerza se terminan creando nuevos problemas, aunque se solucionen otros. Esto es así porque la capacidad de los vertederos y la magnitud de los recursos del planeta es limitada. Podemos cambiar un tipo de impacto por otro, pero al final lo que crea el daño no es su tipo sino su magnitud. Es como una sábana que se queda corta, las soluciones tecnológicas visten un santo para desvestir a otro, como ya vimos con el ejemplo del coche eléctrico, que no es más que una magufada para engañar a los ignorantes, y que no soluciona nada.

En el caso de las condiciones de hipoxia podemos considerar que el peligro está muy lejano, aunque en realidad no podemos predecirlo con exactitud. Los científicos que han estudiado el problema proponen un modelo de agotamiento parabólico, que permite suponer que los problemas de salud asociados a la falta de oxígeno comenzarían dentro de mil años, alrededor del año 3000. Claro que si en vez de parabólico fuese exponencial la cosa cambia bastante, y podemos comenzar a encontrar problemas de salud a partir del año 2090, apenas dentro de 70 años, quedándose la atmósfera sin oxígeno para garantizar la vida del ser humano poco tiempo después, a comienzos del siglo XXII.


 


Puede parecer alarmista, pero en realidad tampoco podemos descartar, en este momento y tal y como están las cosas, que ese proceso sea más rápido. Como ya hemos dicho el 70% del oxígeno se produce en los océanos, y en otros periodos de la historia del planeta el 90% de la vida de los océanos ha desaparecido en apenas un par de décadas ¿Por qué no podría volver a suceder lo mismo?

La humanidad ha traspasado ya varios puntos de inflexión del sistema Tierra, y a partir de este momento estamos en territorio desconocido.





El sistema puede cambiar de forma brusca en cualquier dirección y en muy poco tiempo. El cambio climático, la acidificación del océano, el vertido de nutrientes al océano creando zonas muertas anóxicas, el vertido de plástico al océano en grandes cantidades que impiden que la luz del sol penetre en el mar y se pueda realizar la fotosíntesis. Todo un conjunto de impactos entrelazados cuyas consecuencias desconocemos, pero que sabemos que pueden ser catastróficas. Como dicen los propios científicos que estudian el fenómeno:

Hay preocupación acerca de que un cambio climático incontrolado pueda llevar a una pérdida catastrófica de esta fuente vital de oxígeno atmosférico a través de la inhibición de la fotosíntesis.

Las consecuencias son claras:

Si no se controla, el declive del oxígeno puede conducir a otra extinción masiva, incluido el género humano.


Como el fumador que sufre violentos ataques de tos al despertarse y que piensa que lo dejará mañana, creemos que en un futuro nos adaptaremos a un modelo de producción y consumo más sostenible. La última exploración, hace unos años, no descubrió patologías de gravedad, y aunque el médico nos advirtió con mucha firmeza, fuimos dejándolo para más adelante. Hace unas semanas que nota un fuerte dolor en el pecho, “mañana lo dejo”, piensa ¿pero y sí ya es demasiado tarde?

lunes, 26 de junio de 2017

¿Resuelve algo el coche eléctrico? Escalabilidad

 
 
Ya se ha visto que el coche eléctrico contamina, no da las prestaciones de los vehículos actuales, implica cambios importantes en toda la infraestructura eléctrica, sobre todo si se quiere que contamine menos (sólo por la fabricación), y todo a un coste económico muy elevado que además genera bastantes intereses y fomenta sistemas de bombeo de riqueza de las clases más bajas a las más altas.
Pero ese inconveniente económico que pone en tela de juicio la viabilidad económica, además de comprometer seriamente la estabilidad social, se basa sobre la presunción que se puede hacer sin más problemas, y que al incrementar la economía de escala, los precios bajarán y será más asequible para todos, con lo que dejará de ser un sistema que pasa costes al público general para el privilegio de unas  élites, a ser algo común.
Es decir, la economía de escala que tantas cosas ha abaratado, es la razón esgrimida con cierto fundamentado históricamente en gran cantidad de casos para que la mayoría de la sociedad admita este tipo de funcionamiento.
La escalabilidad es, por tanto, un punto clave de todo el proceso de electrificación de nuestra sociedad, proceso del cual el coche eléctrico representa una pieza importante, quizás la más vistosa, si bien ni de lejos la más difícil.
De todos los puntos que afectan a la entrada de forma masiva del vehículo eléctrico, una vez más, hay que mirar su relación con el proceso de electrificación de nuestra sociedad. No vale mirar sólo el litio para las baterías, si no miramos a su vez cómo gastamos ese litio y cómo se utilizan las baterías no sólo para los vehículos, también cómo se utilizan, tanto las baterías directamente como a través del V2G dicha capacidad de almacenamiento, en la red eléctrica.
Y eso debe hacerse además teniendo en cuenta el ciclo de vida, es decir, no sólo su uso directo si no también la obtención primaria (minas) como su retirada y su reciclado.
Empecemos, puesto que ya se ha mencionado, por el litio, ese elemento que muchos llaman el ‘oro blanco’ o ‘el nuevo petróleo’, un elemento químico bastante particular, que hasta hace poco se extraía de forma secundaria como subproducto de otros elementos (tantalita en Australia, sal común en Chile – Atacama), y que ahora se empieza a explotar de forma primaria en varias partes.
Un elemento bastante escaso, apenas 14 millones de toneladas métricas (MMT) de reservas, según el más reputado inventario de minerales, el USGS (el servicio geológico de los Estados Unidos). Un elemento que tiene bastantes usos, desde lubricantes de uso especial (y espacial), medicamentos para el trastorno bipolar, aditivos en cerámicas, y como reductor de coste en la fabricación de cristal.
Este último punto es relativamente nuevo, y la principal razón es que la fabricación de cristal para la fotovoltaica se reduce de coste y emisiones (pues sólo se puede usar gas natural para fabricar cristal, un detallito más de difícil electrificación) entre un 10 y un 18%, además de conseguir un cristal más transparente  que mejora (ligeramente) el rendimiento de los paneles fotovoltaicos.
Así pues, tenemos un elemento de limitación que afecta a varios sectores a la vez. Hay otros, como el disprosio utilizado en los motores de los vehículos eléctricos del tipo de ‘imanes permanentes’, y que suelen ser los de mayor eficiencia, pero que también se utilizan en los aerogeneradores de últimas generaciones, entre otras cosas, para facilitar el control de la producción y así tener algo más de margen sobre la estabilidad y la producción eléctrica de origen eólico.
Pero también los hay menos conocidos. Uno de ellos, el cobalto, por ejemplo es interesante de seguir, más que nada porque ejemplificar algunos de los puntos de equilibrio que tiene el mercado de materias primas.
Para empezar, el 98% de cobalto obtenido de forma ética, es decir, descartando el contrabando que es importante en este componente, se obtiene en minas de cobre, como subproducto del mismo, y cuya producción es bastante inelástica, ya que el que marca la producción en entornos de alta demanda, es el cobre.
El mayor productor es precisamente la República Democrática del Congo, que no es precisamente una de las más socialmente ejemplares del mundo, y donde el contrabando y la producción por sistemas poco éticos y técnicamente poco limpios, tanto medioambiental como socialmente es algo común.
El mayor uso del cobalto es en baterías, aunque hay bastantes más, todas muy fuertemente técnicas y donde el cobalto resulta imprescindible, pero que son muy estables en su uso, es decir, muy rígidas, y además son aplicaciones donde el precio del cobalto tiene poco impacto al ser de elevado valor añadido. Un mercado que apenas ha crecido en bastantes años, no como el caso de las baterías.
Además, el cobalto es un mercado prácticamente dominado por China, que es la principal importadora, y que no exporta nada de cobalto refinado, sino sólo elementos que lo usan como aplicación final, como por ejemplo baterías.
Por tanto tenemos un producto muy inelástico que depende de la demanda del cobre (las baterías también gastan cobre, pero su peso en el mercado es ínfimo en comparación), con ciertos usos también inelásticos que se pueden permitir prácticamente cualquier precio, precio que fija básicamente China, el principal importador de cobalto, y uno de los grandes compradores de cobre.
Pero además tenemos que las tecnologías que tienen mejor densidad de energía, y habitualmente (al menos a finales de 2015) tenían mejor precio, eran precisamente las que más cobalto usaban. Las de mayor potencia, que por geometría e implicaciones técnicas, tienen bastante peor densidad de energía (esos KWh por Kg de peso), usan menos cobalto, pero son más caras, y también necesitan más litio.
Pero el inevitable Elon Musk dijo que para 2020, necesitaría el 100% de la producción mundial de litio para su mega fábrica.
Mucha gente alaba, como ya hemos dicho, el efecto de la economía de escala. Pero otra ley de mercado sumamente importante, de hecho LA LEY del mercado, la de la oferta y demanda, es algo de lo que se olvidan.
El resultado es que si el cobalto ha subido más del 30% desde finales de 2015, con fuertes fluctuaciones y con previsiones muy duras en cuanto a precio y producción, el carbonato de litio grado batería (99.99% de pureza), ha pasado de 6500$/Tonelada a finales de 2015 a más de 24000$/T a principios de 2017, y sigue subiendo. Eso sí, el precio fijado por China (una vez más).
A esto hay que considerar que el precio de las materias primas se ha disparado, y eso tiene mucho peso en el coste de las baterías, que gastan más de 150g de litio (en contenido metálico, que equivale a unos 900g de carbonato de litio, y más de 200g de cobalto metálico.
Si tenemos en cuenta que este tipo de baterías lleva ya 40 años en el mercado, las posibilidades de mejora no son muy grandes: las más evidentes y sencillas ya se han implementado, lo que es la ley de los rendimientos decrecientes.
Por supuesto, el montar varios miles de celdas en un pack es un tema que lleva poco tiempo, y las mejoras de la economía de escala se aplican sobre todo en este punto, donde todavía hay bastante que mejorar.
Sin embargo, las megafactorías de baterías utilizando energía renovable, tampoco son una novedad, y el caso de las que desarrolló Edison dejan claro que la economía de escala no tuvo un gran efecto.
El resultado es que está por ver si la economía de escala es capaz de mejorar el precio más que lo que lo está empeorando ya mismo la demanda brutal de elementos necesarios para la fabricación de baterías. Las dudas son más que razonables, el futuro dirá, pero lo más probable por la experiencia y conocimiento del autor, así como los datos de muchos otros estudios es que el coche eléctrico es, ha sido y será, un vehículo caro, precisamente por el precio de las baterías.
 
En el mundo, en este 2017, hay alrededor de 1100 millones de vehículos térmicos. La capacidad de producción tuvo algunos picos por encima de los 80 millones de vehículos al año, aunque en los últimos tiempos está por debajo de esta cifra.
Sin embargo, coches eléctricos hay menos. Poco más de medio millón en los USA en 2015, menos de 5000 en España, frente al millón que tenía previsto el gobierno de Zapatero. Del Nissan Leaf, el vehículo eléctrico más vendido, se han fabricado ya algo más de un cuarto de millón de unidades.
Tesla dice que va a llegar a fabricar medio millón de coches Clase E para 2018, algo que los que trabajamos en el sector opinamos que es imposible. Máxime si el mismo Elon Musk afirma que para entonces necesitará el 100% de producción mundial de litio sólo para hacer frente a dicha capacidad.
Así pues, se ve imposible que se llegue a fabricar, en breve, 80 millones de coches eléctricos al año, lo cual llevaría a cambiar (si la población está por la labor) todos los coches en casi 14 años. Fecha para la cual la producción de baterías debería ser casi el doble, puesto que los primeros en fabricarse ya deberían necesitar una nueva, siendo extremadamente optimistas (dependiendo la latitud, las baterías duran menos de 14 años, estando por debajo de los Pirineos en el orden de los 5 – 6 años, tanto menos cuanto más al sur).
Escalar la fabricación para cambiar todo el parque automovilístico, a la luz de estos datos, se antoja francamente difícil que suceda en menos de un par de décadas, probablemente tarde muchas más, si es que llega a producirse, ya que lo más probable es la desaparición del coche privado tal y como lo conocemos, excepto los juguetes para ricos como el Model S.
Y sin contar aquellos vehículos que no son particulares, como los camiones articulados que podemos encontrar en nuestras carreteras en abundancia, y para los cuales no hay opción eléctrica. Lo mismo aplica a los megacamiones de minería (y eso que son híbridos), o los buques como el Maersk Clase Triple E
Y sin embargo, aún no hemos entrado a considerar con más profundidad la escalabilidad si tenemos en cuenta además la transición del modelo actual de consumo energético a otro basado en renovables (eléctricas e intermitentes) asociado.
Hay muchos estudios sobre esta transición a un modelo basado en renovables eléctricas intermitentes (y algunas despachables) desde Greenpeace a entidades universitarias, incluyendo el MIT. Este último además aborda el tema de la minería, y llega a conclusiones como que el Disprosio, que como todas las tierras raras es monopolio exclusivo de China, que haría de cuello de botella tanto para motores como alternadores especialmente en el caso de la eólica, obligando a un mínimo de 5 décadas para poder hacer el despliegue de aerogeneradores necesario sólo para suplir la producción actual de electricidad, sin mencionar la sustitución, ni coches eléctricos ni crecimiento. También explica algunos detalles sobre la minería y las materias primas secundarias como el mencionado cobalto.
Entre estas materias primas figura, sin explicación en ese informe, el tema del tóxico telurio que conjuntamente con el más tóxico cadmio se usa para cierto tipo de paneles fotovoltaicos presuntamente más económicos, y que se obtiene a partir de los restos después de extraer oro mediante el rociado con el potente veneno conocido como cianuro los restos de haber extraído el cobalto. Y eso sólo para cierto tipo de minería del cobre.
Este tipo de limitaciones debería hacerse extensible a los 70 elementos de la tabla periódica que se usan en la fabricación electrónica y el resultado podría poner al ladrillo fundamental de la tecnología actual (especialmente de los coches eléctricos y la transición energética) en el cuello de botella de todo.
Entre estos estudios de la transición, hay uno interesante sobre todo por ser uno de los ‘favoritos’ de todos los pro-renovables, conocido por sus autores, Jacobson y Delucci, en el que indican que para electrificar los Estados Unidos harían falta como 590TWh de baterías.
Si tomamos por buena la estimación del USGS sobre los recursos y reservas de litio mundial, así como algunos estudios al respecto de la cantidad de litio por batería, el resultado es una capacidad teórica de menos de 65TWh, alrededor de una décima parte de las necesidades de los USA, muchísimo menos que las necesidades reales del mundo, sin mencionar otros usos.
Si además analizamos esas reservas, que se dividen en dos grandes grupos: salares y roca dura, donde la mayoría está en los más asequibles y sencillos salares, todos ellos ya inventariados (se ven todos desde el satélite), y que los recursos de roca dura, así como el reciclado del mismo, con los precios actuales de 24.000€/MT no son rentables, además de ser fruto de la especulación, y que no todo el litio se puede usar para hacer baterías, queda claro que algunos de estos estudios, por no decir todos, en realidad son cuentos de hadas sin base, que ignoran algunos elementos esenciales que los privan de veracidad y plausibilidad, de viabilidad técnica.
Por eso, unos científicos del IPCC han hecho un meta estudio sobre 24 de estos estudios, para analizar la factibilidad del cambio a un nuevo modelo, y si eso conlleva impacto ambiental, puesto que precisamente esa es la labor del IPCC, estudiar el impacto ambiental y el cambio climático, no sólo de la sociedad actual, si no de las soluciones propuestas.
Las conclusiones son demoledoras. Reduciendo el consumo (o sea, decreciendo, lo contrario de lo que se nos vende) a menos de la mitad, en el mejor de los casos, se debe destinar una cantidad tal de recursos para elaborar biomasa y biocombustibles para lidiar con el problema de la intermitencia e inestabilidad de la ineficiente (si se incluye la producción) electricidad, un impacto ambiental descomunal en consideración de estos científicos.
De no decrecer, o peor aún, seguir creciendo, llevamos el camino a la deforestación total sólo para producir electricidad. Algo que pocos se preguntan, y que sin embargo es importante.
Evidentemente, eso no va a pasar. Ya se tiene experiencia en lo que implican los biocombustibles y la biomasa: al competir por los terrenos (como hace la fotovoltaica), disparan el precio de la comida.
La gráfica que abre este artículo es precisamente la evolución del índice de precio de la comida, sobre la que se han superpuesto las revueltas recientes en la fecha en que se han producido. La relación es más que evidente.
En resumidas cuentas, todo lo que se nos está vendiendo como ‘progreso’ en el sentido del cambio de paradigma energético, sin un necesario cambio cultural, el coche eléctrico, la electrificación, las renovables, el grafeno y demás, no resuelven nada más que el favorecer a unos pocos, a veces incluso poco sospechados, mientras la amenaza sobre nuestro futuro sigue creciendo.
Va siendo hora de ir pensando en otras alternativas.
 
 


lunes, 19 de junio de 2017

Kilian Jornet y la narrativa del crecimiento salvaje

Iván Vallejo Ricaurte (alpinista ecuatoriano, del 1959): “Subir montañas es un ejercicio de humildad”
¿Qué es humildad? Deriva del termino lat. humilitas y fue aplicado como propiedad de la clase más baja de la sociedad de la antigua roma. Sus miembros carecían de pertenencia estamental y como tal no se consideraban humanos sino bienes en pertenencia de individuos del estamento superior. Hoy simplemente los llamamos esclavos.

1500 años más tarde, para Miguel de Cervantes la humildad era la virtud más relevante para el ser humano. En su época el término “humus” (tierra), fue portador semántico de cualidades importantes para cualquier humano creyente. Es decir, no dejar llevarse del volátil y engañoso carácter de la materia agua y sus asociadas propiedades de deseos y caminos imprevisibles. Y así mantener una ética cerca de la tierra sin aspirar a salir de la clase social en la que dios destinó la existencia de cada individuo
.


Desde la época de la ilustración en Europa (1789) la humildad se mira con ojos más críticos. En el proceso de secularització el hado de las personas ya no está tan predestinado por la imposición de los conceptos y configuraciones sociales que propone la iglesia. Humildad se convierte en una virtud de doble filo.

Poeta italiano Giacomo Leopardi: ”Es sorprendente que casi todos los hombres de gran capacidad se comportan con maneras simples, y que casi siempre las maneras simples son un signo de baja capacidad" Esto quiere decir que hay una relación invertida entre personas de gran capacidad demostrada, que suelen mostrar una actitud simple y humilde en publico, y por otro lado se observa que personas que destacan en primera impresión con un comportamiento simple y humilde se suele asociar un estado social muy bajo, en fin una persona de poca capacidad.

Poeta alemán Friedrich Hebbel: “La gente ha inventado muchas virtudes, pero la más extraña de todas es la modestia. El nadie cree convertirse en alguien al admitir que es nadie.”
Filósofo alemán Arthur Schopenhauer: “¿En qué es diferente la modestia a la humildad hipócrita en un mundo repleto de ruindad y envidia donde se mendiga el reconocimiento por logros a gente que carece de él ...? Con habilidades corrientes, humildad es pura sinceridad, pero con grandes talentos es nada más que hipocresía. Que uno sea un gran hombre sin darse cuenta de ello es absurdo.
Poeta Austriaca María Eschenbach; “La humildad repta del mismo agujero que la vanidad”


Está claro que uno que entrena su cuerpo tantas horas como Jornet debe adaptar una actitud de humildad en el sentido más antiguo de la palabra. Lejos de la modestia material como la comprendemos hoy pero cerca de la humildad espiritual de la edad media de Cervantes. Alzarse en la cima de una montaña y reconocer la indiscutible autoridad de su poder y sentirse avasallado ante un destino cuyo control esta fuera de la intervención del humano.

No obstante, hoy tenemos un grado de libertad comparable al de la edad media. Hoy igualmente hay pocas autoridades que exijan obediencia absoluta. De hecho, solo una: El mercado. Similar a la iglesia, el mercado no razona ni sigue el camino de una economía real (un mundo libre de desechos no procesables) El mercado provee de una amplia gama de protocolos morales y éticos adquiribles. Para cualquier ideología o filosofa de vida, el mercado tiene una solución rápida comercializable. Y así, es irrelevante de qué manera o con que filosofía se sube una montaña porque si existe atención mediática, debe aparecer el proveedor técnico de la misión del “ejercicio de humildad” con el fin de mejorar las ventas, y ya no es modestia como lo comprendemos hoy sino humildad comercializada.

Dando vueltas arriba y abajo se verá que tomar la actitud la humildad espiritual hoy ya no es suficiente, y el que quiere humillarse para afirmar su estilo de vida ha de ser modesto en términos materiales. Quiere decir que, en el contexto de hoy en día, solo con la renuncia a la profesionalización de la actividad que uno realiza es posible hacer realidad un ejercicio de modestia de verdad.


El crecimiento salvaje del mercado le ha llevado a un ámbito nuevo para él: vender la modestia material como concepto de vida y comercializar la humildad como camino espiritual. Ambos conceptos representan una paradoja y muestran a la vez que por absurda que sea la propuesta del mercado, es posible seguir la lógica intrínseca que conduce al abismo de un dilema destructivo. En los medios sociales se observa que millones de personas han caído en esta absurda propuesta de consumir más conceptos e ideas que contienen el discurso de consumir menos y vivir más cerca de la naturaleza, ser más sostenible consumiendo más productos que facilitan estar y vivir más cerca de las montañas o la naturaleza en general. Es obvio que esto es absurdo.

Kilian Jornet y sus compañeros de Salomón son uno de los grandes propulsores de este cortocircuito sociológico y es justo reprocharles que su conducta publicitaria con sus “proyectos, sueños, ilusiones” y otros caprichos individualistas, en el fondo son el mismísimo molde de humildad hipócrita en el que se asienta una gigantesca industria explotadora y nada sostenible, que destroza el medio ambiente con millones de pares de zapatillas, relojes GPS, gorras y palos que fabrican año tras año.

Jornet enseña cómo se va ligero al monte sin dejar rastro ni basura y así ser más respetuoso con la naturaleza y no parece darse cuenta que sus “misiones” son un contenedor de valores falsos, similar a un trojano, para propulsar la siguiente ola de ventas aún más bestia que la anterior. Mas fábricas en Bangladesh y Etiopía, más agua contaminada en los ríos de Pakistán, más contaminación acústica, coches, basura de toda la gente que quiere hacer uso de estos productos “outdoor” y que pronto serán sustituidos por unos ligeramente mejorados, debido a la obsolescencia programada de los mismos.

Después de la siguiente gran aventura seguro que saldrá un nuevo reloj GPS, el que llevaba Jornet en la versión Test en Nepal. Y otra vez sale el mensaje de Jornet: Respeto a la montaña, sostenibilidad, naturaleza, salir de la ciudad, y es un claro Oxymoron ver el fondo del mismo…capitalizar la idea ecologista con más consumo dañino pare el medio ambiente.

Se le ve como un mono en el circo que da vueltas y salta, o como un enano en un espectáculo de variedades donde una y otra vez se le mete en una maleta cada vez más pequeña. Una curiosidad chusca que corre y salta, escala y esquía, siempre con este pragmatismo catalán y escondida por allí la seca, artificial sonrisa de un autentico obsesivo.

La montaña no tiene nada que decir al hombre. Es humildad hipócrita pensar que sí. Es de una infinita auto sobrestimación pensar que ha de venir un 3mil o un 8mil para que nos enseñe humildad. ¿Será que busca la dura mano de Dios para enseñarle dolor y obediencia? ¿Será que Jornet es de la edad media cuando la gente pensaba que el Espiritu Santo existe y es un hereje valiente que cuestiona su poder? ¿Será que Jornet se compara con Dios? Respecto a lo último tengo dudas, pero es evidente que la modestia material solo no le sirve para reafirmar su humildad. Ha de subir un 8mil dos veces por semana para que sienta el placer de finalmente estar de rodillas ante un poder omnipotente. Un ciclo vicioso entre humillación y victoria.

La humildad espiritual es el top ventas de los últimos 10 años en el ámbito del deporte outdoor. Humildad y Modestia son como hermanas. Una te obliga a ponerte de rodillas, que es un gesto humillante e indigno, la otra te permite estar de pie, pero sin recursos materiales. Ambas tienen como fin poner al hombre por debajo de sus posibilidades reales tanto a nivel espiritual/cognitivo como material. Lo que venden los nuevos montañeros patrocinados es la idea de que vivir de rodillas ante un monte y no tener un duro es lo que hay que conseguir para ser feliz. El único problema es que ellos no predican con el ejemplo. Muchos están muy bien materialmente y ante el monte están de muchas formas menos de rodillas.


Han de permitir el reproche de que su humildad es falsa y obsoleta y que su modestia no existe. Han de responder a la pregunta de por qué el mensaje que transmiten es usado como publicidad por sus sponsors para vender más, y si la consecuencia no es justo la contraria del contenido de su mensaje. No pueden esconderse en sus casas en valles estrechos y evitar responder a esto. Han decidido hacer su vida siendo una persona publica y como tal tienen una responsabilidad ética que defender.

No interesa quien fue más rápido ni cuantas veces han subido. Esto son datos para los medios y sus comparativas absurdas cuyo hilo es un simple reflejo del capitalismo del crecimiento infinito. Solo que aquí se aplica al crecimiento personal con los mismos patrones de explotación sin limites. Interesa si lo han hecho sin ayuda de gente/empresas que en el mismo momento hacen daño medioambiental y humanitario en otro sitio en el mundo. El capitalismo salvaje ha adoptado la narrativa de la industria que hace su bandera de la cercanía a la naturaleza y sus protagonistas no parecen ser conscientes de ello.






lunes, 12 de junio de 2017

¿Resuelve algo el coche eléctrico? Infraestructura



La electricidad es un tipo de energía efímera. Sólo existe en el breve instante de tiempo que tarda en viajar desde A hasta B a la velocidad de la luz.

En A, otro tipo de energía tiene que ser convertido a electricidad, y en B esa electricidad que le llega es a su vez reconvertida en otro tipo de energía. Si en A se convierte más energía en electricidad de la que B consume, o se pierde o se genera una sobretensión con consecuencias fatales. Si B pretende consumir más energía que la que se puede convertir, se produce un apagón o una bajada de tensión, generalmente con consecuencias indeseadas.

Además, la termodinámica se cobra su peaje en cada parte, tanto en forma de pérdidas por la transmisión, como en la conversión energética que tiene lugar en cada lado del circuito, especialmente en A, que va desde el máximo de la hidroeléctrica, rondando el 80% hasta el peor de los casos, la fotovoltaica que está en un 15% o menor, según el día. Eólica y ciclo combinado se mueven alrededor del 50%, y el resto entre el 30 y el 40%. Las pérdidas son casi siempre en forma de calor.

Por tanto, hablar del conjunto implica tener en cuenta el cuanto, el cuándo y el dónde. No hacerlo es una memez: ¿de qué me sirve la fotovoltaica si las luces las enciendo cuando es de noche (con lo que la fotovoltaica no produce por falta de sol)?, ¿de qué me sirve que se produzca mucha fotovoltaica en verano si lo que necesito es calor en invierno, precisamente porque en verano nos llega cuatro veces más energía solar que en invierno, la principal causa de por qué hace calor en una estación, y frío en otra?

La presunta versatilidad de aplicaciones en B, el punto de vista mayoritario, es sólo la cara más interesante de la moneda, mientras que la cruz es que es esa misma versatilidad la que hace que no exista en la práctica ningún sistema de almacenamiento de electricidad. Recordemos que las baterías son sistemas químicos, no eléctricos.

La electricidad, por tanto, no se puede considerar como una energía, como mucho se podría llamar potencia (o energía por unidad de tiempo), aunque la mejor forma de clasificarla es como sistema intermediario entre dos formas de energía diferentes (el concepto de carrier, ni siquiera el de vector se podría aplicar), que permitiría transformar y transportar desde una energía mecánica (como la de rotación de un alternador, movido a su vez por un amplio rango de otras energías) a otra energía, que bien podría ser mecánica como el movimiento de un ventilador, calor, como una vitrocerámica, luz con una bombilla, etc.

Por tanto, bajo el epígrafe de ‘infraestructura’, se va a tratar todo el conjunto desde A hasta B, pasando por la transmisión y transformación, que, para el caso del coche eléctrico, pasa por las renovables eléctricas intermitentes debido a que la ‘limpieza’ del mismo debe serlo a la vez, por la ‘limpieza’ en la generación.

Como primer punto a constatar, enfatizando el asunto del cuándo, está el hecho que en España hay instalada más de 110GW de potencia de generación, mientras que el pico de demanda, invariablemente en invierno, no llega a los 44GW. Esto nos deja un margen de más de 66 GW de potencia instalada, que, si limitamos la potencia de recarga a 3.3KW (la mayoría de contratos de potencia de hogares está en los 4.4KW), nos dejaría con la posibilidad de cargar hasta 20 millones de coches eléctricos.

O no: una parte muy importante de estos GW instalados son renovables, que en ningún caso llegan a suministrar toda la potencia nominal instalada, así que en realidad, según el día (o la noche, aunque la fotovoltaica apenas es testimonial sobre el total) o el viento que sople, se podrían cargar más o menos. Lo cual no deja de ser anecdótico, puesto que está claro que la potencia instalada sobra, no es el principal problema.

El problema sin embargo, es el donde, así como el cuándo. ¿Dónde estaba el viento este enero de 2017 que subió tanto la factura de la luz? ¿Y el sol ese que brilla poco además de estar nublado, en invierno?

En el debate sobre la energía, secuestrado por las renovables eléctricas intermitentes, donde éstas son las únicas ‘buenas’ o aceptables y el resto es malo malísimo a eliminar (¿dónde están las renovables no eléctricas o no intermitentes como la geotérmica?), explica porque hay tal exceso de potencia instalada: las renovables nunca llegan al valor nominal, y alguien debe producir de forma despachable cuando hace falta, debe suministrar esa electricidad demandada, cuando se demanda y las renovables (eléctricas intermitentes) no pueden suplirla.

Por eso el sector más interesado en que se tire el dinero en la cara fotovoltaica es presumiblemente el de la producción eléctrica despachable, nominalmente hoy por hoy la indispensable e inevitable producción en base a combustibles fósiles, especialmente las centrales de ciclo combinado (las más eficientes y que menos CO2 emiten, además de ser las más controlables y fáciles de encender y apagar). Este exceso de potencia instalada sobrante es parte de la razón por la que todos los países que más hemos apostado por las renovables seamos los más caros.

Apostar por el autoconsumo (invariablemente fotovoltaico) obvia que la mayoría de la población vive en fincas dc pisos donde el espacio disponible, sobre todo si atenemos a las sombras varias, es reducido y en el mejor de los casos podría producir sólo una fracción de la energía consumida por cada vivienda, y eso sin contar coches eléctricos, no hace más que empeorar las cosas, puesto que aumenta la dependencia de esa mayoría poblacional de la producción despachable mientras aumenta la producción variable incontrolada e intermitente.

Lo cual nos lleva al dónde. Y es que las únicas zonas donde los inquilinos pueden producir un exceso de energía fotovoltaica son las de baja densidad de población. Aquellas zonas residenciales donde además de espacio tienen el músculo financiero necesario tanto para instalaciones grandes de fotovoltaica como para comprarse caros coches eléctricos, y donde, probablemente se instalen los primeros sistemas de red eléctrica de producción distribuida, con abundancia de las ‘smart grids’, puesto que la red eléctrica actual no está diseñada para este tipo de producción, y esas zonas de clase alta, o muy alta, son los primeros en apuntarse a la generación distribuida.

Sin embargo, antes se empezará, de hecho ya se está haciendo la instalación de cargadores públicos en los centros urbanos, que en grandes ciudades no presentará mayores problemas sin más, mientras que en zonas de menor densidad de población o bien se instalan pocos puntos, o bien se cambia toda la infraestructura de distribución y trasformación o la que hay se va a sobrecargar, como ya ha pasado en Noruega.

Hay que tener en cuenta la potencia y el coste de cada punto de recarga. Mientras que un hogar suele tener alrededor de 4.4KW de potencia contratada, esto apenas da para recargar un coche eléctrico con carga súper lenta. Por eso, en los centros urbanos hace falta puntos de recarga que sean capaces de recargar más rápidamente el vehículo, con lo que las potencias instaladas para cada punto están en el orden de 30KW, lo que viene a ser unas 7 veces la potencia contratada por hogar, y lo mismo que una pequeña empresa.

Un supercargador de Tesla tiene 120KW, y cada estación de recarga, alrededor de 10 puntos, lo cual es lo mismo que una planta industrial de más de 5000 m2, 500 trabajadores con gran cantidad de maquinaria eléctrica, usando sólo un centenar de m2.

Un ejemplo muy práctico para ver de qué se está hablando, consiste en considerar uno de los sueños o promesas más habituales de la utopía del coche eléctrico. Pongamos por ejemplo que se pretende cargar un Tesla Modelo S de 100KWh en un minuto.

No es descabellado, un coche diésel puede cargar tranquilamente 40 litros de gasoil en ese tiempo, que es algo de lo más habitual hoy en día. A 8KWh por litro, eso son 320KWh de energía, cuatro veces más.

Eso, en potencia, son 6MW de potencia eléctrica (más alrededor de 300KW de pérdidas por rendimiento en el cargador/trasnformador y batería, un 5%), frente a los 20MW de un surtidor diésel que apenas gastará 1KW de potencia de la bomba de gasoil.

Sin embargo, disipar esos 300KW (es decir, la potencia máxima contratada por una sesentena de hogares, 300 estufas eléctricas, cincuenta vitrocerámicas a todo trapo) requiere de alrededor de 100KW más de enfriadora, que sería más grande que el propio coche. Por no mencionar las dificultades de enfriar el paquete de baterías, y los cables tan gruesos como el brazo de un hombre si no más, para aguantar los 10.000 Amperios de corriente necesarios.

En realidad, la comparativa de la estación de recarga con su montaña de tecnología y su ineficiencia sale muy mal parada en frente de la humilde bomba de gasoil con una manguerita. Queda claro que la electricidad no es tan eficiente como dicen.

Dado que la tarifa en concepto de potencia contratada está en 44€/KW anuales, los puntos de recarga en los centros urbanos salen a 1320€ cada uno, 5280€ anuales por cada surtidor de Tesla, y dejo en manos del lector el cálculo para una estación que presuntamente pueda recargar un coche en un minuto. Además, tanta potencia implica que toda esta infraestructura que debe dar respuesta a este servicio, debe ser recalculada y reestructurada, cambiada, con otro coste añadido. Y aun así, esto no es todo.

Si se ha empezado este artículo explicando los problemas inherentes con la electricidad, y nos hemos centrado hasta aquí en el donde, con dos casos aparentemente poco conexos, hay una razón de peso detrás de todo ello. Y es que para paliar los problemas de intermitencia, desde un principio se apuesta por la tecnología V2G o ‘Vehicle to Grid’, es decir, que el coche aproveche la habilidad de su batería para devolver energía a la red eléctrica, para dar servicio al balanceo (gestión para igualar la producción y el consumo eléctricos) energético comentado antes como parte del problema.

Este elemento es interesante, ya que permitiría dotar de estabilidad eléctrica a una zona con producción distribuida, pero implica a su vez que no sólo hay que añadir potencia en los centros urbanos, también hay que añadir toda la infraestructura de Smart Grid antes comentada, si bien lo más probable es que en estos centros urbanos, con su elevada densidad de población, la producción distribuida no dé de sí ni para cubrir el consumo local y apenas se carguen estos vehículos, con lo que el aumento localizado de demanda eléctrica implica reforzar la infraestructura, aumentar la capacidad.

Además, es probable que estos vehículos no estén estacionados muchas horas en el cargador, más bien durante el horario diurno en los cargadores públicos, o unas pocas horas.

Analicemos ahora el asunto de quien paga qué. De dónde sala el dinero, a dónde va a parar, financiación, y beneficios fiscales, entre otros.

Dado que, al menos en donde el autor vive, la fotovoltaica sólo produce durante las horas de sol, que es justamente cuando se trabaja y el consumo eléctrico hogareño es prácticamente menor, la producción del ‘autoconsumo’ no es auto-consumida, sino que debe ser vendida a la red eléctrica. Tal es el enunciado principal de los defensores de dicho ‘autoconsumo’.

Sin embargo, dado que esa generación ya se ha explicado que se centra en los barrios residenciales de alto standing y bajo consumo por m2, la mayoría de esa electricidad será dirigida hacia los centros urbanos, donde precisamente ese mismo colectivo que es el principal grupo de posibles usuarios de vehículos enchufables, cargarán sus coches en el centro, que es donde trabajan. Y presumiblemente, gratis (al menos de momento es así).

Es decir, que a esa gente le estamos llenando las baterías de sus coches con su propia electricidad y encima se la pagamos el resto de usuarios, mientras la factura de la luz nos sube al resto, amén de los privilegios de poder circular y aparcar en las grandes urbes de gratis, con privilegios que a los otros no sólo se nos prohíben (como la circulación de vehículos diésel, esos que los gobiernos hace nada estaban promocionando) o dificultan, como el aparcamiento.

El cambio de toda la infraestructura, de momento, se hará con cargo al erario público, es decir, a todos nosotros, pero a la primera que vaya aumentando, presuntamente, la demanda, cuando en una finca de pisos de los grandes centros urbanos se pretenda instalar lo necesario para que los inquilinos puedan cargar su coche en el parking, ya podemos dar por sentado que el coste lo tendrá que pagar la comunidad de vecinos porque ya no habrá subvenciones.

Y es que los más de 10.000M€ que el gobierno español se embolsa al año sólo en concepto de impuestos a los combustibles, más el IVA sobre el mismo, amén de otros conceptos, y que presumiblemente en pocos años se más que doblen, cuando empiece, supuestamente, a crecer el parque de coches eléctricos, o mejor dicho, a disminuir el parque de coches térmicos (y eso sí que es seguro, no se va a poder mantener tanto gasto), de alguna parte van a tener que sacar ese dinero.

Y la electricidad es el primer candidato.

Resumiendo: hace falta cambiar mucha infraestructura por otra, mucho más cara y compleja, encareciendo el coste de la energía, y encima montando otro sistema más de bombeo de riqueza de las clases menos pudientes a las élites, varias, de varios tipos, junto con un incremento de los privilegios hacia esos estratos de la sociedad mientras se demoniza y culpabiliza a la población menos favorecida.


Nada nuevo.



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