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domingo, 5 de marzo de 2017

¿Son los estibadores españoles unos privilegiados?

Se suceden grandes titulares en la prensa española y telediarios abiertos hablando sobre el conflicto que los estibadores españoles mantienen frente al Gobierno que trata de aplicar las reformas de liberalización impuestas desde la Unión Europea.

La prensa española insiste en presentar a los estibadores como unos privilegiados que tratan de mantener, de forma egoísta, su buena calidad de vida frente al resto de la clase trabajadora del Estado.

En realidad la estrategia que están aplicando los grandes bancos privados, propietarios de los medios de comunicación españoles, ya se hizo en la Revolución Conservadora de Margaret Thatcher a principios de 1980, pero en lugar de los estibadores, contra los mineros. Y conviene recordar cómo se hizo para no repetir los mismos errores.

En 1979 los conservadores británicos invirtieron en una multimillonaria campaña publicitaria cuyo lema fue: «El laborismo no está funcionando», ya que según ellos el hecho de que Reino Unido superara el millón de desempleados era la demostración palpable de que el modelo socialista había fallado estrepitosamente. Pocos años después, en plena Revolución Conservadora, el desempleo llegó a los cuatro millones.

¿Por qué la gente no asumió entonces que el conservadurismo había fallado y no era útil ni necesario |1|? ¿Por qué hoy día en la España del 90% de contratos temporales |2| la gran mayoría social sigue respaldando las políticas conservadoras que no han resuelto los problemas que amasó la socialdemocracia?

Tradicionalmente el sentido común nos inclina a que una tasa alta de desempleados supone una amenaza para la paz social e incluso un peligro para los muy ricos. Esta ha sido al menos la concepción que tuvieron los conservadores pero que se rompió a partir de la Revolución Conservadora de Thatcher, cuando se comprendió al fin que los desempleados, lejos de suponer una amenaza a los grandes capitalistas, son un rebaño sumiso y dócil, aterrorizado ante la amenaza de no percibipr ningún ingreso, dispuesto a ceder ante cualquier presión salarial a la baja o endurecimiento de condiciones laborales. Geoffrey Howe, el exministro de Finanzas de Thatcher lo reconoció en una entrevista a Owen Jones |3|, «gracias a las medidas de reforma laboral que implementamos los sindicatos aprendieron que era absurdo seguir comportándose como lo estaban haciendo y cedieron para que pudiéramos aplicar nuestro programa».

Hay incluso quien lo ha proclamado a los cuatro vientos sin disimulo alguno, como el exministro del Tesoro, Alan Budd, quien reconoció en varias comparecencias públicas que el gabinete thatcheriano rápidamente supo que las medidas reformistas adoptadas no eran útiles para reducir la inflación pero sí lo eran para subir el desempleo, algo que era imprescindible para mentalizar a la clase trabajadora británica de que no había otra alternativa que someterse a sus exigencias.

LA MEDICINA CONSERVADORA: PODER PARA LOS FINANCIEROS


Además de disparar la tasa de desempleo para pastorear mejor a la clase trabajadora, las medidas thatcherianas estuvieron orientadas al empoderamiento de los poderes financieros, dando vía libre a la especulación monetaria. Con estas reformas la City pasó a ser el centro de la economía británica y las manufacturas se derrumbaron. ¿Cómo lo hicieron? Al poder especular con las divisas, la libra se disparó y esto fue un tiro en el estómago de las exportaciones ya que pasaron a ser mucho más caras. Así en cinco años de gestión thatcheriana ya habían desaparecido un tercio de las empresas manufactureras. A través de la especulación con la libra la inflación se disparó al 20% y las tasas de interés ascendieron al 17%, lo que encareció los préstamos bancarios y puso el último clavo en el ataúd de la industria manufacturera y en decenas de miles de pequeñas empresas, no así con las más poderosas que pudieron capear el temporal de la crisis y además salir muy reforzadas años después al haberse quitado mucha competencia.

LA VENGANZA CONTRA LOS SINDICATOS


¿Por qué Margaret Thatcher puso en el punto de mira a los sindicatos y no paró de combatirlos hasta destruir su poder? Volvemos a Geoffrey Howe, el exministro de Finanzas de Thatcher, quien tiene claro que su gobierno no fue sino la continuación del de Edward Heath, fugaz primer ministro entre 1974-1975, tuvo que abandonar al ser derrotado tras una huelga nacional de mineros. Por ello el único objetivo de Thatcher ya en el poder habría sido destruir el poder sindical como una pura venganza tras lo ocurrido a su antecesor.

DIVIDE ET IMPERA


Pero más allá de la venganza había otros motivos de importancia. Los mineros se habían convertido en el colectivo más fuerte de defensa de derechos laborales en el Reino Unido en el siglo XX. Incluso la única huelga general del Reino Unido se declaró para apoyar a ese sector en 1926. Si los mineros convocaban una huelga podían llevar al colapso a todo el país al dejarlo sin suministro energético. Al deshacerse de los mineros, Thatcher sabía muy bien que ya ningún sindicato ni sector laboral podría poner en peligro su modelo de sociedad.

El modelo laboral vigente durante el siglo XX dice mucho acerca de la estructura de la sociedad británica. Así Chris Kitchen, líder del Sindicato Nacional de Mineros, explicó a Jones cómo «las comunidades estaban llenas de vida, pero entorno a la mina. (...) No veías a chavales que se desmadraran el fin de semana. No cabreabas a un viejo, porque podía ser el mismo al que confiabas tu vida en la mina».

El plan de cierre de minas de Thatcher fue presentado en 1984, y a partir de entonces empezaron a estallar espontáneamente huelgas en varias minas, que se extendieron por todo el país. Pero pronto aparecieron las divisiones, porque los mineros de Nottingham shire, uno de los colectivos más importantes del país, rechazaron participar en una huelga nacional ya que no veían en peligro sus puestos de trabajo.

Se sucedieron batallas campales por todo el país, como la de Orgreave, el 18 de junio de 1984. Allí 6.000 mineros intentaron bloquear una coquería y se toparon con cientos de policías, que no dudaron en cargar contra ellos. Al poco se abrió juicio contra los piqueteros detenidos, que al perder tuvieron que pagar cientos de miles de libras en compensaciones.

La huelga terminó sin éxito el 3 de marzo de 1985. La prensa británica se había encargado de hacer su trabajo: Criminalizar a los mineros como un sector muy privilegiado y poco dispuesto a trabajar duro, además de violento. Entretanto el Partido Laborista no apoyó la huelga nacional argumentando que los mineros no habían convocado votaciones, de igual modo actuaron otros sectores de trabajadores. Thatcher consiguió arrodillar al sector más importante de la clase trabajadora británica, su programa tenía vía libre para revolucionar Reino Unido e influir decisivamente al resto de países.

CÓMO CAMBIÓ LA SOCIEDAD


El historiador David Kynaston analizó el ambiente británico posterior a la fallida huelga nacional de los mineros: «Sencillamente la gente empezó a pensar que la vieja clase trabajadora ya no tenía poder ni influencia para cambiar nada, un cambio enorme en la forma de pensar. Había gente que vivía en barrios residenciales de clase media que estaba a favor de los mineros, pero de repente fue como que dejaron de tener importancia y todos les dieron de lado».


|1| Soledad Gallego-Díaz para El País, (1983), Grave deterioro de la economía británica desde 1979.
|2| Jaime Llinares Taboada para El Economista (2016), España es la subcampeona de Europa en temporalidad en el empleo.
|3| Owen Jones (2012), Chavs: La demonización de la clase obrera.

lunes, 29 de agosto de 2016

La felicidad según Schumacher: Conclusiones

Artículos de la serie:



Cuando Schumacher publicó “Lo pequeño es hermoso”, Occidente no había experimentado el apogeo de la financiarización económica, con su correspondiente énfasis en la promoción de las rentas del capital. Tampoco se había sufrido el accidente de Chernóbil, con el correspondiente cuestionamiento sobre las centrales nucleares, cuyo punto álgido se alcanzaría varias décadas después tras la catástrofe de Fukushima.

Sin embargo, pese a lo anticuado que pudiera parecer su análisis a ojos de una persona sumergida en la globalización financiera - la única realmente existente hoy día -, Schumacher fue capaz de adelantarse a muchos de los retos y problemas que a día de hoy siguen inquietando al mundo, incluso sin pensarse todavía solución alguna a los mismos.

El principal es la problemática de la producción. Se asume que todo ha de ir encaminado hacia el crecimiento infinito y permanente, sin tener en cuenta que los recursos son limitados. «Los combustibles fósiles son una parte del capital natural aunque nosotros insistamos en tratarlos como si fueran de consumo corriente, como si fueran una renta y nunca como si fueran la parte más importante de ese capital natural». En el mundo de 2016 ya no son pocos quienes hablan de un pico de producción del petróleo y el correspondiente declive en el crecimiento económico y el nivel de vida de los occidentales.

La sombra de la economía neoclásica se proyecta sobre nuestra vida cotidiana, así ante los problemas del agotamiento de recursos no renovables se nos plantean auténticas entonaciones y delirios como que todos tendremos un vehículo eléctrico en un futuro siempre indeterminado, como si sólo por el hecho de desearlo fuera a hacerse realidad. Un pensamiento típicamente infantil que se vio plasmado en la cima de la burbuja inmobiliaria en libros como “El Secreto”, muy al gusto del establishment financiero de la City de Londres y Wall Street. Imaginemos a un ciudadano medio que trabaja en el sector inmobiliario. Recibe enormes presiones para vender cada vez más viviendas, pero le da miedo seguir en ese camino porque ha llegado a sus oídos que hay una burbuja inmobiliaria. Ahora va al supermercado a comprar y adquiere El Secreto, por la noche antes de dormir interioriza que “no hay burbuja inmobiliaria, porque tú conformas la realidad con la mente”.

Es llamativo cómo la visión económica de los banqueros colonizó primero el entorno académico con el único fin de parasitar después la actividad comercial y productiva, logrando que gentes de cualquier rincón del planeta, indiferentemente de su cultura y tradiciones - lo mismo un alemán que un japonés o un peruano - llegasen a interiorizar una determinada forma de vida muy acorde a los intereses financieros que va en detrimento del bienestar humano. Schumacher analizó como ejemplo la visión de vida según los parámetros de la economía budista y cómo «Para el economista moderno la felicidad de una persona está directamente relacionada con su nivel de consumo, de ahí la extrema importancia a los datos de crecimiento del Producto Interior Bruto para afirmar si un país va en la buena dirección o no. Para un economista budista lo ideal es alcanzar el mayor bienestar posible con el mínimo de consumo, simplificando la vida. "Por ejemplo, sería altamente antieconómico desear una confección complicada, como en el Occidente moderno, cuando se puede obtener un efecto mucho más hermoso mediante un arreglo adecuado sin cortar la tela. Sería el colmo de la tontería fabricar un material de tal forma que se gaste pronto y el colmo de la barbaridad hacer cualquier cosa fea, basta o en mal estado. Lo que acaba de decirse de la vestimenta puede aplicarse igualmente a cualquier necesidad humana. La propiedad y el consumo de mercancías es un medio para un fin, y la economía budista es el estudio sistemático de cómo obtener fines dados con un mínimo de medios”».

Esta forma de vida tan brutal y primaria, en la que lo único importante es producir por el mero hecho de producir cada vez más, hubo de ser inculcada masivamente a través de la destrucción de la metafísica religiosa y sus correspondientes códigos éticos y morales. Se rompió con una forma de vida que hacía énfasis en qué hacer con nuestras vidas para pasar a saber cómo hacer mercancías y productos. La solución ante «el sentimiento de vacío resultante que se hace difícil de sobrellevar» fue acumular mercancías y productos. Pero eso era hasta la época de Schumacher, posteriormente a la vista de que ni siquiera acumulando mercancías y productos se sobrellevaba la vida se pasó a acumular experiencias; fotografiar cada instante de nuestras vidas para exhibir ante la sociedad lo felices, activos y válidos que somos, viajar hasta al último rincón del mundo para acumular experiencias, para “exprimir” el momento en viajes relámpago donde la contradicción llega hasta el punto de no intercambiar una sola palabra con personas nativas del lugar que visitamos.

Si en la Baja Edad Media el mundo y la propia existencia humana tenían un significado muy concreto y definido, asombrosamente coherente, al derribar ese sistema y no sustituirlo por nada, hemos pasado al aturdimiento y la enajenación.

En este sentido las conclusiones de Schumacher siguen siendo tan válidas hoy como hace cuarenta años: No basta con rescatar las humanidades en el sistema educativo, «aunque una educación humanística nos levante al nivel de las ideas de nuestro tiempo, no puede traernos la felicidad porque lo que los hombres están legítimamente buscando es una vida más abundante, no más tristezas». Es decir, las ideas surgidas en el siglo XIX, que pretendían romper con la metafísica, son una metafísica destructiva, «los errores no están en la ciencia, sino en la filosofía que se nos propone en nombre de la ciencia».

Todo pasa por recuperar la metafísica, clarificando las convicciones fundamentales para dar una valor real al sentido de la existencia. «Todos los temas, no importa lo especializados que sean, están conectados como rayos emanando de un sol. El centro está constituido por nuestras convicciones más básicas, por las ideas que nos empujan hacia adelante. Ese centro es la ética y la metafísica, ideas que nos guste o no, trascienden el mundo de los hechos y no pueden ser comprobadas o rechazadas por un método científico ordinario». El peligro es que tal tipo de ideas han de ser reales - a pesar de su trascendencia, algo que entra en contradicción directa con el positivismo -, ya que de no serlo, conducirán al desastre.

Mientras que el establishment rechaza y lanza al basurero de la historia cualquier alternativa al capitalismo y la posmodernidad arguyendo que el régimen se basa en el empirismo, se sumergen constantemente en utopías y quimeras que conducen a la economía global a un callejón sin salida, lo mismo en la burbuja de las punto com que en la inmobiliaria, y en las ensoñaciones actuales de que todos tendremos un vehículo eléctrico o dos a nuestra disposición en un futuro, eso sí, siempre indeterminado. La burbuja bursátil de Elon Musk, el nuevo mesías del capitalismo global - otrora lo fueron Henry Ford o Steve Jobs -, ya hace aguas por todas partes. No tardarán en crear un nuevo Jesucristo de las finanzas. |1| |2|

La esencia del régimen capitalista es la propiedad privada de los medios de producción, distribución e intercambio. Para Schumacher hay dos tipos de concepción de propiedad privada, uno de ellos es positivo y saludable, «la propiedad como ayuda para el trabajador creador», mientras que otro es enfermizo y nada positivo, «la propiedad como alternativa al trabajo creador». La segunda implica que el propietario es un parásito que vive a costa del esfuerzo ajeno.

Richard Henry Tawney lo expresó argumentando «no es la propiedad privada, sino la propiedad privada divorciada del trabajo, la que está corrompiendo el principio de la laboriosidad, y la idea de algunos socialistas de que la propiedad privada de la tierra o del capital es necesariamente dañina es una muestra de pedantería escolástica tan absurda como aquella de los conservadores que investirían a toda propiedad con una misteriosa santidad».

Incluso los altos beneficios en cualquier empresa mediana o grande son fruto de la organización y producción que no es del propietario. Ello no deja de ser injusto. «Debieran ser compartidos por todos los miembros de la organización. Y si se vuelven a invertir debiera ser en calidad de “capital libre”, de propiedad colectiva, en lugar de pasar automáticamente a incrementar la riqueza del propietario original».

En cualquier caso, Schumacher vuelve a referirse a Tawney para valorar que «es absurdo considerar a las empresas a gran escala como propiedad privada, puesto que tal propiedad puede ser llamada pasiva o propiedad para adquirir, aunque para un abogado la privada y pasiva son lo mismo, es cuestionable que los economistas la denominen “propiedad”, ya que no responde a los derechos que aseguran al propietario el producto de su trabajo, sino que se opone a ellos».

Incluso la propuesta de Schumacher de promover un modelo empresarial descentralizado a pequeña escala se ha demostrado más útil y eficaz que el arcaico modelo jerárquico y a gran escala; las empresas pequeñas descentralizadas para posteriormente crear unidades semiautónomas como primer paso y luego centralizar ciertas funciones a un nivel más alto. ¿Qué son, sino, las propias startups?.

martes, 9 de agosto de 2016

El camino hacia la felicidad, según Schumacher: Propiedad

Empezamos con el problema de la producción, que a diferencia de lo aceptado por el establishment desde la década de 1970, sigue sin resolución, también cómo el tipo de enfoque económico resulta decisivo para la forma de vida en una sociedad, y cómo todo ello ha sido consecuencia del pensamiento de intelectuales del siglo XIX, quienes repletos de moral especulaban sobre cómo sería adecuado "matar" la metafísica para fomentar el pensamiento "científico", para en el anterior artículo tratar cómo el uso de los recursos por el establishment es ineficiente.

El régimen capitalista, único sistema político, económico y social realmente existente en el mundo de los inicios del siglo XXI, es el sistema que mejor emplea «las tendencias humanas de codicia y envidia como poder de motivación, al tiempo que arregla las deficiencias más escandalosas del laissez-faire por medio de la dirección económica keynesiana, un poco de redistribución impositiva y el poder compensatorio de los sindicatos».

Precisamente al alentar la codicia y la envidia como motor del progreso tecnológico y personal, el capitalismo tiene una tendencia irreversible a morir de su propio éxito, arrasando con todos los recursos no renovables «sin consideración por la conservación, y este tipo de crecimiento de ninguna manera puede adecuarse a un entorno finito».

Los datos estadísticos demuestran que Schumacher no andaba desencaminado en sus análisis. En 2015 se alcanzó el día del exceso de la Tierra seis días antes que el año anterior, resultando en un aumento imparable de depredación de recursos naturales |1|, una tendencia que sigue en aumento si comparamos con años anteriores |2|.

La esencia del régimen capitalista es la propiedad privada de los medios de producción, distribución e intercambio. Para Schumacher hay dos tipos de concepción de propiedad privada, uno de ellos es positivo y saludable, «la propiedad como ayuda para el trabajador creador», mientras que otro es enfermizo y nada positivo, «la propiedad como alternativa al trabajo creador». La segunda implica que el propietario es un parásito que vive a costa del esfuerzo ajeno.

Richard Henry Tawney lo expresó argumentando «no es la propiedad privada, sino la propiedad privada divorciada del trabajo, la que está corrompiendo el principio de la laboriosidad, y la idea de algunos socialistas de que la propiedad privada de la tierra o del capital es necesariamente dañina es una muestra de pedantería escolástica tan absurda como aquella de los conservadores que investirían a toda propiedad con una misteriosa santidad».

¿Dónde encontramos un tipo de propiedad privada que es una ayuda para el trabajo creador? En las pequeñas empresas, las de producción a escala personal y local. En ellas, según Schumacher, «ninguna fortuna privada puede obtenerse y aun así su utilidad social es enorme».

Conforme una empresa va creciendo, su vinculación a lo local y por tanto su utilidad social se va reduciendo. Así cuando una empresa privada pasa a ser ya de tamaño medio «tiende a convertirse en impersonal e incluso puede llegar a asumir un significado más que local. La idea misma de propiedad privada se convierte paulatinamente en un engaño».

Así el propietario contrata gerentes que hagan su trabajo, y su propia presencia deja de ser necesaria. Se convierte en un explotador que se apropia del beneficio por el trabajo ajeno, obteniendo un salario injusto y una renta que excede las tasas de interés corriente para el capital obtenido de fuentes externas.

Incluso los altos beneficios son fruto de la organización y producción que no es del propietario. Ello no deja de ser injusto. «Debieran ser compartidos por todos los miembros de la organización. Y si se vuelven a invertir debiera ser en calidad de “capital libre”, de propiedad colectiva, en lugar de pasar automáticamente a incrementar la riqueza del propietario original».

Una posible solución al problema de la despersonalización y las relaciones impersonales podría ser el tipo de práctica de empresas británicas en las que se incorpora al Consejo de Administración miembros ajenos a la empresa para hacer efectiva la “socialización” mediante el reparto regular de beneficios de empresa para fines públicos o de caridad.

En cualquier caso, Schumacher vuelve a referirse a Tawney para valorar que «es absurdo considerar a las empresas a gran escala como propiedad privada, puesto que tal propiedad puede ser llamada pasiva o propiedad para adquirir, aunque para un abogado la privada y pasiva son lo mismo, es cuestionable que los economistas la denominen “propiedad”, ya que no responde a los derechos que aseguran al propietario el producto de su trabajo, sino que se opone a ellos».

En este sentido es curiosa la similitud entre la propiedad privada de las empresas a gran escala y los señoríos feudales que obligaban a los campesinos a entregar parte de su trabajo.

Si el propósito de la propiedad privada es alentar la laboriosidad, el esfuerzo y el trabajo, todos los derechos que de ella derivan hoy día son un completo sinsentido, un absurdo. De ahí que para Schumacher «es en la empresa de pequeña escala donde la propiedad privada es natural, fructífera y justa, mientras que en la de mediana escala ya es una gran proporción funcionalmente innecesaria, y en la de gran escala es una ficción cuyo propósito es facilitar a los propietarios sin función que vivan de forma parasitaria del trabajo de otros».

Es llamativo cómo quienes critican la nacionalización y la propiedad pública de las empresas no dejen de exigir “responsabilidad” cuando se trata de un gestor público, cuando el único motivo de existir de una empresa privada es trabajar descaradamente por el beneficio privado, saltándose todo tipo de responsabilidad social al no ser económicamente rentable.

El hecho de que surjan inevitablemente conflictos entre la búsqueda del beneficio económico y el servicio al interés público mediante la nacionalización de empresas o manteniendo empresas públicas no es nada negativo ya que «la idea de que una sociedad mejor se puede obtener sin plantear exigencias más altas se contradice en sí misma y es quimérica».

Cuando se parte de la base de que una empresa de propiedad pública ha de servir al interés general en todos los aspectos, se incluye en ello el beneficio económico, sin gestionar la empresa como si hubiera que obtener cada vez más beneficios para accionistas privados, pero también sin llevarla a la bancarrota.

Para evitar la ineficiencia y la posible aparición de la corrupción, Schumacher propone un modelo descentralizado a pequeña escala; las empresas pequeñas frente a las grandes. «En lugar de crear una gran empresa a través de la nacionalización, como ha sido hasta aquí la práctica invariable, y luego intentar descentralizar el poder y la responsabilidad a través de formaciones más pequeñas, normalmente es mejor crear pequeñas unidades semiautónomas como primer paso y luego centralizar ciertas funciones a un nivel más alto, si puede demostrarse que hay necesidad de ello».

lunes, 29 de junio de 2015

Gobierno popular y economía de mercado: el fin de la socialdemocracia


No hace falta ser un observador extraordinariamente agudo de la realidad para percibir que aquello a lo que llamamos socialismo, la socialdemocracia de toda la vida, se encuentra en descomposición a donde quiera que miremos ¿No lo cree usted así? Bien, veamos algunos hechos.

Manuel Valls, primer ministro del gobierno del partido socialista en Francia, aprueba ley tras ley, primero en febrero, luego en junio para liberalizar la economía, siempre por decreto, para evitar un posible bloqueo del parlamento, dominado por los miembros de su partido. Cree que el socialismo es algo trasnochado, pasado de moda, y de vez en cuando propone cambiar el nombre al partido socialista francés, eliminando precisamente la palabra socialista.

Un poco más al sur, en Italia, el primer ministro Matteo Renzi, aplica políticas similares a las de Valls. La componente social de su política no está muy clara, cuando afirman que la protesta de los trabajadores es la señal de que van en la dirección correcta. La componente democrática todavía menos, cuando promueve y aprueba reformas de la ley electoral que marginan a los partidos minoritarios, y que le permiten parapetarse en el poder.

Por último, en Reino Unido el partido laborista ha sido vapuleado en las elecciones, frente a unos conservadores que lo que promueven es otra burbuja. A pesar de ello, el ex-presidente laborista Tony Blair, dedica sus horas a acumular montañas de dinero, en dudosa correlación con cualquier fin que pueda ser llamado social.

¿Socialdemocracia? Sí, gobiernan en Francia y en Italia, pero en un país lo hacen con poco apego a lo social, y en otro con escaso apego a la democracia.

Podemos ver estos hechos como algo anecdótico, algo fruto de la casualidad y de las circunstancias políticas nacionales. Sin embargo, yo creo que hay, en parte, una causa común, e incluso que esta causa es la principal, es el perro que mueve el rabo de la disolución de la socialdemocracia ¿Cual es esta causa? En el fondo, es el compromiso de la socialdemocracia con la modernidad, con un progreso mal entendido. Este progreso mal entendido les lleva a aceptar una globalización, que lejos de ser la única opción hacia una políticainternacional abierta, es una forma de cerrarla. Está muy bien respetar todas las culturas, pero el multiculturalismo no se fomenta estableciendo la competencia entre trabajadores de países ricos y países pobres, y esa no es la única vía al desarrollo y de mejora de las condiciones de los trabajadores de los países más pobres, como nos demuestra la historia. En definitiva, y llegando a la raíz del problema, lo que pretende la socialdemocracia es un aumento continuo del poder y del control sobre la naturaleza, que en definitiva implica un aumento del PIB.

En este punto es interesante rescatar la crítica que hacía Lewis Mumford al socialismo marxista, en su Historia de la Utopías

De haber sido de alguna utilidad, nuestro viaje por las utopías debería habernos enseñado lo patética que es la idea de que la clave de una sociedad buena se halla sencillamente en la propiedad y el control de la estructura industrial de la comunidad. [...] Si bien muchas de estas propuestas sostenían que la maquinaria industrial, bajo el socialismo, el corporativismo o el cooperativismo, debía servir al bienestar común, lo que les faltaba era una idea compartida de lo que es dicho bienestar común.

Si el socialismo marxista pensaba que bastaba con sentarse frente al timón de mando de la maquinaria industrial para solucionar todos los problemas, los socialdemócratas no tenían una hoja de ruta clara, querían modificar lo que había, la sociedad industrial, para mitigar los problemas que sufrían los más desfavorecidos. Sus armas eran la intervención del estado en la economía, y esta estrategia de desarrollo obtuvo éxitos notables, como por ejemplo en Corea del Sur. Pero en el mundo de libertad de movimiento de capitales que surgió tras la caída de los acuerdos de Bretton Woods, dicha estrategia estaba condenada a desaparecer. El capital había obtenido una ventaja clave, la movilidad, y a los estados solo les quedaba ofertar a la baja, rebajar las condiciones de vida de sus ciudadanos para ser atractivos. En palabras de Zygmunt Bauman

Si el encuentro llegará a producirse por imposición del otro (encuentro entre el capital flotante y la autoridad local), apenas este (el poder local) intentara flexionar sus músculos y hacer sentir su fuerza, el capital tendría pocos problemas para liar sus maletas y partir en busca de un ambiente más acogedor, es decir, maleable, blando, que no ofrezca resistencia.

La globalización, además, parecía algo positivo, un progreso, puesto que mitigaría las molestas rencillas nacionales. Nada más lejos de la realidad, la coordinación a través del mercado oculta que la cooperación directa entre los pueblos es posible.

Llegados a este punto creo que merece la pena echar la vista atrás, para ver lo que nos muestra la historia. Nos lo cuenta Karl Polanyi en el capítulo 19 de La Gran Transformación, Gobierno popular y economía de mercado:

En Gran Bretaña, desde 1925, la moneda estaba en una situación poco saneada. La vuelta al patrón-oro no se vio acompañada de un ajuste correspondiente al nivel de precios, el cual estaba claramente por debajo de la paridad mundial. Pocos fueron aquellos que se dieron cuenta de la absurda vía en la que el gobierno y la banca, los partidos y los sindicatos se habían embarcado de común acuerdo. Snowden, ministro de Hacienda en el primer gobierno laborista (1924), fue un acérrimo partidario del patrón-oro, y, sin embargo, fue incapaz de darse cuenta de que, al intentar restaurar la libra, había comprometido a su partido a encajar una disminución de los salarios o a perder el rumbo. Siete años más tarde, este mismo partido se encontró obligado -por el mismo Snowden- a hacer ambas cosas. En el otoño de 1931, la sangría continua de la depresión comenzó a afectar a la libra, y fue en vano que el fracaso de la huelga general de 1926 hubiese garantizado que no habría una ulterior elevación del nivel salarial, lo que no fue óbice para que se elevase el peso económico de los servicios sociales, a causa concretamente de los subsidios de desempleo concedidos incondicionalmente. No hacia falta un «golpe de mano» de los banqueros -golpe de mano que realmente existió- para hacer comprender claramente al país la alternativa entre, por una parte una moneda saneada y presupuestos saneados y, por otra, servicios sociales mejores y una moneda depreciada -estuviese la depreciación producida por los salarios elevados y por una caída de las exportaciones o simplemente por gastos financiados mediante un déficit-. Dicho en otros términos, había que optar entre una reducción de los servicios sociales o un descenso de las tasas de intercambio. Y, dado que el partido laborista era incapaz de decidirse por una de las dos medidas -la reducción era contraria a la línea política de los sindicatos y el abandono del oro habría sido considerado un sacrilegio- el partido laborista fue barrido y los partidos tradicionales redujeron los servicios sociales y, a fin de cuentas, abandonaron el oro.

En definitiva, el partido laborista no pudo articular políticas para favorecer a sus votantes, de reducción del desempleo e incremento del nivel de vida, por su adhesión al dogma del patrón oro. Pero no fue un caso único

En todos los países importantes de Europa se puso en marcha un mecanismo similar que produjo efectos enormemente semejantes entre sí. Los partidos socialistas tuvieron que abandonar el poder, en Austria en 1923, en Bélgica en 1926 y en Francia en 1931, para poder «salvar la moneda». Hombres de Estado como Seipel, Franqui, Poincaré o Brüning echaron a los socialistas del gobierno, redujeron los servicios sociales e intentaron romper la resistencia de los sindicatos mediante el ajuste salarial.

Todo esto recuerda mucho a la situación actual, aunque ahora los “hombres de estado” lo que tratan de salvar no es el patrón oro, sino el euro o la globalización. No dudo que la "sabiduría convencional" actual, puede ser tan mala como la de los años 20 y 30 del siglo pasado, a tenor de la recuperación de las economías según dejaban el patrón oro.


Después de la crisis financiera de 2008 se han puesto muchas cosas en cuestión, en especial el gasto público y el gasto social, que entorpece el pago de la deuda, pero no se ha puesto en cuestión el sistema monetario, con excepciones, el libre comercio, o la libertad de movimiento de capital. Estos dogmas, son una camisa de fuerza demasiado estrecha, dentro de la cual cualquier política social está destinada al fracaso. La consecuencia de ello es que los partidos socialdemócratas irán perdiendo apoyo, al no poder cumplir sus promesas, presa de sus contradicciones, o irán perdiendo su esencia, convirtiéndose en meras versiones amables de los partidos liberales y conservadores. Esta dinámica no es sostenible, y conduce a la sociedad hacia una ruptura, que en la época de la Gran Transformación de Polanyi fue el surgimiento del fascismo, y que ahora no sabemos cual será. Ese es el gran interrogante, y exige todas nuestras energías y capacidad divulgativa.