«Las cifras a menudo me seducen,
particularmente cuando tengo que arreglarlas yo mismo; en cuyo caso la
observación atribuida a Disraeli a menudo se aplicaría con justicia y fuerza:
"Hay tres tipos de mentiras: mentiras, malditas mentiras y estadísticas"». Mark Twain.
Lo que
empezó con juegos de azar allá por el siglo XVII con Pascal, hoy es utilizado hasta para teorizar sobre Dios, “e incluso si la existencia de Dios
nunca es probada o refutada con certeza de una manera u otra, la evidencia
disponible y el razonamiento pueden arrojar una estimación de la probabilidad
lejos del 50 por ciento”, razona Richard Dawkins[1].
Es una
realidad el hecho de que nos encanta razonar en términos probabilísticos, tengan
o no algún sentido[2].
David: ¿Cuál crees que es la probabilidad de que llegue un autobús en los próximos cinco minutos?
Zaka: ¿Eh?
David: Estaba pensando en correr cuesta arriba para conseguir algunos cigarrillos. Me imagino que tomará tal vez cinco minutos. ¿Cuál cree que es la probabilidad de que llegue un autobús antes de que regrese?
Zaka: No lo sé. Un autobús podría venir
David: ¿Pero es probable?
Zaka: ¿Qué quieres decir?
David: ¿Sabes cuál es la probabilidad? ¿Hay una gran probabilidad de que llegue? ¿O solo una pequeña probabilidad?
Zaka: ¿Una probabilidad puede ser grande o pequeña?
David: Bueno, ¿es más como 1 entre 10? ¿O más como 50-50?
Zaka: ¿Cómo lo sabría? No sé cuándo llegará el autobús
Transcurría
así, una conversación del antropólogo David Graeber con un malgache donde
concluye, y no sin falta de razón:







