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martes, 22 de mayo de 2018

La muerte del océano


Sin apenas repercusión mediática, ya que la ciudadanía sólo oye hablar del cambio climático, los océanos se encuentran sometidos a impactos múltiples como consecuencia de la actividad humana: sobrepesca, anoxia provocada por vertidos de nitrógeno y fósforo, acidificación por absorción de CO2 de la atmósfera, calentamiento, y por último, pero no menos importante, son anegados con desechos de plástico que no son biodegradables y se van rompiendo y reduciendo su tamaño poco a poco, con el riesgo de entrar en la cadena trófica. El efecto combinado de todos estos impactos es de consecuencias imprevisibles, al menos en cuanto a su dimensión temporal, porque la historia del planeta si nos da algunas pistas de lo que puede ocurrir. Y no será agradable.


Imagen: eldiario.es


Los océanos, o quizás sería más preciso decir, los ecosistemas marinos, nos proporcionan una serie de servicios medioambientales que exceden, con mucho, la importancia de la pesca, y no sólo porque hayamos alcanzado el cenit de las capturas pesqueras y ya no sea posible aumentar la tasa anual de biomasa que extraemos de ellos
Imagen: Segunda advertencia de los científicos a la humanidad



los ecosistemas de “carbono azul” (almacenan carbono cuarenta veces más rápido que sus equivalentes sobre tierra firme), y el oxígeno, que comienza a declinar, lo producen principalmente las algas marinas que realizan la fotosíntesis, aunque también contribuyan, en mucha menor medida, las plantas terrestres.

Estos servicios, y otros muchos más, se encuentran amenazados por la actividad humana. El número de zonas muertas en los océanos asciende ya a 600, habiendo aumentado más de un 50% en los últimos 25 años.

Imagen: Segunda advertencia de los científicos a la huamnidad


Algunas de ellas tienen ya el tamaño de Escocia. Hemos alterado de forma insostenible los ciclos de fósforo y nitrógeno del planeta. Los vegetales toman el carbono del aire, pero para crecer necesitan fósforo y nitrógeno. Nosotros, para producir alimentos, tomamos el nitrógeno del aire, fijándolo gracias los combustibles fósiles, y el fósforo de yacimientos minerales. En la naturaleza, los animales toman energía de los vegetales, y ayudan a que estos crezcan dejando el fósforo y el nitrógeno que ellos necesitan en sus excrementos. Este ciclo cerrado natural está roto, gracias a la “revolución verde” que alimenta a la humanidad, enviamos el fósforo y el nitrógeno a los océanos, creando las condiciones de déficit de oxígeno que provocan las zonas muertas.

La mitad de las emisiones de CO2 se “sumergen” en los océanos, y no se quedan en la atmósfera, y aunque no sabemos hasta cuando se va a mantener esto, esta “buena noticia” tiene su contrapartida negativa, el océano se acidifica, se estima que su pH ha caído una décima desde el comienzo de la revolución industrial. Un cambio ligero, pero que puede tener consecuencias, especialmente para los organismos calcáreos, ya que el carbonato de calcio es el componente principal de la mayoría de conchas y esqueletos, como moluscos y corales. A medida que el pH disminuye, estos orgnismos lo tendrán cada vez peor, y dada su abundancia y su importancia para los ecosistemas, esto puede tener consecuencias dramáticas.

Desgraciadamente, todavía hay más. En la actualidad hay en el océano una tonelada de plástico por cada tres toneladas de peces. De seguir esta tendencia en 30 años habrá más plástico que vida en los océanos. Su impacto en los ecosistemas es seguramente muy profundo:

Según la organización por la conservación marina, cada año mueren más de un millón de aves marinas y unos 100.000 mamíferos marinos como resultado de los escombros plásticos en los océanos del mundo.

Lo cierto es que la necropsia de un ave marina reveló que había ingerido 276 trozos de plástico. En el Pacífico norte se ha formado una isla de basura de plástico cuya extensión se estima entre 700.000 km2 (algo más de la extensión de España y Portugal) y 15.000.000 de km2 (un 50% más que la superficie de toda Europa). Un reciente estudio le otorga el tamaño de España, Francia y Alemania combinadas. Islas similares se han formado en el Pacífico sur, el Atlántico norte y sur y el océano Índico. La llamada isla está compuesta de micro fragmentos difíciles de limpiar.


Pero si bien estamos acostumbrados a presenciar aterradoras imágenes de aves y otros mamíferos ingiriendo grandes cantidades de plástico, problema ambiental que cobra importancia en los 70 y que en las últimas dos décadas ha tenido considerable repercusión mediática, hay un problema añadido que ha recibido atención de la comunidad científica en la última década y especialmente en los últimos 2-3 años, el de los microplásticos, pequeñas partículas con dimensiones de entre unos pocos micrómetros – que serían algo así como 80-90 veces más pequeños que el diámetro de un cabello - hasta unos 500.


Las fuentes principales de microplásticos son (¡oh sorpresa!) las pérdidas por abrasión de los coches al conducir (resulta que a lo mejor habrá que cuestionar también al coche eléctrico) y de los textiles sintéticos al lavar, aunque también contribuyen las pinturas de buques y barcos o de recubiertas de carretera, las partículas de polvo, los productos de uso personal y los pellets de plástico durante su manufactura, transporte y reciclado (más información aquí). Cuando llueve o el viento hace su trabajo estas partículas acaban en ríos que tienden a acabar en el océano. Existe el agravante de que atraen a los hidrófobos contaminantes orgánicos persistentes (POPs en inglés) con una fuerza varias órdenes de magnitud superior al del agua marina, favoreciendo otro bucle de retroalimentación negativo. Un punto fundamental en todo esto es que el impacto que tienen en los ecosistemas entendidos como algo interdependiente y ordenado no se ha estudiado prácticamente nada y por tanto estamos ante un problema ante el que los “expertos” no nos pueden tan siquiera dar un diagnóstico de la situación, por lo que urge una ciencia que incluya a la gente, una ciencia postnormal donde “los factores son inciertos, hay valores en disputa, los riesgos son altos y las decisiones urgentes

¿Cuan grande es un micrón?

Por último, el calentamiento global antropogénico está obligando a las especies a despalzarse de sus hábitats, algo que no sabemos si serán capaces de hacer, ya que si bien la temperatura es fundamental para animales que no regulan la temperatura, el hábitat al que están adaptados no depende exclusivamente de esta.

El problema es que nadie nos está hablando de las consecuencias de estos efectos combinados. Sabemos que hemos superado el umbral de lo que es sostenible a nivel global en cuanto a los ciclos de fósforo y nitrógeno, pero no el efecto combinado de ello con la acidificación, el plástico el calentamiento y la sobrepesca. El sentido común dicta que todos estos impactos combinados podrían tener un efecto demoledor sobre los ecosistemas marinos. Algunos científicos estiman que la acidificación y la anoxia marina pueden retroalimentarse, formando un coctel letal para la vida en el planeta. Para muestra esta interpretación de la extinción masiva del Pérmico, que se puede leer en el apartado VIII de este artículo:

Esto no es todo lo que la acidificación del océano puede hacer. La absorción de carbono puede iniciar un bucle de retroalimentación en el cual las aguas hipoxigenadas favorecen diferentes tipos de microbios que vuelven las aguas todavía más “anóxicas”, primero en las “zonas muertas” profundas, para luego gradualmente subir hacia la superficie. Ahí, los peces pequeños mueren, incapaces de respirar, lo que hace a las bacterias consumidoras de oxígeno prosperar, y el bucle de retroalimentación se duplica. Este proceso, en el cual las zonas muertas crecen como cánceres, ahogando la vida marina y aniquilando las pesquerías, está ya bastante avanzado en partes del Golfo de México y de Namibia, donde gas sulfídrico está saliendo del mar a lo largo de una franja de tierra de mil millas conocida como “la Costa de los Esqueletos”. El nombre originalmente se refiere a los restos de la industria ballenera, pero hoy es más apropiado que nunca. El gas sulfídrico es tan tóxico que la evolución nos ha entrenado para reconocer las más pequeñas, más seguras trazas de él, que es por lo que nuestras narices están tan exquisitamente adiestradas para registrar la flatulencia. El sulfuro de hidrógeno es también lo que finalmente hizo que el 97% de la vida en la Tierra muriera, una vez que todos los bucles de retroalimentación han sido activados y las corrientes de chorro de un océano calentado se detienen – es el gas preferido del planeta para un holocausto natural. Gradualmente, las zonas muertas oceánicas proliferan, matanto a las especies marinas que habían dominado los océanos durante cientos de millones de años, y el gas que las aguas inertes envían a la atmósfera envenena todo en la tierra. Plantas incluidas. Llevó millones de años antes de que los océanos se recuperasen.

Una explicación más detallada de esta teoría sobre la extinción del Pérmico puede leerse en este artículo del investigador de la Universidad de Pennsilvania Lee. R. Kump.

Dejando teorías a un lado, intervenir de forma drástica, de múltiples maneras (calentamiento, plástico, carbono, nitrógeno, fósforo) en un sistema complejo, como son los océanos, es toda una temeridad. Ese gas surgiendo de las costas de Namibia, en esta imagen de la NASA, nos lo recuerda.



Agradecimientos: Gracias a mi compañero Rugi Carles por su comentario sobre los microplásticos

lunes, 12 de marzo de 2018

Para el economista que llevamos dentro: 7 maneras de pensar la economía en el siglo XXI con la Economía Rosquilla


“Lo que importa es la caja de herramientas mentales con las que, por las que, y a través de las que experimentamos e interpretamos el mundo.” E. F. Schumacher

“El universo es turbulento, caótico, dinámico… se reorganiza y evoluciona; crea diversidad, no uniformidad. Esto es lo que hace a nuestro mundo interesante, lo que lo hace bello, lo que permite que siga su marcha.”  Donella Meadows

“Ver diferente es vivir diferentemente, y vivir diferentemente es la clave para evitar esta crisis medioambiental.” Leslie Davenport

Continuando el anterior artículo “Dos mujeres extraordinarias con dos herramientas necesarias para la regeneración y el bienvivir”, daremos paso a otra mujer extraordinaria, la economista Kate Raworth, promotora de la economía rosquilla o economía del “doughnut”. (Parece ser que la palabra “donut” tan utilizada para designar ese bollo redondo con agujero es una marca registrada en España, no así en inglés, por ello, se ha traducido el libro como economía rosquilla.)

Este libro llega a su versión española diez meses después de su arranque triunfal en el mundo anglosajón y es, sin lugar a duda, uno de esos libros del bienvivir para 2018. Aún diría algo más, lo incluiría directamente en un selecto grupo de libros del bienvivir de este siglo XXI, o bien, como alguno de los elogios que he oído y con los cuales me identifico totalmente:

“Este es realmente el libro que todos hemos estado esperando. Kate Raworth nos proporciona el antídoto a la economía neoliberal con su visión radical y ambiciosa de una economía al servicio de la vida. Dado el estado actual del mundo, necesitamos la Economía Rosquilla ahora más que nunca.”  L. Hunter Lovins

Al igual que comenté en el anterior artículo sobre el libro de Naomi Klein, es imposible hacer que la parte sea el todo, es decir, mi análisis y reflexiones no harían justicia a la amena experiencia de leer completamente el libro. Como decía André Maurois, “La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en el que el libro habla y el alma contesta.”, de este modo, al leer el libro, este nos hablará y se manifestará diferentemente en cada uno de nosotros, pero lo que sí será igual para todos es que no nos dejará indiferente ante esa nueva brújula que nos muestra.

   Fuente: Raworth, K. (2018) Economía rosquilla: 7 maneras de pensar la economía del siglo XXI, Ediciones Paidós



¿Cómo podremos volver a echar nuestra mirada hacia atrás después de haber contemplado ese espléndido paisaje?

martes, 13 de febrero de 2018

La noche más oscura

Tras la crisis de 2008 la economía parece recobrar cierto brío, aun cuando la marea no eleva todos los barcos y los beneficios no se dejan sentir en los bolsillos de los más necesitados. Las casándras que auguraban un cataclismo inminente, incluyendo especialmente un servidor, de momento yerran, y ello nos condena a la noche más oscura.



Hace ya más de cinco años que nuestro compañero en Ampliando el Debate, David, del blog Historia – Economía – Filosofía, nos hablara de la burbuja que se había incubado en un mar de cemento llamado China. Por mi parte, siempre pensé que la fragilidad financiera que crea la libertad de movimiento de capital volvería a manifestarse más pronto que tarde, y en más de una ocasión ya avisé que el lobo estaba a la puerta (debo reconocer, para ser justo conmigo mismo, que siempre añadí un par de matices que me hacían dudar de mis predicciones).

Lo cierto es que la humildad y la prudencia que sería adecuado mantener ante cualquier debate debe hacernos considerar la idea, sin duda extraña pero no impensable, de que quizás un país que mueve 260 millones de personas del campo a la ciudad en treinta años puede permitirse ciudades fantasma que podría llenar en unas semanas con unas decenas de miles de personas. Por mi parte debo reconocer que la protección frente a los parones súbitos en los flujos de capital de la que se han dotado los países emergentes, gracias a la ingente cantidad de reservas acumuladas

martes, 2 de enero de 2018

2017, pasos minúsculos en el camino hacia el bienvivir

Dada la urgente necesidad que existe de caminar hacia un nuevo paradigma que asegure la sostenibilidad de la actividad humana (y su economía) sobre el planeta, sería deseable dar pasos de gigante en esa nueva dirección. Sin embargo la cosecha de cambios positivos este año es más bien raquítica, mísera, sí, pero hay que ver y valorar que existe, y que no damos pasos hacia atrás, al menos no en todos los frentes.

Este año considero positivos algunos hitos en el terreno de la comunicación: la publicación, en un medio de gran difusión, The New York Times, de un artículo sobre las consecuencias del cambio climático, The Uninhabitable Earth, que se convirtió en el artículo con más visitas hasta la fecha en este medio, y la publicación el pasado 13 de noviembre en la revista BioScience de otro artículo que recogía la actualización de la “Advertencia de los científicos del mundo a la humanidad”, un manifiesto firmado hace 25 años por 1.700 científicos incluyendo la mayoría de los premios nobel vivos. En esta ocasión la segunda advertencia lleva la firma de 15.364 científicos de 184 países.

Comenzando por el primero de ellos, detalla algunas consecuencias, poco conocidas por el gran público, de los peores escenarios de calentamiento, y lo justifica sobre la base del mejor conocimiento científico disponible sobre ello. Un resumen de lo más relevante a mi juicio es:

- El primer grado de calentamiento, el que hemos provocado hasta la fecha, es casi gratuito, apenas tiene coste, a partir de este umbral los costes crecen de forma exponencial, y las previsiones que tenemos son de 4º C, sin considerar que gran parte del metano contenido en el permafrost se emitirá a la atmósfera según este se vaya descongelando. Las peores previsiones son de 8º C de calentamiento en 2100, después de este de hasta 10ºC.

- Los seres humanos necesitamos evacuar calor, y la posibilidad de hacerlo depende de “la temperatura de bulbo húmedo”, la temperatura que se siente cuando la piel está mojada y corre aire seco. Con 7ºC la imposibilidad de evacuar calor hará que grandes partes del planeta, el ecuador y los trópicos, sean inhabitables. Con incrementos menores las olas de calor como las India y Pakistan de 2015 serán más frecuentes. En la actualidad, una cuarta parte de la población en la región azucarera de Honduras tiene enfermedad crónica de riñón a consecuencia del calor, con esperanzas de vida muy reducidas.

- La producción por unidad de área de cereales cae entre un 10 y un 17% por cada grado de calentamiento. Aunque algunos hablen del efecto fertilización de la mayor concentración de CO2 en la atmósfera, esto es cierto para las hojas, pero no para los cereales.

- En las regiones templadas la variabilidad del clima será mucho mayor y se perderán cosechas.

- A todo esto hay que añadir la sequía. Un tercio de la tierra arable sufrirá una sequía permanente este siglo. España y el sur de Europa vivirán una sequía extremadamente severa (dejando lo que ocurre ahora en un juego de niños) en 2080.

- Los huracanes más potentes golpearán con mayor frecuencia, incluso habrá que inventar nuevas categorías para calificarlos.

- Las zonas muertas oceánicas aumentarán por la acidificación del océano y por su eutrofización, a consecuencia de la alteración hasta niveles insostenibles de los ciclos de fósforo y nitrógeno del planeta. Ello podría tener consecuencias tremendas, ya que anteriores extinciones masivas como la que está en marcha en estos momentos tuvieron como detonante la emisión masiva de SH2 desde los océanos, una circunstancia a la que no podría sobrevivir el ser humano, y que según la NASA ya ocurre en la costa de los esqueletos en Namibia.

Por otro lado, en la actualización de la segunda advertencia de la Unión de Científicos Preocupados a la humanidad, se lanzaba un mensaje igual de contundente. Las tendencias que se pusieron de manifiesto hace 25 años no se han detenido, ni siquiera frenado. El agua dulce disponible por habitante se ha reducido un 26,1%. La captura de peces se ha reducido un 6,4% (bastante más desde su máximo posterior a 1992) no por un esfuerzo de conservación, sino porque no hay disponibilidad del recurso. El número de zonas muertas en ecosistemas acuáticos ha aumentado un 75,3%. La superficie forestal ha disminuido un 2,8%. La abundancia de vertebrados ha disminuido un 28,9%. Las emisiones de CO2 han aumentado un 62,1%, y la diferencia de temperatura respecto a 1960 un 167,6%. La población de humanos ha aumentado un 35,5%, y la de ganado un 20,5%.


El mensaje final es contundente, hay que cambiar drásticamente para evitar “un deterioro generalizado de las condiciones de vida humanas”, y para ello es necesario “revaluar el papel de una economía enraizada en el crecimiento permanente”.

Que 15.364 científicos de 184 países aboguen por replantear el paradigma económico, hacia una economía del estado estacionario o del decrecimiento, es un hecho positivo que debemos valorar, incluso más que otros hitos como la publicación de la encíclica Laudato Si, por parte del Papa Francisco. Los datos son los que son, y la comunidad científica no puede seguir mirando para otro lado. La consecuencia de ello es que se ha logrado un consenso bastante generalizado en el área de las ciencias de la naturaleza, un consenso que los críticos con el crecimiento y con el paradigma socio-económico asociado a él, debemos visibilizar y explicar con pedagogía.

Es preciso señalar que este consenso existe respecto a los sumideros



Pero no existe respecto a las fuentes, incluyendo las de energía, como puso de manifiesto el debate en torno al manifiesto Última llamada. El consenso actual es el contrario, hay suficientes fuentes de energía, incluyendo petróleo y renovables para continuar el crecimiento.

No hay que dejar de realizar esfuerzos para explicar el problema de la limitada disponibilidad de materias primas y energía en una economía en crecimiento, pero el principal punto de partida sobre el que fundar una transformación social debe ser aquel sobre el que existe consenso científico. Apalancar nuestras propuestas sobre una base, un problema de partida, que es difícilmente cuestionable, es una fortaleza tremenda que debemos aprovechar. El debate en torno al peak-oil y los límites de las renovables no debe ser abandonado, pero no debe ser la justificación para pedir cambios en la organización social, es mejor justificar esos cambios sobre una base solida que sobre una base que es discutida.

Ello nos enfrenta a una dificultad que es necesario sortear, se entiende mucho mejor la relación entre la energía y el colapso (deterioro generalizado de las condiciones de vida humana), que entre este y la pérdida de los servicios de los ecosistemas. En un artículo publicado en The Tyee, un nuevo medio digital canadiense de gran éxito, aunque con un nivel de difusión intermedio, todavía en desventaja respecto a los medios masivos, Los seres humanos ciegos al inminente colapso, William E. Rees, doctor en ecología de las poblaciones y experto en economía ecológica y humana, explica de forma muy certera esta relación.

En un planeta limitado, donde millones de especies comparten el mismo espacio y dependen de los mismos productos finitos de la fotosíntesis, la expansión continua de una especie conduce necesariamente a la contracción y extinción de otras. (Políticos, tomen nota: siempre hay un conflicto entre población humana / expansión económica y la "protección del medio ambiente").
¿Por qué es importante esto, incluso para aquellos a quienes realmente no les importa la naturaleza en sí? Además de la infamia moral asociada con la extinción de miles de otras formas de vida, existen razones puramente egoístas para preocuparse. Por ejemplo, dependiendo de la zona climática, entre el 78% y el 94% de las plantas con flores, incluidas muchas especies de alimentos para humanos, son polinizadas por insectos, pájaros e incluso murciélagos. (Los murciélagos, también en apuros en muchos lugares, son los polinizadores principales o exclusivos de 500 especies en al menos 67 familias de plantas). Hasta un 35% de la producción mundial de cultivos depende más o menos de la polinización animal, lo que garantiza o aumenta la producción de 87 cultivos alimentarios líderes en todo el mundo.
Pero hay una razón más profunda para temer el agotamiento y la despoblación de la naturaleza. En ausencia de vida, el planeta Tierra es sólo una roca húmeda intrascendente con una atmósfera venenosa que gira inútilmente alrededor de una estrella ordinaria en las orillas extremas de una galaxia irrelevante. Es la vida misma, comenzando con innumerables especies de microbios, la que gradualmente generó el "ambiente" adecuado para la vida en la Tierra tal como la conocemos. Los procesos biológicos son responsables del equilibrio químico favorable a la vida de los océanos; las bacterias fotosintéticas y las plantas verdes han almacenado y mantienen la atmósfera de la Tierra con el oxígeno necesario para la evolución de los animales; la misma fotosíntesis extrajo gradualmente miles de millones de toneladas de carbono de la atmósfera, almacenándolas en cretas, piedra caliza y depósitos de combustibles fósiles, de modo que la temperatura promedio de la Tierra (actualmente alrededor de 15º C) ha permanecido para edades geológicas en la estrecha franja que hace posible la vida basada en agua, incluso cuando el sol se ha estado calentando (es decir, que el clima estable es parcialmente un fenómeno biológico); innumerables especies de bacterias, hongos y una verdadera colección de micro-fauna regeneran continuamente los suelos que cultivan nuestros alimentos. (Desdichadamente, el agotamiento por la agricultura es incluso más rápido. Según algunas versiones, nos queda, tan sólo, poco más de medio siglo de tierra cultivable).

La conclusión es fácil de entender, a mayor actividad humana menos ecosistemas silvestres, los cuales proporcionan servicios vitales para la vida y la actividad humana. Sin embargo esta idea sencilla no cala en el imaginario popular, de hecho entra en contradicción con los principales mensajes que nos traslada el sistema: trabaja, produce, consume, viaja, ten éxito y muéstralo.

Sin embargo, la pedagogía, necesaria, no es suficiente. Cualquiera que haya hablado sobre estas cuestiones con alguien ajeno a la subcultura decrecentista sabe a lo que me refiero: soluciones. Pero, “la solución”, “reevaluar el papel de una economía enraizada en el crecimiento permanente”, es tremendamente abstracta, y contraria al resto de imperativos del sistema, además de impracticable.

Poner un límite a los recursos que podemos consumir, o solo a uno de ellos, el más limitante, la energía, hacer una macroasignación de recursos global, es el tipo de solución que surge de un tipo de pensamiento idéntico al que ha creado el problema. Sabemos que una solución así, racional, jerárquica, de management, basada en la decisión de unos expertos que transmiten órdenes a toda una estructura que se encarga de ejecutarlas, no puede funcionar. Ese tipo de planteamiento funciona bien a la hora de resolver problemas simples y bien definidos, pero ha fracasado, por ejemplo, en el intento de modernizar países con una cultura tradicional, como pueden ser los africanos (también hay ejemplos de éxito, como Corea del Sur). Cambiar todo el sistema a nivel global es un problema mucho más complejo. Los enormes conflictos que pueden surgir de aplicar una solución así, unido a la contradicción con las prácticas, hábitos, ideas, creencias y valores de la inmensa mayoría de la población que tendría que acatar el modelo impuesto haría que saltase por los aires en el minuto cero tras su implantación.

También hay que sospechar de quién dice conocer, aplicando este tipo de pensamiento, los “límites” de las renovables. La biosfera no deja de ser un sistema complejo, y es su interacción con la tecnología humana lo que determina esos límites, algo tremendamente difícil de predecir. Es más sensato pensar que esos límites se irán viendo con mucha mayor precisión una vez se comiencen a instalar de forma masiva los aparatos destinados a recolectar esa energía y realmente comiencen a tener efectos palpables en el planeta. La escala es fundamental, también a la hora de estudiar un problema, porque en el camino van a aparecer cisnes blancos o negros casi con total seguridad.

Hace falta una narrativa, un relato, que muestre todo lo que podemos ganar con el cambio, pasar del tener al ser, con todo lo positivo que ello conlleva en cuanto a satisfacción de necesidades humanas. Hacen falta también “soluciones” mucho más concretas, pese a que ninguna de ellas sea “la solución”: la permacultura, la economía colaborativa, la educación, las energías renovables, el consumo responsable, los grupos de consumo de proximidad, la economía social y solidaria, la tecnología apropiada, la reforestación, el cooperativismo, las monedas locales. Todos estas “soluciones” pueden ser parte de “la solución”. La labor más importante ahora es experimentar con todas estas alternativas y otras nuevas que puedan surgir, evaluar los resultados que se van obteniendo e ir modificando el rumbo según los resultados que se van obteniendo (fast feedback, en terminología de sistemas).

Probando pequeñas alternativas de este tipo vamos evaluando aquellas practicas que son más fáciles de implementar, obteniendo información acerca de las creencias, ideas y valores limitantes que dificultan el nuevo paradigma y cambiándolos en el proceso, a través del ejemplo y de la información que se transmite a través de él.

Este tipo de programa suele tacharse de reaccionario por aquellos que mantienen el pensamiento típico moderno del management, orquestar una solución rápida y eficaz desde arriba, de tipo “revolucionario”, un cambio fulgurante de todas las instituciones sociales. Su metáfora es que estamos pintando ventanas en una mina, arreglando cositas para que luzcan chulas, mientras el conjunto y lo esencial no se toca. Este tipo de pensamiento es una bobada, se discute si lo que hay que hacer es salir a la ventana y gritar “a las armas” para tomar el poder y cambiarlo todo (sin tener ni siquiera una idea de como cambiarlo para que el proceso sea aceptable para el común de los mortales, y que no se convierta en una guerra), o por el contrario lo que hay que hacer es ir cambiando directamente las cosas, ofreciendo soluciones viables y visibilizándolas, cambiando las conciencias en el proceso, para que quizás algún día (Dios no lo quiera) haya que gritar “a las armas”, pero esta vez con un sólido respaldo detrás, de gente convencida de que son necesarias y deseables nuevas instituciones sociales para lidiar con los problemas que el viejo paradigma es incapaz de resolver. No hay alternativa, pero la metáfora no es pintar ventanas, es más bien como esas plantas que crecen en las grietas de algo sólido como una roca, quizás esas plantas terminen por hacer las grietas más grandes, crezcan más plantas y al final la roca termine completamente cubierta.

En resumen, las tareas sobre las que hay que concentrarse si se quiere en el futuro ir dando pasos más importantes hacia un nuevo paradigma son:

- Hacer una intensa divulgación sobre la relación entre los servicios de los ecosistemas y la economía humana.
- Realizar y apoyar proyectos locales que mejoren la sostenibilidad. Pequeñas soluciones en los ámbitos señalados más arriba y en otros aún por explorar.
- Evaluar los resultados que se están obteniendo, identificar las resistencias al cambio y modificar los proyectos para vencerlas.


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