Este es el blog de la asociación Autonomía y Bienvivir, no dejes de visitar nuestra página web, para conocer nuestro ideario: Visitar página web
Mostrando entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de octubre de 2016

Renta Básica y decrecimiento: soberanía sobre el tiempo

Cuenta Cesar Rendueles en Capitalismo canalla que…

“Como explicaba el historiador Henri Pirenne, el mercado irrumpió en Europa a partir del siglo X. La causa fue un aumento de la población que liberó del campo a un número cada vez más considerable de personas condenadas “a ese tipo de existencia errante y azarosa que, en todas las civilizaciones agrícolas, es el destino de aquellos que ya no pueden seguir trabajando en la tierra. Multiplicó la masa de vagabundos pululantes a través de la sociedad, viviendo de las limosnas de los monasterios, contratándose en épocas de cosecha, alistándose en el ejército en tiempos de guerra y no retrocediendo ante la rapiña y el pillaje cuando la ocasión se presentaba. Entre esta masa de desarraigados y aventureros hay que buscar sin duda alguna los primeros adeptos al comercio”.

En los inicios de la modernidad, los comerciantes eran pillos, granujas, buscavidas que se liberaron al desarraigarse de sus comunidades locales y se agruparon en bandas armadas para protegerse de los ladrones. (...) El mercado generalizado es de origen canalla. (...) En 2010 la Harvard Business School -una escuela de posgrado de élite donde estudiaron, entre otros, George W. Bush o Felipe Calderón- escogió la piratería somalí como el mejor modelo de negocio del año.”

O dicho de otro modo, en el origen del capitalismo está la exclusión social imponiendo la necesidad de buscarse la vida, y promoviendo ese espíritu buhonero obsesionado con el afán de lucro y el crecimiento económico. Con posterioridad la exclusión se buscaría premeditadamente a través de cercamientos o desamortizaciones como forma de renovar el impulso capitalista nutriendo de siervos a fábricas y terratenientes. Para ello se utilizó ampliamente el estado y sus leyes, erróneamente tomado como lo opuesto al mercado. Así la idealización materialista -valga el oxímoron-, la idealización de la producción y de la riqueza como solución para todo, caló entre el grueso de la población hasta el punto de que el socialismo no se apartó de esa misma obsesión crecentista, reaccionando sólo ante la forma individualista y desigual de buscarlo.

En consecuencia, si queremos poner coto a los desmanes provocados por una desmesura comercial tan innecesaria como antieconómica, devastadora con la biosfera y alienante, será requisito imprescindible que nos garanticemos colectivamente una inclusión básica universal, reduciendo a la par la enorme desigualdad de nuestros días. Sin esa garantía pública será imposible pasar a una economía libre de la necesidad imperiosa de crecer.

Fuente: Unequal Scenes

Siguiendo esta línea de pensamiento, vamos a hacernos eco del simposio que se celebró el pasado mes de mayo en Hamburgo en torno al vínculo entre la propuesta de decrecimiento y la de Renta Básica Universal (RBU). Lo que sigue es un resumen de la primera parte de las intervenciones, centrada en la soberanía sobre el tiempo propio.


El impacto de una RBU sobre el bienestar en forma de tiempo en un entorno de trabajo post-fordista

Abrió las charlas Katharina Bohnenberger, quien explicó que el bienestar en forma de tiempo es esencial para una sociedad en decrecimiento económico por al menos dos razones: en primer lugar, ser dueños de nuestro propio tiempo permite comportamientos que ahorran recursos pero que requieren mucho tiempo, (como las reparaciones). En segundo lugar, reducir la presión sobre nuestro tiempo y facilitar la participación en actividades ajenas al mundo laboral son objetivos propios del decrecimiento que también pueden ser valorados positivamente por grupos sociales que en principio no están bien dispuestos hacia el decrecimiento. La razón principal para la falta de este tipo de bienestar en nuestra sociedad es la necesidad (real o percibida) de invertir una enorme cantidad de horas de trabajo a la semana. Por lo tanto, una sociedad de decrecimiento necesita reducir el tiempo de trabajo.

La RBU puede considerarse una forma indirecta de facilitar la reducción del tiempo de trabajo por dos razones: el efecto sobre los ingresos y el efecto sobre la seguridad y la libertad. Hoy día existen instrumentos que permiten reducir la jornada laboral pero no se hace uso de ellos por falta de ingresos suficientes, o bien por temor a que se entienda como una falta de compromiso con nuestro desempeño laboral que haga menos seguro el puesto de trabajo. La RBU puede ser el apoyo necesario para superar esa dificultad y ese temor.

Además de este efecto en las condiciones de trabajo tradicionales, una RBU puede ser de especial interés en el llamado trabajo post-fordista. Este tipo de empleo crece en una economía de conocimiento y de servicios que se caracteriza por condiciones de trabajo más flexibles y por horas extras (voluntarias). Con él cambia la percepción y el manejo del tiempo sobrecargándolo y llevándonos a una compulsión por acentuar constantemente la eficiencia y el rendimiento incluso más allá del tiempo de trabajo. Esto mina tanto el bienestar en forma de tiempo como la capacidad para la “empatía temporal”, y aliena el sentido del tiempo de las personas. Una RBU establece una garantía y por esa razón permite una mejor resistencia frente a estas exigencias externas de tiempo.

En resumen, con una RBU no sólo ganaríamos autonomía y soberanía sobre nuestro tiempo sino que aumentaría el bienestar en este.


La RBU alimenta la soberanía sobre el tiempo que alimenta el decrecimiento

El tiempo es nuestro recurso más importante. Siguiendo la crítica contemporánea del crecimiento (por ejemplo, Hartmut Rosa), Ulrich Schachtschneider nos dice que la desmesura en la producción y el consumo nos está impidiendo utilizar nuestro tiempo para las cosas realmente necesarias para una “buena vida”: para el ocio contemplativo y creativo, o para el libre desarrollo de la personalidad y de las verdaderas amistades, por ejemplo. Incluso el economista John M. Keynes esperaba que sus bisnietos tuvieran la posibilidad económica de realizar una semana de trabajo de quince horas, dejando espacio para una vida en libertad más allá de las necesidades. Entonces ¿que salió mal para que hoy día la mayoría de la gente necesite duplicar o triplicar el tiempo de trabajo?

Niko Paech, propone que reduzcamos a la mitad tanto el consumo como el trabajo asalariado. Con ello estaríamos más cerca de la visión de Keynes para nuestra época. Pero Paech quiere que las veinte horas liberadas sean utilizadas para la subsistencia: para la organización común del uso, mantenimiento y reparación, así como para la producción propia. De esta manera, todo el mundo se convertiría en (más) independiente de la producción industrial y del dinero.

Pero cabe preguntarse si esto llevaría a nuevas formas de dependencia, por ejemplo en casos de salarios bajos o pequeño autoempleo, conduciendo a un aumento de las jornadas de trabajo. Sin embargo, para lograr el decrecimiento la lucha por la subsistencia no resulta convincente. Es más importante para una buena vida más allá del crecimiento tener una seguridad económica básica. Cuanto menos asegurada esté esta más se esperará iniciar y mantener actividades sólo por miedo ante la necesidad de existir, sin tener en cuenta sus costes ecológicos, sociales e individuales. Si queremos decrecimiento tenemos que disminuir la presión económica del individuo. La mejor manera de hacerlo es la RBU.

Esta nos permitiría elegir nuestra parte individual de trabajo remunerado y de mera subsistencia. La riqueza del tiempo debe entenderse como la libertad para elegir la forma en que queremos trabajar. Esto también se ajusta a la necesidad de decrecer. Con la RBU son posible diferentes estilos de vida, con una condición: la renta básica no debe dar lugar a un mayor consumo de recursos, algo que podría derivarse de la redistribución de la riqueza que implica. (esta es la crítica desde el sector verde).

Pero podemos evitar esto si financiamos la renta básica mediante cuotas ecológicas por el uso problemático de nuestro medio ambiente (por ejemplo CO2, recursos escasos, nitratos), al menos en una parte relevante.



Relaciones socio-laborales, trabajo individual, RBU y decrecimiento

Werner Rätz pone el acento en las condiciones económicas de los trabajadores actuales. En las últimas década se da una tendencia a transformar las condiciones de trabajo de manera que el riesgo de sucumbir a la competencia propio del capitalismo se desplaza de la empresa a los trabajadores. El trabajo precario e inseguro, con menores salarios y cotizaciones y con mayores jornadas, sustituye al que solía ser “empleo regular”.

Esto tiene dos consecuencias. En primer lugar, estos patrones de trabajo y los ingresos resultantes son tan irregulares que ya no constituyen una base fiable para la seguridad social. En segundo lugar está la cuestión de la constante incertidumbre sobre la continuidad laboral, que fuerza a los trabajadores a aceptar cualquier trabajo y a tener que renovar continuamente su preparación para el futuro.

La producción cada vez más rápida, de cada vez más productos y siempre más rentables lleva a la sociedad a un consumo de materiales y energía cada vez mayor. Y en la competencia por hacerlo, surge la misma presión sobre los trabajadores, de modo que la incertidumbre sobre su futuro empieza sistemáticamente.

Una RBU aportaría a los perceptores autonomía laboral y les permitiría mirar por su propia productividad, y ​​por otro lado, no tener que trabajar con tanta exigencia.


La renta básica entre el crecimiento económico y el decrecimiento.
Posiciones entre los activistas de la iniciativa popular en Suiza

La tesis de Tobias Krall investiga las actitudes hacia el crecimiento y las expectativas sobre  la relación entre este y la RBU a partir de entrevistas realizadas a ocho activistas suizos en favor de esta propuesta. Se encuentra que la RBU no puede adscribirse exclusivamente ni al paradigma del crecimiento ni al del decrecimiento. El efecto resultante probablemente dependa de varias circunstancias institucionales de su implementación. Por lo tanto, para una región dada, la intención con la que se implemente la RBU es de suma importancia. A lo que se añade la incertidumbre sobre cuánta actividad económica tendrá lugar fuera de la esfera del mercado y del estado. En cualquier caso, existe un amplio consenso en que el indicador del PIB perdería importancia. Además el principio normativo de ‘libertad real’ de Van Parjis no implica preferencia por el crecimiento ni por el decrecimiento, pero aconseja el camino económico que permita una RBU sostenible.


¿Transformará la RBU el trabajo y lo hará en el decrecimiento?

Hanna Ketterer entiende el decrecimiento desde un punto de vista sociológico, (al margen de si la economía crece o no): consiste en que la sociedad no dependa del crecimiento para permanecer estable. ¿Qué papel jugaría la RBU en las condiciones que nos hacen depender del crecimiento? Por un lado, rompería el nexo entre dinero y mano de obra, y con ello el trabajo dejaría de actuar como una mercancía. Por otro lado, la renta básica podría ser utilizada para expandir los salarios mínimos y bajos, propios de las políticas neoliberales que afianzan la dependencia del trabajo respecto al capital. La conclusión sería que, aunque no hay garantías de que sea así, al desmercantilizar parcialmente el trabajo humano, la RBU haría posible una transición hacia el decrecimiento.

Cabe matizar a esta ponente que otros autores, como Daniel Raventós, han destacado la capacidad para negociar mejores salarios que aportaría la disposición de una seguridad económica básica.


¿Es lo nuevo "diferente" realmente diferente? Reflexiones sobre cómo
escapar de la lógica social instrumentista de la acumulación y la aceleración

Judith Kleibs trata de diferenciar entre medidas y enfoques que cambian la lógica instrumental en el uso del tiempo de aquellos que mantienen esta lógica y sólo parecen contribuir a una desaceleración social o a abrir espacios de tiempo de calidad pero incrustados en el mismo paradigma, sin añadir ningún cambio fundamental.

Las principales características de la lógica social instrumentalista de la acumulación y la aceleración son la subordinación de los valores éticos a la necesidad de crecimiento económico, y un estímulo estructural del pensamiento y la acción eficientes. Las medidas que buscan la auto-optimización y propagan estrategias materialistas e instrumentalistas para satisfacer las necesidades propias conducen a la despolitización de los problemas estructurales, causados ​​por la política reactiva y el predominio del pensamiento económico, y llevan también a relaciones basadas en la eficiencia.

Finalmente se dan ejemplos de enfoques que podrían conducir a una transformación fundamental en el manejo individual y colectivo del tiempo al permitir una verdadera soberanía sobre nuestro tiempo. Se sugiere la facilitación estructural de las acciones individuales y colectivas que se basen en principios tales como la participación y la desaceleración institucional con el fin de permitir y posibilitar las relaciones empáticas y sensibles con el medio ambiente (social). En este contexto, se mencionan la RBU, el desarrollo de la movilidad sostenible, así como el ofrecimiento de espacios para la experimentación en tiempo libre. También se destaca la importante necesidad de un debate social para obtener una visión concreta sobre cómo usar el tiempo, y la comunicación positiva y tangible de alternativas al statu quo.


En posteriores entradas continuaremos haciéndonos eco de las demás intervenciones en este congreso sobre RBU y decrecimiento.



lunes, 22 de septiembre de 2014

Una tercera vía para una Gran Transformación


Hace unos días un compañero de la asociación llamó mi atención sobre el discurso del presidente de Uruguay, Pepe Mújica, en la conferencia Rio + 20, en el año 2012.


El presidente Mujica incide en su discurso en las contradicciones de la sociedad de consumo, “la cultura del usar y tirar” que provoca un hiperconsumo que agrede al planeta Tierra, así como la escasa relación del consumo con la felicidad, con una vida dedicada a la actividad heterónoma, al trabajo, para poder adquirir bienes que difícilmente pueden proporcionar sentido a nuestro vida ¿Cuál es el sentido de la vida humana? No es producir aquello que nos mandan para comprar aquello que nos seduce, por el contrario, su sentido es la felicidad.

Sin embargo, una idea de su discurso resuena por encima de todas en mi cabeza, una idea poderosa y aterradora:

“El hombre no gobierna hoy las fuerzas que ha desatado, sino que las fuerzas que ha desatado lo gobiernan al hombre”

¿Cuáles son estas fuerzas que gobiernan al hombre? Antes de contestar esta pregunta examinemos algunas tendencias sociales que quizás muchos desconozcan.

Los freegans son personas que denuncian el derroche y despilfarro en nuestra sociedad y lo hacen rebuscando en la basura, no porque sean pobres o porque lo necesiten, sino precisamente para mostrar la increíble magnitud de aquello que se tira a pesar de seguir siendo útil. Reutilizando aquello que se arroja a la basura mostramos lo irracional del acto de tirar.

Hay también un incipiente movimiento de gente que decide vivir sin dinero. Algunos han escrito libros al respecto, y aparecen en programas televisivos dando charlas que son escuchadas por multitud de personas, sino con devoción, sí al menos con respeto.

Estamos viendo, por lo tanto, un rechazo, todavía minoritario, a la cultura del consumismo, junto a movimientos relacionados como el intento de preservar la cultura y las tradiciones locales frente a las presiones homogeneizadoras del mercado, con ejemplos como el movimiento slow food. También vemos un rechazo a la cultura del tener frente al poder usar, con las famosas plataformas digitales para compartir casa y coche, y un retorno del “hágaselo usted mismo”, una búsqueda de la autosuficiencia, de la independencia frente al mercado, que se observa por ejemplo en el auge (escaso en nuestro país) de las cooperativas de producción y consumo de energía.

Estas tendencias de cambio son, por desgracia, todavía muy minoritarias ¿de qué depende que puedan florecer y transformar nuestra sociedad? Aquí debemos regresar a las fuerzas que hemos desatado y que según el presidente de Uruguay gobiernan al hombre ¿Cuáles son? Según Karl Polanyi, se trata de las fuerzas del maquinismo y de una filosofía que eleva como motivo supremo para la acción la ganancia individual. Ambas fuerzas habrían instituido mercados para tres mercancías “ficticias”, tierra o naturaleza, trabajo y dinero.

Todos los tipos de sociedades están sometidos a factores económicos. Pero únicamente la civilización del siglo XIX fue económica en un sentido diferente y específico, ya que optó por fundarse sobre un móvil, el de la ganancia, cuya validez es muy raramente conocida en la historia de las sociedades humanas: de hecho nunca con anterioridad este rasgo había sido elevado al rango de justificación de la acción y del comportamiento en la vida cotidiana. El sistema de mercado autorregulador deriva exclusivamente de este principio. [...] 
Como las máquinas complejas son caras, solamente resultan rentables si producen grandes cantidades de mercancías. No se las puede hacer funcionar sin pérdidas, más que si se asegura la venta de los bienes producidos, para lo cual se requiere que la producción no se interrumpa por falta de materias primas, necesarias para la alimentación de las máquinas. Para el comerciante, esto significa que todos los factores implicados en la producción tienen que estar en venta, es decir, disponibles en cantidades suficientes para quien esté dispuesto a pagarlos. Si esta condición no se cumple, la producción realizada con máquinas especializadas se convierte en un riesgo demasiado grande, tanto para el comerciante, que arriesga su dinero, como para la comunidad en su conjunto, que depende ahora de una producción ininterrumpida para sus rentas, sus empleos y su aprovisionamiento. […] En relación a la economía anterior, la transformación que condujo a este sistema es tan total que se parece más a la metamorfosis del gusano de seda en mariposa que a una modificación que podría expresarse en términos de crecimiento y de evolución continua. Comparemos, por ejemplo, las actividades de venta del comerciante-productor con sus actividades de compra. Sus ventas se refieren únicamente a productos manufacturados: el tejido social no se verá pues afectado directamente, tanto si encuentra como si no encuentra compradores. Pero lo que “compra” son materias primas y trabajo, es decir, parte de la naturaleza y del hombre. De hecho, la producción mecánica en una sociedad comercial supone nada menos que la transformación de la sustancia natural y humana de la sociedad en mercancías. La conclusión, aunque resulte singular, es inevitable, pues el fin buscado solamente se puede alcanzar a través de esta vía. Es evidente que la dislocación provocada por un dispositivo semejante amenaza con desgarrar las relaciones humanas y con aniquilar el hábitat natural del hombre.

Esta Gran Transformación se habría realizado con la ayuda del estado, en particular durante el periodo conocido como mercantilista, el que transcurre entre Renacimiento e Ilustración, periodo en el que se habrían eliminado las regulaciones gremiales y locales, los particularismos de cada ciudad, para crear un mercado nacional. Este proceso se habría realizado de forma paralela a los “enclosures”, cercamientos de tierras comunales que eran necesarios para dejar en un estado de necesidad a las masas trabajadoras, creando así el que luego fue denominado por Friedrich Engels como “ejercito de trabajadores de reserva”. Una masa de desposeídos, siempre al borde de la indigencia, y cuya única opción era emplearse por un salario.

La condición material de los trabajadores mejoró con el tiempo en comparación con la de sus antepasados campesinos, pero el estado dependiente en el que quedaron continúa siendo fuente de graves males, incluyendo la glorificación del llamado crecimiento económico en grave detrimento de los stocks de capital natural, que proporcionan servicios vitales para la vida del hombre en el planeta Tierra.

Surge de este análisis lo que a nuestro juicio es la clave para un programa político con vocación de desarrollar una Gran Transformación, como la economía colaborativa que cree posible Jeremy Rifkin. Frente a la permanente falsa dicotomía entre dar más poder al mercado, eje del programa político liberal, negado, al ser puramente negativo, y dar más poder al Estado, como forma de salvaguardar lo que nos queda de soberanía, surge una tercera vía, un gobierno que conscientemente busque empoderar al ciudadano ¿Cómo? A través de una ampliación de derechos.

Recientemente nuestra asociación ha publicado un largo artículo en el conocido blog de Antonio Turiel “The Oil Crash” en el que se proponían varios ejes de acción, que de forma esquemática se podrían definir como gestionar los recursos prudentemente, de acuerdo al conocimiento disponible, y democratizar los mercados de trabajo y dinero. Se trata en definitiva de una ampliación de derechos productivos y monetarios.

Una gestión de prudente de los recursos hará que valoremos más la producción local, y aquello que implica menos insumos de materiales y energía fósil, y que supone además emisiones de residuos más reducidas. Gracias a la democratización del mercado de trabajo es posible reducir nuestro consumo, evitar el derroche, sin miedo al efecto que tendrá sobre el nivel de ocupación. Es posible liberar tiempo para producir alimentos y energía para consumo propio, convirtiéndonos en prosumidores. Por último, gracias a la democratización del dinero podemos dejar de temer el crecimiento exponencial de la deuda, y las graves consecuencias, como embargos y desahucios, que necesariamente deben acontecer cuando la producción real no es capaz de seguir el paso de las deudas.

Este programa puede parecer excesivamente ambicioso y utópico para el momento actual, no lo dudo, pero en algún momento hay que empezar a plantearlo. Además, nos ofrece un criterio para orientar nuestra acción política. Frente a los partidarios del poder del mercado y a los del poder del estado, quien quiera mostrarse a la ciudadanía como una opción transformadora tendrá que ser partidario del poder ciudadano.

martes, 2 de septiembre de 2014

Autonomía y Bienvivir en Radio Exterior de España


El pasado miércoles 20 de agosto nuestros compañeros Jordi Llanos y Jesús Nácher participaron el el programa radiofónico “Vida Verde”, que se emite en Radio Exterior de España. Allí expresaron el punto de vista de la asociación sobre la reducción de la jornada de trabajo, recientemente planteada por el magnate Carlos Slim, y cuyas ventajas comentamos en Tiempo y autonomía, y sobre su relación con nuestros hábitos de consumo y con la conservación del medio ambiente, con el fin de asegurar la sostenibilidad de nuestra sociedad.

Podéis escuchar la entrevista aquí:

Aprovechando este pequeño hito en la historia de la asociación, tras ocho meses de vida y tan sólo cuatro difundiendo activamente su ideario a través de la red, nos gustaría pedirte un poco de ayuda ¡No podemos hacerlo solos! Necesitamos blogueros, informáticos, internautas y usuarios de redes sociales, o simplemente socios, que quieran apoyar moralmente o aguardar el momento oportuno para aportar sus talentos.

Aquí podrás participar, aprender y descubrir la satisfacción de crear algo juntos, cooperando día a día, dando sentido a la convivencia, a través de la actuación colectiva en la esfera pública. Sólo tienes que coincidir con nuestro ideario, del cual puedes descubrir algunas pinceladas en este blog, y que encontrarás más sistematizado en nuestra página web.

lunes, 30 de junio de 2014

Tiempo y autonomía

No es raro que nos encontremos con cierta frecuencia artículos en los que se habla del estrés de la vida moderna, incluso llegándose a afirmar que el tiempo libre ha muerto, entre otras cosas porque el estrés, esa disfunción emocional derivada de sobrecargar y alienar nuestro tiempo, se valora como un signo de estatus social. También es habitual que estos análisis vayan acompañados de consejos comerciales para paliar el estrés centrados en las conductas individuales, que no cuestionan el marco en el que esto ocurre, que actúan sobre los síntomas pero no sobre las verdaderas causas que cronifican este problema.

Hoy día se da el absurdo de que producimos mucho más allá de lo que sería suficiente para cubrir las necesidades de todos y sin embargo permanece la exclusión social y su amenaza, a lo que hay que añadir la insostenibilidad de esa sobre-producción. ¿Por qué elegimos, entonces, esta forma desequilibrada de trabajar que consume el tiempo y la vida emocional de unos mientras otros quedan excluidos haciendo cola, y que ambiciona la ampliación de posibilidades para el futuro mientras degrada su base natural insustituible? ¿Estamos locos o qué nos pasa?

El trabajo remunerado, (ya sea por cuenta ajena o por cuenta propia), esa entelequia social que alimentamos con nuestro tiempo y nuestro esfuerzo, resulta imprescindible para subsistir. Pero como no se distribuye entre todos los que lo necesitan, siempre estaremos dispuestos a pagar por él un alto precio en forma de entrega personal. Así, lo que en realidad es un coste, el trabajo, se ha transfigurado a nuestros ojos en un bien preciado y escaso. Sólo el empresario puede tratarlo como un coste a reducir, racionalizándolo y reduciendo su empleo al mínimo. Los demás anhelamos irracionalmente aumentar al máximo ese coste para asegurar una incierta subsistencia futura y también para prestigiarnos con la estima social que implica.

Esta inversión del sentido ha llegado a tal punto que en nuestra sociedad se da una identificación casi perfecta entre remuneración y valor. Lo que cuenta es el precio. Tiene sentido hacer algo cuando es rentable. Nunca fue tan fácil calcular el valor de cada acto sin necesidad de pensar mucho, es decir, nunca la ética estuvo tan ausente. El mercado decide por nosotros.

¿Adónde nos lleva este abandono de la reflexión autónoma? Más allá de constatar nuestro estrés estaría bien buscar algo de claridad para intentar sobreponernos a este desbarajuste. Para ello quizá sea útil fijarnos en esa naturaleza voluble del tiempo que nos hace percibirlo como algo agobiante o como algo grácil en función de la vivencia que incluya, la vivencia que le aporta o le quita significado. Siguiendo este criterio, propongo dividir nuestro tiempo en cuatro fases que apuntaré brevemente para, finalmente, aventurar alguna conclusión.

1- El hastío de la actividad heterónoma

En las últimas décadas no se ha detenido la innovación tecnológica que, junto a un consumo creciente de energía, nos permite producir cada vez más con menos empleo de mano de obra, y sin embargo esto no ha redundado en una liberación de tiempo para nosotros ni en una forma más humanizada de trabajar sino todo lo contrario. Lo que ha motivado esos aumentos de productividad no ha sido el objetivo de distribuir mejor el coste humano de producir lo necesario (en horas de trabajo) sino el deseo de maximizar los beneficios empresariales, y nuestra actividad ha caído presa de ese mismo propósito. Nuestro trabajo es una mera variable inserta en una función predefinida e incuestionable.

La moral comúnmente aceptada -siempre hay una- establece que esta entrega es nuestro deber en la vida. Pero si no podemos determinar casi nada en nuestro trabajo, si no podemos decidir los principios, los objetivos y los límites del mismo, si las decisiones de la gestión no pasan por el pensamiento y los intereses de los implicados en la producción, la única motivación sólo puede ser el miedo, la ansiedad, como en cualquier sistema doctrinal y represivo, (por muy libre que sea el mercado). Y el resultado excluirá la identificación con lo realizado, el sentido de la actividad, dejándonos el sinsabor de un profundo hastío.

2- La apatía de la pasividad heterónoma

La doctrina de la confusión entre rentabilidad y sentido lleva a que fuera del trabajo no veamos valor a nuestro tiempo salvo si podemos vincularlo a la capacidad adquisitiva y al lucimiento de la misma. El tiempo libre se emplea como tiempo para ser entregado, como consumidor o como espectador. No se desvincula de las relaciones económicas; se hace dependiente del suministro de bienes y servicios. Su valor se estima en función del precio con el que se paga el ocio consumido. La vida no tiene “calidad” si no se adquiere cierta “calidad de vida”. Y lo que a nuestros ojos carece de valor por sí mismo no puede motivarnos. La apatía (y su alivio) es el principio rector del tiempo libre cuando no salimos de la forma convencional de valorar las cosas propia de una sociedad heterónoma.

En ocasiones puede ocurrir que confundamos el dejarse llevar, como en un viaje programado, con una forma de actividad. O que confundamos el consumo de sensaciones, momentáneas y dependientes, con una forma de favorecerse a uno mismo por el placer que suponen. Sin embargo ambas cosas son un mal sucedáneo de una satisfacción auténtica, autónoma, controlable, de las necesidades vitales más importantes. No es lo mismo comprar un poco de calor pasajero que llevar dentro una hoguera propia.

3- El disfrute de la pasividad autónoma

Existen formas relajadas de disfrutar más o menos pasivas (o compasivas), sin necesidad de consumir nada, sin dependencias. Siempre habrá quien quiera menospreciar estas formas de invertir el tiempo, tan poco propensas a mover la economía, pero ¿hay algo más ridículo que plantear el aumento del PIB como ejemplo de salud social, o el conformismo del espectador televisivo como ejemplo de plenitud vital?

Dejemos en un cajón la cartera. Apaguemos los medios de distracción masiva. Hagamos un ampuloso silencio. No existe tecnología que pueda compararse en sofisticación a nuestro propio cerebro. Disfrutemos de las posibilidades de su naturaleza. Escuchemos el rumor de nuestro pensamiento. Escuchemos el rumor emocional que subyace a nuestro pensamiento. Meditemos, (con fe o sin ella); conversemos; atendamos; intentemos sentir por otra persona, en sus circunstancias; recuperemos el afecto, o mejor aún, el cariño, los cuidados que en realidad pueden ser el origen del afecto más que su consecuencia, al igual que el sexo puede ser lo que lleve al amor.

Contemplemos. Decía Henry Miller que el arte no enseña nada más que el significado de la vida. Quizá todas las obras deban ser entendidas por quien las observa como meros ejercicios de aprendizaje para una finalidad personal que se construye en su interior: aprender a ver de una forma que enaltezca lo percibido, que ponga la realidad a la altura del asombro que merece su existencia.

Quizá ya no es posible hallar ningún valor a la poesía, (en la medida en que no sea valor añadido, valor editorial). Pero rebelémonos. Intentemos escuchar cómo crece la hierba, descubramos el movimiento desapercibido de las nubes, caminemos despacio... más despacio, (no es tan fácil)... pasividad… palabra serena, apacible y sabia.

4- El apasionamiento de la actividad autónoma

A menudo una pasividad autónoma conduce a la reflexión, porque nuestro cerebro no deja de funcionar nunca. Y de la reflexión autónoma podemos extraer unos valores, aunque sean provisionales. No es buena idea desatenderlos por muchos filósofos que haya en el mundo. Cuando algo nos parece valioso, tratar de dar expresión activa a ese valor es una fuente de motivación. El problema es que, en las condiciones actuales, el trabajo remunerado rara vez coincidirá con hacer algo por lo que uno valora. De momento esto queda relegado a las posibilidades que uno tenga de liberar tiempo para la actividad autónoma.

Pasiones personales, participación cultural, autoeducación, voluntariado, activismo... ocupan a muchas personas sin que nada les obligue a ello. Esto dice algo de la naturaleza humana. La actividad volitiva y el esfuerzo pueden estar motivados exclusivamente a partir de valores, y esto incluso puede conducir al apasionamiento. No es difícil inferir que en una sociedad más liberada del trabajo remunerado, toda la población se sentiría motivada por estas actividades en alguna medida.

En ocasiones se mencionan las dedicaciones voluntarias o el intento de mejorarse como otra posible forma de exceso para nuestras sobrecargadas vidas. En el artículo citado al principio se identifica esto último como “ocio intencional”. Pero quizá esta denominación delate la banalidad con la que hoy día se considera nuestro tiempo, (que es como decir nuestra vida). ¿Ocio serio? ¿No se supone que el ocio es eso que consumimos en forma de sensaciones para desconectar del trabajo? ¿Intenciones que no consisten en ganar más?

Sin embargo en toda actividad voluntaria hay una diferencia fundamental con el trabajo: uno puede elegir el grado de implicación, el tiempo y el ritmo con el que se entrega a lo que valora. Y esto último es lo que en realidad resulta verdaderamente extraño (y subversivo): valorar algo por motivos propios, al margen de cualquier idea de rentabilidad, de estatus o de moda. Sin duda este tipo de actividad se aproxima más a la idea de artesanía, o de actividad dotada de sentido, que el desempeño laboral tal y como lo concebimos hoy en día. ¿No deberíamos considerar enfermiza precisamente la forma de trabajar que deja a un lado cualquier criterio personal, el vínculo con lo realizado, la motivación, el sentido? ¿Acaso esa entrega enajenada no dificulta precisamente la toma de conciencia y la responsabilidad?

Hagamos una reflexión ética para llenar de valores, de intenciones y de motivación nuestro tiempo. Liberemos tiempo para ello. En lugar de tanta ambición económica y tanta ruindad social, nosotros y nuestro medio ambiente saldríamos ganando con cierta conformidad material y más crecimiento personal, compasión, alegría, ambición libre en tiempo libre, madurez.

Pero aun así falta algo en este esquema, algo sin lo cual la reflexión ética resulta impotente, algo cuya carencia impide este cambio de valores y que a la vez engarzaría las piezas para hacer de ellas algo más grande que las partes.

La fertilidad de una sociedad autónoma

Intentando llegar a alguna conclusión, podemos preguntarnos por qué no apostamos decididamente por una forma de vida más autónoma. ¿De dónde viene la actual propensión a la heteronomía? Somos seres sociales y, como tales, necesitamos integrarnos en lo colectivo, ¿pero acaso es lo mismo integrarse que someterse de forma acrítica? Quizá no sea extraño que en una sociedad educada para la insignificancia y la conformidad, nuestro natural deseo de integración en la sociedad se exprese mediante la preferencia por las diversas formas más o menos sutiles de sumisión o de seguidismo. ¿Qué lección podemos aprender de esto?

La autonomía personal no podrá ser satisfactoria si no incluye una dimensión social, es decir, si nuestra ética no incluye una dimensión política, una deliberación compartida, una forma de socialización con la que las personas no deben renunciar a sí mismas. A su vez, la influencia crucial del entorno que nos educa y que nos condiciona a diario muestra que nuestra autonomía se decide en la política.

¿Cuál debe ser la finalidad de la organización social y de su modelo económico (como parte de la misma)? ¿Cómo podemos utilizar, y cómo no, los recursos naturales finitos de nuestro planeta compartido? Y si lo hacemos mediante un sistema de remuneración, ¿cuáles son las condiciones laborales más saludables y por tanto deseables para todo el mundo? ¿Cómo distribuimos el coste humano de producir lo necesario (en horas de trabajo)? ¿Cómo repartimos los beneficios de la producción? ¿Cuánto tiempo podremos liberar para cumplir con necesidades superiores?... Los valores predominantes cristalizan en la sociedad a través de la política, a través de las leyes que delimitan el entorno que nos condiciona.

Nuestro verdadero interés está en la construcción de una sociedad autónoma que nos permita revitalizar nuestro tiempo. Y Sólo la política hecha por y para las personas podrá instituir este tipo de sociedad. Lo que favorece la (bio)diversidad, el florecimiento humano, la creatividad generalizada y la maduración no es una lucha excluyente e ilimitada, hasta que sólo quede un único individuo victorioso en un desierto sin gente, sino un clima saludable y un entorno generoso nutriendo la proliferación de iniciativas autónomas de todo tipo, un valle fértil para la vida en lugar de un valle de lágrimas.


ubuntu.jpg