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lunes, 29 de enero de 2018

La prisión de la mente

Queridos lectores, siguiendo con nuestra costumbre de publicar aquí algunos artículos originales de blogueros a los que seguimos y admiramos, traemos hoy a nuestra casa este texto del psicólogo Eduardo Velasquez Díaz, al que pueden seguir en El blog de Lalo, donde nos ofrece sus relatos y poesías y en PsicoLalo, donde nos ofrece sus reflexiones sobre nuestra sociedad desde su particular enfoque psicológico.



No somos dueños de nuestra propia mente, esa fue la propuesta de Sigmund Freud en el siglo XX, posteriormente un tal Max Planck propuso algo ilógico, las partículas subatómicas podían hacer cosas extrañas como ocupar dos espacios distintos al mismo tiempo y Einstein trajo también ideas raras como que la luz es una onda y una partícula al mismo tiempo. Estas y otras ideas cimbraron fuertemente al mundo, ya que nos mostraron que el universo no es del todo consistente y que de algún modo el caos gobierna el universo exterior, pero ¿Qué pasa en el universo interior?.

Hablar de la mente es un asunto sumamente complejo, la "ingeniera conductual" que a veces se ostenta como "psicología conductual/conductista" y que es la psicología que más se apega al método científico a veces niega tajantemente que exista algo como la mente. Es un debate en el que no pienso meterme demasiado, solamente vale la pena mencionar que para muchas personas, la mente se reduce a un subsistema orgánico que no tiene mayor complejidad que la toma de decisiones o que se puede estudiar simplemente observando sus efectos visibles y cuantificables, es decir, la conducta.

Para otros (como yo), la mente es un asunto muchísimo más complejo, porque como hemos señalado en otros artículos, pasan cosas raras en el universo cuando un elemento hace referencia así mismo. En matemáticas, en la teoría de conjuntos se habla por ejemplo que si un conjunto puede contenerse así mismo y esto genera un gran debate, las paradojas de Kurt_Gödel nos llevan a rutas en donde hay estados serios de indeterminación, por ejemplo, observemos las dos afirmaciones siguientes:

domingo, 14 de enero de 2018

Nuestro lugar en lo existente y la neurosis de la humanidad

Fuente: Miguel A. Requejo

La modernidad trajo consigo que la religión fuese considerada un atraso irracional, un vestigio caduco que, si bien no debía ser barrido como algo bárbaro, obsoleto y atrasado (tan sólo darwinistas ansiosos de notoriedad como Richard Dawkins o la rama marxista de los modernos alcanzó esta convicción), debía ser confinada en el salón, detrás de la vitrina en la que se muestran las curiosidades. En su análisis de las consecuencias políticas, espirituales y filosóficas de la modernidad, La edad de la ira, Pankaj Mishra lo expresa así:

Efectivamente, la religión fue por primera vez considerada (y debilitada) a fines del siglo XVIII como una actividad humana más, a ser analizada como la filosofía y la economía. Cambió también el sentido del tiempo en Europa: la creencia en la divina providencia -la Segunda Venida o los Últimos Días- dejaron paso a la creencia, también intensamente religiosa, en el progreso humano aquí y ahora. El joven Turgot afirmó en 1750, en un famoso discurso en la Sorbona, que:

El interés propio, la ambición y la vanagloria cambian constantemente la escena mundial y anegan la tierra de sangre; pero en medio de sus estragos se dulcifican los modales, el espíritu humano se ilumina […] y toda la raza humana, a través de periodos alternantes entre sosiego e inquietud, bienestar y tristeza, sigue avanzando, aunque a paso lento, hacia una mayor perfección.

Desgraciadamente, las palabras de joven Turgot siguen estando muy vigentes, casi tres siglos después, pero mientras el interés propio continúa anegando la tierra de sangre, no parece importar a la mayoría, que mantiene esa intensa fe religiosa en el progreso.

Que la religión perdiese importancia de forma muy acentuada, no cabe duda que tiene efectos positivos. En España tenemos el ejemplo del catolicismo, cuya jerarquía, sacerdotes y practicantes parecen seguir más las enseñanzas del padre severo y vengativo que es Jehová, que una auténtica doctrina de amor y perdón como la de Cristo. Por suerte ahora podemos escapar de su yugo, pero la gigantesca estructura jerárquica, con sus dogmas difundidos de arriba a abajo, provoca todo tipo de iatrogenias, como los continuos escándalos por abusos sexuales. Estos escándalos nos pueden servir de punto de partida para explicar la diferencia que yo veo entre espiritualidad y religión, que si bien están relacionadas, no son lo mismo.

miércoles, 17 de mayo de 2017

El nuevo servicio de inteligencia

Una lagrima me cae por la mejilla, mis manos están tiesas y casi completamente paralizadas. El semáforo salta en rojo y apenas consigo parar mi bicicleta. Hace frío, son las nueve menos veinte de la mañana en una calle de Hospitalet. Estoy pensando en el dentista que me espera la semana que viene, en la vuelta a casa esta tarde cuando me habré despertado del incomodo sueño que me causa el trabajo desde hace meses. De repente aparecen manadas de madres cruzando el paso de cebra delante mio. Algo es raro …Hoy cotorrean más de lo habitual y se ríen aunque no parece alegría natural, es algo teatral y exaltado. Pienso : “...al menos no tienen la usual cara de culo que suelen tener las madres de clase y edad media a esta hora...” volviendo el foco a las personas en el paso de peatones me doy cuenta que las madres llevan su niño de la mano, les llevan las mochilas de ruedas también. Su sonido, al rodar-las por el asfalto suena hueco o vacío, saltan y bailan sobre las diminutas piedras del alquitrán como si no hubiera libros dentro y hacen juego acústico con las pelucas de papel de aluminio que lleva cada uno de los docenas de niños y niñas (estamos en carnaval). Entre madres de musical, mochila chapaleando y pelucas de aluminio, un concierto de música contemporánea en la Avenida Carrilet. Un pito violento me saca de mi cortometraje matutino. Arranco cagando leches. Pedaleando paso una empresa de investigación privada y me viene una frase de The True Detective: “Hoy es como despertarse de la vida a la pesadilla que estamos viviendo, lo bueno es que casi siempre estamos durmiendo”.

Nada mas llegar a la oficina me encuentro con una pelea de correo electrónico entre un empleado y recursos humanos. Estoy en copia porque soy del comité de empresa.

El asunto y las personas no voy a revelarlas pero aseguro que es absolutamente ridículo por ambas partes. Uno se cree con derecho constitucional a ser promocionado por revelar errores graves de la dirección de la empresa y los otros solo promocionan gente que hace desaparecer los problemas sin la necesidad de resolverlos. En el ingles del basket esto se llama una Pat-situation o según Saul Berenson en la serie Homeland: "Lets agree to disagree". En el correo se habla mucho de tolerancia y confianza. Aunque no me consta que estos dos conceptos tengan algo que ver con este caso sigo jugando a las canicas con ellos.....Homeland...





...La intolerancia y el odio son productos culturales, no naturales. Cualquier disciplina, religión o concepto de creencia se puede usar para convertir personas en asesinos (psicópatas, islamitas radicales, protestantes radicales, inescrupulosos banqueros, neo-liberales capitalistas) y a la vez proveer una justificación sobre el porqué era necesario matar con sus propios conceptos rígidos y demagógicos de psiquiatría, ciencia, yoga, economía, comunismo, positivismo etc. Todas estas cosas que los humanos creen haber revelado, inventado y comprendido crean una enorme variedad de atributos con los que clasificar a las personas y aun mas burocracia para asociar esta clasificación a las personas y con ello unas personas extremadamente polarizadas y moralizadas. Solo así es posible que una persona pierda su empatía para convertirse en un asesino que viene con mando a distancia. Un asesino o autor de escritorio, término creado por Hanna Arendt "Schreibtischtäter"...

Los departamentos de recursos humanos no cumplen debidamente este perfil pero si que están posicionados en un entorno estratégico para convertirse en ello muy fácilmente. La existencia de extensos protocolos de conducta, acuerdos laborales, convenios, artículos del estatuto del trabajador en conjunción con una variedad de marcos y plantillas psicológicas los convierten en una especie de crupier de Texas Holdem en el casino de los intereses entre empresa y empleado. Aunque no saben que carta se va jugar a continuación son bien capaces manipular el resultado del juego aplicando uno u otro de esta multitud de párrafos y reglas a convenir.

Ambos, empresa y empleado, viven en el constante intento de hacer trampa. Afortunadamente a veces pasa que alguna u otra trampa es revelada. Una vez se consigue filtrar los gritos, insultos y amenazas, siguiendo el camino de la trampa asesina hacia atrás, en la mayoría de los casos no se encuentra nadie que sea responsable del inicio de la pelea. Solo una selva de conceptos, artículos, códigos y leyes que se contraponen, solapan, potencian, eliminan, excluyen, fomentan mutuamente. Todos estos constructos abstractos sirven en primer lugar para dividir entre ganadores y perdedores y entre propietarios y no propietarios. Se basan en un concepto cuantitativo de la vida y en la falsa creencia de que el ser humano es malo por naturaleza y necesita un hostigamiento para ser controlado. Así, el capitalismo neoliberal salvaje justifica su conducta, se remite a la naturaleza humana. Pero malo por naturaleza no existe. La naturaleza no conoce el concepto de malo y bueno. Es la cultura de la moral la que crea este juicio. Es la cultura de los "asesinos de escritorio" la que crea la división de las personas en dueños del casino, crupier y jugadores. 

Si seguimos el camino de la burocracia atrás, más allá de los documentos y párrafos, vamos a encontrar personas grises, de clase media con puestos de administración totalmente insignificantes, cuyo labor es exclusivamente la clasificación de información sobre personas. Sin ejecutar ningún acto de violencia contra los derechos humanos son los gran suministradores de información que a su vez permite en primer lugar la clasificación entre mala y buena persona. Según la ideología actual, esta clasificación puede variar en solo una década tres veces con características totalmente opuestas.

En la economía del robo ( ant.lat. privare/significaba robar) este rol tiene el departamento de recursos humanos. Allí es donde se clasifica la información sobre los empleados a base de conceptos totalmente dependientes del criterio de la empresa que en la mayoría de los casos se basa en el modelo de ventaja comparativa (el puro rendimiento del individuo) y también en una cuantificación muy abstracta de la habilidad de obediencia. Esta última no se llama así sino disponibilidad al cambio y flexibilidad. En conjunto con algunos datos mas (la edad, sexo, historial de baja medica, estado civil, etcétera) se construyen clases y subclases de empleados. A veces se añade información mas intima como la orientación sexual y preferencias de ocio, resultado del espionaje en el dispositivo electrónico laboral (portátil y teléfono).

La filosofía de la empresa "somos una familia" es una buena herramienta para obtener aun más información privada sobre los empleados y así prevenir aun mejor su futuro rendimiento y utilidad para el negocio, y así poder excluirlos lo antes posible en caso de descubrimientos que podrían indicar una personalidad demasiado autónoma e incluso conflictiva. 

La gran moda de tripular lo políticamente correcto y el abandono de la intimidad juega a favor en manos de las empresas que lo proponen. Los empleados abandonan el silencio sobre su condición privada y por tanto emocional y así se hacen vulnerables para chantajes y una retorica de amenaza muy sutil. Recursos humanos recolecta toda la información que damos cada vez mas públicamente pero no la usa para tomar decisiones personales ellos mismos. Esto lo hará el Manager. Así, la responsabilidad se distribuye de la misma manera que en cualquier dictadura que usa la eficiente pero no eficaz herramienta de la burocracia para el control y así hace imposible encontrar un litigante o adversario para el empleado. El resultado es una profunda sensación de impotencia. Los empleados y por tanto miembros de la sociedad se ven reducidos a un ciclo de trabajar y consumir mientras cada vez más son transparentas como empleados y figuras públicas pero invisibles e irrelevantes como seres humanos reales.


Hanna Arendt: "El acto de consumir reemplaza cualquier activad cultural de relevancia"

Leo correos y pienso todo esto. Que cojones debo hacer ...a ver si Kant me da un consejo sobre qué hacer con uno que revela secretos y exige un premio porque se considera del lado bueno.




lunes, 24 de abril de 2017

Un mundo cansado pero fiel al pensamiento mágico y optimista

Cuando en algún programa de televisión, radio o conferencia aparece un bicho raro que hace preguntas totalmente al margen de los medios masivos, del tipo ¿qué pasará cuando se alcance el pico de producción del petróleo? Los tertulianos o conferenciantes siempre tienen una sonrisa y expresan su confianza plena en que la capacidad inventiva del ser humano, además de la investigación pública y privada, obrarán un milagro tecnológico de última hora que salvará al mundo del colapso.

No es algo nuevo, ese tipo de pensamiento mágico o psicología positiva tuvo apariciones súbitas y desvanecimientos a lo largo del siglo XX, primero con el fin de la II Guerra Mundial y el mundo lleno de posibilidades que se abría a los supervivientes, a la postre con la caída de la Unión Soviética y el famoso “Fin de la Historia” de Fukuyama.

Así en menos de un siglo se ha pasado de deportar a personas a campos de concentración creados específicamente para obligarles a trabajar a cambio de comida y cama no muy saludables, a que a través del Plan Bolonia la gente que hace cursos esté ansiosa por pagar para “hacer prácticas”.

¿Cómo es posible que una persona se convierta a la vez en su propio esclavista y en esclavo? Byung-Chul Han llegó a la conclusión en La sociedad del cansancio de que cualquier persona es a día de hoy víctima de sí misma y del optimismo con que es bombardeada desde la infancia, es una forma muy habilidosa y propicia para conseguir que alguien se presione a sí mismo sin contemplaciones al tiempo que no puede hallar culpables, porque es patrón de su propio destino y puede llegar a conseguir todo lo que se proponga ya que, literalmente, según los adalides del pensamiento mágico como Paulo Coelho, tú sólo tienes que anhelar algo y el Universo maniobrará para que disfrutes lo que deseas.

“De este modo, el inconsciente social pasa del deber al poder. El sujeto de rendimiento es más rápido y más productivo que el de obediencia. Sin embargo, el poder no anula el deber. El sujeto de rendimiento sigue disciplinado. Ya ha pasado por la fase disciplinaria. El poder eleva el nivel de productividad obtenida por la técnica disciplinaria, esto es, por el imperativo del deber. En relación con el incremento de productividad no se da ninguna ruptura entre el deber y el poder, sino una continuidad”

Byun-Chul Han, La sociedad del cansancio
 ¿Cuántos Steve Jobs serán necesarios para que el coche eléctrico no sea una ruina en un mundo donde el simbolismo del éxito se nos vende a través del esfuerzo y el modelado permanente mientras la dinámica se extiende en funcionalidades cada vez más fugaces?

Es a partir de este contexto cuando la transmisión oral queda supeditada al modo de sentir divulgado por los “técnicos”, los rapsodas de nuestro tiempo, que circunscriben dentro de la oralidad posible la angustia de un modo de vida antinatural como un síntoma de falta de madurez. ¿Son más maduros los adultos de nuestro tiempo, que dedican el ocio a videojuegos, que los de inicios del siglo XX que lo dedicaban a echar la partida de cartas en el bar o a otro tipo de eventos sociales presenciales?

A este respecto también Byun-Chul Han se refiere, refiriéndose a cómo paulatinamente al ciudadano estándar se le han arrebatado sus lapsos de intimidad – a través de las redes sociales donde debe desnudarse ante todos para mostrar que es feliz y está integrado en la sociedad de su tiempo –, resultando éstos reemplazados por letargos que reconstituyen su entorno más inmediato para suscitarle un estado de celo permanente a fin de que se sienta un propietario – en el sentido latino del término, dominus - en peligro si no mantiene el ritmo.

El animal salvaje está obligado a distribuir su atención en diversas actividades. De este modo, no se halla capacitado para una inmersión contemplativa: ni durante la ingestión de alimentos ni durante la cópula. No puede sumergirse de manera contemplativa en lo que tiene enfrente porque al mismo tiempo ha de ocuparse del trasfondo. No solamente el multitasking, sino también actividades como los juegos de ordenadores suscitan una amplia pero superficial atención, parecida al estado de la vigilancia de un animal salvaje.Byun-Chul Han, La sociedad del cansancio
Hay un mundo de posibilidades ahí fuera, que están al alcance de cualquiera, y serás merecidamente recompensado o castigado en función de tu capacidad de adaptarte al medio. Así lo vende Nicholas Wade en “A troublesome inheritance” - Una herencia incómoda en español -, obra en la que defiende que las razas tienen comportamientos diferentes por cuestiones biológicas y debido a ello las sociedades son diferentes. El racismo quedó rancio cuando en la sociedad del individualismo aupado por el protestantismo anglosajón todos asumieron el lema reaganiano de “hay gente que elige ser pobre”. ¿Quién en España se escandalizó cuando el calvinista Jeroen Dijsselbloem proclamó - y se negó a disculparse - que los españoles, al no ser culturalmente protestantes, se gastan el dinero en mujeres y vino?

lunes, 12 de diciembre de 2016

El dinero como droga: una reflexión desde el séptimo arte

Los economistas, más preocupados en justificar la realidad que en interpretarla, han pasado por alto los hechos fundamentales en cuanto a la naturaleza del dinero. Uno de ellos se nos recuerda ahora desde el arte y la cultura popular: el dinero es una droga. Este hecho tiene consecuencias significativas desde el punto de vista de las políticas económicas y monetarias.





Los economistas, historiadores y antropólogos, continúan discutiendo sobre el origen y la naturaleza del dinero ¿Qué es para el ser humano el dinero? ¿Qué efectos tiene sobre nosotros? Algunos argumentarán que el ser humano es racional, y que la predisposición de una persona cualquiera a tener dinero dependerá de la utilidad que tenga para ella el gastar ese dinero y consumir una unidad adicional de un bien determinado. Respecto al salario, quizás algunos argumenten que las personas tendemos a trabajar más o menos según la utilidad que le damos al ocio en relación con ganar un poco más de dinero. Ninguno de estos teóricos parece haberse percatado de la historia de Jordan Beltfort, un agente de valores, es decir, un broker, cuya biografía fue llevada al cine por Martin Scorsese en largometraje El lobo de Wall Street. Y es que el Sr. Beltfort, interpretado en la gran pantalla por Leonardo DiCaprio, sabría muy bien qué contestar a la pregunta ¿qué es el dinero? Una droga.

Fijémonos en algunos detalles de la película que ilustran la relación de los personajes con el vil metal, y el efecto que este tiene sobre ellos.

Antes de llegar a triunfar Jordan es un joven ambicioso que encuentra trabajo en Wall Street, todavía sin tener la licencia para ejercer como agente de valores. Allí recibirá su primera lección del principal ejecutivo de la compañía donde trabaja: el trabajo de agente de valores consiste en ganar dinero, para ello hay que hacer transacciones, comprar y vender acciones, con cada transacción el broker gana dinero, da igual que la transacción sea buena o mala, da igual si los clientes ganan o pierden dinero, el cliente no importa, sólo importa ganar dinero. No crean nada, no construyen nada, el dinero simplemente pasa del bolsillo del cliente al suyo.

Así será como Jordan se haga rico, trabajando con lo que llaman acciones de a centavo, compañías inexistentes, lo que hoy en día se llaman start-ups, que buscan financiación en el mercado alternativo de valores para proyectos rocambolescos. Estas compañías ofrecen una suculenta comisión para los brokers, del 50%. A partir de que Jordan descubra este mercado su trabajo consistirá en engañar a pequeños trabajadores con sueños de grandeza que quieren hacerse ricos invirtiendo en bolsa. Su trabajo no es muy distinto al de un timador, que se aprovecha de la avaricia y maldad de la gente, como en el famoso timo de la estampita, para engañarles. No existen reparos morales, no importan los efectos colaterales, engañar a alguien, todo vale para conseguir la siguiente dosis en sus abultadas cuentas corrientes. No hay límite a la cantidad de ceros a la derecha que pueden figurar en una cuenta corriente.

Posteriormente Jordan extenderá el negocio de las acciones de a centavo a los grandes ahorradores, para ello contratará a viejos conocidos, perdedores sin estudios que malviven pasando de un trabajo de mierda (como los definiese el gran David Graeber) a otro. No importa que se trate de gente sin talento, sin inteligencia, se harán ricos gracias a las enseñanzas de su mentor. Jordan les explica como vender, cual es la narrativa que deben emplear para aprovecharse de la avaricia de la gente. En una escena de la película, les da una lección práctica de como conseguir una transacción, mientras habla por teléfono con un cliente tratando de convencerle de que adquiera un cierto número de acciones de una compañía de a centavo. Mientras habla, rodeado por todos sus empleados, hace gestos simulando una relación sexual, como si alguien le realizase una felación, o practicase sexo anal, por supuesto en el lado activo. El dinero pasa de un bolsillo a otro, generalmente al bolsillo del macho alfa, el que domina. El dinero es símbolo de dominación, y Jordan muestra a sus subalternos como él domina a su cliente, entre las risas divertidas de todos ellos.

Conseguir dinero lleva a los agentes de valores a un estado de euforia, pero conseguir una transacción no es fácil, deben tener los cinco sentidos en ello, una tarea agotadora que van realizando con la ayuda de la motivación y de las sustancias estupefacientes. Cuando Jordan era un aprendiz le enseñan una especie de ritual que remite a la imagen (que no la realidad) del ser humano pre-civilizado, unos golpes de pecho mientras se emiten sonidos guturales rítmicos muestran el poder del individuo, dispuesto a la batalla y enseñando a sus rivales su determinación. El hombre es un lobo para el hombre, según la narrativa que se crean los protagonistas de esta película. El macho alfa gana y domina, el dinero va del bolsillo del débil al del fuerte, y en consecuencia el dinero es un símbolo del poder del individuo, no es raro entonces que su adquisición nos lleve a un estado de euforia similar al que se siente tras derrotar a un enemigo o alcanzar un orgasmo.

La vida de Jordan pasa a depender de las drogas, es preciso alcanzar un estado de euforia para poder vender acciones, o para mantener el rendimiento intelectual después de largas jornadas de trabajo, o después de la última juerga que nos hemos pegado tras el subidón que nos dio finalizar con éxito una transacción que nos aporta jugosas comisiones. El coctel de drogas estimulantes diario incluye quaaludes, adderall y cocaína.


Para contrarrestar los efectos de estas drogas y poder dormir usarán marihuana, sanax y morfina. La vida discurre entre estados de euforia y de relajación, subidones y bajones, e inyecciones de penicilina preventivas para evitar el contagio de una enfermedad de transmisión sexual.

El sexo se convierte también en un elemento central de la vida de nuestros brokers. Ya al comienzo de su andadura por Wall Street a Jordan le recomiendan la masturbación al menos dos veces al día. El sexo cumple varias funciones en la vida del agente de valores, en primer lugar la relajación de la excitación alcanzada por las operaciones realizadas con éxito o por las sustancias excitantes del sistema nervioso central que se han ingerido; la relajación se consigue mediante el orgasmo. Por otro lado el sexo representa la culminación de su ideal de dominio y éxito, follán más porque son mejores y son machos alfa, y su éxito social queda constatado por su actividad sexual. A más dinero más relaciones, a más relaciones más éxito, da igual que se trate de prostitutas.

¿Y las mujeres? Hablamos de machos alfa por cuanto la compulsión sexual, la euforia y el afán de dominación son comportamientos asociados a lo masculino, sin embargo las brokers femeninas, claramente minoritarias, siguen el mismo patrón de comportamiento. Cabe recordar en este punto las palabras de Erich Fromm, cuando hablaba de que nuestra sociedad tendía a la identidad de hombres y mujeres y no tanto a la igualdad; lo narrado en esta película parece darle la razón.

Una arenga dirigida a sus empleados, en un momento clave de la película, en el que se encargan de la Oferta Pública de Valores (OPV) de una compañía seria, el fabricante de calzado Steve Madden Ltd, nos muestra la perversa relación que establecen entre el dinero, el éxito y el dominio, incluido el sexual. La justificación del dominio incluye la criminalización del fracasado, culpable de sus desgracias por ser un pusilánime o por tener reparos morales. Esta es la transcripción del monólogo:

Quiero dedicar un momento a explicar porque Steve está... porque parece un puto zumbado. Es porque este hombre, es un genio creativo, su habilidad, el don que tiene Steve va más allá de las tendencias actuales del calzado, el poder de Steve es que él crea tendencia ¿lo entendéis? Los artistas como Steve aparecen una vez cada década y me refiero a Giorgio Armani, Gianni Versace, Coco Chanel, Yves Saint Laurent. Steve ven aquí un momento. No creo que os deis cuenta de que Steve Madden es el hombre que más triunfa en la industria del calzado femenino con gigantescos pedidos en todos los grandes almacenes de norteamérica ahora mismo. Y está aquí en nuestra oficina. Deberíamos dar gracias por tener a este hombre aquí. Deberíamos ponernos de rodillas ahora mismo dispuestos a hacerle una mamada. Eh, así ¿vale?, quiero chupártela Steve. Todos te la chuparán. Es nuestro billete dorado a la puta fábrica de chocolate. Y quiero conocer al puto Willy Wonka ¿vale? Quiero estar con los putos Umpa Lumpas así. Umpa, lumpa, umpaniiiiu. Ahora sal del puto estrado, lárgate. Está bien, quiero que os concentréis un segundo ¿Veis esas cajitas negras? Se llaman teléfonos y voy a contaros un secreto sobre ellos, no se marcarán solos ¿vale? Sin vosotros, son trozos de plástico inútiles, como un M-16 sin un marine entrenado para apretar el gatillo, y en el caso del teléfono, depende de cada uno de vosotros, mis entrenados estratonitas, mis asesinos, mis asesinos que no aceptan un no por respuesta, mis putos guerreros, que no colgarán el teléfono hasta que su cliente compre o mueeeraaaaaa (ovación, gritos de sí, sí, sí, se golpea el micro contra la cabeza, enseña los dientes). Os diré una cosa, no hay nobleza en la pobreza, he sido un hombre rico y he sido un hombre pobre y prefiero ser rico todas las veces (aplausos, gritos, síííií). Porque siendo rico, cuando tengo que enfrentarme a mis problemas voy sentado en una limusina, llevo un traje de 2.000 dólares, y un reloj de 40.000 putos dólares (lo lanza al auditorio) ¡Venga chicos, luchad por él! Y si alguien de aquí cree que eso es “superficial” o “materialista” que busque trabajo en un puto MacDonalds porque ese, joder, es su sitio. Pero antes de abandonar esta sala llena de vencedores, quiero que miréis bien a la persona que tenéis a vuestro lado, porque en un futuro no muy lejano os parareis en un semáforo en vuestro viejo coche desvencijado, y esa persona aparecerá justo a vuestro lado, en su flamante Porsche, sentado junto a una preciosa mujer y sus voluptuosas tetas ¿y a quién tendréis vosotros al lado? A una asquerosa vaca con barba de tres días que lleva un vestido barato apretujada en un coche cargado de productos en oferta del puto super ¡eso es lo que tendréis sentado al lado! Así que escuchadme y escuchadme bien ¿tenéis la tarjeta en números rojos? Bien, descolgad el teléfono y marcad ¿Están a punto de desahuciaros? Bien ¡descolgad el teléfono y marcad! ¿vuestras novias os consideran unos pringaos de mierda? ¡Bien, descolgad el teléfono y marcad! ¡Quiero que solucionéis vuestros problemas, haciéndoos ricos! (gritos, aplausos, sííííí) Lo único que tenéis que hacer es coger el teléfono y repetir las palabras que os he enseñado, y os haré más ricos que el director general más poderoso de los Estados Unidos de América (gritos, síííí, ¡eso es, joder!) Quiero que salgáis ahí fuera, y quiero que les metáis a vuestros clientes las acciones de Steve Madden por la boca, hasta que se atraganten ¡Hasta que se atraganten y compren al menos cien mil acciones! Eso es lo que quiero (gritos, júbilo, sííííí) ¡Sed feroces! ¡Sed despiadados! ¡Sed unos putos terroristas telefónicos! (más gritos) ¡Ahora vamos a batear esta puta bola fuera del campo! ¡Venga! (comienzan a llamar).

En realidad el 85% de las acciones eran ya propiedad de Jordan Beltfort y de su socio Donnie, algo ilegal, y que les reporta ganancias de 22 millones de dólares en tres horas, pero que también provoca que comiencen a ser perseguidos por la justicia.

La vida se convierte en un desfase permanente, lleno de situaciones surrealistas que se nos van contando con gran sentido del humor. El día comienza colocándose, para poder ponerse en marcha, y termina relajándose con una sustancia de efecto contrario. Entre el momento inicial y final será normal arengar, emocionarse, gritar, mantener relaciones sexuales en cualquier lugar, incluso en la oficina, pelearse, desesperarse, etc. La oficina se convierte en un manicomio, un festival de codicia, cocaína, testosterona y fluidos corporales. Esta rutina fractura las relaciones con aquellos que no practican los mismos hábitos, y la vida personal al margen del trabajo se convierte en un desastre. Cada mañana Jordan debe dedicar los primeros momentos del día a intentar hacer las paces con su mujer, generalmente con éxito limitado. Los conflictos, enfados y gritos se convierten en la tónica habitual.

A pesar de ello, el poder adictivo del dinero es más fuerte que las molestias y desórdenes que pueda ocasionar un estilo de vida tan extremo. Ni siquiera cuando a Jordan se le ofrece archivar la investigación policial que se ha abierto contra él a cambio de que cese su actividad en su empresa como agente de valores este cederá. En un principio su asesor legal y su padre logran convencerle para que abandone, ya tiene más dinero del que puede gastar en toda su vida ¿por qué seguir? El argumento racional es irrefutable y Jordan acepta retirarse, pero durante el discurso de despedida ante sus empleados alcanza un estado de euforia que finalmente le hace cambiar de idea, trasladándose la euforia a todo el auditorio. Es curioso que durante esta arenga retoma las consideraciones morales, recordando los problemas que tenían sus empleados, a punto de ser desahuciados siendo responsables de un hijo, y como enderezaron su vida gracias a la oportunidad que él les dio de trabajar en el mercado de valores. Curioso por cuanto ahora esas personas visten de Armani y conducen un Mercedes, pero ese bienestar se ha alcanzado a costa de los ahorros de otras personas, algunas de las cuales pueden estar en ese momento a punto de ser desahuciadas.

El síndrome de abstinencia triunfa sobre la voluntad de nuestro protagonista y contra todo criterio razonable continúa ejerciendo en el mercado de valores, lo que terminará por costarle su segundo matrimonio, la relación con sus hijos y una pena de prisión. A pesar de todo ello, Jordan se lo toma con filosofía: “sigue siendo rico en un mundo en el que todo se puede comprar”, piensa. Curioso pensamiento cuando le ha llevado a prisión un agente del FBI al que él precisamente intento comprar. Quizás habría que coincidir con Jordan Belfort que casi todo se puede comprar, pero lamentablemente para él lo que queda fuera del conjunto de lo comprable son quizás las cosas más importantes: valores y dignidad de otras personas, por ejemplo, que le terminan llevando a la cárcel.

En resumen, el dinero proporciona una sensación de dominio a la que uno se acostumbra de forma inmediata, convirtiéndose rápidamente en adicto. Nunca es suficiente. En palabras del protagonista:

Pero de todas las drogas que existen bajo el cielo azul hay una que es de verdad mi favorita. Si tienes una buena cantidad de esto te vuelves invencible, capaz de conquistar el mundo y de destripar a tus enemigos. Y no me estoy refiriendo a esto (acaba de esnifar cocaína), me refiero a esto (muestra un billete de cien dólares). El dinero no solo te compra una vida mejor, mejor comida, mejores coches, mejores coñitos, también te convierte en mejor persona, puedes donarlo generosamente a la iglesia o al partido político que quieras, incluso hasta puedes salvar al puto búho moteado.

Pero como toda droga puede destrozar tu vida, al convertirse en el vector que guía todas tus decisiones y tu comportamiento, y así ocurre con Jordan Belfort, aunque él mismo no lo reconozca ni siquiera tras pasar una temporada entre rejas y perder el contacto diario con sus hijos.

Si el dinero es una droga, la pregunta inmediata que surge es ¿qué consecuencias tiene esto desde el punto de la teoría económica? Esta pregunta requiere una reflexión tranquila y prolongada que todavía no he realizado por completo, invito a los lectores a que realicen sus aportaciones, por mi parte dejaré una breve pincelada.

Si el dinero es una droga no hay límite a la cantidad que se puede acumular, independientemente de la utilidad que uno pueda obtener de gastarlo en algún bien o servicio. Además, como toda droga, cuanto más consumes más adicto te vuelves, aunque la droga consuma tu vida (en el sentido de alejarte de cualquier otra fin para la misma, y por tanto del bienvivir). Así, aunque parezca paradójico, y totalmente contrario a la teoría económica estandar, una persona que ha acumulado un millón de dólares sentirá una avidez mucho mayor por el siguiente millón que la que siente una que ha acumulado cien mil por los siguientes cien mil. Y si en vez de un millón se trata de diez, cien, mil, diez mil, cien mil millones, la avidez será mayor, cuanto más acumules mayor compulsión por acumular. De ello se deducen conclusiones respecto a la política, e incluso respecto al sistema monetario como las que hemos defendido en estas páginas en numerosas ocasiones: el canal financiero debe ser minorizado como forma de crear y distribuir el dinero frente al canal real. Para ello el estado, y no los bancos, debe crear el dinero e introducirlo en la economía mediante el canal del tesoro público, es decir, gastándolo para financiar actividad económica que produzca bienes y servicios reales, de los que se beneficie la ciudadanía.


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Epílogo: En este artículo he comentado las reflexiones que me produce el largometraje El lobo de Wall Street sin valorarlo desde el punto de vista artístico. Me he percatado de una circunstancia que es digna de atención desde el punto de vista sociológico, la película suele gustar a los hombres y desagradar a las mujeres. Al menos dentro de mi limitada experiencia así ha sido. Puede que el ideal de dominación y lucha que subyace a las actitudes de los personajes desagrade a las mujeres. La compulsión por el sexo o las drogas puede provocar sensaciones desagradables, pero la película permite reflexionar y tomar conciencia sobre realidades que posiblemente todos hemos experimentado, en cierto grado: el egocentrismo absoluto e infantil, el ansia de dominio y la creencia absurda, y de nuevo infantil, en la posibilidad de alcanzar la omnipotencia. El tema es muy interesante, se narra según el estilo claramente reconocible de Martin Scorsese, un narrador que coincide con el protagonista y que muestra sus pensamientos al espectador, y el enfoque cómico de las situaciones. Es el estilo de otras grandes películas como Goodfellas (Uno de los nuestros). Que el narrador, como en las novelas, pero no usualmente en el cine, transmita directamente sus pensamientos al espectador me parece muy adecuado para esta película, sin ese elemento se perdería gran parte de la sustancia y la película sería peor. Otro elemento significativo es la ausencia de un juicio moral sobre las actitudes de los protagonistas, lo cual viene condicionado por la narración en primera persona, el narrador no termina arrepintiéndose de su actitud, muy al contrario, en todo caso se siente triste por el paraíso perdido, actitud que es más clara en Goodfellas, pero que aquí también se encuentra presente. Posiblemente yo habría introducido mi sentido moral de forma más clara en la película, y quizás así habría mutilado su valor artístico. No lo sé. No soy un gran cinéfilo, y por tanto mi juicio no es de gran relevancia, pero debo decir que la película me ha impresionado de forma muy favorable, y la considero la mejor, hasta la fecha, del siglo XXI. Juzguen por ustedes mismos.

domingo, 18 de septiembre de 2016

¿Debemos ser felices?

Quizá suene paradójico pero, de un modo inconsciente, en nuestra cultura comercial hemos interiorizado la necesidad de conseguir un tipo de felicidad muy concreto como un deber existencial. Y si no nos cuestionamos el tipo de felicidad en el que creemos, no podremos saber si existe otra forma de concebirla más satisfactoria.

Desde hace más de una década "la psicología positiva se viene presentando a sí misma como una nueva rama o un nuevo enfoque de la psicología que pretende proporcionar respaldo científico a la concepción optimista de la vida, y pretende también ofrecernos técnicas para que seamos felices". En el siguiente audio de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, del que hago un resumen (cuadro azul), se pone en cuestión la naturaleza y el propósito de esta disciplina.


La idea de felicidad, tal y como la concebimos hoy día, es originaria de la modernidad o incluso más reciente, es propia del capitalismo de consumo de las últimas décadas. Está íntimamente relacionada con la evolución del protestantismo y de la metafísica norteamericana, y con la ideología del darwinismo social. Responde a la necesidad política estadounidense de homogeneizar las actitudes, valores y aspiraciones de su población, aunque luego se globaliza. Encaja perfectamente en la propuesta sobre la naturaleza humana propia del neoliberalismo, (que es mucho más que una teoría política de las prácticas económicas), con su ontología individualista, según la cual cada uno es enteramente responsable de lo que le ocurre.

La propuesta histórica de la psicología positiva tiende a ocultar el profundo carácter ético y normativo de la felicidad. Al tomarla como objeto de estudio científico vela su origen político y moral, y en la práctica ha hecho de esta noción el valor moral principal para ordenar la vida de las personas, y para justificar determinadas intervenciones políticas. El lenguaje de la felicidad define los límites de lo que es y no es deseable dentro de nuestras sociedades. "La felicidad se ha convertido en un imperativo moral sin parecer ni moral ni imperativo."

La financiación de esta psicología suele proceder de instituciones que están muy marcadas desde un punto de vista empresarial, ideológico o político. Y cada vez más investigaciones ponen en duda la validez científica de estos estudios sobre la felicidad, tanto desde el punto de vista teórico como desde el metodológico. De todo ello se desprende que la psicología positiva viene a legitimar una ideología sin aportar realmente nada nuevo a la ciencia.

Con la psicología comercial se nos pide buscar una felicidad que dependa sólo de nuestra actitud y no del entorno, que no necesite cuestionar nuestro modelo socio-económico sino que, más bien, sea útil a este. Como se explicaba en el libro Sonríe o muere, es dudoso que pueda llamarse felicidad a esto, y más bien puede ser una forma de crueldad. Pero supongamos que es posible sentirse feliz a pesar de las circunstancias gracias a estas técnicas de la psicología positiva, como si fuera una droga sin sustancia. Esto implica dejar la felicidad al margen de nuestra conciencia (en los dos sentidos de este término), es decir, al margen de la comprensión de la realidad y de cuál es nuestro efecto en ella.

¿Es esto lo más saludable? ¿Acaso no ha de jugar la conciencia del mundo algún papel en nuestra búsqueda de cierta plenitud vital? No podemos esperar que el mundo responda a nuestras ensoñaciones (o seríamos eternamente desgraciados) pero sí podemos elegir cuál va a ser nuestra relación con la realidad, nuestra influencia en ella. Y lo que uno sabe de sí mismo y de cómo es su relación con el entorno inevitablemente deja un rastro emocional que contribuye a una mayor o menor satisfacción con la propia vida (en función de los valores en los que se crea).

Al hablar de plenitud quizá merezca la pena considerar otra práctica que está poniéndose muy de moda, el mindfulness, (traducible como atención o consciencia plena). Sus métodos parecen contravenir los valores predominantes en nuestra sociedad, este ansia productiva que nos recompensa por el sacrificio que supone con la fascinación dependiente de un consumo incesante.



Los artistas han buscado a menudo una vivencia parecida
 La pintura china clásica, por ejemplo, es el resultado del sentimiento 
experimentado por el pintor que, 
tras la contemplación del paisaje,
 lo plasma en la pintura.
El mindfulness se trata de una manera sencilla de relacionarnos con nuestra propia
experiencia de forma que reducimos el sufrimiento y aumentamos el bienestar. Consiste en saber regular nuestra atención y ampliar la conciencia de nuestra vida en el presente, logrando que cada momento que estamos vivos cuente y que podamos apreciar en su totalidad. Pero no quedándonos simplemente en una técnica como la meditación, sino más bien aplicándolo como un modo de ser, como un modo de estar ante la vida. Sería lo opuesto a vivir con el piloto automático, funcionando como autómatas.

Una vez que eres capaz de identificar tus emociones y tus pensamientos como eventos mentales, empiezas a distanciarte de ellos; tienes una nueva perspectiva. En lugar de dejarte arrastrar por ellos podemos contemplar la corriente de su paso, y nos permite, mediante esa observación, aprender de ellos, y por lo tanto, ser mucho más efectivos en las respuestas que damos ante los desafíos de la vida diaria.

Para todo ello se ponen en práctica una serie de actitudes básicas:
  • No juzgar aquello que estamos observando, (nuestros eventos mentales), convirtiéndonos en testigos imparciales de nuestra experiencia.
  • La paciencia de quien no busca un objetivo ulterior al momento presente.
  • La mente del principiante, que percibe como por primera vez.
  • La confianza en nuestra intuición, escuchando lo que nos dicen el cuerpo y la mente.
“Los pensamientos no conforman la identidad… Uno no es sus pensamientos…. Somos aquello que hace posible que todos estos eventos sucedan... Con el mindfulness llegamos a entrar en contacto con una parte de nosotros mismos con la que no estábamos en contacto.”

Pero hasta aquí el mindfulness nos habla sólo de un modo de estar, de una solución personal sin incidencia en el entorno o que incluso se basa en esa falta de intervención. O si nos lo planteamos como una capacitación, estamos ante una mera técnica: puede ser aprovechada en cualquier sentido en función de los valores en los que creamos. Uno puede encontrarse en mejor estado de ánimo o ser "mucho más efectivo" para servir a fines diametralmente opuestos a los principios inspiradores de esta técnica. No en vano se está poniendo de moda en el ámbito empresarial como una ayuda para mejorar el desempeño laboral. Incluso cabe pensar que esa desidentificación y ese no juzgar pueden ser funcionales al desarraigo necesario para el capitalismo de mercado.

Si basáramos nuestra búsqueda de felicidad sólo en esto, podría ocurrir, como en el caso de la psicología positiva, que contribuyera a paralizar la resistencia contra el modelo de sociedad que crea precisamente la ansiedad y la inconsciencia. Esa clase de felicidad puede convertirse en una lucha inacabable contra fuerzas que continuamente la socavan. Y como en el caso extremo de las adicciones, prescindir del principio de realidad puede ser una bomba de relojería o un abandono al azar. Desde un punto de vista evolutivo, las reacciones de aversión ante una amenaza o de malestar ante un entorno insalubre han sido cruciales para la supervivencia. Y negarlas o forzarlas siempre será un peligro. En la crisis económica que estalló en 2007, por ejemplo, el pensamiento positivo jugó un papel negativo (como también se cuenta en Sonríe o muere). De hecho es posible hablar de un budismo en sintonía con el capitalismo. Así, el retiro personal podría resultar igualmente muy conservador. No estará incidiendo en el origen del malestar: una sociedad organizada en torno al aumento constante de las capacidades productivas aun a costa de la salud, la equidad, la convivencia, la verdadera democracia y el medio ambiente.

Visto así, la felicidad o el mero sentirse bien buscados por sí mismos parecen estados emocionales peligrosos que podrían impedir una respuesta adecuada ante las amenazas. Entonces, ¿debemos renunciar al intento de ser felices? De nuevo vemos cómo la toma de conciencia juega un papel importante en el intento de vivir mejor, aun cuando sin ella podríamos aliviar la infelicidad. Y esta toma de conciencia abre un nuevo campo de opciones a tener en cuenta en la búsqueda de una felicidad realista. En otras palabras esta búsqueda está íntimamente relacionada con la ética.

Como se desprende de lo que hemos visto sobre psicología positiva, la noción de felicidad tiene una dimensión social. La heredamos a través de la educación, de la información y de la propaganda. Pero además todos influimos en esa percepción común sobre el contenido de la felicidad. Aunque nos nieguen la credibilidad, salvo a los profesionales o expertos, la verdad es que todos los seres humanos somos agentes culturales. Por tanto el propósito de ser felices siempre estará incompleto si no se integra en una reflexión ética acerca de los fines sociales a los que contribuyen nuestra actividad (o inactividad) y nuestras capacidades. Para cambiar el origen social del malestar, (y no sólo aprender a sobrellevarlo en la medida en que cada cual pueda), es necesario que nuestra respuesta se enmarque en una visión más amplia y comprensiva, que se plasme en una acción política y cultural, y que parta de un cuestionamiento existencial.

La pregunta inicial sería ¿debemos transformar la realidad, el entorno en el que vivimos, o es mejor una aceptación que evite los daños causables y las frustraciones propias del conflicto entre esta y nuestras expectativas? Ya hemos visto los peligros del retiro, pero ¿acaso no es precisamente la acción lo que está angustiando a las personas y sobre-explotando la biosfera? ¿Cómo desenredar este lío? ¿No habremos convertido la acción por sí misma en una forma de retiro de la conciencia?

La clásica disyuntiva entre las diversas formas de retiro espiritual o meditativo y la acción transformadora apela necesariamente a respuestas que no puede darnos la ciencia aunque intente aparentarlo. Pero la opción por la que apostamos siempre tiene lugar, bien mediante la reflexión o bien por medio de hábitos mentales, aun cuando no siempre seamos conscientes de ello.

Quizá esto último se aprecie mejor al observar el vínculo entre nuestras convicciones metafísicas y nuestras opciones políticas. Desde la política se ordena el mundo de acuerdo a las creencias mayoritarias, como la fe en un paraíso celestial que haga palidecer cualquier maravilla del mundo real -caso de las teocracias-, o bajo la modernidad, como la fe en unas soluciones técnicas futuras otorgadas por el crecimiento económico, tan indemostrables como cualquier "más allá"; una fe que también nos permite menospreciar el presente. Y dentro de ese orden político, resultan baldíos los cambios de comportamiento individuales que traten de superar los daños provocados por el mismo, porque a ese orden se le da una importancia superior a estos daños, una importancia metafísica, (una importancia ontológica y teleológica): hoy en día consideramos que existimos en la medida en que crecemos económicamente; tanto individuos como naciones miden su relevancia en términos económicos y se proyectan en esa ambición. Y esa ensoñación es la que recaba el apoyo político.

La disidencia resulta impotente cuando atañe a conductas que las instituciones actuales pueden asimilar, cuando no cuestiona estas instituciones y su sentido, cuando no cambia las creencias, (cuando no hay pensamiento), cuando no pone en cuestión la metafísica que inspira la política actual en sus diversas variantes. Hay que desentrañar "lo sagrado" de la cosmovisión científicista, la parte irracional o voluntarista que pasa por científica, y exponerla claramente para que todos veamos que ese meollo tan básico se puede y se debe cuestionar.

Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado
                                
                                                                                 Rafael Sánchez Ferslosio

En general la modernidad, adoradora de la ciencia, no cree estar dominada por una fe irracional, y no se cuestiona esto. (De hecho desprecia los diversos cultos religiosos e incluso el pensamiento metafísico por considerar que todo ello está desconectado de la realidad que podemos conocer y manipular, aunque sin duda esas tradiciones hayan sido menos destructivas que la apuesta por una racionalidad a la que le cuesta mucho reconocer sus limitaciones). Pero esta confianza en el futuro que nos debe proporcionar el aumento de las capacidades productivas es en realidad tan irracional como cualquier religión. La persistencia en esta apuesta a pesar de las consecuencias sociales, ambientales y personales derivadas de la misma son buena muestra de ello.

La experiencia de un crecimiento económico que nos ha otorgado capacidades sorprendentes no es prueba de que vaya a seguir haciéndolo y en el preciso sentido que necesitamos. Eso sólo se apoya en la confianza, es decir, en la fe. A lo que hay que añadir que continuamente se minusvaloran los daños derivados de esta actividad o los científicamente probados límites de la misma. El exceso de transformación propio de esta actividad tomada como valor supremo nos está llevando a un abandono del principio de realidad como cualquier otro abandono a un valor trascendente (basado en la confianza o en la fe más que en la observación).

Es obvio que el problema no está ni en la ciencia ni en la tecnología sino precisamente en su mistificación, haciendo pasar por ciencia (psicológica o económica) lo que no es sino política y metafísica. Que los descubrimientos venideros tengan un sentido favorable para la humanidad no es algo que esté garantizado. La energía de fisión nuclear, por ejemplo, pudo suponer nuestro fin (y aún no hemos dejado atrás ese peligro). La propia disposición de energía, como cualquier capacidad, puede ser tanto un problema como una ayuda en función de cómo se gestione, (incluso cuando hablamos de métodos más limpios como las renovables o la esperada energía de fusión nuclear). Si la eficiencia para una máxima producción a corto plazo sigue prevaleciendo sobre la resiliencia, sobre la sostenibilidad, o sobre el buenvivir presente de todos, cualquier mejora técnica será una mejora de las capacidades para la destrucción. Por tanto, el efecto futuro de los descubrimientos venideros dependerá de si conseguimos reapropiarnos colectivamente de la política, de la filosofía y de la narrativa de nuestro tiempo, o si por el contrario, continuamos actuando como resignados programas.

Escenas de Tron y Tron: Legacy en las que el programador Flynn habla en distintas épocas 
con varios programas inmerso en el mundo de estos.

Y es que, como decíamos en otro artículo glosando a Schumacher, “(...) las ideas surgidas en el siglo XIX, que pretendían romper con la metafísica, son una metafísica destructiva, «los errores no están en la ciencia, sino en la filosofía que se nos propone en nombre de la ciencia».

Según el economista ecológico Herman E. Daly, "la visión neoclásica [vale decir, el enfoque dominante en economía] es aquella en que el hombre, el creador, sobrepasa todos los límites y rehace la Creación para que se adapte a sus preferencias subjetivas e individualistas.”

Tomado de Autoconstrucción, Jorge Riechamann, 2015

Así, respondiendo a la pregunta planteada, hoy día se da la paradoja de que necesitamos ser activos para cambiar un modelo social que resulta destructivo por su exceso de actividad. La diferencia entre una y otra forma de actividad está en que el exceso responde una actividad económica enajenada y lo que necesitamos es actividad política autónoma, una actividad que recupere la conciencia, (unificando las dos acepciones de este término).

Planteado el reto, (una orientación hacia la actividad autónoma, al margen del afán productivo), la pregunta inicial podría formularse de otra manera. ¿Cómo ser felices sin abandonar el principio de realidad? ¿Cómo ser felices sin buscar la paz en la renuncia a mejorar este mundo? ¿O cómo mejorar nuestro porvenir sin renunciar a la felicidad en el presente, lo único que en verdad tenemos? En resumen, ¿cómo congeniar la aceptación con la transformación?

La propia actividad autónoma puede volverse una fuente de frustraciones, conflictos o desmoralización si a la vez no hallamos un modo de hacer las cosas que sea por sí mismo satisfactorio. La cultura occidental de la transformación y de la acción tiene su reflejo en dos mitos, uno es la mencionada transformación económica por sí misma, y el otro es la revolución política [1] [2]. Ambas se basan en sendos supuestos metafísicos (aunque no se perciban como tales). El primero es esa fe en unos descubrimientos y capacidades aún inexistentes que ya hemos tratado. El segundo tiene carácter mesiánico: la fe en la implantación súbita de un sistema político nunca probado en la práctica. Y ambas comparten un planteamiento sacrificial que ignora la vivencia.

Por contra, se consiga lo que se consiga, una actividad que se pueda sostener en el tiempo porque a la vez nos permite disfrutar de ella, será más generalizable y tendrá un mayor efecto que una acción espectacular pero incierta. Es decir, el cambio y la transformación de la realidad que ahora necesitamos no pasa por la economía, ni por diseños políticos cerrados ni por el retiro sino, en todo caso, por el el pensamiento autónomo y por la democracia.

En este sentido, para esta reflexión es obligado recordar a Aldous Huxley, quien ya nos advertía de la posibilidad de alcanzar un mundo cerrado de sujetos controlados desde el poder en el que, sin embargo, nos sintiéramos felices. Una vez más, como en otras distopías, o como en La vida es sueño, esto se basaría en la limitación de nuestra conciencia, en la denegación de acceso a la toma de decisiones constituyentes de nuestra sociedad -¡y en adelante, de nuestra propia biología!- en cada momento histórico. Como decíamos en nuestra modesta utopía,

“Si pretendemos una sociedad formada por ciudadanos maduros y autónomos, estos deben ser plenamente conscientes de lo que vamos construyendo entre todos, sin que se diluya su autoridad sobre ello ni su sentido de la responsabilidad.”

Anulada esa parte esencial de lo que somos, anulada la capacidad ética para evaluar lo que nos rodea y para decidir nuestro apoyo o nuestro rechazo a las normas sociales, no es posible decir que estamos viviendo plenamente, que estamos ejercitando nuestras potencialidades como seres humanos, que eso que sentimos es plenitud vital.



                 En El filo de la navaja Larry Darrell busca su propio camino ¿intelectual?, ¿espiritual? 
Al margen de sus conclusiones, al menos comprende la metafísica nihilista 
que le ofrece su mundo y es capaz de cuestionarla.          

Volviendo al mindfulness, este se inspira en tradiciones orientales que iban más allá de meras prácticas relajantes o satisfactorias por sí mismas. Tratar de extraer la parte técnica (como cuando utilizamos el yoga para hacer estiramientos), desprendiéndonos de la cáscara metafísica, no obrará el milagro de traer las virtudes de esas tradiciones a una modernidad no cuestionada. Ese intento de uso técnico de la experimentación milenaria con nuestro cuerpo y con nuestra mente no representa un sabio punto medio, como tampoco lo sería una difícil conversión a antiguas creencias o el mencionado retiro de toda acción. Una mejor aproximación a este punto medio pasaría por replantearnos el contenido metafísico de nuestra civilización, esta inadvertida tecnolatría crecentista, y convertir esos principios tradicionales favorables al buenvivir, como cierta conformidad material que permita centrarse en mejorar la vivencia, también compartidos por algunos pensadores de nuestra propia tradición cultural, en principios políticos que inspirasen la organización social, (y no sólo la conducta).

Si cambiara esa "significación imaginaria" mayoritaria, podría cambiar el orden político que contiene y encauza lo demás. No sólo podríamos erradicar la fuente de nuestra ansiedad -esa presión social, esas expectativas individuales, este miedo inducido- sino que podríamos resolver los grandes males de nuestro tiempo. Libres del imperativo dogmático de crecer cuanto se pueda, podríamos pasar de la competencia excluyente a una cooperación inclusiva, de la desmesura a la suficiencia y de la dominación a la autonomía.

Por tanto, el sabio punto medio entre el retiro de los deseos en favor del bienestar y el aprecio de nuestras capacidades para transformar el entorno, ese punto que traería realismo y responsabilidad tanto a lo uno como a lo otro, pasa por cuestionar la metafísica oculta en toda cultura, también en la moderna o en la postmoderna, para reapropiarnos de los fines de nuestra actividad, pero también pasa por aspirar al buenvivir en los modos, en las formas, en la vivencia a través de la cual intentamos enaltecer la vida terrenal. Más que un punto medio se trataría de adoptar lo mejor de cada mundo abandonando además las distintas formas de alienación.

El reto ya no puede ser sólo disfrutar al margen de la capacitación práctica ni puede ser sólo entregarnos a un progreso vacío y destructivo. Ahora el reto es una armonía entre los medios y los fines. Estos últimos, a falta de un más allá irrefutable, trascendente o futuro, volverían a ser cuestionables, decididos por cada persona y puestos en común democráticamente. Y la acción tendría que permitir el disfrute en el modo de ser ejecutada, (como en todos los rituales). Porque los medios delatan el fin. El reto es buscar cierta elevación precisamente en el encuentro con la realidad y con los demás, (no en el retiro). El reto es fortalecerse, capacitarse o mejorarse sin prescindir de la noción de virtud.

Estos principios permitirían una felicidad no enajenada (no centrada en la producción y el consumo); o del otro lado, permitirían una transformación no irresponsable, no entregada. Cada cual puede intentar centrarse en la faceta de la acción política y cultural que más conecte con sus inclinaciones, talentos o preocupaciones. Y en esa armonía entre el gozo y lo que uno sabe de sí mismo y de su engarce con la realidad, el tiempo nunca se habrá perdido ni habrá sido robado.


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