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martes, 7 de julio de 2015

Capitalismo de Guerra


El título del libro “El imperio del algodón”de Sven Beckert, historiador y profesor en la Universidad de Harvard, podría ser perfectamente el de una novela de éxito de una historia romántica ambientada a mediados del siglo XIX en el Sur de los EEUU; como tantos otros que, fácilmente, nos vienen a la memoria. No es el caso, se trata de un ensayo histórico sobre los fundamentos y la construcción del sistema capitalista que está ligado de forma inextricable con el algodón.



Aún siendo un ensayo histórico plagado de datos y nombres, el libro mantiene una linea discursiva muy fácil de seguir por su claridad. Es sin duda, un libro que nos ayudará a comprender mucho mejor de donde viene y sobre qué pilares se apoya nuestra actual sociedad industrial. Para los economistas es una lección de humildad, porque la historia y su estudio resultan imprescindibles para comprender y explicar esa especie de teoría del todo en que algunos han querido convertir la materia económica, lo que acostumbramos a llamar imperialismo económico. Asimismo, es fácil ver porque la mayoría de economistas han convertido su disciplina en a-histórica y a-temporal, pues los relatos en los que se basan sus modelos y su coherencia interna sufren o se derrumban ante la evidencia histórica.

Muchos de los acontecimientos históricos remotos nos evocaran analogías con los dilemas a los que nos enfrentamos o nos explicarán por qué esos dilemas se nos presentan. Mi impresión personal es que determinadas pulsiones del sistema, aunque pueden ser moderadas mediante contrapesos, tienden a aflorar a la menor oportunidad. Lo que se ha venido en denominar, a propósito de la actual globalización, como “race to the bottom”, una constante en la histórica del capitalismo y forma parte necesaria de él.


El imperio del algodón es muchas cosas, pero sobre todo, una historia de sufrimiento, de coerción y, en muchas ocasiones, de violencia descarnada. También, lo es del ingenio y la ambición de los hombres que lo forjaron. Pero es ante todo, el relato de la ascensión de una forma de ordenar las relaciones sociales que ha sido hegemónica en algunos lugares del mundo durante más de 200 años. Lo relevante es que la construcción de esa hegemonía tiene mucho que ver con el imperio del algodón.

Esta entrada se limitará a presentar los orígenes de ese imperio mediante lo que el auto denomina capitalismo de guerra pero antes hay que responder a la siguiente pregunta:

¿Por qué el algodón?

Cabe plantearse por qué el algodón y no otras mercancías como: el azúcar, cacao, lana o el lino. Para entender le protagonismo del algodón, es importante conocer que, como materia prima para la manofactura textil, no tenía paragón hasta la aparición de las fibras sintéticas. La fibra de algodón es mucho más fácil de trabajar y tejer y, sobre todo, es mucho más fácil de tintar, con lo que conseguimos una variedad extraordinaria de productos. Podemos caer en el eurocentrismo y pensar en la industria del algodón como algo exclusivamente relacionado con Europa y el nacimiento del capitalismo. Sería un craso error. La industria del algodón era la primera industria manufacturera del mundo 900 años antes del inicio de lo que se ha denominado como revolución industrial, pero que cabría denominar como nacimiento del sistema capitalista, al menos en el sentido que actualmente otorgamos al vocablo.


Para entender la importancia del algodón y su flexibilidad, Sven Beckert nos dice que para obtener la misma cantidad de fibra, si utilizáramos la lana como se hacía en Europa hasta el siglo XIX, para obtener un volumen equivalente necesitaríamos 7.000 millones de ovejas que requerirían unos 16 millones de kilómetros cuadrados para pastar o, lo que es lo mismo, casi la superficie de la República Rusa.

Hay que precisar que, aunque la producción fabril se encuentra asociada al algodón, sin negar su importancia, no es mucho menos el único elemento. El nacimiento del imperio del algodón con su centro en Inglaterra, es anterior a las fábricas satánicas (Satanic mills), que son un derivado de la expansión de ese imperio y, expresión de la doble necesidad de obtener una mano de obra barata y de privar a esa mano de obra de cualquier medio de sustento más allá de la venta de su fuerza de trabajo, impidiendo el auto-consumo, especialmente importante en el textil y, en definitiva, convirtiéndolos en consumidores y creando el esencial mercado de trabajo que requiere total dependencia del capital. Se trata de un proceso de transformación e integración mucho más complejo que, como nos dice el autor, nos daría una visión incompleta si sólo miráramos alguno de sus muchos aspectos.

Advertir, que aunque en la memoria colectiva otras industrias como la siderurgia, los ferrocarriles, etc... parecen tener más protagonismo, en la denominada Revolución Industrial; lo cierto, es que el proceso comienza en el campo, ya que la sociedad europea era una sociedad esencialmente agraria y es donde encontramos la masa de lo que se irá conformando como el gran ejército de trabajadores necesario para crear esa industria que, finalmente, llegará a ser fabril; pero, que no comenzará como tal. Además, será en el campo, tanto en Europa como fuera de ella, donde se producirán las mayores transformaciones de las relaciones sociales.

Hasta el siglo XVIII, Europa estaba al margen de esa manufactura que dominaba gran parte del resto de mundo; por ello, resulta básico entender cómo desde la marginalidad pudo convertirse en el centro de un imperio global. En esa época, esencialmente la India y también China, dominaban la producción de algodón y su transformación. Además, es importante destacar que poseían la tecnología para conseguir productos y calidades que los europeos ni soñaban. Una parte trascendental de la construcción del imperio, fue apropiarse de esa tecnología y, al mismo tiempo, destruir la base industrial de esos países, para convertirlos en productores de materia primera por una parte y, consumidores de productos terminados por otra.

El imperio del algodón está en la raíz misma de la llamada “gran divergencia”, en la que se produce un crecimiento económico acelerado en Europa que deja atrás a gran parte del resto del mundo. Para esa gran divergencia se señalan muchas razones como: la existencia de instituciones fiables, el imperio de la ley, etc... Nada más lejos de la verdad como señala Sven Beckert:

La primera nación industrial, Gran Bretaña, era apenas un estado liberal, pequeño con instituciones fiables e imparciales como a menudo se le describe. En su lugar, era una nación imperial caracterizada por unos enormes gastos militares, en casi continuo estado de guerra, una poderosa e intervencionista burocracia, altos impuestos, deuda gubernamental disparada y aranceles proteccionistas—y ciertamente no era democrático.”

Esto tiene un mal encaje con los discursos neoliberales que crean una realidad paralela donde los hechos encajan con sus supuestos de partida, para ello deben ignorar deliberadamente la historia y crear unas fábulas que estén acordes con esos hechos. Por eso, sistemáticamente, suelen argumentar que hay que mirar al futuro o que los que intentan indagar los hechos históricos son unos rencorosos que pretenden enfrentar a las personas. Desde el punto de vista de la economía, el óptimo de Pareto es la máxima expresión de esa postura puramente ideológica disfrazada de positivismo.

Lo que está en el origen mismo de la construcción del sistema capitalista es la coerción, rápidamente convertida en violencia cuando sea menester. Y para el imperio del algodón, que requería la construcción de los mercados de factores, tierra y trabajo, se requirió mucha violencia. Es fácil de entender la profunda incomodidad de los neoliberales hacia estos hechos y su disposición a obviarlos como irrelevantes.


El Capitalismo de Guerra

El capitalismo de guerra (war capitalism) precede la industrialización y pone las bases sobre las que se asentará la misma. Algunos lo denominan pre-capitalismo o mercantilismo, pero el uso de la violencia es tan preponderante que la denominación de capitalismo de guerra es acertada. Tanto el esclavismo como las expropiaciones masivas de derechos de uso sobre la tierra son predominantes en este período, además de la apropiación de territorios por la fuerza a cuyos habitantes se les niega todo derecho. Especialmente, esto se produce en América y África cuyos recursos y tecnología refuerzan a los estados europeos para crear las condiciones necesarias para el posterior crecimiento económico. El precio que pagan los demás por ese crecimiento es un sufrimiento indecible.


Dura desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XIX en algunos lugares y, sirve para configurar esos mercados necesarios para que el capitalismo florezca.

Vemos que desde la fase inicial el protagonismo de los estados para ejercer la violencia o tolerarla o apoyarla resulta completamente decisiva. La inextricable unión entre capitalismo y estado es, sin duda, lo que más rechazo provoca en los liberales primero y, los neoliberales posteriormente, que tratan de zafarse de ese “pecado original” mediante estratagemas que les permitan crear fábulas o mundos donde los hombres tienen una propensión natural al intercambio entre iguales y, donde el único papel del estado es la protección de esos intercambios de derechos de propiedad. Sólo la propaganda permite mantener vivas tales patrañas.

Es cierto, que eso, sufrirá una evolución hacia el capitalismo industrial, pero la coerción siempre estará presente, como nos recuerda David Graeber. El imperio de la ley, respaldado por el estado, ha sido un estadio posterior; pero el inicio, se basó en lo que Beckert denomina en acciones descontroladas de individuos privados que pondrán los cimientos del imperio del algodón donde los europeos ejercerán un férreo control de algo que hasta hacía poco les era completamente ajeno.

La industria del algodón partirá de los modos de producción tradicionales que irán evolucionando hacía la factoría, que nos conducirá, al capitalismo industrial y al predominio de los estados-nación.

El proceso de acumulación de capital, al que dio lugar el algodón, permitió el desarrollo de otras industrias principalmente, aunque no sólo, en Europa. Simultáneamente, supuso una oleada de desindustrialización en otros lugares, algo necesario para que se integraran en el imperio del algodón o bien, como meros productores o, también, como consumidores al perder su capacidad de transformar el algodón de la manera tradicional. Pero el rasgo esencial del mercado global fue la perdida de autonomía de ingentes cantidades de personas, que perdieron sus derechos sobre la tierra y, pasaron a depender exclusivamente de la venta de su fuerza de trabajo o, que sencillamente se convirtieron en una mercancía, literalmente capital humano, activos propiedad de otras personas.

Europa estaba muy alejada de los grandes centros de producción y transformación del algodón y, para la materia primera dependía de distantes regiones que no controlaba o lo hacia de forma precaria antes del siglo XIX o finales del XVIII.

Lo que es importante destacar, es que la primera gran transformación que conduce a Europa al centro del imperio del algodón, no fueron los avances tecnológicos u organizativos, sino la voluntad y la capacidad de proyectar el capital y el poder a través del mundo entero, lo que le permitió integrarse en las redes comerciales del algodón utilizando esencialmente la violencia.

Europa ya había intentado antes introducirse en esas redes mundiales del algodón, pero había fracasado, sin embargo, había tomado nota de esos fracasos y concluyó que era determinante el uso de la fuerza para introducir y extender sus intereses.

Los instrumentos financieros que se habían ido desarrollando a lo largo de los últimos tres siglos tuvieron, también, un protagonismo decisivo. Entre ellos, los seguros marítimos o sistemas para transferir capitales a grandes distancias.

La primera expansión de los comerciantes europeos a partir del siglo XVI fue mediante las armas, pero limitada a la costa en el caso de Asia, donde estaba el núcleo central de comercio del algodón. Sin el control del interior, donde se situaba la producción y gran parte de la transformación, su capacidad de influencia era muy limitada y, les resultaba imprescindible las alianzas con las élites locales, de las que dependían para satisfacer las demandas de sus clientes en Europa, pero también en África. No obstante, esa situación estaba lejos de sus anhelos y lucharon de forma incansable para penetrar y dominar el conjunto de la cadena de transformación.

Por otra parte, el proceso de expropiación de tierras, primero en Europa y luego a lo largo y ancho del mundo, supusieron un paso decisivo para conformar el imperio del algodón. Aquí también los instrumentos financieros a través de la deuda tuvieron un papel preponderante. Los préstamos usureros, cuando surgía una mala cosecha o el precio bajaba, servían para desalojar a los campesinos de las tierras y eliminar cualquier posibilidad de sustentarse más allá de vender su fuerza de trabajo. En otros casos, fue el mero pillaje o saqueo de las propiedades comunales y colectivas de otros pueblos y culturas, con sistemas de organización diferentes, lo que permitió la expansión y consolidación de un sistema mediante una acumulación de capital nunca vista.

El principal problema, algo que se convierte en central en el sistema capitalista, es que los productores que además tejían y elaboraban prendas para uso propio o mercados reducidos conservaban un cierto grado de autonomía en su trabajo. Para la construir el Imperio del Algodón será perentorio la pérdida de esa autonomía, para que de esta forma conformen la fuerza de trabajo asalariada base del capitalismo industrial y, también, se conviertan en consumidores, perdiendo su capacidad de auto-consumo.

Llama poderosamente la atención, la interrelación de los diferentes elementos en este imperio, ya que las prendas adquiridas en India esencialmente, de gran calidad, se convierten en moneda de cambio en África para la compra de esclavos, cuyo trabajo en América es uno de los principales pilares para el dominio por parte de Europa, esencialmente, Inglaterra, del mercado mundial. Como nos dice el autor, el capitalismo de guerra se configura por:

Esta expansión de las redes comerciales europeas en Asia, África y América fundamentalmente no descansa en ofrecer bienes superiores a buen precio, sino en el domino militar de los competidores y en la presencia coercitiva del comercio europeo en muchas regiones del mundo. Dependiendo del equilibrio de fuerzas en relación con el poder social en cada lugar en concreto, había variaciones en esta tesis central.”

Y destaca los motivos esenciales del capitalismo de guerra:

Una vez los europeos se implicaron en la producción, ligaron sus fortunas económicas a la esclavitud. Estos tres motivos—expansión imperial, expropiación y esclavitud—se convirtieron en esenciales para forjar un nuevo orden económico mundial y, finalmente, para la emergencia del capitalismo.”

En esta fase del capitalismo de guerra, el ejercicio del poder de los estados europeos en los territorios coloniales era débil y dejaba margen para la actuación privada. Estamos muy lejos del imperio de la ley, se trata de la expropiación de trabajo y tierra por medios violentos, la ley del más fuerte.

La necesidad de suministrar esclavos para establecer una sólida producción en América significaba la necesidad de aumentar las exportaciones de tejidos de la India con destino a África, cuyos gustos eran, por cierto, bastante más sofisticados que los europeos.

Convertir a América en un gran centro de producción de materia prima era vital para el proyecto europeo, ya que en ese continente su control de la tierra y el trabajo era muy superior a la del subcontinente Indio, donde las estructuras sociales existentes impedían o dificultaban que la gente renunciara a su autonomía.

Beckert afirma:

El capitalismo de guerra confía en la capacidad de los ricos y poderosos europeos en dividir el mundo entre “dentro” y “afuera”. “Dentro” abarca las leyes, instituciones y costumbres de la patria, donde los estados imponían el imperio de la ley. “Afuera”, por el contrario, estaba caracterizado por la dominación imperial, la expropiación de vastos territorios, la aniquilación de los pueblos indígenas, el robo de sus recursos, el esclavismo y, la dominación de amplias áreas de tierra por los capitalistas privados con muy poca supervisión efectiva de los distantes estados europeos. En estos territorios imperiales las reglas de “dentro” no se aplicaban.”

Un ejemplo señero es el subcontinente Indio donde el imperio Británico, lenta pero de manera implacable, no sin dificultades, se va adueñando de la cadena de producción, primero impidiendo a los artesanos vender a quien quisieran su trabajo, imponiendo el comprador y el precio a través de sistemas de vigilancia. Es importante señalar, que como siempre el capitalismo desde su más tierna infancia está ligado a una burocratización creciente, completamente imprescindible para imponer su modo de producción como ya hemos comentado en otra entrada.

Todo este proceso de construcción estuvo aderezado por rasgos que son constantes en el capitalismo. Para incentivar la industria propia se protegió contra las importaciones de las colonias, que a su vez, por falta de soberanía no podían responder. Pero como tenían la capacidad de colocar las exportaciones, esencialmente de la India, en otros lugares por su dominio de las redes comerciales, podían proteger su industria, reservándose el mercado nacional, a la vez, que acumular la riqueza suficiente para controlar esos mercados exteriores. Todo lo cual, requería la construcción de estados más poderosos, en continua situación de guerra, que necesitaban recursos crecientes. Progresivamente, esa industria nacional, ganaría capacidad de producción y, necesitaría también, acceder a los mercados internacionales para los que demandaría la ayuda del estado, destinada a favorecer sus productos en detrimento de las de otras partes del mundo. Especialmente relevante era el gigantesco mercado asiático, esencial para la industria textil inglesa.


Otra estrategia fundamental no fue sólo coartar toda competencia, sino transferir o, mejor sería decir, robar la tecnología y los procesos de producción de los países que llevaban siglos en la producción de tejidos de algodón. Los procesos de tintado de los tejidos especialmente.

La expansión imperial, la esclavitud y las expropiaciones—capitalismo de guerra—establecen las bases para la todavía pequeña y tecnológicamente atrasada industria doméstica del algodón en Europa. Proporciona mercados dinámicos y acceso a la tecnología y, a las materias primas esenciales. También deviene un motor importante de la formación de capital.”

Además, esta industria es un motor decisivo para el desarrollo de importantes sectores secundarios de la economía, como los seguros o el financiero, pero también, en la creación de instituciones que durante el siglo XIX serán los puntales del capitalismo industrial, en especial, los estados nación.

El estado-nación tendrá un papel decisivo tanto para la consolidación del sistema como para amparar el surgimiento de contrapesos dentro de los mismos que irán limitando las características esenciales del capitalismo de guerra.

Los resultados del capitalismo de guerra, Beckert nos lo describe de la siguiente forma:

“….Europa en el siglo XVIII disfrutaba básicamente de un nuevo lugar en las redes globales del algodón. La mayoría de la producción mundial de algodón estaba todavía sita en Asia y, vigorosas industrias algodoneras permanecían a lo largo y ancho de África y América, pero los europeos ahora dominaban decisivamente el comercio transoceáncio.”

El nuevo comercio global del algodón era sustancialmente diferente a todo lo anterior. No se trataba de la ventaja comparativa en el intercambio de bienes que continuaba siendo en aquella época algo relativamente marginal, sino organizar ese comercio milenario de una forma absolutamente distinta y cambiar las estructuras sociales a su conveniencia. Se cambió una estructura esencialmente horizontal y discontinua, con altos grados de autonomía, en un sistema integrado, centralizado, burocratizado y jerárquico.

El siguiente estadio, el capitalismo industrial, había visto su camino desbrozado de obstáculos para convertirse en el sistema hegemónico que continua siendo a día de hoy, después de sucesivas transformaciones, muchas de ellas curiosamente pendulares como la globalización que es la forma en que el capitalismo escapa de las limitaciones y contrapesos que el estado-nación le imponía y le estaba ahogando.

7 comentarios:

  1. Muy buena recomendación. De hecho, en el siglo XVIII había una empresa llamada VOC que tenía ejército privado ...

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  2. Estupendo post. Lo que cuenta este libro me ha recordado otro sobre el genocidio europeo en África (que condicionó su futuro, hasta hoy), en este caso a cuenta del caucho: "El fantasma del rey leopoldo", de Adam Hochschild. Es un relato pavoroso y revelador, muy recomendable, pero al que le falta audacia intelectual porque, a diferencia de esta reseña que nos has traído, no entra a criticar el sistema que había permitido todo el proceso, centrándose demasiado en la figura de un tirano plutócrata. De hecho uno de los héroes de esa historia fue un liberal escandalizado pero creo que intelectualmente ingenuo, y el elogioso prólogo es de otro propagandista liberal, Vargas Llosa. Aun así queda obscenamente claro, con realismo y precisión muy documentada, el mismo modelo "comercial" que describe Beckert. Desde que lo leí, Conrad me pareció un farsante limitado. No hay como la realidad tal cual. El verdadero "corazón de las tinieblas" lo llevaron allí los europeos.

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    1. Hola Ecora, también es importante la violencia "interna" aquella que permite crear los mercados libres en las metrópolis, especialmente el de trabajo, cuya construcción estuvo llena de violencia. Es cierto que a largo plazo la intervención de los estados-nación supuso el establecimiento de contrapesos que finalmente moderaron esa violencia, pero sin ella la gente se resistía a depender únicamente de su fuerza de trabajo a ser heterónomos. Es el caso de los luditas que perdían su capacidad de fabricar en su casa de forma relativamente independiente para tener que trabajar en condiciones inhumanas en los Satanic Mills. ¡Que gente tan opuesta al "progreso" no querían que los machacarán y querían conservar una cierta aunque mínima independencia!

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    2. Ecora ... atinadisimo lo que dices sobre Conrad y Vargas Llosa.

      Vargas Llosa no es ningun liberal ingenuo, es un cinico empedernido, como parece ser que es propio de los comunistas platonicos, que propugnan un gobierno de los filosofos y por ello mismo es tan facil su deslizamiento hacia la derecha por la vertiente elitista que comparten.
      Vargas Llosa es un terrateniente, propietario de un centenar de pisos de lujo.
      Vargas Llosa se juega su enorme patrimonio:
      http://www.elperiodico.com/es/noticias/gente/vargas-llosa-juega-enorme-patrimonio-4270290

      Aqui un poco de genocidio colonial aleman:
      http://blogs.elpais.com/africa-no-es-un-pais/2012/05/el-primer-genocidio-del-siglo-xx.html

      Aqui otro poco de genocidio colonial español:
      http://www.cuartopoder.es/laespumadeldia/2014/07/06/la-herencia-en-espana-de-la-gran-guerra-una-fabrica-secreta-de-armas-quimica/

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  3. Sencillamente es preciso comprender que el capitalismo es una metamorfosis del esclavismo, previo paso por el feudalismo, es una economia de guerra, o sea de razzia, expolio y esclavizacion.

    Guerra entre clases y guerra entre las clases dominantes de los distintos pueblos, que llevan a los pueblos a la guerra, lo que conduce a la guerra de todas las economias de guerra contra el medio natural, pues la razzia y el expolio impelen a tomar lo maximo lo mas rapidamente posible, antes de que el competidor te lo dispute y lo que no se pueda pillar se destruye para que no sea aprovechable por el competidor, pues le permitiria nutrirse y cobrar fuerza para superarte.

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  4. Hola, Jordi.
    De hecho el colonialismo siempre se sirvió de las esperanzas de occidentales desarraigados, descontentos o excluidos que anhelaban una nueva frontera para rehacer su vida. En el libro de Hochschild también se cuenta cómo se les engañaba en Europa con falsas expectativas.
    El colmo del cinismo sobre el progreso es que se nos diga que los actuales esclavos asiáticos o africanos deben pasar por lo mismo para llegar a nuestra situación. La realidad es más simple: el capitalismo empuja hacia la esclavitud en la medida en que se le permita y por tiempo indefinido, y sólo desde una política económica diseñada a tal fin es posible establecer alguna forma de contrapeso como lo fue en décadas anteriores. Al igual que el mercado es una burocracia establecida políticamente, la esclavitud acabó gracias a decisiones políticas, no al propio mercado que se vio recortado en ese "libre mercado de esclavos". Como se está viendo, en la medida en que el mercado se considere el sistema político hegemónico, la esclavitud se re-introduce en el mundo, allí y aquí.

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  5. Hola Dubitador.
    Ese creo que es el punto, el propio sistema implica la explotación social y ambiental, encuentra en esa explotación competitiva su "virtud" productivista y superadora del presente, se basa en ella, al margen de lo malvados que necesiten ser sus triunfadores concretos.
    Como se cuenta en uno de los artículos que has enlazado, el aviador Ignacio Hidalgo de Cisneros, "calificó de “crimen y canallada” aquellos bombardeos [contra los pueblos del Rif] en los que él mismo participó como aviador y jefe de escuadrilla. En su libro autobiográfico "Cambio de rumbo" confesó no haber sentido remordimiento. “Es increíble la naturalidad con la que pueden hacerse las mayores barbaridades cuando se tiene una cierta mentalidad”.

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