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miércoles, 17 de agosto de 2016

El Paraíso-que merece ser- recobrado


Ediciones El Salmón ha publicado recientemente un pequeño libro de Henry David Thoreau, escritor y personaje peculiar que se definía como inspector de lluvias y tormentas, haciendo gala de su ironía crítica con las ideas dominantes, las convenciones sociales y las formas de vida consideradas respetables por todo buen ciudadano que se precie.

Últimamente estamos asistiendo a la reedición de muchos de sus textos, en un interés hacia su figura y pensamiento que, según los editores arriba mencionados no va unido al cultivo de la rebeldía y la desobediencia que una lectura atenta de su obra debería inspirar.

El Paraíso-que merece- ser recobrado es una reseña , escrita a petición de su amigo Emerson, del libro de un ingeniero alemán John Adolphus Etzler, El Paraíso al alcance de todos los Hombres, sin Trabajo, mediante la Energía de la Naturaleza y la Máquina.

En la obra, el ingeniero nos presenta un cuadro idílico de una sociedad que gracias a múltiples avances tecnológicos, aprovechando entre otras cosas las energías de la naturaleza, como la solar, la eólica y demás, logra la abundancia, la felicidad y el bienestar de sus habitantes, viviendo la humanidad en maravillosas ciudades repletas de jardines, árboles frutales, bellos aromas, diversiones y placeres refinados sin fin, con una arquitectura y materiales dignos de cuento de hadas.



Llevado al extremo ,el libro de este alemán refleja el espíritu de una época que se mantuvo mucho tiempo y que aún no ha desaparecido del todo: el de las utopías tecnológicas, la fe en el Progreso infinito, en que las máquinas nos liberarían del trabajo, del esfuerzo, logrando alcanzar una vida placentera, de dicha y ocio.

Thoreau va criticando, con su humor ácido, su ironía, a veces, todo hay que decirlo, difícil de entender, las propuestas de aquella tecnoutopía, de esos reformadores que querían someter a la naturaleza, abrumarla, ponerla a sus pies, pensando en que así lograrían la dicha humana: mientras un reformador friega los cielos, otro barre la tierra, dice de ellos.

Descreído de ese concepto de progreso, de ese ideal de sociedad que exige tiempo, hombres y dinero, y que con participaciones en acciones irían creando por el ancho mundo comunidades que crearían esas megamáquinas y esa forma de vida tan luminosa, como defiende el alemán.

Henry David Thoreau intuye el fracaso de esas ideas. Incluso no deja de acercarse a la adivinación cuando nos habla en una parte de su breve texto, de forma humorística,  del futuro en que los hombres abandonarán la tierra para colonizar otros planetas.

Propuestas que curiosamente algunos científicos han lanzado, forma de reconocimiento implícito del fracaso de nuestra civilización.

Hoy vivimos de lleno la caída de esas concepciones tecnoutópicas: ni trabajamos menos horas, ni somos más libres y felices, habiendo desaparecido el paro y reinado el ocio. Todo lo contrario.

En Thoreau encontramos, más que a un mero ecologista, un defensor de la individualidad y su conciencia, de la libertad y el trabajo individual y libre, en contacto con la Naturaleza Salvaje.

Un resistente individual a los inicios de ese nuevo mundo sombría de máquinas e industrialización que empezaba a tomar forma en su época. Y, también, como expresa al final de la obra, un partidario de la reforma interior, y de la fuerza del amor. Mejor dicho, como dice, de la Energía del Amor, esa energía de la que tan poco uso hacemos.


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