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domingo, 21 de enero de 2018

La teoría económica como caballo de Troya: Génesis

Caballo de Troya. Canakkale, Turquía.

Joan Robinson solía decir que el motivo más importante por el que uno debería estudiar economía sería el de evitar los engaños de los economistas. Ofrecer un análisis que permita aclarar ideas respecto al presente, sobre todo a Europa y lo que concierne a España, es la finalidad aquí.


No con la ingenuidad de buscar o dar con soluciones, sino de comprender y discernir, evitando en la medida de lo posible perderse en el humo y engaños vertidos por estos nuevos predicadores que asolan, todos los economistas de todas las facciones.


Los economistas clásicos del siglo XIX atribuían toda fuente de valor únicamente al esfuerzo físico del hombre, esto los llevó a ir contra la clase terrateniente, la cual sin aportar valor a la producción recibía una renta. Especialmente uno de ellos, David Ricardo, llevó toda una cruzada contra los terratenientes, a los cuales veía como parásitos para la sociedad.

Conforme la etapa feudal fue dando paso a la burguesa, la teoría clásica originada para explicar una economía feudal iba quedando desubicada. Marx, quien había aprendido a través de Ricardo, recogió su planteamiento teórico y lo llevó a sus últimas y desagradables consecuencias, asoció los capitalistas a los antiguos terratenientes, de modo que continuó atacando toda renta que no proviniese del trabajo. Otros, por el contrario, viendo aceptable la renta de los capitalistas rechazaron la teoría del valor de los clásicos dando paso a un nuevo paradigma donde las rentas no merecían valoración moral[1] y eran justificadas[i], de modo que las cuestiones económicas simplemente pasaron a ser otras, los precios relativos.

Fue con la aparición de los capitalistas que la economía clásica se ramificó posicionándose sobre éstos, lo que originó un conflicto que perdura hoy día, donde escuelas irreconciliables son confrontadas entre sí y asociadas políticamente según los intereses de qué facción social defiendan.

Quizás sorprenda conocer que, no sería el afamado conflicto de clases lo que originaría la teoría económica, sino que sepultado bajo éste hubo otro, con el que ésta nació y cogió forma, siendo las ideas surgidas desprestigiadas y apartadas posteriormente. La historia de cómo se desenvolvió la teoría económica en él, desenterrar sus aportaciones y traerlas de vuelta al presente es mi intención aquí.




[1] Desde los marginalistas hasta hoy, la teoría económica hegemónica ha visto el reparto de la renta sin intervención del Estado como un modo justo de reparto donde ésta es asignada en proporción a lo que se aporta a la producción, de tal modo que quien mayor renta percibe debe ser necesariamente también quien más aporta a la producción. “El sueldo de un profesor de economía mide su contribución a la sociedad y el sueldo de un basurero también mide la contribución que éste hace. Desde luego, la doctrina resulta muy reconfortante para los profesores de economía…”, Joan Robinson.





Francisco I y yo estamos de acuerdo, ambos queremos Milán”, se dice, pronunció Carlos I.


Durante estos siglos en Europa se libran guerras por la hegemonía, generalmente contra el Imperio español en un intento de desplazarlo como hegemónico y el cual, movido por el ideal de imperio católico universal, “Universitas Christiana”, universalidad cristiana[1], intentará conservar el catolicismo en Europa[2], extenderlo por toda América[3] y mantener al islam lejos enfrentando al Imperio turco. A su vez en Europa se irá desarrollando una mayor centralización del poder político con la consecuente caída del poder nobiliario, desarrollándose el Estado nación y un escenario propicio al ascenso de la burguesía.

En el siglo XVI Thomas Gresham viajó a Sevilla esperando encontrar una ciudad inundada de la plata de las américas, para su sorpresa cuando llegó encontró tal escasez de plata que temió ocasionar una crisis bancaria con el simple retiro de 320 mil ducados. Conforme la plata llegaba a Castilla de las Américas ésta era enviada al exterior costeando las guerras del Imperio.

Mercenarios, suministro bélico, indumentaria o productos de lujo eran financiados desde Castilla y las Américas. El real de a ocho español, moneda de plata del Imperio, inundó los cinco continentes, siendo la moneda más preciada y de principal uso doméstico en muchos estados, fue vital para el comercio mundial, convirtiéndose en la primera divisa de reserva mundial.


Real de a ocho del Imperio español.
Las columnas de Hércules sirvieron de modelo para el símbolo del dólar.


                  
La búsqueda continua de financiación llevó al Imperio español a contraer deudas y a envilecer de manera paulatina al vellón, moneda de Castilla de plata y cobre que llegaría a ser emitida en 1602 únicamente de cobre. Además, ofrecía un interés[4] al cambio de moneda de plata por cobre, pues la plata era requerida para efectuar pagos al exterior y al ejército, de modo que el cobre acabó sustituyendo a la plata para el comercio interior de Castilla. También, su principal exportación, la lana, era importada de nuevo en paños, ayudando al desarrollo de la industria exterior frente a la propia.

Importación de manufacturas extranjeras y exportación de materias primas con el consecuente deterioro de la industria nacional, cuyos productos eran sustituidos por los extranjeros[5], impagos de deuda y salida del oro y la plata colmando a Castilla de cobre con el consecuente aumento de precios que esto suponía[6].

En este tipo de circunstancias surgiría una línea de pensamiento conocida como arbitrismo[7][ii], la primera escuela de pensamiento económico[iii], cuyo origen se debió a la preocupación por la sustentabilidad del Imperio.
                                            
Avisos, remedios y orden para que no salgan dineros de estos reinos de España antes de otros vengan a ellos y para que bajen las cosas de los excesivos precios en que al presente están…[8]
Obra de Luís Ortiz, contador de Hacienda de Felipe II, es escrita en 1558 a raíz de la quiebra del nuevo monarca y en plena crisis financiera, su intención resulta clara y directa desde el título.

Y así el no haber dinero, oro ni plata, en España, es por haberlo, y el no ser rica es por serlo; haciendo dos contradictorias verdaderas en nuestra España, y en un mismo sujeto, según diversas formalidades que hay en el cuerpo de toda la república”.
Escribe en 1600 González de Cellorigo en su obra “Memorial de la política necesaria y útil restauración a la república de España y estados de ella y del desempeño universal de estos reinos”.


Sevilla. Siglo XVI.


Fernández Navarrete, capellán y secretario real, basándose en un informe de 1619 encargado por Felipe III al consejo de Castilla, explicaría la situación:
“Francia, Italia y Países Bajos, que sin tener de su cosecha oro ni plata, están riquísimas por medios de los frutos industriales; de suerte que apenas hay reinos de los conocidos y descubiertos adonde no llegue el comercio de las mercadurías obradas en dichos países...
…siendo estos reinos de España los más fértiles de Europa, y teniendo el dominio de todo el oro y plata de las Indias, están infamados de estériles, por faltar gente que labre, cultive y beneficie los frutos naturales de ellos, dándoles el valor industrial, que es el que enriquece las provincias.[9]

Obras semejantes son escritas durante los siglos XVI al XVIII, en ellas es denunciada la abundancia de productos extranjeros, la penumbra de la industria Castellana y la mala valoración hacia el trabajo industrial, el cual era visto con desprecio por ser mecánico[10]. A su vez se propone una balanza comercial favorable, limitar las importaciones y desarrollar la industria y agricultura nacionales, evitar la salida del oro y la plata, así como realizar una advertencia de que la posesión de metales preciosos no sea confundida como verdadera riqueza.

Esencialmente se trata de un conjunto de ideas que emergen motivadas para hacer frente a los problemas que asola principalmente Castilla, primordial para la financiación del Imperio[11], los cuales eran vistos como una amenaza a la hegemonía que mantenía el Imperio español[12]. En el resto de Europa, contrapartida de las importaciones del Imperio español, es percibido el efecto conjunto de entrada de metales preciosos y desarrollo industrial, de manera que ambos fenómenos son relacionados y empiezan a perseguirse como política económica.

De modo que mientras los arbitristas promueven cambiar la posición comercial desfavorable para no dar salida a la plata y el oro, otros intentaran mantener la suya favorable con objetivo de aumentar sus riquezas, “vender más anualmente a los extranjeros en valor de lo que consumimos de ellos[13], como predicará Thomas Mun, miembro de la Cámara de Comercio de Inglaterra.


Entramos así en la época mercantilista[14].



[1] Redundante, dada etimología de católico, universal. Se manifiesta así la idea imperial “hacia el todo”, debido al carácter proselitista del catolicismo.  

[2] El comienzo de la reforma protestante amenazaba la hegemonía del catolicismo en Europa y el proyecto de hacer una unidad europea bajo el mismo, “mucho erré en no matar a Lutero”, lamentaría en Yuste el emperador.

[3] “Plus Ultra”, más allá, que llevarían las columnas de hércules del escudo, una vez tomada toda la península no se pone horizonte y se avanza fagocitando todo bajo el catolicismo, se llega al norte de África y, gracias al mapa de Toscanelli, se buscará como vía de expansión imperial el oeste, descubriendo América a su paso.

[4] Denominado premio, éste oscilaba según la necesidad de plata que demandase la corona, en ocasiones sobrepasó el 200%.

[5] “El Oro de las Indias nos tiene pobres. No es esto lo peor; sino que enriquece a nuestros enemigos.” Benito Jerónimo Feijoo. Teatro crítico universal, tomo IV, 1730.

[6] “Creedme que los españoles son vuestros indios y aun más desatentos, pues que con sus flotas os traen a vuestras casas la plata ya acendrada y ya acuñada, quedándose ellos con el vellón cuando más trasquilados”.  Baltasar Gracián. “El Criticón”, 1657.

[7] De arbitrio, medida hacendística de Castilla, principalmente impuestos municipales, que mantenían la ventaja para el monarca de no necesitar ser aprobada por las Cortes.

[8] “Avisos, remedios y orden para que no salgan dineros de estos reinos de España antes de otros vengan a ellos y para que bajen las cosas de los excesivos precios en que al presente están y allanar el mar Mediterráneo y para desempeñar a su Majestad”.

[9] “Conservación de monarquías y discursos políticos sobre la gran consulta que el consejo hizo al señor rey don Felipe tercero” 1626.

[10] El trabajo manual, perteneciente a las artes mecánicas o vulgares, era denostado frente al trabajo intelectual de las artes liberales, propio de la nobleza e hidalguía. 
 
[11] “En Navarra y Aragón no hay quien tribute un real; Cataluña y Portugal son de la misma opinión, solo Castilla y León y el noble pueblo andaluz llevan a cuestas la cruz”. Quevedo.

[12] “Los Españoles, por su omisión, han perdido la industria... con esto se han hecho más poderosa guerra que con ejércitos... y hecho poderosos a todas las Naciones...”. Discurso de Martínez de Mata: “La vida en la república consiste, en que cada uno gaste lo que en ella ha adquirido, y su muerte es lo contrario”.

[13] “La riqueza de Inglaterra por el comercio exterior”, 1664, Thomas Mun.

[14] Arbitristas y mercantilistas tratarían de ser consejeros del rey, y si bien el mercantilismo es posterior, no zanja con éste ni ha de ser visto como un desarrollo superior del mismo, sino que mantiene la misma visión económica y el mismo fin.






[i] La función de producción neoclásica “Y = A (K, L)” (siendo K el capital y L el trabajo, resultando A en la tecnología, la distinta combinación de capital y trabajo) resulta equivalente a la función de distribución “Y = R + W = (K*r) + (L*w) (siendo R el beneficio total, W el salario total y r y w sus respectivas remuneraciones por unidad), lo cual implica que producción y distribución no son independientes. Al realizar derivadas parciales respecto a L en “A (K, L) = K*r + L*w” obtenemos la productividad marginal del trabajo y del capital para la función de producción y r y w, sus rentas, en la función de distribución, de modo que capital y trabajo reciben una remuneración equivalente al valor de su productividad marginal, lo que aportan a la producción (PmgL = wPmgK = r).

Así, algo vetusto como la parábola de los talentos (Evangelio de Mateo) queda expresada de un modo formal a través de las matemáticas. Sin embargo, esto no son más que “humbug”, patrañas, como expondría satíricamente Anwar Shaikh (Laws of Production and Laws of Algebra: The Humbug Production Function).



[ii]El descubrimiento del nuevo continente y su riqueza dará lugar a una ruptura con la concepción anterior del mundo. “Non sufficit orbis”, “el mundo nunca es suficiente”, lema de Felipe II que vendrá a sustituir al del padre. Reflejando con ello cómo la tecnología está haciendo efectiva la globalización del comercio (de globo, cuyo radio es finito, dado el descubrimiento de la esferidad), “primus circumdedisti me”, “fuiste el primero que la vuelta me diste".

Si “el económico” de Jenofonte hacía mención a la “oikonomía”, del “oikos”, hogar, de la Grecia clásica, propio de la sociedad en la que él vivió, el descubrimiento del Nuevo Mundo y sus riquezas aumentará el comercio, ello emparejado a las continuas guerras que se liberan en Europa y los problemas hacendísticos que éstas ocasionan motivarán una ruptura con la temática de los tratados políticos anteriores. El comercio, la industria, la moneda o el tributo, serán cuestión central de debate, siendo estas categorías económicas los pilares sobre los que la nueva literatura se asiente y desarrolle, originándose por primera vez una extensa literatura que buscará la “eucrasia”, el buen gobierno, por medios hacendísticos, industriales, comerciales, etc...

Fue, y es, la finalidad de buscar un cambio en la sociedad, con la cual no se está de acuerdo, lo que impulsa los manifiestos económicos, de ahí el ingente carácter mesiánico que presentan (más preocupados por cambiar la realidad que por explicarla), que lleva a un ineludible conflicto entre los mismos y a una relación estrecha de apoyo mutuo con el poder, el cual los instrumentará cuando persiga justificar ciertas acciones.

De mí digo que, aunque aborrezco todo este género de los que llaman arbitrios y deseo servir a Su Majestad no de arbitrista, sino de antídoto y defensor del Reino contra el veneno lisonjero y engañoso de los arbitristas…”
Pedro de Valencia. Carta a Fray Diego de Mardones, confesor de Felipe III. 17 octubre de 1606.



[iii] Generalmente se suele presentar a Adam Smith con su obra “La riqueza de las naciones” como fundador de la economía, no existiendo ésta como disciplina antes de él, en otras ocasiones, de forma más precavida y dada la imposibilidad de ignorar corrientes anteriores a él, éste es presentado de forma mítica como quien hizo a la economía una disciplina seria y científica, siendo las obras antes de él pre-científicas.

Sin embargo, el hecho de otorgar a Smith tal posición se debe a una interpretación de la historia del pensamiento whig, donde toda aportación teórica que no se haya mantenido hasta el presente es prescindible y por tanto su autor desechado por erróneo. Así pues, el hecho de mantener vigencia la obra de A. Smith imposibilita que éste sea excomulgado de la historia del pensamiento económico.

Mucho más razonable sería, inclusive para una visión whig, no desechar o ignorar a ciertos autores en base a la actualidad de sus aportaciones, dado que incluso suponiendo éstas erradas, ayudarían a comprender la aparición de la teoría económica “verdadera”, pues no olvidemos que obras como la de A. Smith o los marginalistas y austriacos (los cuales integran hoy la economía ortodoxa), fueron escritas siempre con motivo de enfrentamiento, contra los mercantilistas el primero, y contra marxistas e historicistas los segundos.

Un segundo motivo, que hace aún más sensato lo anterior, es la consideración del contexto histórico en el que se desarrolla cada teoría económica, así, por ejemplo; la teoría económica mercantilista, proteccionista, y la clásica, librecambista, no deberían pasar a ser vistas como dos teorías contrapuestas entre sí, enfrentadas y donde sólo una, quizás ninguna, tenga fuerza explicativa, sino que ambas podrían resultar verídicas en un determinado momento histórico (o sociedad concreta).

Considerando contextos históricos dispares, las teorías económicas desarrolladas en estos habrían de ser necesariamente diferentes y no describirían pues, pese a su pretensión, una economía universal, atemporal, es decir, una economía pura, en tanto que se encuentra depurada de la historia.

Por estos mismos motivos, utilizo un parámetro inclusivo en lugar de uno excluyente: El desarrollo y empleo de conceptos económicos, no meramente para uso cotidiano (pues términos como “economía” pueden retrotraernos hasta la antigua Grecia, y aún más, otros como “deuda” serían anteriores a la escritura), sino para la elaboración de teorías explicativas, las cuales giran en torno a éstos y que no serían factibles de elaborarse sin los mismos.

Ante este criterio se ha de considerar a los arbitristas españoles como los primeros teóricos económicos (al menos en tanto consideremos hablar de economía política, de la polis, alejada de la economía de los griegos, doméstica), quienes enfrentando temas y problemáticas comunes aportaron una serie de elaboraciones intrínsecas a categorías y conceptos económicos como serían las teorías sobre los precios, producción, empleo, riqueza, etc...











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