Según se desarrollan las
elecciones primarias en EEUU hemos podido observar como los medios
cambiaban el tono respecto a Donald Trump, un auténtico fenómeno
mediático que ha puesto patas arriba el proceso electoral en Estados
Unidos, al menos y por el momento en el partido republicano. Con el
avance del proceso, y los sucesivos éxitos del empresario
norteamericano, el que era un bufón histriónico ha pasado a ser el
hombre más peligroso del mundo, según
el semanario Der Spiegel. Para los neoliberales, Trump ha
superado al papa
Francisco en el ranking de hombre peligroso. Veamos cuáles son
sus ideas para entender por qué.
En primer lugar conviene
señalar que las declaraciones públicas de Trump son relevantes no
tanto porque él o su pensamiento sean importantes sino porque nos
muestra lo que sus votantes están dispuestos a apoyar. Una rápida
búsqueda por internet nos lleva a un artículo de la BBC 10
ideas polémicas en las que Donald Trump realmente cree, que
he utilizado como fuente de partida, y que iré completando con otras
fuentes que enlazaré en el momento de ser utilizadas.
Lo primero que llama la
atención, de forma muy negativa, es el escaso respeto de Trump por
los derechos humanos. El magnate se muestra partidario de utilizar
torturas como el ahogamiento simulado en la lucha antiterrorista. El
fin justifica los medios. En este sentido no va mucho más lejos de
lo que ya ha hecho Estados Unidos en Guantánamo y sobre el terreno.
Aun así no deja de ser un paso más reconocer públicamente y sin
paños calientes que las torturas no son responsabilidad de soldados
descontrolados o algunos mandos del ejército y los servicios
secretos, y que pueden ser santificadas por el sistema y sus máximos
responsables. La ira y el miedo venden votos.
Sin embargo, alejándose
de la política convencional norteamericana y en especial de la
ortodoxia de su partido, Trump se muestra poco agresivo en política
exterior. Afirma que el mundo estaría mejor con Gadafi y Hussein, y
declara admirar al presidente ruso Vladimir Putin ¿Estrategia de
distensión? Trump lo tiene claro, el presidente sirio Bashar al Ásad
es malo, pero
ello no implica que EEUU deba intervenir, según sus propias
palabras:
Los Estados Unidos deben 19 billones de dólares. Tenemos que poner en orden nuestra casa. No podemos ir a cualquier país con el que no estemos contentos y decir que vamos a recrearlo. No ha funcionado.
Pero las sorpresas no
acaban ahí, no sólo muestra admiración por el presidente del país
por el que la OTAN se resiste a disolverse, Vladimir Putin, una vez
las funciones para las que fue creada han dejado de tener sentido
tras el colapso de la URSS, sino que se muestra crítico con hasta
ahora grandes aliados de EEUU como Alemania, Japón y, sorpresa,
Arabia Saudí. De
los saudíes, los japoneses y los chinos dice que están
“estafando a América” También lo dice de los mexicanos, aunque
evidentemente las razones no son las mismas ¿Hay un nexo de unión
entre todas estas declaraciones críticas hacia potencias
extranjeras? Llamadme paranoico, pero la hay, el magnate se muestra
crítico con los principales países que presentan graves
desequilibrios comerciales favorables.
![]() |
| En la imagen se observan los superávits de China, Japón, Alemania y los exportadores de petróleo |
Hace años, en
un ensayo en mi blog personal en el que indagaba sobre los
vínculos entre la globalización y la crisis financiera global,
centrándome en las relaciones económicas entre EEUU y China, citaba un artículo en el que se descartaba una posible guerra
comercial entre ambos países.
Los estadounidenses están cada vez más preocupados por la creciente influencia económica de China. Con tasas de crecimiento constantemente por encima del nueve por ciento, lo acusan de robar empleos en Estados Unidos, de mantener el yuan infravalorado por vinculación al dólar, de exportar deflación mediante la venta de sus productos en el extranjero a precios desleales, de violar los derechos de sus trabajadores para mantener costos laborales bajos, y de no cumplir sus compromisos con la Organización Mundial del Comercio (OMC).China no está robando empleos en Estados Unidos o utilizando prácticas desleales de comercio para socavar nuestro poderío económico y exportar su camino hacia el poder global. De hecho, casi el 60 por ciento de las exportaciones chinas a los Estados Unidos son producidas por empresas de propiedad extranjera, muchas de ellas estadounidenses. Estas empresas han trasladado sus operaciones al extranjero en respuesta a las presiones competitivas hacía costos de producción más bajos, y así ofrecer mejores precios a los consumidores y una mayor rentabilidad para los accionistas. Importadores estadounidenses con posiciones dominantes en China, tales como Wal-Mart y Hallmark, tienen el poder de obligar a los proveedores chinos a mantener sus costos lo más bajos posibles. Tan solo Wal-Mart compró $ 18000 millones de dólares en productos chinos en 2004, convirtiéndose en el octavo mayor socio comercial de China - por delante de Australia, Canadá y Rusia.Entonces, ¿de quién es realmente "la culpa" de "la deflación exportada" de China y del aumento de sus exportaciones? Los importadores estadounidenses, los consumidores estadounidenses que compran productos chinos a precios muy bajos, y los accionistas estadounidenses que exigen resultados. Una guerra comercial sostenida con China dañaría a estos grupos más que a nadie.
Curiosamente, el 8 de
marzo Trump
conseguía una abultada victoria en Michigan, estado donde se
ubica “el cinturón del óxido”, un antiguo núcleo industrial
ahora en completa decadencia debido a la deslocalización en masa de
la industria. Allí se encuentran ciudades como Detroit o Flint,
famosas por su estado ruinoso, y la quiebra de sus finanzas públicas
(en Flint, las medidas de austeridad promovidas en el municipio por
el gobierno estatal han llevado al envenenamiento de la población
por consumo de agua contaminada).
Los habitantes de Detroit
y Flint no simpatizan con los intereses de los accionistas de las
corporaciones americanas que fabrican en China, ni se sienten
agradecidos por los bajos precios de los productos que pueden
adquirir en Wall-Mart como consumidores, por eso votan a Trump, que
promete imponer un arancel del 45% a los productos importados de
China. El empresario se desmarca de la narrativa sobre el libre
comercio que domina su partido y apuesta por el proteccionismo.
Estamos ante una política
que aprovecha el malestar de la población con las élites y con la
globalización, y como no, hace hincapié en otro aspecto destacado
de ella, los movimientos migratorios. Si bien la crisis de refugiados
en Europa y las concesiones decepcionantes hacia el autoritario
gobierno turco ponen de manifiesto que detrás de las sociedades que
dicen defender valores elevados de democracia y solidaridad lo único
que hay es una
narrativa para tranquilizar conciencias, Trump va más allá, él
no tiene porqué articular ningún falso discurso de solidaridad y
altruismo, así que habla sin tapujos de construir un muro que separe
México de Estados Unidos, de deportar a los 11 millones de
inmigrantes ilegales que se estima viven en EEUU, o de prohibir la
entrada de musulmanes en el país.
Otro punto destacable de
su discurso es su actitud hacia las políticas sociales, y aquí se
sitúa muy a la izquierda del partido republicano. Para Trump no es
aceptable que alguien muera sin seguro médico. Vale
la pena leer esta cita de Paul Krugman al respecto:
Lo que ha hecho Donald Trump es decirles a las bases que no tienen que aceptar el paquete completo. Promete conseguir que Estados Unidos vuelva a ser blanco —sin duda, todo el mundo sabe que ese es el verdadero eslogan, ¿verdad?— a la vez que promete proteger la Seguridad Social y Medicare, y alude (aunque no lo proponga claramente) a una subida de impuestos a los ricos. Los republicanos del sistema, indignados, farfullan que Trump no es un conservador de verdad, pero resulta que muchos de los votantes del partido tampoco lo son.
Por último, y aunque en
esto no se separa de la ortodoxia de su partido, Trump es
negacionista del cambio climático, quizás porque los perdedores de
la crisis y la globalización añoran un mundo de crecimiento
infinito, aunque
ello sea claramente falaz e indeseable.
Estas son las ideas de
Trump, y a estas alturas es posible que sientas un cierto regusto
agridulce. Es mi caso, tiene ideas nefastas, pero no puedo negar que
algunas me agradan. Entonces ¿por qué se dice que es el hombre más
peligroso del mundo? Trump es un outsider que critica los
fundamentos mismos del sistema, de todo lo que han construido los
tecnócratas que han tutelado nuestras democracias durante los
últimos cuarenta años, y a los que la crisis, y
su incapacidad para entenderla y resolverla, ha dejado fuera de
juego, aunque ellos todavía no lo admitan. Trump dispara contra la
globalización, la libertad de movimiento de mercancías, capitales y
personas, aunque esta última nunca haya sido real, sino más bien un
sentimiento difuso de solidaridad y un ideal que se alcanzaría en el
largo plazo, una vez el planeta se hubiese “modernizado” lo
suficiente.
Del auge de Trump podemos
extraer lecciones que deberíamos aprender, dado que de ellas depende
en gran medida el que será nuestro futuro en el medio plazo. Lo que
nos muestra su éxito es que desde la derecha está siendo muy fácil
adueñarse del sentimiento anti-globalización, un sentimiento que
vimos eclosionar entre la izquierda, en la llamada batalla
de Seattle, y que se expresó al principio de forma violenta
hasta la
muerte de Carlo Giuliani en Génova, dos años más tarde.
Posteriormente este movimiento ha seguido, aunque sin llegar a
permear al conjunto de la sociedad como lo hace el discurso de Trump.
La razón es obvia, el discurso de la confrontación es más sencillo
de articular que el discurso de la solidaridad. Es una cuestión de
valores, Trump puede saltárselos, los que rechazan la globalización
por la izquierda no, y uno de los valores de la izquierda es el
internacionalismo. Eso les coloca en una posición incómoda, ya que
si critican la globalización inmediatamente se ven forzados a
ofrecer una alternativa, para
no ser vistos como nacionalistas.
Quizás la respuesta la
tiene el otro outsider de estas elecciones primarias, Bernie
Sanders. Sanders apela también al proteccionismo, pero no renuncia a
los valores de izquierda. La clave está en defender el
proteccionismo mientras al mismo tiempo se defiende la solidaridad y
la cooperación entre estados. Una cooperación articulada por
instituciones distintas al mercado ¿Cuáles? Esa es la respuesta que
hay que construir, desde Europa Yanis Varoufakis es la cabeza visible
de un
movimiento que apuesta por la democracia como institución que
articule la cooperación, de forma muy genérica de momento, y ya
veremos si efectiva.
Sin embargo, debo
reconocer mi pesimismo al respecto, se ha avanzado muy poco en todo
este tiempo, y el éxito de Trump hace prever que será la derecha
(es posible que no el propio Trump, sino alguien posterior) quién
comenzará los grandes cambios, porque es evidente que el sistema
actual no se sostiene, como
hemos discutido ampliamente en este blog. La izquierda aparece
nuevamente presa de sus propias concepciones, y tenderá a la
irrelevancia como
ya ocurrió en una situación similar durante el periodo de
entreguerras en el siglo XX. Para que ello no ocurra, urge la
construcción de un movimiento antiglobalización desde la izquierda,
que sea pragmático y con capacidad de conectar con la ciudadanía.
Una última cuestión que
se deriva de mi razonamiento anterior es que nuestra crítica a Trump
debe ser matizada, criticando aquello que no nos gusta y alabando
aquello que nos parece positivo. Una crítica cerrada, frontal, nos
sitúa junto a der Spiegel, en el bando neoliberal, y hace que
nos asimilemos a ellos. Es la incómoda postura en la que está el
partido socialista francés, y que le condena a ser un partido de
tercera o cuarta en breve plazo. Es una postura que impide
desarrollar el discurso antiglobalización, y que por lo tanto nos
condena al desastre y nos hace cómplices de él.

