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lunes, 7 de agosto de 2017

¿Quién regulará la Renta Básica?


Fuente del dibujo  /  Fuente de la cita: [1]

La propuesta de instaurar una Renta Básica, una asignación monetaria incondicional para toda la población, ha recibido una atención inusual en lo que llevamos de año. Quizá la novedad más llamativa ha sido el eco que ha tenido en la reunión del Foro de Davos, y el apoyo que ha concitado entre algunos miembros de las élites políticas y económicas, conspicuos partidarios del neoliberalismo y de su globalización. Al parecer anticipan una descomposición social que podría poner en peligro la estabilidad del entramado que sustenta sus privilegios en caso de no adoptar medidas paliativas.

De cara a la galería hablan mucho de robotización, inteligencia artificial y eliminación de puestos de trabajo. El aporte de talento y esfuerzo va a estar cada vez menos remunerado en el mercado porque va a ser menos necesario incluso en trabajos intelectuales y creativos. De prolongarse esta tendencia quizá sólo el papel de inversor o empresario proporcionará la posibilidad de beneficiarse del sistema productivo (en una nueva vuelta de tuerca del llamado capitalismo popular al que se nos fuerza).

Cabe preguntarse qué ocurrirá cuando la inteligencia artificial supere la capacidad humana para el emprendimiento, cuando la computación sea capaz de conocer e incluso prever la demanda organizando la oferta de modo inmejorable. Ya no tendremos que cuestionarnos sólo el tipo de propiedad de los medios de producción o las formas admisibles de gestionarlos sino también la propiedad intelectual de esa inteligencia artificial. ¿Cuál será entonces el supuesto mérito inversor con el que justificarán su poder y sus beneficios los amos del mundo? ¿Qué nuevo constructo ideológico dará cobertura a la desigualdad?

Pero parece bastante claro que tienen otros motivos, que sólo reconocerán entre bambalinas, para temer una peligrosa desestabilización social. El carácter agotable de los recursos fósiles y minerales, y la certeza de que esto junto al cambio climático y otros desastres ecológicos provocará oleadas de exclusión y migraciones masivas, son cuestiones que no pueden ser ignoradas por personas que cuentan con buena información. ¿Cómo contener entonces la angustia generalizada y la indignación por la situación en la que nos habrán dejado tantos años de productivismo insostenible y desposesión?

El verdadero peligro para el futuro no está en que los avances tecnológicos traigan una vasta eliminación de puestos de trabajo, que quizá no se produzca, sino precisamente en la posibilidad de que esos avances sirvan para aumentar la producción con más eficacia y sin dejar de emplearnos para ello, (como parece celebrar el artículo recién enlazado, que asume explícitamente la aspiración a un crecimiento exponencial ininterrumpido). Y quizá también nos empleen con mayor eficacia explotadora dada la precarización que supone la gig economy, o las mayores posibilidades de controlarnos en el puesto de trabajo.

El modelo económico determina el sentido que adoptan los avances, y bajo el paradigma actual, el aumento de la productividad sólo es aprovechado por los propietarios, que compiten por incrementar sus beneficios. Así las cosas todo parece indicar que estos avances servirán para intensificar la explotación de la biosfera y de la humanidad, acelerando la tendencia hacia un colapso socio-ambiental generalizado. La Renta Básica podría aliviar el deterioro progresivo de las condiciones de vida en tanto llega ese colapso. Algo es algo. Pero bajo otro paradigma esta medida también podría tener un sentido preventivo encaminado a evitar, en la medida de lo posible, ese desastre.

En primer lugar, como mera medida paliativa, el ingreso garantizado no implicaría una impugnación del modelo actual, e incluso, como vemos, puede llegar a ser una concesión por parte de las élites para evitar que caiga su sistema de privilegios. No obstante debemos preguntarnos si acaso no merecieron la pena muchas otras concesiones, ahora en peligro, arrancadas a la codicia en el pasado (como la jornada laboral de ocho horas, el sistema de pensiones, los convenios colectivos, los sistemas de protección social o los servicios públicos -dejando al margen cómo deberían ser estos-). De hecho, desde la irrupción del capitalismo, esta ha sido la principal vía para obtener mejoras generalizadas: el temor a una insurrección (del tipo que sea, huelga, boicot, revolución, etc.) ha permitido arañar esas mejoras, a la espera de que fragüe una alternativa sistémica que podamos oponer desde la convicción mayoritaria.

Pero es el contexto general en el que se aplique esta medida el que determinará si tiene un efecto favorable para la sostenibilidad y para la emancipación humana, o si por el contrario, será aun más productivista, neoliberal y elitista (en el caso de que se optase por eliminar los servicios públicos a cambio, algo totalmente innecesario para implementar esta renta teniendo en cuenta la desorbitada desigualdad de nuestros días o bien la posibilidad de financiarla mediante un sistema de dinero soberano). La Renta Básica no determina el tipo de sociedad en el que vamos a vivir salvo en un aspecto esencial como es garantizar la inclusión social y una libertad limitada pero real y compartida por todos.

Sin embargo, en segundo lugar, esta mejora también implica algo muy significativo para el cambio de época al que nos enfrentamos. Una inclusión básica garantizada para todos es la condición de posibilidad para acceder a una sociedad en la que la conformidad material sea considerada una virtud y no un vicio. Esta otra forma de valorar las cosas abriría la puerta a una transición preventiva que sí podría suponer un verdadero cambio socio-económico siempre y cuando se acompasara con las políticas adecuadas.




Actualmente el miedo a la exclusión social y la veneración de la riqueza llevan a sobrevalorar los bienes materiales y el exceso de producción, fomentando así la acumulación preventiva, la ostentación y el repudio a las conductas “improductivas” según el criterio de los mercados. Toda nuestra vida ha de ordenarse en función de este canon económico convertido en un mandato. La posibilidad de una mayor sobre-producción no se ve como un peligro sino precisamente como el criterio de valor para juzgarlo todo. Sin un cambio de mentalidad que permita apostar por una sobriedad socializada y política, compartida y no excluyente, la sostenibilidad simplemente seguirá siendo un paradigma cada vez más alejado de la vida humana, y con ella, nuestro futuro.

Por lo general ponemos nuestras expectativas vitales en obtener, por medio del consumo, una volátil fascinación, la exaltación de las experiencias y la acumulación biográfica de las mismas como quien hace recuento de bienes. Incluso la cultura, cuando no es entendida como una acumulación de datos apta para un concurso, es vista como una adquisición de experiencias cool a las que se asiste en todo tipo de espectáculos seleccionados entre una oferta azarosa, sin buscar en los mismos un sentido que vaya más allá del final de la función. Esa fascinación pasajera que consumimos de formas variadas es el premio esperado por una vida de sacrificio. Pero el encanto siempre se desvanece como agua entre los dedos al poco de llegar, o como hojas consumidas en una hoguera sobre las cenizas de una insatisfacción profunda y recurrente (cada vez que la llama de la novedad se apaga). Y para renovar su obtención es necesario pasar largas jornadas laborales entregados a actividades a las que no se ve otro sentido que cobrar lo necesario para recuperar ese consumo obsolescente, (siempre y cuando el salario dé para algo más que para sobrevivir).

Sin embargo es posible proyectar nuestro futuro hacia otro tipo de aspiraciones más satisfactorias que también nos permiten disfrutar de la vida y, mejor aun, sentir amor por ella. En contra de lo que puede creerse a primera vista, el goce no es ajeno al cultivo de la voluntad y de las propias capacidades siempre y cuando a uno le parezca que la actividad que las motiva tiene sentido por sí misma, sin necesidad de remuneración. El empleo que nos roba las capacidades nubla esta asociación entre disfrute y esfuerzo al exigirnos una tarea que no requiere sentido, y en el tiempo que nos deja para nosotros, tendemos a perder de vista esta otra posibilidad y el horizonte que muestra en cada caso.

Frente a la búsqueda de un superficial hechizo consumible, cabe elegir un disfrute de la vida centrado en una autoconstrucción desmercantilizada (individual y colectiva), basado en cosas como apostar por el ejercicio autónomo de las potencialidades en actividades voluntarias a las que veamos sentido, o como desarrollar antifragilidad (psíquica,  física y comunitaria), aprender a aceptar y a apreciar la realidad cercana, cultivar una sociabilidad que fomente la cooperación, la empatía y las relaciones independientes de la mediación del dinero, buscar una auto-orientación cultural a partir de inquietudes propias en evolución, compartirla para mejorar esta vivencia y para extender la cultura libre, y entender la propia cultura como una manera de comprender el mundo, a los demás y a nosotros mismos, y como una forma de establecer un vínculo con todo ello.

La conformidad material se ha convertido en la muestra más elocuente de inconformismo en nuestros días, y lejos de suponer una merma de expectativas, sólo implica una reorientación de las mismas hacia fines más auténticos, (construidos por uno mismo), y más satisfactorios, (menos dependientes de aportes comerciales que dejan de llenarnos cada temporada).

Pero las expectativas están muy condicionadas socialmente. Todos buscamos ser valorados por los demás, por quienes nos rodean y por la sociedad en general. De modo que sólo cuando pasemos a valorarnos unos a otros y a nosotros mismos en función de verdaderos valores humanos, al margen de su rentabilidad o de la ostentación económica, entonces la vanidad o la ineludible necesidad de aceptación social dejarán de jugar un papel favorable al productivismo insostenible y alienante, a la desigualdad y al deterioro de la convivencia. Algo tan simple como nuestra opinión sobre el modo de vida de los demás forma parte de la política que cada cual promueve. Esta es una parte del problema. La otra está en las condiciones socio-económicas organizadas desde la política formal.


Para dejar de sobrevalorar la acumulación de bienes materiales y el exceso de producción es necesario disponer de una garantía de inclusión, haciendo de esta un prerrequisito de nuestro modelo económico en lugar de tratarla como un objetivo incierto y que, mientras tanto, “estimula” el esfuerzo productivo. La Renta Básica no es la única medida enfocada en este sentido y podría (y debería) combinarse con una garantía pública de empleo sostenible que aspirase a ocupar a todo aquel que además quisiera trabajar, y con un reparto del trabajo que nos permitiera ganar tiempo para la autonomía como el “bien” más preciado que podemos desear en nuestros días. Pero la Renta Básica es la única medida que puede asegurar con facilidad y sin exclusiones que ese derecho a la existencia sea realmente un derecho, llegando a todo el mundo en todo momento.

Es difícil concebir una propuesta con un mayor impacto favorable y directo para las personas desposeídas, precarizadas o excluidas. Si la izquierda no la apoya, (como parece ser el caso de parte de la izquierda española), una vez más quedará fuera de lugar, en una nube de confusión retrógrada, y probablemente el centro derecha la rebasará por la izquierda proponiendo esta medida y concitando con ello un mayor apoyo. Incluso aunque se tenga más simpatía por otras propuestas (no incompatibles) como el trabajo garantizado, sería un profundo error no apoyar cualquiera de las medidas que pueden sacar de la opresión económica a la parte de la población más perjudicada por el actual estado de cosas. No hay por qué cerrar la puerta a las diferentes oportunidades de avanzar que vayan surgiendo aunque cada cual centre su activismo en aquella en la que más se crea. La cuestión tiene su importancia porque, como hemos visto, el resultado será muy diferente en función de quién sea el que implemente la Renta Básica, en función de cuál sea el contexto político en el que se enmarque esta creciente demanda social.

Mientras la derecha liberal aprovecha cualquier ocasión que le permita avanzar hacia su horizonte elitista, la izquierda podría autoexcluirse del futuro si antepone los dogmas de la adoración productivista a la emancipación humana y a la sostenibilidad. No tiene sentido el temor a librarnos directamente de la pobreza, ese refuerzo negativo utilizado para que seamos sumisos a los patrones. Por el contrario, contar con una base material sólida facilitaría organizar el complejo reparto del trabajo, (incluido el reparto del trabajo doméstico, comunitario, para el autoconsumo y de cuidados no remunerado). El reparto del empleo y el reconocimiento económico del valor de la actividad autónoma serían avances necesarios no sólo para las personas más perjudicadas por este sistema sino para todos los niveles del escalafón laboral. Una vida más autónoma es el verdadero horizonte moral de una sociedad que puede proporcionar recursos básicos a todo el mundo aun forzando mucho menos los límites del planeta.

En tanto no llegue el colapso al que nos avoca el mundo moderno, (momento en el que el trabajo humano volverá a cobrar especial relevancia entre una nueva escasez de recursos naturales), es precisamente el trabajo productivo que mueve todas las máquinas del mundo actual el que está acelerando el desequilibrio ecológico que nos pone en peligro con su explotación de la biosfera. Si ponemos el valor de producir por delante del derecho a la subsistencia, si nos exigimos demostrar que somos productivos antes de concedernos el derecho a existir precisamente cuando la robotización hace que cada hora de trabajo sea cada vez más productiva, difícilmente podremos contener el mundo económico en una escala que pueda ser soportada por el medio natural tal y como lo necesitamos los seres humanos.


Fuente de la cita [2]



A continuación algunos artículos que recogen la evolución de la propuesta de Renta Básica a lo largo del mundo. Salvo en los dos primeros, se propone la RBU sin cuestionar el crecimiento económico, aunque en ocasiones se habla de posibilitar estilos de vida más sostenibles, de otras formas de trabajo y de ocio, o de valorar trabajos que no contabiliza el PIB y que no están agotando recursos. Sin embargo, como argumentamos al final de esta entrada, la libertad política que confiere la seguridad económica permitiría afrontar el debate sobre la sostenibilidad sin el chantaje de la exclusión social, y sobre todo, haría posible plantearnos en la práctica el problema ignorado de la dimensión de la economía.

“La implantación de la RBU podría revertir el rigor de la cadena de necesidad y servidumbre en que ha venido a dar nuestra sociedad de Trabajo y Consumo. (...) Es decir, sostenemos que una sociedad mejor no es la que produce más (“productivismo” o “crecentismo”) sino la que es más justa, ampara contra la sumisión y favorece las condiciones para la reducción del metabolismo industrial y el desaforado extractivismo actuales. (...) La frugalidad, sencillez de costumbres y minimización de la huella ecológica son loables ideales de vida que la RBU puede facilitar, al proteger a las personas de la servidumbre.”

“Una renta básica más sustancial que el dividendo resultante del impuesto del carbono será necesaria para asegurar la seguridad económica de todos los ciudadanos si estamos en una economía que no crece. Esta renta básica puede facilitar el reparto del trabajo. Eso significa más equidad y menos necesidad de bienes de posición (estatus). Esta medida encaja con las políticas de desempleo debido a la automatización.”


En este artículo se detallan los motivos principales por los que la Renta Básica “es motivo de una acelerada atención de medios de comunicación, partidos políticos, movimientos sociales y ciudadanía en general.”

“Hay que dejar atrás el ‘trabajismo’, el pensar que el empleo será la respuesta a la crisis. No importa cuántos puestos de trabajo se creen: los salarios no aumentarán. El pleno empleo es una respuesta del pasado a la crisis. Hace falta un nuevo sistema de redistribución de la riqueza que actúe sobre el capitalismo rentista."

“Proponemos reducir la jornada un 15% promedio con la proporcional reducción del salario (coste laboral) pero compensada ex-ante por una RBU de 622€ al mes por adulto…”

El programa, que empezará el próximo mes de setiembre y durará dos años, analizará sobre tres ciudades-laboratorio, Helsinki, Utrech y Barcelona, las políticas de ayudas para "mejorar la intervención".

"No podemos construir derechos humanos que solo quedan remitidos al presente y al pasado. Hay que abrir la mirada al futuro y en esa perspectiva, todos sabemos que la sustentabilidad de la democracia está en la distribución básica de recursos", opinó el Secretario de Derechos Humanos, Nelson Villarreal.

“en Italia, tal y como sucedería en países con niveles de protección parecidos como España, Portugal y Grecia, el impacto de la renta universal sería muy positivo debido a la escasez de las ayudas.”


“La RBU ya está sobre la mesa: el primer paso ya está dado y, si no imposible, será difícil volver atrás. Ahora toca evitar que anulen la parte más revolucionaria (o disruptiva, hablando como tecnosociólogos) de su núcleo: modificar, para mejor, las relaciones sociales y políticas de distribución, y empoderar con ello a la ciudadanía en su conjunto.

“El precariado avanza en todo el mundo y Trump o el Brexit son las señales más claras de que ese descontento de las clases medias (occidentales) puede desembocar en una ruptura con el orden económico establecido, algo que preocupa a las élites económicas.”

Artículo que reseña tres libros recientes que propugnan la Renta Básica desde posiciones conservadoras. “La renta básica universal es el tema estrella de los nuevos análisis, aunque cause mucha controversia. (...) La identificación de la persona con su trabajo cambiará, como ya lo hizo en la Revolución industrial. Pero además se valorarán más otros trabajos importantes hoy fuera del mercado.”

“Debemos tener una sociedad que mida el progreso no sólo por indicadores económicos como el PIB, sino por cuántos de nosotros tenemos un papel que consideramos significativo“, dijo Zuckerberg a la multitud.

“El camino es inexorable: la nueva realidad impuesta por la economía colaborativa creará un nuevo paradigma laboral. El autónomo se hace más fuerte, las empresas deberán tener seguros y no podrán penalizarlos por no cumplir objetivos. Esta nueva configuración marca también la necesidad de una renta universal. Es lo que propone Adigital, la patronal española de economía digital, basándose en estudios de mercado, recomendaciones de expertos y sentencias judiciales.”


Silicon Valley y muchos expertos tecnológicos señalan la renta básica como solución a la automatización y a los cambios del mundo del trabajo. "Las compañías tecnológicas se llevan a casa los beneficios y afrontan cada vez menos presión para pagar un salario que dé para vivir", dice Jathan Sadoswi

“Tal y como opina Juan Gimeno, presidente de la ONG Economistas Sin Fronteras, “en Davos se habla de RBU porque son conscientes de que la falta de cohesión social e injusticia crecientes son un polvorín; la ven como un seguro para que el sistema no explote, no como un elemento de justicia social como lo vemos nosotros”.

“Mientras la automatización reduce la necesidad de trabajo humano, algunos ejecutivos de Silicon Valley piensan que un ingreso universal será la respuesta, y la prueba beta está teniendo lugar en Kenia.”

Artículo del activista en favor de la RBU, Scott Santens para el Foro de Davos, que este año ha incluido un panel dedicado a este tema:
“La idea de la Renta Básica suena engañosamente simple, pero en realidad es como un iceberg con mucho más que revelar a medida que profundizas el buceo. (...) Los seres humanos necesitan seguridad para prosperar y la Renta Básica es una base económica segura, el nuevo fundamento sobre el cual transformar el precario presente y construir un futuro más sólido.”

Guy Standing también ha defendido la RBU en Davos, y para ello propone crear un fondo soberano que grave las rentas del capital, con este argumento:
“La tierra, los recursos naturales y las ideas que se convierten en propiedad intelectual forman parte de la riqueza colectiva de la sociedad, creada y alimentada por generaciones de nuestros ancestros. Por tanto, es razonable argumentar que todo el mundo debe tener una modesta participación, un dividendo social, en forma de un igual, modesta, individual e incondicional renta básica.”

  • En este documental no se habla de la Renta Básica pero parece oportuno recordar
las conclusiones del estudio que analiza, con 40 años de seguimiento a mil individuos de la ciudad neozelandesa de Dunedi. Se ha concluido que los efectos sobre la salud de la pobreza en la infancia perduran en la madurez incluso entre las personas que medraron y lograron salir de su situación de pobreza.


Más información:











[1] The psychological Aspects of the Guaranteed Income, Erich Fromm en el libro de Robert Theobald The Guaranteed Income: Next Step in Economic Evolution?, 1966

[2] Psicoanálisis de la sociedad contemporánea / The Sane Society, Erich Fromm, 1955



jueves, 13 de abril de 2017

¿Puede la economía colaborativa cambiar el mundo?

Las tecnologías de la información y las comunicaciones han puesto en nuestra mano una herramienta con potencial para cambiar el mundo: la economía colaborativa, la posibilidad de compartir. Sin embargo, el cambio no será automático, tendremos que propiciarlo nosotros.


Una de las claves, la principal, para adaptar nuestra sociedad a unos insumos de materia y energía estacionarios es pasar de una economía de la propiedad a una economía del uso, o como diría Jeremy Rifkin, del acceso. En los términos del economista ecológico Herman Daly lo que tenemos que intentar es minimizar la relación PIB/riqueza, es decir, minimizar el flujo de transformación (mal llamado producción) que hace posible mantener una riqueza dada.

Lo primero que habría que aclarar es la relación entre PIB y riqueza, ya que de forma errónea nos han inducido a identificar el primero con la segunda. Un simple ejemplo bastará para mostrar la diferencia, la mayoría estaremos de acuerdo en que la vivienda que habitamos es riqueza, sin embargo, salvo que haya sido construida en este mismo año, no está contabilizada en el PIB. Cuestión distinta es que nuestra vivienda tenga goteras, en ese caso, si decidimos repararla, la transacción que se origina por ello (salvo que la reparemos nosotros mismos con materiales también transformados por nosotros mismo o reutilizados) sí se incluirá en el PIB. Parece evidente y espero que el lector convenga en ello, que el PIB es el flujo de transformación, transformación de los recursos naturales, es decir, de la biosfera, para mantener la riqueza de la sociedad. También para incrementarla pero en mucha menor medida, especialmente cuando en el estado actual de desarrollo de la sociedad y dada la escala de nuestra afección sobre el planeta nuestra prioridad debe ser mantener el capital natural.

Mantener el PIB bajo nos permite preservar el capital natural, y con ello innumerables recursos, algunos de valor económico (como los minerales y combustibles fósiles, la fertilidad del suelo o el agua) y otros no (como el aire con un 19% de oxigeno, la polinización por insectos o un clima estable), que no por no tener valor dejan de ser indispensables para la vida, y por tanto, lo más valioso que tenemos, ya que nada vale tanto como la vida, aunque nuestra teoría del valor no lo considere así, como ya explicamos con detalle en La izquierda en la encrucijada ¿crecimiento o nuevo paradigma?. Lo deseable es que la conservación del capital natural vaya de la mano de un mantenimiento de la riqueza, por ejemplo alargando la vida útil de nuestro capital, o también aumentando su uso, como planteamos en nuestro Programa para una Gran Transformación:

El primer paso para revertir esta situación es que el gobierno abandone como objetivo de su política económica el crecimiento de la producción, y adopte el objetivo de mantener y mejorar tanto el capital natural como el creado por el hombre. Podemos ver un ejemplo concreto con el caso de la vivienda. Los españoles tenemos la necesidad de un techo, y en España había en 2013 más de 26 millones de viviendas. Si pensamos en términos de satisfacer esta necesidad, y no en el de dar trabajo a la gente, una política adecuada sería intentar aumentar el ratio de ocupación, dado que en España hay 3,4 millones de viviendas vacías. Esto nos ahorraría un coste considerable, en preciosos recursos, energía y materiales, y en trabajo (que se reflejaría convenientemente en un descenso del PIB), dado que podríamos ahorrarnos construir las 35.000 viviendas que iniciamos ese mismo año. Por otro lado, el objetivo de mejora del capital existente se reflejaría en mejorar el stock de viviendas construidas para reducir su consumo energético y sus costes de mantenimiento. El mismo principio podría aplicarse al capital natural, como por ejemplo nuestras costas y las pesquerías.

Para aumentar el uso del capital, su acceso en términos de Rifkin, pueden resultar claves las nuevas tecnologías. Hoy en día vivimos un auge de la economía colaborativa, el uso de las tecnologías de la información para crear comunidades en la que cualquiera puede ser cliente o vendedor, sin apenas inversión. Para ver su posible impacto bastan unos números, que se pueden cuestionar, pero que nos dan una idea del orden de magnitud del que estamos hablando, que es de grandes dimensiones. Así, según Anita Hamilton, en EEUU un coche permanece inactivo el 92% del tiempo. Es mucho, Lawrence D.Burns, profesor de la universidad de Michigan indica:

Un servicio coordinado de vehículos compartidos ofrecería el mismo nivel de movilidad que los vehículos particulares, pero con un 80% menos de vehículos y con una inversión mucho menor.

Estamos hablando de cifras realmente estratosféricas, un maná del cielo para cualquier ecologista. El sector automotriz representa en España entre el 6 y el 10% del PIB, en países como México, Brasil o Corea del Sur representa mucho más:


Es decir, en el caso español y teniendo sólo en cuenta el sector automotriz, estaríamos hablando de reducir, en el caso de desarrollar todo su potencial, es decir, que prestáramos todos los servicios que prestan los vehículos privados con vehículos compartidos, entre un 8 y un 5% del PIB. Es un impacto de una magnitud considerable.

Sin embargo, el efecto potencial de la economía colaborativa no se detiene aquí, abarca un gran número de sectores. Según Mayo Fuster Morell en Cooperativismo de plataforma. Desafiando la economía colaborativa corporativa:


El mapa de la producción colaborativa del proyecto P2Pvalue apunta hacia al menos 33 áreas de actividad y hace referencia a 1.300 casos presentes en Cataluña.

Son muchas áreas, pero los que están interesados en ganar dinero en este nuevo campo ven un futuro prometedor en cuatro de ellas: turismo, transporte, compraventa e inversión financiera. La wikipedia añade el alquiler (se podría ampliar al intercambio o préstamo) de bienes, la educación, el arte y las tareas o servicios. Este último epígrafe tiene un potencial mastodóntico, los servicios en España representan el 75% de la economía, si bien restringiéndolo un poco al concepto de “tareas” la tarta se reduce a un nada despreciable 25% del PIB.

En esta imagen, creada por un grupo de corporaciones interesadas en este tipo de economía, y con ejemplos de empresas que están ya en funcionamiento, se muestran 16 sectores o celdas del panal, algunas se subdividen en diversas especialidades.


Si nos fijamos en la celda superior y en el centro “aprendizaje”, a su vez se subdivide en tres celdillas, “compartir libros”, “Peer to Peer” (compartir entre pares) y “guiado por instructor”. Si compro un libro y luego lo comparto se deja de comprar un libro y por lo tanto se reduce el PIB, si alguien que no es profesor profesional pero que domina el árabe me lo enseña, mientras a su vez enseño matemáticas a otra persona, se reduce el PIB, si hago un curso online no hago uno presencial, y aquí el efecto es más ambiguo, ya que el curso online puede ser muy barato y en consecuencia la demanda puede subir, siendo el efecto neto difícil de determinar. Hay que identificar que sectores pueden ser más útiles de cara a reducir los flujos de materia y energía en la economía. En cualquier caso, el campo de aplicación enorme, y los expertos piensan que todo negocio que se pueda convertir en plataforma lo hará, y aunque no en todos, en muchos sectores de negocio el efecto será reducir los intercambios de dinero, que no de bienes y servicios.

Nos encontramos por tanto con una herramienta extraordinaria para reducir el PIB, especialmente teniendo en cuenta que esta reducción se realizaría sin impacto en los servicios que quedan a disposición de la población, al menos en su aspecto esencial. Así por ejemplo, retomando la cuestión de la movilidad antes citada, mantendríamos inalterada la capacidad para desplazarnos, aunque evidentemente tendríamos que organizarnos gracias a la plataforma tecnológica para compartir coche.

¿Qué problema tenemos? Actualmente la economía colaborativa funciona con plataformas extractivas que, sin aportar apenas capital, destruyen trabajos en la economía convencional, con condiciones estándar, para sustituirlos por trabajos precarios y mal pagados, creando en el proceso “valor para el accionista”. Volviendo a citar a Mayo Fuster:

Corporaciones que cuentan a su disposición con ingentes bolsas de “trabajadores y trabajadoras” para la asignación de la demanda, pero a quienes no consideran como tales. Los consideran “no-trabajadores” o trabajadores autónomos e independientes, algo que permite a dichas corporaciones externalizar los medios de trabajo (como ejemplo, el uso del coche propio), así como las cargas sociales y el riesgo, por lo cual no tienen que contribuir al sistema de asistencia médica, ni al seguro de desempleo, ni al seguro contra accidentes ni a pagos de seguridad social.

Tampoco hay leyes que regulen su trabajo o el salario mínimo que deben percibir. Según Trebor Scholz:

Cuando te enteras que los conductores de Uber en Los Ángeles están trabajando por debajo del salario mínimo; cuando se conoce que los trabajadores en CrowdFlower y Mechanical Turk ganan no más de dos a tres dólares por hora [...]

La explotación puede llegar incluso a trabajar gratis.

El robo de salarios, por ejemplo, es un hecho cotidiano en Amazon Mechanical Turk, que tolera explicitamente esta práctica. Los usuarios solicitantes pueden rechazar un trabajo hecho correctamente y evitar el pago. El objetivo de su plataforma, su lógica sistémica, se expresa a través de su arquitectura y diseño, así como en sus condiciones de uso. El robo de salarios es una característica, no un error.

Es terrible pero optimizando el consumo de materiales y energía estamos creando pobreza allí donde menos nos interesa, aunque, por fortuna, tenemos una solución, y son las cooperativas. Personalmente no considero que las cooperativas sean una panacea, como a veces se plantea desde posiciones libertarias. No hay soluciones milagrosas, ni únicas y la crítica de Rosa Luxemburgo suena muy fresca en nuestros oídos tantos años después:

Los trabajadores que forman una cooperativa en el campo de la producción se enfrentan entonces a la necesidad contradictoria de gobernarse a sí mismos con el mayor absolutismo. Están obligados a adoptar hacia ellos mismos el papel de capitalista empresario, una contradicción que da cuenta de la falta de costumbre de las cooperativas de producción que, o bien se convierten en empresas capitalistas puras o, si los intereses de los trabajadores siguen predominando, finalmente se disuelven.

Pero siendo el trabajador dueño de los medios de producción la retribución sería indudablemente más justa. Volviendo a citar a Trebor Scholz:

La premisa central del cooperativismo de plataforma es que aquellos que crean la mayor parte del valor de la plataforma -proveedores como conductores y hospedadores- deberían poseer y controlar las plataformas.

Que esto no sea así se nos antoja mucho más terrible cuando nos percatamos que las plataformas propietarias explotadoras tipo Uber no aportan nada más que un software, es decir, información. Recordando lo que decíamos de la información en mi anterior artículo sobre el procomún:

Si a alguno de ustedes le interesa ser “propietario” de un pedazo de información determinado (ya sea usted el líder de un grupo de rock, ya sea usted un fabricante de motores para la aviación), va a tener que enfrentarse con un importante problema, y es que esa información no se degrada con el uso, y el hecho de que una persona la consuma no impide que otra lo haga también. Los economistas denominan ese fenómeno “no rivalidad”. Una palabra más simple para referirse a él podría ser “compartibilidad” (por “compartible” o susceptible de ser compartido sin menoscabo de uso alguno).

En el precio de una canción de iTunes no tiene influencia alguna la clásica interacción entre oferta y demanda: la oferta de Love Me Do de los Beatles en iTunes es infinita. Y, a diferencia de lo que sucede con los discos físicos, el precio no varía aunque fluctúe la demanda: es el derecho legal absoluto de Apple a cobrar 99 peniques lo que lo fija.

Lo único que tienen que hacer los futuros cooperativistas es clonar el software de las plataformas existentes en la actualidad. Es cierto que no es tan sencillo, el incremento de la complejidad al que tiende el sistema hace que este software deba ser actualizado continuamente, sin embargo, también veo dos fortalezas innegables de las cooperativas, capaces de quebrar el poder de las plataformas propietarias. La primera de ellas es el procomún. Gracias a blog como este podemos difundir información para que la población adopte prácticas que favorecen el bien común, prácticas que les favorecen a ellos. Podemos lograr cierto control sobre los discursos y la información a través de las redes, gracias a la colaboración desinteresada de innumerables personas anónimas, y de esta forma romper la lógica propietaria que hasta ahora había logrado que su mensaje, el que le favorece, fuese hegemónico. En la actualidad, la educación cada vez más amplia del conjunto de la población y la facilidad de acceso a la información está favoreciendo la participación de la ciudadanía en distintos tipos de cooperativas que gestionan servicios que se perciben de gran importancia, y ante los que no se desea interactuar como mero consumidor:

En Berlín, los ciudadanos están formando actualmente cooperativas de servicios públicos para comprar y gestionar la red eléctrica de la ciudad. En la ciudad alemana de Schönau, otra de estas cooperativas de consumo gestiona tanto la red eléctrica como el suministro de gas para la ciudad.

En segundo lugar, las cooperativas pueden trabajar y colaborar entre ellas, creando sinergias y favoreciendo la creación de un auténtico ecosistema cooperativo. Una puede utilizar los servicios de la otra, aprender de su experiencia, compartir clientes o unirse para presionar intentando lograr mejoras legislativas que favorezcan el cooperativismo frente al corporativismo.

Como he dicho antes, no es necesaria una gran cantidad de capital para empezar, aunque desde luego es una barrera importante que algunas plataformas corporativas extractivas dispongan de él. Según Neal Gorenflo en su artículo How platform coops can beat death stars like uber to create a real sharing economy:


Uber no ha logrado cantidades record de capital riesgo para desarrollar una nueva tecnología. Su tecnología es pedestre. La mayor parte de ella fue desarrollada décadas atrás por el gobierno de los Estados Unidos con la financiación de los contribuyentes. Han combinado tecnología antigua de una nueva manera, pero es relativamente fácil de hacer. Los 8.000 millones que han atraído es para establecer un monopolio global – en el mundo físico, real- tan rápido como sea posible. Eso requiere mucho marketing y cabildeo, y eso es caro.


Frente a ello tenemos que mostrar a la población las ventajas de las cooperativas, como su decisión en favor de ellas es vital para su bienestar y el de sus hijos, para ello será necesaria la participación gratuita y desinteresada de cientos de miles de personas en el procomún colaborativo. Es evidente como la Renta Básica Universal podría contribuir a ello. Nos urge. Pongámonos a trabajar.