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martes, 19 de febrero de 2019

La guerra que perdimos sin luchar



El otro día sufrí una pequeña conmoción. Un amigo compartió en un grupo de whatsapp un archivo de audio, extraido de un programa que era para mí desconocido, en el que se comentaba la controvertida huelga del taxi en protesta por la irrupción de los VTC, encabezados por Uber y Cabify.

Preguntando descubrí que el programa en cuestión es Hoy por hoy de la cadena Ser. En él se cuenta todo lo que ya es muy conocido: el incremento exponencial del numero de licencias VTC, el intento por parte de estas empresas, como ya ha ocurrido en ciudades como San Francisco, de asfixiar a los taxistas, para luego, una vez son dominantes, subir los precios, la precariedad de los trabajadores, que son falsos autónomos y que son explotados en jornadas maratonianas por empresas que apenas tienen capital físico, coches, instalaciones y la declaración de los beneficios en paraísos fiscales, de forma que no se paguen apenas impuestos donde se desarrolla la actividad. El drama de las ciudades y países que sufren estos cambios es que se pierden salarios, condiciones laborales e impuestos.

La conmoción fue para mí ser consciente de que se había declarado una guerra por el negocio del transporte urbano con conductor. La noticia era primera plana en los medios, pero estos no reflejaban el punto de vista que a mi juicio, pero de forma bastante clara, representaba el bien común. No teníamos voz, y con ella el sentido común dejaba de estar presente.

Como ya indicamos en otros dos artículos, uno mío ¿Puede la economía colaborativa cambiar el mundo? y otro de mi compañero Jesús Martín ¿Economía colaborativa? Sí, pero desde el cooperativismo, la solución a los problemas que veíamos aparecer en el horizonte y que explotaron hace semanas con la huelga del taxi, es el cooperativismo de plataforma, un modelo justo para los trabajadores que nos permite disfrutar de las ventajas que ofrecen estas soluciones tecnológias.

¿Qué ventajas son esas? En mi anterior artículo daba un ejemplo bastante impresionante

Así, según Anita Hamilton, en EEUU un coche permanece inactivo el 92% del tiempo. Es mucho, Lawrence D.Burns, profesor de la universidad de Michigan indica:
"Un servicio coordinado de vehículos compartidos ofrecería el mismo nivel de movilidad que los vehículos particulares, pero con un 80% menos de vehículos y con una inversión mucho menor".

sábado, 29 de julio de 2017

Alternativas económicas que debemos apoyar: el caso de Pep Lemon

Aunque no tengamos un teoría detallada sobre el cambio, lo más sensato siempre es actuar.




Tras años de actividad intensa en las redes sociales debo anunciaros algo, es mucho más fácil y sencillo ponernos de acuerdo en lo que no nos gusta que en lo que queremos. Este consenso negativo es tremendamente paralizante aunque tiene causas bien fundadas, la principal de ellas es que no disponemos una teoría aceptada sobre cómo cambiar el mundo.

En efecto, los marxistas, socialistas “científicos” opuestos a los socialistas “utópicos”, creían que era imposible que una parte de la nueva sociedad creciese y se fuese desarrollando dentro de la vieja, y por eso ponían su confianza en una “revolución”, un cambio súbito de todo, generalmente logrado a través del control de las instituciones del poder ejecutivo, el aparato de Estado. Por el contrario los anarquistas, que consideraban con buen criterio que el Estado era una herramienta de opresión en manos de los poderosos, pensaban que había que ir desarrollando la nueva sociedad dentro de la antigua, a través de pequeñas iniciativas autónomas que fuesen creciendo y cambiando la conciencia de la población poco a poco.

Los anarquistas tenían razón, evidentemente, los cambios grandes siempre vienen precedidos de infinidad de pequeños cambios, que como ya señaló Hegel, serían casi imperceptibles hasta que de golpe fuese visible la forma de un mundo nuevo:

Así, el espíritu que se forma madura lentamente y en silencio hasta que su nueva figura, desintegra pedazo a pedazo el edificio del mundo que lo precede; la conmoción del mundo la indican tan sólo síntomas esporádicos; la frivolidad y el aburrimiento que invaden lo que todavía subsiste, el presentimiento vago de algo desconocido, son los signos que anuncian algo distinto que está en marcha. Este resquebrajamiento continuo que no alteraba la fisonomía del conjunto se ve bruscamente interrumpido por la salida del sol que, en un relámpago, dibuja de una vez la forma del nuevo mundo.

También es cierto que los anarquistas, en su estrategia, desprecian el apoyo de las instituciones del Estado, una herramienta muy útil para ir avanzando en pequeños cambios que vayan haciendo madurar lentamente el espíritu.

Sea como fuere, entre aquellos que creen que es mejor no hacer nada y esperar a que el mundo se derrumbe, los que renuncian a las instituciones como herramienta de cambio, y los que no apoyan nada que no sea completamente transparente, igualitario, feminista, sostenible, democrático, etc., al final todo parece que continúa su marcha al viejo estilo capitalista, sin el menor indicio que indique un cambio de rumbo.

Fijándonos por ejemplo en un problema que sí que parece estar poco a poco ganando terreno entre las preocupaciones de la ciudadanía, como es el cambio climático (a pesar de que en general todavía no se es consciente de sus peores consecuencias), sorprende que apenas estemos avanzando al respecto, cuando sabemos que un porcentaje muy elevado de emisiones se deben no sólo a la producción de energía (donde estamos más lejos de una solución, si exceptuamos el decrecimiento) sino a la agricultura y el transporte (hay distintas estimaciones pero una búsqueda por internet sitúan las de la agricultura por encima del 30% y las del transporte en el 14%), donde se podrían reducir bastante las emisiones de forma relativamente sencilla.

En efecto, ¿por qué apostar por un vehículo de escasas prestaciones, y que requiere una infraestructura enorme, como el coche eléctrico, que además es difícil que se pueda fabricar a la escala necesaria para resultar una alternativa de movilidad? Esa apuesta difícilmente se podría justificar si el coche eléctrico redujese ampliamente las emisiones de gases de efecto invernadero, pero a lo largo de su ciclo de vida apenas lo hace (aproximadamente, ya que depende del mix eléctrico del país en el que se enchufe) un 20%. Por el contrario, aumentar la ocupación de un vehículo de un pasajero a dos reduce las emisiones un 50%, al eliminar un trayecto, y aumentarla hasta cuatro ocupantes las reduciría en un 75%. Aunque no es una panacea, el camino parece ser compartir y potenciar las soluciones low tech, como la bicicleta.

En cuanto a la agricultura sabemos también que es necesario reducir el consumo de carne a niveles saludables, desperdiciar mucha menos comida, producirla localmente, con menos fertilizantes y agroquímicos, y utilizar métodos que aumenten la fijación de carbono al suelo y la biomasa vegetal en el corteza terrestre.

Pues bien, recientemente ha llegado a mi conocimiento el caso de Pep Lemon, una empresa que precisamente utiliza varios de estos principios: reduce el desperdicio de comida ya que utiliza limones no aptos para su comercialización por defectos de forma, tamaño, apariencia, etc., junto con algarrobas que tampoco se utilizaban, todos ellos de producción local, además de colaborar con empresas locales que le suministran servicios como el embotellado o la distribución.





Esta empresa, que produce y distribuye sus productos en las Islas Baleares, no tiene intención de salir de este ámbito geográfico, lo que haría que el producto dejase de ser local, al contrario, busca que su modelo sea utilizado en otros territorios, de forma que la producción de alimentos se vuelva más sostenible.





Resulta paradójico que Pep Lemon haya sido denunciada por PepsiCo por entender que el nombre de la empresa mallorquina podría inducir a los consumidores a error, y que por tanto los insulares se aprovechan de la marca de la empresa norteamericana. Curioso que PepsiCo, que opera de una manera muy distinta a Pep Lemon, crea tener una marca valorada por los consumidores, cuando en realidad PepsiCo compite por precio utilizando economías escala (el embotellado y empaquetado son operaciones costosas que se pueden automatizar a gran escala), llevándose la riqueza fuera del territorio y generando externalidades que tendrán que ser asumidas por todos, y no sólo por sus clientes, y que no se incluyen en el precio del producto, como el propio nombre de externalidad sugiere.

Es aquí donde encontramos el límite a la estrategia de abajo hacia arriba. Es evidente como las instituciones de gobierno podrían tener un papel en fomentar la economía local, por ejemplo con impuestos al carbono, a las emisiones de gases de efecto invernadero. Si con un impuesto subimos el precio a algo, como las emisiones de gases de efecto invernadero, aquellos productos kilométricos, que lleven asociados mayores gastos de transporte, serán más caros, y se consumirán menos. Paralelamente, deberíamos eliminar impuestos a aquello que nos es grato, por ejemplo el empleo. Si es más barato emplear a alguien es probable que se proporcione empleo a más parte de la población. Debemos grabar lo que no queremos y desgravar aquello que queremos.

También el gobierno debería tener un papel en la elaboración de leyes más beneficiosas para la sociedad sobre los derechos propiedad intelectual. No parece creíble que los consumidores puedan confundir los productos de Pep Lemon con los de PepsiCo, como tampoco parece razonable prohibir el uso de un nombre típico balear y catalán como Pep en una marca comercial, asumiendo que cualquier marca extranjera puede coger elementos cualesquiera del procomún y apropiárselos, simplemente porque no tengan dueño. Precisamente lo común debería definirse como lo inapropiable, no tiene sentido que empresas particulares restrinjan el uso de nombres, conocimientos o manifestaciones artísticas que a lo largo de nuestra historia hemos considerado algo común, de todos.

La información tiene una propiedad que los economistas denominan “no rivalidad”, es un bien no rival. Al contrario que una barra de pan, que si es comida por una persona no puede ser ingerida por otra, que una persona use una información no restringe el uso que otra persona pueda hacer de ella. Que yo llame a mi hijo Pep no restringe que otra persona pueda llamar también Pep a su hijo, o utilizarlo como parte de la marca de un producto.


Debemos lograr leyes más favorables para el cambio, y mientras lo hacemos quizás lo más inteligente sea utilizar el procomún de internet, ese contenido en red de acceso gratuito, para difundir casos como el de Pep Lemon, y promover el apoyo a este tipo de productos, y a la campaña que pide que PepsiCo respete a la empresa mallorquina. Si estás de acuerdo, difunde.