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lunes, 23 de mayo de 2016

Bienvivir, bienamar: el arte de amar*


La sociedad de consumo capitalista nos presenta el mundo como una gran manzana que engullir, un conjunto de experiencias episódicas que hay que degustar y devorar sin pérdida de tiempo, antes que decaiga el brillo de la novedad. El modelo es el éxito, el objeto es el símbolo y la experiencia es el premio. La aparente cornucopia de placeres tiene el efecto contrario al deseado, un individuo infeliz y alienado de sí mismo, refugiado en la inconsciencia, que puede derrumbarse al menos traspiés. Sus relaciones afectivas, de existir, serán frágiles y superficiales. En este entorno adverso, el individuo debe reconstruir su capacidad de amar para satisfacer plenamente sus necesidades humanas, proceso en el que ganará autonomía.


Artículo anterior de la serie: Bienvivir, bienamar: nosotros en la edad del yo


 
 
Erich Fromm realiza una reflexión al problema del amor en nuestra sociedad en su libro, ya citado, El arte de amar. Su concepción es muy sugerente y estimulante, aunque no está exenta de problemas, y presenta ciertos puntos de conexión con la filosofía tradicional budista de Thich Nhat Hanh que ya comentamos en este blog. A pesar de ello, creo sin duda que es útil. No nos da grandes respuestas, pero nos muestra un camino por el que comenzar a transitar, algunas ideas que podemos utilizar para comenzar a construir nuestro amor, y que creo que son válidas, aunque en ocasiones añadiré elementos de mi propia cosecha.
 
Porque según Fromm, y esto es muy original, el término construir es apropiado. El problema de amar no es el problema de encontrar un objeto, alguien a quién amar, sino el de algo que hacer, un arte, como la pintura, la música o la carpintería. Algo que tenemos que practicar, hasta conseguir dominarlo.
 
Lo primero que llama la atención es la contraposición con el concepto de necesidad. Tal y como hemos comentado en otras entradas del blog, al hablar de las necesidades humanas, tenemos necesidad de afecto.

 

 
En concreto, siguiendo la clasificación establecida por Abraham Maslow, el ser humano tiene necesidad sociales o de afiliación, entre ellas el afecto, y por consiguiente el amor. Tenemos la necesidad de ser queridos, esto es indudable, pero tal y como nos advierte Thich Nhat Hanh amar no es satisfacer una necesidad propia.
La soledad no puede ser disipada por la actividad sexual. No te puedes curar por medio de la actividad sexual. Tienes que aprender a estar cómodo contigo mismo y a centrarte en tu interior. Una vez que tengas un camino espiritual tendrás un hogar. Una vez que puedas afrontar tus emociones y manejar las dificultades de tu vida diaria, tendrás algo que ofrecer a la otra persona. La otra persona tiene que hacer lo mismo. Las dos personas tienen que curarse a sí mismas para sentirse cómodas; entonces cada uno puede convertirse en un hogar para la otra. De otro modo, todo lo que compartimos en la intimidad física es nuestra soledad y nuestro sufrimiento.
Todo ser humano quiere amar y ser amado. Esto es muy natural. Pero con frecuencia amor, deseo, necesidad y miedo están completamente mezclados. Hay muchas canciones con las palabras "te quiero, te necesito". Esas palabras implican que amar y desear son lo mismo, y que la otra persona está ahí solo para satisfacer nuestras necesidades.

Debe haber algo más que simplemente satisfacer una necesidad, debe haber algo que se conceda de forma genuinamente altruista, dado que en caso contrario estaríamos instrumentalizando al otro, y por tanto cayendo en el narcisismo. Para amar, primero habrá que forjar un espíritu independiente (no dependiente), aprender a caminar sin muletas, escuchar el propio discurso interior frente a los mandatos culturales y aprender a vivir con lo que nos rodea (con lo que nos falta, si es que falta el afecto de un hijo, padre, amigo, pareja), para poder escapar de ese narcisismo, propio o en pareja, que como nos advierte Fromm es el estado más común en nuestra sociedad.
La situación en lo que atañe al amor corresponde, inevitablemente, al carácter social del hombre moderno. Los autómatas no pueden amar, pueden intercambiar su "bagaje de personalidad" y confiar en que la transacción sea equitativa. Una de las expresiones más significativas del amor, y en especial del matrimonio con esa estructura enajenada, es la idea del "equipo". En innumerables artículos sobre el matrimonio feliz, el ideal descrito es el de un equipo que funciona sin dificultades. Tal descripción no difiere demasiado de la idea de un empleado que trabaja sin inconvenientes; debe ser "razonablemente independiente", cooperativo, tolerante, y al mismo tiempo ambicioso y agresivo. Así, el consejero matrimonial nos dice que el marido debe "comprender" a su mujer y ayudarla. Debe comentar favorablemente su nuevo vestido, y un plato sabroso. Ella, a su vez, debe mostrarse comprensiva. Ella, a su vez, debe mostrarse comprensiva cuando él llega a su hogar fatigado y de mal humor, debe escuchar atentamente sus comentarios sobre sus problemas en el trabajo, no debe mostrarse enojada sino comprensiva cuando él olvida su cumpleaños. Ese tipo de relaciones no significa otra cosa que una relación bien aceitada entre dos personas que siguen siendo extrañas toda su vida, que nunca logran una "relación central", sino que se tratan con cortesía y se esfuerzan por hacer que el otro se sienta mejor.
En ese concepto del amor y el matrimonio, lo más importante es encontrar un refugio de la sensación de soledad que, de otro modo, sería intolerable. En el "amor" se encuentra, al fin, un remedio para la soledad. Se establece una alianza de dos contra el mundo, y se confunde ese egoismo à deux con amor e intimidad.

En la concepción de Fromm no es solamente que el problema del amor no sea el de encontrar un objeto al que amar, en su concepción el objeto amado pierde toda importancia, llegando a explicar de esta forma los matrimonios acordados, un concepto que choca con nuestra idea cultural del amor romántico.
 
El amor erótico si es amor, tiene una premisa. Amar desde la esencia del ser -y vivivenciar a la otra persona en la esencia de su ser-. En esencia, todos los seres humanos somos idénticos. Somos todos parte de Uno; somos Uno. Siendo así, no debería importar a quién amamos. El amor debe ser esencialmente un acto de la voluntad, de decisión de dedicar toda nuestra vida a la de otra persona. Ése es, sin duda, el razonamiento que sustenta la idea de la indisolubilidad del matrimonio, así como las muchas formas de matrimonio tradicional, en las que ninguna de las partes elige a la otra, sino que alguien las elige por ellas, a pesar de lo cual se espera que se amen mutuamente. En la cultura occidental contemporánea, tal idea parece totalmente falsa. Se supone que el amor es el resultado de una reacción espontánea y emocional, de la súbita aparición de un sentimiento irresistible. De acuerdo con ese criterio, sólo se consideran las peculiaridades de los dos individuos implicados -y no el hecho de que todos los hombres son parte de Adán y todas las mujeres parte de Eva-. Se pasa así por alto un importante factor del amor erótico, el de la voluntad. Amar a alguien no es meramente un sentimiento poderoso -es una decisión, es un juicio, es una promesa-. Si el amor no fuera más que un sentimiento, no existirían bases para la promesa de amarse eternamente. Un sentimiento comienza y puede desaparecer. ¿Cómo puedo yo juzgar que durará eternamente, si mi acto no implica juicio y decisión?
 
Este concepto de la voluntad coincide con observaciones que he podido realizar a lo largo de mi vida, pudiendo comprobar cómo se ponía en práctica en numerosas ocasiones, aunque no es habitual reconocerlo, porque se espera que el amor surja de forma espontánea. En cualquier caso Fromm abre al final una pequeña puerta en la que admite la singularidad del objeto en el amor erótico.
 
Debemos amar a todos los seres humanos, o al menos a todos los que no comprometan nuestra dignidad o la de nuestros semejantes, pero me inclino a pensar que conviene encontrarle un sentido adicional al objeto de nuestro amor, especialmente si se trata del amor romántico (frente al amor fraternal, materno, paterno, religioso). Como el sentido de la vida de cada uno, creo que es algo que debe buscar uno mismo de forma personal. A mí me gusta la que expone el personaje de Jack Nicholson en la película Mejor… imposible
 
 
El amor, como reconoce Fromm, implica conocimiento, propio y del resto de personas

Además del elemento de dar, el carácter activo del amor se vuelve evidente en el hecho de que implica ciertos elementos básicos comunes a todas las formas de amor: Estos elementos son: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.

 
Y en ese proceso de conocer íntimamente y en profundidad podemos mejorarnos, al entrar en contacto con el núcleo y la esencia de personas que poseen cualidades que admiramos. En la película el personaje de Nicholson admira precisamente la bondad del personaje de Helen Hunt, que se deriva precisamente de su capacidad de amar. Creo que en el caso del amor romántico, es bueno no fijarse en las características del posible objeto de nuestro amor desde el punto de vista del mercado de la personalidad, es decir, según el mandato cultural que valora determinadas características según el canón inconsciente de la sociedad de consumo (éxito, ser atractivo, una buena carrera profesional, tener amigos, haber tenido tal o cual experiencia), en su lugar podemos fijarnos en personas que tengan cualidades que admiramos. Esto cuadra bien con la idea del amor de Fromm, que se basa en el dar:
 

Sin embargo, la esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él -da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza-, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio.

 
Será difícil, tan sólo hay que pensar en cómo nos bombardean con estereotipos sobre objetos sexuales deseables y prácticas y experiencias sexuales. Requerirá esfuerzo, disciplina y dedicación librarse de esos prejuicios que hemos, usando la jerga del psicoanálisis, introyectado. Es recomendable no frustrarse, perseverar y tener paciencia.
 
Esto nos lleva a la parte que puede resultarnos más útil de la obra Fromm, en la que nos habla de las cualidades que debemos trabajar para desarrollar el arte de amar. Como habréis podido comprobar en estas breves líneas Fromm nos interpela de forma profunda y que puede resultar dura, su apelación al altruismo, el conocimiento hondo de uno mismo y de nuestros seres amados, superando o al menos reconociendo los mandatos culturales introyectados, el respecto por el otro que implica negarse a la tutela o dominación y permitir su desarrollo tal cual es su naturaleza, aceptando las diferencias con la nuestra, renunciando a instrumentalizar a los otros para nuestros fines (por no hablar de la parte más metafísica, cuando apela la conexión con el centro del ser de otra persona); todo ello es raro en nuestra cultura y supone iniciar un proceso de perfeccionamiento que se tendrá que continuar toda la vida ¿Estamos dispuestos a intentarlo? Si es así serán de ayuda las siguientes consideraciones…
 
 
*Fragmento de un artículo más extenso que será publicado en La Proa del Argo
 



2 comentarios:

  1. Sabias palabras. Leí este libro de Fromm siendo muy joven, y me influenció para bien al hablarme de cosas que no me había planteado aún.
    No obstante creo que, en general, suele hablarse demasiado poco de la dimensión política del amor. Eso no debe entenderse como un rebaje demasiado prosaico del mismo sino como un enaltecimiento de la política. Plantearse esto es útil para entender el problema de esa "introyección", de los dogmas culturales que asimilamos inconscientemente. El ideal del amor romántico, funcional para la burguesía que lo puso de moda, nos ha hecho mucho daño. A menudo se soportan demasiadas vejaciones porque sólo una parte es capaz de amar pero sin ser capaz de comprender que ese ideal puede convertirse en una entrega destructiva para ambos, incluso "a muerte", o sea, fanática. Por encima de todo las relaciones humanas, no sólo en el amor, deben ser saludables. Sean del tipo que sean, (sin tener por qué concebir sólo el enclaustramiento en la pareja heterosexual, generalmente patriarcal, a eternidad)-, pero saludables. Y a menudo, lo saludable pasa por el lema "ver, aceptar y soltar". Sí, "soltarse" del otro puede ser algo tan virtuoso como unirse a él. Porque colaborar con el mal ajeno es promoverlo, y sin autovaloración no hay auténtica valoración posible, sin amor propio, no cabe el amor, (sumergiéndonos en una vivencia conflictiva, dependiente e irresoluble que nos impide crecer). El amor es de ese tipo de cosas que cuanto más se dan más crecen, (y no por la reciprocidad). Quizá se vea más claro en el caso de la crianza. Si no es así, si soltarse se viviría como una liberación, es hora de liberarse. Esa disposición, esa autonomía es a menudo la clave precisamente para que las cosas vayan del mejor modo posible en la relación, como se da a entender en el texto. La cuestión es diferenciar el amor propio de la consideración de un mal intercambio, un "mal negocio", que es la banalización del amor que comentabas en la otra entrada.
    Dejo algunos elementos para ampliar la reflexión sobre la dimensión política del amor: ¿Qué hay detrás del amor?. (Perdón si he anticipado alguna clave del texto final).

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    1. Pues sí, incluso me he planteado eliminar ese término, "amor romántico" por otro como "amor erótico o sexual", porque el romanticismo, el periodo romático, no deja de ser el origen del problema, con su analtecimiento de la emotividad, y el culto a las experiencias, como "el viaje", etc. En el resto totalmente de acuerdo, poco que añadir.

      un saludo,

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