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miércoles, 9 de mayo de 2018

Hegemonía y autonomía

¿Gramsci o Castoriadis?


El concepto de “populismo” que nos llega a través de los medios de comunicación, diseminado a los cuatro vientos y aceptado sin crítica por la mayoría, es otro éxito neoliberal a la hora de crear marcos cognitivos que sustenten su discurso, y por tanto, su hegemonía.

El término, se acuña por primera vez en 1984 en la pluma del politólogo Pierre-André Taguieff: lo define como una solución autoritaria basada en el carisma de un jefe y caracterizada por la llamada al pueblo contra las élites oligárquicas. Esto nos puede dar pistas sobre como ha evolucionado el término y como esta hegemonía neoliberal lo ha usado contra cualquier propuesta que pueda cuestionar al establishment.

Fue George Lakoff, lingüista y científico cognitivo quién nos advirtiera en su célebre libro No pienses en un elefante de la importancia de los marcos en la comunicación. Enmarcar es crear una estructura narrativa que activa estructuras mentales inconscientes que condicionan nuestro comportamiento y nuestras decisiones. No pensar en un elefante, era un mensaje para los demócratas, que debían dejar de aceptar los marcos propuestos por los republicanos. Un ejemplo, tomado del propio libro, ilustrará la cuestión:

Hay un fenómeno que probablemente hayas observado. En televisión los conservadores utilizan solamente dos palabras: alivio fiscal, mientras que los progresistas se enfrascan en una larga parrafada para plantear su punto de vista. Los conservadores pueden apelar a un marco establecido: por ejemplo, que los impuestos son una desgracia o una carga, lo cual les permite decir esa frase de dos palabras: alivio fiscal. Pero en el otro lado no hay ningún marco establecido. Se puede hablar de ello, pero supone un cierto esfuerzo porque no hay ningún marco establecido, ninguna idea fijada ya ahí a mano.

El término populismo apela al núcleo sagrado del marco de la modernidad: la técnica, el conocimiento, el saber, la ciencia. Todo aquello que nos han enseñado a respetar como algo sagrado. Populista es el que no sabe, no domina la técnica, y por tanto no es capaz de hacer funcionar las cosas, tomar las decisiones correctas para que la máquina ruede suavemente, sin fricciones. 

En su origen, el pensamiento ilustrado de filósofos como por ejemplo Voltaire no se caracterizó por su respeto por el pueblo. La "razón" propiciaría la emancipación del ser humano, pero del ser humano concreto capaz de elevarse sobre la vulgaridad e irracionalidad del vulgo. El pueblo debía ser pastoreado, por su bien (despotismo ilustrado).

Los Kirchner en Argentina eran populistas, querían cosas imposibles, al menos según su retórica, como hacer que una parte mayor de la tarta se repartiese entre los de abajo, o hacer que el sistema funcione sin respetar las reglas de la globalización, aligual que Donald Trump. Tras su fracaso tuvieron que llegar personas razonables al poder, con el adecuado saber técnico, para hacer funcionar las cosas. Evidentemente estoy siendo irónico. Cualquiera que se salga del consenso neoliberal es populista y está condenado al fracaso, según la narrativa neoliberal hegemónica.

Si bien el uso corriente del término populista nos remite a la hegemonía neoliberal, hay otros sentidos que quizás es más interesante analizar, como su uso por ciertas corrientes filosóficas con el propósito de renovar las prácticas de la izquierda tradicional marxista y hacer así que esta logre una hegemonía cultural, tal y como la entendía Antonio Gramsci. Este es el sentido que dan al populismo Ernesto Laclau y Chantall Mouffe en su obra Hegemonía y estrategia socialista. Según estos autores la clase obrera no tendría un interés esencial en el socialismo o la lucha de clases, la posición social de una persona no determina sus ideas políticas, además:

Todo orden resulta de la articulación temporal y precaria de prácticas contingentes.

Una afirmación que parece de sentido común. El orden surge de las prácticas, de lo que hacen los seres humanos, y lo que hacemos puede cambiarse, en consecuencia es contingente.

El concepto de lucha de clases es desechado por obsoleto, y la clase debe ser sustituida por el pueblo, una mayoría, un nosotros, que debe ser construido.

La teoría populista como forma de alcanzar la hegemonía logra una ruptura elegante, sencilla y de sentido común con alguna de las ideas más paralizantes del marxismo. Sin embargo, debemos poner en duda su capacidad como herramienta para el único objetivo legítimo, la emancipación del ser humano, la autonomía.

Las clases, son abstracciones de relaciones concretas que se dan en la sociedad, de un trabajador cualquiera con su jefe, con los medios de comunicación, con el dueño de su empresa, su panadero, etc. Las abstracciones pueden ser simplificaciones útiles cuando nos permiten construir mapas que nos guían en el proceso de cambio social hacia la autonomía. El problema es que el concepto de clase, rechazado por la gran mayoría de la población, no nos sirve para construir un mapa fiable que nos guíe hacia la autonomía.

Las clases evocan la existencia de dos grupos, un grupo de propietarios y un grupo de no-propietarios que se vería obligado a vender su fuerza de trabajo. Lo que está puesto en primer plano aquí es la propiedad, en concentro la propiedad de los medios de producción. Lo que queda en segundo plano es la relación del hombre con los medios de producción, con la tecnología, una relación que analizó mi compañero Rugi Carles en una serie de artículos [1]. Desde nuestro punto de vista, quizás lo más destacado, como traté de explicar cuando os conté por qué debíais evitar la carne, es que el individuo no controla la tecnología, sino que es controlado por el proceso ciego que se desencadena cuando una nueva tecnología orientada hacia la eficiencia y el incremento de la riqueza privada es puesta en práctica. Quizás un buen epítome sea el automóvil, como bien señala Marvin Harris en este párrafo que he usado en otras ocasiones:

El siglo XX parece una verdadera cornucopia de cambios inintencionados, indeseables e inesperados. El automóvil, meramente pensado como máquina para ayudar a la gente a ir de un sitio a otro más deprisa que a caballo o en calesa, modificó por completo las pautas de asentamiento y las prácticas comerciales de las sociedades industriales.  
Nadie persiguió o previó la transformación de tierras agrícolas en zonas residenciales, las desoladas fajas de tierra que bordean tantas carreteras y la consagración de los centros comerciales como nuevos centros de vida social. 
Nadie previó tampoco el aspecto del rostro humano durante un bloqueo total del tráfico, la ansiedad e hipertensión que provocan las caravanas de coches de causa desconocida, o los hierros retorcidos y la sangre en la carretera dos horas más tarde. 
Y seguro que nadie quiso que los automovilistas tardaran más hoy día en llegar al trabajo o desplazarse de un extremo a otro de la ciudad que los conductores de coches de caballos. 
¿Sabían nuestros padres de la acumulación industrial de residuos tóxicos en todos los elementos sólidos, líquidos y gaseosos que mantienen en vida a la naturaleza? 
Mientras limpiaban y cuidaban sus coches como si de animales de compañía se tratara, ¿se pararon acaso alguna vez a pensar qué pasa con los vapores excrementicios que emiten los motores?

El problema no es el dueño de la máquina sino que el hombre sea efectivamente autónomo respecto a ella, una tarea para la que no hay soluciones milagrosas. Tendrá que construirse con mucho esfuerzo y paso a paso.

El problema de la autonomía individual ha sido un problema muy señalado en el “socialismo real”. No en vano se trata de otro sistema tecno-industrial orientado hacia la eficiencia. Si había que fabricar coches alguien tendría que apretar los tornillos, y esa persona sería seleccionada por el técnico de selección de personal con los conocimientos adecuados para valorar las competencias de cada individuo. La técnica, la competencia y la eficiencia son los valores centrales del sistema por encima de la autonomía individual.

El marxismo tradicional parte de un ideal muy simple de racionalismo ilustrado. “La verdad”, un absoluto, será aceptada por los hombres cuando les sea explicada y apliquen su razón. Los liberales hace tiempo que dejaron de confiar en la razón de los hombres y decidieron “manipularlos”, apelar a sus emociones. El “populismo” toma nota de este hecho y busca crear un “consentimiento” de la población, que aceptaría la visión de la clase dirigente. Todas estas teorías establecen una división muy simple entre los que saben, los que poseen la técnica, la competencia o la verdad, y crean la realidad que es aceptada pasivamente por el resto.

En definitiva, en el populismo podemos observar, en un análisis rápido, dos aspectos que son contrarios a la emancipación del ser humano y al incremento de su autonomía, la supeditación del hombre a la técnica y la visión dual de una clase dirigente que crea la realidad y un pueblo que “consiente” aceptarla.

Tampoco parece una teoría que mejore nuestro mapa sobre el cambio social, está muy centrada en conseguir el gobierno.

Sin embargo, el gobierno, su poder ejecutivo y la promulgación de leyes por el legislativo suelen ser útiles para resolver problemas en un contexto estable y cuando existe confianza en la intervención.



No es ese el caso que nos encontramos al tratar de avanzar hacia una sociedad más sostenible, y que de verdad tenga entre sus prioridades la emancipación del ser humano. Por lo tanto, la utilidad de la teoría populista será limitada.


[1] Tecnología, Sociedad y Autonomía - Una aproximación a la espinosa cuestión desde el metabolismo social

La tecnosfera contra la biosfera. Pasado, presente y futuro

Tecnofilia y organofobia: Bésame mientras me matas, querida máquina

Noquear a la Tecnosfera: dejar de ser un robópata y pasar a ser humano

¿Estamos atrapados? El rol del mito en el bloqueo tecnológico-institucional

2 comentarios:

  1. Hola Jesús, sigo tus entradas en varios blogs y realmente coincido con casi todo lo que planteas. Pero esta vez ni bien leí la referencia a Argentina y los Kirchner abandoné el articulo. Una cosa es lo que ellos fueron en su marco discursivo y otra diferente lo que fueron en los hechos. Claramente sus sucesores son neoliberales de manual pero llegaron al poder gracias a las aberraciones cometidas por esa banda que se dedicó al saqueo y uso personal del estado. Un saludo y gracias por el aporte que hacen. Jorge.

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    1. Hola Jorge,

      La verdad que no tengo mucho conocimiento de Argentina, pero los Kichner me parecieron un buen ejemplo de populismo, al menos visto desde España. El discurso de medios como El País en España es el que yo he relatado en el artículo. Cuando ahora surgen de nuevo los problemas es difícil de justificar. De todas formas he añadido una modificación y he puesto "al menos según su retórica", para dejar constancia que yo no certifico que ellos tuviesen esas intenciones, algo que yo no puedo valorar.

      un saludo,

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