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martes, 21 de junio de 2016

Colaboración democrática transnacional

En entradas anteriores analizamos los problemas que nos plantea la globalización, y propusimos cambiar este paradigma por el de la autonomía, un concepto diferente al de soberanía. El planteamiento general consiste en invertir los papeles que los mercados y la democracia tienen en la actualidad: por un lado dando prioridad al objetivo económico de una autosuficiencia local no autárquica, y por otro lado, ampliando los espacios de deliberación y de participación para la cooperación democrática transnacional. Cuando una comunidad es autosuficiente para lo básico y no depende de factores externos para la inclusión económica de todos sus miembros, entonces y sólo entonces sus vínculos políticos con el exterior pueden establecerse con libertad. En esta entrada terminaré la serie para argumentar esta última tendencia deseable sin intentar precisar sus formas. Sería absurdo determinar cómo debe ser una imbricación política de distintos pueblos a nada que valoremos la autonomía democrática para ir tejiendo esas relaciones o esas estructuras de cooperación política.



Ya hemos dicho que la autonomía no equivale a la desvinculación sino la posibilidad de controlar los vínculos propios. Más aun, se puede decir que, al menos en parte, la autonomía se expresa y cobra cuerpo precisamente en las relaciones, al aflorar la iniciativa en la gestión de las mismas. En política esto equivale a que los distintos pueblos no puedan verse sometidos a chantaje por parte de los mercaderes globales; que la democracia se superponga a los derechos de propiedad privada absoluta y a las leyes del mercado; y que las relaciones internacionales se basen en acuerdos políticos consensuados por las poblaciones y no en acuerdos económicos sobre la democracia pactados entre las oligarquías de cada país.

Pero la autonomía no se centra en precisar un ámbito geográfico óptimo para la auto-institución política o para la autosuficiencia económica. Es un concepto esencialmente cualitativo; se expresa en la capacidad de las personas y de las sociedades para gestionar su devenir común, y puede ir también en el otro sentido: democratizar las instituciones políticas supranacionales, (no las instituciones económicas creadas para aumentar el libre comercio global), así como crear otras nuevas con fines distintos y sujetas a un verdadero control ciudadano.

Por poner ejemplos, podemos pensar en instituciones para definir, proteger y gestionar el uso de unos comunes globales, desde la atmósfera hasta el conocimiento; instituciones de supervisión ecológica, para establecer límites ambientales a la producción o para la restauración de ecosistemas; instituciones de supervisión de los Derechos Humanos; confederaciones municipales transnacionales; parlamentos internacionales con competencias concretas bien delimitadas, referéndums transnacionales, instituciones para la mutualización de riesgos; la institución de un bancor como moneda de reserva para estabilizar el sistema de cambios; cooperación en un internacionalismo autonomista; instituciones parar la colaboración en la implementación de proyectos cooperativos locales compartiendo información y experiencia; determinadas políticas públicas que convenga desarrollar y gestionar en común; libre circulación de personas entre los países que decidan compartir este planteamiento; política exterior común para defenderlo conjuntamente; políticas migratorias comunes vinculadas a políticas de ayuda a la autonomía; o cualquier otra institución que colectivamente decidamos ir creando mediante una participación equiparable a la de un proceso constituyente, pues esa suele ser la trascendencia de los compromisos internacionales.

Estas instituciones no tendrían por qué suplantar la toma de decisiones locales (más allá de mandatos concretos) sino estudiar objetivamente los problemas transnacionales e informar adecuadamente para una toma de decisiones en las instituciones democráticas locales. De este modo la cooperación democrática transnacional permitiría mantener la autonomía local y, más bien, se articularía desde esta última.

Ante problemas que afectan a un ámbito territorial vasto la solución no es abandonarlos o delegarlos (en técnicos y representantes) sino simplemente hacer que sea igualmente amplio el número de personas y de pueblos que deliberan y deciden sobre ellos. De lo contrario, si se toma el atajo de los altos representantes o de la alta diplomacia, o si se confía en tecnócratas para abreviar los procesos, seguirá ocurriendo que el mecanismo falsamente apolítico de los intereses mercantiles ocupe el espacio de decisión abandonado por nuestro criterio político, que con toda seguridad no se limitaría a valorar rentabilidades. Nuestro verdadero interés se juega en aspectos que van mucho más allá de unas burdas cotizaciones bursátiles.

En contra de lo que se nos hace creer, no es posible tener instituciones independientes de la política. Cuando se pretende esto, estas acaban respondiendo a los intereses minoritarios de quienes tienen acceso a su burocracia, o cuando menos responden a unos objetivos políticamente predefinidos. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el BCE y con todas las instituciones creadas por los gobiernos sin participación democrática de la población en su constitución y control.

La única forma de alejar las decisiones económicas de la arbitrariedad de los intereses parciales, (sean los de un déspota, los de una minoría de burócratas o los de una oligarquía), es someter esas decisiones al criterio de todas las personas de la comunidad afectada. Cada cual conoce mejor que nadie sus intereses (económicos y no económicos) y sólo la agregación de estos tras una deliberación pública puede hacer que las decisiones económicas sean menos políticamente parciales y que además incluyan la importancia de criterios distintos a la máxima rentabilidad para la riqueza privada, (criterios como la conveniencia de políticas públicas, decidir qué debe quedar al margen del comercio, poner límites al poder económico; criterios relacionados con el equilibrio ecológico, los derechos humanos o el buenvivir).

Por ejemplo, no nos ha de bastar con desmontar el euro y fraccionar el mercado común. Podemos actuar además en el otro sentido replanteando la UE en un proceso constituyente -coincidiendo en esto con Varoufakis-. Siguiendo nuestro guión, y suponiendo el debido apoyo al mismo, esa nueva constitución tendría que poner en valor la autonomía de sus miembros y la colaboración democrática por encima del libre comercio. Se podría mantener una unión basada en un parlamento verdaderamente democrático, en la libertad de movimiento de las personas y en las políticas públicas que creamos convenientes, y se relegaría la faceta comercial deshaciendo la integración normativa en este terreno en favor de la búsqueda de la máxima autosuficiencia local.


Lo que necesitamos recuperar es, sobre todo, autonomía política en todos los niveles de decisión, (más que soberanía nacional, pues esta última no nos garantiza que las decisiones se tomen de forma democrática en el seno de la nación). Y, como estamos viendo en el presente, no es la imbricación comercial de las naciones lo que va a traer paz y libertad al mundo sino su imbricación democrática, mediante el establecimiento de entornos de decisión comunes y vinculantes a la vez que participativos y horizontales, al menos para los asuntos que trascienden la problemática local. No necesitamos tanta flexibilidad económica sino más flexibilidad política e institucional. En lugar de tener mercados internacionales y gobiernos locales, podríamos buscar democracias anidadas que abarcaran el ámbito transnacional y supeditar el comercio a la autosuficiencia local y a la sostenibilidad general.

Pero eso requiere olvidarse de la obsesión por el crecimiento, la competencia y la supremacía. El triunfo o el éxito sobre los demás como objetivo vital exige una pugna inacabable y una actividad económica incesante, porque los demás siempre estarán ahí, forzados a hacer lo mismo. El entorno competitivo debe ceder su trono a la búsqueda de la autonomía para todos como prioridad política. Y este nuevo contexto social sería una ganancia también para las potencias hegemónicas actuales, que son rehenes de su posición, siempre amenazada, y que por ello tampoco pueden perseguir otros objetivos políticos.

La autonomía emerge en entornos cooperativos con más facilidad que en entornos de rivalidad en los que, además, los diferentes actores parten de situaciones muy dispares conduciendo a dinámicas de dominación y de desigualdad creciente. Una cooperación para favorecer la autonomía de cada parte y para comprometer autolimitaciones en favor de la sostenibilidad podría extenderse entre muchos estados con un ideal (utópico) de coordinación reticular mundial, pero sobre todo, tejiendo paso a paso esa red de cooperación transnacional o interlocal como forma de ir haciendo posible el cambio frente a los poderes globales. Nada obliga a que la cooperación democrática se inicie en la ONU con un quimérico compromiso global. La OCDE o la OMC se han ido construyendo mediante complejos acuerdos parciales, y lo mismo podría hacerse entre pueblos que compartan una misma visión política y que poco a poco podrían llegar a concitar una mayoría global significativa que cambiara la hegemonía mundial.

Al igual que los tratados de libre comercio agrupan a gobiernos que comparten ese propósito, (al margen de la proximidad o de la pertenencia a un mismo continente), los acuerdos de cooperación política tendrían como base una afinidad de principios o de objetivos políticos concretos. Podrían articularse como federalismo, como confederalismo o mediante otras formas de cooperación autónoma, pero sea la fórmula que sea la que se vaya eligiendo, en cualquier caso la democracia tendría que superponerse al comercio y determinar la política económica. Así se podría limitar la competencia y hacer frente a la incesante transformación humana y ambiental derivada de la idolatría de la riqueza.


La toma de conciencia necesaria para este internacionalismo cooperativo implica un cambio cultural. Implica comprender la mutua dependencia entre todos los habitantes del planeta, y asumir el vínculo esencial de todos con la biosfera que nos acoge y que nos ha conformado antes que cualquier otro apego cultural o territorial; implica asimilar en la propia identidad este vínculo natural ajeno a las fronteras y a las etnias.

La mayoría de las poblaciones tradicionales y tribales fueron bilingües, reflejo de una conciencia colectiva de lo humano que trascendía los límites de la comunidad propia. Llevando este ejemplo un poco más lejos, tendremos que integrar un doble sentido de pertenencia, y aceptar que el velo de toda cultura local se teje con hilos humanos comunes que también necesitamos valorar y cuidar.

El planeta es finito, la naturaleza local depende de vinculaciones globales y el clima no conoce fronteras. Y aunque sigamos estableciendo este tipo de barreras para las sociedades, tampoco es posible mantenernos al margen de las consecuencias que provoca nuestra política internacional. Por muchos límites que decidamos poner a la movilidad entre territorios es necesario al menos reconocer que, en el fondo, las fronteras son una forma de evadirnos de los problemas de convivencia planetaria generados por la globalización. Si por ejemplo en una provincia de nuestro país aumentase el paro enormemente y además surgiesen facciones mafiosas enfrentadas violentamente en su seno, y todo ello provocase una gran salida de personas de esa provincia, ¿crearíamos una frontera en torno a la misma como solución a esos problemas?

De algún modo es necesario hacernos responsables localmente de lo que ocurre allende nuestra vecindad inmediata; incorporar en nuestro debate local la política transnacional; asimilar que la autonomía de todas las poblaciones del mundo (o la falta de la misma) es un asunto que nos debe concernir a todos so pena de acabar sufriendo las consecuencias de uno u otro modo.

Salta a la vista que la ubicación geográfica de la población mundial requiere cierta racionalidad. No es una cuestión de la que se pueda prescindir como si todo el planeta pudiera vivir en el mismo lugar en caso de proponérselo. Pero si queremos evitar emigraciones masivas, (nunca deseadas por sus protagonistas), tendremos que preocuparnos cooperativamente por la autonomía política y económica de cada comunidad. La falta de esta autonomía es lo que impone la movilidad laboral o vital. Los muros sólo son parches para el miedo ante lo que no resolvemos, o peor aun, ante los males provocados por la política de los gobiernos enriquecidos y de sus corporaciones afines con su acaparamiento interminable allá donde la falta de autonomía local lo hace posible.

Sólo una verdadera y eficaz cooperación podría resolver este problema. Ha de ser un compromiso suficiente para garantizar el derecho a permanecer en el lugar de origen. Se trataría de una cooperación entendida como destino compartido, más allá de la solidaridad, que velaría por la autonomía de todos como un bien común en lugar de limitarnos a afrontar únicamente las consecuencias más dramáticas de este fracaso humano de la globalización.

Lo que favorecería esa autonomía no es una caritativa ayuda al desarrollo, generalmente condicionada a que también sea favorable para las empresas de los “ayudadores”, y mucho menos la suposición falsa y acomodaticia de que la globalización de los negocios llevará consigo el progreso. El llamado Consenso de Whashington, nominalmente concebido para sacar de sus crisis a los países en desarrollo, en la práctica ha sido más bien una forma de aprovechar cruelmente la debilidad ajena en la competición internacional.

Por contra, cualquier ayuda a la autonomía debe pasar por favorecer esta generosamente en la conciencia de la mutua dependencia; en la conciencia de que todos dependemos de todos. La falta de autonomía de cualquier población ha de considerarse como un problema de todos, como una enfermedad del organismo que compartimos, y que siempre podría extenderse o tener efectos sobre el resto. Será difícil concebir una forma de ayuda realmente eficaz sin salir de la competencia territorial, sin pasar a considerar a la humanidad toda como nuestro primer vínculo social y a la Tierra como un bien común a gestionar comúnmente, (y no como una tierra de nadie apropiable por el más fuerte o por el más listillo en un entorno de desconfianza precisamente ante la autonomía de los demás).

Si realmente queremos fomentar la autonomía ajena (y no un mero desarrollo forzado y controlable desde las metrópolis) hay varias posibilidades, pero lo primero es dejar de esquilmar los recursos naturales de los países empobrecidos, dejar de entorpecer su desarrollo con el comercio ventajoso para quien ya es rico, dejar de evadir impuestos de los lugares en los que tiene lugar la actividad económica y dejar de favorecer a tiranos y a oligarquías antidemocráticas. A partir de ahí podríamos apoyar los movimientos pacíficos de democratización y la formación para los mismos, transferir tecnología y conocimiento libres, y aportar una compensación económica pública equivalente a un plan Marshall -una deuda histórica- pero ahora orientada a promover la autosuficiencia y la autonomía democrática en la forma de invertir esa aportación.

Esto no implica la erradicación de toda inversión privada extranjera. Como ya dijimos no es lo mismo autonomía que autarquía. La justificación habitual para las inversiones y el movimiento de capitales es que los recursos ociosos puedan ser empleados por quienes los necesitan. El problema es la inflexibilidad de la deuda, la irracionalidad de los intereses contractualmente exigibles (al margen del resultado de la inversión) y la falta de asunción de riesgo por parte de los prestamistas. Con las actuales instituciones económicas supranacionales defendiendo esta inflexibilidad, los prestatarios quedan atrapados en una situación sin salida, cayendo en la sumisión política respecto a unos acreedores que intentarán recuperar su inversión a costa del sufrimiento de la población, y que harán negocio con los avales. Una forma más razonable de favorecer que los ahorros de unos puedan servir al desarrollo autónomo de otros podría estar en la lógica de las finanzas islámicas, (como nos explicaba nuestro compañero Jesús Nácher al final de su reflexión Ni globalización ni nacionalismo: Internacionalización).

Es importante comprender que la elección de la autonomía como nuevo paradigma no beneficiaría sólo a quienes padecen una mayor dependencia en la actualidad sino al conjunto de la humanidad, incluyendo a quienes no sufriendo carencias materiales viven presos de un productivismo competitivo sin fin que mediatiza la mayor parte de su tiempo y de sus energías. De ahí la necesidad de un nuevo internacionalismo de clase que oponga la autonomía personal y de los pueblos frente a esta alienación, y que proponga el apasionamiento en la búsqueda de un mundo mejor frente a la ambición económica, la comodidad consumista o la docilidad del entretenimiento comercial.

Si nos valoramos como seres humanos y no como meros obreros o burócratas de una gran maquinaria, aspiraremos a algo diferente de un aumento de nuestra capacidad de consumo. Una vez lograda cierta estabilidad económica suficiente necesitaremos más bien ganar tiempo para la autonomía, o lo que es lo mismo, necesitamos reivindicar las condiciones sociales que hagan posible la misma: una garantía de inclusión, una distribución equitativa de los frutos de la producción, reparto del trabajo realmente necesario, y acceso a la toma de decisiones políticas.  

Entre otras cosas esto haría posible determinar una escala óptima para la economía (cuya prioridad ya no sería el crecimiento) y decidir el espacio que la transformación económica debe dejar a la preservación del capital natural. No reivindicarnos como seres humanos más allá del trabajo, no reivindicar nuestra autonomía es una bajeza moral que cometemos con nosotros mismos y que nos impide hacernos responsables del rumbo que lleva la humanidad.
 

¿Cómo promover todo esto y cómo avanzar hacia ello? Ante el control corporativo y elitista del mundo académico y de los principales medios de comunicación, y ante la represión de los movimiento sociales, la única opción es una (auto)concienciación, persona por persona, pero que hoy día puede funcionar de un modo reticular, asociativo y viral al margen de la localización geográfica.

Y para que esta difusión sea posible es fundamental la cultura libre. Esta es otra faceta cualitativa de la autonomía. Como seres culturales que somos, nuestra autonomía depende de poder orientarnos con libertad en el ámbito de la información, la cultura y las comunicaciones. Sin embargo la globalización también nos está llevando en sentido contrario, no tanto mediante la censura como a través del control de la hegemonía cultural y la uniformización en torno a ideas y costumbres similares. El individualismo de mercado en realidad pretende que no actuemos como individuos sino como réplicas previsibles del mismo individuo. Por eso la cultura libre se ve amenazada desde las instituciones defensoras de la globalización. Así por ejemplo, el sistema de patentes y copyright entorpece lo primero y favorece lo segundo. Y recientemente la neutralidad de Internet se ha visto traicionada y torpedeada por el parlamente europeo, que ha votado contra la misma.

El camino opuesto consistiría en mantener la neutralidad, apoyar la información independiente que se mantiene al margen de grandes grupos económicos, contribuir al conocimiento general y a compartirlo, y además convertir el acceso a la red en un derecho básico.

No obstante, como todo desequilibrio encuentra finalmente su caída, en el peor de los casos cabe la posibilidad de que el colapso de esta forma de funcionar termine haciendo imperiosa la necesidad de una alternativa. Entonces puede hacerse valer el trabajo previo en su diseño de modo que no triunfe el atajo fácil del fascismo. Así por ejemplo, esta clase de previsión ha hecho posible, a pequeña escala, la autonomía cooperativa de algunas poblaciones kurdas mientras dura la guerra de Siria, como se explica hacia el final de esta charla:



Sean cuales sean las virtudes y defectos de esta reflexión, en cualquier caso es necesaria la búsqueda de un pensamiento estratégico que pueda precisarse en una visión fácilmente comunicable. La solución propuesta en este caso no es ni el nacionalismo ni el gobierno mundial sino la generalización de una autonomía cooperativa: conjugar la relocalización económica con la cooperación democrática transnacional. Hay que denunciar este falso vínculo (económico y competitivo) en favor del verdadero (democrático y cooperativo).

En realidad cada medida concreta esbozada en esta serie de entradas tendría que demostrar su eficacia o ser corregida en la práctica. Su valor es el de los ejemplos que facilitan la comprensión. Y lo verdaderamente importante es esta comprensión del nuevo enfoque. La autonomía es el referente que nos diría si se está obrando bien o mal a la hora de juzgar las políticas. Y una vez asumido socialmente el nuevo paradigma, la propia inercia favorecería el proceso de maneras insospechadas.

Es evidente que se trata de un enfoque a largo plazo y no de un programa acabado. Al igual que la propia globalización, o que el surgimiento de los estados-nación, estamos ante un proceso de largo alcance que requiere una visión clara, una idea-fuerza que sirva para inspirarlo y empujarlo, un horizonte de referencia hacia el que caminar, y que bien podría ser esta autonomía cooperativa para lograr un verdadero bienvivir.



lunes, 7 de marzo de 2016

DiEM25 ¿Un intento más?

El tiempo corre inexorable como impone la entropía, aunque la economía dominante está decidida a ignorarlo con empeño y vigor. Aquellos que no compartimos que el equilibrio y el bienestar aparecen tarde o temprano cuando se deja actuar al mercado, sentimos como se escapa entre nuestros dedos.

El imperativo de actuar nos acucia más que nunca, sin embargo, cuando más perentoria es la necesidad de acción, más nos dispersamos en debates sobre la búsqueda de mensajes que sean atrayentes y que, a la vez, puedan igualar en simplicidad a los que actualmente dominan de manera apabullante los medios de comunicación controlados de forma abrumadora por la ideología neoliberal.



¿Cómo igualar o incluso superar la capacidad de propaganda de forma que seamos capaces de transmitir un mensaje alternativo? ¿Cómo convencer sin aburrir? ¿Como esas alternativas serán asumidas e interiorizadas por el suficiente número de gente para alcanzar una masa crítica de cambio? Estas y preguntas parecidas son formuladas por personas que piensan que el cambio de modelo, en su forma más suave, o directamente la revolución es la única vía posible si queremos salvar un mundo, un sistema ecológico del que nuestra sociedad forma parte, que está menguando a una velocidad exponencial, aunque muchos se empeñan en mirar hacia otra parte.

El mediático ex-ministro de finanzas griego Yanis Varufakis ha decidido a echar su cuarto a espadas. Es la cabeza visible de un nuevo movimiento denominado DiEM25 (Democracy in Europe Movement 2025) cuyo pistoletazo de salida es un manifiesto que proclama que la democratización de Europa es la única vía para evitar su desintegración.



En estos momentos, dentro de la UE las fuerzas centrífugas actúan con fuerza, no solo es el referéndum para la salida o permanencia del Reino Unido (Brexit), sino la falta de una real unión fiscal y monetaria en la eurozona o la crisis de inmigración hacen que el llamado proyecto Europeo se tambalee.

En realidad, el proyecto Europeo es cuestionable desde su inicio. El propio Varufakis en su libro el Minotauro Global explica que la actual UE nacida como la CECA (Comunidad Europea del Carbón y el Acero) no es más que un apéndice del que denomina como Plan Global de los planificadores del New Deal estadounidense.

En el manifiesto, no hay ninguna referencia a este hecho, sino simplemente al nacimiento como un cártel de la industria pesada que después se extiende a la agricultura. En realidad, el manifiesto, de forma deliberada, recurre a un relato bastante romántico de la unidad europea.

La Unión Europea fue un logro excepcional. Consiguió unir de forma pacífica a unos pueblos europeos que hablan diferentes lenguas y que están inmersos en diferentes culturas, demostrando que era posible crear un marco compartido de derechos humanos en un continente que, no mucho antes, estaba dominado por un chovinismo homicida, el racismo y la barbarie. La Unión Europea podría haber sido el proverbial faro entre la niebla y mostrar al mundo que la paz y la solidaridad podían ser arrebatadas de las fauces del conflicto y la intolerancia.”

Parece evidente, que se trata de un compromiso entre diferentes sensibilidades y, por esa causa, podemos encontrar diferencias de tono o, incluso, realizar diferentes niveles de lectura. Habiendo oído varios discursos de Varoufakis relativos al nuevo movimiento, es fácil percatarse de la necesidad de alcanzar compromisos para aglutinar posturas políticas e ideológicas diversas bajo un mismo paraguas. Varoufakis tiene clara la nítida diferencia entre sus posiciones académicas y la necesidad de acomodarse a un discurso más digerible dentro del imaginario que ha creado el establishment y utilizarlo en su contra.

Parece una estrategia razonable, a primera vista. No obstante, la capacidad de fagocitar o destruir cualquier alternativa por parte del poder es una de sus señas de identidad más remarcables. El sempiterno “No hay alternativa” (TINA) de Margaret Thatcher se muestra como una verdad incuestionable para una mayoría social, aunque muchos aborrecen sus consecuencias,  consideran una pérdida de tiempo y energías luchar por lo que no se puede cambiar, pues es así como son las cosas, aunque las detestamos.

En crear, mantener y fomentar la idea de la falta de alternativas la escuela económica neoclásica ha jugado un papel primordial, otorgando a lo que es una posición ideológica (normativa) un halo de positivismo completamente inmerecido que ha sido motivo de algunas entradas en este blog.

Sin embargo, no cabe llevarse a engaño, desmontar la parafernalia de conceptos masticados y simplificados, que apelan a un presunto sentido común previamente construido mediante falacias es una tarea casi imposible. No obstante, no debe renunciarse a atacar estos concepto aunque pueda parecer un empeño estéril.

El eterno dilema sobre cuál es la mejor estrategia y hasta qué punto compromete los objetivos últimos debido a los inevitables acuerdos que se deben alcanzar es una de las principales debilidades de la izquierda. Una debilidad que siempre ha causado fragmentación y desencanto, pero que no ha caído nunca en saco roto, pues el sistema ha sabido siempre aprovechar esas circunstancias para avanzar en su proyecto, el único posible como les gusta presumir.

DiEM25 coge una bandera muy apreciada por el liberalismo en sus diferentes modalidades, colores y sabores, la democracia que pasa a ser la idea fuerza que sirve para aglutinar. ¿Quién se negaría a democratizar más Europa? Muy pocos, aunque cada vez esos muy pocos sean más. Pero no nos desviemos de la cuestión.

He dicho que la democracia siempre ha sido una bandera de enganche muy apreciada por los liberales, aunque ciertamente muy alejada de su núcleo doctrinal básico. Pero estamos en el terreno de las apariencias o del nominalismo.

En ese sentido, DiEM25 es inteligente y acusa a la UE  de ser un ente burocrático. La idea de construir un discurso contra la burocracia desde la izquierda es básico como nos ha puesto de manifiesto David Graber en su último libro la Utopía de las Normas que comentamos en el blog. El manifiesto expresa en diversas ocasiones las nefastas consecuencias de haber cedido el poder a esos tecnócratas/burócratas, presuntos expertos que no hacen más que expresar a través de sus actos, supuestamente asépticos, un posicionamiento ideológico que contrario a los intereses de una gran mayoría de los ciudadanos que no los han elegido, pero que sufren sus decisiones.

La idea que la burocracia es contraria al mercado, por qué sirve para alterar su funcionamiento eficiente en las condiciones ideales que los economistas postulan, es ridícula. De hecho, ni siquiera en esas supuestas condiciones marcianas se cumple lo que la escuela neoclásica sostiene, ni que decir tiene, en la realidad. La tecnocracia, es un apoyo inestimable para perpetuar la hegemonía de un sistema y, por esa causa, la crítica desde la izquierda es imprescindible. En el caso de la tecnocracia de la UE, esto es si cabe más palmario que en el caso de las burocracias de los estados miembros, dado su mayor alejamiento de los ciudadanos.

El manifiesto plantea un problema que ya se produjo en el período de entreguerras con una vuelta a las pulsiones nacionalistas que suponen un enfrentamiento entre las antiguas naciones-estado, cada uno haciendo la “guerra” por su cuenta. El fenómeno de la centrifugación de la UE se encuentra enmarcado en los límites del proceso de globalización, de la misma forma que sucedió en el primer período mencionado. Se trata de un peligro inminente que gana velocidad a medida que las sucesivas crisis actúan como catalizadores de esas pulsiones. Especialmente las crisis migratorias están suponiendo un gran impulso para las tesis que abogan por un control estricto de los flujos, y para ello, sostienen, no queda más remedio que la mano dura. Es un capítulo más donde las libertades y derechos ceden paso a la “seguridad”.

El documento señala de forma parcial algunas de las características que el llamado consenso de Washington sobre la globalización ha supuesto para ahondar en la tecnocracia a la que antes hacíamos referencia.

“  un proceso de decisión sumamente politizado, opaco y vertical que nos es presentado como “apolítico”, “técnico”, “de procedimiento” y “neutral”. Su propósito es impedir que los europeos ejerzan control democrático sobre su dinero, sus finanzas, condiciones laborales y medio ambiente.El precio de este engaño no es sólo el fin de la democracia, sino también políticas económicas erradas:”

No se trata de nada nuevo, sino una profundización de aquellos rasgos que han configurado la UE desde su nacimiento en el marco del sistema imperial de los Estados Unidos.

En este punto, el manifiesto plantea que la dinámica nos lleva a dos alternativas que son igualmente perjudiciales: o el estado-nación enfrentado al resto o Bruselas como la encarnación del proceso de globalización y burocratización al servicio de las élites económicas.

Personalmente no percibo la dicotomía tal como se plantea. En realidad creo que ambos procesos tienen más puntos de conexión de lo que parece para mantener el status quo. Son procesos complementarios para mantener unos privilegios que se han construido en torno a la deuda que es la pieza clave donde se encarnan las relaciones de poder y sumisión.



La propuesta de democratización es, no cabe duda, una propuesta radical. No se trata de recuperar nada que se ha perdido, sino de construir algo completamente nuevo si pretendemos variar la deriva de un sistema que esta moribundo. El documento juega con una calculada ambigüedad ya que puede parecer que en algún momento del pasado se dio un verdadero proceso democrático tanto a nivel europeo como de los estados miembros que conforman la Unión.

En este punto, es donde comienza el documento a desgranar algunas propuestas genéricas que van encaminadas a culminar el proceso de democratización en 2025. No es mi intención entrar a debatir de forma pormenorizada las mismas. Tiempo habrá si realmente el movimiento prospera para lo que necesita aglutinar visiones ideológicas que son en muchos puntos contrapuestas.

Cabe decir que entregar la capacidad de decisión a los ciudadanos es completamente incompatible con nuestro actual sistema político basado en la representación incondicional, donde las opiniones de los ciudadanos son ignoradas para su “bien” sobre la base de conceptos ideológicos que se presentan como verdades inmutables. Nuestra opinión, respetable siempre para un liberal, debe quedarse en el ámbito personal ya que no sirve para gobernarnos, la tarea queda encomendada a unas élites que son elegidas, normalmente por personas interpuestas que llamamos políticos, e investidas de un poder del que en realidad no deben rendir cuentas, excepto cada período electoral, donde las alternativas son meras variaciones sobre el mismo tema.

Del manifiesto podemos decir que no son más que buenos propósitos (wishful thinking), sin embargo, no es óbice para dar la bienvenida a cualquier intento de desviar el rumbo de colisión del sistema con nuestros límites y los del planeta. Como hemos afirmado al inicio, lo único que no tenemos es tiempo, en consecuencia, aún desde el escepticismo, esperamos que este intento pueda aglutinar fuerzas que hasta ahora trabajan dispersas y que apenas consiguen hacer mella en un sistema que está en declive, pero cuya inercia debido a su velocidad y masa son colosales.

lunes, 7 de diciembre de 2015

El Problema Ignorado: La Dimensión de la Economía

El concepto de dimensión no es ajeno a la microeconomía pero desaparece cuando nos desplazamos al nivel agregado, a la macroeconomía. La razón la he explicado en otras entradas y no voy a insistir, se trata de la visión pre-analítica que considera que la economía en su conjunto es el todo relevante, y cuyo crecimiento, a diferencia de los agentes individuales, no tiene coste de oportunidad. Si queremos utilizar un lenguaje menos académico, simplemente debemos sustituir costes de oportunidad por límites. En este aspecto, no es solo la escuela neoclásica sino también la marxista la que defiende que no hay límites que nos impidan crecer para siempre.

El PIB o el PNB son los instrumentos a través de los cuales se nos transmite la idea de que el crecimiento económico no es solo deseable sino imprescindible, pues soluciona todos los problemas que se nos presentan. La idea de crecimiento es de consenso en prácticamente todo el espectro político, salvo algunas excepciones. Sin embargo, la práctica unanimidad sobre la necesidad de crecimiento sitúa a los contendientes en posiciones de partida muy desiguales. Una vez entras en la lógica del crecimiento ilimitado la corriente arrastra hacia posiciones neoliberales con una fuerza irresistible. La izquierda se ve en posiciones insostenibles porqué la preferencia por el crecimiento, que todo lo cura, obliga a sacrificar prácticamente todo en el altar del mercado que se acepta, explicita o tácitamente, como el demiurgo creador de riqueza. Es el archifamoso TINA de Margaret Thatcher. 




Los partidos socialdemócratas de Europa Occidental son el ejemplo arquetipo de esa rendición que los convierte en irrelevantes. No son más que gestores que pueden ejercer un cierto, y muy moderado, reparto en tiempos de abundancia, pero que son incapaces de resolver los problemas de “verdad”. El caso de Corbyn en los laboristas británicos, que son los que han recorrido ese camino hacia a irrelevancia con más empeño, puede ser una luz de esperanza, aunque el camino a desandar están largo y los obstáculos tan formidables que no tengo excesiva confianza en que encuentre un discurso alternativo.

En mi opinión, la denominada izquierda será decrecentista y afrontará las cuestiones de la dimensión de la economía en relación con la naturaleza y la sociedad o no será. Está afirmación puede parecer ahora una locura, Monedero nos diría que con decrecimiento no se liga, pero en ese discurso poco “sexy” se encierran las claves de nuestro futuro.

El concepto de escala óptima no deja de tener sus problemas. El más importante es que puede transmitir una sensación de concepto estático y determinado, como en la definición microeconómica neoclásica que es completamente engañosa. El tamaño es siempre un concepto dinámico que se mueve en un ambiente de incertidumbre. Caer en el error de la economía dominante que confunde la incertidumbre con las probabilidades asépticas de un casino (Taleb, 2014) sería el peor error que podríamos cometer. Similar a la interpretación neokeynesiana que extrae del pensamiento de Keynes lo esencial, la incertidumbre.

Opino que es mejor definir la escala óptima como un continua aproximación (intento y error) inspirada en el principio de prudencia. Hemos de tener muy presente que las iatrogenias se pueden presentar a largo plazo mientras que los beneficios, normalmente muy inferiores a los costes, son a corto plazo. En palabras de Taleb, no debemos confundir la ausencia de evidencia con la evidencia de ausencia, pues esa es la forma como actualmente progresa nuestro sistema. A estos costes algunos los llaman externalidades o fallos de mercado, no son más que formas de evitar considerar las cosas de forma global. Para el actual paradigma económico cada cosa tiene su particular negociado, pero no hay conexión entre ellos, de forma que se puede afirmar con rotundidad una cosa en uno y negar lo afirmado en otro con la misma vehemencia. Por ejemplo, se puede considerar que la globalización supone que debe actuar el principio de compensación dentro de un país para que los ganadores compensen a los perdedores y aún así existe un excedente para estos últimos. En el negociado de la redistribución se puede afirmar que la imposición de cualquier tipo de impuestos distorsiona el mercado lo que supone una perdida neta de excedentes para la sociedad.

El problema de la dimensión y la asignación

Tal vez, este siendo demasiado osado al intentar explicar está cuestión pero resulta tan importante que intentaré transmitir cual es el meollo del asunto.

La economía neoclásica, en sus diferentes etapas, se ha centrado en el problema de la asignación orillando, en la medida de los posible, el problema de la distribución. La idea general es que la asignación es una cuestión positiva a diferencia de la distribución. Esto no es más que un juego de espejos y humo, porque la asignación requiere una distribución dada que no se discute, lo cual es de por si una posición normativa. Por eso, se recurre a figuras como las del dictador benevolente (Andreu Mas Colell). No obstante la dimensión no juega ningún papel o, más exactamente, la dimensión óptima viene dada por la asignación óptima como veremos.



El lector puede objetar que está distinción entre positivo y normativo es decimonónica y, debo darle la razón. No obstante, estamos hablando de una una escuela de pensamiento, profundamente anclada en el siglo XIX, sin que la progresiva formalización matemática sea óbice para alterar esta aseveración. Por lo que de forma retórica utilizó esta distinción.

Los economistas definen el equilibrio general cuando los mercados por si mismos, sin intervención, alcanzan un nivel de precios relativos de todos bienes en los que para cada uno de ellos la oferta es igual a la demanda. Pura magia en acción si fuera cierto. Una cuestión importante que se debe señalar es que el dinero no juega ningún papel, todos los precios se fijan entre la diferentes mercancías, por eso siempre hablamos de precios relativos.



Antes que nada, hemos de explicar o intentarlo como alcanzan los mercados el nirvana del equilibrio. Esta cuestión puede parecer trivial pero no lo es. Léon Walras no pudo demostrar como los mercados alcanzaban ese equilibrio óptimo, supuso que sería un proceso de tanteo donde las cantidades se aproximan progresivamente por un proceso de subasta (Subastador de Walras). Parece una cuestión de sentido común, pero como sucede en ocasiones, especialmente en la economía neoclásica, las cosas se tuercen de forma inesperada. El concepto es, no obstante, central ya que conecta con la idea, ampliamente extendida, de que la estabilidad es innata al sistema de mercado sobre la base de los precios y el libre intercambio y que solo las perturbaciones externas, tales como la intervención del gobierno, alejan el sistema del equilibrio que le es innato.

Primera advertencia, y me quedarán otras en el tintero. En un modelo de equilibrio general, durante el tanteo no puede haber intercambios, se pasa de un equilibrio a otro. Fuera del equilibrio las curvas de oferta y demanda son meramente nocionales, es decir, no existen hasta el nuevo equilibrio. Por esa causa, los ajustes deben ser instantáneos. Como tal cosa no ocurre se recurre a conceptos como la "pegajosidad" (stickiness) de los precios. El razonamiento es que ciertas rigideces, provocadas por los sospechosos habituales, no dejan que el mercado obre su magia. Está forma de razonamiento cuando se convierte en habitual, como es el caso, es completamente enfermiza. El apego al método deductivo y sus axiomas se convierte en una barrera infranqueable. Es como coger un medidor de angulos para comprobar que la suma de los ángulos de un triangulo es de 180º. Cuando descubrimos que no es así recurrimos a lo que Imre Lakatos denomina cinturón de seguridad de las hipótesis auxiliares. Por construcción los ángulos de los triángulos euclidianos han de medidir 180º, pero solo porqué nuestra axiomática lo impone. Si los físicos hubieran sido tan inflexibles estarían todavía operando con su pegajosidad particular, el eter. Pero se dieron cuenta que debían cambiar su paradigma. La geometría euclidiana es un caso particular no generalizable. La economía funciona, para desgracia de todos, en parámetros muy diferentes.

La cuestión que se plantea es que en una economía (sistema) que crece se deben dar dos requisitos y, estos entran en contradicción. Las dos condiciones para el equilibrio serían que la producción de todos los bienes debe crecer al mismo ritmo y los precios relativos deben ser constantes, ambas magnitudes deben guardar una relación proporcional.

La primera condición es evidente en términos agregados, la producción en t+1 será la producción en t más un aumento que está representado por número (escalar). Pero nuestra condición es más estricta, hemos dicho que todos los bienes han de crecer al mismo ritmo. Si no crecen de forma igual, algunos por debajo y otros por encima, lo que parece bastante razonable, lo que nos importa es que tiendan a converger, que el sistema sea estable.

Pero la producción en t no es un número sino un el conjunto de bienes y servicios que se producen, lo que se representa por una matriz de producción. Para que la producción en t+1 cumpla la condición de crecer de forma estable, que tienda al equilibrio esa matriz debe tener ciertas propiedades matemáticas que entran en contradicción con las necesarias para que se den la segunda condición.

La segunda condición de los precios relativos es que los productores puedan comprar los insumos y vender lo que producen para obtener beneficios y seguir produciendo cada uno lo produce, en caso contrario cambiarían su producción. Cabe recordar que en estos intercambios no hay dinero ni inflación solo unas razones de intercambio de unos bienes o servicios por otros. Si la economía crece los beneficios que obtienen deben crecer acompasadamente con ella.

El problema es que las dos condiciones están interrelacionadas de tal forma que para que se cumplan simultáneamente una debe ser la inversa de la otra. La condición matemática es que los valores característicos (autovalor o eigenvalor) de la matriz sean menores que uno, pero si una es la inversa de la otra, eso es imposible. Por ejemplo, un valor 0,5 su inversa es 2 (1/,05=2). Es cierto, que si los valores característicos fueran negativos, ambas condiciones se podrían cumplir, pero deben ser cero o mayores, porque los valores de la matriz lo deben ser necesariamente porque no se produce nada con inputs negativos. El teorema de Perron-Frobenius dice que para una matriz con valores no negativos, el valor característico mayor de dicha matriz es siempre mayor que cero, lo que se traduce en el problema de la inestabilidad dual. Eso se traduce en que si la producción es estable los precios relativos no lo son y viceversa. Por lo tanto, la intuición razonable de Walras sobre el tanteo para alcanzar el equilibrio no funciona. Es necesario mencionar, que los intentos de demostrar el equilibrio general no acaban en Walras, pero siempre se intentan conseguir mediante hipótesis absurdas que ni siquiera deberían ser consideradas, excepto que lo único importante sea precisamente mantener el principio.

La cuestión matemática sirve para poner de manifiesto que la economía neoclásica huye de la complejidad como el gato escaldado huye del agua. Sus modelos pueden ser extraordinariamente complicados pero no complejos, lo que conecta con lo siguiente que quiero explicar sobre la dimensión óptima.



En la economía neoclásica una asignación optima, equilibrio general, es único para una distribución de renta dada. La cuestión es si el equilibrio general presupone, así mismo, una escala determinada. Resaltar que como señala José Manuel Naredo, que sin tener presente el problema de la dimensión, y en contra de la idea generalizada que el sistema de precios es independiente de la distribución, ambos están vinculados.

"..., aun dentro del campo económico (neoclásico) configurado por tales categorías, la distribución de los ingresos no es un hecho objetivo que resulta de ciertos automatismos del sistema de precios contra los que la sociedad no puede recurrir sin dañar la eficiencia económica, sino que el propio sistema de precios viene condicionado por la distribución de partida, observando que la modificación de esta depende de factores sociales subjetivos como son los valores, las pautas de comportamiento e instituciones que la originaron, y no de mecanismos exteriores a estos"   

Advertir, por otra parte, que el equilibrio no es único tal como demuestra el Teorema de Sonnenschein-Mantel-Debreu, excepto para condiciones marcianas, pero eso es harina de otro costal.

Los precios de equilibrio dan lugar a un óptimo de Pareto que en principio representaría la escala óptima de la economía. Si está debe crecer para que el equilibrio se mantenga, entonces todo debe crecer en proporción. Pero ya hemos explicado que eso no es factible. Ahora atacaremos el problema por otra vertiente y comprobaremos que una situación de equilibrio supone no solo una distribución dada de la renta sino una escala determinada.

Es cierto, que la economía neoclásica no considera el problema de la escala, pues a nivel agregado no hay costes de oportunidad y, como acostumbra a decir Herman Daly, no hay regla de cuando parar. Sin embargo, cuando se enfrentan a la realidad física, como lo hace la economía medioambiental, para intentar resolver los fallos de mercado la respuesta es crear mercados aunque no se cumplan los requisitos necesarios de los que hablamos en otras entradas (aquí y aquí). El mercado es siempre la solución, se “internalizan” los costes y la asignación vuelve a ser la óptima. Si aceptamos la fantasía de la internalización y desechando los costes de información que supone y, añadimos junto a las venerables figuras del subastador y el dictador benévolo, al planificador omnisciente, habremos solucionado dos problema, asignación y escala, con el equilibrio general.

He de decir, sin ironía, que tal despliegue de imaginación mercería, al menos, un final feliz de película, pero es que ni eso. Veamos las causas.

El problema radica una vez más en la linealidad y en la falsa independencia  de las variables. Consideremos una situación estática de equilibrio de partida, antes hemos explicado que es inestable en una economía que crece, pero ahora nos hemos desplazado al mundo atemporal de los economistas neoclásicos. Si a continuación pasamos a otra situación donde todas la magnitudes físicas de producción se han doblado el óptimo de asignación se mantendrá y por añadidura la dimensión será también la requerida. Si fuera cierto, haber duplicado el tamaño no cambiaría los precios relativos de asignación que regían para el anterior tamaño, por lo tanto, la nueva dimensión sería un óptimo de Pareto. Eso significa que podemos crecer siempre que mantengamos los precios en equilibrio (alrededor del equilibrio lo que implica que el sistema es estable) que nos dan una asignación eficiente.

Cabe hacer la enésima advertencia, ese óptimo de asignación inicial es una entelequia, es como el espacio y tiempo absoluto de Newton. No hay forma humana de determinar en que momento se ha producido un equilibrio competitivo para utilizar como punto de referencia. Esta es una discusión que engarza directamente como la controversia de los dos Cambridge sobre el capital cuya relevancia es máxima pero que excede con mucho el ámbito de está entrada.

Tomemos un ejemplo geométrico para entenderlo. Si tenemos una habitación de 2x4x4 si doblamos sus dimensiones ¿qué ocurre? No todo se ha doblado, la superficie se ha cuadruplicado y el volumen óctuplicado. 



Por el momento, dejaremos de lado el hecho de que esa habitación aumenta su dimensión en la Tierra es un sistema cerrado que no crece. Advertir que eso es tan evidente que los economistas neoclásicos lo ignoran. Por esa causa, nos complicamos tanto la vida con enrevesadas explicaciones para llegar a lo que cualquiera puede ver sin gran esfuerzo; que la economía no puede crecer más allá de lo que lo contiene. Admitir lo anterior conduciría a reconocer los límites y eso es tabú. Si alguien pregunta como se puede ignorar algo tan evidente, la explicación es propugnar la sustituibilidad del capital natural por el hecho por el hombre aunque sean esencialmente complementarios, pero formulado de está forma no parece tan absurdo. Y si lo siguiente que nos planteamos es como podemos sostener que son sustitutos, pues la respuesta es clara, se trata de un acto de fe que se denomina progreso tecnológico.

Volvamos a la habitación cuyas dimensiones lineales hemos duplicado. Constatamos que no todo crece proporcionalmente, por lo tanto, si queremos pintar vamos a necesitar cuatro veces más pintura, y ocho veces más energía para calentarla. Eso en términos económicos quiere decir que el cambio de dimensión significa un cambio en las relaciones de intercambio, los precios relativos, porqué no todo crece proporcionalmente como habíamos supuesto. Lo anterior guarda una gran similitud con la explicación de porqué el sistema es necesariamente inestable al intentar mantener acompasados los precios relativos y las cantidades. En realidad no es similitud, es que llegamos al mismo lugar por caminos diferentes. En palabras de Daly:

La respuesta a nuestra pregunta: ¿La noción paretiana de asignación óptima asume una escala dada así como una distribución dada? parece ser sí. La escala no puede aumentar “en proporción” porqué (a) hay un factor fijo, a saber el tamaño total del ecosistema (b) es matemáticamente imposible, incluso para todas las dimensiones internas relevantes del subsistema aumentar en la misma proporción, y (c) incluso si las cantidades de todas las mercancías pudieran incrementarse proporcionalmente sus precios relativos aun cambiarían porqué su utilidad marginal descendería a ritmos diferentes para bienes distintos. Una escala diferente requiere un conjunto de precios relativos diferentes para ser eficiente en el sentido de Pareto. Si reconociéramos la importancia de la escala y quisiéramos calcular la escala óptima ¿cómo lo haríamos? ¿Podemos medir el coste y beneficio de un cambio en la escala por la medida de los precios? Los precios iniciales de asignación, aunque fueran correctos, para ser usados en el cálculo dependen de la escala inicial. No podemos saber que nuevos precios corresponderían a la escala óptima a menos que ya sepamos la misma. ¡Pero es exactamente la escala óptima la que estamos intentando calcular! Es circular calcular la escala óptima sobre la base de igualar los costes y beneficios marginales medidos por los precios, los cuales asumen de inicio que están en la escala óptima”

El mercado no nos conduce a la dimensión óptima que no podemos determinar aunque fuéramos capaces de internalizar los costes y acabar con los fallos de mercado. Este resultado podría ser demoledor, pero existen medios más que sobrados para ignorar o rechazar los resultado mediante el cinturón protector de hipótesis auxiliares que permiten proteger el núcleo duro del paradigma (Imre Lakatos). En realidad, no estamos más ante un arte retórico (Deirdre McCloskey) lleno de analogías y metáforas que captan la imaginación, como el poderoso demiurgo del mercado que con la sola materia prima de la información dispersa y el irrefrenable deseo de intercambio entre los humanos para escalar en la escalera de la utilidad, soluciona todos los problemas.

En concreto, renunciar al equilibrio general no es posible, ni siquiera relajar sus exigencias y eso es algo que se ha intentado. Algunos pueden afirmar que lo anterior no es más que una caricatura de complicados modelos donde las hipótesis son mucho más sofisticadas como la teoría de juegos (equilibrio de Nash). Pero tampoco, cualquier alejamiento de la hipótesis central del equilibrio genera tal indeterminación que se recula inmediatamente hacia puerto seguro a resguardo de las tempestades que se desatan cuando aflojamos un poco las riendas. Por ejemplo, para agentes racionales el comportamiento fuera del equilibrio podía ser tan racional como el propio camino que marca el equilibrio de Nash. El resultado no ha sido relajar las exigencias de equilibrio sino aumentarlas y atrincherarse en ellas. Es lo que Varoufakis llama el baile de los meta-axiomas.

Mi intención en está entrada es dejar patente que gran parte de lo que consideramos como verdades incontrovertibles no son más que metáforas que no tienen la pretendida base positiva que la gran mayoría le atribuyen. Por otra parte, el mercado no nos va a proporcionar la escala adecuada que debe tener la economía en relación con el ecosistema.

Cumbres como la de París sobre el clima ignoran lo esencial, porqué comparten unas metáforas para un mundo que no existe y, en consecuencia, están destinadas a la irrelevancia y a provocar melancolía en aquellos que esperan resultados.

Solo reconociendo el problema de la dimensión de la economía, abandonando la absurda hipótesis de la sustituibilidad entre el capital natural y el fabricado por el hombre y renunciando a la fe en el progreso tecnológico como bálsamo de fierabras, se podrá avanzar. Estamos muy lejos de ese reconocimiento y, por desgracia, el tiempo corre en nuestra contra.