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lunes, 26 de octubre de 2015

Colapso y pasividad


Una postura extendida, y bastante cómoda, entre los críticos con nuestra sociedad, y en especial aquellos que piensan, como nosotros, que nuestra relación con el planeta es insostenible, es considerar que nuestra civilización se enfrentará en un plazo no demasiado prolongado a un colapso inevitable ¿Por qué digo que es una postura cómoda? La información nos sirve para tomar decisiones, y en este caso, lo inevitable del colapso sirve para justificar la inacción. De nada sirve luchar contra nuestro destino cuando este se encuentra gobernado por fuerzas que exceden con mucho aquellas del individuo aislado. En esta visión, la humanidad aparee guiada por fuerzas ciegas, que generalmente se relacionan con la “naturaleza humana”, nuestro egoísmo innato, algún oscuro gen del pasado reptiliano que continúa guiando nuestra mente sólo superficialmente racional.

Estas ideas no son nuevas, en otras ocasiones ya henos citado a Cornelius Castoriadis para desechar este fatalismo. Al fin y al cabo estas ideas no son distintas de aquellas que pretenden que nuestro orden social viene determinado por una causa externa al ser humano, generalmente de origen divino, que hace que este orden sea, de hecho, inalterable. La historia nos muestra que esto no es así, al igual que la lógica, el orden social se construye gracias a la suma de decisiones y acciones humanas, condicionadas, en efecto, por el proceso de endoculturación, pero no tanto para lograr una sociedad completamente rígida e inmutable. En definitiva, y como bien explica Castoriadis, todas las sociedades crean sus instituciones, aunque algunas decidan negar esa creación.


Sí, es cierto, estamos sometidos a leyes físicas que no son negociables. Necesitamos energía para hacer cosas, y la cantidad de energía que podemos usar de forma permanente está limitada por la que nuestro planeta recibe del Sol. Si no queremos alterar gravemente el equilibrio de nuestro planeta, como mucho podremos usar una pequeña fracción de esa energía. Sin embargo, la historia nos enseña que el uso que puede hacer el ser humano de esta energía es muy variable, no aprovechaban la misma las sociedades de cazadores recolectores que los romanos al comienzo de la era cristiana, y sin embargo los holandeses del siglo XVIII, antes del carbón y la máquina de vapor, disponían de más energía que los romanos. La cantidad de energía de la que podemos disponer a corto y medio plazo es un límite, pero no está escrito sobre piedra que no seamos capaces de adaptarnos a ese límite.

El fondo de la cuestión es que el colapso no es una cuestión física, sino social. Quienes lo han estudiado, y recientemente tenemos ejemplos notables, como Jared Diamond en Colapso: Por qué algunas civilizaciones permanecen y otras desaparecen o Joseph Taintier en The collapse of complex societies, y Ronald Wright en Breve historia del progreso, nos vienen a decir lo mismo, el colapso no es inevitable, es posible adaptarse, otras sociedades lo han hecho en el pasado. Citando al último de estos autores:

Dos de los cuatro casos que hemos considerado hasta aquí, la isla de Pascua y Sumer, no pudieron recuperarse porque sus sistemas ecológicos no admitían regeneración. En los otros dos, Roma y los mayas, el declive se inició en sus territorios centrales, donde la demanda ecológica había sido exorbitante, pero dejaron sociedades remanentes cuyos descendientes han sobrevivido hasta la época contemporánea. Durante mil años la densidad de población fue escasa, y las tierras de ambos pudieron recuperarse con la ayuda de las cenizas volcánicas y las pandemias. Italia no se parece a la isla de Pascua,; Guatemala no es Sumer.

Hallamos ahí un enigma. Si las civilizaciones se destruyen con tanta frecuencia a sí mismas, ¿por qué ha salido tan bien el experimento de la civilización en general? Si Roma, en el largo plazo, no pudo alimentarse a sí misma, ¿cómo es posible que cada poblador de la Tierra en tiempos romanos haya engendrado una descendencia de treinta habitantes vivos en la actualidad?

La regeneración natural y las migraciones humanas nos proporcionan parte de la respuesta […]

Una segunda respuesta es que aunque la mayoría de civilizaciones han agotado los límites naturales y han desaparecido al cabo de un milenio o un período parecido, algunas han escapado a ese destino. Egipto y China continuaron utilizando la energía derivada del fuego son agotar sus recursos naturales durante más de tres mil años.

El colapso de las civilizaciones no es inevitable, y además nuestra civilización presenta una ventaja decisiva sobre el resto, conocemos el destino de las anteriores.

La gran ventaja que tenemos, y nuestra mejor posibilidad de evitar el destino de las sociedades del pasado, es que nosotros sabemos lo que ocurrió con ellas. Podemos ver cómo y por qué acabaron mal. El Homo sapiens dispone de información para saber lo que él mismo es: un cazador de la era glacial, evolucionado a medias hacia la inteligencia, astuto pero raramente sabio.

Es hora de aprovechar esta información. El problema del colapso, o de forma más general, el problema de la sostenibilidad es un problema social, es el problema de lograr un comportamiento, una respuesta colectiva. Desde nuestra asociación, modestamente, hemos planteado en varias ocasiones la cuestión, en nuestro Programa para una Gran Transformación enumerábamos una serie de medidas políticas, que necesariamente tienen que ir unidas a un fuerte movimiento de base, que nos ayudarían a transitar hacia la sostenibilidad; mientras que en Una modesta utopía nos centrábamos en describir el resultado ideal de ese proceso, tratando de mostrar un objetivo deseable, que anime a la ciudadanía a ir uniéndose a ese fuerte movimiento de base que necesitamos.

El debate continúa abierto, y será cada vez más candente, según se vayan uniendo a élvoces con fuerte peso mediático como la del papa Francisco. Es hora reforzar nuestro empeño, no sólo advirtiendo de los peligros, sino con propuestas constructivas que vayan señalando el camino hacia el que será necesario dirigirnos. No hacer nada, aunque sea porque creemos que nuestras acciones no van a tener ninguna repercusión, es equivalente a pensar que los estados que se puedan derivar de nuestras acciones son equivalentes. Sin embargo, es sencillo rechazar las posturas nihilistas, es mejor evitar el colapso que no evitarlo, y es mejor pilotarlo de forma suave que sufrirlo de forma caótica. Hay estados mejores y peores, y esos son los que debemos buscar colectivamente.

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