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domingo, 18 de octubre de 2015

Educación para una sociedad autónoma


 Es indudable que si se quiere alcanzar, o, mejor dicho,  caminar hacia una sociedad autónoma, la educación es una herramienta importante para ello. Una sociedad autónoma requiere de individuos autónomos-no confundir con atomizados-, y para tal menester es necesario investigar qué tipo-o tipos de educación- se debería favorecer .

Para nosotros está claro que el autogobierno individual y colectivo requiere de gentes que amen el pensamiento y la reflexión.

Pero no un pseudopensamiento, o una pseudoreflexión, es decir las ideas que las sociedades heterónomas introducen en las gentes desde la infancia hasta la muerte a través de sus instituciones: desde la escuela a los medios de comunicación, las Empresas, los partidos políticos, las Iglesias y un largo etcétera. Porque esto no puede considerarse pensamiento, sino más bien adoctrinamiento, propaganda, o repetición de lo exigido sin más.

La escuela, tal como la entendemos actualmente, es una creación de la Revolución Industrial, cuyo fin era preparar a los niños para ser futuros siervos de la máquina. 

Lo importante, por tanto, era adecuarlos a la mentalidad asalariada, es decir a la ciega obediencia, al silencio, a la sumisión, al aprendizaje sólo memorístico.

La escolarización masiva, desde esa perspectiva, y viendo la degradación y las crisis múltiples de las sociedades de la modernidad, al igual que el aumento de los años de estudio con la generalización también de los estudiantes universitarios, no está dando resultados.

Conectando con el anterior tema del blog, Una modesta Utopía, vemos como el pensamiento creativo y constructivo ha desaparecido prácticamente, y lo mismo puede decirse del arte contemporáneo, en general una tumba de la belleza, de lo elevado, de lo inspirador.

Y las cosas pintan peor, pues parece que el sistema quiere ir eliminando las materias de humanidades, como la filosofía, para ir acercándose a su meta, su Utopía en sentido negativo -distopía-, a nuestro modo de ver una sociedad desgajada de sus raíces humanísticas, o sea una masa, o, mejor dicho ya ni eso, un populacho, al que sólo interesa la búsqueda del dinero y los goces y placeres en su sentido más bajo. 

De esa manera la caída en la infrahumanidad, ya en clara marcha, se hará mayor-aunque las crisis sobre crisis que definen la actualidad hace que esa distopía sea poco factible, al haber cada vez menos dinero que repartir y menos trabajo, y por tanto también menos posibilidades de hedonismo degradador-.

Si aceptamos por tanto que la escuela y la universidad, como están estructuradas, no nos sirven para dar pasos a una nueva y mejor sociedad, hay que estudiar cómo queremos que sea la enseñanza.

Aquí se abren diversos caminos, que van desde las llamadas escuelas libres, hasta el más radical y contundente, la sociedad desescolarizada de Ivan Illich, entre otros.



Dejando un poco de lado esta segunda opción, como más lejana en el tiempo-aunque a tener en cuenta-, entraremos a definir algunos cambios para lograr un sistema educativo que tenga a la persona, al humanismo como bandera.

Para favorecer el amor al conocimiento, y el desarrollo del pensamiento libre, creativo y crítico, sin negar el espacio a la memoria, que no debería ser despreciada sin más, hay que favorecer la lectura y los trabajos tanto individuales como grupales, sobre multitud de temas, siempre intentando que interesen a niños y jóvenes: estos temas pueden ser múltiples, desde temáticas específicas a otras amplias, como la amistad, el amor, la solidaridad, la violencia, la muerte, la injusticia, la marginación…

De esta manera se favorecerá que los niños no vivan en una burbuja, sino que vayan siendo progresivamente conscientes de la realidad que los rodea, y empiecen a pensar por su propia cuenta.

Habrá que apoyar, para que la palabra valores no sea mera teoría, la visita y la colaboración de los críos y adolescentes a centros de discapacitados, residencias, hospitales… observando, ayudando y colaborando con todos estos sectores sociales, para ir reduciendo la incomprensión y la discriminación. De hecho debe alentarse el que “discapacitados” y no discapacitados puedan estudiar y aprender conjuntamente, en la medida de lo posible. Y por supuesto la resolución no violenta de los conflictos.

Una sociedad autónoma requiere, como valores, la frugalidad, el autocontrol de las pasiones y deseos materiales, y también del poder sobre otros. Por tanto se valorará la enseñanza de la filosofía clásica grecorromana, no sólo como ahora las figuras de Platón y Aristóteles, sino de todas las corrientes y figuras, desde pitagóricos, a estoicos, cínicos o epicúreos que con sus diferencias, enseñaban la importancia de la virtud, la libertad como no esclavizarse a las cosas o mercancías, la frugalidad y el disfrute sano, la templanza, la no desmesura.

El holismo debería ser una de las bases de la nueva sociedad, por lo tanto junto al impulso a las humanidades debería alentarse el estudio de ciencias como la cosmología, pues nada más importante que conocer de dónde venimos y hacia dónde vamos. La física cuántica, con su nuevo paradigma de que todos y todos estamos unidos, o entrelazados, y la importancia de la conciencia en los fenómenos físicos, y la antropología, para conocer como éramos, como nos organizábamos en el pasado, deben ser expuestos a los niños.

También por supuesto las necesidades afectivas, o emocionales deben tener su espacio, junto a lo creativo ahora marginado: escritura, música, teatro, danza, relajación, pintura, entre otras.

Siguiendo a Franco Frabboni, en La escuela del Laboratorio, es esencial  crear ámbitos y espacios dedicados a las tareas más olvidadas de la escuela: la experimentación, la investigación y la permanente creatividad.



Estos talleres-laboratorios serían espacios anejos a la escuela articulados para diferentes actividades investigadoras y creativas, lo más ajenas posibles a la relación profesor-alumno, y más cercanas a la antigua maestro-discípulo, en sentido adulto: pictórico, teatral, musical, juego, construcción, científico, ambiental, deportivo…algunos, o muchos, podrán ser al aire libre.

Pero en una sociedad democrática en su verdadero sentido, o sea autogobernada, la enseñanza, el aprendizaje, debe darse en toda la vida de la persona. Al contrario que ahora, el título, la titulación, irá perdiendo fuerza por el ansia de conocer sin más-sin que eso signifique su desaparición, pues siempre serán necesarios trabajos muy técnicos, salvo que todo se derrumbe de tal forma que volvamos a la época de las cavernas-.

Lo mismo que la escuela debería ir siendo el centro de la vida barrial, dándose en ella todo tipo de actividades y acercando a niños y adultos, al contrario que ahora, que son mundos totalmente ajenos uno a otro-y no respetando, por tanto, a los primeros-, cualquier lugar puede servir para aprender, tanto a unos como a otros.

Museos, cines, teatros, centros culturales, tiendas, ateneos, el campo…deben servir como lugar de encuentro para aprender. Si una persona, con cuarenta años, tiene ganas de aprender todo lo que su mente y capacidad le permita de física, por ejemplo-pues su formación ha sido más de letras-, debería poder hacerlo sin que eso implique pagar dinero o hacer una carrera-o viceversa, alguien que haya querido centrarse más en lo científico, tendría el mismo derecho a abrirse a temas puramente humanísticos-.

Estos son sólo algunas pinceladas de cómo vemos nosotros una enseñanza más cercana a una colectividad autónoma. Las gentes del futuro, en cada comunidad, decidirán cuál prefieren, si algo de lo que hemos aportado, u otra cosa más radical, como eliminar las escuelas por una educación sin ellas.


El futuro es abierto y libre, o eso queremos que sea.


3 comentarios:

  1. Gracias Alfredo por esas pinceladas sobre una nueva educación para el “bienvivir”. Para ir un poco más profundo en esas propuestas dejo aquí el enlace para leer el último libro de Edgar Morin como un manifiesto para cambiar la educación.
    http://www.edgarmorin.org/libros-sin-costo/643-edgar-morin-ensenar-a-vivir.html

    “De hecho, el bienestar occidental se identifica con el tener mucho, a la vez que hay una oposición, muchas veces señalada, entre el ser y tener. La noción de buen vivir engloba todos los aspectos positivos del bienestar occidental, rechaza los aspectos negativos que provocan malestar y abre la vía a una búsqueda del bien vivir que comporta aspectos psicológicos, morales, de solidaridad, de buena convivencia. Entonces habría que introducir en la preocupación pedagógica el vivir bien, el «savoir vivre», el «arte de vivir», y eso se vuelve cada vez más necesario en la degradación de la calidad de vida en el reino del cálculo y de la cantidad, en la burocratización de las costumbres, en el progreso del anonimato, de la instrumentalización en la que el ser humano es tratado como objeto, en la aceleración generalizada, desde el fast food hasta la vida cada vez más cronometrada. Llegamos a la idea de que la aspiración al bien vivir requiere de la enseñanza de un saber-vivir en nuestra civilización.” Edgar Morin

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  2. Por mi experiencia me parece que los niños son cada vez menos autonomos de verdad, con poca capacidad para jugar y desarrollar actividads propias.

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