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martes, 19 de junio de 2018

Veganismo, sostenibilidad y cambio social


El activismo vegano nos irrita y saca de nuestras casillas, nos interpela desde una posición moral, y eso es desagradable. Nadie quiere estar en el lado incorrecto de la moralidad, pero ¿podemos resistirnos? El veganismo es un ejemplo de cambio social que dinamita todos los prejuicios y frenos al cambio que hemos heredado de la tradición intelectual de la izquierda.



Quizás lo mejor sea empezar por el principio. El veganismo es una postura moral o ética, que rechaza la explotación de los animales por el ser humano. Como cualquier postura, debe definir sus límites. Explotación es ser usado con una finalidad (alimentarse, divertirse, vestirse, etc). Y el límite se pone en el animal, y no en el vegetal, porque el animal tiene un sistema nervioso central.

Cada cual puede juzgar acerca de esos límites, arbitrarios al fin y al cabo, pero lo que yo quiero recalcar es que las posturas morales tienen unas consecuencias determinadas. Si estamos en contra de la explotación animal no vamos a atender a matices, estamos en contra de cualquier tipo de explotación, desde la más brutal, como el “toro de la Vega” de Tordesillas, que supone torturar un animal para pasar el rato, hasta la más “respetuosa”, que podría ser criar un animal mirando todo lo posible por su bienestar para sacrificarlo y consumir su carne. El veganismo no admite matices, sus límites están claramente definidos en el concepto de “explotación animal”, es decir, nos sitúa en una posición absoluta, o estás en sus límites o estás fuera, y si estás fuera no haces lo correcto. Es normal que dicha postura soliviante a los comedores de carne, entre los que me incluyo, aunque la carne no forme parte de mis hábitos alimenticios.

Debo confesar que este punto de partida no me parece el más adecuado para lidiar con los problemas humanos. Toda postura moral nos sitúa en una verdad absoluta, pero el ser humano es adaptativo, la actuación más adecuada depende siempre del entorno, y además somos subjetivos. La verdad o la objetividad no existen.

Dicho esto, conviene ser realista y reconocer que consumir carne es muy ineficiente. El ganado es alimentado con cereales y legumbres, perdiéndose el 90% de las calorías y las proteínas en el proceso. Es mucho más eficiente que el ser humano consuma directamente esas calorias y esas proteínas vegetales. En España hasta hace no mucho tiempo la mayor parte de la población obtenía sus proteínas de vegetales (judías, garbanzos y lentejas, y en menor medida de frutos secos como almendras, nueces y avellanas). El consumo promedio era de dieciséis kilogramos al año de legumbres frente a los tres kilogramos que se consumen actualmente. Una dieta para maximizar la extensión de la vida y la salud del individuo debería estar en torno a veinticuatro kilogramos al año (dependiendo de la estatura y sexo del individuo, evidentemente), según las últimas evidenciascientíficas que han sido sintetizadas por Valter Longo.

Sin embargo, esta dieta saludable ha sido demolida por una industria de laalimentación, que lo que busca es maximizar su beneficio. Nos han creado la necesidad de comer carne y dejar de lado las legumbres porque es lo que le ha interesado a cuatro magnates que gracias a estos hábitos insalubres han conseguido expulsar del mercado a los pequeños productores y llenarse cada vez más los bolsillos.

Sí, escierto que puede haber una ganadería sostenible, nadie lo duda, pero no para sostener nuestros hábitos actuales, quizás para comer carne una vez al mes, más de lo que hacen las poblaciones más longevas del planeta, algunas de las cuales matan un cordero o un cerdo al año, en las festividades. Por eso resulta cómico que algún marxista se rasgue las vestiduras reclamando su derecho a comer carne (socializada) obviando (como es costumbre) las tradiciones de nuestros antepasados, las evidencias científicas sobre lo que es saludable, y los intereses que hay detrás de hábitos tan perjudiciales para el individuo y para el planeta.

Y este es uno de los meollos de la cuestión, el veganismo es un ejemplo de cambio social, un ejemplo de éxito, pero un ejemplo incómodo. Porque no apela a ninguna decisión política, ni a ningún “café para todos”. Hay unas personas que deciden embarcarse en este viaje, y que nos señalan a los demás como culpables (algo inevitable en cualquier postura moral).

En torno al decrecimiento, reconozcámoslo, hay muchas personas que quieren cambiar el sistema. Y esto es bueno, porque no deberíamos aceptar como inevitable un sistema que prima la rentabilidad monetaria sobrelas necesidades de los individuos. Todo esfuerzo en ese sentido es bienvenido. Pero aplicar la lógica según la cual el capitalismo es insostenible y por tanto debe ser superado implica sus riesgos, como enfrentarte a todos aquellos que, por cualquier razón (no solo intereses, quizás miedo) quieren mantener el sistema.

Hasta cierto punto esto es inevitable. El problema es que el cambio pretenda ser capitalizado por un grupo determinado, limitando sus posibilidades e intentando cerrar la gran amplitud del significado de ese término en una única dirección.

Cuando se tiene ese punto de vista el veganismo es visto como el enemigo, porque según se dice es una solución individual a problemas sociales, aunque la evidencia muestra que el veganismo se ha articulado de forma colectiva, y que es un movimiento social con capacidad para interpelar desde un punto vista moral a todos los miembros de esta sociedad.

La división individual/social está trazada claramente de forma interesada y miope para encauzar los esfuerzos en una determinada dirección, una dirección improductiva. Cualquier solución individual puede ser social si se contagia como una epidemia, o por el contrario puede quedar en mera anécdota. El reto es empezar a entender esto para aplicarlo en la transformación de la sociedad.

Cuando se tiene esta visión panorámica de toda la cuestión (que estoy seguro algunos van a impugnar) se adquiere la capacidad de vislumbrar algunas cuestiones que de otra forma están ocultas, aunque sean de auténtico sentido común:

- El veganismo es una postura moral que aboga por evitar la explotación animal. Como toda postura moral puede caer en contradicciones, y justo es señalar que para evitar el sufrimiento animal es necesario conservar el ecosistema. No vale comer una hamburguesa de tofu envuelta en plástico en tu coche de alta cilindrada. Ser coherente y evitar el sufrimiento animal implica reducir al mínimo tu impacto sobre los ecosistemas y por tanto sobre la vida salvaje.

- A pesar de que la ganadería extensiva tradicional y ecológica puede ser respetuosa con los ecosistemas, es inviable su extensión hasta una escala que pueda cubrir el consumo actual de carne. Con los pastizales naturales, que no han surgido de talar un bosque, no creo que se pueda mantener una fracción significativa del consumo actual, especialmente si países en vías de desarrollo adquieren nuestros hábitos, con una población manipulada por la oligarquía local para incrementar su poder. No puede existir sostenibilidad ni decrecimiento sin una reducción muy significativa del consumo de carne, y en las sociedades humanas esa reducción no será lineal y homogénea entre toda la población, no estará dictada de forma jerarquizada por el comité directivo de ningún partido, ni por impuestos pigovianos (que podrían ayudar mucho). Surgirá de un debate caótico, en el que mucha gente dejará de comer carne por completo mientras otros continuarán con hábitos insostenibles.

El enemigo de la ganadería tradicional no es el veganismo. Fomentemos mayor respeto por los ecosistemas por parte de los veganos y hagamos que la población siga reduciendo su consumo de carne, sea por una razón o por otra.

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