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domingo, 29 de julio de 2018

Las paradojas de la felicidad y de la economía global


Hablaremos de varias paradojas, la de la globalización y las de la felicidad, estrechamente relacionadas entre si, aunque no parezca evidente en un primer momento.


En una entrevista realizada a comienzos de año en Davos Jamie Dimon, CEO del banco de inversión norteamericano JP Morgan aseguraba que el nivel de vida europeo era excesivo, los salarios, pensiones y prestaciones del Estado son excesivas si Europa pretende competir con el resto del mundo. Dimon aseguraba que esa situación era insostenible “Dicho sea con todo el respeto para los europeos, pero eso tiene que cambiar. Pueden forzar a ello los políticos, o un nuevo tipo de liderazgo”.

Quizás la gran paradoja de nuestro tiempo sea esta, en una sociedad cada día aparentemente más opulenta, según nos muestra los cada día más altos valores que alcanza el Producto Interior Bruto (aunque en realidad no por ello seamos más ricos), nos vemos obligados a ser más productivos, es decir, trabajar por menos dinero y menos prestaciones, si no queremos “dejar de ser competitivos”, es decir, dígalo claramente señor Dimon, ser antiguos, obsoletos, poco modernos, y sobre todo, más pobres, incluso mucho más pobres, depauperarnos hasta límites que nos causen vergüenza y humillación.

La economía de mercado se caracteriza por premiar ventajas marginales, que a priori parecen nimias, incapaces de provocar movimientos de gran envergadura. Pero si, pongamos por caso, tuviésemos que elegir entre dos manzanas aparentemente iguales y una de ellas fuese diez céntimos más barata lo racional es que todos compremos la que es más barata, de forma que quien produce diez céntimos más caro se quede sin vender nada. Dimon nos avisa que estamos a punto de correr la suerte de ese agricultor que produce más caro y quedarnos sin mercado, perder nuestro trozo de queso.

Es paradójico que a pesar de ser cada día más ricos no podamos emplear esa riqueza de forma que nos haga más felices, porque trabajar más por menos nos hace infelices, y lo que nos haría más felices sería precisamente trabajar menos. Eso es lo que viene a explicarnos la economía de la felicidad. Sintetizaré de forma esquemática las evidencias que el lector puede encontrar, por ejemplo, en La felicidad: lecciones de una nueva ciencia, de Richard Layard.

En la segunda mitad del siglo XX un grupo de psicólogos, sociólogos y economistas dejó bien establecido lo que se denominó como “paradojas de la felicidad”, una serie de hechos empíricos contrastados mediante encuestas que muestran la relación entre felicidad y renta. Así, se sabe que existe una correlación positiva entre ingresos y felicidad, y que los países ricos tienden a ser más felices. Sin embargo, a partir de los 20.000$ per capita incrementos sucesivos en la renta no implican incrementos sucesivos en la felicidad media.


Es por ello que los niveles de felicidad en los países occidentales no han aumentado en los últimos 60 años.

Esto se explica porque, si bien los aumentos de renta repercuten positivamente en la felicidad, parece existir una correlación negativa entre felicidad y los ingresos de los demás. Es decir, por un lado tiene más peso la renta relativa que la absoluta, además de existir una pugna por ciertos bienes de prestigio llamados “posicionales”, pero también se da un efecto de adaptación, de forma que según se incrementa la renta hacen lo propio las expectativas. Al mantenerse constante la distancia entre renta y expectativas el bienestar subjetivo no se modifica.

En definitiva, a causa de la adaptación y de la pugna social, se dedica una cantidad de tiempo desproporcionada a intentar obtener mayores ingresos, en detrimento de, por poner un ejemplo, la vida familiar, y el bienestar subjetivo se reduce, o no crece tanto como se podría esperar. ´Lo que muestran estas evidencias es que para mejorar la felicidad de los ciudadanos una política de sentido común sería alcanzar el pleno empleo reduciendo la jornada laboral. Sin embargo no podemos, y si algún partido llevase esta política en su programa sería tachado de populista e ingenuo.

Estamos pues ante un grave problema. El gobierno tendría que intervenir para reducir la jornada de trabajo, y crear un marco adecuado para que mejoren las relaciones familiares, así como el resto de factores que contribuyen a la felicidad. Sin embargo, esto es exactamente lo contrario a lo que propone Jamie Dimon. Vivimos demasiado bien, es ilusorio pretender ser felices, o que el mercado nos traiga felicidad, al contrario, estamos abocados a luchar en él encarnizadamente, en caso contrario terminaríamos perdiendo todo, terminaríamos siendo muy pobres, y ello tampoco nos haría felices.

Lo que este dilema nos está poniendo de relieve es de suma importancia. No somos autónomos, no tenemos libertad para fijar objetivos de política económica que mejoren la vida de los ciudadanos ¿qué puede hacer el gobierno? aunque sea difícil de aceptar, en realidad poca cosa.

No estoy descubriendo nada nuevo, todo esto ya fue señalado por un economista de reconocido prestigio, Dani Rodrik, de la universidad de Harvard, quién en su libro La paradoja de la globalización expuso que la integración de la economía, anteriormente economías nacionales, ahora economía global, nos exponía a un trilema, es decir, podemos escoger dos características de entre tres y ello supone que la tercera se vuelve inalcanzable. Estas tres características son la democracia, la soberanía y la hiperglobalización. Podemos tener democracia y soberanía, pero sin hiperglobalización. O bien podemos tener hiperglobalización y democracia, pero sin soberanía. La última opción sería soberanía e hiperglobalización, pero sin democracia. Porque la globalización es la clave ¿no? Evidentemente sí. Es ella la que nos obliga a competir encarnizadamente. Es ella la que hace que las instituciones del estado nación se vuelvan irrelevantes. Gracias al intento de alcanzar un tratado trasatlántico de inversiones, ahora muerto con Trump, hemos conocido que la soberanía nacional se ve seriamente erosionada con estos tratados, ya que las empresas transnacionales podrían demandar a los estados por normativas que perjudicasen el rendimiento de su inversión.

Es un ejemplo, a todos nos es familiar el mecanismo inexorable de la disciplina económica, la prima de riesgo, las empresas que supuestamente se deslocalizan de Cataluña, las supuestas repercusiones catastróficas del Brexit, el funesto destino de Grecia por votar en contra del mercado. La economía es un mecanismo de disciplina extraordinario, y ello es gracias a la globalización. Sin movilidad de capital no hay deslocalizaciones, ni primas de riesgo.

La solución de Rodrik a su trilema es fomentar la movilidad de la mano de obra entre diferentes puntos del planeta. Algo difícilmente asumible a nivel político, ya que precisamente el malestar creado por la globalización se ha traducido en un rechazo creciente de parte de la población a los inmigrantes. Basta ver lo ocurrido en Europa en la llamada crisis de los refugiados.

Hay una solución más sencilla y es aumentar los aranceles (habría otras más sofisticadas, pero no merece la pena entrar en detalles en este artículo). En este punto los partidarios de la globalización suelen utilizar la falacia de la pendiente deslizante y hablar de autarquía, de volver a la cueva o de dedicarnos todos a la cría de cabras. Nada más lejos de la realidad. Como Rodrik analiza en su libro, cuando la economía está muy cerrada (en autarquía o cerca de ella) las ganancias del comercio son inmensas. Sin embargo, en economías tremendamente abiertas como las nuestras, las ganancias de continuar esa apertura son muy reducidas, y también lo son las pérdidas de cerrarse un poco más.

La propia Unión Europea, un paradigma de la globalización, ha marcado el camino cuando en reiteradas ocasiones ha reventado la agenda de la Organización Mundial de Comercio por negarse a liberalizar la agricultura, abriendo sus mercados agrícolas a la competencia internacional. Han hecho lo correcto, por unas (supuestas) ganancias insignificantes en el PIB mundial ¿merece la pena que se sigan despoblando nuestros pueblos, esa España vacía? ¿Merece la pena que los productos agrícolas viajen miles de kilómetros del campo a la mesa con la consiguiente huella de carbono y su efecto sobre el clima?

De la misma forma, sería posible levantar alguna pequeña protección en ciertos sectores, con escasas repercusiones en términos monetarios, pero que fuese permitiendo desarrollar una política económica basada en evidencias orientada hacia el incremento de la felicidad del conjunto de la población. Si tomamos al pie de la letra la cifra de 20.000$ per capita a partir de la cual los niveles de felicidad no varían con la renta, sino a causa de otros factores, disponemos de un amplio margen. No sería necesario llegar tan lejos.

Sería posible, sí, aunque nadie habla de ello. A los que hablan de un cierto grado de relocalización económica se los tacha de xenófobos, pero nada tiene que ver la búsqueda de la felicidad, o primar la decisión colectiva sobre la encarnizada competencia económica con el desprecio a otras culturas. Gracias a Dios se pueden comprar los tomates a tu vecino y tener un amigo marroquí, no hay ninguna incompatibilidad lógica en ello. No mire a ningún partido político, el silencio puede ser incómodo, pero bien merece la pena ir tomando conciencia de estas paradojas, quizás antes de lo que pensamos llegué el momento en que se puedan poner sobre la mesa. Mientras tanto el lector puede empezar por comprar parte de sus alimentos a productores locales a través de algún grupo de consumo agroecológico, reduciendo de paso su huella de carbono.


Este artículo, fue originalmente publicado en El Salto

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