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lunes, 12 de marzo de 2018

Para el economista que llevamos dentro: 7 maneras de pensar la economía en el siglo XXI con la Economía Rosquilla


“Lo que importa es la caja de herramientas mentales con las que, por las que, y a través de las que experimentamos e interpretamos el mundo.” E. F. Schumacher

“El universo es turbulento, caótico, dinámico… se reorganiza y evoluciona; crea diversidad, no uniformidad. Esto es lo que hace a nuestro mundo interesante, lo que lo hace bello, lo que permite que siga su marcha.”  Donella Meadows

“Ver diferente es vivir diferentemente, y vivir diferentemente es la clave para evitar esta crisis medioambiental.” Leslie Davenport

Continuando el anterior artículo “Dos mujeres extraordinarias con dos herramientas necesarias para la regeneración y el bienvivir”, daremos paso a otra mujer extraordinaria, la economista Kate Raworth, promotora de la economía rosquilla o economía del “doughnut”. (Parece ser que la palabra “donut” tan utilizada para designar ese bollo redondo con agujero es una marca registrada en España, no así en inglés, por ello, se ha traducido el libro como economía rosquilla.)

Este libro llega a su versión española diez meses después de su arranque triunfal en el mundo anglosajón y es, sin lugar a duda, uno de esos libros del bienvivir para 2018. Aún diría algo más, lo incluiría directamente en un selecto grupo de libros del bienvivir de este siglo XXI, o bien, como alguno de los elogios que he oído y con los cuales me identifico totalmente:

“Este es realmente el libro que todos hemos estado esperando. Kate Raworth nos proporciona el antídoto a la economía neoliberal con su visión radical y ambiciosa de una economía al servicio de la vida. Dado el estado actual del mundo, necesitamos la Economía Rosquilla ahora más que nunca.”  L. Hunter Lovins

Al igual que comenté en el anterior artículo sobre el libro de Naomi Klein, es imposible hacer que la parte sea el todo, es decir, mi análisis y reflexiones no harían justicia a la amena experiencia de leer completamente el libro. Como decía André Maurois, “La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en el que el libro habla y el alma contesta.”, de este modo, al leer el libro, este nos hablará y se manifestará diferentemente en cada uno de nosotros, pero lo que sí será igual para todos es que no nos dejará indiferente ante esa nueva brújula que nos muestra.

   Fuente: Raworth, K. (2018) Economía rosquilla: 7 maneras de pensar la economía del siglo XXI, Ediciones Paidós



¿Cómo podremos volver a echar nuestra mirada hacia atrás después de haber contemplado ese espléndido paisaje?

lunes, 23 de noviembre de 2015

Ocupar tu lugar



Ocupar tu lugar no es tarea fácil, puede ser la tarea de una vida. Ocupar tu lugar empieza por entenderte, por comprender quién eres. Si has realizado correctamente esa labor comprenderás, entre otras muchas cosas, que eres un nexo de relaciones humanas, y si has ido más allá, que eres parte de una red de vida.

Comprender esto, que es evidente, no es tarea fácil, posiblemente será consecuencia de golpearnos repetidamente con la realidad. A lo largo de nuestra vida recibimos mucha información en sentido contrario. Somos individuos únicos, determinados por nuestra naturaleza y nuestros genes. Cada acto, cada pensamiento, cada sentimiento, surge de nuestro interior. Lo que recibimos, y lo que no recibimos, es consecuencia de nuestra virtud, de nuestro hacer, nuestro trabajo, nuestro talento, inscrito en nuestro interior por una divinidad ciega y arbitraria, lo cual no impide que nos enorgullezcamos de las bondades que derrama sobre nosotros, o que nos avergoncemos de las que no ha derramado. Incluso nos dirán: quién no posee virtud no merece ser amado.


La realidad no es tan simple. Hablamos el idioma en el que nos han educado nuestros padres,el de la comunidad en la que vivimos. Nos alzamos sobre hombros de gigantes al recibir todo el saber del pasado cuando nos educan y disciplinan en nuestras escuelas estilo prusiano. Cuando dejamos la escuela nos convertimos en ruedas de un gran engranaje, cuyo sentido no llegamos a comprender. Como piezas de un engranaje podemos ser sustituibles, pero ello no quiere decir que nuestra función pueda ser eliminada, cada engranaje es imprescindible para que la máquina siga girando.

Sin embargo, no somos insignificantes, todo lo contrario. Como parte de una red influimos en el resto de nodos con los que estamos conectados. Lo que hacemos, lo que decimos, influye en las personas que de uno u otro modo están conectadas a nosotros. Pero la red no es simétrica, los nodos no son equivalentes, la influencia de unos sobre otros no es siempre recíproca, la mayor parte de las veces es unidireccional, de arriba hacia abajo. El concepto de industria cultural nos ilustra al respecto.


Ocupar tu lugar es entender con qué gente estás a gusto, qué actividades te gusta realizar, qué deseas aportar al resto, qué trabajo deseas desempeñar para sentirte útil. Estos objetivos son difíciles de alcanzar cuando todo lo que te rodea está desnortado. Un nexo de relaciones humanas es inevitablemente dependiente de sus relaciones con otros nodos. Sí, los psicólogos inciden en buscar la felicidad prescindiendo de aquello que no podemos controlar. Es un buen sistema de adaptación a un mundo enfermo, un par de martillazos aquí y acullá y un engranaje rebelde puede entrar en algunos de los huecos destinados para él, pero reconozcámoslo, no podemos ser felices sin los demás, y en general dentro de una sociedad fuera de lugar.

Porque está fuera de lugar ¿no? Para saberlo, quizás deberíamos preguntarnos ¿quién es el ser humano? Una respuesta sencilla, sin demasiado refinamiento, pero útil a nuestro propósito, y ciertamente ajustada en los rasgos que traza, nos la da Ronald Wright en Breve historia del progreso

Pese a muchos detalles pendientes todavía de averiguación acerca de nuestros ancestros, el siglo XX dejó bastante resueltas las dos primeras preguntas de Gaugain (¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos?).No queda margen para la duda racional en cuanto a que somos simios. Y cualquiera que haya sido el recorrido exacto en el transcurso del tiempo, en fin de cuentas somos oriundos de África. Pero a diferencia de otros simios, hemos manipulado y seguimos manipulando más que nunca nuestro destino. Hace tiempo que dejó de existir, si es que existió alguna vez, ese individuo silvestre, el Buen Salvaje que propuso la Ilustración y que buscaba Gaugain: el Hombre Natural. Como esos neardentales artríticos que precisaban de los cuidados de sus familias, nosotros tampoco podemos vivir sin nuestras culturas. Hemos encontrado el autor de la “obra maestra” que decía Hamlet... y somos nosotros mismos.

Somos monos, un simio, pero un mono especial, ingenioso, tremendamente ingenioso, pero no sabio. En nuestro pasado ancestral, ese 95% de nuestro tiempo como especie que pasamos incivilizadamente, nuestro cerebro se adaptó para responder a las amenazas inmediatas, despreciando el largo plazo, en el que ciertamente “todos estaremos muertos”.Con la llegada del experimento civilizatorio, apenas un suspiro en nuestra breve historia como especie, nuestro pensamiento pasó a ser cada vez más complejo, abstracto y simbólico, hasta olvidarnos de lo que somos.


La visión antropocéntrica, que comenzó en el renacimiento, en los albores de la modernidad, invirtió el orden correcto de las esferas, u ocultó sus consecuencias. No dejaba de ser una visión interesada, ya que las fuerzas que hacían del hombre el amo de su destino y centro de la creación, se repartían de forma tremendamente desigual. En palabras de Zygmunt Bauman:

Pico della Mirandola puso por escrito el texto de un discurso que ni Dios, el orador, ni Adán, al que iba dirigido, se tomaron la molestia de registrar. Más o menos era como sigue: <<El resto de las criaturas tienen una naturaleza definida que Yo he prescrito para ellas. Tú puedes determinar tus propios límites conforme a tu voluntad […]. Como un artífice libre y soberano, puedes configurar tu propia forma a partir de tu propia sustancia>>. El mensaje de ese discurso no registrado era una noticia en extremo estimulante para los hombres de sustancia, aunque no lo era tanto para el resto, que no tenía suficiente sustancia para <<configurar su propia forma>> libremente y <<conforme a su voluntad>>. El año era el de 1486; el lugar una Italia que enviaba sus barcos a los rincones más alejados del mundo para que los armadores, sus cortesanos y pasajeros (aunque no los marineros ni los estibadores) pudieran enriquecerse de año en año y sentirse a sus anchas en él.

El núcleo, lo que esconde esta visión antropocéntrica es el dominio, dominio sobre la naturaleza y sobre otros hombres. En palabra del papa Francisco:

Pero no podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido nos dan un tremendo poder. Mejor dicho, dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero.

Las consecuencias de este andar desnortado saltan a la vista, las más graves la destrucción ecológica, que nos conduce a un colapso cercano pero todavía evitable, pero también el uso y abuso de todo tipo de sustancias que nos ayuden a escapar de la realidad, la tristeza y la depresión, el suicidio o las iatrogenias de una alimentación que sirve más a los comerciantes que a nuestra buena salud.

Es hora de ocupar nuestro lugar, integrándonos en una red de vida siendo conscientes del papel especial que nos da nuestra inteligencia, porque, sin nosotros ¿quién daría fe de la belleza del mundo? Sólo podemos hacerlo juntos. Hay un lugar al que pertenecemos y debemos recuperarlo. Ánimo.

lunes, 12 de octubre de 2015

Una modesta utopía

Estamos viviendo una época crucial a partir de la cual la disponibilidad de recursos energéticos decrecerá de manera inexorable condicionando nuestro futuro. Sin embargo gran parte de lo que ocurra dependerá de la respuesta que demos como sociedad a ese destino. ¿Cómo afrontarlo? Lo primero que deberiamos tener en cuenta es que el despilfarro de los recursos no está siendo útil para la satisfacción de nuestras necesidades humanas, más bien la contrario, no impide que vayamos a peor de forma de momento lenta pero constante ¿Y acaso el choque con los límites del planeta no indica que en los tiempos de abundancia energética nos hemos conducido de modo inadaptado si no enfermizo? Para responder a este dilema necesitamos plantearnos algún futurible ideal que nos sirva de contraste. Al igual que la ciencia avanza aventurando hipótesis que se refutan o se validan, es posible utilizar el pensamiento utópico como herramienta para intentar descubrir cómo sería una vida en común adaptativa y saludable. En este caso la verificación, irreductible a las mediciones y al cálculo, deberá buscarse en el consenso a partir de una deliberación pública prolongada en el tiempo. Pero una utopía debe ser sobre todo inspiradora. Sólo podremos dar una respuesta adecuada al porvenir renovando el imaginario que nos permite organizarnos en algún sentido compartido.

Desde la asociación Autonomía y Bienvivir hemos decidido abordar modestamente este reto proponiendo una utopía concreta junto a una reflexión sobre el pensamiento utópico. Fruto de este trabajo colectivo es el artículo que enlazamos a continuación y que ha sido publicado en el blog de Antonio Turiel, The Oil Crash. 

http://crashoil.blogspot.com.es/2015/09/una-modesta-utopia.html
http://crashoil.blogspot.com.es/2015/09/una-modesta-utopia.html

A su vez el artículo ha dado lugar al siguiente debate radiofónico que recogió el Colectivo Burbuja en su programa Ampliando el debate:



Una de las claves de nuestra utopía es que su definición no clausura su sentido construyendo un mundo cerrado en el que ya no quepa modificar nada. Más bien al contrario, quienes la viviesen podrían acceder a su código y mejorarla o revocarla, y esto es parte de su esencia. Si pretendemos una sociedad formada por ciudadanos maduros y autónomos, estos deben ser plenamente conscientes de lo que vamos construyendo entre todos, sin que se diluya su autoridad sobre ello ni su sentido de la responsabilidad. Y por ese mismo motivo, la propia construcción de las utopías, y en particular nuestra modesta utopía, requiere idealmente la participación de todos, por ello os invitamos a todos a enviarnos vuestras sugerencias al respecto, o incluso hacerlo desde dentro de la asociación. Sirva esta reflexión como llamamiento al desarrollo de un pensamiento utópico que nos ayude a vislumbrar con realismo el mejor camino posible.

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Actualización:
"desde un comienzo dijimos que la utopía estaba abierta a la colaboración de todos, de ahí nuestro empeño en debatirla, y de ese debate han surgido las primeras modificaciones. Gracias a la aportación de..."

lunes, 16 de marzo de 2015

Teresa Belton y su análisis sobre la simplicidad voluntaria (Parte III)

Es evidente que alguien vive sin acceso a una residencia habitual, sanidad, alimentación adecuada, agua, calor en invierno, ropa y transporte es una personas que vive en la miseria debido a su incapacidad para participar junto a los demás en el desarrollo de su sociedad. Esto no significa que el ser rico te haga feliz. Lo vemos a menudo en el comportamiento autodestructivo de grandes celebridades multimillonarias, e incluso alguna vez hemos presenciado cómo alguien decía expresiones del tipo “pobre niña rica”. Es perfectamente posible ser convencionalmente rico pero emocionalmente pobre, y a la inversa; tener necesidades económicas pero ser espiritualmente pobre.

En septiembre de 2009, el entonces presidente francés, Nicolás Sarkozy, presentó un informe en el que habían participado economistas Premio Nobel como Joseph Stieglitz o Amartya Sen. Uno de los mensajes clave del informe era la necesidad de “cambiar el énfasis de la medición de producción económica al bienestar de las personas”. Además, se destacaba la necesidad de implantar “medidas de bienestar en un contexto de sostenibilidad”.

Los psicólogos positivistas, una corriente nueva surgida en torno a Martin Seligman en Estados Unidos, han tratado de definir cómo se puede medir la felicidad en las personas. Según ellos hay determinadas cosas que favorecen el bienestar:

  • Sabiduría y conocimiento: La creatividad, curiosidad, el pensamiento crítico, la perspectiva, etc.
  • Valor: Tener capacidad de defender qué consideramos es correcto, asumir la responsabilidad de las acciones, etc.
  • Amor: Intercambiar emociones, tener empatía con los demás, disfrutar de relaciones afectivas, etc.
  • Justicia: Quienes cometen actos delitictivos deben pagar por ello, ejercer los derechos de ciudadanía, etc.
  • Templanza: Ser una persona modesta, prudente, tener autocrontrol. 
  • Trascendencia: Sentir aprecio, gratitud, alegría, etc.

Otra corriente para comprender los fundamentos del bienestar ha sido analizar la satisfacción de ciertas necesidades psicológicas, además de las necesidades básicas de supervivencia.

Esta teoría, desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan en la Universidad de Rochester, Nueva York, propone un conjunto de tres necesidades humanas a cubrir:

  • Competencia: A través de la confianza y las interacciones con el entorno social.
  • Afinidad: Sentir conexión con los demás, pertenecer a un colectivo, cuidar y ser cuidado por los demás.
  • Autonomía: Actuar según la propia voluntad, en lugar de ser impulsado por la expectativa de cualquier persona o grupo o para recibir alguna recompensa como beneficios económicos o admiración. 

Otra corriente ha sido desarrollada en el Reino Unido por Joe Griffin e Ivan Tyrrell en base a una psicoterapia alternativa. También abarca el supuesto potencial humano innato para poder satisfacer las necesidades básicas. A esta se la ha denominado “Human Givens”:

  • Atención: Dar y recibir. 
  • Sentido de autonomía y control.
  • Conexión emocional con los demás.
  • Ser parte de una comunidad más amplia.
  • Amistad e intimidad.
  • Sentirse integrado en grupos sociales.
  • Sentido de la competencia y logros.
  • Significado y propósitos.

Un enfoque algo diferente es la idea de que la actividad deliberada es clave para el bienestar. La New Economics Foundation ha publicado algunos consejos animando a la gente a participar diariamente en los siguientes tipos de actividad:

  • Conectar con los demás, dedicar tiempo a las relaciones sociales.
  • Ser activo, practicando ejercicio físico. 
  • Prestar atención, dejarse conmover por cosas de alrededor, observar, tener percepción del entorno; al cambio de estaciones, a la belleza. Prestar también atención a las dudas o alegrías reprimidas y tomar decisiones a partir de ello.
  • Formación permanente. No necesariamente en el ámbito académico formal; aprender cosas de nuestra relación con el mundo y cosas prácticas. 
  • Solidaridad. 
Si nos paramos a pensar sobre todas estas exhortaciones, comprobaremos que están muy centradas en el individuo y arraigadas en la cultura occidental.

Hay economistas como Amartya Sen que han analizado otro tipo de percepciones no occidentales, como muestra en su libro “Desarrollo y libertad”. En él Sen habla sobre “las capacidades de las personas para llevar el tipo de vida que valoran”. Por ejemplo una familia o individuo que es incapaz de percibir el ingreso medio para adquirir el tipo de bienes y posibilidades normales en la sociedad donde vive queda excluida de la misma. Es por ello que en la sociedad occidental actual habría que incluir cosas como el acceso a Internet, la posibilidad de viajar a reuniones de la sociedad civil o entrevistas de trabajo, la posibilidad de pagar una suscripción a un club o asociación, comprar entradas para un evento cultural extraordinario… Por ello para él es importante la mejora de capacidad de las personas en ayudarse a sí mismos e influir en el mundo.

Hay occidentales como Matthieu Ricard, un científico francés que entró hace más de cuarenta años en contacto con los budistas orientales y quedó fascinado por su modo de vida. En su libro “En defensa de la felicidad” señala que “la felicidad es un estado de plenitud interior, no la satisfacción de los deseos inagotables de cosas externas”. Según Ricard, las cosas exteriores no son sólo el dinero o la reputación sino incluso la salud, la familia, los amigos, la paz y la justicia. Puede que sean expectativas legítimas pero podemos tener todo lo que necesitamos y seguir siendo infelices, y en cualquier caso, dichos activos pueden desaparecer en cualquier momento. Por ello la satisfacción en la vida es independiente de las circunstancias externas. El logro del bienestar y la estabilidad depende, según la perspectiva budista, del desarrollo del potencial presente en cada individuo; de la bondad, compasión y paz interior. “liberándonos de todas las inseguridades y miedos internos que a menudo están conectados con el egocentrismo, estaremos más abiertos a los demás y mejor armados para enfrentarnos a los caprichos de la vida” concluye Matthieu Ricard.

¿Cómo midió Belton la felicidad de los consumidores modestos?


Tradicionalmente se hace una encuesta desde la década de 1950 donde los investigadores realizan una pregunta estándar: En una escuela del 1(bajo) al 10 (alto), ¿cómo calificaría su nivel de satisfacción en la vida? De entre los 94 encuestados en la primera etapa del experimento de Belton, la media de calificación general fue de 8,3 sobre 10. En la encuesta tradicional la media suele ser de 7,38, si bien ella no hizo un análisis estadístico comparable al haber preguntado a muchas menos personas que los investigadores tradicionales. Sin embargo queda patente que la relativa modestia material no resta el nivel de satisfacción vital que estas personas experimentan. De hecho Belton señala que la mayoría de puntuaciones bajas fueron de personas que no estaban satisfechas con su calidad de vida debido a circunstancias externas al consumo, como padecer una enfermedad terminal o dolores físicos. Dos de los consultados admitieron no verle sentido a su propia vida en estos momentos, algo que la autora atribuye a la falta de motivación laboral que es un ingrediente crucial en la percepción de felicidad. Una tercera parte de los participantes dieron una puntuación de 8 y 9 mientras que 5 calificaron su satisfacción con la vida en 10.

Pocos tenían el deseo de mayor seguridad financiera; atribuían un cambio de actitud en sí mismos como el factor clave para ser más felices, o incluso un cambio de actitud en los demás. Algunas reflexiones sobre cómo mejorar el bienestar giraron en torno a mayor igualdad, tener hijos o pareja, vecinos más agradables, un entorno más saludable o menos estrés en el trabajo.

¿Qué les hace felices a los consumidores modestos?


Lo más importante en la vida para todos los participantes son las relaciones con familiares y amigos. Insistieron en tener un número suficiente de amigos con los que discutir las cosas más importantes, también eran más felices los que tenían una familia que los apoyaba y animaba o mostraba interés sincero en sus objetivos vitales.

Pero además los consultados destacaban la necesidad de participar en interacciones sociales con personas más allá de su círculo cercano, ayudando a los demás, siendo útiles o contribuyendo con la sociedad. De hecho, lo segundo más importante para ellos era el trabajo voluntario y actividades solidarias. Muchos de ellos pertenecían a organizaciones sociales, iglesias o grupos de acción solidaria local. Se nombraron 29 organizaciones políticas o activistas - incluyendo las más famosas como Amnistía Internacional - además de 27 afiliaciones religiosas cristianas. También hubo muchos consultados que participan en organizaciones relacionadas con el medio ambiente o el cambio climático. De hecho Teresa Belton nombra como curiosidad que para ellos - a diferencia de lo que aparece en otras estadísticas - era más importante intentar “hacer el bien” que “hacer el bien” en sí mismo. Mientras que casi la mitad de los consultados participaba en actividades de voluntariado o lo consideraban uno de sus intereses o actividades habituales, casi un tercio de los británicos en la encuesta tradicional declara no tener tiempo para participar en ese tipo de eventos.

lunes, 9 de marzo de 2015

Teresa Belton y su análisis sobre la simplicidad voluntaria (Parte II)

Algo común en todas las personas que decidieron llevar una vida simple y fueron entrevistadas por Teresa Belton es el destacar el placer de estar al aire libre en la naturaleza, realizando actividades como senderismo, nadar en el mar o pasear en bicicleta. La inmensa mayoría de los entrevistados recuerdan cómo antes de tomar la decisión su vida era un cúmulo vertiginoso de trabajo, tensión y falta de tiempo para llegar a cumplir con los objetivos.

Anthony, un científico jubilado de 70 años, ni siquiera es vegetariano, “aunque estoy bastante preocupado por el tema del pescado; muchas especies en peligro de extinción así que me informo sobre qué pescado comprar” explica. “Cuando me quedé viudo tuve que afrontar la responsabilidad de las compras en casa. Me di cuenta de que nadie puede ser autosuficiente; todo el mundo depende de otras personas para su ropa, los alimentos, prácticamente todo”.

Anthony se había acostumbrado a un mundo donde prevalece cada vez más el individualismo, la competitividad y el actuar como un depredador.

“Prefiero ir a la biblioteca en vez de tener una colección propia de libros” añade. Cree que el ansia acumulativa es consecuencia de que el ser humano vivió durante siglos en un entorno de escasez. “Eso se ha contagiado a todos los sectores de la sociedad, no exclusivamente a banqueros o gobiernos. Quiero decir, usted tiene por ejemplo 100 euros en una cuenta bancaria y quiere que el año que viene sean 105 euros; eso es el dogma del crecimiento económico a toda costa”.

Ni siquiera tiene interés en viajar en vacaciones. “Me parece más exótico ir a un campamento climático donde además aprendo cómo está cambiando el mundo” concluye.

Algo parecido piensa Sarah, una mujer que en la treintena de su vida y con dos hijos decidió dar el salto a una vida más frugal. No es partidaria de comprar en supermercados porque “acaban dominando el mercado y además los productos que venden podrían ser perjudiciales para la salud”. Pese a que sus ingresos apenas son de alrededor de 12.000 euros anuales, está ahorrando. “Mis hijos tienen la mejor comida, una casa llena de juguetes y libros, vamos mucho al campo. De hecho tenemos mucho dinero ahorrado, y eso es porque nuestros gastos son ínfimos”.

Sarah decidió dar el paso para no contribuir a generar basura industrial, tampoco estaba tranquila pensando que la ropa comprada podría hacerse en talleres clandestinos, la comida barata está repleta de pesticidas y su consumo supone apoyar la explotación a los agricultores. Su estilo de vida fue en definitiva una decisión política, algo que contrasta de lleno con sus orígenes. “Crecí en una casa adosada, mi padre era electricista y mi madre enfermera, así que éramos una especie de clase media. Cuando mi padre empezó a trabajar para sí mismo empezamos a tener más riqueza material y nos mudamos a una casa nueva, también compramos un coche mejor, y viajábamos al extranjero en vacaciones. El gasto en ropa aumentó mucho” explica.

Hay personas que por encima de la ética y la política deciden frenar para tener más tiempo. Es el caso de Susan, que cambió su vida “porque ahora tengo más tiempo para reflexionar, para aprender a disfrutar de las buenas compañías, para escuchar la radio, por ejemplo”. Preguntada sobre cómo pasa las vacaciones, también lo tiene claro, “hay un río cerca de donde vivo, también acudo a ferias de antigüedades y artesanía, aunque no compre nada. Viví un tiempo en el centro de Londres y pensaba que todo estaba allí, pero me he dado cuenta de que también hay mucho para hacer por aquí. Por supuesto, también está la biblioteca. Lo que he aprendido desde que vivo en un pueblo pequeño es la sensación de solidaridad y comunidad que nunca había experimentado en ningún otro lugar”.

Otra de las entrevistadas, Angela, de 33 años, tomó también una decisión personal al ser consciente del despilfarro cotidiano que afronta la mayoría de la gente. “Mi marido y yo decidimos hacer cosas como lavar el coche una vez al año, caminar o usar la moto para la mayoría de desplazamientos, plantar un huerto o dejar de comprar mucha ropa, ahora cada uno tenemos sólo un armario”. Además, su preocupación era conseguir una independencia real de los bancos. “Crees que eres independiente, pero en realidad estás controlado por un montón de factores, en especial en la industria energética. A través de sus finanzas los bancos están en todo lo que haces, las compañías de seguros quieren saberlo todo sobre ti y así empecé a pensar, ¡Dios mío!, todo el mundo lo sabe todo sobre mí y me gustaría alejarme de eso. Y así empecé a dejar de comprar en supermercados” explica.

DE LA RIQUEZA A LA FRUGALIDAD


El cambio de vida más radical de todos los entrevistados por Teresa Belton fue el de Ed, un joven norteamericano de 26 años, que había crecido en un entorno de riqueza considerable y decidió dejarlo atrás.

“Mi padre es médico estadounidense, posee su propia clínica, tiene un centro de cirugía y una planta de tratamiento. Tiene incluso su propio avión” explica. “Cuando era un adolescente viajábamos a menudo con el avión privado. Vivíamos en una casa grande, todos con coches, así que cuando cumplí 16 años todos asumieron con normalidad que tendría mi propio coche. Comprábamos ropa nueva cada año, siempre que empezábamos un nuevo curso en el instituto, y también cuando llegaba el verano. Decidí trabajar por matar el tiempo, no porque lo necesitara. Conducía el coche para ir de la escuela a casa, a unos tres kilómetros de distancia, por supuesto también para ir a comer, a pesar de que andando no me hubiera llevado más de cinco o diez minutos. Nunca pensé que lo que hacía fuera inusual, de hecho mis compañeros de instituto gastaban muchísimo en ropa, aunque no tanto como yo en productos de electrónica”.

Su vida ha dado un giro radical y a día de hoy se lo piensa más de dos veces antes de comprar un producto. “Rara vez gasto dinero en bienes materiales, me centro más en los acontecimientos y experiencias que proporcionan más satisfacción social”. Incluso se ha memorizado la vida media de los productos comunes en el hogar: “La vida media de una lavadora es de más de 5 años, la de la ropa también, la de los ordenadores 6 años y la de la televisión 15 años o más” dice.

A día de hoy ni siquiera viaja en avión “excepto si es por una emergencia. Cualquier viaje en avión al extranjero lo hago si voy a estar al menos 3 meses y cuando pueda utilizar transporte terrestre una vez desembarque”.

Ed cambió progresivamente su pensamiento a través del sistema educativo formal. Primero estudió Comunicación y posteriormente se especializó en Geología. Fue entonces cuando tomó conciencia de “la espantosa transmisión de mensajes sobre medio ambiente u otros temas globales en los medios de comunicación de Estados Unidos”, lo que le hizo plantearse su forma de vida.

“Hicimos un ejercicio en el que había que calcular cómo abastecer al mundo con energía en los próximos 20 años. Nuestro profesor puso una mesa con todas las reservas conocidas y las tasas actuales de consumo. Fue divertido hacerlo porque en realidad nada dependía de preguntas del tipo ¿qué tecnología hay que desarrollar? Todo era trabajar en la eficiencia. Por ejemplo, construir los edificios orientados al suroeste porque así la pared aislará en invierno y en verano tendrás luz del sol”.


>>>>> Tercera parte >>>>>

lunes, 2 de marzo de 2015

Teresa Belton y su análisis sobre la simplicidad voluntaria (Parte I)

A principios de 2007, poco antes de que estallara la crisis financiera internacional, los británicos aumentaban la deuda personal 1 millón de libras cada 4 minutos, los jóvenes británicos gastaban una media de más de 1.350 euros al mes en comprarse ropa, el 90% de los adolescentes de 17 años estaba ya endeudado pero no le daba importancia al asunto porque había más tarjetas de crédito que personas en el Reino Unido, y la deuda por hogar - excluyendo hipotecas - alcanzaba los 12.000 euros. 

Teresa Belton, autora de Happier People Healthier Planet - donde expone todos estos datos y muchos más - sabía que a partir de los hallazgos arqueológicos quedaba patente el entusiasmo del ser humano por distinguirse y obtener reconocimiento a través del consumo del lujo, pero también era consciente de cómo ese comportamiento era impulsivo y había alcanzado su cénit en las décadas de 1970-2000 en Occidente, llegando a contagiar también a las potencias emergentes como Brasil, India, Rusia y China. La gente ya no se preocupaba de cubrir sus necesidades básicas, sino que aspiraba a distinguirse a través de la acumulación de productos.

Pareciera que el apetito por lo que no se tiene es más poderoso que la satisfacción de obtenerlo. Fue esto lo que llevó a Teresa a cuestionarse el modo de vida occidental y plantearse si acaso no sería mejor echar el freno, llevar una vida más simple.

Publicó un anuncio en el Big Issue, un periódico vendido por personas sin hogar en el Reino Unido. Buscaba gente que respondiera afirmativamente a dos preguntas: ¿Vive una vida de consumo material modesto? ¿Está contento con su estilo de vida?

Del total de 94 personas que completaron el cuestionario, 65 eran mujeres y 29 hombres, de entre 18-83 años, la mayor proporción de 30 años. 50 dijeron que llevaban una vida modesta debido a una combinación de elección y limitaciones financieras, 42 de ellos lo eran simplemente por elección. Sólo uno de los participantes se vio obligado desde el principio por limitaciones financieras exclusivamente.

La mitad de los encuestados trabajaba o se había jubilado de una actividad profesional; los otros eran trabajadores manuales, estudiantes, personal de secretaría y caridad.

En el estudio se abarcaron personas solteras que viven solas, personas con compañeros de vivienda, 17 padres con hijos de hasta 18 años, 6 con menores de 5 años y 11 con hijos en edad escolar.

En la Fase II del estudio se entrevistó a 37 personas para explorar percepciones, sentimientos, historias y prácticas cotidianas.

¿Cómo son las personas que eligen llevar una vida simple?


Son personas que acuden a menudo a talleres de reparación, reciclaje, compran muebles y artículos para el hogar de segunda mano o prefieren tener más tiempo libre para compartir con los amigos y la familia en lugar de obtener más dinero.

Por lo general cocinan repostería casera y algunos hacen su propia ropa. La mayoría de ellos evitan determinadas grandes superficies y prefieren consumir en tiendas locales.

Algunos incluso son felices sin utilizar objetos que a la mayoría de personas les son indispensables como la televisión, la lavadora o el teléfono móvil.

La mayoría cubre sus necesidades de transporte haciendo uso de la bicicleta, caminando o con el transporte público. Muchos han limitado todo lo posible los vuelos para reducir el impacto medioambiental.

Es común que todos ellos pasen sus vacaciones en las Islas Británicas, y muchos en camping, caravanas o albergues juveniles.

No tan parecidos


Sin embargo no son ni mucho menos un grupo homogéneo. Por un lado algunos consideran que no es necesario hacer uso de electricidad y agua corriente, mientras que otros abogan por ello e incluso pasan una semana de vacaciones en Nueva York; unos cultivan frutas y hortalizas propias y otros prefieren adquirirlas en tiendas locales, grandes hipermercados o a pequeños agricultores.

Hubo entre los entrevistados por Teresa Belton personas de todos los estratos sociales; si bien el hecho de entrevistar a ciudadanos ricos no fue un inconveniente para ella, “una fortuna que se gaste en la compra de antigüedades, obras de arte, plantación de árboles o donaciones de caridad hará un daño insignificante o nulo e incluso puede ser positivo, mientras que una fracción de esa suma gastada en la compra de ropa, zapatos, DVDs, decoración del hogar, vuelos baratos o cosas similares tendrá un impacto más dañino” sostiene en el libro.

¿Por qué decidieron llevar una vida simple?


El interés de todas las personas entrevistadas despertó por varios motivos. Algunos hicieron una elección de vida personal, otros experimentaron un impacto positivo al conocer personas coherentes y felices, mientras que algunos accedieron a lecturas que les hicieron plantearse su vida cotidiana.

Precisamente una de las entrevistadas, Emma, nacida en 1961, madre soltera con cuatro hijos - dos gemelos y dos chicas de 18 y 25 años - se confiesa lectora compulsiva: “Pude leer muchos libros gracias a que eran accesibles en la biblioteca pública” confiesa. “Cuando era niña, tuvimos el tipo de casa donde las puertas siempre están abiertas. Ninguno de mis padres tuvo educación formal, pero eran muy respetuosos con todo el mundo. Siempre leían. Mi padre fue militar y mi madre música”.

Quizá el crecer en un entorno tan solidario le hizo a Emma ser consciente de la necesidad de estar comprometida con la educación y la justicia social. Para ella lo importante es hacer lo moralmente correcto según la propia conciencia. “Mis padres tenían una influencia notable de las tradiciones católicas de responsabilidad social y del socialismo. En casa hablábamos de cosas como los mercados globales, el daño al medio ambiente o el excesivo uso de productos químicos mucho antes de que fueran temas de moda en los medios de comunicación” añade.

Preguntada sobre si hay algo que lamente de su infancia, recuerda el no haber viajado a Venecia y no poder comprarse libros caros. Pese a todo, su satisfacción en la vida es de 8 sobre 10. Su única aspiración para mejorar es poder escribir. “Lo que te hace feliz en la vida no son necesariamente cosas que se puedan comprar con dinero. He tenido la oportunidad de ir a la universidad, de comprar una casa, no tengo dinero y eso a veces resulta molesto, pero centrarme en ello sería superficial” concluye.

Para otro de los entrevistados, Chris, de 57 años, las razones por las que decidió llevar una vida simple fueron “pasar más tiempo con los amigos, tener más tiempo libre y pasar más tiempo con los niños”. La transición se le hizo fácil porque “nunca fui un gran consumidor, lo más radical que hice fue dejar de pagar un fondo de pensiones”.

Para Chris, el ser humano da demasiada importancia a lo intrascendente, y eso desequilibra nuestra naturaleza. “Me gusta pasear en bicicleta en espacios verdes con los amigos, estar al aire libre en un entorno natural. Puedo pasear por un bosque donde hay árboles que tienen centenares de años y sentir la importancia de eso que es más grande que nosotros mismos”.

Entre los entrevistados también hay personas jubiladas, como Mary, residente en Londres. Sus aficiones son la jardinería, nadar, caminar, leer, pintar y jugar con sus nietos. Trabaja como voluntaria en una escuela primaria una mañana a la semana. En su tiempo libre ayudó a crear una exposición artística local. Mary dice que su calidad de vida actual es de 9 sobre 10, mejor que antes, cuando trabajó de ayudante de biblioteca, trabajadora social en psiquiatría, profesora, camarera, administradora de caridad y secretaria. En la actualidad obtiene algunos ingresos dando clases de inglés a estudiantes franceses a los que también ofrece alojamiento tres semanas durante el verano.

No es que Mary recibiera una iluminación milagrosa de un día para otro y decidiera por ello llevar una vida más simple. “Siempre fui consciente de cómo se producen algunos objetos de consumo como la joyería. No me gusta la forma en que funcionan las minas, el proceso; no me gusta la forma en que explotan a las personas para conseguir oro y plata, no me gusta el peligro que corren, no quiero ser parte de eso” explica.

A lo largo de su vida Mary llegó a vivir tan bien que “no sabía ni qué hacer con el dinero que tenía. Una de las cosas que pude hacer es comprar una casa en Francia, ya que mucha gente de por aquí hace eso, pero lo último que quiero es un lugar de esos de ir y venir a menudo, ya sabes, porque los vecinos se quejan del estado del jardín, se preocupan por la seguridad y esas cosas. Tengo un buen lugar aquí, y si voy a Francia me pagaré un hotel un par de noches o me alojaré en casa de un amigo. Así que en realidad nunca gasté mucho aunque tuve oportunidad” añade.

Estas fueron algunas de las entrevistas que Belton realizó durante la elaboración del libro. En los siguientes artículos profundizaremos en los motivos de quienes tomaron la decisión de vivir consumiendo menos.

>>>>> Segunda parte >>>>>

jueves, 8 de mayo de 2014

Nuestra obsoleta mentalidad de mercado


Cuenta Ferrán P. Villar, ingeniero y periodista divulgador del conocimiento científico, y especializado en el problema del cambio climático, que es conocido y está documentado que los distintos lobbys, y think tanks que se dedican a sembrar la duda entre la ciudadanía acerca de la realidad del calentamiento global antropogénico, reciben 900 millones de dólares (que el piensa que pueden llegar a 9.000 millones, si contamos todos las aportaciones que no han podido ser documentadas) a través de 14 fundaciones radicadas en EEUU, vinculadas a diversas corporaciones. Usted quizás se pregunte, ¿por qué, alguien tendría interés en participar en el debate científico de una forma tan sesgada?

Mientras tanto, las preocupaciones cotidianas, en el día a día del ciudadano de a pie, varían ampliamente desde la desesperación de la búsqueda de empleo de las 700.000 familias que en España carecen de ingresos, a la competición por el estatus y la búsqueda de identidad de quien se siente frustrado por el imponente coche de alta gama de su vecino. Si alguna información tangencial acerca del cambio climático llegará a perturbar la sólida sustancia de sus preocupaciones, acaso no se preguntarían ¿y cómo vamos a pagar esto? En un momento en el que la crisis, el paro y la miseria asolan a muchos ¿podemos dedicar recursos a actividades no productivas como mitigar el cambio climático?

Es así como caemos en una lógica perversa, haciendo las preguntas equivocadas, enmarcando el debate dentro de un paradigma en el cual no hay soluciones a los problemas reales como el cambio climático, porque primero antepone problemas ficticios, como el pleno empleo. Pero, ¿acaso no se produce lo suficiente, no hay bienes y servicios en abundancia para cubrir las necesidades materiales de la ciudadanía? ¿Por qué queremos satisfacer necesidades inmateriales, como la identidad, con bienes materiales? ¿Acaso no se podría, mediante una serie de reformas sencillas del sistema monetario, la fiscalidad, o una renta básica de ciudadanía ir estableciendo poco a poco otra forma de distribuir la producción, justa, eficiente y que permita afrontar nuestros problemas reales?

Asignar la mayor parte de la producción mediante el mercado de trabajo, dice además muy poco acerca de nuestro amor por la libertad, pues su funcionamiento está basado en dejar a las personas en un estado de necesidad, en el que el acceso a los medios mínimos para su subsistencia quedan condicionados a la racionalidad económica del mercado. Sin el derecho inalienable a una renta mínima, o el acceso al trabajo de un bien comunal para ganarla, no es posible hablar de libertad.

Bajo esta luz queda claro por qué las élites dedican tantos recursos a negar la evidencia científica sobre el calentamiento global, que ni siquiera es el problema medioambiental más grave al que nos enfrentamos, puesto que nuestro sistema socioeconómico y sus desigualdades han estado durante siglos fundados en las externalidades. No todos hemos contaminado de la misma forma nuestro entorno. No emite el mismo CO2 un ciudadano de Angola, un norteamericano medio o una gran empresa siderúrgica. Si hay que internalizar ese coste de depuración ¿cómo se repartirá la factura? Por eso se dice que el sistema es justo, porque hay hielo para todos, para los ricos en verano, y para los pobres en invierno. Difícilmente cambiará, mientras no abandonemos, nuestra obsoleta mentalidad de mercado.

lunes, 28 de abril de 2014

Dolor y esperanza en Atenas


Publicaba hace unos días El País Semanal un amplio reportaje titulado Atenas: Entre la crisis y los dioses, en el que un periodista y un fotógrafo se sumergen en el día a día de la metrópolis helena, para tomar el pulso a la ciudad, cuatro años después del comienzo de la crisis de deuda griega.

Es un reportaje duro, de esos que golpean la conciencia, que te sacuden por dentro, ante la magnitud y el drama de una crisis que ha colocado a un tercio de la población del país al borde de la pobreza y la exclusión social. Y sin embargo hay esperanza.

Hay esperanza a pesar del economicismo utilitarista, que asoma en el reportaje de la mano de la empresa china Cosco, que ha conseguido revitalizar el puerto de El Pireo, mediante una gestión más eficiente. Esto no es malo, pero arroja una sombra de duda sobre los griegos, sobre su indolencia, su capacidad ¿Acaso la crisis es consecuencia de la torpeza de los griegos? Si así lo fuese deberíamos preguntarnos ¿No hay espacio para un desarrollo a escala humana? ¿No podemos elegir trabajar un poco menos y tener un poco menos? En nuestra sociedad, como en la canción de ABBA, el ganador se queda con todo. Como en el juego de las sillas musicales, cuando para la música, alguien queda excluido.

Y cabría preguntarse si no es esta mentalidad economicista la causa profunda de la crisis, al haber creado la incertidumbre de quedarte sin tu silla, y la compulsión por el acaparamiento, en un planeta de recursos finitos. Así lo percibe el colectivo de artistas, escritores, fotógrafos y arquitectos ateniense que con el nombre de The Depression Era Project cierran el reportaje afirmando que:

“la entropía, el desastre, la incertidumbre y la insolvencia son también estados mentales que nos conducen a una era en la que la noción de progreso, la idea de crecimiento y el reflejo de mirar hacia el futuro ya no son las formas dominantes ni de percibir ni de crear en el mundo”.

Hay esperanza a pesar del fascismo, que renace como siempre que los valores tradicionales son barridos por el culto al dinero, y mostrarse ese nuevo Dios esquivo. Parece una constante en la historia de la humanidad, que cuando no existen límites democráticos al economicismo utilitarista, cuando prevalece el dinero sobre la democracia, los límites se intentan imponer de forma tiránica.

Hay esperanza porque los griegos están creando un sustrato económico alternativo, potenciando una economía de proximidad, consumiendo productos locales, que salen del huerto del vecino, y que ni siquiera tienen las formas aceptadas en los mercados convencionales. Hay esperanza porque a pesar de todo se puede vivir con menos, y la alegría, los bailes y el buenvivir se mantienen frente, y en contra de, la lógica economicista.

Hay esperanza porque hay capacidad de adaptación, de rehacer redes solidarias, que habían sido barridas por el mercado. Hay capacidad de producir y consumir localmente, de comenzar a establecer una economía basada en principios distintos, como el bien común, o la autogestión de servicios que son abandonados por el estado, ante la falta de fondos.

Es muy significativo, que siempre que el periodista pregunta por Alexis Tsipras, líder de la formación que nos venden como de “extrema” izquierda, Syriza, la respuesta es positiva, pero prudente. Porque la solución debe surgir de los ciudadanos, que deben interiorizarla en su día a día. Porque de nada vale un gobierno que apoye lo insostenible, pero puede ser útil un gobierno que apoye lo sostenible.

Un gobierno que apoye la economía solidaria y alternativa, de proximidad, con énfasis en el bien común y en la autogestión. Un gobierno que promueva impuestos que no penalicen el trabajo, sino el consumo de recursos naturales escasos, y que apoye la producción local y solidaria con monedas locales aceptables por impuestos. En definitiva, un gobierno que sepa separar y poner límites a la racionalidad economicista, y dar voz a sus ciudadanos. El retorno de la democracia a su cuna, una democracia deliberativa.

Hay esperanza, y la esperanza puede convertirse en un camino nuevo a seguir, en un ejemplo para la humanidad, si los griegos logran coordinar esos espacios de economía alternativa, de democracia directa, de bienvivir, construyendo una nueva estructura organizativa que, andando el tiempo pueda dar lugar a una sociedad autónoma, con igualdad, equidad y sostenibilidad, en una palabra a una sociedad alternativa.