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miércoles, 2 de septiembre de 2015

Colapso y neomanía

De vez en cuando conviene subir hasta un lugar elevado y tomar perspectiva, poniendo las luces largas para mirar a lo lejos, elevándonos sobre lo que nos rodea para percibir aquello que por ser demasiado cercano ya no llama nuestra atención. Los antropólogos y los historiadores son especialistas en esto, por eso me gusta leerlos.

El antopólogo Ronald Wright estudia en su libro “Breve historia del progreso” el colapso de civilizaciones como la Sumeria, Roma, la isla de Pascua o la civilización Maya. Wright describe los sucesos previos al colapso de esas civilizaciones, resaltando elementos comunes, como por ejemplo el énfasis, previo al colapso, en el uso de los recursos en la construcción de elementos simbólicos, templos, palacios, monumentos como los famosos moais


que de alguna forma simbólicamente se relacionaban con el poder, sabiduría o conexión con la divinidad de las élites. Este fragmento del documental “Surviving Progress”, basado en la obra de Wright, describe de forma visual el concepto


Wright establece un paralelismo entre el destino de esas civilizaciones y la nuestra: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la sobre-explotación de agua dulce o la pérdida de tierra fértil son síntomas de un posible colapso que como posibilidad pocos niegan, y que ha permeado profundamente en el arte y la cultura popular. En ese caso ¿cuales son nuestros templos y palacios? ¿cuales son los moais de nuestra época? ¿Son quizás las grandes construcciones de acero, hormigón y vidrio, como el rascacielos de Dubai? ¿ o los grandes eventos deportivos, como las olimpiadas o el mundial de fútbol, que tanta atención reciben?

Para averiguarlo, tenemos que hacernos la siguiente pregunta ¿qué da su legitimidad a la élite? En la actualidad ya no es la conexión privilegiada con la divinidad, el padre Francisco es una figura pública de gran relevancia, pero su discurso contrario a la ideología dominante le señaliza como alguien externo al núcleo de poder. Lo que da su legitimidad a la élite, o al menos uno de sus elementos, es su conexión privilegiada con la innovación y la tecnología. La tecnología es la religión de nuestro tiempo, al menos en cuanto a nuestra fe en su poder para solucionar problemas. Esta fe en el paradigma tecnocrático, en el incremento del poder y el dominio sin atender a la finalidad del mismo, es según el papa Francisco la causa primordial de los males sociales y medioambientales de nuestra sociedad. La élite, claro está, no puede ser un poder político de carácter temporal y transitorio, sino el poder económico, mucho más longevo y en gran medida artífice de la innovación y el desarrollo técnico, y de poner en funcionamiento la maquinaria económica, al menos según la narrativa que nos ofrece la ideología dominante, cuestión muy distinta es la realidad.

Aquí podemos volver a recordar de nuevo al gran Cornelius Castoriadis. Como no me gusta repetirme, diré que el filósofo griego ponía el dedo en la llaga al señalar el poder de ideas como Dios, el progreso técnico indefinido o el crecimiento económico continuo a la hora de cimentar la conformidad social. La fortaleza de estas ideas es que no se puede decir mucho sobre ellas, son cuestión de fe, y aunque no se pueden demostrar racionalmente, tampoco se pueden falsar. Nuevamente sugeriré visionar un breve vídeo, que aunque ya hemos enlazado otras veces, será de gran interés para quién no lo conozca.


En la actualidad, tras haber vivido una revolución en las tecnologías de la información y la comunicación la neomanía de moda es la informática y la computación. La llamada ley de Moore nos dice que cada dos años se duplica el número de transistores en un circuito integrado, lo que ha hecho soñar algunos con la singularidad tecnológica, el advenimiento de la inteligencia artificial. Con máquinas capaces de mejorarse a si mismas, la humanidad entraría en una nueva era, con un incremento hiper-exponencial de nuestro dominio y poder sobre la naturaleza. Este dominio aumentado, permitiría hacer realidad el viejo sueño transhumano, superar la condición humana, y ampliar nuestra expectativa de vida de forma indefinida.

¿Qué decir sobre estos sueños? Poco puedo aportar yo o cualquier otro, no tenemos una bola de cristal. La llamada Ley de Moore es una regularidad que se ha cumplido bien hasta comienzos de este siglo, pero no se puede cumplir siempre, dado que un transistor no puede ser más pequeño que un átomo. Es más, durante el siglo XXI se ha cumplido de forma más formal que real, dado que pese a continuar reduciéndose la dimensión de los transistores, al menos según la nomenclatura empleada, existen otras limitaciones que hacen que la densidad real, es decir, útil, no se duplique. A pesar de ello, comienza a fallar.

¿Quiero decir con esto que nuestros sueños tecnológicos fracasarán? No lo sé, como he dicho antes no conozco el futuro, lo que sí que podemos conocer es el pasado. Si nuestra época es la de las tecnologías de la información otras lo fueron de la tecnología aeroespacial. No está de más recordar el pensamiento de aquella época, lo haré citando a Claude Lafleur en su artículo “La exploración espacial: nuevos horizontes de investigación”, que forma parte del libro “El estado del mundo: 2010

Tras la estela de la película 2001, una odisea del espacio, de Stanley Kubrick (1968), era la época en que se soñaba con conquistar el espacio. Para ello habría que construir bases espaciales y ponerlas en la órbita terrestre, donde vivirían cientos de trabajadores del cosmos. Se soñaba con instalar en La Luna bases científicas similares a nuestras estaciones de investigación en el Antártico e incluso con enviar hombres a Marte en la década de 1980. Se soñaba, en fin, con que los turistas -gente como usted y como yo- se pasearían por el espacio y se alojarían en hoteles lunares.

¿Correrán la misma suerte nuestros sueños informáticos? No lo sé, pero lo que es realmente un error es jugarnos nuestro futuro y nuestro bienestar en una arriesgada jugada de poker. No soy tecnófobo, al contrario, no me opongo al desarrollo de nuevos medios y nuevas herramientas, pero es hora de probar otras estrategias, preguntarnos por los fines, modificar lo que hacemos con los medios de los que disponemos. Reorganizar la sociedad industrial para que sea justa y sostenible, y utilizar la tecnología que podamos desarrollar como un medio para ello y no como un fin en si misma. Antes de correr el maratón es conveniente curarnos del cáncer, quizás así evitemos un colapso.

4 comentarios:

  1. El autor de “Breve historia del progreso” no es Robin Wright sino Ronald Wright

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    1. Cierto. Gracias por el apunte. Los problemas del verano y de tirar de memoria.

      un saludo,

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  2. Buen blog, échale un vistazo al mio http://descubrimientossensacionales.blogspot.com.es/

    Un saludo.

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