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lunes, 22 de octubre de 2018

Deconstruyendo Auschwitz: las raíces de nuestro afán destructivo

"El trabajo libera", se leía a la entrada al campo.


Aprovechando el paso de la exposición de Auschwitz por Madrid me ha sido posible apreciar de primera mano hasta qué punto esa “fábrica de la muerte” es un producto típico de nuestra civilización. Si la ideología de la modernidad, cuya expresión más elocuente debemos a los filósofos de la ilustración, mostraba una fe absoluta en la “razón” para solucionar los problemas humanos, hasta el punto de que Condorcet pensaba que la ciencia lograría

la infinita perfectibilidad de la especie humana

en Auschwitz esa “razón” se puso manos a la obra para solucionar, de la forma más racional y científica posible, el “problema” judío.

Pues, tal y como narra la exposición, aquello no fue la obra de un loco, fue la obra de toda una sociedad, que colaboró activamente en el exterminio sistemático de millones de personas, o en el mejor de los casos simplemente se mostró indiferente ante lo que estaba pasando.

El campo de Auschwitz-Birkenau terminó siendo un mastodóntico campo de exterminio y trabajo forzado. Diariamente llegaban trenes cargados de personas, que eran seleccionadas en el andén. Una pequeña parte era seleccionada para trabajar, y se les permitía vivir como esclavos, en condiciones de extrema dureza. La mayor parte eran ejecutados de forma científica al llegar y sus cadáveres incinerados. A otro pequeño grupo, sobre todo gemelos, se les permitía vivir para servir de cobaya humana en experimentos médicos.

Mientras, el personal que administraba el campo, cumplía sus funciones sin ser perturbados por el enorme dolor y sufrimiento diario allí infringido. Llama la atención como en sus días libres cantaban y se divertían sin el menor remordimiento.


Por otro lado el resto de la sociedad alemana (con muy contadas excepciones) contemplaba lo que estaba pasando con simpatía o indiferencia. Aunque no es Alemania sino en Viena, es muy significativa esta descripción de George Gedye, periodista británico.

Lo que empaña la imagen de la Viena que pensaba conocer no es la brutalidad de los nazis austriacos que he presenciado o verificado a través de las víctimas. Sino la masa desalmada, sonriente y de sobrio atuendo que llenaba el Graben y la Kärntnerstrase y reñía por acercarse al edificante espectáculo que ofrecía un cirujano judío de rostro ceniciento caído al suelo, a cuatro pies, al que golpeaba media docena de vándalos de escasa edad con brazaletes de la cruz gamada y fustas para perros. Los vieneses – no los nazis de uniforme ni una turba enfurecida, sino el hombrecillo vienes y su esposa – se limitaban a contemplar con una sonrisa de aprobación aquel divertimento espléndido.

¿Cómo fue posible aquello? Postulo que esencialmente fue posible gracias a seis ideas rectoras, que podríamos aventurarnos a llamar meta-supuestos civilizatorios (por analogía con los meta-axiomas de los modelos científicos), que son propias de nuestra civilización, y que en este momento de la historia ya no son adaptativas. Algunas datan de tiempos de los griegos o son incluso anteriores, otras aparecen o se asientan durante la modernidad. Todas esas ideas siguen con nosotros, y lo que podemos esperar de ello no es nada halagüeño ¿Puede repetirse Auschwitz? Sí. O un genocidio larvado por hambrunas causadas por el cambio climático, ante la indiferencia general. Estas son nuestras peligrosas ideas:


Reduccionismo

La exposición hace hincapié en el auge del racismo durante los años previos a la guerra, espoleado por el antisemitismo histórico, por las dificultades ocasionadas por los ciclos económicos, que se habían exacerbado con la industrialización, por el auge del movimiento obrero y por la I guerra mundial y las consecuencias tremendamente duras que tuvo para Alemania.

Con todo ello estoy de acuerdo, pero no podemos pasar por alto una premisa que hace posible todo ello, y es nuestra concepción reduccionista del mundo. Cuando hablo de reduccionismo me refiero a la visión del mundo que postula que este puede ser analizado en función de sus partes, reduciendo el estudio a las partes elementales, y deduciendo las leyes fundamentales de la totalidad como agregado de los movimientos y propiedades de las partes. Posiblemente podríamos rastrear las ideas reduccionistas hasta el origen de nuestra civilización, pero recibieron un empuje notable en la ilustración. Por ejemplo, filósofos como René Descartes afirmaron que los animales no humanos podían ser descritos de forma reduccionista como autómatas. El reduccionismo en una idea íntimamente unida al mecanicismo, la idea de la máquina, que abordaremos después. Ambas ideas reciben un fuerte empuje gracias al éxito de la física newtoniana, y ambas ideas han sido socavadas por la física del siglo XX, sin embargo mantienen su hegemonía a nivel cultural/informal, y en disciplinas como la economía.

El reduccionismo nos permite pensar el mundo como una suma de elementos que abstraemos del entono a través de los sentidos, abstracciones que están siempre mediadas por el lenguaje. Ello no es intrínsecamente malo, de hecho es difícil imaginar como operaríamos en el día a día sin realizar esas abstracciones. Lo malo viene cuando cronistas de los cambios sociales que estaba provocando la industrialización como Descartes o Hobbes, exacerbaron esa visión reduccionista, haciendo que perdiéramos de vista el conjunto. Esa visión, que pone el foco sobre las partes y sus diferencias, olvidando que lo fundamental son las relaciones entre ellas para formar el sistema, es un terreno abonado para la creación de categorías arbitrarias que nos separan (o nos unen) a los demás. Categorías como alto, bajo, guapo, feo, judío, ario o subhumano. En definitiva, en las condiciones apropiadas, y en conjunción con el resto de ideas que a continuación detallamos, propicia, con la mentalidad adecuada, que florezca el racismo.

Las ideas reduccionistas no son adecuadas para construir modelos de la realidad física cuando lidiamos con lo diminuto. Fritjof Capra en su libro El tao de la física cita a D. Bohm y B. Hiley en “On the Intuitive Understanding of Nonlocality as Implied by Quantum Theory”

Llegamos a un nuevo concepto de inquebrantable totalidad, que niega la idea clásica del análisis del mundo en partes separadas e independientes […]. El concepto clásico usual de que las “partes elementales” independientes son la realidad fundamental del mundo y que los diversos sistemas sean meramente formas y ordenamientos particulares de esas partes se ha invertido. En lugar de ello, decimos más bien que la realidad fundamental es la inseparable interrelación cuántica de todo el universo y que las partes que parecen funcionar de un modo relativamente independiente son simplemente formas contingentes y particulares dentro de todo ese conjunto.

Una idea que curiosamente coincide con los postulados de las filosofías y religiones orientales, como señala nuevamente Capra citando esta vez a S. Aurobindo en “The Synthesis of Yoga”

El objeto material llega a ser […] algo diferente de lo que ahora vemos, no es un objeto separado sobre el fondo o en medio del resto de la naturaleza, sino una parte indivisible e incluso, de un modo sutil, una expresión de la unidad de todo cuanto vemos.

Lo que nos lleva al siguiente punto de nuestra lista, el materialismo.


Materialismo

En la Edad Media el paradigma imperante dividía el mundo en dos, por un lado la materia, vulgar, terrenal, por otro lado el espíritu, noble y puro. El ser humano trataba de recorrer el camino de la una al otro, de lo terrenal o lo espiritual, de lo imperfecto o la perfecto, de lo impuro a lo puro. Con la modernidad ese paradigma cayó en desgracia.

La respuesta lógica ante la negación del anterior paradigma es el materialismo, afirmar que sólo existe la materia ¿no? La respuesta es no. Una vez alguien me dijo que no existía nada sobrenatural. En consecuencia solo existe lo natural. Decir que todo lo que existe es natural es como decir que sólo existe lo existente. Razonamiento circular. Pero estamos divagando... La distinción no es entre lo natural y lo sobrenatural sino entre materia y espíritu, y la respuesta correcta es que si existe o no existe esa distinción entre materia y espíritu es algo que carece de relevancia para el ser humano.

El espíritu es por definición incognoscible para el ser humano, y dado que no se puede afirmar que podamos conocer todo, lo único que podemos decir es que esa distinción no aporta nada a la hora de elaborar modelos con los que manejar nuestro entorno, modelos prácticos para colaborar con otras personas en la consecución de unos fines concretos, como regenerar un bosque, reducir la pobreza o la incidencia del cáncer.

El espíritu, al ser incognoscible, no nos sirve para realizar modelos útiles, y por tanto no sirve para cooperar con otros seres humanos, por tanto el espíritu es una cuestión estrictamente privada.

Y es en el ámbito privado donde el espíritu tiene su importancia, en la búsqueda de transcendencia, algo más allá de lo inmediato, de la visión mecánica de la vida como búsqueda del placer y evitación del dolor.

Tradiciones místicas y chamánicas utilizan la meditación o las sustancias psicoactivas para ayudar al individuo a encontrar su camino, un sentido más allá de lo inmediato, respetando en todo momento la individualidad del sujeto, considerado un ser único.

La detallada observación de los procesos de la mente que exige la práctica mística budista, si es genuina, es poco compatible con la ciega adherencia a categorías absolutas. Algo que podría haber sido muy útil a los alemanes en aquella funesta época. Según Jack Kornfield en su libro La sabiduría del corazón.

Cuando la gente hablaba con Ajahn Chah generalizando sobre los europeos o los tailandeses, el sonreía y preguntaba: “¿El devoto campesino tailandés de tu izquierda o el famoso gángster tailandes de la cárcel local?” […]

Cuando sostenemos una manzana en la mano, podemos llamarla por su nombre: manzana. […] El concepto no cambia de un día para otro: una manzana en el almuerzo es una manzana, e incuso cuando está partida en pedazos sigue siendo una manzana.
Pero en la realidad de la experiencia no existe una manzana fija. La visión de una manzana consiste en realidad en un patrón visual sutilmente cambiante, tonalidades de rosa y carmesí, rojo y dorado, matices luminosos que se transforman continuamente al cambiar la luz o cuando movemos ligeramente la cabeza. […] El concepto “manzana” es estático, un objeto del pensamiento. Pero la experiencia directa de ver, sostener, comer una manzana es una sucesión de colores sutiles, formas y percepciones que cambian a cada minuto sin detenerse ni por un momento.
Paradójicamente, desde luego, necesitamos utilizar los conceptos constantemente. […] Tenemos que recordar nuestra dirección postal y el número de la seguridad social, a pesar de que en otro nivel no existe un yo separado e independiente. Cuando conozco a una persona, puedo observar de qué manera los conceptos de raza, clase y género son ciertos, pero que son sólo una parte limitada de la historia. Más allá de los conceptos, podemos ver la verdadera naturaleza de la persona que está ante nosotros.

Pero volviendo al tema principal, el de la transcendencia, el problema grave con ella es que cuando se la echa por la puerta, suele entrar por la ventana, con tanta más fuerza cuanto menos trabajado esté el individuo o grupo a nivel psicológico y espiritual. Loa alemanes, al carecer de herramientas individuales para su desarrollo espiritual, quedaron más expuestos a exhortaciones colectivas que cubrían esa carencia. Todo ello nos lleva a nuestro tercer punto, la idea del progreso indefinido.


La idea del progreso indefinido

En épocas anteriores a la modernidad la idea de la humanidad moviéndose hacia un perfeccionamiento cada vez mayor habría resultado extraña a la mayor parte de las personas. En aquel tiempo, el camino de perfeccionamiento era individual y llevaba a la salvación, mientras se pensaba que el conjunto tendía a corromperse y empeorar.

La modernidad hizo que el pensamiento cristiano fuese perdiendo relevancia, pero curiosamente no lo sustituyó por un pensamiento secular. Veamos como adquiere forma esta idea en palabras del filósofo Francis Bacon en su obra On the interpretation of nature

se trata de restituir al hombre, en gran parte, la soberanía y el poder que tuvo al comienzo de la creación […] recuperemos los derechos que son parte de nuestro divino legado a través del trabajo, inventando o ejecutando

En lugar de pensar en la razón como una forma de crear modelos que puedan discutirse entre seres humanos para así lograr unos fines compartidos, previamente establecidos entre todos, la razón aparece aquí como una forma de lograr la omnipotencia. Es un pensamiento notoriamente infantil, cómo denunció Erich Fromm en sus numerosos escritos.

Sin duda la posibilidad de acumular el conocimiento de forma paulatina, acrecentándolo poco a poco, podía presentarse como una buena razón para fundamentar el progreso indefinido, sin embargo se nos olvida que el conocimiento rara vez justifica la omnipotencia, más bien al contrario, nos permite tomar conciencia de nuestras limitaciones. Así por ejemplo, las leyes de la termodinámica nos permiten saber que no existe el movimiento perpetuo.

Sin embargo, el problema de la idea de progreso indefinido es mucho más dramático. El progreso es subjetivo, no existen fines (o existen muy pocos) que universalmente todos identifiquemos con el bien. De lo que se trata entonces es de de manipular, de definir qué es el progreso, cual es esa dirección, y por tanto legitimarla frente a la población, porque ¿qué no sacrificaríamos en el altar del progreso? Para los alemanes había que sacrificar a los judíos, la mosca en la sopa que impedía el progreso racial y moral que devolvería al pueblo elegido “ los derechos que son parte de nuestro divino legado”.

Por supuesto, en definir lo qué es progreso, y lo que está legitimado, han jugado y siguen jugando un papel crucial los científicos y los expertos, lo que nos lleva a nuestro siguiente epígrafe, el autoritarismo en el conocimiento.


Autoritarismo en el conocimiento

La exposición nos narra como los alemanes fueron adoctrinados en las teorías en boga en la época sobre la raza y la eugenesia, teorías que ahora se consideran erróneas ¿Y qué teoría no será considerada errónea en un futuro?

La ciencia, y en general, la forma en la que nuestra civilización define lo que se constituye como conocimiento “legítimo”, ha sido y continúa siendo un rodillo autoritario ante el que nos encontramos indefensos.

Como cualquiera que haya mantenido una relación con otro ser humano sabe por propia experiencia (aquí las relaciones de pareja son especialmente ilustrativas, por todas las emociones que mueven y las luchas de poder que se dan en la pareja), la razón es poder. Si en un conflicto se llega a la conclusión (improbable en una relación entre dos personas) de que una parte “tiene la razón”, dicho conflicto acaba automáticamente, y se actuará tal y como mande la parte que “tiene la razón”. Ello en la realidad del trato individual no ocurre, porque el ser humano es subjetivo, y generalmente quién insiste en “tener la razón” acaba solo, ya que los demás decidirán rehuirle, salvo que estén desesperados por tener compañía.

El autoritarismo epistemológico es, a mi juicio, la idea o axioma nocivo que venimos arrastrando desde más lejos (junto con el mito de la máquina), y quizás por ello el más enraizado en nuestra civilización, no siendo exagerado decir que “ha calado hasta el tuétano”. Podemos datarlo posiblemente antes de que Platón decidiese afirmar que existe la doxa u opinión y la epísteme o conocimiento, que gracias a la razón descubre la esencia verdadera de las cosas. En Platón tenemos el otro lado de la moneda de la psicología budista. Mientras que esta última nos advierte de que tenemos que utilizar los conceptos abstractos para funcionar pero no confundirlos con la realidad, para Platón la experiencia directa de la realidad no es más que sombras en una caverna. El sabio (el “experto” de nuestra época) es capaz de transcender esto y llegar a la verdad, y gracias a ello, hacer callar a los demás.

Desgraciadamente en occidente, las tradiciones místicas del cristianismo (o en Oriente Medio del Islam), que sí que valoraban la experiencia directa de la realidad y la observación de los estados de la mente, fueron acalladas, generalmente por la fuerza, y se impuso la religión tal y como la conocemos ahora, que siguiendo la idea de Platón de que existe algo no humano llamado Verdad, impuso un autoritarismo moral asfixiante, que es la razón por la que hoy en día son en general tan denostadas.

La modernidad relegó a la religión al papel de mera comparsa, pero siguió aceptando que existe algo no humano llamado Verdad con lo que el ser humano debe relacionarse, sustituyendo al sacerdote por el “experto” como intermediario entre esa realidad no humana y el vulgo. En realidad, evidentemente, no existe algo no humano llamado Verdad, y el conocimiento no es más que una empresa humana, condicionado por la naturaleza y límites humanos, como han mostrado los historiadores de la ciencia.

¿Qué opción tenía un ciudadano alemán cuando los expertos divulgaban las teorías sobre la eugenesia y mejora racial tan en boga en la época? Básicamente ninguna, ya que como no-experto carece de toda legitimidad para ser tenido en cuenta, su palabra es doxa (opinión) sin validez frente a la epísteme (conocimiento) del experto. Su única opción era callar y esperar que otro experto opinase de forma distinta. Pero los expertos no suelen disentir entre ellos en las cosas importantes. Como demuestra la historia de la ciencia suele haber un consenso en torno a ciertas proposiciones que son consideradas ciertas, debatiéndose sobre algunos detalles que no cuestionan el núcleo esencial de los paradigmas, salvo en momentos muy especiales.

La cuestión es tremendamente delicada ¿puede toda una sociedad ser arrastrada a actuar bajo supuestas certezas que luego se demuestren erróneas? Así lo demuestra la historia en el caso del nazismo, pero en mi opinión hoy en día ocurre lo mismo con teorías económicas sobre las que la mayoría carece de legitimidad para hablar, por no disponer de los estudios pertinentes, y que conducen a un deterioro ambiental y derroche de recursos de consecuencias posiblemente más terribles que el holocausto judío.

¿La solución es poner en píe de igualdad todas las opiniones, deshacer la distinción entre doxa y epísteme? Esa distinción no es adecuada, lo que no implica poner en píe de igualdad todas las opiniones. Los modelos que realizamos para manejar la realidad no humana, se ponen a prueba por esa misma realidad. Por ejemplo, si me interesa un modelo sobre el disparo de un cañón, adoptaré el que describa con mayor precisión la trayectoria del proyectil. Ello, como afirma Richard Rorty, descarta todo relativismo:

Cualquiera que conceda que el mundo dispone del poder causal de modificar las descripciones que de él se realizan debería estar inmunizado contra las acusaciones de subjetivismo y relativismo.

De acuerdo, pero nuestro conocimiento no es otra cosa que modelos para manejar la realidad no humana, modelos realizados para mejorar la cooperación con otros humanos con vistas a alcanzar determinados fines, armonizando medios y fines (mejorar el motor de explosión se hace con la idea de que otras personas puedan desplazarse de forma más sencilla, por ejemplo, consumiendo menos combustible, emitiendo menos contaminación, ruido, vibraciones, etc). La cooperación, debe pasar necesariamente por el lenguaje, o en un sentido más amplio por la semiótica. Citando a Nietzsche en La voluntad de poder

...ni el más abstracto de nuestros ejercicios teóricos puede obviar el elemento humano. Todas nuestras categorías mentales, sin excepción, se han desarrollado gracias a su fertilidad para la vida, y deben la existencia a circunstancias históricas, del mismo modo que a ellas se la deben los nombres, los verbos y los adjetivos con que se visten nuestros lenguajes.

Quizás un ejemplo dado por Rorty sirva para aclarar más la cuestión

el proyecto inclusivista no está más arraigado en algo mayor que él mismo de lo que lo están, por ejemplo, el proyecto de reemplazar la escritura ideográfica por la escritura alfabética, o el proyecto de representar en una superficie bidimensional figuras tridimensionales. Estas tres ideas fueron inmensamente fecundas, pero ninguna de ellas precisa de respaldo universalizador. Se hicieron valer por si mismas.

Las ideas se hacen valer por si mismas en la práctica. Es cierto que es posible tener un conocimiento puramente teórico, sin aplicación práctica, el problema es que dicho conocimiento es bastante irrelevante, y como a nadie le importa en la práctica, no se cuestiona, razón por la cual es en esencia totalmente cuestionable, es decir, al no ser conocimiento útil, es discutible que sea realmente conocimiento.

Además, como ya hemos indicado, nuestro conocimiento está mediado por el lenguaje, el cual nos permite realizar relaciones entre proposiciones.

...todo lo que sabemos sobre esta mesa sólida y sustancial -sobre la cosa que se relaciona en cuanto opuesta a sus relaciones- es que algunas oraciones sobre ella son verdaderas. Por ejemplo, las siguientes: es rectangular; marrón; fea; elaborada a partir de árbol; más pequeña que una casa; mayor que un ratón; menos brillante que una estrella; etc. No es posible saber nada de un objeto salvo qué oraciones sobre él son verdaderas.

Y siempre remite en último término a una relación con una proposición axiomática, que no es demostrable. Así por ejemplo, los números naturales se pueden definir en función de sus relaciones con otros números, por ejemplo, dos es igual a uno más uno, y en última instancia tienen que existir axiomas que definan uno de los números y las propiedades que los relacionan (aditiva, etc.).

Por último, siempre debemos considerar cuestiones como la incertidumbre, y las consecuencias de actuar o no si el modelo resulta estar equivocado. Al realizar un modelo sobre el disparo de un cañón puedo reducir la incertidumbre con experimentos, en el caso del cambio climático no disponemos de otro planeta para experimentar, ni siquiera a escala. De la misma forma, si en un modelo meteorológico anuncio un evento extremo y me equivoco, sin duda tendrá consecuencias (gente que habrá cancelado salidas, etc), pero las consecuencias serán peores si me equivoco en el sentido contrario, y no soy capaz de predecir un evento extremo que por tanto coge desprevenida a la población.

Cuando los expertos nazis hablaban de raza y de eugenesia, y mostraban comparaciones entre infrahombres y arios


para que políticos Heinrich Himmler naturalizasen la segregación y el exterminio

La historia dicta que, mientras haya seres humanos sobre la faz de la tierra, los hombres lucharán contra los infrahombres.... Podemos concluir sin temor que esta lucha por la vida o la muerte responde a la ley natural en igual medida que la del bacilo que causa la peste contra el cuerpo sano.

Quizás el lego en biología o medicina no estaba legitimado para alzar la voz frente a estas proposiciones hegemónicas, pero aún siendo lego podía realizarse algunas preguntas cómo, ¿para qué me sirve este modelo, qué fines persigue? ¿Cuales son los axiomas del modelo? ¿Qué pasa si no actúo según lo que me marca el modelo?

Sin hacer un análisis exhaustivo, salta a la vista que lo que planteaban los nazis era contradictorio, por un lado afirmaban que existían subhumanos y mostraban fotografías de personas poco apuestas y con una imagen contraria a lo que se supone es una persona inteligente. Por otra parte se suponía que tales subhumanos gozaban de una inteligencia fabulosa para trazar terribles conspiraciones, o se les suponía con la capacidad de casarse y procrear con alemanes, a pesar de su escasa belleza y talento. En todo caso la “degeneración de la raza” que ellos planteaban como un peligro, sólo podía ser un proceso lento, según el material genético se mezclaba generación tras generación, y dado que actuar implicaba decisiones duras y costosas, como el exilio o el genocidio, en este caso incluso para una persona sin grandes conocimientos e inmersa en el paradigma de la época lo más razonable hubiese sido no actuar, y recabar más información sobre el supuesto proceso de degeneración de la raza, según este se fuese produciendo.

Respecto a la finalidad del modelo, que se desprende de las palabras de Himmler, este es la supervivencia, ya que uno de sus axiomas es el darwinismo, lo que nos conduce a nuestro siguiente punto.


Darwinismo

Al hablar de darwinismo no nos referimos a la teoría de la evolución, sino a la idea según la cual el único mecanismo posible de evolución es la competencia y la supervivencia del más apto, o selección natural. Hoy en día sabemos que el mecanismo de la evolución no es tan sencillo, gracias a los trabajos de Stephen Jay Gould y Lynn Margulis entre otros, a pesar de lo cual el paradigma darwinista sigue siendo dominante.

En la época nazi, tal y como se deduce de la cita anterior de Himmler, la idea de la selección natural se trasladó de las especies a la sociedad humana, y a las razas, propiciando el auge de la eugenesia, es decir, la intervención humana para mejorar los rasgos y características que dejamos en herencia a las generaciones futuras. La eugenesia nazi incluía el asesinato de los discapacitados y los homosexuales.

Según el mito darwinista estamos condenados a una lucha feroz de unos contra otros, se pone el foco en la competencia y se minimizan la importancia de la cooperación y los cuidados. Es una ideología que, cuando se traslada a la sociedad, conviene mucho a las élites, ya que de ella se deduce que los más aptos son los que están en la cumbre, al mando de la máquina. En realidad, más que de Darwin, dicha idea procede de Herbert Spencer (que influyó notablemente en Darwin), adalid del darwinismo social, ideología adoptada por grandes magnates, como los conocidos “barones ladrones” en EEUU (Rockefeller, Carnegie, Vanderbilt), los cuales crearon importantes instituciones académicas para respaldar su ideología.


El mito de la máquina

Si para Descartes el organismo humano podía reducirse a un autómata, para la disciplina económica la sociedad entera funcionaría como una máquina, movida por fuerzas similares a las de la gravedad que descubriera Newton, negando de esta forma el libre albedrío.

El mito de la máquina, título de un libro del historiador Lewis Mumford, posiblemente quien con más detalle analiza la tendencia hacia el maquinismo, se refiere a la adoración por las estructuras sociales regulares y predecibles, que funcionan como máquinas, aún a costa de reducir la autonomía individual. José Manuel Naredo lo explica en su libro La economía en evolución

Por una parte están las afinidades mecanicistas de ese tipo de organización social centralizada, jerárquica y coercitiva que se afianzó, primero, en las instituciones que se incluyen bajo la denominación de Estado y, después, en la empresa capitalista. Su actuación rigidamente predeterminada desde la cúspide pretendía emular de forma grandiosa el funcionamiento impersonal y deshumanizado de las máquinas, comportamiento este que encarna modélicamente en lo que Mumford llama la “máquina de trabajo” y la “máquina militar” que nos ofrecen “los dos polos opuestos de la civilización: el trabajo mecánicamente organizado y la destrucción y el exterminio también organizados mecánica y sistemáticamente”. Los impresionantes logros constructivos y/o destructivos de este tipo de organización, que desbordan la escala individual o la de pequeñas comunidades rurales, hicieron que fuera considerada como monstruo leviatánico que vive por encima de cualquier desafío humano y que fueran aceptadas sus servidumbres como único medio de acceder a tales logros constructivos, ignorando la posibilidad de llegar a ellos mediante acciones colectivas basadas en la cooperación y la solidaridad libremente consentidas.

Dentro de la organización mecánica, el individuo pierde su autonomía, y con ello también su responsabilidad. Ello fue un aspecto clave de la organización de Auschwitz, como se ha visto reflejado en múltiples declaraciones de los funcionarios encargados de la gestión ordenada y eficiente del holocausto.




¿Es posible otro Auschwitz?

La creación de un orden racional destinado a asesinar sistemáticamente a millones de personas fue posible gracias a la colaboración o indiferencia de toda una sociedad, una sociedad que se complacía en actuar como una máquina eficiente, movida por ideas científicas equivocadas, hacia un progreso que prometía transcender la realidad cotidiana como ya no lo hacía la espiritualidad, al que llegarían por selección natural los pueblos más aptos, aún a costa de eliminar o someter al resto.

Quizás un nuevo genocidio similar a Auschwitz sea difícil que vuelva a ocurrir, tendemos a aprender de la historia, aunque sea de forma superficial, es una de las ventajas de la cultura, que es evolutiva y depende de lo ocurrido anteriormente. Pero es obvio que las raíces de nuestro afán destructivo siguen presentes, mantenemos, por desgracia, todas las ideas expuestas, así que es previsible que el puesto de Auschwitz lo ocupen otras desgracias, quizás incluso más terribles. Desde mi punto de vista la ideas que causaron Auschwitz son las mismas que están detrás del deterioro ecológico, y de la creciente insatisfacción en la que vivimos.

Si bien muchas de las ideas expuestas, pese a seguir siendo hegemónicas, se encuentran en disputa, es preocupante que algunas gozan de mejor salud que nunca. El giro hacia el maquinismo parece estar´acelerándose en lugar de menguar. Conforme la sociedad se hace más compleja parece que se pone en marcha una tendencia a reducir la autonomía de los individuos para que el conjunto siga funcionando como una máquina. En los últimos tiempos esta tendencia a reducir la autonomía viene de la mano del economicismo extremo que se difunde desde todos los altavoces del sistema. Erich Fromm ya señaló esto, con cierta clarividencia, en su obra Psicoanálisis de la sociedad contemporánea

autómatas que obedecen sin necesidad de recurrir a la fuerza, que son guiados sin líderes, que hacen máquinas que funcionan como hombres y producen hombres que actúan como máquinas; hombres cuya razón decae mientras su inteligencia aumenta, creando así la peligrosa situación de equipar al hombre con una fuerza material inmensa, sin la cordura necesaria para usarla. Esta enajenación y automatización conducen a un desequilibrio cada vez más acentuado. La vida no tiene sentido, no hay alegría, ni fe, ni realidad.

Hasta cierto punto puede considerarse natural que nuestra civilización haya desarrollado este tipo de ideas que permiten un control bastante preciso de los individuos. La naturaleza del ser humano es regirse por la cultura, y hemos desarrollado una cultura adaptada a la convivencia de grandes grupos, consiguiendo operar, con graves iatrogenias sí, pero consiguiéndolo, sin necesidad de establecer con la gente que cooperamos relaciones de confianza, como sucede en los grupos pequeños, en los que la cooperación es espontanea.

El reto es lograr esa cooperación a través de un marco más adaptado al entorno actual en el que vive el ser humano, y para ello tenemos también a nuestro alcance las semillas para un cambio: el pensamiento sistémico, poniendo el foco en las relaciones entre las partes y no sólo en los elementos constitutivos de un sistema, es la llave para superar el reduccionismo, y los enfoques pragmatista y postmoderno nos permiten superar el autoritarismo en epistemología. El materialismo se disuelve por sí mismo una vez superado el autoritarismo epistémico, y la idea del progreso indefinido se supera a través del trabajo psicológico y espiritual. Respecto al darwinismo, diversos grupos, por ejemplo los anarquistas (aunque impregnados de algunas ideas marxistas que les restan mucha eficacia), llevan tiempo intentando desarrollar prácticas sociales basadas en la cooperación. Por último, se puede luchar contra el mito de la máquina poniendo el foco sobre la autonomía individual, una tendencia que en los últimos tiempos vive cierto auge (que incluso se ha manifestado de forma violenta) conforme la complejidad aumenta y los condicionantes sobre el individuo aumentan.

El problema no es tanto qué no existan soluciones sino que en los conflictos y las luchas que surgen muchos grupos mantienen el viejo enfoque, lo que les lleva ineludiblemente al fracaso o a ser asimilados por el sistema tras propiciar cambios que en el mejor de los casos podemos llamar cosméticos. Para evitarlo, será necesario tener siempre muy presente estos supuestos (o mejor dicho, metasupuestos) dañinos que hemos enumerado, y dotarse de una teoría del cambio social, que nos permita identificar las prácticas con mayor potencial para el cambio, con el fin de potenciarlas al máximo.


Epílogo: el marxismo no tiene soluciones

Agradezco de todo corazón a los marxistas el trabajo realizado para que no perdamos de vista el objetivo de la igualdad, que desde la perspectiva del bienvivir no se define desde un punto de vista estrictamente material, sino como la posibilidad real de desarrollar todo tu potencial, lo cual conduce inevitablemente a la satisfacción de todas tus necesidades humanas. Sin embargo, el pensamiento marxista es un pensamiento moderno, heredero de la ilustración, que adolece de todos las creencias que están en la base del horror de Auschwitz.

Marx era un reduccionista que contribuyó de forma notable, como ha señalado José Manuel Naredo, a que la disciplina de la economía naciese como un campo separado, con sus propias leyes, que podía ser analizado independientemente de la relación del ser humano con su entorno, cuya transformación es la base de la economía. Citando a Naredo en La economía en evolución:

Marx no reconoce la existencia de dos niveles diferentes de análisis desde los que se puede enjuiciar la acumulación de riquezas, a saber: el que desde un punto de vista físico considera las relaciones del ser humano con su entorno, y aquel otro que se ocupa del intercambio entre las personas, expresable en valores monetarios. Lo mismo que Smith y Ricardo, se limita a presentar el segundo de ellos como el único que ofrece interés para el análisis económico.

No es extraño pues, que como ha señalado Joan Martinez Alier, el marxismo carezca de una historiografía ecológica, y de hecho, los marxistas se hayan burlado de los ecologistas hasta hace bien poco tiempo.

Poco hace falta decir sobre el materialismo de Marx, en su visión las condiciones materiales prácticamente determinan la cultura, una visión que además de materialista es reduccionista, ya que pierde de vista la relación mutua entre cultura y base material, que se influyen la una a la otra. Los neoliberales sí han tenido esto en cuenta, y lo han llevado a la práctica, por ejemplo Friedrich von Hayek en Mont Pellerin, con enorme éxito (curiosamente Hayek fue un damnificado de la I guerra mundial, y de la disolución del imperio Austrohúngaro, lo que influyó de forma notable en su pensamiento, como bien ha señalado mi amigo el doctor en historia Carles Sirera, aún cuando no deja de ser un pensamiento moderno que comparte con el fascismo y el marxismo todos los puntos que hemos ido señalando).

Respecto a la idea de progreso indefinido, Marx es indiscutiblemente el campeón mundial. Su fe en la razón le llevó a postular que la razón, en su camino hacia la “infinita perfectibilidad de la especie humana” traería necesariamente el socialismo. Volviendo a citar a Naredo:

el discurso pronunciado por Engels como homenaje póstumo tras la muerte de Marx: “Charles Darwin ha descubierto la ley de la evolución de la naturaleza orgánica de nuestro planeta. Marx es aquel que descubrió la ley fundamental y constitutiva que determina el curso de la historia humana, ley tan luminosa y simple, que basta en cierta medida exponerla para hacerla conocer”. Esta ley que aseguraba el “avance de las ruedas de la historia” en el sentido del “progreso”, no era otra que la fe en el desarrollo imparable de las “fuerzas productivas”

Era también un darwinista, para muestra una carta a Engels de 19 de diciembre de 1860, hablando sobre El origen de las especies

es en este libro que se encuentra el fundamento histórico-natural de nuestra concepción

En su concepción del sistema económico y político, una vez puesto en funcionamiento este se encontraba regido por la inercia, por ello Marx recurrió a símiles evolucionistas de la lucha por la supervivencia de la especie para explicar los cambios sociales.

En otra carta a Engels de agosto de 1866 se comprueba como buscaba pruebas de que el progreso era necesario.

el progreso, que en Darwin es puramente accidental, está presente aquí como necesario sobre la base de los periodos de la evolución del cuerpo terrestre

En definitiva, no se puede solucionar un problema con el tipo de pensamiento que lo ha creado. Es hora de cambiar y para ello será necesario abrazar un pensamiento nuevo, sin renunciar a la racionalidad, pero siendo conscientes de sus límites. No queremos otro holocausto racional, ni siquiera buscando la igualdad.

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