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martes, 26 de julio de 2016

¿Redes sociales o antisociales?


El otro día fui de paseo con mi nave, por una galaxia para mi hasta entonces desconocida. Sus únicos habitantes eran de proteína, agua y minerales y tenían un orden vital dirigido por el tiempo y los ciclos de su Sol. Tenían solo una luna en el planeta en el que habitaban y hacían una cosa cíclica que ellos llamaban dormir. Siempre cuando el sol no era visible en su lado del globo se tumbaban y cerraban sus aparatos de percepción óptica. Solo en este ciclo he podido comunicarme con ellos y me revelaban anécdotas y fenómenos de su vida en el ciclo que ellos llaman despierto o de día. 
 

Su metabolismo energético funciona a base de quemar glucosa con la ayuda de oxígeno. Así que necesitan ingerir cada cierto tiempo y respirar por un filtro de átomos que llaman pulmón. Su sistema de alimentación y metabolización física está conectado con su aparato de placer, así ocurre que la mayoría ingiere mucho más o mucho menos de lo que necesita según su estado de ánimo. Pero lo mismo no ocurre con su unidad cognitiva. Una idea, un pensamiento, no les causa placer sino un estado de incomodidad e incertidumbre. Y como conocen este defecto han creado grandes centros donde pensar esta premiado con bienes materiales y un concepto extraño y jerárquico de titulación que se añade a su nombre. Parece que solo de este modo son capaces de motivarse para pensar como funciona todo y por qué funciona todo.

En la fase nocturna, cuando están perceptibles a la comunicación, me he puesto en contacto con una de sus versiones. Me contó que está muy triste y cansada porque su amor y su necesidad de paz y armonía está regulada por una serie de pautas morales y reglas de conducta. Dijo que su fase despierta durante el día está controlada por una realidad muy contradictoria y absurda. Por un lado, debe y quiere respetar a la dignidad de todos los demás seres, pero por otro lado existe un amplio laberinto de condicionamiento ajeno a él que llaman mercado, y que le obliga a hacer daño constante a los demás. No puede adquirir mercancías de uso diario sin que la mayoría de ellas estén elaboradas en condiciones que hacen daño a la gente que las fabrica o a su mismo medio ambiente. Esta disonancia le causa mucha inquietud y le obliga a ignorar cada vez más su propio sentimiento empático. Tiene que engañar a su conciencia con lo que el llama "consumo por una buena causa" o "donación". Me explica que básicamente son actividades de las mismas empresas que permiten esta catarsis emocional a sus consumidores con el resultado de desmemoriar las nefastas condiciones y el terrible impacto que tiene la fabricación de sus mismos productos.

Dice también que tienen una red gigante de realidad virtual que llaman “redes sociales y medios” donde es posible cultivar este auto-engaño aún más. Expone, documenta y refleja lo ocurrido en su sociedad, pero a la vez sirve para crear unas maquetas que luego se transforman en realidad física. Afirma que está en un constante conflicto entre estas dos realidades. En una ha de ser servicial, cumplidor y siempre disponible a cambios. Ha de ser políticamente correcto en todo momento y sobre todo demostrar su validez con un conjunto de condiciones que ha de cumplir: Padres de dos, sueldo elevado, pareja atractiva, coche alemán, alto-moreno-delgado, familia intacta. En la otra está podrido de asco por dentro y con constantes problemas que surgen de tener que cumplir y exponer en la realidad virtual. Tiene ansiedad y sobrepeso, su pareja es regular y el coche es francés. El sueldo si que es alto pero la mitad es en negro y nadie lo sabe y así puede ir de ocios clandestinos porque piensa que se lo merece con todo lo que tiene que aguantar en esta vida de mierda.

Por un lado, se crea un mundo perfecto y feliz en la realidad virtual y por otro lado aumenta la miseria y la pena en el mundo físico el cual se comenta y documenta en la realidad virtual muy extensamente. Dice que se siente muy incierto y confundido debido a estos mundos opuestos pero que el mundo virtual se ha convertido muy relevante para la 
realidad de muchos.



Le pregunto como ha ocurrido esto y no tiene respuesta. Solo cree que en algún momento, la unión entre moral y empatía se ha roto y desde entonces las personas viven dos vidas. Una en la que respiran, corren, se ríen, son tristes, comen, aman y mueren, y otro en el que pretenden, mienten, odian y juzgan.

También dice que con la realidad virtual y sus medios, todas las personas pueden estar informadas al mismo nivel y que ayuda mucho a proveer un nivel más alto de educación y conocimiento. Que también es muy útil para crear transparencia política y que la población esté más informada sobre las cosas que ocurren. Y también que personas que normalmente no tienen voz en la sociedad pueden hacer escuchar sus conflictos y problemas.

Pero también da a entender que el simple hecho de que todos los datos y la información mas actual estén disponibles no tiene el efecto de que las personas también comprenden más y sepan pensar mejor. De hecho están muy ocupados con estar siempre informados pero no les da tiempo de convertirlo en conocimiento y no llegan a una comprensión elevada ni a un cambio de conducta. En el poco tiempo que les queda entre, publicar ellos mismos algo manipulado sobre su vida o informarse de las novedades de los demás hay que trabajar y consumir mercancías para mantener un sistema abstracto que llaman mercado.

Le pregunto cómo es posible que esté aquí y no sabe decirme cómo ha llegado a estas circunstancias. ¿Os han borrado la memoria? Porque a nosotros lo han hecho en el pasado también. Habían creado una especie de red lógica a la que solo tenían acceso los que habían nacido en la capa social permitida para comprar un dispositivo que da acceso regulado a toda la información. Habíamos llegado a un nivel en el que en todo el planeta que habitamos solo había una posibilidad de vivir en condiciones dignas. Era conectarse a esa red lógica todo el tiempo de nuestra vida. Éramos extensiones de una entidad coordinadora y controladora central que gestiona cualquier aspecto de nuestra vida. A través de esta red nos comunicamos entre y con todos. Consumimos, trabajamos y aprendemos todo desde su entidad central. A cambio nos gestiona casi todos los aspectos domésticos y prácticos de nuestra vida. No nos dimos cuenta que la comodidad que aportaba su función tenía un precio demasiado alto. Al cabo de poco tiempo, quizás tres  o cuatro generaciones, nadie tenia conciencia de otra forma de vida que esta porque la entidad coordinadora tenía el poder sobre los contenidos de la información que nos llagaba y así olvidamos en muy pocas generaciones toda la variedad de conocimientos  que habíamos acumulado en nuestra historia.

Vivíamos como individuos uno a lado del otro sin estar conectados realmente. Nuestras vidas fueron cada vez mas fáciles pero también cada vez mas simples, reducidas, pautadas y anti-intelectuales. Nos ofrecen una amplia gama de entretenimiento  y placer que podemos adquirir con los puntos que ganamos en nuestros trabajos. Nuestros trabajos varían según lo que la entidad consideraba necesario. 

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A veces había personas que se sentían demasiado controlados y buscaban un camino fuera de la red lógica pero todas acababan en un fracaso personal. Lo que ha pasado con ellos en realidad no sabia nadie. Todos se conformaban con la noticia de la entidad sobre otro trágico ocurrido violento y pero que gracias a las autoridades y los especialistas en sociología, policía y psiquiatra, estas personas ahora están bajo control o tratamiento y pronto serán reincorporados a nuestra vida para aportar de nuevo el valor que todos los demás deben aportar también para mantener el sistema sano y en funciones. En ocasiones hacían un ejemplo publico de personas que habían intentando ir por otro camino. Ellos entonces hablaban sobre lo agradecidos que son haberse recuperado gracias a un programa de "auto-perfección" que habían encontrado en las redes de la entidad. Y que ahora están en paz con el mundo y solo quieren amar y pasar un tiempo intenso y lleno de vida en este maravilloso y bello planeta. Estas personas "recuperadas" solían convertirse en poco tiempo en los principales defensores y embajadores de la entidad central. Se les daba puestos de trabajo muy mediáticos donde no tenían responsabilidad ninguna pero siempre a la vista de muchas personas."

El soñador me pregunta como se está hoy y como ha acabado todo. Le digo que no lo se porque cuando la entidad se murió se ha llevado todos los datos sobre los ultimamos tiempos consigo. Lo que te estoy contando lo se de mi padre. Las memorias de la generación de mi padre son la primeras que tenemos de nuestro planeta. "y como es vuestra vida?" me pegunta el soñador: "Dura", le contesto, "muy dura". "lo digo con las palabras de una obra mediática que he encontrado en vuestra red lógica, es de una serie que se llama - the true detective: "Hemos despertado de la pesadilla que estábamos viviendo" y aun estamos sudados y desorientados. 


martes, 19 de julio de 2016

El camino hacia la felicidad, según Schumacher: Recursos

Anteriormente se trató el problema de la producción, que a diferencia de lo aceptado por el establishment desde la década de 1970, sigue sin resolución, también cómo el tipo de enfoque económico resulta decisivo para la forma de vida en una sociedad, y cómo todo ello ha sido consecuencia del pensamiento de intelectuales del siglo XIX, quienes repletos de moral especulaban sobre cómo sería adecuado "matar" la metafísica para fomentar el pensamiento "científico".

Probablemente la mayor contradicción del establishment en nuestro tiempo sea que de un lado fomentan el empirismo, y del otro han interiorizado «que ya existe una forma determinada para hacer presente el futuro a través de las computadoras, siendo esto un supuesto metafísico de largo alcance» siendo efectivamente un supuesto que choca de lleno con el empirismo, el cual atribuye que el conocimiento únicamente es posible a través de la experiencia.

Así se asume que, como se piensa en el futuro con un parque global de vehículos eléctricos, este ya es posible, sin siquiera plantearse cómo abastecer del neodimio, disprosio y otro tipo de metales extraños de muy difícil extracción a la industria automovilística. Sencillamente el futuro ya está aquí, todo es posible gracias al desarrollo científico y tecnológico obtenido, a su vez, gracias al utilitarismo y la economía neoclásica.

Por ello Schumacher insiste una vez más en que «toda tesis metafísica, sea explícita o implícita, tiene consecuencias prácticas decisivas». Toma como referencia en el recurso de la tierra a Tom Dale y Vernon Gill Carter, ambos ecologistas altamente experimentados, quienes publicaron un libro titulado Topsoil and Civilization (El suelo y la civilización) donde se planteaba cómo «el hombre civilizado casi siempre se convirtió en el señor de su medio ambiente, lo que le llevó creerse el señor del mundo mientras fracasaba en comprender totalmente las leyes de la naturaleza».

Sin embargo es llamativo cómo a lo largo de la historia un gran número de civilizaciones han colapsado debido a gastar la mayor parte de los metales y minerales fácilmente obtenibles. «Entonces la civilización declinó en medio de la destrucción producida por el hombre, o bien éste emigró a nuevas tierras».

También cita un interesante y aberrante artículo de Eugene Rabinowitch en la que en una fe inquebrantable en que el ser humano ya es independiente de la naturaleza sentencia:

«Los únicos animales [dice (en The Times del 29 de abril de 1972)] cuya desaparición puede amenazar la viabilidad biológica del hombre sobre la tierra, son las bacterias que normalmente habitan nuestro cuerpo. ¡Por lo demás, no hay ninguna prueba convincente de que la humanidad no pudiese sobrevivir aun como la única especie animal de la tierra! Si se pudieran desarrollar métodos económicos para sintetizar comida partiendo de materia prima inorgánica (lo que es muy fácil que suceda tarde o temprano) el hombre bien puede inclusive independizarse de las plantas, de las cuales depende como fuentes de alimentación…»

Podría excusarse la ignorancia de Rabonowitch en que sus afirmaciones fueron escritas en 1972, mucho antes de conocerse que el ritmo de desaparición de especies es cien veces mayor desde el siglo XX, pero es aún más inquietante pensar que la mayoría de personas con cargos de responsabilidad en el comercio y las finanzas a nivel mundial piensa como lo hacía él hace casi medio siglo.

La agricultura como ejemplo


El utilitarismo desembocó en que «al granjero se le considera simplemente como un productor que debe disminuir sus costes e incrementar su eficiencia por cualquier medio posible, inclusive si haciéndolo destruye - para el hombre que consume - el estado del suelo o la belleza del paisaje y aun si el efecto final es la despoblación del campo y la superpoblación de las ciudades». Este modo de producción ha llegado al paroxismo cuando en todos los sectores, los propios productores evitan consumir lo que producen, precisamente porque son conocedores de cómo se produce y «lo que el productor está en condiciones de hacer es una cosa, lo que el consumidor puede hacer es algo completamente distinto».

Las preguntas que debemos responder no son científicas sino metafísicas; ¿podemos tratar a los animales como a los automóviles, haciendo uso intensivo de ellos para «ahorrar costes» hasta que “se estropeen”, como si fueran sólo algo útil?. La tierra y sus recursos naturales - incluso los propios animales - tienen por tanto un valor metaeconómico.

Llamativo cómo el propio Sicco Mansholt, vicepresidente de la Comunidad Económica Europea y responsable de la Política agrícola común (PAC) estaba obsesionado con que los agricultores deberían prácticamente desaparecer porque los obreros de fábricas tenían muchas más vacaciones y el agricultor estaba «condenado a la esclavitud» al trabajar «siete días a la semana porque la vaca de cinco días a la semana todavía no ha sido inventada y, por otra parte, no tiene vacaciones en absoluto». La PAC europea ya nació con el objetivo de imponer una concentración de unidades agrícolas grandes dirigidas como si fueran fábricas, reduciendo la población agrícola todo lo posible incluso «capacitando a los viejos agricultores tanto como a los jóvenes para abandonar la agricultura».

Al no haber afrontado la tarea de la agricultura como una cuestión metafísica, se ha promovido que ha de desarrollarse como un proceso que no trata con «millares de organismos vivos cuya explotación total está muy por encima de la capacidad del hombre», tratando de eliminar por todos los medios posibles las sustancias vivas, porque las máquinas trabajan con más precisión y pueden ser programadas, no como la naturaleza. Así «el ideal de la industria es eliminar el factor vivo, incluyendo el factor humano, y transferir el proceso productivo a las máquinas».

Este maltrato organizado hacia la naturaleza en general y hacia la agricultura en concreto supone un enfrentamiento directo con dos de las tres metas de la administración de la tierra: Mantener al ser humano en contacto con la naturaleza viva, y humanizar ennobleciendo el hábitat de las personas. Se antepone la tercera meta, de hacer posible la existencia de alimentos y otros materiales para el sustento de la vida, con la idea de aumentar constantemente la productividad, lo que desemboca en un ataque hacia las dos primeras, «una civilización así no tiene posibilidad alguna de sobrevivir por largo tiempo».

Y todo ello sucede en un entorno en que las grandes ciudades modernas aíslan a sus habitantes, mientras como remedio a la atomización social y al aislamiento se propone aumentar el consumo, incitando a la productividad.

El modo en que hemos organizado la agricultura es un ejemplo magnífico de cómo la mecanización a gran escala, con el uso exagerado de productos químicos, hace imposible que el ser humano mantenga contacto real con la naturaleza viviente. «La salud, la belleza y la permanencia son consideradas como temas poco respetables para ser discutidos y otro no es sino otro ejemplo de la falta de consideración por los valores humanos - lo que significa falta de consideración por el hombre mismo - que inevitablemente es consecuencia de la idolatría del economismo» sentencia Schumacher.

Recursos para la industria


Muy a pesar del entorno de optimismo perpetuo en que los medios de comunicación económicos y el entorno político hablan sobre el desarrollo industrial, lo cierto es que la industria «parece ser ineficaz en un grado tal que sobrepasa los poderes ordinarios de nuestra imaginación. Su ineficacia, por lo tanto, pasa desapercibida». A pesar de los constantes avances de la industria en todo el mundo y el aumento de la productividad, las especies cada vez se extinguen más rápido y las demandas de recursos en el planeta son un 50% mayores según datos del 2014 de lo que la naturaleza genera.

Mientras que no se rompe con la tendencia de la economía moderna a tratar el problema de la provisión de energía como si fuera uno más entre otros muchos, volvemos a toparnos con «el futuro que ya está aquí al desearlo», cuando reconocieron que el carbón está en vías de extinción y argumentaron primero que el petróleo lo sustituiría, para después afirmar que estamos en una Era Nuclear. En lugar de afrontar la situación total, los estudios se centran en las partes constituyentes de la situación total, ninguna de las cuales hace predecible de forma separada los sucesos que se podrían desencadenar.

Y es que la economía es también rapidez, cambio permanente y repentino sin descanso, «ignorando el axioma fundamental que establece que un cambio no representa una mejora incuestionable», por ello los economistas han trasladado a los ecologistas la carga de la prueba; han de ser ellos los que demuestren que un cambio tendrá efectos nocivos, cuando por sentido común debiera ser al contrario, «el que quiere introducir un cambio debe demostrar que no podrá haber ninguna consecuencia negativa». Entonces, ¿por qué los economistas no llevan la carga de la prueba? Porque hacerlo no sería rentable ya que tendrían que invertir “demasiado tiempo” en ello.

¿Otra tecnología?

La tecnología se ha convertido en algo imprescindible en el mundo contemporáneo, pero según ha ganado influencia también ha aumentado las crisis, y los signos visibles de destrucción. Mientras que la naturaleza sabe cómo y dónde detenerse teniendo una tendencia al equilibrio, la tecnología no, y el ser humano se ve arrastrado al generar cada vez una mayor dependencia hacia ella. ¿Cómo explicar sino sucesos como las caídas repentinas en bolsas de todo el mundo por los sistemas de trading de alta frecuencia, o que sean los ordenadores los que tomen la decisión de cuándo desahuciar por impago de hipotecas? .

La tecnología debería servir para aliviar la carga de trabajo de las personas, pero las estadísticas sobre número de horas trabajadas por individuo más bien nos muestran que sucede todo lo contrario. Schumacher recuerda cómo en sus viajes por todo el mundo fue capaz de comprobar que «si se va de la indolente Inglaterra a Alemania o los Estados Unidos, se encuentra que la gente en esos países vive bajo mucha más tensión que aquí. Y si se viaja a un país como Birmania que está muy cerca del final de la clasificación en cuanto a progreso industrial, se encuentra que la gente tiene una enorme cantidad de tiempo para el ocio, realmente como para disfrutarlo con creces. Por supuesto, como hay mucha menos maquinaria para ahorrar mano de obra que les ayude, «logran» mucho menos que nosotros, pero ése es un tema diferente. El hecho cierto es que el peso de la vida descansa mucho más livianamente sobre sus espaldas que sobre las nuestras.»

La tendencia “liberadora” de la tecnología debería aplicarse avanzando hacia una simplificación de los procesos, pero lo que se promueve es justamente todo lo contrario: Más sofisticación y complejidad.

Los países tienden a promover la alta intensidad de capital y con ello el tipo de tecnología más cara, que destruye puestos de trabajo tradicionales mucho más rápido de lo que crea nuevos que los sustituyan, lo que arroja al sector con menos formación a un abismo del que prácticamente no pueden salir en toda su vida al quedar sometidos a trabajar esporádicamente y en condiciones precarias. Aplicar el desarrollo de este tipo de tecnología supondría, no obstante, enfrentarse a quienes obtienen las mejores tasas de retorno de capital, en un mundo en el que la globalización y la posmodernidad han consagrado la financiarización como súmmum del desarrollo y bienestar en cualquier rincón.

domingo, 10 de julio de 2016

Infografía: La necesidad de una economía local

Desde nuestro blog hemos explicado profusamente por qué nuestra comida no es sostenible, entre otros factores citábamos los "alimentos kilométricos", aquellos que recorren grandes distancias desde el huerto a la mesa, con el consiguiente incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero. A continuación enlazamos una sencilla infografía donde con un ejemplo, nuestro compañero Alberto Jiménez nos muestra como se incrementan las emisiones de forma exponencial con el transporte. La solución que preconizábamos en aquella entrada era hacer uso de la producción local de alimentos, a través de grupos de consumo que garantizan que los alimentos no han recorrido más de unos pocos kilómetros.

En realidad esta solución es tan sólo una pata de la necesaria relocalización económica matizada que necesitamos. Una relocalización que no debe ser confundida con el nacionalismo, ni con el proteccionismo. No se trata de imponerse sobre otros territorios a través de estas medidas políticas, sino de ganar autonomía, que a nivel económico implica ser lo más autosuficiente posible, sin renunciar al comercio allí donde sea necesario, siempre supeditado al bien común, establecido este de forma democrática. Es preciso recordar que como ya planteara Dani Rodrick, la hiperglobalización entra en conflicto con la democracia, por consiguiente la relocalización económica es un paso necesario para alcanzar una democracia digna de tal nombre, que sustituya al gobierno representativo elegido por sufragio que padecemos.

Estamos pues en un momento histórico muy interesante, en el que confluye la necesidad imperiosa de poner freno a las mal llamadas externalidades, que no son más que el saqueo por parte de una élite de los bienes comunes globales, con la oportunidad que surge de esto de relocalizar la economía, y por tanto alcanzar una verdadera democracia. En este cóctel no hay que olvidar el internacionalismo, ya que el control democrático del comercio debe ir paralelo a la cooperación democrática transnacional. Las instituciones a las que de lugar esa cooperación, tendrán que ser muy probablemente innovadoras, tendremos que ser creativos para mejorar el desastre que hemos heredado.




lunes, 4 de julio de 2016

El camino hacia la felicidad, según Schumacher: Educación como recurso fundamental

En artículos anteriores se trató el problema de la producción, que a diferencia de lo aceptado por el establishment desde la década de 1970, sigue sin resolución, también cómo el tipo de enfoque económico resulta decisivo para la forma de vida en una sociedad. 

«Hasta los treinta años, e incluso después –escribe Charles Darwin en su autobiografía–, muchas clases de poesía… me proporcionaban un gran placer y cuando era escolar me gustaba mucho Shakespeare, especialmente las obras históricas. También he dicho que en el pasado la pintura y la música me han dado un considerable placer. Pero desde hace muchos años no he podido leer una línea de poesía. He tratado últimamente de leer a Shakespeare y lo he encontrado tan intolerablemente aburrido que me ha dado náuseas. También he perdido casi por completo el gusto por el arte y la música… Mi mente parece haberse convertido en una especie de máquina para deducir leyes generales en base a grandes colecciones de datos, pero no puedo concebir por qué esto ha causado la atrofia de esa parte de mi cerebro de la cual dependen las sensaciones más elevadas… La pérdida de ellas es una pérdida de felicidad y muy posiblemente pueda ser perjudicial para el intelecto y más probablemente aún para el carácter moral debido a un debilitamiento de la parte emocional de nuestra naturaleza»

Pero, ¿de dónde proviene el impulso primario para producir, para organizar un modelo económico que hace florecer las civilizaciones, llevarlas a su apogeo y, finalmente, hacerlas caer?. «Toda la historia apunta al hecho de que es el hombre y no la naturaleza quien proporciona los recursos primarios, el factor clave (...) De repente, hay una explosión de coraje, de iniciativa, de invención, de actividad constructiva, no en un solo campo, sino en muchos a la vez».

De ahí que Schumacher sitúe a la educación como el recurso más importante, lo que deriva en que la crisis permanente de Occidente - y la correspondiente decadencia irreversible modelo social europeo - es consecuencia de la mala educación, pues al tiempo en que la sociedad se hace cada vez más compleja, se asume que por inercia el ser humano irá adquiriendo alta formación, sin arrogarse los costes prodigiosos que tal desarrollo demanda. Todo ello desemboca en que a la hora de afrontar los nuevos retos por el desarrollo científico y tecnológico, los científicos no son considerados por los responsables de gestionar la sociedad - políticos -, «que ni siquiera son capaces de saber de qué se habla cuando se cita, por ejemplo, la segunda ley de la termodinámica». Así los científicos insisten en que sus avances son neutrales, y de su aplicación depende si serán positivos o no para el desarrollo de la humanidad. «¿Y quién es el que decide cómo han de ser usados? No hay nada en la formación de los científicos e ingenieros que les permita tomar tales decisiones, y además, ¿en qué quedaría la neutralidad de la ciencia?».

Al mismo tiempo en que esto sucede, los gobiernos insisten en profundizar cada vez más en una educación utilitarista y tecnócrata - recientemente el gobierno japonés proponía liquidar las humanidades en su sistema educativo -, olvidando que la ciencia y la ingeniería «producen el saber cómo, que no es nada en sí mismo, como un piano no es música».

El problema vuelve a ser - como anteriormente se trató al mostrar la economía budista -, que la educación debería tratar criterios de valor, como qué hacer con nuestras vidas, anteponiéndolos a los criterios de «saber cómo».

Si tomamos en consideración los datos de suicidio en las denominadas «sociedades desarrolladas» tanto occidentales como orientales |1| |2| |3|, resulta inquietante comprobar cómo Schumacher se anticipó al mundo globalizado y a cómo la mente asumiría la clase de ideas «insignificantes, débiles, superficiales e incoherentes, la vida parecerá insípida, aburrida, penosa y caótica. El sentimiento de vacío resultante se hace difícil de sobrellevar» ¿Las consecuencias? «La vacuidad de nuestras mentes puede dejarse llevar demasiado fácilmente por algunas nociones fantásticas y grandiosas, políticas o de otro tipo, que de pronto parecen iluminarlo todo y dan sentido y propósito a nuestra existencia».

Con frecuencia escuchamos a la gente afirmar «yo no entiendo» al tiempo que protestan sobre su calidad de vida o sobre la situación de la educación, «lo que realmente buscan son ideas que les presenten el mundo y sus propias vidas en una forma inteligible. Cuando una cosa es inteligible se tiene un sentimiento de participación; cuando una cosa no lo es se tiene un sentimiento de enajenación».

Si en la Baja Edad Media el mundo y la propia existencia humana tenían un significado muy concreto y definido, asombrosamente coherente, al derribar ese sistema y no sustituirlo por nada, hemos pasado al aturdimiento y la enajenación, tal como Kierkegaard expresaba:

«Uno mete el dedo en el suelo para decir por el olor en qué clase de tierra se encuentra: yo meto mi dedo en la existencia y no huelo a nada. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Cómo vine aquí? ¿Qué es esta cosa llamada mundo? ¿Cuál es el significado de este mundo? ¿Quién es el que me ha arrojado dentro de él y ahora me deja aquí?… ¿Cómo vine al mundo? ¿Por qué no fui consultado… sino que fui arrojado a las filas de hombres como si hubiera sido comprado a un secuestrador, a un tratante de almas? ¿Cómo llegué a tener un interés en esta gran empresa que ellos llaman realidad? ¿Por qué debería tener interés por ella? ¿No debería ser un interés voluntario? ¿Y si me empujan a tomar parte en ella, dónde está el director?… ¿A dónde iré con mi queja?»
Simplificando: Al comprender la segunda ley de la termodinámica, la vida cotidiana seguirá igual que antes de tener conocimiento de ella, al comprender a Shakespeare, se adquieren «las ideas más vitales acerca del desarrollo interno del hombre, mostrando la grandeza y la miseria total de la existencia humana». La ciencia no puede producir ideas útiles para vivir, porque sus ideas no son aplicables a la conducción de nuestras vidas o a la interpretación del mundo. «Si un hombre busca educación porque se siente enajenado y perdido, porque su vida le parece vacía y sin sentido, no podrá obtener lo que está buscando por el estudio de cualquiera de las ciencias naturales; en otras palabras, por adquirir el saber cómo. Ese estudio tiene su propio valor (...) pero no le dice absolutamente nada acerca del significado de la vida y de ninguna manera puede curarle su enajenación e íntima desesperación».

Todas las grandes - en el sentido de mayoritarias - ideas a partir del siglo XIX no se presentan como una serie de observaciones entre muchas otras, sino como leyes universales. Son de naturaleza no empírica, metafísica, asumen que «el hombre, al igual que el resto del universo, no es nada más que una combinación accidental de átomos. La diferencia entre un hombre y una piedra es poco más que una apariencia engañosa. Los logros culturales más altos no son nada más que fruto de la ambición económica o la expresión de frustraciones sexuales».

Si para Darwin, Marx, Locke, Malthus y Freud esta concepción del ser humano y el sentido de la existencia era fruto únicamente del ejercicio intelectual, para las personas de hoy en día son «las ideas e instrumentos a través de los cuales el mundo se experimenta e interpreta».

El sistema educativo actual está orientado a la especialización técnica, a las cosas concretas que no abarcan los propósitos más amplios del ser humano, y la receta de los políticos y "expertos", en lugar de volver a las humanidades para obtener una visión más clara y grandes ideas vitales, es avanzar en la misma dirección que nos ha traído hasta aquí.

No basta con rescatar las humanidades en el sistema educativo, «aunque una educación humanística nos levante al nivel de las ideas de nuestro tiempo, no puede traernos la felicidad porque lo que los hombres están legítimamente buscando es una vida más abundante, no más tristezas». Es decir, las ideas surgidas en el siglo XIX, que pretendían romper con la metafísica, son una metafísica destructiva, «los errores no están en la ciencia, sino en la filosofía que se nos propone en nombre de la ciencia».

De la misma forma en que el mundo pagano grecorromano sucumbió por abandonar sus convicciones fundamentales, y no por los ataques bárbaros, «estamos confundidos en lo que respecta a la naturaleza de nuestras convicciones. Las grandes ideas del siglo XIX pueden llenar nuestras mentes, pero nuestros corazones no creen en ellas. La mente y el corazón están en guerra, la razón y la fe. Nuestra mente se ha visto obnubilada por una fe extraordinaria, ciega e irrazonable en una serie de ideas fantásticas y destructoras de la vida, heredadas del siglo XIX»

¿Cómo revertir la decadencia actual? Recuperando la metafísica, clarificando las convicciones fundamentales para dar una valor real al sentido de la existencia. «Todos los temas, no importa lo especializados que sean, están conectados como rayos emanando de un sol. El centro está constituido por nuestras convicciones más básicas, por las ideas que nos empujan hacia adelante. Ese centro es la ética y la metafísica, ideas que nos guste o no, trascienden el mundo de los hechos y no pueden ser comprobadas o rechazadas por un método científico ordinario». El peligro es que tal tipo de ideas han de ser reales - a pesar de su trascendencia, algo que entra en contradicción directa con el positivismo -, ya que de no serlo, conducirán al desastre.

Las personas que proclamaron "¡la moralidad es una estupidez!" tenían su mente repleta de valores morales, pero las personas de hoy día no, al mismo tiempo los intelectuales que deberían esclarecer estas cuestiones dedican todo su tiempo a proclamar que todo es relativo, conforme a los parámetros de la posmodernidad. Cuando Keynes proclama «durante un tiempo más la suciedad debe aparentar ser bella, la avaricia, la usura y la previsión deben ser nuestros dioses todavía» introdujo en las mentes del futuro lo que hoy ha florecido en la globalización.

No es necesario que el ser humano sepa de todos los temas, porque puede hacer uso de herramientas como Internet para acceder a lo que desconoce; en realidad no ha de dudar sobre el significado y propósito de su vida, aunque sea incapaz de expresarlo.

En conclusión, el sistema educativo actual es una negación del propósito y significado de la existencia humana, lo que conduce a las personas a la desesperación. Al rebelarse ante tal fatalidad, caen en la confusión, y su vida se convierte en un compendio de acciones inciertas. La solución es «aceptar, aunque sólo sea provisionalmente, un número de ideas metafísicas que son casi directamente lo opuesto a las ideas que proviniendo del siglo XIX se han adueñado de las mentes»

martes, 21 de junio de 2016

Colaboración democrática transnacional

En entradas anteriores analizamos los problemas que nos plantea la globalización, y propusimos cambiar este paradigma por el de la autonomía, un concepto diferente al de soberanía. El planteamiento general consiste en invertir los papeles que los mercados y la democracia tienen en la actualidad: por un lado dando prioridad al objetivo económico de una autosuficiencia local no autárquica, y por otro lado, ampliando los espacios de deliberación y de participación para la cooperación democrática transnacional. Cuando una comunidad es autosuficiente para lo básico y no depende de factores externos para la inclusión económica de todos sus miembros, entonces y sólo entonces sus vínculos políticos con el exterior pueden establecerse con libertad. En esta entrada terminaré la serie para argumentar esta última tendencia deseable sin intentar precisar sus formas. Sería absurdo determinar cómo debe ser una imbricación política de distintos pueblos a nada que valoremos la autonomía democrática para ir tejiendo esas relaciones o esas estructuras de cooperación política.



Ya hemos dicho que la autonomía no equivale a la desvinculación sino la posibilidad de controlar los vínculos propios. Más aun, se puede decir que, al menos en parte, la autonomía se expresa y cobra cuerpo precisamente en las relaciones, al aflorar la iniciativa en la gestión de las mismas. En política esto equivale a que los distintos pueblos no puedan verse sometidos a chantaje por parte de los mercaderes globales; que la democracia se superponga a los derechos de propiedad privada absoluta y a las leyes del mercado; y que las relaciones internacionales se basen en acuerdos políticos consensuados por las poblaciones y no en acuerdos económicos sobre la democracia pactados entre las oligarquías de cada país.

Pero la autonomía no se centra en precisar un ámbito geográfico óptimo para la auto-institución política o para la autosuficiencia económica. Es un concepto esencialmente cualitativo; se expresa en la capacidad de las personas y de las sociedades para gestionar su devenir común, y puede ir también en el otro sentido: democratizar las instituciones políticas supranacionales, (no las instituciones económicas creadas para aumentar el libre comercio global), así como crear otras nuevas con fines distintos y sujetas a un verdadero control ciudadano.

Por poner ejemplos, podemos pensar en instituciones para definir, proteger y gestionar el uso de unos comunes globales, desde la atmósfera hasta el conocimiento; instituciones de supervisión ecológica, para establecer límites ambientales a la producción o para la restauración de ecosistemas; instituciones de supervisión de los Derechos Humanos; confederaciones municipales transnacionales; parlamentos internacionales con competencias concretas bien delimitadas, referéndums transnacionales, instituciones para la mutualización de riesgos; la institución de un bancor como moneda de reserva para estabilizar el sistema de cambios; cooperación en un internacionalismo autonomista; instituciones parar la colaboración en la implementación de proyectos cooperativos locales compartiendo información y experiencia; determinadas políticas públicas que convenga desarrollar y gestionar en común; libre circulación de personas entre los países que decidan compartir este planteamiento; política exterior común para defenderlo conjuntamente; políticas migratorias comunes vinculadas a políticas de ayuda a la autonomía; o cualquier otra institución que colectivamente decidamos ir creando mediante una participación equiparable a la de un proceso constituyente, pues esa suele ser la trascendencia de los compromisos internacionales.

Estas instituciones no tendrían por qué suplantar la toma de decisiones locales (más allá de mandatos concretos) sino estudiar objetivamente los problemas transnacionales e informar adecuadamente para una toma de decisiones en las instituciones democráticas locales. De este modo la cooperación democrática transnacional permitiría mantener la autonomía local y, más bien, se articularía desde esta última.

Ante problemas que afectan a un ámbito territorial vasto la solución no es abandonarlos o delegarlos (en técnicos y representantes) sino simplemente hacer que sea igualmente amplio el número de personas y de pueblos que deliberan y deciden sobre ellos. De lo contrario, si se toma el atajo de los altos representantes o de la alta diplomacia, o si se confía en tecnócratas para abreviar los procesos, seguirá ocurriendo que el mecanismo falsamente apolítico de los intereses mercantiles ocupe el espacio de decisión abandonado por nuestro criterio político, que con toda seguridad no se limitaría a valorar rentabilidades. Nuestro verdadero interés se juega en aspectos que van mucho más allá de unas burdas cotizaciones bursátiles.

En contra de lo que se nos hace creer, no es posible tener instituciones independientes de la política. Cuando se pretende esto, estas acaban respondiendo a los intereses minoritarios de quienes tienen acceso a su burocracia, o cuando menos responden a unos objetivos políticamente predefinidos. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el BCE y con todas las instituciones creadas por los gobiernos sin participación democrática de la población en su constitución y control.

La única forma de alejar las decisiones económicas de la arbitrariedad de los intereses parciales, (sean los de un déspota, los de una minoría de burócratas o los de una oligarquía), es someter esas decisiones al criterio de todas las personas de la comunidad afectada. Cada cual conoce mejor que nadie sus intereses (económicos y no económicos) y sólo la agregación de estos tras una deliberación pública puede hacer que las decisiones económicas sean menos políticamente parciales y que además incluyan la importancia de criterios distintos a la máxima rentabilidad para la riqueza privada, (criterios como la conveniencia de políticas públicas, decidir qué debe quedar al margen del comercio, poner límites al poder económico; criterios relacionados con el equilibrio ecológico, los derechos humanos o el buenvivir).

Por ejemplo, no nos ha de bastar con desmontar el euro y fraccionar el mercado común. Podemos actuar además en el otro sentido replanteando la UE en un proceso constituyente -coincidiendo en esto con Varoufakis-. Siguiendo nuestro guión, y suponiendo el debido apoyo al mismo, esa nueva constitución tendría que poner en valor la autonomía de sus miembros y la colaboración democrática por encima del libre comercio. Se podría mantener una unión basada en un parlamento verdaderamente democrático, en la libertad de movimiento de las personas y en las políticas públicas que creamos convenientes, y se relegaría la faceta comercial deshaciendo la integración normativa en este terreno en favor de la búsqueda de la máxima autosuficiencia local.


Lo que necesitamos recuperar es, sobre todo, autonomía política en todos los niveles de decisión, (más que soberanía nacional, pues esta última no nos garantiza que las decisiones se tomen de forma democrática en el seno de la nación). Y, como estamos viendo en el presente, no es la imbricación comercial de las naciones lo que va a traer paz y libertad al mundo sino su imbricación democrática, mediante el establecimiento de entornos de decisión comunes y vinculantes a la vez que participativos y horizontales, al menos para los asuntos que trascienden la problemática local. No necesitamos tanta flexibilidad económica sino más flexibilidad política e institucional. En lugar de tener mercados internacionales y gobiernos locales, podríamos buscar democracias anidadas que abarcaran el ámbito transnacional y supeditar el comercio a la autosuficiencia local y a la sostenibilidad general.

Pero eso requiere olvidarse de la obsesión por el crecimiento, la competencia y la supremacía. El triunfo o el éxito sobre los demás como objetivo vital exige una pugna inacabable y una actividad económica incesante, porque los demás siempre estarán ahí, forzados a hacer lo mismo. El entorno competitivo debe ceder su trono a la búsqueda de la autonomía para todos como prioridad política. Y este nuevo contexto social sería una ganancia también para las potencias hegemónicas actuales, que son rehenes de su posición, siempre amenazada, y que por ello tampoco pueden perseguir otros objetivos políticos.

La autonomía emerge en entornos cooperativos con más facilidad que en entornos de rivalidad en los que, además, los diferentes actores parten de situaciones muy dispares conduciendo a dinámicas de dominación y de desigualdad creciente. Una cooperación para favorecer la autonomía de cada parte y para comprometer autolimitaciones en favor de la sostenibilidad podría extenderse entre muchos estados con un ideal (utópico) de coordinación reticular mundial, pero sobre todo, tejiendo paso a paso esa red de cooperación transnacional o interlocal como forma de ir haciendo posible el cambio frente a los poderes globales. Nada obliga a que la cooperación democrática se inicie en la ONU con un quimérico compromiso global. La OCDE o la OMC se han ido construyendo mediante complejos acuerdos parciales, y lo mismo podría hacerse entre pueblos que compartan una misma visión política y que poco a poco podrían llegar a concitar una mayoría global significativa que cambiara la hegemonía mundial.

Al igual que los tratados de libre comercio agrupan a gobiernos que comparten ese propósito, (al margen de la proximidad o de la pertenencia a un mismo continente), los acuerdos de cooperación política tendrían como base una afinidad de principios o de objetivos políticos concretos. Podrían articularse como federalismo, como confederalismo o mediante otras formas de cooperación autónoma, pero sea la fórmula que sea la que se vaya eligiendo, en cualquier caso la democracia tendría que superponerse al comercio y determinar la política económica. Así se podría limitar la competencia y hacer frente a la incesante transformación humana y ambiental derivada de la idolatría de la riqueza.


La toma de conciencia necesaria para este internacionalismo cooperativo implica un cambio cultural. Implica comprender la mutua dependencia entre todos los habitantes del planeta, y asumir el vínculo esencial de todos con la biosfera que nos acoge y que nos ha conformado antes que cualquier otro apego cultural o territorial; implica asimilar en la propia identidad este vínculo natural ajeno a las fronteras y a las etnias.

La mayoría de las poblaciones tradicionales y tribales fueron bilingües, reflejo de una conciencia colectiva de lo humano que trascendía los límites de la comunidad propia. Llevando este ejemplo un poco más lejos, tendremos que integrar un doble sentido de pertenencia, y aceptar que el velo de toda cultura local se teje con hilos humanos comunes que también necesitamos valorar y cuidar.

El planeta es finito, la naturaleza local depende de vinculaciones globales y el clima no conoce fronteras. Y aunque sigamos estableciendo este tipo de barreras para las sociedades, tampoco es posible mantenernos al margen de las consecuencias que provoca nuestra política internacional. Por muchos límites que decidamos poner a la movilidad entre territorios es necesario al menos reconocer que, en el fondo, las fronteras son una forma de evadirnos de los problemas de convivencia planetaria generados por la globalización. Si por ejemplo en una provincia de nuestro país aumentase el paro enormemente y además surgiesen facciones mafiosas enfrentadas violentamente en su seno, y todo ello provocase una gran salida de personas de esa provincia, ¿crearíamos una frontera en torno a la misma como solución a esos problemas?

De algún modo es necesario hacernos responsables localmente de lo que ocurre allende nuestra vecindad inmediata; incorporar en nuestro debate local la política transnacional; asimilar que la autonomía de todas las poblaciones del mundo (o la falta de la misma) es un asunto que nos debe concernir a todos so pena de acabar sufriendo las consecuencias de uno u otro modo.

Salta a la vista que la ubicación geográfica de la población mundial requiere cierta racionalidad. No es una cuestión de la que se pueda prescindir como si todo el planeta pudiera vivir en el mismo lugar en caso de proponérselo. Pero si queremos evitar emigraciones masivas, (nunca deseadas por sus protagonistas), tendremos que preocuparnos cooperativamente por la autonomía política y económica de cada comunidad. La falta de esta autonomía es lo que impone la movilidad laboral o vital. Los muros sólo son parches para el miedo ante lo que no resolvemos, o peor aun, ante los males provocados por la política de los gobiernos enriquecidos y de sus corporaciones afines con su acaparamiento interminable allá donde la falta de autonomía local lo hace posible.

Sólo una verdadera y eficaz cooperación podría resolver este problema. Ha de ser un compromiso suficiente para garantizar el derecho a permanecer en el lugar de origen. Se trataría de una cooperación entendida como destino compartido, más allá de la solidaridad, que velaría por la autonomía de todos como un bien común en lugar de limitarnos a afrontar únicamente las consecuencias más dramáticas de este fracaso humano de la globalización.

Lo que favorecería esa autonomía no es una caritativa ayuda al desarrollo, generalmente condicionada a que también sea favorable para las empresas de los “ayudadores”, y mucho menos la suposición falsa y acomodaticia de que la globalización de los negocios llevará consigo el progreso. El llamado Consenso de Whashington, nominalmente concebido para sacar de sus crisis a los países en desarrollo, en la práctica ha sido más bien una forma de aprovechar cruelmente la debilidad ajena en la competición internacional.

Por contra, cualquier ayuda a la autonomía debe pasar por favorecer esta generosamente en la conciencia de la mutua dependencia; en la conciencia de que todos dependemos de todos. La falta de autonomía de cualquier población ha de considerarse como un problema de todos, como una enfermedad del organismo que compartimos, y que siempre podría extenderse o tener efectos sobre el resto. Será difícil concebir una forma de ayuda realmente eficaz sin salir de la competencia territorial, sin pasar a considerar a la humanidad toda como nuestro primer vínculo social y a la Tierra como un bien común a gestionar comúnmente, (y no como una tierra de nadie apropiable por el más fuerte o por el más listillo en un entorno de desconfianza precisamente ante la autonomía de los demás).

Si realmente queremos fomentar la autonomía ajena (y no un mero desarrollo forzado y controlable desde las metrópolis) hay varias posibilidades, pero lo primero es dejar de esquilmar los recursos naturales de los países empobrecidos, dejar de entorpecer su desarrollo con el comercio ventajoso para quien ya es rico, dejar de evadir impuestos de los lugares en los que tiene lugar la actividad económica y dejar de favorecer a tiranos y a oligarquías antidemocráticas. A partir de ahí podríamos apoyar los movimientos pacíficos de democratización y la formación para los mismos, transferir tecnología y conocimiento libres, y aportar una compensación económica pública equivalente a un plan Marshall -una deuda histórica- pero ahora orientada a promover la autosuficiencia y la autonomía democrática en la forma de invertir esa aportación.

Esto no implica la erradicación de toda inversión privada extranjera. Como ya dijimos no es lo mismo autonomía que autarquía. La justificación habitual para las inversiones y el movimiento de capitales es que los recursos ociosos puedan ser empleados por quienes los necesitan. El problema es la inflexibilidad de la deuda, la irracionalidad de los intereses contractualmente exigibles (al margen del resultado de la inversión) y la falta de asunción de riesgo por parte de los prestamistas. Con las actuales instituciones económicas supranacionales defendiendo esta inflexibilidad, los prestatarios quedan atrapados en una situación sin salida, cayendo en la sumisión política respecto a unos acreedores que intentarán recuperar su inversión a costa del sufrimiento de la población, y que harán negocio con los avales. Una forma más razonable de favorecer que los ahorros de unos puedan servir al desarrollo autónomo de otros podría estar en la lógica de las finanzas islámicas, (como nos explicaba nuestro compañero Jesús Nácher al final de su reflexión Ni globalización ni nacionalismo: Internacionalización).

Es importante comprender que la elección de la autonomía como nuevo paradigma no beneficiaría sólo a quienes padecen una mayor dependencia en la actualidad sino al conjunto de la humanidad, incluyendo a quienes no sufriendo carencias materiales viven presos de un productivismo competitivo sin fin que mediatiza la mayor parte de su tiempo y de sus energías. De ahí la necesidad de un nuevo internacionalismo de clase que oponga la autonomía personal y de los pueblos frente a esta alienación, y que proponga el apasionamiento en la búsqueda de un mundo mejor frente a la ambición económica, la comodidad consumista o la docilidad del entretenimiento comercial.

Si nos valoramos como seres humanos y no como meros obreros o burócratas de una gran maquinaria, aspiraremos a algo diferente de un aumento de nuestra capacidad de consumo. Una vez lograda cierta estabilidad económica suficiente necesitaremos más bien ganar tiempo para la autonomía, o lo que es lo mismo, necesitamos reivindicar las condiciones sociales que hagan posible la misma: una garantía de inclusión, una distribución equitativa de los frutos de la producción, reparto del trabajo realmente necesario, y acceso a la toma de decisiones políticas.  

Entre otras cosas esto haría posible determinar una escala óptima para la economía (cuya prioridad ya no sería el crecimiento) y decidir el espacio que la transformación económica debe dejar a la preservación del capital natural. No reivindicarnos como seres humanos más allá del trabajo, no reivindicar nuestra autonomía es una bajeza moral que cometemos con nosotros mismos y que nos impide hacernos responsables del rumbo que lleva la humanidad.
 

¿Cómo promover todo esto y cómo avanzar hacia ello? Ante el control corporativo y elitista del mundo académico y de los principales medios de comunicación, y ante la represión de los movimiento sociales, la única opción es una (auto)concienciación, persona por persona, pero que hoy día puede funcionar de un modo reticular, asociativo y viral al margen de la localización geográfica.

Y para que esta difusión sea posible es fundamental la cultura libre. Esta es otra faceta cualitativa de la autonomía. Como seres culturales que somos, nuestra autonomía depende de poder orientarnos con libertad en el ámbito de la información, la cultura y las comunicaciones. Sin embargo la globalización también nos está llevando en sentido contrario, no tanto mediante la censura como a través del control de la hegemonía cultural y la uniformización en torno a ideas y costumbres similares. El individualismo de mercado en realidad pretende que no actuemos como individuos sino como réplicas previsibles del mismo individuo. Por eso la cultura libre se ve amenazada desde las instituciones defensoras de la globalización. Así por ejemplo, el sistema de patentes y copyright entorpece lo primero y favorece lo segundo. Y recientemente la neutralidad de Internet se ha visto traicionada y torpedeada por el parlamente europeo, que ha votado contra la misma.

El camino opuesto consistiría en mantener la neutralidad, apoyar la información independiente que se mantiene al margen de grandes grupos económicos, contribuir al conocimiento general y a compartirlo, y además convertir el acceso a la red en un derecho básico.

No obstante, como todo desequilibrio encuentra finalmente su caída, en el peor de los casos cabe la posibilidad de que el colapso de esta forma de funcionar termine haciendo imperiosa la necesidad de una alternativa. Entonces puede hacerse valer el trabajo previo en su diseño de modo que no triunfe el atajo fácil del fascismo. Así por ejemplo, esta clase de previsión ha hecho posible, a pequeña escala, la autonomía cooperativa de algunas poblaciones kurdas mientras dura la guerra de Siria, como se explica hacia el final de esta charla:



Sean cuales sean las virtudes y defectos de esta reflexión, en cualquier caso es necesaria la búsqueda de un pensamiento estratégico que pueda precisarse en una visión fácilmente comunicable. La solución propuesta en este caso no es ni el nacionalismo ni el gobierno mundial sino la generalización de una autonomía cooperativa: conjugar la relocalización económica con la cooperación democrática transnacional. Hay que denunciar este falso vínculo (económico y competitivo) en favor del verdadero (democrático y cooperativo).

En realidad cada medida concreta esbozada en esta serie de entradas tendría que demostrar su eficacia o ser corregida en la práctica. Su valor es el de los ejemplos que facilitan la comprensión. Y lo verdaderamente importante es esta comprensión del nuevo enfoque. La autonomía es el referente que nos diría si se está obrando bien o mal a la hora de juzgar las políticas. Y una vez asumido socialmente el nuevo paradigma, la propia inercia favorecería el proceso de maneras insospechadas.

Es evidente que se trata de un enfoque a largo plazo y no de un programa acabado. Al igual que la propia globalización, o que el surgimiento de los estados-nación, estamos ante un proceso de largo alcance que requiere una visión clara, una idea-fuerza que sirva para inspirarlo y empujarlo, un horizonte de referencia hacia el que caminar, y que bien podría ser esta autonomía cooperativa para lograr un verdadero bienvivir.