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lunes, 8 de septiembre de 2014

Por una Renta Básica, frente al subsidio para pobres del PPSOE


Recientemente hemos asistido al espectáculo poco edificante de ver cómo los dos principales partidos de nuestro país, Partido Popular y Partido Socialista Obrero Español, que han gobernado el país durante casi 40 años, conduciéndonos al callejón sin salida en el que nos encontramos, se han mostrado partidarios de una “renta básica”. Es necesario entrecomillar el sintagma “renta básica”, puesto que en las propuestas de ambos partidos se esconde un uso espurio, engañoso de este término, que nos atrevemos a especular, está provocado por el ascenso del nuevo partido Podemos, que en su programa a las elecciones europeas incluía la propuesta de una Renta Básica de Ciudadanía.

La Renta Básica de Ciudadanía es una asignación monetaria que se realizaría a todo ciudadano, independientemente de su condición, ya sea esta la de trabajador o parado, ya sean sus ingresos altos o bajos. Sería una política de redistribución a gran escala, con sus ganadores y perdedores, que no sólo serviría para eliminar la parte más sangrante de la miseria en nuestra sociedad, sino que podría dar lugar a formas de vida alternativas, nuevas formas de producir y consumir, que no interesa propiciar a quienes están cómodos con el status quo.

No seré yo el que se muestre contrario a las propuestas de PP y PSOE. Estas consisten en dar una renta mínima a los pobres, a las familias sin ingresos, castigadas por la más urgente necesidad. Sin embargo, es impropio, e inmoral, denominar a este subsidio Renta Básica.

La Renta Básica es una política de redistribución a una escala mucho mayor, con un “coste” más elevado, pero con unas características que le confieren unas ventajas que no tiene el subsidio para pobres.

Al ser automáticamente asignada a cada ciudadano, la renta básica no tiene costes de gestión, no es necesario pagar a funcionarios que comprueben que determinado individuo cumple los requisitos para la asignación del subsidio, simplemente todos cumplimos esos requisitos. Este coste de gestión no es baladí, suele suponer el 50% del importe desembolsado por el contribuyente para el programa de ayuda.

Al ser totalmente compatible con recibir un salario, la renta básica no fomenta la economía sumergida, nadie pierde el subsidio por encontrar un trabajo, ya sea a media jornada o a jornada completa. Esto elimina los problemas morales que suelen estimular la crítica contra estos programas, cuando se institucionalizan de una forma susceptible de fomentar la picaresca.

¿Cuánto costaría? Habría que redistribuir en torno al 15% del PIB para dar un subsidio universal de 450 euros a cada español. Hay que destacar que este no sería el coste del programa, el dinero no se destruye al distribuirlo, se trataría de una reasignación de los ingresos a posteriori de la realizada por el mercado, y podría tener el efecto tanto de bajar como de subir el PIB, pero en general se estima que a corto plazo lo bajaría ¿A quién le importa? cabría preguntar. No tenemos problemas de producción, sino problemas sociales y medio ambientales.

¿Por qué decimos que una Renta Básica de Ciudadanía propiciaría formas de vida alternativas? Porque junto con otros instrumentos, como el Empleo Público Garantizado, la reducción del tiempo de trabajo o los bienes comunes, propiciaría lo que nosotros denominamos una economía inclusiva, una economía que permita la participación de todos en los costes y beneficios de la producción, sin excluir a nadie por razones economicistas, como la ausencia de demanda de empresas y agentes para determinadas habilidades de trabajo.

Por encima de todo somos ciudadanos y personas, y a causa de ello tenemos derechos y obligaciones. Ningún ciudadano debería consentir, bajo la excusa de un racionalismo economicista, que los derechos del hombre sean pisoteados. Nadie debería ser excluido, mientras esté dispuesto a trabajar.

La renta básica propiciaría, si fuese adecuadamente institucionalizada, la eliminación del miedo existencial a la exclusión. En ese entorno podrían florecer formas alternativas de consumir y producir, podríamos reducir nuestro tiempo de trabajo sin miedo a perderlo todo, podríamos arriesgar en proyectos que no sólo propicien un rendimiento monetario, sino también social. Podríamos intercambiar, con la ayuda de bancos de tiempo o monedas locales, servicios semi-profesionales entre los ciudadanos, sin miedo quedarnos excluidos del mercado de trabajo.

Tal política, evidentemente, no interesa a quien mira sobre todo las cuentas de resultados de las grandes compañías. Esta política está diseñada para favorecer al ciudadano, no las cuentas de resultados. Esto es legítimo, pero es justo que no nos engañen, que no digan “renta básica” cuando quieren decir subsidio para pobres.