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miércoles, 22 de mayo de 2019

La agotada izquierda

Reflexiones sobre el ruido mediático en México y el cambio que prometió AMLO.


Hay quienes dicen que el psicoanálisis está superado, esas personas son las mismas que dicen que el socialismo o el comunismo han fracasado y que son insostenibles o que el libre mercado genera riqueza para todos. Freud plantea que cuando el niño nace ve en el padre un enemigo, alguien que naturalmente se interpone entre él y su madre, por lo que anhela de algún modo deshacerse de su padre, la muerte del padre es un deseo que el niño debe reprimir. 

 

Eventualmente, de un modo o de otro el individuo acaba perdiendo (matando simbólicamente al padre) ya sea por muerte natural, por accidente o cualquier otro motivo, el eterno problema es que el niño proyecta sobre el padre ciertos comportamientos dañinos que no necesariamente son ciertos, acusémoslo de maltratar a la madre, de ser infiel, de gastarse el dinero en cerveza, vino y tabaco, acúsemsolo de ser el peor tirano de todos… el mayor problema es que según Freud la psique conduce al niño a que muerto el padre, el niño quiere (y reemplaza) su lugar, pero en vez de convertirse en un regente justo, por algún motivo u otro, tiende a ser un tirano igual o peor que el padre.

Recientemente terminó Juego de Tronos, una de las series más épicas de la historia, con muchos sin sabores, uno de ellos la imposibilidad de cambiar el mundo. ¿Qué esperábamos? Una rendición de la ciudad y un juicio justo a Cersei, suena bien, pero esas cosas no pasan, ni siquiera en la ficción. Hoy vamos a abordar un poco esos problemas.

El sueño de la democracia es un asunto clásico, se genera en el mundo griego y romano y frecuentemente es confrontado por distintos tipos de poderes, siendo la violencia un poder notable, en Roma ningún político era inmortal, bastaba una espada para terminar con la democracia. Hoy en día los golpes de estado siguen amenazando democracias, al igual que el crimen organizado y otras formas de violencia, la democracia cuenta que muchos enemigos, habría que pensar si la fortaleza institucional es suficiente para garantizar una vida democrática en el estado. Desde mi perspectiva el problema es el débil tejido social que cubre a las naciones hoy en día, la modernidad sigue minando la cohesión entre ciudadanos, ya no hay ciudadanos, ahora hay solo votantes.

Por otro lado tenemos el eterno sueño de la izquierda, que se empieza a construir principalmente en la ilustración, esa bella idea de que el mundo sea un lugar de igualdad en el que todos seamos felices, en el que la riqueza se distribuya de manera justa o equitativa y en donde la ciencia pudiese producir el estado de bienestar para todos.

lunes, 9 de octubre de 2017

Recuperar nuestro país

Cuando el voto no sirve absolutamente para nada, o se vive en el exilio interior, o se vota con los pies, marchándose a otro lugar. Los catalanes están intentando hacer esto último de forma colectiva.


Mientras escribo esto, el 5 de octubre de 2017, en Madrid, a mí alrededor veo florecer un frenesí identitario bastante bobo. En el sector de al lado, a dos metros de la puerta de acceso a mi puesto de trabajo, alguien ha colocado una enorme bandera española, que lógicamente he solicitado al responsable del edificio que sea retirada, al considerar que simboliza un apoyo a las actuaciones del gobierno que en este lugar no es ni mucho menos unánime. En un trabajo donde se debe forzosamente colaborar no es cuestión de hacer alarde de símbolos que puedan llevar a confrontación (me ha contestado que elevará hacia arriba la solicitud, dado que excede de sus competencias, y que el grupo empresarial debería tener una postura sobre esta cuestión para todas sus oficinas).

Me llama poderosamente la atención esta inflación emocional que contrasta de forma muy llamativa con el escaso sentido crítico hacia el sistema político español, definido en la Constitución del 78 y algunas otras normas fundamentales. Hace poco menos de cuarenta años unos cuantos franquistas se reunieron en secreto a redactar una constitución, que luego se ofreció al pueblo como única alternativa a una dictadura. Trascurridas esas cuatro décadas nos encontramos con la corrupción desbordando por todos los rincones del país, con un enorme agujero financiero en el sistema de cajas de ahorro quebradas y con el país al borde del conflicto civil o la secesión por haber sido imposible plantear un referéndum en Cataluña dentro del marco de esa constitución. Referéndum que, hace unos meses, se habría ganado fácilmente.

Así pues, esto supone un gran misterio, como hay personas que siguen apoyando (revistiéndolo con símbolos “neutrales” como la bandera del régimen)  un gobierno que por no perder sus privilegios está jugando con el pan y la salud de todos nosotros, llevándonos por un camino en el que pueden ocurrir cosas gravísimas para nuestra economía y la integridad de las personas.

La respuesta es múltiple y sólo puedo aventurar algunas hipótesis, añadid la vuestra. En primer lugar, la capacidad de unos partidos políticos que lo controlan todo para establecer el marco del debate, desvinculando por completo la convivencia pacífica de las normas que deben regularla, o la quiebra de las cajas de las atribuciones concedidas a los políticos, o la corrupción con el hecho de que el sistema preselecciona sólo políticos corruptos y mediocres, que luego ofrece a la ciudadanía para que ellos vivan la fantasía de una libre elección entre el corrupto A y el corrupto B.



Los partidos crean el marco del debate, y eligen el que a ellos les conviene, la sociedad civil no tiene capacidad, ni madurez (y ambas cosas se retroalimentan) para introducir otro marco. Así se atribuye la corrupción a causas culturales (los españoles somos así), aunque en la ingeniería, negocios, deportes, arte, y tantas y tantas cosas seamos ejemplares, cultos, preparados y trabajadores.

Esta primera causa es sin duda autóctona, pero crece sobre un terreno abonado por la sociedad global en la que vivimos. Vivimos en sociedades con un déficit político crónico, y no sólo político, democrático. Cómo dice mi amigo Carles Sirera el Reino de España se fundó sobre la excepcionalidad moral, y en este país aquellos que buscan reparación y justicia para las víctimas (del franquismo) están movidos por el odio. En realidad el caso español se trata de la millonésima vez que se repite este argumento en nuestro mundo liderado por la ideología ilustrada (y sus ramas liberal y marxista). En nuestra sociedad el despotismo ilustrado y sus variantes dulcificadas tienen mucha aceptación. Esto ya lo mostró Voltaire en el siglo XVIII, cuando dijo sobre el autócrata y belicista Pedro el Grande:

Admito que era un bárbaro; pero con todo, era un bárbaro que había hecho el bien a los hombres; fundó ciudades, construyó canales.

En definitiva se trata de que los trenes lleguen a su hora. Y en España los trenes llegaban a su hora, y llegaba el iPhone, y los coches de alta gama, aunque el sueño de la prosperidad fuese más bien la pesadilla de una burbuja inmobiliaria que todavía no ha terminado de caer sobre nosotros. A veces la ética, la moral, el juego limpio, importan más que la riqueza fácil, porque son más sólidos.

Por último, señalaré una tercera razón, la globalización, el auge del neoliberalismo. Lo expresó así el gran Pierre Bordieu

En nombre de este programa científico de conocimiento, convertido en programa político de acción, se cumple un inmenso trabajo político (denegado, porque en apariencia es puramente negativo), que busca crear las condiciones de realización y de funcionamiento de la “teoría”: un programa de destrucción sistemática de los colectivos.

Cuando existían colectivos, sindicatos, asociaciones de vecinos y movimientos de todo tipo, la política era algo más cotidiano. Hoy eso ya no existe, comenzó a desmontarse en los años ochenta, y la política es cuestión de elegir, como consumidores que somos, y las opciones a elegir son el mediocre corrupto A o el mediocre corrupto B, y con la ceremonia de esa elección queda salvaguardada la narrativa de una democracia.

Los liberales son muy agudos en ocasiones, y no es la primera vez que cito a Milton Friedman, aunque esta vez esté en desacuerdo con él:

Si alguna vez quieren saber cómo votan las personas el signo más seguro es cómo votan con los pies

Yo diría que el signo de que una democracia no es funcional y que por lo tanto el voto no vale para nada es cuando la gente vota con los pies, y en este país mucha gente ha votado con los pies en los últimos años, y ahora los catalanes quieren votar al unísono con los pies.

Claro que su postura es egoísta, como la de todos los nacionalistas, incluidos los españoles, pero ello no debería implicar que no estén a gusto dentro del estado español. Se puede ser egoísta y permanecer en una comunidad de vecinos ¿verdad?

El problema del nacionalismo es un problema estrictamente moderno, nace con la modernidad como consecuencia de la revolución industrial y de unificar el mercado creando una “economía nacional”, así nos lo cuenta el historiador Eric Hobsbawm en Naciones y nacionalismo desde 1780 (aquí podéis leerlo íntegro) o Karl Polanyi en el capítulo V de La gran transformación (aquí podéis leer el libro íntegro) titulado La evolución del patrón de mercado.

En aquella época (recordemos que anteriormente los Estados no eran más que los territorios regidos por un monarca) fue necesario un proceso de homogeneización, para crear un mercado único nacional. Ello implicó crear una lengua oficial, y unificar leyes, que anteriormente eran muy locales (por ejemplo todo lo relativo al trabajo estaba regido por gremios). Todo ello fue una ruptura, y lo que antes estuvo regido por la tradición o la religión, hubo que “modernizarlo” y hacer que estuviese regido por la razón.

Lo que estaba en juego, de manera muy especial, era que la población se identificase con su gobierno y pudiese ser movilizada por este. Las razones que en la práctica funcionaron para fundar una nación fueron, según Hobsbawm, en un primer momento, la asociación histórica con un estado, la existencia de una antigua élite cultural y la probada capacidad de conquista. Algunas décadas después todo esto se definió de forma un poco más precisa como compartir la lengua nacional, la etnicidad, la religión y la “conciencia de pertenecer o haber pertenecido a una entidad política duradera” (nación histórica).

La nación funcionó como concepto no porque lo dijera el denostado Fitche, que no fue más que un simple registrador de lo que estaba pasando. Funcionó porque cubre una necesidad humana, la pertenencia, el grupo, la comunidad. Crear un mercado nacional implicó la creación de numerosas instituciones públicas, y el estado comenzó a funcionar como centro de redistribución de riqueza. Ello implica que cuanto más fuerte es el estado más seguridad para el individuo, por tanto la identificación con él cubría también necesidades de seguridad. Esto es así para las clases populares, las élites, curiosamente desde los ideales de la izquierda, siempre han sido apátridas porque no han necesitado la protección de la comunidad.

Posteriormente, concretamente en el periodo 1870-1914, se descubre (o se inventa) la tradición popular. Remarquemos este hecho, todas las tradiciones populares, de todas las naciones, no solo la catalana, se inventan o se “descubren” (es decir, se dignifican, se popularizan) en este periodo.

El libro concluye señalando que en la actualidad, cuando la economía internacional tiende a la integración, el motivo de la nación pierde fuerza como motor de la historia, aunque ello, paradójicamente, alienta la secesión y el florecimiento de movimientos separatistas, cuyo fundamento y justificación dependen ahora mucho más de causas internacionales (aceptación, apoyo, etc.) que de causas estrictamente internas.

Como podéis comprobar, en el caso catalán confluyen una serie de factores que de forma objetiva hay que reconocer, como es que Cataluña cumple los criterios que los usos del siglo XVIII y XIX establecieron para definir una nación (no así el País Vasco, que carece de tradición literaria propia y no ha pertenecido a una entidad política duradera), y que la integración económica internacional favorece la fragmentación de los estados. Sobre este punto escribí en su día con profusión, basta con señalar ahora que hace innecesario un gran mercado propio, y por tanto diluye uno de los fundamentos más sólidos del estado-nación.

Estamos pues ante un problema serio. Una ideología que nos habla de meritocracia, y que identifica dinero con virtud, un territorio que cumple los criterios usuales para ser definido como nación, que es más rico que el resto y que puede tener la tentación de quedarse mayor parte de esa riqueza, y una economía integrada globalmente que hace superfluos los esfuerzos por crear una economía nacional.

Según está lógica Cataluña debería ser ya independiente, pero no, los sistemas dependen de la trayectoria, y las sociedades son sistemas complejos, la historia ha colocado a Cataluña junto a España y ahora es difícil cortar ese lazo. Pero basta un shock exógeno, en este caso la crisis financiera internacional de 2008, para que los débiles fundamentos de nuestra convivencia se vean agitados, y las clases populares quieran refugiarse bajo un paraguas de la comunidad más amplio y bien asentado. Menos recortes y más seguridad.

Parece imposible solucionar este problema si no es a través de un autoritarismo que es contrario a la narrativa de democracia y derechos individuales tan propia de nuestra era, sin embargo no es así. No somos seres egoístas racionales que miramos por nuestro propio interés de forma exclusiva. Nos importan los valores, tenemos sentimientos, el contacto con otros seres humanos nos conmueve, nos gusta ser entendidos, reconocidos, y somos reacios al cambio. Por todo ello, y por mi conocimiento personal de Cataluña, tengo el convencimiento que una amplia mayoría de catalanes decidiría mantener la unidad del Estado bajo un marco coherente de convivencia.

La corresponsabilidad fiscal parece un buen principio, tener autonomía por el lado de los ingresos, poder recaudar más si lo necesitas, o reducir la carga sobre tus ciudadanos, sin depender del estado central ni poder culparle. No es nada revolucionario, think tanks conservadores como FEDEA han tratado la cuestión abiertamente, por ejemplo en este artículo. Claro que aun teniendo corresponsabilidad y autonomía por el lado de los ingresos seguirían existiendo transferencias de unas Comunidades Autónomas a otras. Fomentar la transparencia en el origen y destino de estos fondos parece también un buen principio. También es necesario explicar a la ciudadanía que sin ajuste de tipos de cambio, es decir, cuando en el territorio se usa una solo moneda, son necesarias transferencias fiscales entre regiones para evitar crisis como la del euro.

El dinero no lo es todo, por supuesto, el resto de España debe acercarse a Cataluña también a nivel cultural, y para ello debe rechazar cualquier tipo de nostalgia hacia el franquismo.

Debe modificarse la constitución para cambiar el sistema político, y permitir que en la medida de lo posible la ciudadanía pueda apartar a los corruptos y mediocres de los cargos de responsabilidad. La nueva norma debe dar mayor poder a los ciudadanos y restarlo a los partidos, evitando que se reproduzca de nuevo el férreo control que ejercen sobre todos los aspectos públicos, incluyendo los jueces, medios de comunicación, universidades, reguladores, etc.


Esto a día de hoy parece imposible. A los que no respaldamos la actuación criminal de este gobierno se nos trata de amedrentar y silenciar. Se revisten con la bandera y te llaman antiespañol. La coacción ejercida por tus propios vecinos es asfixiante y desmoralizadora. Los partidos han carcomido esta sociedad, introduciendo su podredumbre y su mezquindad hasta el tuétano. Han borrado todo rastro de decencia, de civismo, de principios morales y de virtud. Me han convertido en un extranjero en mi propio país. La España democrática y cívica que yo siento en mi corazón no existe, es un país de fantasía. Sé que no votaré con los pies, seguiré resistiendo y ante la barbarie haré lo único que puedo hacer, oponerme pacíficamente. Seguramente veré marchar a los míos mientras el territorio se empobrece y la población se envilece. Lo siento pero no puedo transmitir esperanza.

lunes, 20 de febrero de 2017

El cubo y la ola

La película Cube se estrenó en 1997, poco antes de que alcanzaran su momento culminante las protestas contra la globalización. Quizá este ambiente inspiró su diálogo central. El planteamiento de la película es el siguiente: varias personas despiertan dentro de una estancia cúbica sin saber cómo han llegado hasta ese lugar y sin conocerse. La estancia comunica por todas sus caras con otros cubos que a su vez llevan a otros. Tratan de salir al exterior pasando de cubo en cubo pero algunos cubos esconden trampas mortales. En el siguiente diálogo uno de los personajes revela que, por su trabajo, sabía algo sobre esa construcción en la que están atrapados... pero no todo.


Lo que describe el personaje recuerda a lo que ocurre con la globalización. Un número creciente de personas viven hoy día forzadas a relaciones impersonales en empleos especializados en los que se limitan a cumplir con una función parcial y a los que no ven un sentido profundo que puedan comprender y sobre el que puedan decidir. Tampoco es posible cuestionar la finalidad general en la que se insertan esos trabajos. Y la misma lógica de limitación de la capacidad de decidir se aplica a los propios parlamentos nacionales, ahora reos de una integración comercial chantajista que dicta sus órdenes políticas en nombre de impersonales mercados como si estos generaran automáticamente leyes racionales y democráticas.

Los mercados, sobra decirlo, están determinados por el poder del dinero y de quien lo detenta. Los índices bursátiles no reflejan la evolución de la opinión pública como si el valor de una acción fuera el voto de una persona. Y este poder del dinero en los mercados indica que existen responsables de la globalización muy interesados en ella. Pero estos responsables también actúan de un modo fragmentario, sin una gestión conjunta que velara por que la injusta y antidemocrática maquinaria que han construido fuera al menos gobernable y no adquiriera un rumbo propio que puede acabar con todo. Simplemente se confía en una lógica, "funciona bajo la ilusión de un plan maestro" al que seguimos por las expectativas que proporciona a pesar de que hoy día está bastante generalizada la conciencia de que "estropeamos el mundo". La doctora -la mujer rubia que habla en este diálogo- no carece de razón al señalar a unos responsables concretos, pero la maquinaria global ha sido diseñada precisamente para que no pueda ser controlada, poniendo mucho celo en que las reglas queden al margen del control humano una vez acordadas en tratados o instituciones independientes -sin "injerencias" políticas, dicen-, se ha vuelto una lógica deshumanizada e ingobernable. ¿Por qué los parlamentos no pueden poner límites ambientales efectivos aunque restrinjan el crecimiento, o límites sociales frente a la exclusión social a pesar de que ya producimos mucho más de lo necesario para cubrir las necesidades materiales de todos? ¿Cómo hemos llegado a este punto? "La razón por la que estamos aquí es que todo está descontrolado"... y así seguirá a menos que decidamos dejar de confiar la política a la lógica del interés individualista, o lo que es lo mismo, a la lógica autómata del mercado global autorregulado.

Cuando el mercado autorregulado hizo su aparición en el seno de las naciones y pasó a ser la principal institución económica fue engullendo la organización social previa, y con ello alcanzó la relevancia de un régimen político. El mercado trataba a las personas como meros inputs a explotar del modo más eficiente, tomando los medios de subsistencia en forma de salarios como costes a reducir, y tomando la naturaleza como recurso cuyo agotamiento futuro no se considera en las fórmulas. Esto llevó a exigir de los estados y de su legislación mecanismos de compensación por la nueva y cruel dependencia de un mercado. Pero la expansión supranacional del mercado ha hecho trizas la capacidad política de los propios estados, ahora dependientes de los criterios mercantiles privados. Si la dependencia del mercado libre ya pone difícil cualquier tentativa de frenar sus diversas formas de explotación, so pena de obstaculizar su funcionamiento, la subordinación de las naciones a un mercado que las trasciende hace perder toda esperanza de poder reconducir sus externalidades. Por su mera existencia, la globalización impide la racionalidad democrática y es ciega a los intereses a largo plazo o a los limites ambientales. Urge revertirla desde el mismo corazón financiero de su concepción, que como un virus, mata al huesped que lo aloja.

En este contexto y ante las consecuentes crisis, el aumento de la desigualdad y la precarización del trabajo asalariado, no debería resultar extraño que la perplejidad y la confusión generalizadas lleven a los votantes a optar por una reacción de pura ruptura con el mecanismo global apoyando a quien la prometa. Las protestas contra la globalización antes citadas, lideradas por la parte más consciente de la sociedad, fueron ignoradas, y ahora se están pagando las consecuencias. Gran parte de la izquierda fue partidaria o connivente con la globalización, quizá engañada por un legítimo espíritu universalista pero que en este caso no tenía nada que ver con el internacionalismo de clase sino con una integración comercial al servicio de las élites. Y los principales sindicatos se acomodaron en la gestión de acuerdos en las fábricas patrias y carecieron del empuje cultural y de la ambición globalizadora que sí mostraron los propietarios neoliberales. En consecuencia es la derecha nacionalista la que ahora está recogiendo el descontento en muchos países desarrollados.

¿Qué implicaciones tiene este giro político? De entrada es necesario apreciar el nacionalismo económico por cuanto reduce la insostenibilidad debida al descomunal movimiento de mercancías así como la dependencia económica del incontrolable entramado comercial global. Sería deseable llevar aún más lejos una relocalización de la producción dentro de los propios estados en la medida de lo posible, (algo a lo que podrían contribuir las pujantes tecnologías de fabricación distribuida y a demanda si se insertaran en otra lógica económica, o las cooperativas de consumo agroecológico por poner algún ejemplo de la economía solidaria). En este sentido, es grato constatar que los tratados comerciales y las instituciones económicas supranacionales no son aún intocables y pueden deshacerse. Además, los parlamentos nacionales son las únicas instituciones políticas que, a día de hoy, y si recuperaran su poder librándose del chantaje de los mercados, podrían recoger la expresión de la voluntad democrática y ponerla de nuevo por encima del condicionamiento económico de los mercados.

Pero aquí nos encontramos con otro peligro. Como ya ocurriera en el pasado, una involución nacionalista que no distinga los males de la globalización y que se limite a negar todo universalismo llevando a un repliegue de las poblaciones identitario, sectario y competitivo, puede traer consecuencias aun peores. Porque nacionalismo puede no significar simplemente una forma de recogimiento económico y político sino una apuesta por el encumbramiento de la nación propia sobre las demás en los rankings económicos, (aunque esto suponga una mayor degradación ambiental dentro del territorio, la explotación entre naciones y el deterioro de la convivencia), o incluso una más idealizada apuesta por la supremacía de la patria de cada cual. 

Para ilustrarlo podemos acudir a otra película, en este caso basada en un experimento real. Se trata de La ola, (2008). (Existe una adaptación previa de 1981 para la televisión). El argumento es el siguiente. En un curso de una semana para explicar qué es la autocracia el profesor decide simular la creación de un movimiento fascista. Aparentemente ninguno de los participantes, adolescentes de la parte acomodada del mundo, tiene motivos claros para sentirse atraídos por algo así. Pero el experimento acaba revelando una necesidad de pertenencia grupal que tienta a muchos de ellos, incluido el propio profesor, convertido en el líder del movimiento, y esto les lleva a tomárselo en serio más allá del curso.


En la versión de 2008, llama la atención lo mal parados que salen los anarquistas en la forma de ser representados en la película, empezando por el profesor, que en realidad quería dar el curso de anarquía y acaba seducido por su propio experimento de autocracia revelando un carácter autoritario. Y las ideas del movimiento que llaman La Ola son de izquierda antiglobalización, aprovechando la escandalosa desigualdad de nuestros días, esa flagrante injusticia que no ha hecho sino aumentar en las últimas décadas. Conociendo la manipulación ideológica habitual en el cine moderno, diría que es algo intencionado, para desacreditar estas tendencias ideológicas. Además, para conformar su movimiento, el profesor apela a un espíritu comunitario novedoso para los participantes, y que a la postre también queda en mal lugar, como algo peligroso.

Pero cabe hacer una segunda lectura: cuando el profesor instrumentaliza ese espíritu comunitario desconocido para los alumnos, y que parece despertar algo ilusionante en ellos, está delatándose una carencia de nuestro mundo. Nuestra civilización no da respuesta a aquello para lo que estamos naturalmente constituidos, y como en toda represión, la desinhibición puede arrollar la psique humana de una forma desequilibrada. (Algo que, por cierto, también trata de explotar el coaching empresarial). Esa falta de ese sentido comunitario en la vida cotidiana, el desarraigo cultural y el desamparo propios de la expansión de los mercados como institución hegemónica de la sociedad, (primero a escala nacional y ahora globalmente), pueden acabar haciendo atractivo un movimiento autoritario que apele a la protección desde sentimientos de identidad y pertenencia excluyente en competición con el resto del mundo.

Esta es la reacción que está detrás de los nacionalismos emergentes en los estados opulentos que tratan de atrincherarse competitivamente frente a la desprotección y los daños sociales propios de la globalización cuando estos han empezado a generalizarse, (a pesar de que han sido las élites de estos estados las que han desestabilizado el mundo con la imposición de sus políticas globalizadoras y de sus intereses desde hace mucho tiempo). No hay un movimiento popular fascista detrás del apoyo a los actuales líderes nacionalistas ni estos proponen una autocracia, pero comparten y promueven valores que nos acercan a esa forma de ver el mundo. Quien no crea que esto puede ir más lejos quizá no habría creído que Hitler podía llegar tan lejos considerando sólo sus primeros años de relativo éxito.

¿Y acaso estos partidos de derecha no van a defender el poder global de sus élites patrias? El carácter primario y excluyente del ideario nacionalista con el que se está reivindicando esta relocalización, marcada por la primacía -América first- y no sólo por los argumentos racionales contra la globalización, puede acabar desembocando en un mayor deterioro de la convivencia global, y en una mayor indiferencia hacia los límites naturales del crecimiento económico. El nacionalismo se encuentra ante la misma encrucijada planetaria que también la izquierda desprecia. Tal y como se proponen hoy día ambos movimientos, sólo buscan ser una alternativa para crecer con más fuerza o para renovar esa expectativa.

La ausencia de una estructura de reglas para la gobernanza internacional, dejando esta al albur de la razón de estado, (de cada estado), lleva a las relaciones internacionales la lógica individualista que el sistema de mercado requiere de todos nosotros pero ahora adoptada por los estados como agentes económicos. El egoísmo nacional de este no-sistema facilita que tarde o temprano pueda producirse una ruptura de la convivencia pacífica, (como ocurrió con la ruptura del concierto europeo a principios del siglo XX). Dada la necesidad de alimentar el mercado del que depende la sociedad también dentro de las naciones, la paz pasa a ser algo secundario. Y en cualquier caso, este comportamiento nacional acabará desbaratando los recursos de uso común a gran escala -atmósfera, océanos, biodiversidad- amplificando así la habitual tragedia del mercado como principio gestor de los bienes no regulados.

Podemos citar varias noticias que apuntan en esta dirección, aun de modo incipiente: la amenaza del Reino Unido de convertirse en un paraíso fiscal, la tensión surgida entre EEUU y México, Irán o China, el negacionismo sobre el cambio climático, el nuevo impulso de las tuberías de gas y petróleo que atravesarán los EEUU, una creciente y desinhibida xenofobia.



Tanto la globalización como el nacionalismo se centran en la rivalidad; son dos formas de competir y beben de ese mismo principio, (y en realidad ambas han continuado actuando en el pasado reciente sólo que con distinto énfasis, como muestran las guerras geoestratégicas y por los recursos). En ambos casos se busca jugar mejor una partida que, en el esfuerzo por ganarla, se supone traerá beneficios para toda la sociedad, (al menos la propia). Pero, como ocurre en el caso de la educación, el énfasis en la competencia lleva a elegir el camino más fácil para pasar la prueba a corto plazo, no el que aporta mayor comprensión o calidad en el desarrollo. En el caso que nos ocupa, el juego de la competencia nos lleva a elegir caminos que no tienen en cuenta ni el equilibrio social, ni el internacional ni la sostenibilidad; nos lleva a elegir el camino que sólo sirve para intentar pasar una prueba posicional en un sistema de valoración disfuncional.
 

¿Cómo construir una buena alternativa a la globalización, una sostenible, inclusiva y cooperativa en lugar de una explotadora, excluyente y que promueve la rivalidad?

Lo primero que deberíamos tener en cuenta es que las condiciones sociales no determinan nuestro comportamiento pero lo condicionan decisivamente. No es tanto una cuestión de causa-efecto pura y dura como de probabilidades. Podemos citar en este sentido otras experiencias equiparables a las de La ola, como el Experimento de Milgram o el de la cárcel de Stanford. Por eso es importante prever qué tipo de conducta promueve cada ordenamiento legal, cada estructura de incentivos y de poder, cada forma de concebir las relaciones internacionales o incluso los propios discursos de las personas con relevancia pública. ¿Hacia qué apuntan los discursos de Trump y de los nacionalistas europeos? ¿Hacia dónde los discursos de los economistas globalizadores?

Con la globalización, la megamáquina de Mumford se ha liberado de una cúspide que pueda identificarse fácilmente, y en este entorno deliberadamente inseguro y relativista, la ansiedad se traduce en un profundo deseo de algoritmos eficaces que ordenen la conducta y que nos resuelvan los problemas. Cuando esto falla y la compleja construcción empieza a causarnos daños, el mismo miedo -ese miedo a la libertad que describió Fromm- lleva a buscar el auxilio de líderes autoritarios. Pero este giro en las elecciones recientes permite comprobar que todo depende, al menos en  parte, de lo que promovamos colectivamente. También podríamos tomar las riendas de una forma más activa y cooperativa en lugar de confiar en algoritmos con desconocidos efectos secundarios o en liderazgos fuertes. Y por eso es importante definir los objetivos a los que convendría apuntar, o lo que no es muy distinto, elegir de qué modo nos organizaremos para avanzar hacia el incierto futuro.

Deberíamos evitar tanto el peligro del cubo, donde una estructura concebida racionalmente ha perdido de vista el sentido y la sostenibilidad, como el peligro de la ola, donde las soluciones primarias que parecen aportar sentido abandonan la racionalidad, utilizan la exclusión y renuncian a integrar en su modelo una propuesta de convivencia para todo el planeta, algo imprescindible hoy día por muy complejo que parezca.

Los políticos convencionales y sus medios afines, escandalizados por los éxitos del Brexit y de Trump, y por el ascenso del nacionalismo en Europa, en general se han limitado a hacer alharacas retóricas sin reconocer ningún mal concreto en el modelo de sociedad que tan interesadamente han promovido en las últimas décadas y al cual se aferran. Son aspavientos desesperados que no tienen posibilidad alguna de frenar la tendencia. Es más, ellos la han provocado. Para frenarla sería imperativo reconocer primero las consecuencias de la globalización.

La globalización hace aguas y tratar de salvarla insistiendo en su retórica es en vano. Para proponer alguna alternativa real y razonable es necesario asumir que la rentabilidad de los mercados financieros internacionales no puede constituirse como la piedra de toque de las valoraciones humanas al margen del criterio ético y político de los ciudadanos. Es necesario reconocer que los derechos de propiedad son sólo derechos, y como tales, deben estar sujetos al criterio democrático del que emana la legitimidad de todo derecho. Es necesario asimilar que las condiciones materiales no son lo más importante para nuestra realización personal, una vez superada cierta suficiencia, y que la biosfera, tal y como la necesitamos, no puede asumir un crecimiento indefinido de las mismas. Y es imprescindible definir, proponer y defender un modelo de convivencia planetaria alternativo que no nos deje en manos de la simple lucha por la posición.

El objetivo de esto último no sería tanto una implantación inmediata de este modelo de convivencia como establecer un polo de orientación que pudiera ir ampliando el número de países adeptos a medida que se experimenta con el mismo. Por muy lejano y meramente teórico que pueda parecer un proyecto de convivencia mundial, un modelo de gestión común para lo que nos concierne a todos, explicarlo enviaría un mensaje concreto a las emociones y a las expectativas de quien escucha aunque a la vez propongamos una relocalización de la producción y del poder político: no podemos desentendernos de la convivencia, de la tolerancia a la diversidad y de la gestión de problemas comunes; no podemos apelar a la selección de la nación más apta en un espacio de confrontación y de disposición incontrolada de una biosfera con claros límites, porque con los medios a nuestro alcance hoy día, eso acabaría con todo y con todos.


"Necesitamos algún tipo de re-casamiento de un poder y una política que actualmente viven divorciados."
Charla del recientemente fallecido Zygmunt Bauman en la presentación del documental En el mismo barco

Por lo tanto tendremos que innovar políticamente. La encrucijada inédita en la que se encuentra el planeta así lo pide. Ya no nos sirven los sistemas que degradaron el mundo con su dogmatismo a ambos lados del muro. Ya no nos sirven los muros. Tendremos que retrotraernos a aquellas bifurcaciones que quedaron olvidadas en la historia. Y tendremos que fijarnos en lo que florece en los márgenes. En este blog hemos hablado de algunas de esas alternativas. Y para este caso podemos tomar el ejemplo de un paradigma emergente que responde tanto a la tradición olvidada como a la más excelente y precursora innovación: el procomún, actualmente de plena actualidad en algunos ámbitos, (software y hardware libres, P2P, cultura libre, wikipedia), y a la vez apoyado en una vasta red de tradiciones a lo largo de todo el planeta de las que Elinor Ostrom intentó extraer algunos principios.


“El desafío al que nos enfrentamos es la concepción de nuevas formas de gobierno
que transformen necesariamente la naturaleza de la soberanía del Estado."


"David Bollier. Pensar desde los comunes,
(disponible en el enlace para su descarga y difusión).

El sentido que el autor da a esta frase es que "el Mercado/Estado no es capaz de persuadirse a sí mismo de la necesidad de establecer límites significativos a la actividad comercial que los está exacerbando." Y por tanto, es necesario conceptualizar de nuevo la economía de mercado y el Estado de acuerdo a lo que Michel Bauwens llama una triarquía "que comparte la autoridad gubernamental con el procomún: Mercado/Estado/Procomún". Pero en su planteamiento, Bollier reserva un papel para el estado en el ámbito de los comunes: como administrador fiduciario de los recursos de uso común que por su tamaño "necesitan estar bajo el cuidado del gobierno".  Y cita ejemplos como el Fondo Permanente de Alaska (con el que se financia el único ejemplo de Renta Básica Universal del mundo que lleva décadas funcionando).

Bollier también resalta la necesidad de crear nuevas instituciones:


"Es imposible gestionar de la misma manera los CPR [recursos de uso común] grandes y los comunes de un pueblo pequeño. Por eso se necesita una serie más extensa de sistemas institucionales y reglas legales (una «infraestructura de los comunes»).(...) Esto  nos  traslada  más  allá  de  los  comunes administrados  por  el  Estado,  hasta  dar  con  formas  completamente  novedosas de respaldo estatal para el procomún. (...) El  reto  al  diseñar  esto  consiste  en encontrar un modo de gobernar los CPR al nivel de gestión más bajo posible («subsidiariedad») y con múltiples centros de autoridad. Los niveles del procomún se diversificarían y cada uno se “anidaría” en un nivel más alto de gobernanza, lo cual responde al concepto de «policentrismo», idea que Elinor Ostrom exploró en su obra." (...) "Necesitamos nuevas federaciones en el sector procomún que tengan capacidad de movilización política. Debemos concebir innovaciones legales que brinden al procomún auténtica legitimidad ante la ley."

Pero podemos matizar o complementar esta visión de Bollier partiendo del contexto de globalización en declive que hemos explorado antes. Ese "respaldo estatal" que menciona presupone o requiere la presencia de estados con capacidad política, no lo que tenemos con la globalización. Por otra parte, la posibilidad del proteccionismo, que ahora empieza a emerger, muestra que el Estado sigue pudiendo actuar en sentido opuesto, limitando la actividad comercial y los compromisos internacionales, siempre y cuando la población lo exija. Pero, como hemos visto, desde su independencia el Estado también puede emular un comportamiento "individualista" o free rider en el contexto internacional, o continuar el proceso de cercamiento de comunes que acaba con ellos para inflar las cuentas nacionales. Por tanto la clave para la gestión de los recursos de uso común a gran escala puede pasar por una recuperación de la soberanía que al mismo tiempo reformule el sentido de este término, (como también sugiere Bollier): una soberanía no plena sino consciente de la interdependencia planetaria, (y que por tanto sería más bien autonomía); una soberanía basada en la democracia real y no en cualquier clase de poder dentro del estado; y una soberanía que distribuya su capacidad de actuar entre el estado, el mercado local y los comunes.

Quizá de esta forma, desde unos parlamentos democráticos que hubieran recuperado su capacidad política por encima de los mercados, sería posible, por ejemplo, establecer acuerdos y reglas de gestión compartida por distintos estados inspiradas en el procomún. Así como el paradigma del mercado autorregulado traslada a los estados la lógica del individualismo competitivo y los convierte en agentes (necesariamente egoístas) de un mercado global, podríamos inspirarnos en la lógica de los comunes -que no son bienes sino una conjunción de bienes, comunidad de usuarios y reglas de gestión- para que los estados actuaran como agentes suscriptores de acuerdos internacionales para la gestión sostenible de los recursos de uso común a gran escala o que no se pueden clasificar fácilmente, (atmósfera, pesquerías, biodiversidad, genoma humano, etc.), velando además por la inclusión y la estabilidad de las poblaciones firmantes de los acuerdos. Podríamos plantearnos los sistemas internacionales como un problema de acción colectiva en el que los sujetos agentes son los propios estados. Simplemente no hemos experimentado lo suficiente ni hemos dado con un capital social -en este caso resultante de la interacción entre los distintos países- que tenga éxito en una gestión común policéntrica tanto de la convivencia como del uso de la biosfera.

Pongamos un caso simple: hay que tener en cuenta que algunos de esos recursos de uso común a gran escala están insertos en territorios nacionales pero tienen una afección ecológica de alcance planetario, (como los bosques primarios), por lo que sería necesario llegar a acuerdos de compensación por la no explotación de los mismos y compartir globalmente el coste de su preservación, al igual que dentro de los estados se dota presupuestariamente el cuidado de los parques nacionales insertos en una provincia concreta pero que se entienden como un patrimonio nacional a proteger solidariamente.

Sea como fuere, (a través de nuevas instituciones transnacionales o por medio de acuerdos internacionales), lo que ahora debería estar preocupando hasta la obsesión a todos los países desarrollados o medio desarrollados es cómo proporcionar autonomía a esa gran parte de la humanidad que, si no la obtiene, va a quedar aún más excluida y empobrecida en las próximas décadas por problemas de sostenibilidad, convertida en refugiados climáticos o movilizada como fruto de las guerras por los recursos, y que lógicamente intentará desplazarse para salvarse, como ya ha empezando a hacer, por pura desesperación. Lo que estamos viendo en nuestros días no es una libre circulación de personas en un mundo solidario, equilibrado y tolerante, es una emigración masiva y forzosa, lejos del ideal de cualquiera de los que huyen, y provocada por la política de las principales potencias al servicio de sus corporaciones.

Más allá de la paz (o precisamente para lograrla y preservarla), habría que reivindicar la convivencia, un concepto que apela a la vida, no a un mero estado de la sociedad, y que requiere unas reglas adecuadas para garantizar la inclusión, el respeto y la sostenibilidad por encima de lo que convenga al “dinamismo” de los mercados o a la razón de estado. Todos deberíamos valorar mejor el talento desperdiciado con la exclusión global, talento que necesitamos para la aportación de soluciones comunes. Pero esto requiere dar acceso a la estabilidad vital y al conocimiento a todos los cerebros del planeta. 

Necesitamos una visión para el mundo alternativa, no centrada en la integración de los mercados y en la creación de deuda sino en el desarrollo de políticas públicas acordadas desde parlamentos democráticos para favorecer la autonomía económica de cada pueblo del planeta y para dotar de servicios públicos básicos a toda la humanidad. En lugar de tratados comerciales, necesitamos presupuestos públicos comunes para determinados objetivos compartidos. Necesitamos normas democráticas para la gestión internacional de recursos de uso común a gran escala. Y necesitamos que el comercio esté protagonizado por los estados en lugar de estarlo por las grandes empresas, cuya acción política (a través de lobbies y movimientos de capital) no responde a la democracia sino a una serie de funciones matemáticas que determinan la rentabilidad de sus inversiones y clausuran el sentido de nuestra actividad, (sometida a la lógica de un cubo impersonal). 

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