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lunes, 8 de abril de 2019

Las mentiras sobre la pobreza y la economía rosquilla


Un argumento que se podría hacer contra aquellos que postulamos abandonar el objetivo del crecimiento económico y adoptar un modelo distinto, más resiliente, que no dependa de crecientes flujos de energía y materiales, es que ello nos condena a aceptar que mucha gente en nuestro planeta tenga que continuar permaneciendo en la pobreza. En realidad, frente a términos como decrecimiento, quizás conviene más hablar de “economía rosquilla”, esa aspiración a vivir dentro del dónut, con nuestras necesidades humanas cubiertas pero sin sobrepasar los límites en cuanto a generación de desechos que están provocando problemas como el cambio climático y la sexta gran extinción, poniendo en riesgo los servicios de los ecosistemas de los que depende la humanidad.

Pero el crecimiento es fantástico sacando a la gente de la pobreza ¿verdad? Al menos en los últimos años y según lo que nos cuentan economistas como Max Roser, que trabaja para la fundación de Bill y Melinda Gates. Roser es el responsable de “Our World in Data” una página web que recopila datos y los presenta de forma gráfica y atractiva para que puedan ser usados por blogueros y twitteros. Roser y Gates han sacado pecho por este gráfico



domingo, 12 de agosto de 2018

No pienses en una guerra comercial


Suenan “trumpetas” de guerra en las secciones de economía de los principales medios de comunicación de nuestra querida piel de toro. El anuncio de la administración Trump de la imposición de aranceles a las importaciones de aluminio y acero de Estados Unidos ocasionó un buen puñado de titulares y artículos de opinión encabezados por el grueso sintagma “guerra comercial”. El erizo se hizo bola al sentir una brizna de aire. Luego sabríamos que esto era tan sólo una zanahoria para que Europa renuncie a ser crítica con los aranceles a China, pero parece que en este terreno hacen gala de una sensibilidad notablemente acusada. Nada que ver con la piel gruesa de la que se revisten ante las violaciones de los derechos humanos: torturas, espionajes o intimidaciones para evitar la libertad de expresión. Pero en esta ocasión no son los medios los únicos culpables, tecnócratas europeos como Juncker y Draghi enmarcaron la cuestión de los aranceles de la misma forma que los medios de comunicación.



Fue George Lakoff, lingüista y científico cognitivo quién nos advirtiera en su célebre libro No pienses en un elefante de la importancia de los marcos en la comunicación. Enmarcar es crear una estructura narrativa que activa estructuras mentales inconscientes que condicionan nuestro comportamiento y nuestras decisiones. No pensar en un elefante, era un mensaje para los demócratas, que debían dejar de aceptar los marcos propuestos por los republicanos. Un ejemplo, tomado del propio libro, ilustrará la cuestión:

Hay un fenómeno que probablemente hayas observado. En televisión los conservadores utilizan solamente dos palabras: alivio fiscal, mientras que los progresistas se enfrascan en una larga parrafada para plantear su punto de vista. Los conservadores pueden apelar a un marco establecido: por ejemplo, que los impuestos son una desgracia o una carga, lo cual les permite decir esa frase de dos palabras: alivio fiscal. Pero en el otro lado no hay ningún marco establecido. Se puede hablar de ello, pero supone un cierto esfuerzo porque no hay ningún marco establecido, ninguna idea fijada ya ahí a mano.

domingo, 29 de julio de 2018

Las paradojas de la felicidad y de la economía global


Hablaremos de varias paradojas, la de la globalización y las de la felicidad, estrechamente relacionadas entre si, aunque no parezca evidente en un primer momento.


En una entrevista realizada a comienzos de año en Davos Jamie Dimon, CEO del banco de inversión norteamericano JP Morgan aseguraba que el nivel de vida europeo era excesivo, los salarios, pensiones y prestaciones del Estado son excesivas si Europa pretende competir con el resto del mundo. Dimon aseguraba que esa situación era insostenible “Dicho sea con todo el respeto para los europeos, pero eso tiene que cambiar. Pueden forzar a ello los políticos, o un nuevo tipo de liderazgo”.

Quizás la gran paradoja de nuestro tiempo sea esta, en una sociedad cada día aparentemente más opulenta, según nos muestra los cada día más altos valores que alcanza el Producto Interior Bruto (aunque en realidad no por ello seamos más ricos), nos vemos obligados a ser más productivos, es decir, trabajar por menos dinero y menos prestaciones, si no queremos “dejar de ser competitivos”, es decir, dígalo claramente señor Dimon, ser antiguos, obsoletos, poco modernos, y sobre todo, más pobres, incluso mucho más pobres, depauperarnos hasta límites que nos causen vergüenza y humillación.

La economía de mercado se caracteriza por premiar ventajas marginales, que a priori parecen nimias, incapaces de provocar movimientos de gran envergadura. Pero si, pongamos por caso, tuviésemos que elegir entre dos manzanas aparentemente iguales y una de ellas fuese diez céntimos más barata lo racional es que todos compremos la que es más barata, de forma que quien produce diez céntimos más caro se quede sin vender nada. Dimon nos avisa que estamos a punto de correr la suerte de ese agricultor que produce más caro y quedarnos sin mercado, perder nuestro trozo de queso.

Es paradójico que a pesar de ser cada día más ricos no podamos emplear esa riqueza de forma que nos haga más felices, porque trabajar más por menos nos hace infelices, y lo que nos haría más felices sería precisamente trabajar menos. Eso es lo que viene a explicarnos la economía de la felicidad. Sintetizaré de forma esquemática las evidencias que el lector puede encontrar, por ejemplo, en La felicidad: lecciones de una nueva ciencia, de Richard Layard.

martes, 24 de abril de 2018

Autonomía y globalización

Todavía oigo a muchas buenas personas y activistas políticos comprometidos con una sociedad más justa  decir que es necesaria “otra globalización”. Al pronunciar este sintagma ya estamos derrotados, porque hemos aceptado el marco del contendiente, de nuestro rival, un tecnócrata, académico o periodista comprometido con el liberalismo de nuevo cuño, ese que dice que el gobierno debe tomar parte activa en la economía creando nuevos mercados a golpe de decreto. Cuando existe un marco cognitivo establecido, según George Lakoff, no es necesario ofrecer muchas explicaciones, determinadas palabras o construcciones lingüísticas ya evocan una serie de ideas que no es necesario explicar ¿qué ideas van asociadas con el marco de la globalización? Que quién se opone a ella es un nacionalista, y como todos los nacionalistas un xenófobo, entre otras cosas. De esta forma, a través de la negación de su supuesto y fantasioso contrario (el nacionalismo) la globalización se reviste de un prestigio humanista insólito, lo cual sería cómico sino tuviese tan dramáticas consecuencias ¿Por qué desde cuándo es humano hacer dinero a toda costa?

¿Dónde quedan los paraísos fiscales? ¿Y la producción industrial con mano de obra explotada y dañando gravemente el entorno natural? ¿Y las largas cadenas de transporte y suministro que conllevan un buen número de emisiones de gases de efecto invernadero? Se puede hablar todo ello, pero será inútil, porque ninguno de esos males se puede atajar dentro de la globalización. Globalizar es integrar una parte en un todo, en este caso las economías nacionales. De forma muy simple, se coge un mercado nacional y se lo  integra en uno global, de capitales (prácticamente logrado), de mercancías (logrado en gran medida, aunque ahora con una tendencia a ligeros retrocesos) y de fuerza de trabajo (pocos avances realizados, salvo a nivel regional). En los mercados domina quien tenga los costes más reducidos. Si para ganar cuota de mercado interesa reducir costes será difícil proteger a las personas de la explotación, a los ecosistemas de su destrucción, e incluso garantizar unos servicios sociales con unas bases fiscales que son erosionadas por la competencia fiscal entre estados, tratando de reducir los costes de las empresas asentadas en su territorio. La integración en un mercado único impide a los estados incluso legislar sobre seguridad alimentaria o de uso de los electrodomésticos, baste recordar la famosa carne de pollo fluorada que tendríamosque comer en Europa si se aprobaba el TTIP.

Los mercados globales sólo pueden ser regulados por entidades supranacionales, esas que suelen estar administradas por tecnócratas, que no rinden cuentas a nadie y que son lo más alejado de la democracia quepodamos imaginar. Parece que nos encontramos entre la espada y la pared, o abrazamos el nacionalismo, o abrazamos un libre mercado mundial desregulado, o nos ponemos en manos de supertecnócratas globales que regulen un mercado único mundial desde sus torres de marfil. Ninguna alternativa es muy atrayente, hablar de “otra globalización” invoca vagamente la opción de los supertecnócratas globales, no parece un producto muy sexy que vender a la ciudadanía.

Tenemos dificultades porque no tenemos ningún marco establecido al que podamos apelar. Es evidente que es posible imaginar muchas otras opciones, pero no podemos remitir a ellas con una simple palabra como “globalización”.

En primer lugar habría que pensar ¿Cuál es el objetivo? ¿Qué es lo que queremos? Proteger a las personas y al planeta. Para alcanzar esos objetivos nos convienen mercados nacionales débilmente integrados e instituciones globales que promuevan estándares medioambientales globales. Desde la soberanía de un mercado nacional integrado globalmente, pero bajo nuestra regulación política, podemos rechazar o imponer impuestos a los productos que se fabriquen en condiciones que no concuerdan con nuestros valores de protección a las personas o al medioambiente. Desde instituciones globales como las Naciones Unidas podemos aliarnos con países favorables a la protección del medioambiente y presionar al resto para que adopten estándares medioambientales que protejan de forma efectiva los bienes comunes globales como el clima (en último caso podemos no aceptar sus productos en nuestros mercados, o imponerles un arancel, si se han fabricado de forma muy contaminante).

Globalizar es hacer que una característica determinada sea compartida por toda la humanidad. Nuestra globalización es de las mercancías, pero indudablemente afecta a la cultura cuando un local de comida tradicional compite con un MacDonalds. Generalmente las multinacionales gozan de ventaja de en este terreno, por su marketing, financiación, experiencia, etc. En esas condiciones la globalización, a nivel cultural, es una uniformización, una invasión cultural de los países “atrasados” por las tropas del progreso de la cultura occidental (preferentemente anglosajona). La cultura global nos empobrece, en realidad lo que nos interesa que sea global es la tolerancia y el respeto a los derechos humanos. Para ello no necesitamos la competencia del comercio, sino la cooperación: científica, política, cultural, educativa. Todo ello puede favorecerse gracias a las tecnologías digitales, la red global y los viajes baratos (aunque muy contaminantes). Hay que fomentar los intercambios estudiantiles, y un concepto distinto de turismo, que nos permita sumergirnos en un cultura, incluso colaborar con ella de forma solidaria. El Estado también puede tener un papel, cooperando con otros países o favoreciendo las iniciativas de la sociedad civil.

Si pensamos en los elementos que definen lo que debería ser nuestro modelo de convivencia planetaria, la relocalización económica, la defensa de los bienes comunes globales, el multiculturalismo y la cooperación ¿qué nos sale? Recuerda mucho al eslogan de “piensa en global, actúa en local”. El término “comunidad” hace referencia a los lazos sólidos entre las personas, establecidos por el afecto y los valores, y no por la competencia en el comercio. El planeta sería una comunidad de comunidades, una comunidad planetaria. Intercomunitarismo es otro término que viene a la mente, aunque parece poco sexi. Comunitarismo solidario, comunitarismo cooperativo… se aceptan sugerencias. Se premiará con un sincero agradecimiento.




lunes, 2 de octubre de 2017

De la nación a la emancipación

Dejaré al margen en esta reflexión el debate entre legalidad y legitimidad a la hora de abordar el derecho a decidir la independencia de un territorio, (que en buena lógica tendría que ser aplicable igualmente a territorios más pequeños). Parto de la base de que la carencia de legitimidad de las leyes acaba creando tensiones o rupturas de uno u otro tipo con el orden establecido, (como enseñaba, por ejemplo, Castoriadis). Y la legitimidad no es precisamente el punto fuerte de una constitución que se nos ofreció cocinada desde las élites como única alternativa a la continuación de la dictadura, y que además no ha sido refrendada por la población actual. Por otra parte si la lógica explotadora que marca nuestro tiempo destruye nuestro medio ambiente y conduce a la deshumanización, el camino opuesto pasa por una verdadera democracia, pues esta introduce el criterio humano por encima del productivismo, de la burocracia (pública o privada), de la plutocracia y de la tecnocracia. Una mayor capacidad política de las personas humanizaría la sociedad, y esto permitiría el ejercicio del sentido de la responsabilidad en lugar de enquistarse en una única decisión magnificada precisamente por ser negada, convertida en un conflicto cargado de emociones y en una cuestión de amor propio.

Defensa de la bandera durante la histórica batalla de Chocim

Sin embargo el empuje de la sociedad civil nacionalista en países hiper-desarrollados, que ha decidido ser connivente con sus élites locales en esta aspiración, contrasta con la falta de empuje emancipador. Resulta paradójico que no se reivindique una mayor independencia respecto al sistema productivo que nos oprime a diario como principal aspiración una vez que se tiene suficiencia económica mientras se magnifica el problema de la dependencia territorial. Creo que ambas cosas tienen un origen cultural -pues no es la necesidad lo que está en esta forma de motivación- anclado en la modernidad. Dos tercios de los ciudadanos de estos países viven -vivimos- en cierto modo como niños mimados gracias a la explotación ambiental y esclavista de tierras lejanas. La competencia abusiva entre territorios es una seña de identidad de nuestro tiempo y está en su ADN, ya diseminado como una planta transgénica por todo el mundo, (y por supuesto, no sólo entre los separatistas). Todos utilizamos ese marco para analizar los problemas globales y cómo nos afectan localmente, y utilizamos ese mismo marco para intentar resolverlos. Esto no es una auto-acusación sino un problema también para nosotros; un problema que impregna a la sociedad de una lógica economicista y explotadora que nos angustia.

Para entenderlo hay que analizar la marca psicológica que supone crecer como niño mimado o privilegiado por su origen (aun aceptando que no es más que un estereotipo que no se cumple tal cual en cada persona). Esta condición social no implica sólo una ventaja sino también una debilidad de carácter que hace a las personas dependientes y temerosas de perder esa prebenda de origen que ha facilitado su vida, o bien las lleva a la ansiedad por no poder lucir mejor en el ranking de los privilegios que ha marcado su psique. Así se entiende que incluso en las sociedades opulentas tenga tanto peso el argumento de la discriminación económica, también entre territorios, dando alas al nacionalismo (y cadenas para su negación al centralismo): en algunos casos la independencia podría optimizar mejor el desempeño patrio en una globalización económica que favorece a las zonas y a las personas más ricas gracias a la fragmentación política.


Por supuesto, el peso de la cultura local -a menudo menos "diferente" de lo que se quiere hacer ver- juega un papel en el reclamo nacionalista: es el uso utilitario de la misma por parte de las élites para lograr la seducción de masas que todo movimiento social necesita y del que estas élites serán las principales beneficiarias. Lo que ofrece el nacionalismo desde sus orígenes burgueses es un paliativo acomodaticio para el sentimiento de desarraigo propio del individualismo materialista promovido por esa misma burguesía desde los albores de la modernidad. No es que esa cultura local no exista ni merezca la pena ser preservada. Todo lo contrario. Pero como decían en este comunicado de la CNT de Vilanova i la Geltrú (que data de 1983), "[el patrimonio cultural] pertenece a la sociedad civil, y el nacionalismo es una creación del poder político separado de la sociedad civil." 

Por otro lado el nacionalismo aísla quirúrjicamente las diferencias culturales para sublimarlas en forma de esencia idealizada invirtiendo así el sentido de nuestra naturaleza cultural. Como también se dice en el texto anterior: "Si la cultura no es otra cosa que la superación de los procesos naturales que forman el proceso vital del hombre, es, en su esencia interna, en todas partes la misma a pesar del número siempre creciente y de la diversidad infinita de sus formas especiales de expresión. No hay culturas cerradas que entrañen las leyes de su propio origen. Lo común que sirve de base a toda cultura es infinitamente más grande que la diversidad de sus formas exteriores."

Y es que, al igual que ocurre en la relación entre economía y ecosistemas, la cultura no se da en el vacío, y de hecho, para lograr una menor insostenibilidad y cierta emancipación necesitamos, entre otras cosas, un cambio cultural simultáneo en casi todos los lugares del planeta de acuerdo a nuevos parámetros; una nueva hegemonía que no alcance sólo a las formas de consumo y a los hábitos de vida sino también a las apuestas políticas. Esta racionalidad ecológica no estaría reñida con la diversidad, como si ocurre con el absolutismo de la racionalidad económica liberal, que desde la idealización del estado-nación implanta en cada patria los mismos hábitos comerciales que igualan el mundo más allá de los días de folclore. Por contra, una valoración más realista de nuestra ecodependencia y de nuestra interdependencia fomentaría la diversidad en convivencia al revalorizar el localismo y al reconocer los límites de la razón. A pesar de todo lo que creemos saber, nuestra ignorancia es de proporciones "trascendentes" y haríamos bien en hacer prevalecer el principio de precaución junto al respeto a las diversas creencias sobre lo que no podemos conocer.

 
En principio la reivindicación nacionalista es la demanda de un cambio que por sí mismo no cambia nada dentro del colectivo que se independiza, pudiendo seguir tan alienado, insostenible y desigual como antes. Pero, volviendo al argumento iniciado más arriba, la globalización económica favorece a las regiones que, siendo ricas, se mantienen al margen de compromisos políticos con el resto del mundo mientras compiten sin restricciones en un mercado global que no cuestionan. Un síntoma de esto es que resulte más fácil hablar de independentismo o de patriotismo de cualquier bandera que hablar de aranceles o de relocalización económica o de impuestos pigouvianos sobre el transporte, sobre la destrucción ambiental lejana o sobre el esclavismo (sin muros que detengan su aprovechamiento). Interiorizado el marco de la competencia como patrón para la actividad humana, la posible ventaja sobre los demás acaba prevaleciendo sobre otras reivindicaciones.

El nacionalismo logra así dividir (o engañar) a la población como ya ocurriera en la Primera Guerra Mundial, cuando la Segunda Internacional quedó relegada en favor del patriotismo popular. Seguimos sin novedad en el frente por mucho que cambien los vencedores. Pero la universalización de una lógica patriótica, crecentista y competitiva está generando también problemas uniformes que sólo tendrán solución desde acuerdos políticos transnacionales para apostar por una relocalización económica cooperativa.

Los planteamientos de la izquierda decimonónica no pueden enganchar ya a la mayoría de la población de las regiones más insostenibles del planeta, bien nutrida y ahíta de distracciones a demanda. No es un problema de suficiencia económica. Y estos partidos acaban entrando con matices en el juego del neoliberalismo imperante, relegando el internacionalismo, o bien obtienen sólo el voto de la minoría excluida. Sin embargo eso no quiere decir que no exista un problema de explotación incluso entre los empleados mejor pagados. No es raro escuchar entre estas personas que cambiarían con gusto parte de su salario por más tiempo libre y sosiego, y sin duda esta sería una reivindicación más potente si tuviera un engarce político explícito y desarrollado, (como podría ser el fomento y la protección de las excedencias y las reducciones de jornada voluntarias entre otras medidas). Pero esto exige plantarse frente a la globalización económica que impone la máxima competitividad a cada estado-nación, (grande o pequeño).

Si a esto unimos el problema de la insostenibilidad de este modelo y la represión económica ejercida sobre ese otro tercio de la población que subsiste precariamente o en la exclusión social, (a su vez infundiendo ansiedad economicista o posicional al resto), podremos ver que tenemos nuevos motivos y que necesitamos nuevas herramientas para reivindicar una cambio transnacional a favor de la vida, a favor de la emancipación humana como parte de ella, a favor de la autonomía y de un bienvivir auténticos.

Si bien la lógica de las economías de escala ha elevado el productivismo a su máxima expresión, deberían ser ya evidentes los "efectos secundarios" suicidas, la desigualdad y la dominación que impone esta lógica. Por ello el nuevo paradigma a extender por el mundo tendría que incluir un cuestionamiento de la escala tanto en el ámbito corporativo como en la concentración del poder político o en la posibilidad de acumular patrimonio (que también implica poder político). Pero decidir con autonomía desde abajo y en ámbitos locales, (a escala humana), no tiene por qué llevar a la desconexión, a la irresponsabilidad sobre problemas comunes o a la ausencia de compromisos transnacionales vinculantes. La cuestión es, volviendo al inicio, cuál es la legitimidad de esos compromisos (que ahora nos imponen desde las élites corporativas), y no tanto el grado de independencia entre territorios. De hecho, como hemos visto, la independencia política puede ser perfectamente connivente con la explotación internacional. La soberanía plena es al planeta lo que la propiedad privada a la vida en sociedad. Es necesario enmarcarla legalmente en unos límites de uso que preserven el interés público y la inclusión, (desde el color de la fachada o el humo del tabaco hasta los impuestos), y la cuestión es extender esa lógica a la responsabilidad colectiva de cada pueblo.

Podemos encontrar inspiración para este cambio de paradigma en la reflexión llevada a cabo por una parte de los kurdos que han evolucionado en su posicionamiento teórico desde el nacionalismo al confederalismo democrático. Extraigo unos párrafos del siguiente artículo que lo explica:

"Varios años antes, tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, el PKK había comenzado a reflexionar de manera crítica sobre el concepto de Estado-nación. Ninguno de los territorios tradicionales de los kurdos era exclusivamente kurdo. Por tanto un estado fundado y controlado por los kurdos automáticamente acogería grandes grupos minoritarios, creando el potencial para la represión de las minorías étnicas y religiosas del mismo modo que los propios kurdos fueron reprimidos durante muchos años. Como tal, un estado kurdo tendería a ser visto como una continuación del problema existente en la región más que como una solución al mismo.
Por último, después de haber analizado la interdependencia del capitalismo y el estado-nación, por un lado, y entre el patriarcado y el poder estatal centralizado por el otro, Öcalan se dio cuenta de que la libertad y la independencia reales sólo podrían llegar una vez que el movimiento hubiera cortado todos los lazos con estas formas institucionalizadas de represión y explotación...: "La tarea consiste en apoyar el desarrollo de una democracia desde abajo... que tenga en cuenta las diferencias religiosas, étnicas y de clase en la sociedad ".
...

Una confederación auto-organizada de municipios, trascendiendo las fronteras nacionales y los límites étnicos y religiosos, es el mejor baluarte contra la usurpación incesante de las potencias imperialistas y las fuerzas capitalistas."

Una nota sobre el pueblo kurdo. Desde mi punto de vista, los kurdos de los diferentes territorios que habita este pueblo parten de situaciones y de motivaciones muy diferentes a las que se dan en los nacionalismos occidentales. Aunque una parte de quienes promueven estos últimos, por ejemplo en Cataluña, compartan el ideario anterior, contrario a la globalización neoliberal, no es el caso de la mayoría de ellos.

Y una nota a favor de los niños mimados. No son pocos los burgueses ilustrados que a lo largo de la historia supieron relegar sus preocupaciones económicas en favor de todo tipo de pasiones personales, colectivas o políticas. Este me parece un camino importante para la transformación social.

Para terminar dejo los enlaces a la serie de entradas de este blog en las que planteé el problema de la globalización y la posible salida a la misma:


lunes, 18 de septiembre de 2017

Quien controla los símbolos lo controla todo

El Antiguo Egipto alcanzó su cenit a la sombra de las pirámides, por su parte Roma floreció como Imperio universal, un concepto novedoso para su tiempo. Durante la Edad Media la vida giraba en torno a las catedrales. En el tiempo que nos ha tocado vivir ya no hay dioses que madrugan con el sol para recorrer el cielo a su paso en carros dorados, tampoco hay dioses uno y trino, pero el hecho de que la Ilustración rompiera aparentemente con el catolicismo no implica que en Occidente Dios haya muerto, sino que más bien los símbolos han mutado para mantener la misma esencia.

Hay pequeñas diferencias. Si en el pasado Dios enviaba una catástrofe que arrasaba una o varias poblaciones porque estaba enfurecido por la acción de los humanos, hoy día podemos asistir en los medios de prensa a cómo "los mercados se inquietan", o "los mercados están nerviosos", o "los mercados caen por la acción política". Incluso cuando se habla sobre enfermedades y retos para la salud pública en los telediarios, la magnitud de los mismos se valora en términos puramente económicos, del tipo "cada paciente con cáncer le cuesta 100.000 euros al Estado".

En el lenguaje de los medios de comunicación asistimos, además, a un interés desmedido por tratar las cuestiones económicas como científicas. Así nos basamos en un modelo neoclásico completamente obsoleto cuya base da por descontado que los recursos son infinitos y el crecimiento puede ser exponencial, contra toda lógica física y racional |1|, ningún medio se plantea más allá de un documental de tarde de domingo el ritmo frenético y desenfrenado de consumir 2.700 litros de agua para producir una sola camiseta |2| pero se avanza a martillazos en el lenguaje de "intervenir con soluciones quirúrgicas" en la economía griega o la Eurozona, además de insistir al consumidor en "el que no es tonto compra más porque compra más barato".

Los propios adeptos del liberalismo, la religión de moda en nuestro tiempo, entran en flagrantes contradicciones con frecuencia. En una reciente entrevista que Pablo Iglesias hizo a Antonio Escohotado |3|, éste se vanagloriaba de cómo descubrió que "la mano del libre mercado nos favorecía" durante su estancia hippie en Ibiza, para apenas veinte minutos después proclamar "yo odiaba el comercio, hasta que empecé a escribir Los enemigos del comercio", ya entrado el siglo XXI |4|. Como también se contradice al atribuir a ideologías opuestas a la suya los mayores crímenes contra la humanidad, descartando su posible aplicación, al tiempo que define como "agua derramada con la que ya no se puede hacer nada" al lanzamiento de dos bombas atómicas sobre población civil en Japón.

Pese a la fachada de intelectualidad y racionalidad con la que la prensa presenta a la religión política liberal, sus raíces no dejan de ser la de los esclavistas y racistas que tenían una fe protestante acorde al pensamiento anglosajón, la misma que organizó y financió lo mismo las guerras del opio, |5| que la limpieza étnica en Medio Oriente mucho antes de la llegada del nazismo |6|.

La cuestión no es si la religión política liberal tiene postulados ciertos o erróneos, sino de que lleve el control del debate y todo lo que se trate en las tertulias televisivas, radiofónicas, libros o blogs gire en torno a su discurso. ¿Acaso el liberalismo ofrece una metafísica a la gente común y corriente y el resto de ideologías y religiones políticas |7| |8| no? No importan las contradicciones en las que caen en media hora, ni que sus dogmas establezcan falsedades como que el comportamiento del ser humano es racional, sobre todo como consumidor, lo importante son los símbolos; así al criticar sus dogmas uno pasa a ser hereje "antisistema" - partidario del caos y la destrucción en lenguaje llano - o sencillamente odia al comercio. Poco importa que en los tiempos del franquismo alguien pudiera comprarse un camión y ya era transportista, mientras que hoy día tiene que comprar el camión, pagar más tasas e impuestos a través de cursos inútiles para la profesión pero rentables para proteger a las grandes empresas logísticas evitando competencia por abajo, como tampoco importa el hecho de que la neurociencia lleve más de medio siglo mostrando cómo el comportamiento del ser humano es irracional |9|.





|1| https://crashoil.blogspot.com/2017/07/siervos-de-entropia.html
|2| https://autonomiaybienvivir.blogspot.com/2015/03/teresa-belton-y-su-analisis-sobre-la_16.html
|3| https://www.youtube.com/watch?v=SkO42kwNg_0
|4| https://www.casadellibro.com/libro-los-enemigos-del-comercio-i-historia-de-las-ideas-sobre-la-propi-edad-privada/9788467029772/1228569
|5| http://modernfarmer.com/2014/02/old-time-farm-crime-opium-wars/
|6| https://crimesofbritain.com/2016/09/13/the-trial-of-winston-churchill/+
|7| http://www.tendencias21.net/El-filosofo-John-Gray-denuncia-el-secularismo-fundamentalista_a2221.html
|8| https://autonomiaybienvivir.blogspot.com/2016/08/la-felicidad-segun-schumacher.html
|9| http://neurosciencenews.com/top-2016-neuroscience-articles-5842/




domingo, 5 de marzo de 2017

¿Son los estibadores españoles unos privilegiados?

Se suceden grandes titulares en la prensa española y telediarios abiertos hablando sobre el conflicto que los estibadores españoles mantienen frente al Gobierno que trata de aplicar las reformas de liberalización impuestas desde la Unión Europea.

La prensa española insiste en presentar a los estibadores como unos privilegiados que tratan de mantener, de forma egoísta, su buena calidad de vida frente al resto de la clase trabajadora del Estado.

En realidad la estrategia que están aplicando los grandes bancos privados, propietarios de los medios de comunicación españoles, ya se hizo en la Revolución Conservadora de Margaret Thatcher a principios de 1980, pero en lugar de los estibadores, contra los mineros. Y conviene recordar cómo se hizo para no repetir los mismos errores.

En 1979 los conservadores británicos invirtieron en una multimillonaria campaña publicitaria cuyo lema fue: «El laborismo no está funcionando», ya que según ellos el hecho de que Reino Unido superara el millón de desempleados era la demostración palpable de que el modelo socialista había fallado estrepitosamente. Pocos años después, en plena Revolución Conservadora, el desempleo llegó a los cuatro millones.

¿Por qué la gente no asumió entonces que el conservadurismo había fallado y no era útil ni necesario |1|? ¿Por qué hoy día en la España del 90% de contratos temporales |2| la gran mayoría social sigue respaldando las políticas conservadoras que no han resuelto los problemas que amasó la socialdemocracia?

Tradicionalmente el sentido común nos inclina a que una tasa alta de desempleados supone una amenaza para la paz social e incluso un peligro para los muy ricos. Esta ha sido al menos la concepción que tuvieron los conservadores pero que se rompió a partir de la Revolución Conservadora de Thatcher, cuando se comprendió al fin que los desempleados, lejos de suponer una amenaza a los grandes capitalistas, son un rebaño sumiso y dócil, aterrorizado ante la amenaza de no percibipr ningún ingreso, dispuesto a ceder ante cualquier presión salarial a la baja o endurecimiento de condiciones laborales. Geoffrey Howe, el exministro de Finanzas de Thatcher lo reconoció en una entrevista a Owen Jones |3|, «gracias a las medidas de reforma laboral que implementamos los sindicatos aprendieron que era absurdo seguir comportándose como lo estaban haciendo y cedieron para que pudiéramos aplicar nuestro programa».

Hay incluso quien lo ha proclamado a los cuatro vientos sin disimulo alguno, como el exministro del Tesoro, Alan Budd, quien reconoció en varias comparecencias públicas que el gabinete thatcheriano rápidamente supo que las medidas reformistas adoptadas no eran útiles para reducir la inflación pero sí lo eran para subir el desempleo, algo que era imprescindible para mentalizar a la clase trabajadora británica de que no había otra alternativa que someterse a sus exigencias.

LA MEDICINA CONSERVADORA: PODER PARA LOS FINANCIEROS


Además de disparar la tasa de desempleo para pastorear mejor a la clase trabajadora, las medidas thatcherianas estuvieron orientadas al empoderamiento de los poderes financieros, dando vía libre a la especulación monetaria. Con estas reformas la City pasó a ser el centro de la economía británica y las manufacturas se derrumbaron. ¿Cómo lo hicieron? Al poder especular con las divisas, la libra se disparó y esto fue un tiro en el estómago de las exportaciones ya que pasaron a ser mucho más caras. Así en cinco años de gestión thatcheriana ya habían desaparecido un tercio de las empresas manufactureras. A través de la especulación con la libra la inflación se disparó al 20% y las tasas de interés ascendieron al 17%, lo que encareció los préstamos bancarios y puso el último clavo en el ataúd de la industria manufacturera y en decenas de miles de pequeñas empresas, no así con las más poderosas que pudieron capear el temporal de la crisis y además salir muy reforzadas años después al haberse quitado mucha competencia.

LA VENGANZA CONTRA LOS SINDICATOS


¿Por qué Margaret Thatcher puso en el punto de mira a los sindicatos y no paró de combatirlos hasta destruir su poder? Volvemos a Geoffrey Howe, el exministro de Finanzas de Thatcher, quien tiene claro que su gobierno no fue sino la continuación del de Edward Heath, fugaz primer ministro entre 1974-1975, tuvo que abandonar al ser derrotado tras una huelga nacional de mineros. Por ello el único objetivo de Thatcher ya en el poder habría sido destruir el poder sindical como una pura venganza tras lo ocurrido a su antecesor.

DIVIDE ET IMPERA


Pero más allá de la venganza había otros motivos de importancia. Los mineros se habían convertido en el colectivo más fuerte de defensa de derechos laborales en el Reino Unido en el siglo XX. Incluso la única huelga general del Reino Unido se declaró para apoyar a ese sector en 1926. Si los mineros convocaban una huelga podían llevar al colapso a todo el país al dejarlo sin suministro energético. Al deshacerse de los mineros, Thatcher sabía muy bien que ya ningún sindicato ni sector laboral podría poner en peligro su modelo de sociedad.

El modelo laboral vigente durante el siglo XX dice mucho acerca de la estructura de la sociedad británica. Así Chris Kitchen, líder del Sindicato Nacional de Mineros, explicó a Jones cómo «las comunidades estaban llenas de vida, pero entorno a la mina. (...) No veías a chavales que se desmadraran el fin de semana. No cabreabas a un viejo, porque podía ser el mismo al que confiabas tu vida en la mina».

El plan de cierre de minas de Thatcher fue presentado en 1984, y a partir de entonces empezaron a estallar espontáneamente huelgas en varias minas, que se extendieron por todo el país. Pero pronto aparecieron las divisiones, porque los mineros de Nottingham shire, uno de los colectivos más importantes del país, rechazaron participar en una huelga nacional ya que no veían en peligro sus puestos de trabajo.

Se sucedieron batallas campales por todo el país, como la de Orgreave, el 18 de junio de 1984. Allí 6.000 mineros intentaron bloquear una coquería y se toparon con cientos de policías, que no dudaron en cargar contra ellos. Al poco se abrió juicio contra los piqueteros detenidos, que al perder tuvieron que pagar cientos de miles de libras en compensaciones.

La huelga terminó sin éxito el 3 de marzo de 1985. La prensa británica se había encargado de hacer su trabajo: Criminalizar a los mineros como un sector muy privilegiado y poco dispuesto a trabajar duro, además de violento. Entretanto el Partido Laborista no apoyó la huelga nacional argumentando que los mineros no habían convocado votaciones, de igual modo actuaron otros sectores de trabajadores. Thatcher consiguió arrodillar al sector más importante de la clase trabajadora británica, su programa tenía vía libre para revolucionar Reino Unido e influir decisivamente al resto de países.

CÓMO CAMBIÓ LA SOCIEDAD


El historiador David Kynaston analizó el ambiente británico posterior a la fallida huelga nacional de los mineros: «Sencillamente la gente empezó a pensar que la vieja clase trabajadora ya no tenía poder ni influencia para cambiar nada, un cambio enorme en la forma de pensar. Había gente que vivía en barrios residenciales de clase media que estaba a favor de los mineros, pero de repente fue como que dejaron de tener importancia y todos les dieron de lado».


|1| Soledad Gallego-Díaz para El País, (1983), Grave deterioro de la economía británica desde 1979.
|2| Jaime Llinares Taboada para El Economista (2016), España es la subcampeona de Europa en temporalidad en el empleo.
|3| Owen Jones (2012), Chavs: La demonización de la clase obrera.

lunes, 20 de febrero de 2017

El cubo y la ola

La película Cube se estrenó en 1997, poco antes de que alcanzaran su momento culminante las protestas contra la globalización. Quizá este ambiente inspiró su diálogo central. El planteamiento de la película es el siguiente: varias personas despiertan dentro de una estancia cúbica sin saber cómo han llegado hasta ese lugar y sin conocerse. La estancia comunica por todas sus caras con otros cubos que a su vez llevan a otros. Tratan de salir al exterior pasando de cubo en cubo pero algunos cubos esconden trampas mortales. En el siguiente diálogo uno de los personajes revela que, por su trabajo, sabía algo sobre esa construcción en la que están atrapados... pero no todo.


Lo que describe el personaje recuerda a lo que ocurre con la globalización. Un número creciente de personas viven hoy día forzadas a relaciones impersonales en empleos especializados en los que se limitan a cumplir con una función parcial y a los que no ven un sentido profundo que puedan comprender y sobre el que puedan decidir. Tampoco es posible cuestionar la finalidad general en la que se insertan esos trabajos. Y la misma lógica de limitación de la capacidad de decidir se aplica a los propios parlamentos nacionales, ahora reos de una integración comercial chantajista que dicta sus órdenes políticas en nombre de impersonales mercados como si estos generaran automáticamente leyes racionales y democráticas.

Los mercados, sobra decirlo, están determinados por el poder del dinero y de quien lo detenta. Los índices bursátiles no reflejan la evolución de la opinión pública como si el valor de una acción fuera el voto de una persona. Y este poder del dinero en los mercados indica que existen responsables de la globalización muy interesados en ella. Pero estos responsables también actúan de un modo fragmentario, sin una gestión conjunta que velara por que la injusta y antidemocrática maquinaria que han construido fuera al menos gobernable y no adquiriera un rumbo propio que puede acabar con todo. Simplemente se confía en una lógica, "funciona bajo la ilusión de un plan maestro" al que seguimos por las expectativas que proporciona a pesar de que hoy día está bastante generalizada la conciencia de que "estropeamos el mundo". La doctora -la mujer rubia que habla en este diálogo- no carece de razón al señalar a unos responsables concretos, pero la maquinaria global ha sido diseñada precisamente para que no pueda ser controlada, poniendo mucho celo en que las reglas queden al margen del control humano una vez acordadas en tratados o instituciones independientes -sin "injerencias" políticas, dicen-, se ha vuelto una lógica deshumanizada e ingobernable. ¿Por qué los parlamentos no pueden poner límites ambientales efectivos aunque restrinjan el crecimiento, o límites sociales frente a la exclusión social a pesar de que ya producimos mucho más de lo necesario para cubrir las necesidades materiales de todos? ¿Cómo hemos llegado a este punto? "La razón por la que estamos aquí es que todo está descontrolado"... y así seguirá a menos que decidamos dejar de confiar la política a la lógica del interés individualista, o lo que es lo mismo, a la lógica autómata del mercado global autorregulado.

Cuando el mercado autorregulado hizo su aparición en el seno de las naciones y pasó a ser la principal institución económica fue engullendo la organización social previa, y con ello alcanzó la relevancia de un régimen político. El mercado trataba a las personas como meros inputs a explotar del modo más eficiente, tomando los medios de subsistencia en forma de salarios como costes a reducir, y tomando la naturaleza como recurso cuyo agotamiento futuro no se considera en las fórmulas. Esto llevó a exigir de los estados y de su legislación mecanismos de compensación por la nueva y cruel dependencia de un mercado. Pero la expansión supranacional del mercado ha hecho trizas la capacidad política de los propios estados, ahora dependientes de los criterios mercantiles privados. Si la dependencia del mercado libre ya pone difícil cualquier tentativa de frenar sus diversas formas de explotación, so pena de obstaculizar su funcionamiento, la subordinación de las naciones a un mercado que las trasciende hace perder toda esperanza de poder reconducir sus externalidades. Por su mera existencia, la globalización impide la racionalidad democrática y es ciega a los intereses a largo plazo o a los limites ambientales. Urge revertirla desde el mismo corazón financiero de su concepción, que como un virus, mata al huesped que lo aloja.

En este contexto y ante las consecuentes crisis, el aumento de la desigualdad y la precarización del trabajo asalariado, no debería resultar extraño que la perplejidad y la confusión generalizadas lleven a los votantes a optar por una reacción de pura ruptura con el mecanismo global apoyando a quien la prometa. Las protestas contra la globalización antes citadas, lideradas por la parte más consciente de la sociedad, fueron ignoradas, y ahora se están pagando las consecuencias. Gran parte de la izquierda fue partidaria o connivente con la globalización, quizá engañada por un legítimo espíritu universalista pero que en este caso no tenía nada que ver con el internacionalismo de clase sino con una integración comercial al servicio de las élites. Y los principales sindicatos se acomodaron en la gestión de acuerdos en las fábricas patrias y carecieron del empuje cultural y de la ambición globalizadora que sí mostraron los propietarios neoliberales. En consecuencia es la derecha nacionalista la que ahora está recogiendo el descontento en muchos países desarrollados.

¿Qué implicaciones tiene este giro político? De entrada es necesario apreciar el nacionalismo económico por cuanto reduce la insostenibilidad debida al descomunal movimiento de mercancías así como la dependencia económica del incontrolable entramado comercial global. Sería deseable llevar aún más lejos una relocalización de la producción dentro de los propios estados en la medida de lo posible, (algo a lo que podrían contribuir las pujantes tecnologías de fabricación distribuida y a demanda si se insertaran en otra lógica económica, o las cooperativas de consumo agroecológico por poner algún ejemplo de la economía solidaria). En este sentido, es grato constatar que los tratados comerciales y las instituciones económicas supranacionales no son aún intocables y pueden deshacerse. Además, los parlamentos nacionales son las únicas instituciones políticas que, a día de hoy, y si recuperaran su poder librándose del chantaje de los mercados, podrían recoger la expresión de la voluntad democrática y ponerla de nuevo por encima del condicionamiento económico de los mercados.

Pero aquí nos encontramos con otro peligro. Como ya ocurriera en el pasado, una involución nacionalista que no distinga los males de la globalización y que se limite a negar todo universalismo llevando a un repliegue de las poblaciones identitario, sectario y competitivo, puede traer consecuencias aun peores. Porque nacionalismo puede no significar simplemente una forma de recogimiento económico y político sino una apuesta por el encumbramiento de la nación propia sobre las demás en los rankings económicos, (aunque esto suponga una mayor degradación ambiental dentro del territorio, la explotación entre naciones y el deterioro de la convivencia), o incluso una más idealizada apuesta por la supremacía de la patria de cada cual. 

Para ilustrarlo podemos acudir a otra película, en este caso basada en un experimento real. Se trata de La ola, (2008). (Existe una adaptación previa de 1981 para la televisión). El argumento es el siguiente. En un curso de una semana para explicar qué es la autocracia el profesor decide simular la creación de un movimiento fascista. Aparentemente ninguno de los participantes, adolescentes de la parte acomodada del mundo, tiene motivos claros para sentirse atraídos por algo así. Pero el experimento acaba revelando una necesidad de pertenencia grupal que tienta a muchos de ellos, incluido el propio profesor, convertido en el líder del movimiento, y esto les lleva a tomárselo en serio más allá del curso.


En la versión de 2008, llama la atención lo mal parados que salen los anarquistas en la forma de ser representados en la película, empezando por el profesor, que en realidad quería dar el curso de anarquía y acaba seducido por su propio experimento de autocracia revelando un carácter autoritario. Y las ideas del movimiento que llaman La Ola son de izquierda antiglobalización, aprovechando la escandalosa desigualdad de nuestros días, esa flagrante injusticia que no ha hecho sino aumentar en las últimas décadas. Conociendo la manipulación ideológica habitual en el cine moderno, diría que es algo intencionado, para desacreditar estas tendencias ideológicas. Además, para conformar su movimiento, el profesor apela a un espíritu comunitario novedoso para los participantes, y que a la postre también queda en mal lugar, como algo peligroso.

Pero cabe hacer una segunda lectura: cuando el profesor instrumentaliza ese espíritu comunitario desconocido para los alumnos, y que parece despertar algo ilusionante en ellos, está delatándose una carencia de nuestro mundo. Nuestra civilización no da respuesta a aquello para lo que estamos naturalmente constituidos, y como en toda represión, la desinhibición puede arrollar la psique humana de una forma desequilibrada. (Algo que, por cierto, también trata de explotar el coaching empresarial). Esa falta de ese sentido comunitario en la vida cotidiana, el desarraigo cultural y el desamparo propios de la expansión de los mercados como institución hegemónica de la sociedad, (primero a escala nacional y ahora globalmente), pueden acabar haciendo atractivo un movimiento autoritario que apele a la protección desde sentimientos de identidad y pertenencia excluyente en competición con el resto del mundo.

Esta es la reacción que está detrás de los nacionalismos emergentes en los estados opulentos que tratan de atrincherarse competitivamente frente a la desprotección y los daños sociales propios de la globalización cuando estos han empezado a generalizarse, (a pesar de que han sido las élites de estos estados las que han desestabilizado el mundo con la imposición de sus políticas globalizadoras y de sus intereses desde hace mucho tiempo). No hay un movimiento popular fascista detrás del apoyo a los actuales líderes nacionalistas ni estos proponen una autocracia, pero comparten y promueven valores que nos acercan a esa forma de ver el mundo. Quien no crea que esto puede ir más lejos quizá no habría creído que Hitler podía llegar tan lejos considerando sólo sus primeros años de relativo éxito.

¿Y acaso estos partidos de derecha no van a defender el poder global de sus élites patrias? El carácter primario y excluyente del ideario nacionalista con el que se está reivindicando esta relocalización, marcada por la primacía -América first- y no sólo por los argumentos racionales contra la globalización, puede acabar desembocando en un mayor deterioro de la convivencia global, y en una mayor indiferencia hacia los límites naturales del crecimiento económico. El nacionalismo se encuentra ante la misma encrucijada planetaria que también la izquierda desprecia. Tal y como se proponen hoy día ambos movimientos, sólo buscan ser una alternativa para crecer con más fuerza o para renovar esa expectativa.

La ausencia de una estructura de reglas para la gobernanza internacional, dejando esta al albur de la razón de estado, (de cada estado), lleva a las relaciones internacionales la lógica individualista que el sistema de mercado requiere de todos nosotros pero ahora adoptada por los estados como agentes económicos. El egoísmo nacional de este no-sistema facilita que tarde o temprano pueda producirse una ruptura de la convivencia pacífica, (como ocurrió con la ruptura del concierto europeo a principios del siglo XX). Dada la necesidad de alimentar el mercado del que depende la sociedad también dentro de las naciones, la paz pasa a ser algo secundario. Y en cualquier caso, este comportamiento nacional acabará desbaratando los recursos de uso común a gran escala -atmósfera, océanos, biodiversidad- amplificando así la habitual tragedia del mercado como principio gestor de los bienes no regulados.

Podemos citar varias noticias que apuntan en esta dirección, aun de modo incipiente: la amenaza del Reino Unido de convertirse en un paraíso fiscal, la tensión surgida entre EEUU y México, Irán o China, el negacionismo sobre el cambio climático, el nuevo impulso de las tuberías de gas y petróleo que atravesarán los EEUU, una creciente y desinhibida xenofobia.



Tanto la globalización como el nacionalismo se centran en la rivalidad; son dos formas de competir y beben de ese mismo principio, (y en realidad ambas han continuado actuando en el pasado reciente sólo que con distinto énfasis, como muestran las guerras geoestratégicas y por los recursos). En ambos casos se busca jugar mejor una partida que, en el esfuerzo por ganarla, se supone traerá beneficios para toda la sociedad, (al menos la propia). Pero, como ocurre en el caso de la educación, el énfasis en la competencia lleva a elegir el camino más fácil para pasar la prueba a corto plazo, no el que aporta mayor comprensión o calidad en el desarrollo. En el caso que nos ocupa, el juego de la competencia nos lleva a elegir caminos que no tienen en cuenta ni el equilibrio social, ni el internacional ni la sostenibilidad; nos lleva a elegir el camino que sólo sirve para intentar pasar una prueba posicional en un sistema de valoración disfuncional.
 

¿Cómo construir una buena alternativa a la globalización, una sostenible, inclusiva y cooperativa en lugar de una explotadora, excluyente y que promueve la rivalidad?

Lo primero que deberíamos tener en cuenta es que las condiciones sociales no determinan nuestro comportamiento pero lo condicionan decisivamente. No es tanto una cuestión de causa-efecto pura y dura como de probabilidades. Podemos citar en este sentido otras experiencias equiparables a las de La ola, como el Experimento de Milgram o el de la cárcel de Stanford. Por eso es importante prever qué tipo de conducta promueve cada ordenamiento legal, cada estructura de incentivos y de poder, cada forma de concebir las relaciones internacionales o incluso los propios discursos de las personas con relevancia pública. ¿Hacia qué apuntan los discursos de Trump y de los nacionalistas europeos? ¿Hacia dónde los discursos de los economistas globalizadores?

Con la globalización, la megamáquina de Mumford se ha liberado de una cúspide que pueda identificarse fácilmente, y en este entorno deliberadamente inseguro y relativista, la ansiedad se traduce en un profundo deseo de algoritmos eficaces que ordenen la conducta y que nos resuelvan los problemas. Cuando esto falla y la compleja construcción empieza a causarnos daños, el mismo miedo -ese miedo a la libertad que describió Fromm- lleva a buscar el auxilio de líderes autoritarios. Pero este giro en las elecciones recientes permite comprobar que todo depende, al menos en  parte, de lo que promovamos colectivamente. También podríamos tomar las riendas de una forma más activa y cooperativa en lugar de confiar en algoritmos con desconocidos efectos secundarios o en liderazgos fuertes. Y por eso es importante definir los objetivos a los que convendría apuntar, o lo que no es muy distinto, elegir de qué modo nos organizaremos para avanzar hacia el incierto futuro.

Deberíamos evitar tanto el peligro del cubo, donde una estructura concebida racionalmente ha perdido de vista el sentido y la sostenibilidad, como el peligro de la ola, donde las soluciones primarias que parecen aportar sentido abandonan la racionalidad, utilizan la exclusión y renuncian a integrar en su modelo una propuesta de convivencia para todo el planeta, algo imprescindible hoy día por muy complejo que parezca.

Los políticos convencionales y sus medios afines, escandalizados por los éxitos del Brexit y de Trump, y por el ascenso del nacionalismo en Europa, en general se han limitado a hacer alharacas retóricas sin reconocer ningún mal concreto en el modelo de sociedad que tan interesadamente han promovido en las últimas décadas y al cual se aferran. Son aspavientos desesperados que no tienen posibilidad alguna de frenar la tendencia. Es más, ellos la han provocado. Para frenarla sería imperativo reconocer primero las consecuencias de la globalización.

La globalización hace aguas y tratar de salvarla insistiendo en su retórica es en vano. Para proponer alguna alternativa real y razonable es necesario asumir que la rentabilidad de los mercados financieros internacionales no puede constituirse como la piedra de toque de las valoraciones humanas al margen del criterio ético y político de los ciudadanos. Es necesario reconocer que los derechos de propiedad son sólo derechos, y como tales, deben estar sujetos al criterio democrático del que emana la legitimidad de todo derecho. Es necesario asimilar que las condiciones materiales no son lo más importante para nuestra realización personal, una vez superada cierta suficiencia, y que la biosfera, tal y como la necesitamos, no puede asumir un crecimiento indefinido de las mismas. Y es imprescindible definir, proponer y defender un modelo de convivencia planetaria alternativo que no nos deje en manos de la simple lucha por la posición.

El objetivo de esto último no sería tanto una implantación inmediata de este modelo de convivencia como establecer un polo de orientación que pudiera ir ampliando el número de países adeptos a medida que se experimenta con el mismo. Por muy lejano y meramente teórico que pueda parecer un proyecto de convivencia mundial, un modelo de gestión común para lo que nos concierne a todos, explicarlo enviaría un mensaje concreto a las emociones y a las expectativas de quien escucha aunque a la vez propongamos una relocalización de la producción y del poder político: no podemos desentendernos de la convivencia, de la tolerancia a la diversidad y de la gestión de problemas comunes; no podemos apelar a la selección de la nación más apta en un espacio de confrontación y de disposición incontrolada de una biosfera con claros límites, porque con los medios a nuestro alcance hoy día, eso acabaría con todo y con todos.


"Necesitamos algún tipo de re-casamiento de un poder y una política que actualmente viven divorciados."
Charla del recientemente fallecido Zygmunt Bauman en la presentación del documental En el mismo barco

Por lo tanto tendremos que innovar políticamente. La encrucijada inédita en la que se encuentra el planeta así lo pide. Ya no nos sirven los sistemas que degradaron el mundo con su dogmatismo a ambos lados del muro. Ya no nos sirven los muros. Tendremos que retrotraernos a aquellas bifurcaciones que quedaron olvidadas en la historia. Y tendremos que fijarnos en lo que florece en los márgenes. En este blog hemos hablado de algunas de esas alternativas. Y para este caso podemos tomar el ejemplo de un paradigma emergente que responde tanto a la tradición olvidada como a la más excelente y precursora innovación: el procomún, actualmente de plena actualidad en algunos ámbitos, (software y hardware libres, P2P, cultura libre, wikipedia), y a la vez apoyado en una vasta red de tradiciones a lo largo de todo el planeta de las que Elinor Ostrom intentó extraer algunos principios.


“El desafío al que nos enfrentamos es la concepción de nuevas formas de gobierno
que transformen necesariamente la naturaleza de la soberanía del Estado."


"David Bollier. Pensar desde los comunes,
(disponible en el enlace para su descarga y difusión).

El sentido que el autor da a esta frase es que "el Mercado/Estado no es capaz de persuadirse a sí mismo de la necesidad de establecer límites significativos a la actividad comercial que los está exacerbando." Y por tanto, es necesario conceptualizar de nuevo la economía de mercado y el Estado de acuerdo a lo que Michel Bauwens llama una triarquía "que comparte la autoridad gubernamental con el procomún: Mercado/Estado/Procomún". Pero en su planteamiento, Bollier reserva un papel para el estado en el ámbito de los comunes: como administrador fiduciario de los recursos de uso común que por su tamaño "necesitan estar bajo el cuidado del gobierno".  Y cita ejemplos como el Fondo Permanente de Alaska (con el que se financia el único ejemplo de Renta Básica Universal del mundo que lleva décadas funcionando).

Bollier también resalta la necesidad de crear nuevas instituciones:


"Es imposible gestionar de la misma manera los CPR [recursos de uso común] grandes y los comunes de un pueblo pequeño. Por eso se necesita una serie más extensa de sistemas institucionales y reglas legales (una «infraestructura de los comunes»).(...) Esto  nos  traslada  más  allá  de  los  comunes administrados  por  el  Estado,  hasta  dar  con  formas  completamente  novedosas de respaldo estatal para el procomún. (...) El  reto  al  diseñar  esto  consiste  en encontrar un modo de gobernar los CPR al nivel de gestión más bajo posible («subsidiariedad») y con múltiples centros de autoridad. Los niveles del procomún se diversificarían y cada uno se “anidaría” en un nivel más alto de gobernanza, lo cual responde al concepto de «policentrismo», idea que Elinor Ostrom exploró en su obra." (...) "Necesitamos nuevas federaciones en el sector procomún que tengan capacidad de movilización política. Debemos concebir innovaciones legales que brinden al procomún auténtica legitimidad ante la ley."

Pero podemos matizar o complementar esta visión de Bollier partiendo del contexto de globalización en declive que hemos explorado antes. Ese "respaldo estatal" que menciona presupone o requiere la presencia de estados con capacidad política, no lo que tenemos con la globalización. Por otra parte, la posibilidad del proteccionismo, que ahora empieza a emerger, muestra que el Estado sigue pudiendo actuar en sentido opuesto, limitando la actividad comercial y los compromisos internacionales, siempre y cuando la población lo exija. Pero, como hemos visto, desde su independencia el Estado también puede emular un comportamiento "individualista" o free rider en el contexto internacional, o continuar el proceso de cercamiento de comunes que acaba con ellos para inflar las cuentas nacionales. Por tanto la clave para la gestión de los recursos de uso común a gran escala puede pasar por una recuperación de la soberanía que al mismo tiempo reformule el sentido de este término, (como también sugiere Bollier): una soberanía no plena sino consciente de la interdependencia planetaria, (y que por tanto sería más bien autonomía); una soberanía basada en la democracia real y no en cualquier clase de poder dentro del estado; y una soberanía que distribuya su capacidad de actuar entre el estado, el mercado local y los comunes.

Quizá de esta forma, desde unos parlamentos democráticos que hubieran recuperado su capacidad política por encima de los mercados, sería posible, por ejemplo, establecer acuerdos y reglas de gestión compartida por distintos estados inspiradas en el procomún. Así como el paradigma del mercado autorregulado traslada a los estados la lógica del individualismo competitivo y los convierte en agentes (necesariamente egoístas) de un mercado global, podríamos inspirarnos en la lógica de los comunes -que no son bienes sino una conjunción de bienes, comunidad de usuarios y reglas de gestión- para que los estados actuaran como agentes suscriptores de acuerdos internacionales para la gestión sostenible de los recursos de uso común a gran escala o que no se pueden clasificar fácilmente, (atmósfera, pesquerías, biodiversidad, genoma humano, etc.), velando además por la inclusión y la estabilidad de las poblaciones firmantes de los acuerdos. Podríamos plantearnos los sistemas internacionales como un problema de acción colectiva en el que los sujetos agentes son los propios estados. Simplemente no hemos experimentado lo suficiente ni hemos dado con un capital social -en este caso resultante de la interacción entre los distintos países- que tenga éxito en una gestión común policéntrica tanto de la convivencia como del uso de la biosfera.

Pongamos un caso simple: hay que tener en cuenta que algunos de esos recursos de uso común a gran escala están insertos en territorios nacionales pero tienen una afección ecológica de alcance planetario, (como los bosques primarios), por lo que sería necesario llegar a acuerdos de compensación por la no explotación de los mismos y compartir globalmente el coste de su preservación, al igual que dentro de los estados se dota presupuestariamente el cuidado de los parques nacionales insertos en una provincia concreta pero que se entienden como un patrimonio nacional a proteger solidariamente.

Sea como fuere, (a través de nuevas instituciones transnacionales o por medio de acuerdos internacionales), lo que ahora debería estar preocupando hasta la obsesión a todos los países desarrollados o medio desarrollados es cómo proporcionar autonomía a esa gran parte de la humanidad que, si no la obtiene, va a quedar aún más excluida y empobrecida en las próximas décadas por problemas de sostenibilidad, convertida en refugiados climáticos o movilizada como fruto de las guerras por los recursos, y que lógicamente intentará desplazarse para salvarse, como ya ha empezando a hacer, por pura desesperación. Lo que estamos viendo en nuestros días no es una libre circulación de personas en un mundo solidario, equilibrado y tolerante, es una emigración masiva y forzosa, lejos del ideal de cualquiera de los que huyen, y provocada por la política de las principales potencias al servicio de sus corporaciones.

Más allá de la paz (o precisamente para lograrla y preservarla), habría que reivindicar la convivencia, un concepto que apela a la vida, no a un mero estado de la sociedad, y que requiere unas reglas adecuadas para garantizar la inclusión, el respeto y la sostenibilidad por encima de lo que convenga al “dinamismo” de los mercados o a la razón de estado. Todos deberíamos valorar mejor el talento desperdiciado con la exclusión global, talento que necesitamos para la aportación de soluciones comunes. Pero esto requiere dar acceso a la estabilidad vital y al conocimiento a todos los cerebros del planeta. 

Necesitamos una visión para el mundo alternativa, no centrada en la integración de los mercados y en la creación de deuda sino en el desarrollo de políticas públicas acordadas desde parlamentos democráticos para favorecer la autonomía económica de cada pueblo del planeta y para dotar de servicios públicos básicos a toda la humanidad. En lugar de tratados comerciales, necesitamos presupuestos públicos comunes para determinados objetivos compartidos. Necesitamos normas democráticas para la gestión internacional de recursos de uso común a gran escala. Y necesitamos que el comercio esté protagonizado por los estados en lugar de estarlo por las grandes empresas, cuya acción política (a través de lobbies y movimientos de capital) no responde a la democracia sino a una serie de funciones matemáticas que determinan la rentabilidad de sus inversiones y clausuran el sentido de nuestra actividad, (sometida a la lógica de un cubo impersonal). 

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