Escribía
José Ignacio Torreblanca (intelectual ligado a la fundación Juan March, y por
tanto al PSOE) en El País, que Europa se está reconfigurando en torno a dos
ejes, el del nacionalismo y el del europeísmo. Por supuesto, el nacionalismo es
malo, atávico, antiguo, antediluviano. Dentro encontramos izquierdas (Podemos,
Syriza), derechas (Frente Nacional, Pegida, Aurora Dorada) y liberales (UKIP). Por
el contrario, Europa, al menos para países como España, es el cambio: lo
moderno. Y lo moderno, ya sabemos, es sinónimo de bueno, incluso aunque sea
sospechosamente poco democrático. Lo importante es modernizarse, la democracia
es secundaria. Sin embargo, dicho artículo, que se limita a constatar un hecho,
contribuye a oscurecer en lugar de aclarar la situación. Sí, que haya un eje de
la soberanía enfrentado a un eje europeísta es un hecho, no en vano el nuevo
gobierno griego de “izquierda radical” ha pactado con un partido escindido de
Nueva Democracia (el partido que se ha alternado de forma periódica en el poder
con los socialistas griegos, dentro de un sistema bipartidista similar al
español), por considerar que el partido hegemónico de la derecha griega se
plegaba demasiado a los intereses europeos. Lo que une a Syriza con este
partido de derechas es evidente: la defensa de los intereses nacionales frente
a la supeditación de la política nacional a los compromisos exteriores.
Según la narrativa de
Torreblanca, el nacionalismo ¿por qué surge? No nos lo explica, cabría pensar
que surge de forma natural de individuos malvados, cuyo objetivo es sembrar el
odio, retrasar el progreso o dividir a los europeos. Nada más lejos de la
realidad ¿acaso esta situación es imprevisible? No, es un tema del que se ha
hablado largamente, por ejemplo el economista Dani Rodrick en su libro “La
paradoja de la globalización”.
Rodrick nos cuenta que existe un
trilema relacionado con la globalización: no podemos tener democracia,
soberanía nacional e hiper-globalización al mismo tiempo, sólo podemos alcanzar
dos de esos objetivos.
Si renunciamos a la democracia,
lo que tenemos es una dictadura de mercado. Si por el contrario, renunciamos a
la soberanía nacional, lo que tenemos es un federalismo global, es decir, el
poder del estado nación se debe transferir a instituciones económicas globales.
Esto es así porque los mercados necesitan instituciones públicas para
funcionar, pero la competencia ilimitada internacional impone decisiones a los
gobiernos, por ejemplo, la rebaja de impuestos a las transnacionales, o como en
el caso del conocido TTIP que Europa está a punto de firmar con EEUU, renunciar
a cualquier legislación que pueda hacer disminuir los beneficios de las
inversiones de las transnacionales en Europa. Si esas decisiones no son
refrendadas democráticamente, como está ocurriendo en Europa, lo que tenemos es una democracia de
chirigota, sin soberanía. Rodrick nos muestra que históricamente esa
situación suele conducir a una ruptura democrática, como ocurrió en Argentina durante
la crisis que originó el corralito.
Recordemos que Argentina había
abandonado de facto su política monetaria, para crear un marco de confianza
respecto al cumplimiento de los compromisos externos. Finalmente, el pueblo no
refrendó esos compromisos, lo que provocó el impago de la deuda, y cierto
asilamiento de Argentina de la globalización, que quebró sus lazos comerciales
y financieros con algunos países.
La solución que se podría aplicar
a este problema, según la narrativa ortodoxa, son unas instituciones globales
más fuertes, pero se nos presenta el problema de sus representatividad
democrática, ya que una democracia global parece en estos momentos utópica.
Esto nos deja sólo una opción
lógica, quedarnos con la democracia y la soberanía nacional y renunciar a la
hiper-globalización. Se nos dice que esto no es moderno, que no podemos
retornar a la autarquía, pero esto no es más que una caricatura de lo que se propone. La globalización limitada no es el
retorno a la autarquía, sino refrendar el derecho de los países a defender sus
propias regulaciones e instituciones, y a establecer acuerdos internacionales
que regulen la interacción de las instituciones nacionales. Esto no es nuevo,
también ha sido planteado antes, por
ejemplo por el economista ecológico Herman Daly
La globalización, considerada por muchos como la ola inevitable del futuro, se confunde a menudo con internacionalización pero es, de hecho, algo totalmente diferente. La internacionalización se refiere al incremento de la importancia del comercio internacional, las relaciones internacionales, tratados, alianzas, etc. Inter-nacional, por supuesto, significa entre naciones. La unidad básica continúa siendo la nación, aun cuando las relaciones entre naciones sean cada vez más necesarias e importantes. La globalización se refiere a la integración económica global de muchas antiguas economías nacionales convertidas en una economía global, principalmente por el libre comercio y la libre circulación de capitales, pero también mediante una migración fácil o, incontrolada. Es la efectiva erosión de las fronteras nacionales por motivos económicos. Lo que era internacional deviene interregional. Lo que era gobernado por la ventaja comparativa ahora es dictado por la ventaja absoluta. Lo que era muchos se convierte en uno. La misma palabra “integración” deriva de “entero”, significa uno, completo o, todo. Integración es el acto de combinar en un todo. Debido a que debe haber un todo, una sola unidad con referencia a la cual las partes se integran, se sigue que la integración económica global implica lógicamente la desintegración económica nacional. Por des-integración no quiero decir que la dotación industrial de cada país es aniquilada, sino que sus partes son arrancadas de su contexto nacional (des-integradas), para ser re-integradas en un nuevo todo, la economía globalizada. Como dice el refrán, para hacer una tortilla tienes que romper algunos huevos. La desintegración del huevo nacional es necesaria para integrarlo en la tortilla global.
En Europa hemos olvidado esto, y
no sólo eso, una vez machacadas las democracias nacionales por la dictadura de
la troika y los tecnócratas como Mario Monti, anulado el referéndum que planteó
Papandreu en Grecia sobre el rescate, todavía queremos profundizar en este
camino, firmando un tratado de libre inversión con Estados Unidos, que
reduce la soberanía nacional de los estados nacionales a un chiste.
Ni siquiera existe una
justificación utilitarista para este hecho. Alguien podría pensar que bien se
puede inmolar la democracia en el altar del desarrollo económico. Pero esto es
falaz, dado que la historia muestra una y otra vez que precisamente la mayor
prosperidad se alcanza mediante una integración en la economía mundial supeditada
al cumplimiento de objetivos nacionales. Así nos lo cuenta Ha-Joon Chang en ¿Qué fue del buen
samaritano? Naciones ricas, políticas pobres.
Para evitar que una mala interpretación de la historia de este simulacro del desarrollo —como define Rist a la globalización— la convierta en hoja de ruta para el progreso de los países subdesarrollados, Chang analiza la relación entre prosperidad y proteccionismo o libre cambio a la luz de la realidad económica histórica. Su conclusión es categórica: salvo excepciones, todos los países desarrollados aplicaron activamente políticas industriales, comerciales y tecnológicas.
Manda huevos, con perdón, que
ahora venga gente como Torreblanca con su folclore intelectualoide a decirnos
que la culpa es nuestra, de los ciudadanos, que no somos modernos ni
competitivos, y votamos con el estómago a unos bárbaros nacionalistas. Que los
ciudadanos voten a quién les ofrece recuperar algo de soberanía no debería extrañar
a nadie, al fin y al cabo la democracia debería servir para decidir qué país queremos, y esto sólo
se podrá lograr si la expresión de la
voluntad popular puede ponerse en práctica a través del ejercicio de la
soberanía nacional. No estamos hablando de profundizar en la democracia, a
través del autogobierno comunal, un
camino que merecería la pena comenzar a transitar en algún momento, tan sólo
hablamos de recuperar lo que hasta ahora habíamos entendido de forma
convencional por democracia.

