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lunes, 6 de junio de 2016

Autonomía vs. soberanía

Continúo aquí la reflexión iniciada con las entradas Globalización: agujero negro del planeta y De la globalización a la autonomía. En este caso para profundizar en algunas características propias del concepto de autonomía que lo diferencian del de soberanía, tan querido este último por los diferentes nacionalismos de todo cuño. Es posible que parezca una disquisición demasiado abstracta pero al final veremos cuál puede ser su importancia práctica. (Quizá convenga matizar que con este concepto no me refiero, como será obvio, a las actuales comunidades autónomas españolas).

En la actualidad los estados son las únicas estructuras políticas consolidadas desde las que se podría intentar una recuperación política para salir de la globalización, pero los decadentes estados-nación surgieron en alianza con la burguesía y con las élites post-coloniales, y siempre estuvieron al servicio de estas oligarquías a pesar de que, según la mayoría de las constituciones, la soberanía nacional reside en el pueblo. Por lo que sería necesario democratizar sus instituciones para poder llevar a término una apuesta des-globalizadora que realmente nos sacara de la explotación social y ambiental.

Otro aspecto problemático de la soberanía nacional es la exclusividad de su jurisdicción: la pretensión de que ningún factor externo deba condicionar sus decisiones y actividad interiores. Pero si pensamos en un cambio que vaya más allá de una mera reacción a la globalización, si pensamos en la sostenibilidad, por ejemplo, ¿no es claro que cualquier tipo de comunidad, como todo individuo, deberían ceder algo a la consideración de unos comunes planetarios?
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Para armonizar los problemas del estado-nación con la necesidad actual del mismo puede ser importante el ideario o el imaginario colectivo desde el que se reivindique. En lugar de volver a idealizar la nación, en la actualidad podríamos considerar al estado un puente útil en el camino hacia una mayor relocalización de la economía y del poder para hacer sostenible la primera y controlable el segundo. Pero tanto en el caso de los estados como en el de las entidades locales convendría la búsqueda de una coordinación y cooperación democrática en el sentido opuesto, ampliando los espacios de deliberación, participación y pacto, entre otras cosas para poder establecer una gestión colectiva y eficaz de esos comunes más allá de lo local y más allá del estado, sin que por ello perdieran su autonomía política.

Quizá esto se entienda mejor en el contraste de connotaciones que implica cada concepto.

  • La autonomía es un concepto pragmático - La soberanía apela a una idealización cultural asociada al territorio y a su posicionamiento en la comparación internacional. La autonomía, por contra, hace referencia a ciertas cualidades prácticas que permiten un desarrollo propio auto-orientado, unas vinculaciones realmente elegidas y una expresión asertiva del pensamiento que tenga un reflejo eficaz en las instituciones. 

    Por otra parte, desde este punto de vista pragmático, la unidad territorial básica más probable sería la biorregión, y no la demarcación determinada históricamente por una sucesión de guerras. En cualquier caso, sería una demarcación no sujeta a determinantes que no puedan cuestionarse colectivamente.

  • La autonomía es un concepto relacional - La soberanía apela al derecho absoluto de una nación sobre sus decisiones, y por tanto a la tierra de nadie -res nullius- para los bienes compartidos del planeta, que pasan a ser considerados apropiables. La autonomía, en cambio, sólo alude a una capacidad básica que idealmente todo pueblo debería poseer, (poder darse normas a sí mismo, una economía autocentrada suficiente como para autoabastecerse de al menos todo lo básico en la medida de lo posible, y la posibilidad de controlar los compromisos interterritoriales sin imposiciones externas). Más allá de esta capacidad, la autonomía no implica la ausencia total de restricciones a la propia acción, y es perfectamente compatible con algunos límites u obligaciones comunes que puedan adoptarse democráticamente en el ámbito transnacional para preservar los bienes comunes, (atmósfera, océanos, biodiversidad, etc.), o para colaborar en la defensa de los Derechos Humanos, o para compartir conocimiento, por ejemplo.

    La soberanía es a los pueblos lo que el individualismo a las personas. La autonomía, en cambio, es precisamente lo que hace posibles unas relaciones sanas y autogobernadas, y en cuya ausencia toda relación es espuria, dependiente o dominadora. La autonomía no equivale a la desvinculación sino la posibilidad de controlar los propios vínculos.
   
  • La autonomía es un concepto inclusivo - El respeto a la soberanía se limitaría a un dejar hacer -libertad negativa-. Pero valorar la autonomía implica entender que la libertad es imposible sin unas condiciones vitales básicas necesarias para desarrollar esta -libertad positiva-.

    La autonomía no surge en el vacío, en el desamparo o en ausencia de participación en unos recursos comunes. Como personas, desde el nacimiento crecemos y nos vamos haciendo autónomos a partir de la disposición de un amparo y de unos recursos que no generan una deuda contractual, y así también nos hicimos autónomos como especie, a partir de los recursos naturales que nos encontramos a nuestro alredededor. En consecuencia el respeto a la autonomía ajena implica velar conjuntamente por el acceso a las condiciones básicas que la hacen posible tanto para los pueblos como para las personas.

  • La autonomía es un concepto plural - La soberanía tiende a definirse en términos de identidad o identificación patriótica, valorando la uniformidad étnica o cultural por encima de una pluralidad que pueda amenazar las señas de identidad que justifican esa unión, (una unión histórica, no pragmática). Sin embargo la autonomía no es incompatible con la diversidad sino que, al contrario, la tolera y la fomenta por cuanto valora la autoconstrucción del sujeto (individual y colectivo) y vela por las condiciones necesarias para ello.

    En este punto cabe mencionar que la globalización se ha desembarazado de las viejas identidades culturales cerradas pero para imponernos una identidad terciarizada y un individualismo uniforme según el cual nuestra conducta debe obedecer a una idéntica ambición economicista en competencia con el resto. La autonomía, en cambio, promueve una verdadera individualidad basada en la autovaloración, en el pensamiento independiente, (que por tanto se permite colaborar en lugar de competir), y en la expresión asertiva.


  • La autonomía es un concepto universal (o escalable) - La soberanía nacional a menudo se impone sobre las personas exigiendo de las mismas determinadas formas de entrega patriótica (incluso más allá del deber) y rivalizando con el resto de naciones. Sin embargo la autonomía, al ser un concepto auto-referente (que plantea el reto de la capacidad para el autogobierno y la auto-suficiencia), no apela a la supremacía (imperialista o competitiva). Puede concebirse como un valor fractal que cambia las relaciones sociales tanto hacia dentro como hacia fuera buscando armonizar la convivencia. 

    Hacia el interior, un pueblo no es autónomo si sus personas no lo son. Y hacia el exterior, pensada la autonomía como paradigma a extender, implica la convivencia respetuosa sin la cual la autonomía se vería mermada. La humanidad en su conjunto carece de autonomía si sus pueblos carecen de ella, si viven presos de una rivalidad o de una competición ineludible y alienante impidiendo cualquier otra prioridad política.

  • La autonomía permite un funcionamiento sostenible - La rivalidad y la desconfianza propias de la soberanía, obligan a forzar la máxima utilización de los recursos y de los sumideros naturales con una finalidad preventiva. Las cualidades de la autonomía que acabamos de señalar promueven una visión holística y convivencial que, llevada a un punto óptimo, permitiría una conformidad con lo sostenible.

Cabe matizar que cuando se utilizan expresiones como soberanía alimentaria o dinero soberano sólo estamos ante una diferenciación terminológica puesto que el sentido dado a estas soberanías concretas es pragmático, orientado a una función útil para la sociedad: una mayor autonomía y resiliencia alimentaria, y un control democrático del dinero respectivamente. En realidad el problema no es tanto el término soberanía (aunque comparte raíz etimológica con el de supremacía) como la idealización nacionalista romántica (fanática) que suele acompañarle.

Es obligado decir que hasta aquí esto ha sido sólo un ejercicio de reflexión personal. Pero para una mejor y más documentada comprensión del concepto de autonomía siempre podemos volver a Cornelius Castoriadis, del que dejo una clara y brillante exposición de cinco minutos:

 


¿Cuál es la importancia práctica de todo esto?  

La nueva izquierda está moderando su discurso para intentar captar el voto de la izquierda socialdemócrata tradicional. Pero el futuro político próximo dejará de estar en esa interpretación del electorado basada en el pasado reciente. Gran parte de la población (aunque todavía no la suficiente) está ya muy harta de un vacuo marketing político que no propone soluciones efectivas. Tras el choque de los parlamentos tenidos por democráticos con los poderes globalizados, (como ya ha ocurrido en Grecia, por ejemplo), se van a demandar ideas con fuerza rupturista y claridad expositiva que puedan oponerse realmente a esos poderes. 

De momento sólo la desacomplejada ultra-derecha nacionalista está planteando ese tipo de discurso, y cuanto más hablan de ella los medios, aunque sea para denostarla, más se la toma en consideración. En esta coyuntura de incertidumbre el nihilismo del ruido y la furia juegan a su favor. Se podría decir que el capitalismo oscila entre olas globalizadoras y repliegues nacionalistas alternando estos discursos de forma que no permitan cuestionar su fondo. Ahora el péndulo está cambiando su dirección. Una vez más, como en el origen de un estado-nación funcional al capitalismo, se utiliza la identidad cultural histórica unida a la demarcación territorial como un seductor dispositivo de poder diseminado entre quienes se sienten en peligro ante la imposición del desarraigo y del desamparo propios de la modernidad y exacerbados por la globalización.
 
“Lo que hace que el poder se aferre, que sea aceptado, es simplemente que no pesa solamente como una fuerza que dice no, sino que de hecho circula, produce cosas, induce al placer, formas de saber, produce discursos; es preciso considerarlo más como una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social, que como una instancia negativa que tiene como función reprimir.

Michel Foucault, 1999, Verdad y Poder

Pero esta forma de contestar a la globalización tiene dos importantes puntos débiles: su discurso se basa en ideas burdas que recuerdan demasiado a un pasado atroz de enfrentamientos internacionales, autoritarismo y genocidios; y en segundo lugar, tampoco abordan, sino que más bien desprecian, problemas clave de nuestro tiempo como el deterioro de la biosfera o el declive en la disponibilidad de recursos energéticos.


Quienes nos oponemos tanto a la actual globalización como a las tendencias fascistas necesitamos más audacia intelectual que la mostrada por la izquierda actual para hacer frente a la nueva realidad mediante propuestas aún no llevadas a la práctica. (Pues tampoco nos sirve el viejo dirigismo planificador igualmente autoritario e insostenible).


En las próximas entradas de esta serie intentaremos concretar algo más por qué caminos podríamos ir transitando del mundo globalizado y competitivo hacia otro en el que predomine una autonomía democrática y cooperativa. Como hemos visto en este artículo, poner en el centro de la sociedad la autonomía equivale a valorar la inclusión, la convivencia y la sostenibilidad por encima de la supremacía, del comercio y del crecimiento del PIB.

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lunes, 29 de junio de 2015

Gobierno popular y economía de mercado: el fin de la socialdemocracia


No hace falta ser un observador extraordinariamente agudo de la realidad para percibir que aquello a lo que llamamos socialismo, la socialdemocracia de toda la vida, se encuentra en descomposición a donde quiera que miremos ¿No lo cree usted así? Bien, veamos algunos hechos.

Manuel Valls, primer ministro del gobierno del partido socialista en Francia, aprueba ley tras ley, primero en febrero, luego en junio para liberalizar la economía, siempre por decreto, para evitar un posible bloqueo del parlamento, dominado por los miembros de su partido. Cree que el socialismo es algo trasnochado, pasado de moda, y de vez en cuando propone cambiar el nombre al partido socialista francés, eliminando precisamente la palabra socialista.

Un poco más al sur, en Italia, el primer ministro Matteo Renzi, aplica políticas similares a las de Valls. La componente social de su política no está muy clara, cuando afirman que la protesta de los trabajadores es la señal de que van en la dirección correcta. La componente democrática todavía menos, cuando promueve y aprueba reformas de la ley electoral que marginan a los partidos minoritarios, y que le permiten parapetarse en el poder.

Por último, en Reino Unido el partido laborista ha sido vapuleado en las elecciones, frente a unos conservadores que lo que promueven es otra burbuja. A pesar de ello, el ex-presidente laborista Tony Blair, dedica sus horas a acumular montañas de dinero, en dudosa correlación con cualquier fin que pueda ser llamado social.

¿Socialdemocracia? Sí, gobiernan en Francia y en Italia, pero en un país lo hacen con poco apego a lo social, y en otro con escaso apego a la democracia.

Podemos ver estos hechos como algo anecdótico, algo fruto de la casualidad y de las circunstancias políticas nacionales. Sin embargo, yo creo que hay, en parte, una causa común, e incluso que esta causa es la principal, es el perro que mueve el rabo de la disolución de la socialdemocracia ¿Cual es esta causa? En el fondo, es el compromiso de la socialdemocracia con la modernidad, con un progreso mal entendido. Este progreso mal entendido les lleva a aceptar una globalización, que lejos de ser la única opción hacia una políticainternacional abierta, es una forma de cerrarla. Está muy bien respetar todas las culturas, pero el multiculturalismo no se fomenta estableciendo la competencia entre trabajadores de países ricos y países pobres, y esa no es la única vía al desarrollo y de mejora de las condiciones de los trabajadores de los países más pobres, como nos demuestra la historia. En definitiva, y llegando a la raíz del problema, lo que pretende la socialdemocracia es un aumento continuo del poder y del control sobre la naturaleza, que en definitiva implica un aumento del PIB.

En este punto es interesante rescatar la crítica que hacía Lewis Mumford al socialismo marxista, en su Historia de la Utopías

De haber sido de alguna utilidad, nuestro viaje por las utopías debería habernos enseñado lo patética que es la idea de que la clave de una sociedad buena se halla sencillamente en la propiedad y el control de la estructura industrial de la comunidad. [...] Si bien muchas de estas propuestas sostenían que la maquinaria industrial, bajo el socialismo, el corporativismo o el cooperativismo, debía servir al bienestar común, lo que les faltaba era una idea compartida de lo que es dicho bienestar común.

Si el socialismo marxista pensaba que bastaba con sentarse frente al timón de mando de la maquinaria industrial para solucionar todos los problemas, los socialdemócratas no tenían una hoja de ruta clara, querían modificar lo que había, la sociedad industrial, para mitigar los problemas que sufrían los más desfavorecidos. Sus armas eran la intervención del estado en la economía, y esta estrategia de desarrollo obtuvo éxitos notables, como por ejemplo en Corea del Sur. Pero en el mundo de libertad de movimiento de capitales que surgió tras la caída de los acuerdos de Bretton Woods, dicha estrategia estaba condenada a desaparecer. El capital había obtenido una ventaja clave, la movilidad, y a los estados solo les quedaba ofertar a la baja, rebajar las condiciones de vida de sus ciudadanos para ser atractivos. En palabras de Zygmunt Bauman

Si el encuentro llegará a producirse por imposición del otro (encuentro entre el capital flotante y la autoridad local), apenas este (el poder local) intentara flexionar sus músculos y hacer sentir su fuerza, el capital tendría pocos problemas para liar sus maletas y partir en busca de un ambiente más acogedor, es decir, maleable, blando, que no ofrezca resistencia.

La globalización, además, parecía algo positivo, un progreso, puesto que mitigaría las molestas rencillas nacionales. Nada más lejos de la realidad, la coordinación a través del mercado oculta que la cooperación directa entre los pueblos es posible.

Llegados a este punto creo que merece la pena echar la vista atrás, para ver lo que nos muestra la historia. Nos lo cuenta Karl Polanyi en el capítulo 19 de La Gran Transformación, Gobierno popular y economía de mercado:

En Gran Bretaña, desde 1925, la moneda estaba en una situación poco saneada. La vuelta al patrón-oro no se vio acompañada de un ajuste correspondiente al nivel de precios, el cual estaba claramente por debajo de la paridad mundial. Pocos fueron aquellos que se dieron cuenta de la absurda vía en la que el gobierno y la banca, los partidos y los sindicatos se habían embarcado de común acuerdo. Snowden, ministro de Hacienda en el primer gobierno laborista (1924), fue un acérrimo partidario del patrón-oro, y, sin embargo, fue incapaz de darse cuenta de que, al intentar restaurar la libra, había comprometido a su partido a encajar una disminución de los salarios o a perder el rumbo. Siete años más tarde, este mismo partido se encontró obligado -por el mismo Snowden- a hacer ambas cosas. En el otoño de 1931, la sangría continua de la depresión comenzó a afectar a la libra, y fue en vano que el fracaso de la huelga general de 1926 hubiese garantizado que no habría una ulterior elevación del nivel salarial, lo que no fue óbice para que se elevase el peso económico de los servicios sociales, a causa concretamente de los subsidios de desempleo concedidos incondicionalmente. No hacia falta un «golpe de mano» de los banqueros -golpe de mano que realmente existió- para hacer comprender claramente al país la alternativa entre, por una parte una moneda saneada y presupuestos saneados y, por otra, servicios sociales mejores y una moneda depreciada -estuviese la depreciación producida por los salarios elevados y por una caída de las exportaciones o simplemente por gastos financiados mediante un déficit-. Dicho en otros términos, había que optar entre una reducción de los servicios sociales o un descenso de las tasas de intercambio. Y, dado que el partido laborista era incapaz de decidirse por una de las dos medidas -la reducción era contraria a la línea política de los sindicatos y el abandono del oro habría sido considerado un sacrilegio- el partido laborista fue barrido y los partidos tradicionales redujeron los servicios sociales y, a fin de cuentas, abandonaron el oro.

En definitiva, el partido laborista no pudo articular políticas para favorecer a sus votantes, de reducción del desempleo e incremento del nivel de vida, por su adhesión al dogma del patrón oro. Pero no fue un caso único

En todos los países importantes de Europa se puso en marcha un mecanismo similar que produjo efectos enormemente semejantes entre sí. Los partidos socialistas tuvieron que abandonar el poder, en Austria en 1923, en Bélgica en 1926 y en Francia en 1931, para poder «salvar la moneda». Hombres de Estado como Seipel, Franqui, Poincaré o Brüning echaron a los socialistas del gobierno, redujeron los servicios sociales e intentaron romper la resistencia de los sindicatos mediante el ajuste salarial.

Todo esto recuerda mucho a la situación actual, aunque ahora los “hombres de estado” lo que tratan de salvar no es el patrón oro, sino el euro o la globalización. No dudo que la "sabiduría convencional" actual, puede ser tan mala como la de los años 20 y 30 del siglo pasado, a tenor de la recuperación de las economías según dejaban el patrón oro.


Después de la crisis financiera de 2008 se han puesto muchas cosas en cuestión, en especial el gasto público y el gasto social, que entorpece el pago de la deuda, pero no se ha puesto en cuestión el sistema monetario, con excepciones, el libre comercio, o la libertad de movimiento de capital. Estos dogmas, son una camisa de fuerza demasiado estrecha, dentro de la cual cualquier política social está destinada al fracaso. La consecuencia de ello es que los partidos socialdemócratas irán perdiendo apoyo, al no poder cumplir sus promesas, presa de sus contradicciones, o irán perdiendo su esencia, convirtiéndose en meras versiones amables de los partidos liberales y conservadores. Esta dinámica no es sostenible, y conduce a la sociedad hacia una ruptura, que en la época de la Gran Transformación de Polanyi fue el surgimiento del fascismo, y que ahora no sabemos cual será. Ese es el gran interrogante, y exige todas nuestras energías y capacidad divulgativa.