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domingo, 5 de marzo de 2017

¿Son los estibadores españoles unos privilegiados?

Se suceden grandes titulares en la prensa española y telediarios abiertos hablando sobre el conflicto que los estibadores españoles mantienen frente al Gobierno que trata de aplicar las reformas de liberalización impuestas desde la Unión Europea.

La prensa española insiste en presentar a los estibadores como unos privilegiados que tratan de mantener, de forma egoísta, su buena calidad de vida frente al resto de la clase trabajadora del Estado.

En realidad la estrategia que están aplicando los grandes bancos privados, propietarios de los medios de comunicación españoles, ya se hizo en la Revolución Conservadora de Margaret Thatcher a principios de 1980, pero en lugar de los estibadores, contra los mineros. Y conviene recordar cómo se hizo para no repetir los mismos errores.

En 1979 los conservadores británicos invirtieron en una multimillonaria campaña publicitaria cuyo lema fue: «El laborismo no está funcionando», ya que según ellos el hecho de que Reino Unido superara el millón de desempleados era la demostración palpable de que el modelo socialista había fallado estrepitosamente. Pocos años después, en plena Revolución Conservadora, el desempleo llegó a los cuatro millones.

¿Por qué la gente no asumió entonces que el conservadurismo había fallado y no era útil ni necesario |1|? ¿Por qué hoy día en la España del 90% de contratos temporales |2| la gran mayoría social sigue respaldando las políticas conservadoras que no han resuelto los problemas que amasó la socialdemocracia?

Tradicionalmente el sentido común nos inclina a que una tasa alta de desempleados supone una amenaza para la paz social e incluso un peligro para los muy ricos. Esta ha sido al menos la concepción que tuvieron los conservadores pero que se rompió a partir de la Revolución Conservadora de Thatcher, cuando se comprendió al fin que los desempleados, lejos de suponer una amenaza a los grandes capitalistas, son un rebaño sumiso y dócil, aterrorizado ante la amenaza de no percibipr ningún ingreso, dispuesto a ceder ante cualquier presión salarial a la baja o endurecimiento de condiciones laborales. Geoffrey Howe, el exministro de Finanzas de Thatcher lo reconoció en una entrevista a Owen Jones |3|, «gracias a las medidas de reforma laboral que implementamos los sindicatos aprendieron que era absurdo seguir comportándose como lo estaban haciendo y cedieron para que pudiéramos aplicar nuestro programa».

Hay incluso quien lo ha proclamado a los cuatro vientos sin disimulo alguno, como el exministro del Tesoro, Alan Budd, quien reconoció en varias comparecencias públicas que el gabinete thatcheriano rápidamente supo que las medidas reformistas adoptadas no eran útiles para reducir la inflación pero sí lo eran para subir el desempleo, algo que era imprescindible para mentalizar a la clase trabajadora británica de que no había otra alternativa que someterse a sus exigencias.

LA MEDICINA CONSERVADORA: PODER PARA LOS FINANCIEROS


Además de disparar la tasa de desempleo para pastorear mejor a la clase trabajadora, las medidas thatcherianas estuvieron orientadas al empoderamiento de los poderes financieros, dando vía libre a la especulación monetaria. Con estas reformas la City pasó a ser el centro de la economía británica y las manufacturas se derrumbaron. ¿Cómo lo hicieron? Al poder especular con las divisas, la libra se disparó y esto fue un tiro en el estómago de las exportaciones ya que pasaron a ser mucho más caras. Así en cinco años de gestión thatcheriana ya habían desaparecido un tercio de las empresas manufactureras. A través de la especulación con la libra la inflación se disparó al 20% y las tasas de interés ascendieron al 17%, lo que encareció los préstamos bancarios y puso el último clavo en el ataúd de la industria manufacturera y en decenas de miles de pequeñas empresas, no así con las más poderosas que pudieron capear el temporal de la crisis y además salir muy reforzadas años después al haberse quitado mucha competencia.

LA VENGANZA CONTRA LOS SINDICATOS


¿Por qué Margaret Thatcher puso en el punto de mira a los sindicatos y no paró de combatirlos hasta destruir su poder? Volvemos a Geoffrey Howe, el exministro de Finanzas de Thatcher, quien tiene claro que su gobierno no fue sino la continuación del de Edward Heath, fugaz primer ministro entre 1974-1975, tuvo que abandonar al ser derrotado tras una huelga nacional de mineros. Por ello el único objetivo de Thatcher ya en el poder habría sido destruir el poder sindical como una pura venganza tras lo ocurrido a su antecesor.

DIVIDE ET IMPERA


Pero más allá de la venganza había otros motivos de importancia. Los mineros se habían convertido en el colectivo más fuerte de defensa de derechos laborales en el Reino Unido en el siglo XX. Incluso la única huelga general del Reino Unido se declaró para apoyar a ese sector en 1926. Si los mineros convocaban una huelga podían llevar al colapso a todo el país al dejarlo sin suministro energético. Al deshacerse de los mineros, Thatcher sabía muy bien que ya ningún sindicato ni sector laboral podría poner en peligro su modelo de sociedad.

El modelo laboral vigente durante el siglo XX dice mucho acerca de la estructura de la sociedad británica. Así Chris Kitchen, líder del Sindicato Nacional de Mineros, explicó a Jones cómo «las comunidades estaban llenas de vida, pero entorno a la mina. (...) No veías a chavales que se desmadraran el fin de semana. No cabreabas a un viejo, porque podía ser el mismo al que confiabas tu vida en la mina».

El plan de cierre de minas de Thatcher fue presentado en 1984, y a partir de entonces empezaron a estallar espontáneamente huelgas en varias minas, que se extendieron por todo el país. Pero pronto aparecieron las divisiones, porque los mineros de Nottingham shire, uno de los colectivos más importantes del país, rechazaron participar en una huelga nacional ya que no veían en peligro sus puestos de trabajo.

Se sucedieron batallas campales por todo el país, como la de Orgreave, el 18 de junio de 1984. Allí 6.000 mineros intentaron bloquear una coquería y se toparon con cientos de policías, que no dudaron en cargar contra ellos. Al poco se abrió juicio contra los piqueteros detenidos, que al perder tuvieron que pagar cientos de miles de libras en compensaciones.

La huelga terminó sin éxito el 3 de marzo de 1985. La prensa británica se había encargado de hacer su trabajo: Criminalizar a los mineros como un sector muy privilegiado y poco dispuesto a trabajar duro, además de violento. Entretanto el Partido Laborista no apoyó la huelga nacional argumentando que los mineros no habían convocado votaciones, de igual modo actuaron otros sectores de trabajadores. Thatcher consiguió arrodillar al sector más importante de la clase trabajadora británica, su programa tenía vía libre para revolucionar Reino Unido e influir decisivamente al resto de países.

CÓMO CAMBIÓ LA SOCIEDAD


El historiador David Kynaston analizó el ambiente británico posterior a la fallida huelga nacional de los mineros: «Sencillamente la gente empezó a pensar que la vieja clase trabajadora ya no tenía poder ni influencia para cambiar nada, un cambio enorme en la forma de pensar. Había gente que vivía en barrios residenciales de clase media que estaba a favor de los mineros, pero de repente fue como que dejaron de tener importancia y todos les dieron de lado».


|1| Soledad Gallego-Díaz para El País, (1983), Grave deterioro de la economía británica desde 1979.
|2| Jaime Llinares Taboada para El Economista (2016), España es la subcampeona de Europa en temporalidad en el empleo.
|3| Owen Jones (2012), Chavs: La demonización de la clase obrera.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Ocupar tu lugar



Ocupar tu lugar no es tarea fácil, puede ser la tarea de una vida. Ocupar tu lugar empieza por entenderte, por comprender quién eres. Si has realizado correctamente esa labor comprenderás, entre otras muchas cosas, que eres un nexo de relaciones humanas, y si has ido más allá, que eres parte de una red de vida.

Comprender esto, que es evidente, no es tarea fácil, posiblemente será consecuencia de golpearnos repetidamente con la realidad. A lo largo de nuestra vida recibimos mucha información en sentido contrario. Somos individuos únicos, determinados por nuestra naturaleza y nuestros genes. Cada acto, cada pensamiento, cada sentimiento, surge de nuestro interior. Lo que recibimos, y lo que no recibimos, es consecuencia de nuestra virtud, de nuestro hacer, nuestro trabajo, nuestro talento, inscrito en nuestro interior por una divinidad ciega y arbitraria, lo cual no impide que nos enorgullezcamos de las bondades que derrama sobre nosotros, o que nos avergoncemos de las que no ha derramado. Incluso nos dirán: quién no posee virtud no merece ser amado.


La realidad no es tan simple. Hablamos el idioma en el que nos han educado nuestros padres,el de la comunidad en la que vivimos. Nos alzamos sobre hombros de gigantes al recibir todo el saber del pasado cuando nos educan y disciplinan en nuestras escuelas estilo prusiano. Cuando dejamos la escuela nos convertimos en ruedas de un gran engranaje, cuyo sentido no llegamos a comprender. Como piezas de un engranaje podemos ser sustituibles, pero ello no quiere decir que nuestra función pueda ser eliminada, cada engranaje es imprescindible para que la máquina siga girando.

Sin embargo, no somos insignificantes, todo lo contrario. Como parte de una red influimos en el resto de nodos con los que estamos conectados. Lo que hacemos, lo que decimos, influye en las personas que de uno u otro modo están conectadas a nosotros. Pero la red no es simétrica, los nodos no son equivalentes, la influencia de unos sobre otros no es siempre recíproca, la mayor parte de las veces es unidireccional, de arriba hacia abajo. El concepto de industria cultural nos ilustra al respecto.


Ocupar tu lugar es entender con qué gente estás a gusto, qué actividades te gusta realizar, qué deseas aportar al resto, qué trabajo deseas desempeñar para sentirte útil. Estos objetivos son difíciles de alcanzar cuando todo lo que te rodea está desnortado. Un nexo de relaciones humanas es inevitablemente dependiente de sus relaciones con otros nodos. Sí, los psicólogos inciden en buscar la felicidad prescindiendo de aquello que no podemos controlar. Es un buen sistema de adaptación a un mundo enfermo, un par de martillazos aquí y acullá y un engranaje rebelde puede entrar en algunos de los huecos destinados para él, pero reconozcámoslo, no podemos ser felices sin los demás, y en general dentro de una sociedad fuera de lugar.

Porque está fuera de lugar ¿no? Para saberlo, quizás deberíamos preguntarnos ¿quién es el ser humano? Una respuesta sencilla, sin demasiado refinamiento, pero útil a nuestro propósito, y ciertamente ajustada en los rasgos que traza, nos la da Ronald Wright en Breve historia del progreso

Pese a muchos detalles pendientes todavía de averiguación acerca de nuestros ancestros, el siglo XX dejó bastante resueltas las dos primeras preguntas de Gaugain (¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos?).No queda margen para la duda racional en cuanto a que somos simios. Y cualquiera que haya sido el recorrido exacto en el transcurso del tiempo, en fin de cuentas somos oriundos de África. Pero a diferencia de otros simios, hemos manipulado y seguimos manipulando más que nunca nuestro destino. Hace tiempo que dejó de existir, si es que existió alguna vez, ese individuo silvestre, el Buen Salvaje que propuso la Ilustración y que buscaba Gaugain: el Hombre Natural. Como esos neardentales artríticos que precisaban de los cuidados de sus familias, nosotros tampoco podemos vivir sin nuestras culturas. Hemos encontrado el autor de la “obra maestra” que decía Hamlet... y somos nosotros mismos.

Somos monos, un simio, pero un mono especial, ingenioso, tremendamente ingenioso, pero no sabio. En nuestro pasado ancestral, ese 95% de nuestro tiempo como especie que pasamos incivilizadamente, nuestro cerebro se adaptó para responder a las amenazas inmediatas, despreciando el largo plazo, en el que ciertamente “todos estaremos muertos”.Con la llegada del experimento civilizatorio, apenas un suspiro en nuestra breve historia como especie, nuestro pensamiento pasó a ser cada vez más complejo, abstracto y simbólico, hasta olvidarnos de lo que somos.


La visión antropocéntrica, que comenzó en el renacimiento, en los albores de la modernidad, invirtió el orden correcto de las esferas, u ocultó sus consecuencias. No dejaba de ser una visión interesada, ya que las fuerzas que hacían del hombre el amo de su destino y centro de la creación, se repartían de forma tremendamente desigual. En palabras de Zygmunt Bauman:

Pico della Mirandola puso por escrito el texto de un discurso que ni Dios, el orador, ni Adán, al que iba dirigido, se tomaron la molestia de registrar. Más o menos era como sigue: <<El resto de las criaturas tienen una naturaleza definida que Yo he prescrito para ellas. Tú puedes determinar tus propios límites conforme a tu voluntad […]. Como un artífice libre y soberano, puedes configurar tu propia forma a partir de tu propia sustancia>>. El mensaje de ese discurso no registrado era una noticia en extremo estimulante para los hombres de sustancia, aunque no lo era tanto para el resto, que no tenía suficiente sustancia para <<configurar su propia forma>> libremente y <<conforme a su voluntad>>. El año era el de 1486; el lugar una Italia que enviaba sus barcos a los rincones más alejados del mundo para que los armadores, sus cortesanos y pasajeros (aunque no los marineros ni los estibadores) pudieran enriquecerse de año en año y sentirse a sus anchas en él.

El núcleo, lo que esconde esta visión antropocéntrica es el dominio, dominio sobre la naturaleza y sobre otros hombres. En palabra del papa Francisco:

Pero no podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido nos dan un tremendo poder. Mejor dicho, dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero.

Las consecuencias de este andar desnortado saltan a la vista, las más graves la destrucción ecológica, que nos conduce a un colapso cercano pero todavía evitable, pero también el uso y abuso de todo tipo de sustancias que nos ayuden a escapar de la realidad, la tristeza y la depresión, el suicidio o las iatrogenias de una alimentación que sirve más a los comerciantes que a nuestra buena salud.

Es hora de ocupar nuestro lugar, integrándonos en una red de vida siendo conscientes del papel especial que nos da nuestra inteligencia, porque, sin nosotros ¿quién daría fe de la belleza del mundo? Sólo podemos hacerlo juntos. Hay un lugar al que pertenecemos y debemos recuperarlo. Ánimo.