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lunes, 5 de noviembre de 2018

La paradoja del bienvivir: Cuando el malvivir nos ayuda en nuestro camino


“No creo que exista un solo vocablo en ninguna lengua que pueda describir lo que es la vida, pero si tuviera que escoger uno, elegiría la palabra “paradoja”. Por donde la miremos la vida es una paradoja.”
(Alonso del Río)

Las paradojas llevan a la verdad. Para ver lo que vale la realidad, hay que verla bailar sobre la cuerda floja. Cuando las verdades se vuelven acróbatas, podemos establecer un juicio sobre ellas.
(Oscar Wilde)

El escritor y profesor de Ciencia Política, Carlos Taibo, muy a menudo en sus charlas, cuenta la siguiente historia que muchos ya alguna vez hemos oído y que encierra una paradójica verdad sobre nuestra vida moderna:

“En una de sus muchas versiones, la parábola del pescador dice lo que sigue:


En un pueblo de la costa mexicana, un paisano se encuentra medio adormilado junto al mar. Un turista norteamericano se le acerca, entablan conversación y en un momento determinado el forastero pregunta: ‘Y usted, ¿en qué trabaja? ¿A qué se dedica?’. ‘Soy pescador’, responde el mexicano. ‘Caramba, un trabajo muy duro’, replica el turista, quien agrega: ‘Supongo que trabajará usted muchas horas cada día, ¿verdad?’. ‘Bastantes, sí’, responde su interlocutor. ‘¿Cuántas horas trabaja como media cada jornada?’. Bueno, yo le dedico a la pesca un par de horitas o tres cada día’, replica el interpelado. ‘¿Dos horas? ¿Y qué hace usted con el resto de su tiempo?’. ‘Bien. Me levanto tarde, pesco un par de horas, juego un rato con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y, al atardecer, salgo con los amigos a beber unas cervezas y a tocar la guitarra’. ‘Pero ¿cómo es usted así?’, reacciona airado el turista norteamericano. ‘¿Qué quiere decir? No entiendo su pregunta’. ‘Que por qué no trabaja más. Si lo hiciese, en un par de años tendría un barco más grande’. ‘¿Y para qué?’. ‘Más adelante podría instalar una factoría aquí en el pueblo’. ‘¿Y para qué?’. ‘Con el paso del tiempo montaría una oficina en el distrito federal’. ‘¿Y para qué?’. ‘Años después abriría delegaciones en Estados Unidos y en Europa’. ‘¿Y para qué?’. ‘Las acciones de su empresa, en fin, cotizarían en bolsa y sería usted un hombre inmensamente rico’. ‘¿Y todo eso, para qué?’, inquiere el mexicano. ‘Bueno’, responde el turista, ‘cuando tenga usted, qué sé yo, 65 o 70 años podrá retirarse tranquilamente y venir a vivir aquí a este pueblo, para levantarse tarde, pescar un par de horas, jugar un rato con sus nietos, dormir la siesta con su mujer y salir al atardecer con los amigos a beber unas cervezas y a tocar la guitarra’.”

(Contraportada del libro: La parábola del pescador mexicano: sobre trabajo, necesidades, decrecimiento y felicidad)



Miremos por donde miremos la vida es una paradoja, pero si nuestra mirada va más allá de la superficie, la paradoja nos puede ofrecer ciertos destellos de verdad, de realidad, de sentido. Ahí nos encontraremos con su definición etimológica, del prefijo griego “para” (contrario a) y del sufijo “doxa” (opinión), con lo que viene a enseñarnos que las ideas que encierra son contrarias a la opinión común. Eso sí, una opinión común muy dependiente del contexto espacio-temporal donde surgen esas paradojas. Y en este tiempo, siglo XXI, y espacio, planeta Tierra, ya estamos experimentando lo que el paradójico proverbio chino nos decía: ‘Que vivas tiempos interesantes’, es decir, tiempos de cambio donde la estabilidad no es la regla sino la excepción. Es entonces cuando surgen grandes contradicciones entro lo viejo que puede estar perdiendo relevancia y lo nuevo que empieza a emerger. Como bien nos decía Oscar Wilde, empezamos a bailar sobre la cuerda floja y en esos momentos de atención, si la vida nos importa, podemos descubrir lo importante de la vida.