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lunes, 30 de octubre de 2017

Renata Adler, "la gran dama" del periodismo americano ha vuelto en una "lancha rápida" de los años 70.

Los años 70 suelen despertar imágenes sobre todo de la escena de música de esa época. A cambio en la literatura quedan pocos recuerdos excepto tal vez la ciencia ficción tan colorida y apocalíptica. 

Una escritora y periodista de Nueva York que fue una de las mujeres intelectuales y escandalosas de la época fue Renata Adler. Nacida en 1937 en Milán, de padres alemanes, pasó por varias universidades y cursos en Estados Unidos y Francia. Con una educación muy variada en el ámbito de las humanidades que coincide con la época del estructuralismo en la teoría literaria, no es de extrañar que su primera novela "Speedboat" (lancha rápida) resulta ser un ejercicio de de-construcción tal y como Jacques Derrida lo había pensado y querido. Esta novela, a priori, no pretende revelar nada escondido en la sociedad pero el estilo narrativo fluido, frenético y en dialogo directo con los objetos desmantela en cada pagina tópicos y hábitos de esa época. 

También con sus ensayos y artículos, que escribió para el "New York Times", fue, junto con Susan Sontag, una de las mujeres más influyentas de América del Norte en los años setenta y ochenta.

Después de varios textos críticos (uno fue un comentario mordaz sobre un libro de un compañero, un popular crítico de cine, y otro escándalo siguió con un libro lleno de información  crítica privilegiada a la "New Yorker") desapareció de la escena. 



En 2013, la serie de libros "The New York Review of Books Classics" publicó de nuevo la novela debut del año 1976 "Speedboat" de Renata Adler, propiciando así una nueva aparición para la autora de 75 años.

La editorial madrileña "Sexto Piso" lanzó la novela en 2015 en una nueva edición "lancha rapida" con una traducción de Javier Guerrero, haciendo así un libro de culto listo para una nueva generación de lectores hispanohablantes. 

En la novela, el lector acompaña a la protagonista Jen Fain a través de su variada vida en Nueva York. Es periodista y además de sus actividades como profesora y reportera universitaria, es principalmente una mujer independiente de unos treinta años, que está luchando por comprender a sus colegas y amigos neuróticos.

La narración no es una trama continua, sino que son momentos y pequeños episodios en la vida de Jen en un ritmo mas bien arbitrario. Sus reflexiones son directas y a menudo parecen como registros para una columna o un reportaje. Pero también aparecen escenas pequeñas y cotidianas, que podrían encontrarse en una revista en la sección "Nueva York y el mundo". La mayor parte del estilo narrativo se compone de un flujo de observaciones y comentarios sobre ellas que carece del filtro de una dramaturgia. Gerard Genette lo llamó un "fluir de la conciencia narrado" y en efecto, así es en algunos tramos. 

En ocasiones el lector se ve inmerso en una tormenta de observaciones rápidamente expuestas, tan rápidas que hay que seguirlas con velocidad para no perder el foco y entrar en un modo que yo llamo "lectura de visión borrosa"  Exige atención absoluta pero compensa con el placer de experimentar un documental en tiempo real a través de descripciones precisas y tan acertadas que a menudo provoca la sensación de conocer a fondo la cultura que se esta revelando. 


"Speedboat" se divide en siete capítulos que no proporcionan una pista para un enlace o un arco dramático más grande. Algunos momentos son, desafortunadamente, algo superficiales y desinhibidos. 

A veces uno se pregunta por qué la autora está hablando de este asunto en este momento y no de otro. Esta aleatoriedad hace que sea difícil para el lector después de las primeras cien páginas encontrar interés en más escenas de la vida de Jen Fains. No obstante existe claramente un arco dramatúrgico entre los demás individuos que son amigos y compañeros, que a su vez va creando una marco completo sobre el psicodrama de ellos y así mantiene la tensión. 

La novela de Adler es sólida en los tramos donde Fain analiza con precisión el comportamiento y las acciones de los neoyorquinos. Por ejemplo, ella describe al pedante administrador del archivo de un periódico para el que trabaja. Este hombre está ansioso por cumplir con las directivas sobre los expedientes del archivo. Cuando Jen, como todos los periodistas en este periódico, viola las reglas al llevarse una carpeta con un dossier a casa, intenta explicarle en una discusión que su acción no podía haber sido catastrófica. Como ella no logra nada con argumentos racionales, guarda silencio, y en dos frases resume el interior del archivista: "La gente parece infeliz de tantas maneras diferentes. Siempre me gustaron, los sombríos guardianes de los archivos ".



El estilo de escritura de Renata Adler es seco, afirmativo e irónico, en el que muestra su talento periodístico, pero no tanto literario. En un momento resume: "En una fiesta, los hombres en una conversación aburrida se intentan salvar yendo a buscar una bebida pero por cortesía también traen una copa a su interlocutor y tienen que volver con dos bebidas a la conversación de la que se fueron y así no saldrán de la situación. Los dos individuos terminan tan borrachas que los que no podían ni verse en un principio acaban de decidiendo irse a vivir juntos." 

También los tramos con reflexiones sobre la profesión de periodista, la manera en que funciona el periodismo, las situaciones que uno atraviesa en esta profesión son bastante enriquecedores y legibles.

Un problema en el contexto actual es que una y otra vez se hace referencia a películas populares o a la música de la América de los años setenta. El problema es que hoy en día solo unos pocos pueden imaginar que hay bajo una serie llamada "Medical Center", un musical con el título "No, No Nanette" o cantantes como Tiny Tim. Fenómenos culturales que aparecen y cuya investigación en otras fuentes interrumpe el proceso de lectura de manera aveces algo molesto.

El carácter experimental no puede sorprender hoy como lo hizo hace 40 años. Uno está familiarizado con el estilo de los informes sueltos y yuxtapuestos. Sin embargo, la novela de Adler aún no ha perdido importancia. "Lancha rápida" muestra a una mujer independiente e interesante que se mueve en todas las capas de la sociedad para examinar críticamente su época y los hábitos de los intelectuales de su entorno. Eso hace que la novela sea interesante para un gran rango de edad. La intemporalidad de la vida cotidiana de un periodista en la ciudad hacen que este "re-descubrimiento" sea relevante en la actualidad. Se podría decir que las observaciones descritas en esta novela actúan de microscopio con zoom en el tiempo atrás para problemas que sufrimos hoy de la misma manera, o al menos nos permite conocer como han comenzado algunos de ellos.

El enlace con la cultura de hoy está en que nos encontramos con este libro con uno de los documentos literarios del comienzo del movimiento progresista posmoderno. Hoy la mayoría de gente no es capaz seguir el ritmo de la comunicación de la prensa y medios sociales. Es imposible desarrollar una postura pensada a cocción lenta. Los métodos y las formas de la comunicación hoy son el microondas y la olla presión o mejor ya directamente se lee todo crudo para no perder tiempo en largos y complejos procesos de cocción lingüística y retorica. Adler escribió un relato sobre su tiempo en una velocidad narrativa que iguala la velocidad de la observación. No hay saltos de tiempo. Se narra en tiempo real. De esta manera fue una de las primeras personas en el ambiente pertinente que ha deducido la dirección que tomaría el desarrollo de la cultura de comunicación con una sintaxis concreta.

De forma no intencionada, "Lancha Rápida" es un libro que refleja la manera de comunicar de hoy, no semántico pero sintáctico. Las frases cortas y lacónicas. El tono seco y comprimido podría ser el comienzo de la gramática de los mensajes de twitter de hoy. Es posible que las redes sociales podrían ser solo el siguiente paso lógico en el desarrollo del periodismo. Un periodismo que hoy ha asumido el rol del canal de comunicación entre todos los mundos. Un periodismo que ya no tiene tiempo para perseguir proyectos propios sino que es instrumentalizado por todos para hablar con todos. En Lancha Rápida experimentamos en la propia piel, de una manera muy impactante, con que lenguaje es posible apagar todo lo racional y seguir una tormenta de nieve lingüística sin precedentes. No hay que preocuparse. Lancha rápida no lava cerebros pero puede que revele demasiado.


miércoles, 17 de mayo de 2017

El nuevo servicio de inteligencia

Una lagrima me cae por la mejilla, mis manos están tiesas y casi completamente paralizadas. El semáforo salta en rojo y apenas consigo parar mi bicicleta. Hace frío, son las nueve menos veinte de la mañana en una calle de Hospitalet. Estoy pensando en el dentista que me espera la semana que viene, en la vuelta a casa esta tarde cuando me habré despertado del incomodo sueño que me causa el trabajo desde hace meses. De repente aparecen manadas de madres cruzando el paso de cebra delante mio. Algo es raro …Hoy cotorrean más de lo habitual y se ríen aunque no parece alegría natural, es algo teatral y exaltado. Pienso : “...al menos no tienen la usual cara de culo que suelen tener las madres de clase y edad media a esta hora...” volviendo el foco a las personas en el paso de peatones me doy cuenta que las madres llevan su niño de la mano, les llevan las mochilas de ruedas también. Su sonido, al rodar-las por el asfalto suena hueco o vacío, saltan y bailan sobre las diminutas piedras del alquitrán como si no hubiera libros dentro y hacen juego acústico con las pelucas de papel de aluminio que lleva cada uno de los docenas de niños y niñas (estamos en carnaval). Entre madres de musical, mochila chapaleando y pelucas de aluminio, un concierto de música contemporánea en la Avenida Carrilet. Un pito violento me saca de mi cortometraje matutino. Arranco cagando leches. Pedaleando paso una empresa de investigación privada y me viene una frase de The True Detective: “Hoy es como despertarse de la vida a la pesadilla que estamos viviendo, lo bueno es que casi siempre estamos durmiendo”.

Nada mas llegar a la oficina me encuentro con una pelea de correo electrónico entre un empleado y recursos humanos. Estoy en copia porque soy del comité de empresa.

El asunto y las personas no voy a revelarlas pero aseguro que es absolutamente ridículo por ambas partes. Uno se cree con derecho constitucional a ser promocionado por revelar errores graves de la dirección de la empresa y los otros solo promocionan gente que hace desaparecer los problemas sin la necesidad de resolverlos. En el ingles del basket esto se llama una Pat-situation o según Saul Berenson en la serie Homeland: "Lets agree to disagree". En el correo se habla mucho de tolerancia y confianza. Aunque no me consta que estos dos conceptos tengan algo que ver con este caso sigo jugando a las canicas con ellos.....Homeland...





...La intolerancia y el odio son productos culturales, no naturales. Cualquier disciplina, religión o concepto de creencia se puede usar para convertir personas en asesinos (psicópatas, islamitas radicales, protestantes radicales, inescrupulosos banqueros, neo-liberales capitalistas) y a la vez proveer una justificación sobre el porqué era necesario matar con sus propios conceptos rígidos y demagógicos de psiquiatría, ciencia, yoga, economía, comunismo, positivismo etc. Todas estas cosas que los humanos creen haber revelado, inventado y comprendido crean una enorme variedad de atributos con los que clasificar a las personas y aun mas burocracia para asociar esta clasificación a las personas y con ello unas personas extremadamente polarizadas y moralizadas. Solo así es posible que una persona pierda su empatía para convertirse en un asesino que viene con mando a distancia. Un asesino o autor de escritorio, término creado por Hanna Arendt "Schreibtischtäter"...

Los departamentos de recursos humanos no cumplen debidamente este perfil pero si que están posicionados en un entorno estratégico para convertirse en ello muy fácilmente. La existencia de extensos protocolos de conducta, acuerdos laborales, convenios, artículos del estatuto del trabajador en conjunción con una variedad de marcos y plantillas psicológicas los convierten en una especie de crupier de Texas Holdem en el casino de los intereses entre empresa y empleado. Aunque no saben que carta se va jugar a continuación son bien capaces manipular el resultado del juego aplicando uno u otro de esta multitud de párrafos y reglas a convenir.

Ambos, empresa y empleado, viven en el constante intento de hacer trampa. Afortunadamente a veces pasa que alguna u otra trampa es revelada. Una vez se consigue filtrar los gritos, insultos y amenazas, siguiendo el camino de la trampa asesina hacia atrás, en la mayoría de los casos no se encuentra nadie que sea responsable del inicio de la pelea. Solo una selva de conceptos, artículos, códigos y leyes que se contraponen, solapan, potencian, eliminan, excluyen, fomentan mutuamente. Todos estos constructos abstractos sirven en primer lugar para dividir entre ganadores y perdedores y entre propietarios y no propietarios. Se basan en un concepto cuantitativo de la vida y en la falsa creencia de que el ser humano es malo por naturaleza y necesita un hostigamiento para ser controlado. Así, el capitalismo neoliberal salvaje justifica su conducta, se remite a la naturaleza humana. Pero malo por naturaleza no existe. La naturaleza no conoce el concepto de malo y bueno. Es la cultura de la moral la que crea este juicio. Es la cultura de los "asesinos de escritorio" la que crea la división de las personas en dueños del casino, crupier y jugadores. 

Si seguimos el camino de la burocracia atrás, más allá de los documentos y párrafos, vamos a encontrar personas grises, de clase media con puestos de administración totalmente insignificantes, cuyo labor es exclusivamente la clasificación de información sobre personas. Sin ejecutar ningún acto de violencia contra los derechos humanos son los gran suministradores de información que a su vez permite en primer lugar la clasificación entre mala y buena persona. Según la ideología actual, esta clasificación puede variar en solo una década tres veces con características totalmente opuestas.

En la economía del robo ( ant.lat. privare/significaba robar) este rol tiene el departamento de recursos humanos. Allí es donde se clasifica la información sobre los empleados a base de conceptos totalmente dependientes del criterio de la empresa que en la mayoría de los casos se basa en el modelo de ventaja comparativa (el puro rendimiento del individuo) y también en una cuantificación muy abstracta de la habilidad de obediencia. Esta última no se llama así sino disponibilidad al cambio y flexibilidad. En conjunto con algunos datos mas (la edad, sexo, historial de baja medica, estado civil, etcétera) se construyen clases y subclases de empleados. A veces se añade información mas intima como la orientación sexual y preferencias de ocio, resultado del espionaje en el dispositivo electrónico laboral (portátil y teléfono).

La filosofía de la empresa "somos una familia" es una buena herramienta para obtener aun más información privada sobre los empleados y así prevenir aun mejor su futuro rendimiento y utilidad para el negocio, y así poder excluirlos lo antes posible en caso de descubrimientos que podrían indicar una personalidad demasiado autónoma e incluso conflictiva. 

La gran moda de tripular lo políticamente correcto y el abandono de la intimidad juega a favor en manos de las empresas que lo proponen. Los empleados abandonan el silencio sobre su condición privada y por tanto emocional y así se hacen vulnerables para chantajes y una retorica de amenaza muy sutil. Recursos humanos recolecta toda la información que damos cada vez mas públicamente pero no la usa para tomar decisiones personales ellos mismos. Esto lo hará el Manager. Así, la responsabilidad se distribuye de la misma manera que en cualquier dictadura que usa la eficiente pero no eficaz herramienta de la burocracia para el control y así hace imposible encontrar un litigante o adversario para el empleado. El resultado es una profunda sensación de impotencia. Los empleados y por tanto miembros de la sociedad se ven reducidos a un ciclo de trabajar y consumir mientras cada vez más son transparentas como empleados y figuras públicas pero invisibles e irrelevantes como seres humanos reales.


Hanna Arendt: "El acto de consumir reemplaza cualquier activad cultural de relevancia"

Leo correos y pienso todo esto. Que cojones debo hacer ...a ver si Kant me da un consejo sobre qué hacer con uno que revela secretos y exige un premio porque se considera del lado bueno.




martes, 7 de julio de 2015

Capitalismo de Guerra


El título del libro “El imperio del algodón”de Sven Beckert, historiador y profesor en la Universidad de Harvard, podría ser perfectamente el de una novela de éxito de una historia romántica ambientada a mediados del siglo XIX en el Sur de los EEUU; como tantos otros que, fácilmente, nos vienen a la memoria. No es el caso, se trata de un ensayo histórico sobre los fundamentos y la construcción del sistema capitalista que está ligado de forma inextricable con el algodón.



Aún siendo un ensayo histórico plagado de datos y nombres, el libro mantiene una linea discursiva muy fácil de seguir por su claridad. Es sin duda, un libro que nos ayudará a comprender mucho mejor de donde viene y sobre qué pilares se apoya nuestra actual sociedad industrial. Para los economistas es una lección de humildad, porque la historia y su estudio resultan imprescindibles para comprender y explicar esa especie de teoría del todo en que algunos han querido convertir la materia económica, lo que acostumbramos a llamar imperialismo económico. Asimismo, es fácil ver porque la mayoría de economistas han convertido su disciplina en a-histórica y a-temporal, pues los relatos en los que se basan sus modelos y su coherencia interna sufren o se derrumban ante la evidencia histórica.

Muchos de los acontecimientos históricos remotos nos evocaran analogías con los dilemas a los que nos enfrentamos o nos explicarán por qué esos dilemas se nos presentan. Mi impresión personal es que determinadas pulsiones del sistema, aunque pueden ser moderadas mediante contrapesos, tienden a aflorar a la menor oportunidad. Lo que se ha venido en denominar, a propósito de la actual globalización, como “race to the bottom”, una constante en la histórica del capitalismo y forma parte necesaria de él.


El imperio del algodón es muchas cosas, pero sobre todo, una historia de sufrimiento, de coerción y, en muchas ocasiones, de violencia descarnada. También, lo es del ingenio y la ambición de los hombres que lo forjaron. Pero es ante todo, el relato de la ascensión de una forma de ordenar las relaciones sociales que ha sido hegemónica en algunos lugares del mundo durante más de 200 años. Lo relevante es que la construcción de esa hegemonía tiene mucho que ver con el imperio del algodón.

Esta entrada se limitará a presentar los orígenes de ese imperio mediante lo que el auto denomina capitalismo de guerra pero antes hay que responder a la siguiente pregunta:

¿Por qué el algodón?

Cabe plantearse por qué el algodón y no otras mercancías como: el azúcar, cacao, lana o el lino. Para entender le protagonismo del algodón, es importante conocer que, como materia prima para la manofactura textil, no tenía paragón hasta la aparición de las fibras sintéticas. La fibra de algodón es mucho más fácil de trabajar y tejer y, sobre todo, es mucho más fácil de tintar, con lo que conseguimos una variedad extraordinaria de productos. Podemos caer en el eurocentrismo y pensar en la industria del algodón como algo exclusivamente relacionado con Europa y el nacimiento del capitalismo. Sería un craso error. La industria del algodón era la primera industria manufacturera del mundo 900 años antes del inicio de lo que se ha denominado como revolución industrial, pero que cabría denominar como nacimiento del sistema capitalista, al menos en el sentido que actualmente otorgamos al vocablo.


Para entender la importancia del algodón y su flexibilidad, Sven Beckert nos dice que para obtener la misma cantidad de fibra, si utilizáramos la lana como se hacía en Europa hasta el siglo XIX, para obtener un volumen equivalente necesitaríamos 7.000 millones de ovejas que requerirían unos 16 millones de kilómetros cuadrados para pastar o, lo que es lo mismo, casi la superficie de la República Rusa.

Hay que precisar que, aunque la producción fabril se encuentra asociada al algodón, sin negar su importancia, no es mucho menos el único elemento. El nacimiento del imperio del algodón con su centro en Inglaterra, es anterior a las fábricas satánicas (Satanic mills), que son un derivado de la expansión de ese imperio y, expresión de la doble necesidad de obtener una mano de obra barata y de privar a esa mano de obra de cualquier medio de sustento más allá de la venta de su fuerza de trabajo, impidiendo el auto-consumo, especialmente importante en el textil y, en definitiva, convirtiéndolos en consumidores y creando el esencial mercado de trabajo que requiere total dependencia del capital. Se trata de un proceso de transformación e integración mucho más complejo que, como nos dice el autor, nos daría una visión incompleta si sólo miráramos alguno de sus muchos aspectos.

Advertir, que aunque en la memoria colectiva otras industrias como la siderurgia, los ferrocarriles, etc... parecen tener más protagonismo, en la denominada Revolución Industrial; lo cierto, es que el proceso comienza en el campo, ya que la sociedad europea era una sociedad esencialmente agraria y es donde encontramos la masa de lo que se irá conformando como el gran ejército de trabajadores necesario para crear esa industria que, finalmente, llegará a ser fabril; pero, que no comenzará como tal. Además, será en el campo, tanto en Europa como fuera de ella, donde se producirán las mayores transformaciones de las relaciones sociales.

Hasta el siglo XVIII, Europa estaba al margen de esa manufactura que dominaba gran parte del resto de mundo; por ello, resulta básico entender cómo desde la marginalidad pudo convertirse en el centro de un imperio global. En esa época, esencialmente la India y también China, dominaban la producción de algodón y su transformación. Además, es importante destacar que poseían la tecnología para conseguir productos y calidades que los europeos ni soñaban. Una parte trascendental de la construcción del imperio, fue apropiarse de esa tecnología y, al mismo tiempo, destruir la base industrial de esos países, para convertirlos en productores de materia primera por una parte y, consumidores de productos terminados por otra.

El imperio del algodón está en la raíz misma de la llamada “gran divergencia”, en la que se produce un crecimiento económico acelerado en Europa que deja atrás a gran parte del resto del mundo. Para esa gran divergencia se señalan muchas razones como: la existencia de instituciones fiables, el imperio de la ley, etc... Nada más lejos de la verdad como señala Sven Beckert:

“La primera nación industrial, Gran Bretaña, era apenas un estado liberal, pequeño con instituciones fiables e imparciales como a menudo se le describe. En su lugar, era una nación imperial caracterizada por unos enormes gastos militares, en casi continuo estado de guerra, una poderosa e intervencionista burocracia, altos impuestos, deuda gubernamental disparada y aranceles proteccionistas—y ciertamente no era democrático.”

Esto tiene un mal encaje con los discursos neoliberales que crean una realidad paralela donde los hechos encajan con sus supuestos de partida, para ello deben ignorar deliberadamente la historia y crear unas fábulas que estén acordes con esos hechos. Por eso, sistemáticamente, suelen argumentar que hay que mirar al futuro o que los que intentan indagar los hechos históricos son unos rencorosos que pretenden enfrentar a las personas. Desde el punto de vista de la economía, el óptimo de Pareto es la máxima expresión de esa postura puramente ideológica disfrazada de positivismo.

Lo que está en el origen mismo de la construcción del sistema capitalista es la coerción, rápidamente convertida en violencia cuando sea menester. Y para el imperio del algodón, que requería la construcción de los mercados de factores, tierra y trabajo, se requirió mucha violencia. Es fácil de entender la profunda incomodidad de los neoliberales hacia estos hechos y su disposición a obviarlos como irrelevantes.


El Capitalismo de Guerra

El capitalismo de guerra (war capitalism) precede la industrialización y pone las bases sobre las que se asentará la misma. Algunos lo denominan pre-capitalismo o mercantilismo, pero el uso de la violencia es tan preponderante que la denominación de capitalismo de guerra es acertada. Tanto el esclavismo como las expropiaciones masivas de derechos de uso sobre la tierra son predominantes en este período, además de la apropiación de territorios por la fuerza a cuyos habitantes se les niega todo derecho. Especialmente, esto se produce en América y África cuyos recursos y tecnología refuerzan a los estados europeos para crear las condiciones necesarias para el posterior crecimiento económico. El precio que pagan los demás por ese crecimiento es un sufrimiento indecible.


Dura desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XIX en algunos lugares y, sirve para configurar esos mercados necesarios para que el capitalismo florezca.

Vemos que desde la fase inicial el protagonismo de los estados para ejercer la violencia o tolerarla o apoyarla resulta completamente decisiva. La inextricable unión entre capitalismo y estado es, sin duda, lo que más rechazo provoca en los liberales primero y, los neoliberales posteriormente, que tratan de zafarse de ese “pecado original” mediante estratagemas que les permitan crear fábulas o mundos donde los hombres tienen una propensión natural al intercambio entre iguales y, donde el único papel del estado es la protección de esos intercambios de derechos de propiedad. Sólo la propaganda permite mantener vivas tales patrañas.

Es cierto, que eso, sufrirá una evolución hacia el capitalismo industrial, pero la coerción siempre estará presente, como nos recuerda David Graeber. El imperio de la ley, respaldado por el estado, ha sido un estadio posterior; pero el inicio, se basó en lo que Beckert denomina en acciones descontroladas de individuos privados que pondrán los cimientos del imperio del algodón donde los europeos ejercerán un férreo control de algo que hasta hacía poco les era completamente ajeno.

La industria del algodón partirá de los modos de producción tradicionales que irán evolucionando hacía la factoría, que nos conducirá, al capitalismo industrial y al predominio de los estados-nación.

El proceso de acumulación de capital, al que dio lugar el algodón, permitió el desarrollo de otras industrias principalmente, aunque no sólo, en Europa. Simultáneamente, supuso una oleada de desindustrialización en otros lugares, algo necesario para que se integraran en el imperio del algodón o bien, como meros productores o, también, como consumidores al perder su capacidad de transformar el algodón de la manera tradicional. Pero el rasgo esencial del mercado global fue la perdida de autonomía de ingentes cantidades de personas, que perdieron sus derechos sobre la tierra y, pasaron a depender exclusivamente de la venta de su fuerza de trabajo o, que sencillamente se convirtieron en una mercancía, literalmente capital humano, activos propiedad de otras personas.

Europa estaba muy alejada de los grandes centros de producción y transformación del algodón y, para la materia primera dependía de distantes regiones que no controlaba o lo hacia de forma precaria antes del siglo XIX o finales del XVIII.

Lo que es importante destacar, es que la primera gran transformación que conduce a Europa al centro del imperio del algodón, no fueron los avances tecnológicos u organizativos, sino la voluntad y la capacidad de proyectar el capital y el poder a través del mundo entero, lo que le permitió integrarse en las redes comerciales del algodón utilizando esencialmente la violencia.

Europa ya había intentado antes introducirse en esas redes mundiales del algodón, pero había fracasado, sin embargo, había tomado nota de esos fracasos y concluyó que era determinante el uso de la fuerza para introducir y extender sus intereses.

Los instrumentos financieros que se habían ido desarrollando a lo largo de los últimos tres siglos tuvieron, también, un protagonismo decisivo. Entre ellos, los seguros marítimos o sistemas para transferir capitales a grandes distancias.

La primera expansión de los comerciantes europeos a partir del siglo XVI fue mediante las armas, pero limitada a la costa en el caso de Asia, donde estaba el núcleo central de comercio del algodón. Sin el control del interior, donde se situaba la producción y gran parte de la transformación, su capacidad de influencia era muy limitada y, les resultaba imprescindible las alianzas con las élites locales, de las que dependían para satisfacer las demandas de sus clientes en Europa, pero también en África. No obstante, esa situación estaba lejos de sus anhelos y lucharon de forma incansable para penetrar y dominar el conjunto de la cadena de transformación.

Por otra parte, el proceso de expropiación de tierras, primero en Europa y luego a lo largo y ancho del mundo, supusieron un paso decisivo para conformar el imperio del algodón. Aquí también los instrumentos financieros a través de la deuda tuvieron un papel preponderante. Los préstamos usureros, cuando surgía una mala cosecha o el precio bajaba, servían para desalojar a los campesinos de las tierras y eliminar cualquier posibilidad de sustentarse más allá de vender su fuerza de trabajo. En otros casos, fue el mero pillaje o saqueo de las propiedades comunales y colectivas de otros pueblos y culturas, con sistemas de organización diferentes, lo que permitió la expansión y consolidación de un sistema mediante una acumulación de capital nunca vista.

El principal problema, algo que se convierte en central en el sistema capitalista, es que los productores que además tejían y elaboraban prendas para uso propio o mercados reducidos conservaban un cierto grado de autonomía en su trabajo. Para la construir el Imperio del Algodón será perentorio la pérdida de esa autonomía, para que de esta forma conformen la fuerza de trabajo asalariada base del capitalismo industrial y, también, se conviertan en consumidores, perdiendo su capacidad de auto-consumo.

Llama poderosamente la atención, la interrelación de los diferentes elementos en este imperio, ya que las prendas adquiridas en India esencialmente, de gran calidad, se convierten en moneda de cambio en África para la compra de esclavos, cuyo trabajo en América es uno de los principales pilares para el dominio por parte de Europa, esencialmente, Inglaterra, del mercado mundial. Como nos dice el autor, el capitalismo de guerra se configura por:

“Esta expansión de las redes comerciales europeas en Asia, África y América fundamentalmente no descansa en ofrecer bienes superiores a buen precio, sino en el domino militar de los competidores y en la presencia coercitiva del comercio europeo en muchas regiones del mundo. Dependiendo del equilibrio de fuerzas en relación con el poder social en cada lugar en concreto, había variaciones en esta tesis central.”

Y destaca los motivos esenciales del capitalismo de guerra:

“Una vez los europeos se implicaron en la producción, ligaron sus fortunas económicas a la esclavitud. Estos tres motivos—expansión imperial, expropiación y esclavitud—se convirtieron en esenciales para forjar un nuevo orden económico mundial y, finalmente, para la emergencia del capitalismo.”

En esta fase del capitalismo de guerra, el ejercicio del poder de los estados europeos en los territorios coloniales era débil y dejaba margen para la actuación privada. Estamos muy lejos del imperio de la ley, se trata de la expropiación de trabajo y tierra por medios violentos, la ley del más fuerte.

La necesidad de suministrar esclavos para establecer una sólida producción en América significaba la necesidad de aumentar las exportaciones de tejidos de la India con destino a África, cuyos gustos eran, por cierto, bastante más sofisticados que los europeos.

Convertir a América en un gran centro de producción de materia prima era vital para el proyecto europeo, ya que en ese continente su control de la tierra y el trabajo era muy superior a la del subcontinente Indio, donde las estructuras sociales existentes impedían o dificultaban que la gente renunciara a su autonomía.

Beckert afirma:

“El capitalismo de guerra confía en la capacidad de los ricos y poderosos europeos en dividir el mundo entre “dentro” y “afuera”. “Dentro” abarca las leyes, instituciones y costumbres de la patria, donde los estados imponían el imperio de la ley. “Afuera”, por el contrario, estaba caracterizado por la dominación imperial, la expropiación de vastos territorios, la aniquilación de los pueblos indígenas, el robo de sus recursos, el esclavismo y, la dominación de amplias áreas de tierra por los capitalistas privados con muy poca supervisión efectiva de los distantes estados europeos. En estos territorios imperiales las reglas de “dentro” no se aplicaban.”

Un ejemplo señero es el subcontinente Indio donde el imperio Británico, lenta pero de manera implacable, no sin dificultades, se va adueñando de la cadena de producción, primero impidiendo a los artesanos vender a quien quisieran su trabajo, imponiendo el comprador y el precio a través de sistemas de vigilancia. Es importante señalar, que como siempre el capitalismo desde su más tierna infancia está ligado a una burocratización creciente, completamente imprescindible para imponer su modo de producción como ya hemos comentado en otra entrada.

Todo este proceso de construcción estuvo aderezado por rasgos que son constantes en el capitalismo. Para incentivar la industria propia se protegió contra las importaciones de las colonias, que a su vez, por falta de soberanía no podían responder. Pero como tenían la capacidad de colocar las exportaciones, esencialmente de la India, en otros lugares por su dominio de las redes comerciales, podían proteger su industria, reservándose el mercado nacional, a la vez, que acumular la riqueza suficiente para controlar esos mercados exteriores. Todo lo cual, requería la construcción de estados más poderosos, en continua situación de guerra, que necesitaban recursos crecientes. Progresivamente, esa industria nacional, ganaría capacidad de producción y, necesitaría también, acceder a los mercados internacionales para los que demandaría la ayuda del estado, destinada a favorecer sus productos en detrimento de las de otras partes del mundo. Especialmente relevante era el gigantesco mercado asiático, esencial para la industria textil inglesa.


Otra estrategia fundamental no fue sólo coartar toda competencia, sino transferir o, mejor sería decir, robar la tecnología y los procesos de producción de los países que llevaban siglos en la producción de tejidos de algodón. Los procesos de tintado de los tejidos especialmente.

“La expansión imperial, la esclavitud y las expropiaciones—capitalismo de guerra—establecen las bases para la todavía pequeña y tecnológicamente atrasada industria doméstica del algodón en Europa. Proporciona mercados dinámicos y acceso a la tecnología y, a las materias primas esenciales. También deviene un motor importante de la formación de capital.”

Además, esta industria es un motor decisivo para el desarrollo de importantes sectores secundarios de la economía, como los seguros o el financiero, pero también, en la creación de instituciones que durante el siglo XIX serán los puntales del capitalismo industrial, en especial, los estados nación.

El estado-nación tendrá un papel decisivo tanto para la consolidación del sistema como para amparar el surgimiento de contrapesos dentro de los mismos que irán limitando las características esenciales del capitalismo de guerra.

Los resultados del capitalismo de guerra, Beckert nos lo describe de la siguiente forma:

“….Europa en el siglo XVIII disfrutaba básicamente de un nuevo lugar en las redes globales del algodón. La mayoría de la producción mundial de algodón estaba todavía sita en Asia y, vigorosas industrias algodoneras permanecían a lo largo y ancho de África y América, pero los europeos ahora dominaban decisivamente el comercio transoceáncio.”

El nuevo comercio global del algodón era sustancialmente diferente a todo lo anterior. No se trataba de la ventaja comparativa en el intercambio de bienes que continuaba siendo en aquella época algo relativamente marginal, sino organizar ese comercio milenario de una forma absolutamente distinta y cambiar las estructuras sociales a su conveniencia. Se cambió una estructura esencialmente horizontal y discontinua, con altos grados de autonomía, en un sistema integrado, centralizado, burocratizado y jerárquico.

El siguiente estadio, el capitalismo industrial, había visto su camino desbrozado de obstáculos para convertirse en el sistema hegemónico que continua siendo a día de hoy, después de sucesivas transformaciones, muchas de ellas curiosamente pendulares como la globalización que es la forma en que el capitalismo escapa de las limitaciones y contrapesos que el estado-nación le imponía y le estaba ahogando.

lunes, 27 de abril de 2015

Burocracia. La utopía de las reglas


El último libro publicado por David Graeber “The Utopia of Rules” se compone de una introducción y tres ensayos en los que se aborda el complicado tema de la burocracia desde distintos enfoques: el primero la violencia, el segundo la tecnología y el tercero la racionalidad y el valor. En este post, me voy a limitar al planteamiento de un tema que estuvo en boga después de la Segunda Guerra Mundial hasta los años 70 pero que ahora está relegado a pesar de su importancia.



Hoy en día, estamos acostumbrados a lidiar con el aparato burocrático y a emplear largas horas en cumplimentar los requisitos que cualquier acción conlleva. Lo que denominamos “papeleo”, que consume una parte muy sustancial de nuestro tiempo aunque sea por vía electrónica. Un consumo de un tiempo que, frecuentemente, consideramos como perdido. Es algo que damos por sentado sin prestarle mayor reflexión, a pesar de lo impotentes o estúpidos que nos sentimos en ocasiones enfrentados al papeleo, por ejemplo, la omisión de un trámite o la falta de un determinado papel, los ejemplos son innumerables.


La relación de la izquierda ideológica con la burocracia ha sido siempre difícil; tal vez, porque la derecha se ha apropiado de la lucha contra la burocracia como elemento controlador, a quien se acusa, de interferir en los maravillosos mecanismos del “libre mercado” echando arena a su precisa maquinaria para impedir que despliegue toda su magia. Por otra parte, la burocracia vista como una máquina uniformizadora del estado, destinada a reprimir cualquier expresión que se salga fuera de los cauces establecidos, ha quedado arrinconada porque el ataque de la derecha obliga a la defensa de la misma como un estandarte del menguante estado del bienestar.

La burocracia plantea para los defensores del libre mercado un problema, pues el mercado disciplina el interés propio para obtener un resultado óptimo. Por esa causa, nunca encajó en el relato liberal desde sus inicios ya que era visto como un vestigio del pasado. Sin embargo, la ruptura con el antiguo régimen no pareció afectar a la burocracia porque, incluso en los países capitalistas más avanzados durante el siglo XIX, como Inglaterra o Alemania, su importancia aumentaba en lugar de disminuir. Pero, si la burocracia estatal no está sometida a la disciplina del mercado hay que tomar dos medidas, reducirla a la mínima expresión mediante la llamada desregulación acompañada de privatizaciones y, por otra parte, introducir, en la medida de lo posible, esa disciplina en forma de criterios de mercado dentro de la administración para hacerla más “eficiente”. La socialdemocracia ha cedido en ese campo como forma de defender el estado del bienestar. El resultado para Graeber ha sido catastrófico sin paliativos, lo peor de cada casa, los peores elementos de la burocracia mezclados con los peores elementos del capitalismo. Un engendro, que ha precipitado a la socialdemocracia a una situación de postración sin ninguna capacidad de reacción, en ese vano intento de ceder para salvar algo de la quema.

Para Graeber, la Derecha tiene una crítica, deficiente, de la burocracia. La Izquierda, por el contrario, no tiene nada, excepto acogerse a la crítica de la derecha de una forma descafeinada.

Desde el punto de vista de Mises, la burocracia era un defecto del sistema democrático, ya que un sistema de gobierno nunca puede organizar la información con la eficiencia impersonal del sistema de mercado mediante el mecanismo de los precios. La extensión de la democracia a los “perdedores” del juego de la economía, llevaría a reclamar la intervención del gobierno para solucionar los problemas sociales a través de medios administrativos. Y, aunque las llamadas a la intervención fueran bienintencionadas, eso no impediría que afectaran a los mercados de forma negativa. El final del proceso sería la destrucción de la misma democracia, pues, el proceso de intervención se retroalimentaría positivamente de manera que los estados del bienestar llevarían de forma inevitable al fascismo.

La cuestión es, que las premisas de Mises son falsas. Parte de la idea del mercado autoregulado y espontaneo que nace de los deseos de intercambio y que da como resultado una situación eficiente de asignación.

No obstante, el mercado es históricamente un efecto colateral de la acción del gobierno, especialmente de las operaciones militares, o una creación gubernamental deliberada a través de políticas destinadas a su implantación. Citando a Polanyi en su obra “La Gran Transformación” (1944):

La frase de Frank H. Knight «ningún móvil específicamente humano es económico», se aplica no solamente a la vida social en general, sino también a la vida económica. La tendencia al trueque, sobre la cual Adam Smith fundamentaba su confianza para describir al hombre primitivo, no es una tendencia común a todos los seres humanos en sus actividades económicas, sino una inclinación muy poco frecuente. No solamente el testimonio de la etnología moderna desmiente estas elucubraciones racionalistas, sino también la historia del comercio y de los mercados, que es muy diferente de las teorías propuestas por los sociólogos conciliadores del siglo XIX. La historia económica muestra que los mercados nacionales no surgieron en absoluto porque se emancipase la esfera económica progresiva y espontáneamente del control gubernamental, sino que, más bien al contrario, el mercado fue la consecuencia de una intervención consciente y muchas veces violenta del Estado, que impuso la organización del mercado en la sociedad para fines no económicos. Y, cuando se examina este proceso más de cerca, se comprueba que el mercado autorregulador del siglo XIX difiere radicalmente de los mercados precedentes, incluso de su predecesor más inmediato, en lo que se refiere al egoísmo económico como factor fundamental de su regulación. La debilidad congénita de la sociedad del siglo XIX no radica en que ésta fuese industrial, sino en que era una sociedad de mercado. La civilización industrial continuará existiendo cuando la experiencia utópica de un mercado autorregulador ya no sea más que un recuerdo.

Uno de los efectos observados de las políticas encaminadas a la creación de mercados es el aumento de la burocracia, lo que entra en abierta contradicción con el concepto de gobierno mínimo reclamado desde esas posiciones. Algunos, achacan tal situación a movimientos contrarios, incluso conspiratorios, contra el laissez faire. Nada más lejos de la realidad, la cuestión es que mantener un sistema de mercado donde exista libertad de contratación requiere un ejército de burócratas, desde notarios, pasando por registradores hasta la policía, que permita su funcionamiento. El ejército de funcionarios de una sociedad de mercado “autoregulado” es muy superior a la que necesita una monarquía absoluta por poner un ejemplo. Es lo que Graeber denomina la Ley de Hierro del Liberalismo que enuncia de la siguiente forma:

“Cualquier reforma del mercado, cualquier iniciativa del gobierno destinada a reducir los trámites y promover las fuerzas de mercado tendrá como efecto final el aumento del número total de regulaciones, el incremento del papeleo y del número total de burócratas que el gobierno emplea”.

Aunque algunos, como Mises, reconocían con la boca pequeña la necesidad de regulación de los mercados, es decir, la imposibilidad de la autoregulación, los políticos de derechas vieron en el ataque a la burocracia y a los burócratas un filón que aún está lejos de agotarse. La imagen de funcionarios holgazanes viviendo a expensas de esforzados ciudadanos que pagan sus impuestos son continuamente repetidos por parte de la Derecha y, en gran medida, la postura se ha ido extendiendo hacia otras partes del espectro político. La respuesta a la burocracia es, desde esa postura, el mercado y que, en consecuencia, el gobierno debería ser gestionado como un negocio para evitar los males de la intervención perturbadora que la burocracia representa. Si dejamos que las cosas sigan su curso normal el mercado proveerá la solución. Como dice Graeber:

“Democracia” de esta forma viene a significar el mercado; “burocracia”, a su vez, la interferencia del gobierno en el mercado; y esto es bastante aproximadamente lo que esta palabra continua significando a día de hoy.

Pero, históricamente, la burocracia no siempre fue considerada de la misma forma. Con el nacimiento de las grandes corporaciones, las técnicas burocráticas eran vistas como imprescindibles para dirigir de forma eficiente esos grandes conglomerados industriales. En EEUU se asumía a principios del siglo XX que el gobierno y los grandes negocios se administraban de la misma forma.

En contraste con la retórica británica del libre comercio sobre la base del patrón oro, tanto estadounidenses como alemanes no eran partidarios de ese principio tan sagrado para los liberales. Ambos creían que el mundo debía ser regido por instituciones burocráticas. Después de la Segunda Guerra Mundial, con la completa hegemonía de EEUU, eso se plasmó en una pléyade de instituciones internacionales de todos conocidas, Naciones Unidas, Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, el GATT (posteriormente la WTO), etc. Se trata de dominar mediante la administración de cosas y personas.

En EEUU, fue durante el New Deal cuando las estructuras burocráticas alcanzaron a la sociedad en su conjunto, pero no eran exclusivamente funcionarios, sino que se trataba de una amalgama de burócratas tanto del sector público como del privado. Las grandes corporaciones norteamericanas estuvieron muy implicadas en el proyecto de Roosevelt. Sin embargo, el paroxismo burocrático llego con la guerra, la burocracia militar penetró profundamente el sistema y nunca lo abandonó, pues EEUU se convirtió en el gendarme del mundo. Una de las características tradicionales de la burocracia estadounidense es que las lineas entre lo público y lo privado han sido siempre difusas. Uno de los efectos más conocidos son las puertas giratorias (revolving doors). ¿Quién no conoce la advertencia de Eisenhower en su despedida de la presidencia sobre el complejo militar-industrial?. Hoy en día, esa amenaza se ha visto empequeñecida ante la endogamia que se da en el sector financiero.

Merece la pena enfatizar que, la mayoría de las regulaciones de las que se quejan las grandes corporaciones financieras, han sido redactadas en gran parte por gente que ha pertenecido a ellas y con la colaboración directa de las mismas a través del cabildeo. En realidad, eso es extensible a cualquier actividad regulatoria del gobierno que parece interferir en el iniciativa privada, pero que si nos damos cuenta, está redactada e influenciada por esas empresas para garantizarles un adecuado retorno de las inversiones. Es decir, se trata de eliminar riesgos a través de la acción del gobierno, algo bastante conocido por estos lares pero que forma parte del ADN del sistema. Esa connivencia o falta de separación entre lo privado y lo público, ahora lo denominan capitalismo de amiguetes (crony capitalism), expresión muy en boga en estos días, aunque no sea más que una perífrasis.


Lo anterior no impide, sino todo lo contrario, una la crítica feroz de la burocracia desde la Derecha, pero no es más que una acción de distracción. Detrás del discurso de la desregulación que acompañan a la critica, que parece sugerir la reducción de la interferencia pública en los mecanismos autónomos del mercado, se opone la realidad de una burocracia creciente donde lo público y lo privado se desdibuja. Sin embargo, deja a aquellos que se quieren oponer en el terreno teórico en una posición poco atractiva. Oponerse a la desregulación se traduce en querer incentivar el entrometimiento de lo público en lo privado y el deseo de cada vez más regulaciones.

Era lo esperable, todos estos debates están viciados por premisas falsas. Por ejemplo, tal como expone Graeber, no hay un sector bancario desregulado ni puede existir ya que tienen el poder de crear dinero mediante la creación de depósitos en la concesión de préstamos. Ese dinero se considera dinero de curso legal a todos los efectos y es indistinguible del dinero creado por el estado, monedas y billetes. Además, necesita del respaldo del estado para su funcionamiento ya sea explicito, mediante esquemas de garantía de depósitos o implícito, por la necesidad de intervenir ante el peligro que un problema de liquidez y/o insolvencia puedan plantear el sistema de pagos (too big to fail).

La llamada desregulación, se trata de un cambio de regulación para favorecer determinados intereses. Por eso, los procesos de “desregulación” acaban siendo procesos de concentración, algo sumamente revelador. El truco consiste en llamar desregulación a lo que es una nueva regulación para favorecer los intereses de los más poderosos y, a desdibujar las fronteras entre lo público y privado de forma que lo primero acabe dominando lo segundo, pero siempre guarde la apariencia de ser cosas separadas. Por ejemplo, las críticas a los bancos centrales por su entrometimiento y manipulación del mercado son útiles como cortinas de humo para esconder una realidad de la que no se quiere hablar.

David Graeber lo denomina la era de la total burocratización que va ligada a la financiarización del capitalismo que toma como punto de partida, aunque sea simbólico, el final de la convertibilidad del dólar en 1971. Se caracteriza por un cambio de alianzas de la burocracia privada o grupos dirigentes de las empresas desde sus trabajadores hacia los inversores. Es decir, el foco no se pone en lo que se produce y en los intereses comunes de todos los implicados en el proceso, sino en lo que se llamará la maximización del valor del accionista (Jack Welch). Está es una estrategia cortoplacista, pues los inversores salen y entran con total facilidad de la propiedad mientras que los otros actores más comprometidos, como trabajadores o proveedores son orillados. El resultado es un desastre, como comprobó la empresa de Welch, la General Motors, que después de años de maximización del valor de los accionistas cayo en bancarrota, las inversiones o los colchones de seguridad para las malas épocas se los habían gastado en comprar sus propias acciones para contentar a los inversores. El rescate a cargo de los contribuyentes estadounidenses es ya historia.

El cambio de alianzas, especialmente en los países anglosajones, acabó con el llamado corporativismo, en el que, como ocurre todavía en las empresas japonesas, un trabajador entra de por vida, exactamente como un funcionario. El corporativismo había conseguido crear una alianza entre clases, cabe advertir que ésta es también la esencia filosófica del fascismo, de forma que esos obreros bien remunerados apoyaban a la clase dominante. La nueva filosofía era un remedo del agente representativo, todo el mundo es trabajador, consumidor, inversor (capitalista) a partes iguales, algunos lo denominaron capitalismo popular. El éxito del empeño se produjo en palabras de Graeber:

“Ninguna revolución política puede triunfar sin aliados, y arrastrar consigo un cierta proporción de la clase media—y, lo que es incluso más importante, convencer a la gran masa de la clase media que tenían algún tipo de interés en el capitalismo financiero—era crítico. Esencialmente, los miembros más liberales de la élite profesional-gerencial se convirtieron en la base social de que viene a considerarse como el “ala izquierda” de los partidos políticos, mientras que las organizaciones propias de la clase trabajadora como los sindicatos fueron condenados al olvido”.

Se trata de una transformación radical, pues las técnicas burocráticas, esencialmente desarrolladas en entornos financieros y corporativos se extienden al resto de la sociedad. Todos podemos pensar en ejemplos de está penetración radical que desarrolla un nuevo lenguaje para expresar una serie de conceptos, esencialmente vacíos, pero que por su repetición parecen tener contenido propio: visión, calidad, interesados (stakeholders), liderazgo, excelencia, innovación, objetivos estratégicos, mejores prácticas y, así, sucesivamente.

Graeber nos dice que el actual régimen financiero que domina en EEUU es fruto de la fusión de intereses públicos y privados. Los beneficios de las grandes corporaciones tiene esencialmente origen financiero o lo que es lo mismo, se sustentan en la deuda de otros. Esas deudas, como las relacionadas con la enseñanza para la adquisición de las acreditaciones y certificados requeridos han sido cuidadosamente diseñadas para lograr ese efecto. Es importante resaltar que todo el sistema de acreditaciones es extremadamente burocrático y reglado, nada que ver con el aparente discurso liberal.

Como dice Graeber:

“... este sistema de extracción viene disfrazado en un lenguaje de reglas y regulaciones, en su actual modo de funcionamiento, nada tiene que ver con el imperio de la ley. Al contrario, el sistema legal se ha convertido en el medio para un sistema de extracción arbitrario que va en aumento”.

Mientras, los clientes de un banco soportan elevadas comisiones o penalizaciones, en proporción por cualquier incumplimiento, las entidades financieras cuando son investigadas y se encuentran que han cometido fraude o engaño, rara vez son encausadas, todo se soluciona con una multa cuyo importe es normalmente muy inferior al daño causado. Todos entendemos y, me temo, aceptamos, que en la sociedad hay gente que juega con reglas diferentes, que existe un doble rasero de medir en función del estatus.

La burocracia es vista básicamente como una meritocracia, en donde un criterio impersonal sirve para escoger a aquellos que la forman. Sin embargo, la realidad difiere bastante de esa visión ideal. El nepotismo, por ejemplo, plaga las instituciones. Parece ser que los mejores tienen tendencia a tener relaciones familiares con los miembros de las instituciones. Graeber dice que la promoción interna poco tiene que ver con el mérito, sino con la aceptación de que la promoción está basada en el mérito, incluso aunque sepamos que no es cierto. El ejercicio del poder personal y arbitrario es habitual en organizaciones burocráticas, algo que en realidad nunca debería suceder.

El funcionamiento de la burocracia está fuertemente asentado en la idea de la complicidad, algo que se ha extendido sobremanera en las últimas décadas. En otras palabras, aunque sepamos que no se trata igual a las personas ante la ley, aceptamos que el trato es de todas formas justo o, al menos, aceptable. Consideramos que ciertas personas deben recibir un trato que otros no merecen. La sociedad se ve como una estructura meritocrática, si alguien llega más alto lo es en función del mérito. En definitiva, no se trata de un sistema de extracción donde los favores y las relaciones predominan, es importante mantener la impostura.

Graeber dice que existen tres lecciones que cualquier crítica de la burocracia desde la izquierda debe tener en cuenta.

1ª Nunca subestimes el importancia de la pura violencia física.

“Siempre que alguien comienza a hablar de “libre mercado”, es buena idea mirar alrededor para ver donde está el hombre con el arma. Nunca está lejos”.



La violencia organizada, burocratizada, es un rasgo esencial de nuestra sociedad. Graeber establece un corolario a su Ley de hierro del liberalismo.

“La historia revela que las políticas que favorecen el “libre mercado” siempre han significado aún más gente en las oficinas para administrar las cosas, pero también muestra que también se traduce en un aumento del abanico y densidad de las relaciones sociales que en último término se regulan por la amenaza de la violencia”.

O dicho de otra forma:

“La burocratización de la vida diaria significa la imposición de reglas impersonales y regulaciones; las reglas impersonales y las regulaciones, a su vez, solo pueden operar si están respaldadas por el uso de la fuerza”.

Una fuerza que cada día está más presente en nuestra vida, algo que hace unos años nos hubiera resultado totalmente absurdo y que ahora mediante todo tipo de razonamientos y subterfugios estamos dispuestos a aceptar.

2º No sobrestimes la importancia de la tecnología como factor de causalidad.

El cambio tecnológico no es una variable independiente, depende enteramente de factores sociales no al revés, como a menudo se piensa. El actual proceso de burocratización es previo a la irrupción masiva de las tecnologías de la información. Todo lo relacionado por ejemplo, con las actividades financieras altamente dependientes de la informática tiene un aire de infalibilidad. Las necesidades de crear un determinado sistema significa que se han volcado recursos crecientes en su investigación y desarrollo, dejando de lado otras prioridades. Un cajero automático prácticamente nunca se equivoca en las operaciones de efectivo, todo un hito si lo comparamos con otros aspectos que podríamos considerar más prioritarios.

3º Recuerda siempre que en último término todo se refiere al valor.

Dice Graeber:

“Si damos suficiente poder social a una clase de gente aunque tenga las ideas más extravagantes imaginables, finalmente se las ingeniaran, consciente o inconscientemente, para conseguir una organización del mundo de tal manera que viviendo en ella, en miles de sutiles formas, reforzará la impresión que esas ideas son una verdad auto-evidente”.

La definición encaja como un guante en el imperialismo económico y su intento de promover la idea de que el capital tiene valor y merece una retribución. En realidad el valor proviene de aquello que se consume que es producido por inmensas organizaciones burocráticas.

Estas organizaciones son racionales en el sentido de técnicamente eficientes pero eso en realidad poco significa:

“...., hablar acerca de la eficiencia racional se convierte en una manera de evitar hablar acerca de lo que es realmente la eficiencia; esto es, de los objetivos irracionales que en última instancia se asumen como los fines últimos de la conducta humana. Aquí es otro lugar donde los mercados y la burocracia hablan fundamentalmente el mismo lenguaje. Ambos proclaman estar actuando en gran medida en nombre de la libertad individual y, la auto-realización personal a través del consumo”.

Como el consumo es la última ratio de valor, los trabajadores deben abandonar cualquier control sobre las condiciones de trabajo siempre que eso garantice más y mejores productos, además de más baratos. Una vez conseguido el dinero, puedes gastarlo como desees, en eso consiste la libertad como a menudo nos recuerdan los anuncios. Esa división entre la manera de obtener y de gastar resultaría absurda para cualquier civilización excepto la nuestra.

El mundo está dividido en dos esferas, una donde rige únicamente la competencia técnica, el dominio de los burócratas o tecnócratas y, la otra la de los valores que proporciona el mercado. Ambas esferas intentan interferir la una en la otra.

“En el panorama general, carece de importancia si se busca reorganizar el mundo entorno a la eficiencia burocrática o la racionalidad del mercado: todos los supuestos fundamentales permanecen inamovibles. Esto ayuda a explicar por qué es tan fácil moverse de una a otra, como aquellos ex-funcionarios de la Unión Soviética quienes alegremente cambiaron de chaqueta, pasando de apoyar un control absoluto del estado sobre la economía, a la total mercantilización—y en el proceso, fiel a la ley de hierro, consiguieron aumentar el número de burócratas empleados en su país dramáticamente”.

Sin embargo, para cualquiera que se enfrente con la burocracia y su papeleo lo último que se le viene a la mente es la palabra racionalidad. Desde arriba, las cosas se ven diferentes ya que la forma que tienen de evaluar el mundo es la fuente de la que emana el verdadero valor de las cosas. Los burócratas se dedican esencialmente a evaluar cosas y condiciones, quienes las cumplen y quienes no. Como dice Graeber, en los países ricos hay ejércitos de burócratas cuya principal misión es que la gente pobre, a la que evalúan para ver si cumplen los requisitos para recibir ciertos beneficios, se sienta culpable de su situación.

La financiarización de la economía es la apoteosis del proceso:

“El proceso de financiarización ha significado que un proporción creciente de los beneficios empresariales provienen de la extracción de rentas de una forma u otra. Ya que esto, en último término, es poco más que extorsión legalizada acompañada por un incremento en la acumulación de reglas y regulaciones, siempre más sofisticadas y, la omnipresente amenaza del uso de la fuerza para aplicarlas”.

La burocracia se ha convertido en algo omnipresente en nuestras vidas y, no obstante, carecemos de un discurso para afrontar los problemas que le son inherentes y como convertirla en un instrumento para una sociedad más libre y democrática. La complejidad social conlleva estos problemas pero estoy convencido de que existen mejores estados del mundo alcanzables que el presente y la burocracia necesariamente ha de jugar un papel decisivo.